O-o-Selección-o-O

Notas de Lunita: Bueno, aquí llega el final de esta historia. Agradezco a todos los que hayan llegado hasta aquí por haberme prestado su tiempo. Espero que os guste tanto leerlo como a mi escribirlo; y por último, mis agradecimientos a mi amiga Selene por ayudarme con la corrección del capítulo ¡Gracias!

Segunda parte: ¿Realmente tengo que casarme?

-¡SOLTADME! -Gritaba Edward de nuevo.

Como tantas otras veces, los guardias le llevaban agarrado por los brazos al interior del castillo. Era la tercera vez que intentaba escaparse en todo el día y las tres veces le habían llevado a rastras hasta su habitación. Lo más irónico era que no había ningún guardia en la puerta, sino que les encontraba cuando ya estaba fuera del castillo. Era realmente frustrante.

-Alteza, lamentamos enormemente tener que llevaros así, pero tenemos órdenes expresas de su mejestad el rey para no dejaros marchar -le dijo uno de los guardias. Edward frunció el ceño. Aquello cada vez iba a peor.

Se dio cuenta de que aquella vez no le dirigían hasta su habitación, sino que le llevaban a otro torreón situado al otro lado del castillo. Se preguntaba si era él el que no reconocía el camino, o si era verdad que le estaban llevando a alguna otra parte. Aquel lugar era realmente gigantesco, lo suficiente para casi hospedar a toda la ciudad sin problema de dormitorios. Edward se estaba cansando de subir tantas escaleras en círculos. Sin duda aquella no era su torreón, ya que el camino hasta la cima era mucho más grande.

Uno de los guardias petó en la enorme puerta de madera que había delante. Era de un tono muy oscuro, con remaches metálicos y un enorme pomo redondo sobre una enorme cerradura.

-Adelante -contestó una voz desde el interior. Los guardias abrieron la puerta y dejaron que Edward entrase, haciendo el saludo militar.

Edward pronto descubrió que aquella era la habitación de su "prometido" (Aunque no le hacía gracia pensar en él de esa forma). Era definitivamente el doble o incluso el triple de grande que su habitación. Había una cama enorme en una esquina, en la que perfectamente habrían cabido tres personas, con una enorme mesilla de tres cajones con un candelabro encima. Del techo colgaba una lámpara de cristales similar a la del salón-comedor, pero algo más pequeña y, al igual que en su cuarto, había dos cortinas rojas, pero con bordados dorados, seguramente separando igual que en la suya un baño y una sala para arreglarse.

Roy estaba sentado en una butaca de madera dorada y tela de terciopelo rojo tapizando el respaldo. Tenía en la cara una mirada socarrona y la boca se le curvaba formando una sonrisa de medio lado. En su mano derecha sostenía la botella de vino que había llevado a su habitación y en la izquierda llevaba una copa que aparentemente estaba llenando hasta que le interrumpieron.

-Vaya, te felicito -dijo con ironía mientras daba un par de sorbos a aquel líquido rosado- sabía que intentarías escaparte, pero no pensaba que lo harías tres veces antes del medio día. Gracias por haberla traído, por favor, retírense -les avisó a los guardias, que seguían firmes con la puerta abierta.

-A sus órdenes -dijeron los dos a coro y cerraron la puerta para después irse.

-¿Cómo sabes que intenté escaparme tres veces? -le preguntó Edward.

-Mi padre insistió en que te tuviesen controlada, pero yo les pedí a los guardias que cuando te atrapasen la tercera vez, te trajesen aquí.

-Que considerado -replicó irónicamente- ¿Y cómo es que no estás ayudando con los preparativos? ¿Es que ya no quieres hacerlo?

-Mi padre se encarga de todo. Ahora mismo están retocando nuestros trajes de boda

-Oye... -Edward consideró una posibilidad que no quería haber pensado- ¿No tendré que...? Bueno, ya sabes... ponerme... "eso".

-Si te refieres a un vestido nupcial, me temo que sí.

-No pienso ponerme eso. Nunca.

-Anda, siéntate -Roy le acercó una silla que tenía a su lado. Edward se sentó sin volver a protestar- Lo siento, la tradición es la tradición.

-No pienso hacerlo ¡No voy a casarme, y menos contigo!

-Estás poniéndote demasiado nerviosa. Cálmate. Guarda esa fiereza cuando tengas a todo el mundo delante esperando a que des el "sí quiero" -añadió con tono de prepotencia. Edward se cruzó de brazos.

