Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos.


El amor no tiene edad

Capítulo 2

En el primer descanso del día lunes Hikari se había quedado en su aula. Estaba lloviendo y si bien le gustaba la lluvia y hasta mojarse un poco, era muy temprano para empaparse la ropa y tener que soportar todo el día, así que optó por permanecer a resguardo.

Estaba recostada sobre su pupitre, mirando hacia la ventana como hipnotizada por el baile de las gotas sobre el vidrio, cuando una de sus compañeras le dijo que una amiga la esperaba en la puerta.

Curiosa, se volteó y descubrió que Takeru se había marchado en algún momento. Le dio las gracias a su compañera y se dirigió hacia la entrada.

—¡Mimi!

—¿Tienes un momento? —Por su tono, parecía querer hablarle de algo importante.

La castaña pestañeó un par de veces, sin reconocer el gesto de aflicción en los rasgos de su amiga y terminó por asentir.

La siguió hacia el exterior y subieron a la azotea, optando por permanecer cerca de la puerta desde donde podían ver en vivo y en directo el gran espectáculo del cielo sin ser tocadas por el agua. Hikari tuvo además la sensación de que el ruido de las gotas de lluvia golpeando contra el suelo aplacaría sus palabras de cualquiera que pudiera oírlas.

—¿Qué ocurre, Mimi?

—Necesito preguntarte algo. Tú... eres muy amiga de Takeru.

—Esa no es una pregunta —sonrió.

—Lo sé. Solo estoy intentando averiguar cómo decirlo. No fue tan difícil con Kou.

—¿Koushiro?

—Supongo que el probablemente es exactamente ese, que eres su mejor amiga y que alguna vez pensé que ustedes terminarían juntos —suspiró y se irguió del marco de la puerta en el que había permanecido apoyada para mirar a Hikari—. De acuerdo. Solo lo diré, ¿bien?

La castaña, aún sin entender, asintió suavemente con la cabeza.

—Creo que me gusta Takeru.

—Ya veo.

—¿Eso es todo? ¿No estás sorprendida o... enfadada?

—¿Por qué habría de estar enfadada?

—Porque eres su mejor amiga. Si alguien quisiera salir con Koushiro, mínimo le haría una prueba primero.

—Pero eres tú, Mimi. Y si me lo preguntas, creo que harían una buena pareja.

—¿En serio? ¿Incluso con la diferencia de edad?

—Ni siquiera se nota. ¿Me harás la pregunta ahora?

Mimi volvió a apoyarse contra el marco de la puerta como si se derrumbara.

—Takeru es... distinto a todos los chicos que conozco y no sé cómo comportarme con él. Qué decir, si coquetear o no...esa clase de cosas que siempre me fueron fáciles se convierten en una tortura.

—Solo deberías ser tú misma.

—Ya, esa basura no sirve.

El timbre del celular de la castaña interrumpió la charla. Hikari le dirigió una mirada de disculpa mientras lo sacaba de su bolsillo para leer el mensaje que acababa de recibir. A los segundos, una suave sonrisa se delineó en sus labios.

—¿Es de Yamato? —Curioseó Mimi a su lado.

—Sí.

—Pero él odia enviar mensajes.

—Lo hace a veces.

—No entiendo lo que le ves. ¿De qué te ríes? —preguntó a la defensiva cuando una pequeña risa escapó de labios de Hikari.

—De que te gusta su hermano y en el fondo, no son tan distintos.

—Bueno... —susurró, meditando sus palabras un instante—. Por eso necesito tu ayuda. Tú sabes cómo conquistar a esos rubios, ¿no? Digo...si eres novia de uno y mejor amiga del otro.

—Supongo.

—¿Entonces me ayudarás?

Hikari despegó la espalda de la pared y se giró hacia ella.

—¿Qué necesitas?


Esa misma tarde la madre de Koushiro había insistido en que se quedara a trabajar en casa.

—Quiero que salgas más, no que te expongas innecesariamente y enfermes —le dijo cuando al llegar de la preparatoria lo vio prepararse para salir.

