Resumen: Somos libres de elegir y de pensar, somos conscientes de nuestros actos, pero no nos salvamos de los malos actos o los 7 pecados. O una historia de cómo Gilbert sobrelleva su pequeña obsesión.

Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen.

Advertencias: Cada capítulo, un pecado. PruHun.


Pereza

Pasaron 2 semanas.

Pasaron 2 semanas y no supiste nada de ella, no viste rastros de ella.

La última vez que la viste fue en aquel, no tan grato, encuentro del que claramente las cosas no salieron como te habría gustado que salieran. Desde entonces no supiste nada de ella.

¿Qué habrá pasado con ella?

Te lo preguntas al notar su ausencia en las últimas reuniones de esas dos semanas.

Te inquietas al no saber nada de ella.

Te molestas al no saber nada, y por la impotencia de no poder hacer nada al respecto.

Te alarmas, te asustas preguntándote si es que fuiste muy brusco ella.

¿Y si me pase con ella? ¿Y si realmente la lastime de alguna manera?

La culpa y el remordimiento empiezan a invadirte.

No.

Piensas detenidamente aquella posibilidad.

No, no fue tu culpa. Te lo repites una y otra vez. No tuviste la culpa de nada, al contrario, debería de agradecerte por mantenerla informada sobre el cambiar su comportamiento ante otros.

Simplemente le estaba enseñando una lección, nada malo o extraño del otro mundo…

Piensas que tal vez deberías disculparte con ella.

Que tal vez deberías por lo menos justificarte ante la forma en que la trataste, de lo bruto y desconsiderado con ella a la hora de entablar una conversación.

Sólo tal vez…

Y al rato de volver a reconsiderar en disculparte con ella, en pedirle perdón por tus actos, la ves.

La ves a ella, pero no esta sola.

La ves acompañada con él. Colgada de su brazo como si la vida dependiera de aquello, como si aquel tan simple acto la hiciera tan feliz.

La ves sonriendo y saludando a los presentes que están esperando con impaciencia a que empiece otra de las ridículas reuniones

Y Eliminas todas las ideas de disculparte con ella. Las borras como si nunca hubieran pasado por tu mente. Simplemente porque la ves ahí, con él, tan feliz, tan alegre, que prefieres mil veces que tu orgullo salga intacto. Prefieres seguir actuando como un imbécil con ella antes de rebajarte, porque eres incapaz de aceptar tus errores y verlos por ti mismo. De esforzarte a mejorar.

Por eso prefieres el camino fácil, el corto y rápido. Hacer nada.

— ¡Al diablo con todo!— Gruñes para ti mismo fastidiado al verlos acercándose en tu dirección.

Ignoras los saludos corteses de ambos y te dedicas a mirarla a los ojos. Notas su enojo en aquellos orbes verdes y sabes que no olvido tu advertencia, y sonríe porque es consciente de que no te hizo caso.

Ella te retiene la mirada por varios segundos, como si fueran eternos, pero no dice nada y la desvía al asentir a un comentario del podrido. Finalmente sabes que volviste a la dura realidad.

Los ves alejarse, seguir adelante y eso te molesta.

Te hace enfurecer por no hacer nada al respecto. Te hace sentir impotente, disgustado, con desgano y aversión al no actuar como deberías hacerlo. Te repugna verla junto con ese aristocrático.

Sin embargo prefieres no hacer nada al respecto. Prefieres quedarte de brazos cruzados sin importar a que te estuvieras contradiciendo con lo que estas sintiendo, aquel torbellino de sentimientos encontrados, sin importar que estas actuando contra tu moral, tus principios, siendo un cobarde porque eres incapaz de reconocerlo, incapaz de no ser egoísta y orgulloso. Porque prefieres imponer tu orgullo primero antes de pedir una mísera disculpa.

Pero las cosas no quedan así. Planeas actuar como solamente sabes hacer las cosas, a tu manera. No ahora, no después, pero tarde o temprano deberás hacer algo al respecto.

—Debiste hacerme caso. Te lo advertí. Después no llores cuando tenga que intervenir.

Murmuras como una promesa a cumplir cuando ella ya se alejo de tu campo visual y no sientes los últimos rastros de su aroma peculiar.


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