-No pienso decir que sí -Roy dio otro trago a su copa, ignorando el comentario.

-Bueno, queda bastante antes de ir a comer y tener que prepararnos. Hablemos un poco ¿De dónde eres?

Le molestó un poco que intentase cambiar de tema así como así, pero accedió de buen modo a contarle algo sobre él.

-Nací en un pueblo llamado Resenbool.

-¿Tienes familia?

-Mi madre murió cuando era pequeño. Mi hermano menor está desaparecido desde hace unos años y mi padre se fue de casa cuando era más pequeño. Mi madre enfermó por su ausencia.

-¿Y cómo has vivido hasta ahora sin nadie a tu lado? -A Edward le extrañaba que tuviese tanta curiosidad sobre su vida, pero pensándolo bien, nunca había hablado de ello con nadie. Tal vez le viniese bien poder conversar con alguien.

-Salí de mi pueblo con poco dinero, pero no es difícil sobrevivir. Hay mucha gente de buena voluntad que me ha ayudado sin pedir nada a cambio.

Pasaron un par de minutos en silencio.

-¿Por qué has decidido salir a viajar? -prosiguió con su entrevista, mirándole fijamente.

-Quería cambiar de aires, quería ver qué había más allá del horizonte -admitió desviando la vista al suelo.

-¿No es muy duro viajar sólo?

-Lo es. Pero no me arrepiento lo más mínimo -añadió formando una sonrisa de lado- ¿Y tú? ¿Qué hay de ti? -dijo cansado de aquel cuestionario.

-¿Yo? -acabó de beber el contenido de su copa- ¿Sobre qué?

-¿Qué hay de tu vida? ¿Has estado siempre aquí? -Edward le hizo un gesto para que le sirviese otra a él.

-Bueno, he tenido que viajar a menudo por mi padre. Pero sí, siempre he vivido aquí -le entregó la copa a medio llenar, para que no bebiese demasiado.

-¿Y tu familia? Sólo he conocido a tu padre y no me parece que congeniemos muy bien -Edward sorbió tan sólo unas gotas del vino- ¡Ahh! ¡Este es muy fuerte! -protestó mientras le tendía la copa en señal de no querer más.

Roy rió por lo bajo al ver su reacción.

-No sé nada de mi madre y mi padre jamás habla de ella. Siempre elude el tema de alguna forma. Supongo que le trae malos recuerdos -alzó los hombros de forma despreocupada. Bebió de un trago lo que quedaba en la copa y tapó la botella con un corcho que había sobre su mesilla.

Se quedaron mirándose en silencio otra vez. El moreno miraba a su acompañante fijamente, mientras el otro desviaba la vista a menudo, dejando que se pasease un poco por la habitación.

-Oye... ¿Qué pasaría si... si dijese que sí? ¿Tendría que quedarme aquí? -preguntó Edward. No pensaba ni por asomo hacerlo, pero de algún modo, le picaba enormemente la curiosidad.

-Me temo que sí.

-Entonces no creo que llegase a vivir mucho tiempo.

-¿De qué hablas? -Roy alzó una ceja.

-Yo... necesito ser libre para poder vivir. Es algo que no puedo evitar. Si me quedo encerrado en un sitio, estoy seguro de que no lo soportaré mucho tiempo -su acompañante se le quedó viendo unos segundos sin pestañear.

-En fin... -habló al cabo de unos segundos- será mejor que vayamos a prepararnos -se puso en pie.

No esperó a que le respondiese. Tomó a Edward por el brazo y tiró de él de forma suave, pero con la suficiente fuerza como para levantarle de su asiento y llevarle a través de las escaleras. El menor no tenía ganas de discutir, por lo que se dejó llevar. Intentaría escabullirse otra vez cuando tuviese la oportunidad.

O-o-xXx-o-O

Desgraciadamente para él, esa oportunidad nunca la tuvo. Roy le condujo a otra habitación en la que les prepararon a los dos juntos. Lo único que les separaba era un biombo de papel que permitía ver al otro lado lo que estaban haciendo a través de las sombras, pero nada más. Había cuatro guardias vigilando las puertas para que no hubiese ningún imprevisto.