Pero Koushiro se había acostumbrado a trabajar fuera, o al menos eso se dijo para calmar sus ansias por ir a la biblioteca.

La lluvia no había dado tregua durante todo el día, pero no era nada que un buen paraguas no pudiera solucionar.

Así que tras una pequeña discusión con ella, terminó por salir de todos modos.

Le tomó un poco más de lo habitual llegar a su destino porque las calles estaban atestadas de gente que volvía a sus casas antes de lo normal debido a lo que prometía convertirse en una tormenta en un par de horas.

Cuando atravesó la puerta principal se dijo que estaba siendo un tonto, que Jun no iría con esas condiciones, que él mismo no debió hacerlo, pero al llegar a la sala de computación la vio en su lugar de siempre y, aunque no lo entendió, algo se calmó en su interior. ¿Cómo podía ser que una chica tan frenética como ella le produjera calma? No parecía lógico.

Se quedó un momento en la puerta. Era la primera vez que la chica no levantaba la cabeza en cuanto lo veía aparecer. Lucía tan concentrada en el computador, que lo más probable era que no lo hubiera notado todavía, pero al menos eso le permitió observarla hasta que alguien le pidió permiso para pasar y tuvo que avanzar a tropezones hasta ella.

—¡Koushiro! —Alzó la mirada y le sonrió.

—Estás aquí.

—Y tú también. —Rio.

—Dicen que habrá una tormenta... creí...

—Ah, sí. Pero qué es un poco de lluvia, ¿no? Me acostumbré a trabajar aquí y en mi casa no puedo hacerlo porque Daisuke es un ruidoso.

—Entiendo —murmuró mientras pasaba por atrás de ella para ocupar el computador a su lado—. ¿Cuándo entregas tu trabajo?

—Mañana.

—¿Necesitas ayuda?

—No, ya lo tengo casi todo cubierto gracias a ti. Vine aquí para darle una última revisada.

—De acuerdo.

Trabajaron en silencio, cada uno en lo suyo.

Las teclas de Koushiro repiqueteaban casi al mismo compás en que la lluvia golpeaba el gran ventanal a su lado, solo que el sonido no estaba ayudando a calmar su mente como siempre hacía.

Tener las manos sobre un teclado siempre había sido una buena manera de mantenerse enfocado en algo, lo suficientemente concentrado para que el mundo no lo molestara tanto, para no pensar en problemas ni en nada que lo perturbara. Un pequeño refugio virtual.

Ahora aquella conexión estaba rota. Algo la interrumpía, como si hubiera una interferencia en la señal.

Renunció cuando se equivocó por tercera vez en la misma fórmula solo para descubrir dos cosas.

Uno, ya era muy tarde y la lluvia había aumentado su intensidad.

Y dos, Jun seguía allí. Eso no era tan extraño ni sorprendente, pues cada vez que se iba, casi siempre antes que él, se despedía. Lo desconcertante fue que cuando echó un vistazo a lo que hacía la vio jugando distraídamente al buscaminas. ¿Por qué seguía en la biblioteca si ya había acabado con lo suyo?

Carraspeó.

—Creo que me voy.

—Sí, yo también —replicó Jun al instante, quizá demasiado rápido.

Las manos de ambos se movieron apresuradamente para guardar las cosas en sus respectivos bolsos y se dirigieron a la salida al mismo tiempo.

Afuera de la biblioteca, se quedaron bajo la cornisa un momento mientras Koushiro abría su paraguas. Y fue solo entonces que lo notó.

—¿No trajiste paraguas?

Jun, que había estado muy concentrada observando el cielo, se giró a mirarlo.

—No.

—Pero debió estar lloviendo cuando viniste para acá. Ha llovido todo el día —Su cerebro no parecía entender la falta de lógica en su decisión.

—Lo olvidé. Soy distraída por naturaleza. Pero no pasa nada, vivo cerca así que... —Se detuvo, insegura sobre cómo terminar la frase hasta que decidió que probablemente lo mejor fuera dejarla a medias.

