Una voz de hombre me despertó de golpe:

— ¿Eres Kirst, la asesina?

Me encontraba en la taberna, había bebido demasiada aguamiel y la cabeza me daba vueltas. No era un día para trabajar.

—No, no lo soy —Contesté de la manera más brusca que mi estado me permitió.

—Oh, vaya —dijo el hombre con gesto distraído—, entonces tendré que ir a buscar a Fean "Daganegra" para este encargo...— la sola mención de ese nombre hizo que mi cabeza se despejara al instante.

— ¡Un momento! —me levanté tan rápido que cerca estuve de tumbar mi silla— Da igual cual sea el encargo, "Daganegra" no está a mi altura.

—Eso me han dicho. Entonces ¿escucharás lo que vengo a proponerte?

—Con mucho gusto, caballero —contesté al tiempo que me volvía a sentar—. Debe haber ofrecido mucho dinero Larry para que le dijese quién soy, ¿de qué trata ese encargo?

El hombre se sentó delante mío. Llevaba una cota de malla tapada con una camisa de cuero, de su cinturón colgaba una espada y en su pantalón se notaba el bulto de una daga. Tenía más aspecto de campesino que de soldado.

—Verá, formo parte de la milicia popular de la Colina del Centinela. Estamos sufriendo contínuos ataques de la Hermandad Defías.

— ¿Se refiere a la antigua unión obrera?

La Hermandad Defías habia sido una unión de obreros encargados de reconstruir Ventormenta después de la Segunda Guerra. Cuando hubieron terminado su trabajo, las casas nobles se negaron a pagarles con la justificación de que la reconstrucción se había hecho por el bien del pueblo, y no por beneficio propio. Los nobles ofrecieron, en cambio, puestos administrativos a los capataces obreros, pero éstos se negaron por solidaridad con sus compañeros. Los obreros se amotinaron, por lo que fueron desterrados de la ciudad y, bajo el mando de Edwin VanCleef, uno de los capataces, formaron la Hermandad Defías. Durante décadas se encargaron de pagar el sueldo que se les debía mediante el robo en pueblos y a caravanas de comerciantes. Comenzaron actuando en el bosque de Elwynn, y luego se extendieron a los Páramos de Poniente. Luego degeneraron en asesinos y terroristas, sembrando el pánico en las zonas donde actuaban. Se dice que su base se encuentra en algún punto de las montañas de los Páramos de Poniente, pero nadie lo había corroborado hasta el momento.

—Exacto —bajó el tono de voz, por lo que tuve que prestar más atención a sus palabras para poder oírlas—, ha aumentado la frecuencia de sus ataques, y nos preocupa lo que están robando.

— ¿Y qué es lo que roban, si puede saberse?

—Barriles de pólvora, cargamentos de hierro, acero y otros metales y más cosas. Creemos que planean un ataque a gran escala. Pero no podemos ir directamente a por ellos, nos destrozarían. Ya es bastante complicado defender nuestras casas de los hurtos. Necesitamos que alguien corte la cabeza de la hermandad.

—Nadie sabe dónde se esconde VanCleef, llevan años buscándole y no ha habido resultados.

—En eso está equivocada, nosotros conseguimos infiltrar a un hombre en la hermandad. Hemos averiguado cual es la base de operaciones de VanCleef, pero aún no sabemos qué es exactamente lo que se propone. Pero de una cosa estamos seguros: el líder de la hermandad se encuentra ahí.

— ¿Y de qué sitio se trata?

—Las Minas de la Muerte —dijo el hombre en voz tan baja que me tuve que acercar para oírlo —. Era una antigua mina de hierro, pero después del incidente de La Plaga, se atestó de no-muertos, muchos de los cuales habían sido mineros. Parece increíble que hayan conseguido reclamar la mina para ellos.

—Más extraño parece que hayan conseguido hacerlo sin que nadie se diese cuenta —Dije de manera inquisitiva—. Si no me equivoco, cuando la mina cayó bajo la infección de la plaga se derrumbó la entrada.

—Ya nos cuesta lo suficiente mantenernos a salvo y evitar sus asaltos como para averiguar lo que traman los Defias —Se justificó el miliciano.

