Lo sé, lo sé, he tardado muchísimo para lo poco que os voy a traer hoy, pero la historia se me está resistiendo y quería daros algo a cambio de la espera. Un día. Es lo que he podido daros, un día. Busco beta y busco traductor, por si alguien aún le interesa esta historia mía. Y gracias, por quedaros a leerlo y eso.
Disclaimer: Lo mismo de todos los capítulos, ¿Necesitáis que os diga que nada de esto es mío, salvo la vida de Nick que dado que no está especificada en Glee, pertenece toda a mí mente creativa? ¿Y que si yo fuera la dueña y señora de Glee, Klaine y Niff gobernarían la serie, y probablemente no sería emitida en Fox sino en la HBO? Bueno, pues lo he dicho.
Puedes pensar que Dalton salió del cielo de repente, pero la realidad, que yo describí meses más tarde, es que mi padre llevaba casi un año tratando de lograr que me admitieran allí. ¿Mi padre supo todo el tiempo sobre el acoso que soportaba a diario en el instituto y nunca dijo nada? Probablemente. Papá y yo nunca hemos tenido una relación muy cercana (¿Recordáis las razones por las que todo el mundo pensaba que era rarito Y gay? Mi padre opinaba lo mismo, aunque nunca lo dijera ante mí.) aunque también puede ser que sea la mejor y más cercana academia para chicos que encontró, aparte de ser a la que el acudió cuando tenía mi edad. (Y la más rentable económicamente, según me contó Trent hace un tiempo). Sea como fuere, tras un mes hospitalizado en aquel centro, aguantando las miradas de lástima y compasión de médicos, enfermeras y mis padres, logré al fin pasar los test de dolor que me hacían casi a diario, lo cual significaba una cosa: Volvía a casa.
Casi di un salto de alegría cuando la doctora vino con mis padres a la habitación del hospital en la que había vivido durante un mes para comunicármelo. Y digo casi, porque al intentarlo pasaron dos cosas: Una, que mis padres y la doctoran dieron un grito, tratando de desalentarme, o más bien de avisarme de lo que pasaría si lo hacía. Y dos, exactamente lo que mis padres trataron de evitar, el inmenso y punzante dolor en la espalda y el pecho. Aaah, que mis costillas no están completamente cerradas, y necesitaré llevar el vendaje un par de semanas más… Podría haberlo dicho antes de que yo saltara, ¿sabe doctora? Buag, ahora que lo pienso, debí haberle dicho exactamente eso. Pero preferí no hacerlo (estaban mis padres allí) y en su lugar sólo me volví a tumbar durante una hora o así, rezándole a todos los dioses que recordaba que por favor mermaran el dolor que sentía y así poder evitar llorar frente a mis padres, hasta tener fuerzas suficientes para levantarme de la cama y arrastrar los pies, agarrándome a todo lo que encontrara por el camino, para meterme en la ducha yo solito (odiaba que las enfermeras vinieran a ayudarme). No os voy a mentir, quitarme aquel estúpido camisón era una de las cosas más complicadas que encontraba, porque mover ambos brazos hacia atrás para deshacer el nudo me provocaba un dolor inmenso, pero prefería ese dolor (masoquista de mí) que tener que soportar a una mujer cuarentona y lasciva quitármelo, para luego quedarse mientras me duchaba. Cuando al fin terminaba de ducharme, tocaba vestirme, que me podía llevar perfectamente otra hora, y al fin ya solo quedaba peinarme, y recoger mis libros y mis cosas del mueble de la habitación. Con todo el rollo, tardé cerca de 5 horas en estar listo para abandonar aquel nauseabundo olor a limpio que me acompañó todo el mes.
El viaje del hospital a casa consistió en el más absoluto de los silencios. Mis padres no cruzaron una sola palabra, ni entre ellos ni conmigo, desde el momento en el que se despidieron de la doctora que se hizo cargo de mi caso, hasta llegar a casa, donde mi madre le indicó a una de las empleadas que nos asistían en casa que la siguiera, supongo que a la cocina, y mi padre se retiró a su despacho a contestar unas llamadas (Sí, es más una hipótesis que algo de lo que tenga completa certeza, ya os dije que no conozco mucho de las vidas de mis padres.) con lo cual me quedé solo en el mismo momento en el que traspasé las puertas de mi casa, después de estar un mes ingresado en un hospital y sólo recibiendo la visita de mis padres cada tres o cuatro días. ¿Habrían descubierto para entonces que yo no tenía amigos? Supongo que sí, en ningún momento me preguntaron si quería llamar a alguien para que estuviera en casa cuando yo llegara del hospital ni nada parecido. Cierto es que si nunca había traído nadie a caso, haberme fracturado varias costillas y la muñeca no debía constituir una razón de peso para que ahora si lo hiciera.