La noche llegó con extrema rapidez. Todos los invitados se habían colocado en el gran salón del castillo, sala a la que sólo se permitía el acceso en ocasiones especiales. La habían adornado especialmente para la boda. Habían colocado montones de bancos para los invitados, adornados con ramos de flores blancas sujetos con grandes lazos blancos. A los lados, habían colocado enormes centros florales al lado de las armaduras metálicas. En el techo estaba la lámpara de cristales más grande del mundo, seguramente. El suelo lo habían tapizado con grandes telas de seda blanca con flores bordadas. Al fondo de la sala, habían colocado un falso altar, subido en una tarima de madera, con más y más flores. Habían preparado un lugar especial para que se arrodillasen los novios con lazos a los lados. Justo a la derecha, había un enorme órgano de tubos muy antiguo, pero rebosaba de elegancia y no desentonaba en absoluto para la ocasión. Toda la habitación estaba iluminada por enormes ventanales y vidrieras.

El cura se colocó en el altar, vestido con una toga blanca con encajes dorados.

-Damas y caballeros, va a dar comienzo la ceremonia -anunció alzando los brazos al cielo.

Un gran hombre vestido con un traje negro se sentó al órgano y comenzó a tocar la marcha nupcial. Las puertas se abrieron. Roy entró en la habitación, con un elegante esmoquin blanco, impoluto. Llevaba el pelo peinado totalmente hacia atrás, aunque algunos cabellos se resistían y le caían sobre la frente. Llevaba también puestos unos guantes blancos y una pajarita roja, que le daba una imagen refinada y elegante.

Caminaba de forma altiva junto a su padre, que llevaba un esmoquin negro con una camisa blanca que hacía resaltar sus facciones, a través de una alfombra de color rojo que habían colocado sobre el decorado. Cuando llegaron al altar, dejó a Roy y se hizo a un lado.

"Espera un momento... ¿Quién se supone que me llevará al altar?" -se preguntaba Edward antes de entrar en la sala.

La señorita Hawkeye se acercó a él, tendiéndole su brazo. Edward lo tomó. De todas formas, no tenía a nadie para que le llevase.

Avanzaron a través de la pasarela. Ella lucía un vestido largo de color crema, con tacones y pedrería a juego. Edward llevaba un traje nupcial blanco, llegándole hasta el suelo, con una larga cola que llevaban varias chicas detrás. El vestido se le ceñía hasta el torso, cayendo en cascada hasta el suelo, mostrando unos preciosos bordados dorados y con diamantes engarzados. El vestido no tenía escote, pero sí dejaba ver con claridad parte de su delicada espalda desnuda. Llevaba unos largos guantes blancos que le llegaban hasta el antebrazo y un denso velo blanco que le tapaba la cara, resaltando un hermoso recogido adornado con pedrería blanca en forma de flor. A pesar de estar tapado, su pelo brillaba más que nunca.

Llegaron al altar, y una vez allí, todos se hicieron a un lado para dejar solos a los novios. Edward se sentía muy incómodo con aquella ropa, pero no protestó.

Los dos se arrodillaron. El cura se situó en frente de ellos, y la música cesó.

-Hermanos, hermanas, estamos aquí reunidos para celebrar el enlace de nuestro querido príncipe con su futura esposa.

La ceremonia comenzó con un largo discurso por parte del cura sobre el compromiso que implicaba el matrimonio. Edward se pasó todo el rato mirando al suelo. No creía que fuese muy conveniente escuchar aquellas palabras cuando iba a decir rotundamente que no. De vez en cuando miraba de reojo a su acompañante, que miraba al frente con la mirada perdida.

-...intercambiarán sus alianzas como símbolo de amor eterno -finalizó su discurso, acercándose un poco más a los novios.

Roy sacó una pequeña cajita de uno de sus bolsillos. La abrió con mucho cuidado, dejando ver dos sencillas alianzas de oro muy hermosas y se las entregó al cura.

-Si hay alguien que se interponga en este enlace, que hable ahora o calle para siempre.

Edward abrió la boca para decir la verdad, pero se calló de pronto sin poder articular palabra. Justo antes de que saliese algún sonido de su garganta, Roy le había cogido la mano con mucha discreción y había comenzado a acaridiarle el dorso con mucha suavidad, exactamente igual que la noche anterior. No sabía por qué, pero aquel contacto le había dejado totalmente paralizado.

-Roy Mustang, ¿aceptas a esta mujer para amarla, respetarla y cuidarla en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de tu vida, hasta que la muerte os separe?