Hizo una ligera inclinación con la cabeza y se apresuró a bajar las escaleras. Se sorprendió cuando unos pasos resonaron tardíamente tras los suyos y de un momento a otro la lluvia dejó de caer sobre su cabeza.

Cuando se volvió a mirar a Koushiro, el chico pensó que sus ojos estaban brillando de un modo especial.

—Gracias —susurró pensando algo que obviamente no era, pues al instante él tomó una de sus manos y la obligó a sostener el paraguas por si misma—. Espera, no...

—Nos vemos, Jun.

Antes de que pudiera detenerlo, se volvió y empezó a caminar en la dirección contraria dejando a la chica en mitad de la calle.


Mimi chasqueó la lengua. Llevaba diez minutos en ese estúpido pasillo caminando de un lado a otro en la esquina, mientras esperaba que Takeru se dignara a salir de su aula. Los demás chicos de onceavo grado que pasaban por allí se la quedaba viendo raro. En un momento de paranoia pensó que era porque se veía vieja y casi desistió de su misión. Pero no. Mimi Tachikawa nunca desistía.

Cuando por fin vio una rubia cabellera emerger del salón que correspondía a Takeru y Hikari, se ocultó detrás de una pared transversal y contó hasta diez antes de salir abruptamente para chocar con el chico como si fuera una casualidad.

No previó que el impacto pudiera ser tan fuerte y la dejara en el piso.

—¡Lo siento mucho! No te vi...

Al abrir los ojos, descubrió la mano de Takeru extendida frente a ella para ayudarla.

—¡Ah! Así que eres tú, Mimi.

La chica tomó la mano que se le ofrecía y se impulsó para levantarse.

—Claro que soy yo.

—Es que casi no te reconocí con esos lentes. Parece que esto es tuyo. —Volvió a agacharse al distinguir un libro junto a uno de sus pies. Al tomarlo en una de sus manos no pudo evitar echar un vistazo a la portada—. ¿El principito? —preguntó extrañado.

—Sí, es interesante —murmuró al recibirlo.

—No sabía que leías. —Lucía un poco desconcertado, pero también interesado en lo que parecía ser una nueva faceta de la chica que hasta entonces creyó conocer perfectamente bien.

—Pues hay muchas cosas que no sabes de mí.

—¿Desde cuándo usas lentes?

—Son para leer —replicó a la defensiva.

—Ya, pero no tienen cristales. —Señaló, inclinándose sobre ella para poder mirarla más de cerca.

—¡Apártate!

—¿Qué ocurre? ¿Huelo mal? —preguntó burlón, sin apartarse ni un ápice.

—¿Sabes cuán humillante es que tengas que mirarme para abajo siendo dos años menor que yo? —preguntó, valiéndose de la única excusa que se le ocurrió, la que tampoco era una excusa exactamente. Todos sus amigos sabían que odiaba ser tan pequeña y lo compensaba con tacones.

En el fondo, Takeru presintió que no era eso lo que le molestaba de su cercanía, pero ladeó la cabeza y decidió dar un paso atrás para que se relajara.

—Se supone que los chicos seamos más altos, ¿no? Además, te ves más pequeña porque hoy no andas con las plataformas de siempre.

La barbilla de Mimi tembló imperceptiblemente. Una de dos, o el chico era muy observador, lo que considerando su sueño de ser escritor podía ser bastante posible, o simplemente estaba muy pendiente de ella, porque había notado todos los pequeños cambios enseguida. Cambios que un chico promedio, con lo distraídos que eran, se tardaría semanas en notar.

—No estarás intentando conquistar a un empollón, ¿o si?

—¿Qué?

—Vamos, no puedes culparme por pensarlo. Los lentes, el libro e incluso andas sin maquillaje. No pareces la de siempre.

—Porque no soy la de siempre —replicó enfadada, como si le molestara que no pudiera intuir a qué se debía el cambio.