—Hablemos de mis honorarios —Apremié.

—Eh... sí —Contestó mientras se revolvía en su silla—. Seiscientas monedas de oro, la mitad antes y el resto al entregar una prueba de la muerte de Edwin VanCleef. Ve a Colina del Centinela, allí se te pagará.

—Mañana por la mañana estaré allí —Aseguré—. Tened el adelanto preparado.

—Ahí estaremos —Respondió a la vez que se levantaba—. Busca a Gryan Mantorrecio.

Esperé a que se hubiese ido, luego me levanté, dejé algunas monedas en la mesa y le hice una seña al camarero. La noche era fría, me envolví en mi capa y enfilé calle arriba en dirección a casa.

Me desperté antes de que saliese el sol, revisé mis armarios en busca de ropa útil y algo de comida para el viaje. Me até el cinturón, enfundé mis dagas recién afiladas y llené algunos sacos con componentes esenciales. Me dirigí al patio trasero, donde descansaba Ystar, le dí un caluroso abrazo y le coloqué la silla de montar a la espalda.

El sol recién estaba saliendo cuando cruzamos las puertas de Ventormenta en dirección este, hacia los Páramos de Poniente. El viaje transcurrió sin incidentes, es decir, aburrido. Los asaltantes de caminos no suelen atacar a alguien armado y cuya compañía es un tigre que los dobla en tamaño.

Tardé tres días en llegar a Colina del Centinela. Era un pequeño pueblo erigido alrededor de una loma, en la cima de la cual había una torre de vigilancia. Todos los pueblerinos iban armados con espadas y rifles, y nadie iba solo. Desmonté y me acerqué a un par de milicianos para preguntarles por Gryan Mantorrecio. Uno de ellos me señaló la torre:

—Se encuentra ahí, en nuestro cuartel general.

—Estupendo, ahora si quiere matarle no tiene más que seguir tus indicaciones y lo encontrará.

— ¡No seas idiota! Si quisiese matarle no iría preguntando por él descaradamente.

— ¿Y tú que sabes? Piensa antes de contestar a las preguntas de cualquier desconocido!

—Perdonad... —Interrumpí un poco harta de esa discusión.

—Oh sí—contestó el primer hombre—, te llevaremos a la torre.

Mientras caminábamos en dirección al cuartel general de los milicianos los dos hombres siguieron discutiendo sobre si era sensato o no contestar preguntas de forasteros. Ystar se tumbó a descansar a la sombra de un árbol a medio camino de la torre. Cuando llegamos dos milicianos más nos cortaron el paso.

— ¿Quién es?—Preguntó uno de ellos. Llevaba la barba mal afeitada y se notaba el cansancio en sus ojos, pero aún así se mantenía firme en su posición.

—Dice que se llama Kirst y que viene a reunirse con Gryan por un encargo.

—Esperad aquí—Contestó mientras el otro guardia entraba en la torre.

Salió al cabo de unos instantes y dijo:

—Puede pasar, Mantorrecio la está esperando.

Entré en la torre, Gryan Mantorrecio me esperaba sentado detrás de un escritorio lleno de mapas y papeles. Estaba ya entrado en años, pero tenía la pinta de un hombre curtido por la batalla. Sus brazos eran fuertes y su porte era el de un general. Seguramente había decidido volver al campo después de haber servido en el ejército, y al hacerlo se encuentra con unos bandidos asaltando su pueblo.

—Es estupendo que hayas llegado hoy, tenemos noticias de nuestro hombre infiltrado. Esta misma noche le tendremos aquí para que nos dé algo de información.

—Bien, ¿y qué se supone que debo hacer yo hasta el momento?

—Aquí tienes tu adelanto, doscientas monedas de oro. Ahora descansa, para llegar hasta aquí en tres días debes de haber dormido muy poco. Lleva ésta carta a la posadera y te darán comida y alojamiento gratis.

Siguiendo su consejo descendí de la colina en dirección al pueblo. Busqué la posada y le dí la carta a la encargada.