-Sí, quiero -dijo con claridad, tomando una de las alianzas. Le quitó uno de los guantes y se lo colocó en el dedo corazón.

-Elisabeth Elric -aquel nombre hizo que Edward se arrepintiese de no haber hablado-¿aceptas a este hombre para amarlo, respetarlo y cuidarlo en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de tu vida, hasta que la muerte os separe?

Edward volvió a callarse. Estaba totalmente paralizado ¿Qué debía hacer? Tenía claro que NO quería casarse con él, pero estaba delante de toda aquella gente... todos se habían tomado tantas molestias... aquello le hizo dudar.

Miró un momento a los ojos de Roy. Le miraba con tranquilidad, con una sonrisa de medio lado adornando su rostro. No parecía en absoluto preocupado por lo que fuese a decir o hacer. Miró a los lados con desesperación. Todo el mundo estaba esperando por él. Los nervios comenzaban a estar a flor de piel. Una gota de sudor resbaló por su sien.

-Y-yo... -murmuró suavemente, tartamudeando y bajando la mirada- y-yo...

Lo que ocurrió a continuación, ninguno de los presentes se lo esperaba.

Una flecha afilada se clavó de pronto en el hombro de Edward.

Él se contrajo de dolor, palpándose la zona e intentando quitársela sin conseguirlo. Empezó a perder mucha sangre y sin darse cuenta, se golpeó la cabeza con fuerza contra la barandilla del lugar donde se estaba arrodillando para acabar cayéndose al suelo.

La gente se puso en pie alterada, gritando. Los guardias empezaron a movilizarse, buscando el culpable.

Roy se inclinó sobre Edward le agarró con suavidad, poniéndole en pie.

-Ven conmigo, te llevaré a un lugar seguro -le susurró, ayudándole a caminar, atravesando el altar y saliendo por una discreta puerta trasera oculta tras un ramo de flores.

Subieron corriendo las escaleras de caracol, a pesar del aturdimiento que llevaba por el repentino golpe. Estaba bastante mareado. Edward las reconoció en seguida. Llevaban a la habitación de Roy. En la subida, había una ventana abierta, y entonces, una flecha se clavó en la pared, rozando la cabeza de Roy.

Al darse cuenta, Roy cogió a Edward en brazos y avanzó más deprisa. Cuando llegó a su cuarto, le depositó sobre la cama con extremo cuidado, y después cerró la puerta con llave.

-¿Qué está pasando? -musitó Edward. Aquello le había dejado en estado de shock. Estaba como hipnotizado, con la mirada perdida.

-Tranquila, no pasa nada -intentó tranquilizarle. Se inclinó sobre él y examinó la flecha, acariciando la piel de los alrededores, examinándola- la herida es profunda, va a dolerte cuando te la quite. Intentaré hacerlo con cuidado, pero espera un momento.

Fue corriendo a uno de los lados, corriendo la cortina, mostrando un lujoso baño hecho en mármol. Sacó una caja metálica, que debía ser un botiquín y lo colocó cerca de la cama. Se quitó los guantes, dejándolos a un lado y palpó la herida otra vez, para luego arrancársela de cuajo.

Edward gritó de dolor, desgarrándose la garganta.

-Tranquila, tranquila, ya ha pasado el dolor -le tranquilizó, mientras con sus manos bajaba la cremallera del vestido.

-¿Qué-é haces? -preguntó Edward asustado.

-Voy a desnudarte. Necesito hacerte las curas sin ropa -le bajó el vestido hasta las caderas, y después le quitó con cuidado el velo y el broche del pelo.

Cogió un algodón que mojó en un desinfectante para luego pasarlo sobre la herida. Edward se estremeció por el escozor que le producía. Después, le vendó el brazó con una gasa. Más tarde, se subió sobre él y comprobó que el golpe de la cabeza no había sido grave. Por último, le quitó del todo el vestido y comprobó que tenía algunos arañazos en las piernas y los tobillos, los cuales desinfectó también.

-Así que sí eras un hombre, ¿eh? Perdona por no haberte creído.

-Al menos ahora me crees...

-¿Cómo decías que te llamabas? -preguntó con seriedad.

-Edward. Edward Elric.

-Lamento este malentendido -dijo al cabo de unos segundos y después se acercó a una ventana, para comprobar que había un gran revuelo en el exterior- han intentado matarte y eso que aún no nos habíamos casado.

-Ya. Me he dado cuenta -dijo con ligera ironía.