—Vale —contestó él, un poco cortado.

—Y ya debería irme de todos modos. Nos vemos.

El chico se quedó de pie en mitad del pasillo mientras la veía pasar por su lado, marchando hacia el lado contrario al cual él se dirigía.

Ninguno de los dos notó que Hikari observaba todo desde la puerta del salón. Sabía que darle toda esa información a Mimi no era una buena idea. Ella no la necesitaba para gustarle a Takeru, pues ya se notaba que algo había surgido entre ellos —lo percibía cada vez que estaban los cuatros junto con Koushiro o a veces sin el pelirrojo—, por eso enfatizó mucho en que no pretendiera ser alguien más, pero incluso así la chica insistió en tomar notas de todas las aficiones de él o todas las cosas que pudieran gustarle en una chica.

Le gusta leer. Su libro favorito es "El principito". También le gusta el básquetbol aunque eso ya lo sabes. Le gustan los animales y salir a pasear al parque o andar en bicicleta. Si le preguntaras cuál es su actividad favorita de todas probablemente diría que comer, y pensarías que te está tomando el pelo, pero si entrara en la categoría de hobby sería cierto. Y sobre las chicas... creo que le gusta verlas naturales, sin mucho maquillaje y esas cosas.

Instantes después, vio al rubio alejarse por el pasillo probablemente para comprar la bebida por la que había salido antes de ser interceptado.

—¿Realmente no sabes que tú eres el empollón, Takeru-kun? —preguntó a nadie en particular.


Koushiro llegó primero a la biblioteca esa tarde, por lo que estuvo los quince minutos que la chica se tardó en aparecer alternando la vista entre la pantalla y el sitio a su lado.

Cuando lo hizo por novena vez decidió que se estaba pasando. Si no se concentraba no tenía ningún sentido que siguiera allí pudiendo estar en la comodidad de su casa. Y aunque suponía que allá tampoco se concentraría demasiado, al menos estaría a gusto.

Seguía dándole vueltas a eso y a que tal vez ahora que había entregado el trabajo ella dejaría de ir, cuando de pronto Jun lo saludó, sacándolo abruptamente de sus pensamientos. No la había visto entrar.

—¿Te asusté? —preguntó frunciendo el ceño.

—No, solo... estaba muy concentrado en algo.

—Lo lamento.

—No pasa nada —murmuró regresando la vista a la pantalla—. ¿Pudiste entregar tu trabajo hoy?

—Sí, y estoy casi segura de que sacaré un cien gracias a ti.

—Claro que no. Es tu trabajo y te esforzaste por él. Si sacas un cien, será por tu propio mérito.

—Pero tú me ayudaste y si no lo hubieras hecho ni siquiera habría encontrado la mayúscula en el teclado. Siempre he sido un desastre con los computadores. Y ni hablar del marco investigativo, me ayudaste mucho también con eso.

—No fue nada —insistió el pelirrojo, sin dejar de teclear en ningún momento.

—Vale, pero aún así quisiera agradecértelo. Invitarte a tomar algo o... no sé, lo que tú prefieras hacer.

Durante lo que restaba de día y quizá también de semana, Koushiro se cuestionaría por qué dijo lo que dijo a continuación.

—No puedo.

—Ah... pues no hay problema. No tiene que ser hoy...

Pero claro, siempre había una forma de empeorar las cosas.

—Estaré ocupado también el resto de la semana.

—Ya veo. Entonces dejémoslo así, no quisiera molestarte en nada de lo que tengas que hacer.

—¿Te vas? —Solo en ese minuto dejó de teclear para mirarla. La chica ya tenía la mochila al hombro.

—Supongo que no tengo nada más que hacer aquí.

Esa noche Mimi lo llamó cerca de las diez, cuando él se preparaba para dormir.

—¿Qué le dijiste qué?

—Que no podía.

—¿Y por qué hiciste eso?

—No lo sé. Entré en pánico, creo.