—Si quieres algo de cenar siéntate en esa mesa de ahí, enseguida irá mi hija a servirte algo. Malia, hija, ¿quieres subir las cosas de esta chica a su habitación?

Me dejé caer en la silla y esperé a que me trajesen algo de comer. A los quince minutos vino una adolescente pelirroja a servirme estofado de verduras. Le dí las gracias, pero se quedó plantada delante mío. Levanté la mirada hacia ella.

— ¿Eres una asesina?—La pregunta me pilló por sorpresa.

— ¿No tendrías que ayudar a tu madre?—Contesté.

—Últimamente no tenemos muchos clientes... Pero dime, ¿lo eres?—Ésta vez señaló mis dagas.

—Sí, lo soy. Y ahora, si me disculpas, me gustaría cenar—Contesté un poco brusca.

La chica, lejos de irse, se sentó delante mío y esperó en silencio a que yo hubiese terminado de cenar.

— ¿Quieres algo más?

—Que te largues—Empezaba a perder la paciencia.

—Esta bien—La chica hizo ademán de irse, pero volvió a darse la vuelta—, ¿sabes? Yo también quiero ser una asesina—Dijo orgullosa, puse los ojos en blanco, no se callaba ni debajo del agua—. Así podría ayudar a defender mi pueblo de los bandidos...

—Me parece una gran idea—Intenté dar fin al monólogo.

—¿En serio? ¿Me enseñarás?—Dijo con la cara iluminada.

—Para el carro, yo no he dicho nada de eso. Me parece genial que quieras defender tu pueblo y todo eso. Pero yo estoy aquí para cumplir un trabajo, no para adiestrar a gente. Yo no te puedo enseñar de mi oficio. Mi vida ya es bastante complicada como para, encima, tener que cuidar de la de otra persona.

—Sé defenderme—Dijo casi sollozando—. Sé empuñar armas, y tengo buena puntería.

—No lo pongo en duda, pero no puedo permitirme el lujo de enseñarte, no se me da bien.

—No es necesario, puedo aprender mirándote. Y puedo ser tu escudera. Por favor—Me rogó poniendo morritos.

—Es complicado, no se me da bien tratar con la gente... No sería una buena maestra.

—Seguro que sí.

— ¿Cómo te llamas? Malia, ¿verdad?

—Sí

— ¿Qué edad tienes?

—Tengo catorce años, pero pronto cumpliré los quince.

—Eres demasiado joven como para matar a alguien—a decir verdad, yo cometí mi primer asesinato a los trece—. Quizás cuando seas mayor, ¿entendido?

— ¿Me lo prometes? ¿Prometes que cuando sea mayor me enseñarás el oficio de pícara?

—Está bien... te lo prometo.

— ¡Gracias!— Se levantó y me abrazó. No suelo tratar con la gente, siempre he preferido vivir sola, nunca nadie me había abrazado, a excepción de Phillip, por lo que no estaba muy acostumbrada a muestras de afecto como esas— Te prometo que me entrenaré por mi cuenta hasta que vengas a buscarme.

—Ya está bien, ¿puedes soltarme? Me gustaría poder respirar de nuevo.

—Oh si, perdona— Dijo al tiempo que se separaba de mí.

—Me gustaría ir a mi habitación a descansar un poco antes de ésta noche.

—Claro, sígueme, te llevaré a tu habitación.

La habitación era austera, el mobiliario consistía en un armario, una cama y una mesilla. El fuego crepitaba en la estufa.

— ¿Quieres que te traiga agua caliente para asearte?

—Sí, por...—Antes de que terminase la frase ya se había marchado corriendo— favor.

Me tumbé en la cama y esperé a que Malia volviese. Oí un repiqueteo en la puerta y cuando abrí encontré a Malia y a otra niña pelirroja, de unos siete años, cargando un latón de agua caliente.

—Si necesitas algo vé a buscarme a la habitación del fondo, es la mía.

—Gracias—Dije al tiempo que cerraba la puerta.

Eché el pestillo y cerré las ventanas. Me desnudé, me lavé con la esponja que me había traído Malia y me volví a vestir. Me estiré en la cama de nuevo y el sueño hizo el resto.