Roy se dirigió al otro lado de la habitación, donde estaba su vestidor, y al cabo de unos instantes, volvió con un pijama doblado sobre sus manos.

-Ten. Te va a quedar algo grande, pero es mejor que nada -se lo dio y después se sentó en una de las sillas que había al lado de la cama.

-Gracias -Edward empezó a vestirse con rapidez. Ya comenzaba a oscurecer y el frio se apoderaba de todos los rincones.

Ambos dejaron que transcurriesen unos minutos en silencio. Edward se tumbó sobre la cama, mirando al techo.

-¿Qué va a pasar ahora? -se atrevió a romper el silencio.

-No te preocupes. Atraparán al causante de todo esto y estaremos a salvo.

-No, no me refería a eso -murmuró.

-¿Entonces?

-Digo... con lo de la boda.

-Ah, eso... bueno... en teoría, no estamos casados.

-Ya, ya, pero me refería a si... a si tengo que hacerlo ahora que me crees -preguntó con timidez.

-¿Te importa si me tumbo? -Roy se quitó la pajarita y la chaqueta del traje, junto con su cinturón y lo dejó en su silla para después colocarse junto a Edward.

-No... supongo.

Roy le acarició la mejilla con las yemas de los dedos mientras le miraba fijamente a los ojos. Edward se dejó hacer, entrecerrando los ojos mientras disfrutaba del contacto.

-¿Te gusta?

-Mm... -murmuró algo similar a un ronroneo mientras movía un poco la cabeza, en busca de más caricias. Roy le apartó un par de mechones de su pelo de la cara.

-Pareces un agnelito con los ojos así cerrados... alguien vulnerable, inocente...

-No me recuerdes que también parezco una mujer -dijo amenazante.

-No lo haré -admitió mientras empezaba a acariciarle con el dorso de la mano- hacía mucho que no recibías una muestra de cariño, ¿no?

-Sí... pero he de reconocer una cosa...

-¿El qué?

-Eres muy bueno intentando cambiar de tema.

-Lo sé -le sonrió.

-Ahora en serio, ¿tendremos que casarnos? -le salió con un tono más tranquilo de lo que había pensado.

-Bueno, mi padre insistirá en hacerlo, pero bueno... si estás totalmente seguro que no quieres, le diré la verdad y te dejarán marchar.

-¿Qué te hace pensar que quiero casarme con alguien como tú? -dijo con tono molesto, pero seguía con los ojos cerrados, disfrutando del contacto.

-En el fondo te gusta cuando estamos a solas, te encantan mis caricias y... -esperó un momento para ver que acababa de fruncir el ceño, aún con los ojos cerrados- has dudado en la boda.

-¡No he dudado! -saltó como un muelle, pegando un bote en la cama.

-Lo has hecho. Te temblaba la voz y aunque no dijiste que sí, tampoco dijiste que no.

-¡Fue porque me dispararon esa maldita flecha! -replicó inchando los mofletes como un niño pequeño. Eso sólo hizo que Roy aumentase su sonrisa.

-Dejemos ese tema por ahora, ¿te parece? -sugirió.

-Por mí, vale -musitó volviendo a tumbarse.

-¿Te duele la cabeza? Te has dado un buen golpe.

-No me duele, pero estoy algo mareado.

-¿Quieres que abra la ventana? -dijo con tono preocupado- El aire fresco te sentará muy bien.

-No, gracias, estoy bien así -se colocó de costado, mirando hacia Roy.

-Si necesitas algo, no dudes en pedirlo.

-Oye, ¿no estás siendo demasiado amable?

-No. Tómatelo con calma. Creo que estás algo afectado por el incidente de esta tarde -dijo, y con disimulo se le acercó de nuevo y volvió a acariciarle, acercando un poco ambos cuerpos.

-Es posible. Es la primera vez que intentan asesinarme.

-Shhh, no digas eso. Por suerte, la herida no es grave y te pondrás bien en seguida. Podría haber sido mucho peor.

-Pero es la verdad. Han intentado matarme, cuando se suponía que yo no debía estar allí, ¿por qué siempre me toca a mí?-su tono dejaba entrever tristeza y dolor.

Roy olvidó las barreras que se había impuesto él mismo y le abrazó. Edward abrió mucho los ojos, dilatando sus pupilas, pero sin protestar.