—Pues ve a casa de Daisuke y arréglalo.

—No estoy seguro de que sea una buena idea.

—¡Pero teníamos un trato!

—Y lo intenté.

—No es cierto.

—Escucha... no estoy seguro de que me guste. Es más bien una ilusión.

—¿Cómo cuando te gustaba Sora y ella empezó a salir con Taichi?

—Prometimos nunca más hablar de ese tema.

A pesar de que solo estaban hablando por teléfono, Mimi pudo imaginarlo perfectamente contrayendo los músculos ante sus palabras.

—Lo sé —suspiró—. Lo siento. Tuve un mal día y creo que me estoy descargando contigo.

—¿Tu plan con Takeru tampoco va bien?

—La verdad no tengo idea. Él es...difícil de leer, ¿sabes? Siempre está bromeando y... no sé qué pensar.

Koushiro tampoco supo, y lamentaba no poder ayudarla.


—¡Eh, tú!

Mimi se detuvo en mitad de su rutina cuando escuchó que alguien le hablaba desde atrás.

Al girarse descubrió a Takeru, aunque eso ya lo sabía de antemano porque conocía su voz.

—¡Hola! No te vi aquí ayer, ni antes de ayer.

Mimi relajó los brazos y fue a ordenar sus cosas, que como siempre se hallaban desparramadas alrededor de su bolso, todo sobre una de las gradas inferiores de uno de los laterales.

—Eso es porque no vine.

—Lo noté. Solo estaba siendo sutil. Esperaba que me dijeras si todo va bien.

La chica cerró el bolso deportivo de un tirón y solo entonces lo miró.

—¿A qué viene esa pregunta?

—A que me da la sensación de que estuvieras evitándome desde la conversación del otro día.

—Siento decepcionarte, pero el mundo no gira a tu alrededor.

Takeru sonrió y se llevó las manos a los bolsillos de su chaqueta.

—Ya. Esa frase es un cliché, ¿pero qué significa exactamente?

—Que puede que lo que dijiste me molestara un poco, pero no he estado evitándote. Tenía cosas que hacer —mintió.

El rubio la miró por largo rato, sopesando sus palabras. No le creía, pero si ella decía que estaba bien, no podía más que pretender que sí.

—Si puedo decirte algo sin que te ofendas, hoy te pareces más a ti que el otro día.

—Sí. Lo pensé y el otro look no me convencía.

—Pues te quedaba bien.

—Eso es natural. Todo me queda bien —replicó con una sonrisa engreída.

—Sí, supongo que tienes razón.

—¿Supones? —Se indignó.

¿Por qué el chico tenía que ser así? Con él se sentía siempre como si caminara sobre una cuerda floja y con los ojos vendados. No sabía a qué atenerse ni tampoco podía estar segura de lo que creía ver o percibir. No podía confiar en sí misma y en sus instintos.

Aquello, contra todo pronóstico, era tan aterrador como atractivo.

—De acuerdo. La tienes.

—Así está mejor, Takaishi.

—¿Ahora soy Takaishi?

—Pues no te has ganado un mejor trato de mi parte —replicó orgullosa.

—Lo acepto. ¿Vas a ducharte?

—Sí, pero...

—Te espero.

—No hace falta que me esperes —concluyó la frase luego de que él la interrumpiera.

—Claro que no, pero quiero hacerlo.


Se dirigía apesadumbrado hacia la biblioteca como cada tarde. Por más que quisiera rebelarse contra sí mismo y no ir, por más que se dijera que ella no estaría ahí, no podía evitar esperar que ese día fuera distinto. Se cambiaba de ropa al llegar a casa de la preparatoria y sus pies lo conducían sin su permiso hacia el lugar.

Esa tarde, al dar vuelta en la esquina, la vio parada frente al edificio. Antes de pensarlo ya la había llamado.

—¡Jun!

La chica se volteó a mirarlo, sobresaltada como si acabara de ser descubierta haciendo algo malo o estuviera en un lugar en el que no se suponía que estuviera.