Fuera como fuese, me encaminé con dificultad y apoyado en una muleta hacia la escalera, subiendo cada peldaño lentamente, y acordándome de todos los santos difuntos del ángel rubio del árbol (Sí, ya entonces le conocía como "El Ángel". ¿Un chaval rubio, que aparece de repente en un pueblo a cuatro mil kilómetros de distancia de donde, según él, vivía, que solo detiene su coche para decirte que la vida cambia, mejora, y que no te suicides, y luego se va sin decirte un nombre ni nada? Definitivamente un ángel.) Sólo pude subir tres escalones antes de que me fallaran las fuerzas y cayera de rodillas, mi muleta haciendo un ruido estrepitoso al caer rodando hasta donde empecé. Pensarás que mis padres vinieron corriendo a ayudarme, ¿no? Te ahorro pensarlo, no. No vinieron. La asistenta, que salía de la cocina para ir al mercado a comprar no sé qué verduras que mi madre necesitaba para no sé qué experimento culinario, subió en mi rescate tan pronto como vio rodar la muleta, y agarrándome de la cintura me ayudó a subir todo el trecho de escalera hasta llegar al fin al piso donde estaba mi cuarto. Tras agradecerle, en silencio y con una sonrisa, puesto que no era muy inteligente que mi madre creyera que la chica trataba de escaquearse de sus tareas, el hecho de haber salido a mi rescate cuando nadie en la casa parecía ni haberse percatado del ruido que provocó mi muleta (y si les preguntaba, seguramente dirían que por supuesto que no lo oyeron, no prestaban atención sino a sus quehaceres) llegué a la puerta, cerrada, de mi habitación.
Crucé las puertas bastante cambiado a como salí de ella la última vez, cuando llevaba la navaja en el bolsillo y la idea fija de que morirme era un buen plan para el fin de semana. Aún con el vendaje en el pecho, que me dificultaba un poco respirar, pero con la determinación de preparar el equipaje y largarme a Dalton a empezar de cero. ¿Política de tolerancia cero ante el abuso? ¿Desafiantes niveles académicos? ¿Una biblioteca de dos plantas? (Quizá no fuera a empezar de cero del todo…). Quería llegar cuanto antes, me daba igual que aun faltara un mes para el inicio de las clases, Dalton tenía, y tiene, un programa de acogida temprana para alumnos de primer año, y yo decidí desde el primer momento que supe de su existencia, en aprovecharme de él y llegar al internado el primero (¿Qué si sabía que hay alumnos que eligen no volver a casa en verano? Claro que no. Realmente pensaba que sería el único allí).
La verdad es que lo único que me apetecía en ese momento era sacar las maletas más grandes que encontrara en el desván, meter toda mi ropa, mis libros, mis cosas en ellas, y meterme en el coche hasta que le diera suficiente pena a mi padre como para que el mismo me llevara hasta la academia. Pero mi plan tenía un par de fallos. Para empezar, mi padre necesitaría pedir el día libre para conducir, ida y vuelta, hasta Westerville, desde nuestra casa en Fort Wayne. Para empezar. Ya luego tenía que tener en cuenta que necesitaba una semana más de reposo antes de que pudiera moverme libremente sin ayuda, y no agarrado del brazo de mi madre todo el tiempo… Y el hecho de que necesitaba seleccionar lo que iba a llevar, porque ya no tendría el cuarto para mí solo sino que compartiría dormitorio con alguien. Sólo la idea hice que me recorriera un escalofrío por la espalda, ¿Qué clase de persona dormiría a mi lado los siguientes cuatro años?
Pero al final, después de encontrarle tantos fallos a mi plan magnifico de salir huyendo de aquel maldito sitio, de mi familia, de mi pasado y de todo, preferí sucumbir al dolor y los analgésicos y me dejé caer en la cama (Sí, el dolor vino después). Y asi, con la ropa y los zapatos puestos, y las sábanas aun sin mover, me quedé dormido, sabiendo las pesadillas que me esperaban… O que creía que me esperaban, porque a causa de los analgésicos, o quizá de alguna otra cosa que no recuerde, logré dormir de un tiron y sin sueños o pesadillas por primera vez en varios años. Ya empezaría la mudanza mañana.
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Darkieta.