-Te han hecho daño, pero gracias a Dios estás bien, estás vivo. Sé que corres peligro estando aquí, pero si sólo piensas en que te están persiguiendo a cada momento, no podrás vivir. Espero que comprendas eso.

Edward no dijo nada, pero asintió levemente ante el tono firme que estaba empleando con él.

-Ahora olvídate de eso. Intenta descansar para recuperarte antes, ¿vale?

-Vale... ¿Sabes...? -murmuró al cabo de unos segundos.

-¿Qué te ocurre? -contestó preocupado.

-No, no es nada... es que por un momento, me has recordado a mi madre; sólo eso -admitió algo avergonzado y hundió su cabeza contra el pecho de Roy.

No le gustaba que le viesen perdiendo la compostura, pero lo del ataque le había dejado muy afectado, tal vez demasiado y necesitaba desahogarse. Se arrrepintió levemente de haber reaccionado de aquella manera, hasta que Roy le revolvió el pelo cariñosamente.

-No te preocupes. Todo está bien ahora -dijo con tono tranquilizador, aferrándole con fuerza contra él.

-Oye, ¿puedo pedirte un favor?

-Claro, lo que quieras.

-¿Podrías quitarme este estúpido maquillaje? Siento como si tuviese toda la cara llena de tierra.

-Jaja -soltó una ligera risita- pues que sepas que te queda muy bien. Deberías restregarte la cara contra el suelo más a menudo -dijo burlón.

-Ya te gustaría, pero ¿Me vas a ayudar o no? -dijo molesto por el comentario.

-No te enfades -se separó de él lentamente y se puso en pie, para después rebuscar en el botiquín hasta sacar un pañuelo de papel. Le echó un poco de agua en una esquina y se lo acercó.

Edward se limpió la cara deprisa, quitándose el maquillaje con la parte húmeda y secándose la cara después con la seca.

-Así que este es tu verdadero aspecto, ¿eh? -le dijo Roy sentándose a su lado.

-Sí, supongo -Edward se encogió- oye, ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Vamos a dormir aquí?

-Dentro de un rato, yo iré a mirar a ver si han cogido ya al culpable de todo este lío. Tú te quedarás aquí a pasar la noche.

-Yo también quiero saber qué pasa.

-Venga, a dormir -Roy deshizo la cama por su lado y dejó sitio para que Edward se metiese entre las mantas, cosa que hizo a regaña dientes.

Ya había pasado la media noche. Edward se había quedado dormido en seguida y Roy estaba a su lado, despierto, velando para que no le pasase nada malo mientras dormía. De pronto, unos fuertes golpes hicieron que la puerta de madera se tambalease, despertando al rubio a su vez.

-¡Fuego, fuego! ¡Alteza, huya deprisa!

Al escuchar aquello, Roy cogió a Edward en brazos sin esperar a que el otro acabase de despertarse y salió corriendo por la puerta, dejando en pocos instantes detrás al guardia que les había informado del incendio.

Edward miró a través de una de las ventanas que había en el camino y comprobó que aquella era la única almena que no estaba siendo consumida por las llamas.

Su corazón comenzó a latir desbocado, totalmente asustado, ya que el fuego avanzaba a gran velocidad hacia donde estaban. Se aferró a la camisa de Roy con fuerza, temiendo caerse. Él se dio cuenta de su miedo, y le reconfortó agarrándole aún más fuerte. Bajaron el torreón y atravesaron corriendo el jardín cubierto de llamas. Roy le llevó corriendo a través del puente levadizo hasta el exterior del castillo.

Fuera, todo el mundo estaba moviéndose a gran velocidad, intentando apagar el fuego lo antes posible. Los gritos de pánico se escuchaban claramente en toda la amplitud del terreno. Roy le llevó a la parte trasera del edificio, donde había menos ruido.

-¿Estás bien? -preguntó dejándole en el suelo, pero sin separarse de él.

-Sí -Edward se mordió el labio.

-¿Qué te ocurre? -preguntó preocupado, zarandeándole levemente al ver que no reaccionaba.

-Roy, deja que me vaya.

-¿Qué dices? Debes tener fiebre. No puedo dejarte ir así.

-Si no huyo ahora, tendré que quedarme aquí encerrado siempre.

-¿Qué dices? Convenceré a mi padre, te dejará en paz -dijo con total seguridad, aunque a él también le comenzaba a temblar el labio.

-Ambos sabemos que no cederá -dijo en murmullos. Aquellas palabras también le estaban hiriendo a él- yo te lo he dicho, necesito viajar para sentirme vivo.

-Estás herido y enfermo. No puedo dejarte ir -se repitió, más a si mismo que a Edward.

-Estaré bien. Si me quedo, entonces enfermaré de verdad. Por favor. Esto es lo último que voy a pedirte nunca; deja que me vaya. Por favor.

Roy no fue capaz de responderle y con lentitud, dejó caer sus brazos a ambos lados del cuerpo.

Contempló expectante cómo Edward desaparecía entre los árboles de un denso bosque que en breve fue consumido por las llamas.

De aquello habían pasado ya tres años...

Después del incendio, abandoné la ciudad dos días después y no he vuelto a pisarla desde entonces.

Ahora me encontraba en la ciudad de Lior, caminando a través de lo que parecía ser el mercado del lugar. A pesar de estar formado por puestos de mercadillo, había muchos puestos de armas y joyas de valor, regateando por sacar a los visitantes el mejor precio.

Ya era casi el medio día, por lo que muchos ya estaban guardando las cosas para irse a comer.

De repente, en uno de los puestos, un colgante me llamó la atención. Era de oro blanco, con diseños florales formados por flores de rubíes y zafiros con diamantes en el centro y esmeraldas haciendo la forma de hojas.

Me acerqué un par de pasos para mirarlo de cerca. Aquel colgante me sonaba mucho. Estaba seguro de haberlo visto antes.

-Disculpe señor, ¿podría decirme de dónde ha sacado este colgante?

El comerciante estaba recogiendo y me respondió justo antes de cerrar el puesto:

-Se lo acabo de comprar a aquel hombre -me señaló con el dedo una figura que se alejaba a lo lejos entre la multitud.

No podía ser...

Corrí todo lo que pude, chocándome contra la gente que caminaba en mi contra. Tenía que hablar con él. Estaba convencido. No podía ser otra persona.

Conseguí alcanzarle cuando cruzaba la calle principal. Tiré de su brazo hacia atrás para poder verle la cara.

-Disculpe... me he equivocado -dije, soltándole y quedándome parado unos segundos.

Acababa de llevarme un chasco enorme. Pensaba que realmente era "esa" persona ¿Pero en qué estaba pensando? Él habría encontrado a otra princesita, a otra dama con la que quedar hermoso en las fotos y se habrían casado (Viendo la velocidad con la que hacía las cosas, ya debían llevar varios años de matrimonio). Seguro que ya se había coronado rey. Y seguro que se habría olvidado por completo de mi. De aquello estaba seguro.

Dejé caer los hombros y suspiré. Yo había elegido esto. Podría haberme quedado. Podría haber fingido ser una mujer. Pero escogí la libertad. Y si soy sincero, me parece que ahora estoy más atrapado que antes.

De pronto, sentí cómo alguien tiraba de mí hacia atrás para después acariciarme la mejilla con extrema suavidad. No podía creerlo ¿Realmente estaba allí?

Su pelo negro... sus ojos rasgados... su sonrisa de lado...

-¿Me buscabas? -me preguntó con ese tono irónico característico.

-¿P-pero qué haces aquí? ¿No deberías estar en tu castillo o lo que quede de él? -pregunté nervioso.

-Me fui a buscarte nada más apagar el incendio, pero como no te encontré, decidí iniciar mi viaje y ¿sabes qué? Tenías razón. Ser libre es maravilloso.

-Entonces... ¿no te has casado? ¿No vas a ser rey?

-No, claro que no. Renuncié a todo.

-Bueno... me alegro de haberte visto. Cuidate -me di la vuelta para seguir caminando. Él era feliz siendo libre. Yo no tenía por qué atarle a mí.

-Oye Edward... ¿Te importaría si te acompaño?

Me paré de pronto.


-¿Hablas en serio? -me giré sonriéndole de pura felicidad.

-Claro, ¿Por qué crees que he estado tres años siguiéndote?

Me acerqué a abrazarle y él me correspondió con un beso.

Por primera vez en mucho tiempo, me sentí realmente feliz y me alegré, aunque fuese sólo por una vez, de que me hubiesen confundido con una mujer, de que me hubiesen encerrado contra mi voluntad y sobre todo, de haber podido conocerle a él.

Porque ahora me siento libre... y es que la libertad que tenía antes, no es comparable al estar contigo.

Te quiero, Roy...

O-o-Fin-o-O