—¡Koushiro-san!

El pelirrojo llegó hasta ella con pasos apresurados y se detuvo enfrente.

—¿Vienes a la sala de computación?

—No, en realidad yo solo pasaba por aquí.

—Ah, ya veo.

Koushiro comenzó a sentirse incómodo cuando pasó más de un minuto sin que ella dejara de mirarlo. No lo hacía fijamente ni tampoco con ese brillo algo psicótico que hubiera esperado encontrar en sus ojos unos años atrás cuando perseguía a Yamato a todos lados, pero sí de una forma que lo hacía sentir inquieto e impaciente, como si ella esperara que dijera algo.

Él también lo sentía, que debía ser quien destrabara el silencio que se instaló entre ambos, mas desconocía las palabras correctas para hacerlo.

Jun era, para él, como una computadora bloqueada en muchos sentidos. No sabía la clave ni tampoco quería tomar el riesgo de que por intentar adivinarla, las cosas terminaran peor.

—Entonces me voy.

—Te vas...

—Adiós.

Mientras la chica se daba la vuelta y se alejaba, Koushiro sintió que las piernas le hormiguearan como si estuvieran revelándose, queriendo ir tras ella. Él, no obstante, solo pudo verla marchar.


—¿Sabes? Nunca me ha convencido eso de que ser porrista califique como deporte.

Otra vez Takeru apareció por su espalda, sobresaltándola con su voz cuando casi terminaba con su rutina.

Mimi se volteó y se llevó ambas manos a la cintura con los pompones en ellas.

—Lo hace. Somos verdaderos atletas —replicó a la defensiva, cayendo justo en la trampa del otro sin saberlo.

—Ya. Entonces demuéstralo.

—¿Cómo?

—Intenta dominar el balón. —Le indicó señalando la pelota que tenía entre sus manos.

—Eso no tiene nada que ver con lo que hago.

—Pero un verdadero atleta podría descifrarlo, ¿no?

—No lo creo.

—¿Te acobardas?

La chica lo miró boquiabierta, sumamente indignada de que siquiera pudiera insinuar algo así. Ella nunca se acobardaba.

—Eres insufrible —protestó al acercarse a él para arrebatarle el balón de las manos—. Se creen mucho porque corren detrás de una pelota como idiotas, ¿no?

—En realidad es más que eso.

—Bueno, ser porrista también lo es. Me gustaría ver si podrías dar siquiera dos saltos mortales sin marearte o que te subieran arriba de una pirámide sin temblar por tu vida.

—¿Quieres verlo?

—Por favor.

El chico observó a ambos lados y se dirigió a las gradas para dejar su bolso junto al de Mimi, que como siempre era un desastre.

—De acuerdo... ¿no vas animar o algo?

—No tientes tu suerte, Takaishi.

El rubio sonrió burlón y súbitamente se dio impulso, apoyando ambas manos en el suelo para darse dos vueltas seguidas hacia adelante.

—¿Có-cómo hiciste eso?

—Parte de nuestro entrenamiento es estar en forma y eso incluye piruetas —mintió. En realidad le gustaba probar cosas nuevas y hace un tiempo había insistido en aprender por su cuenta.

La chica, todavía sin caber dentro de sí del asombro, aferró la pelota con más fuerza.

—Tu turno —dijo él con un tono ineludiblemente burlón.

¡Maldito Takeru que tenía que ser bueno en todo!

Mimi se dio la vuelta y caminó hasta el tablero, situándose justo frente a éste mientras sentía los azules ojos del chico clavados en su espalda como dos agujas.

Contó hasta tres, flectó un poco las rodillas y vaya a saber uno por qué, cerró los ojos antes de lanzar a tontas y a locas.

Lo gracioso fue que encestó. Luego de que la pelota golpeara contra una de las orillas dio una vuelta casi completa y cayó por el aro.

—¡Ja, ahí tienes!

—Suerte de principiante. Trata otra vez.

—¿Qué? —preguntó mientras miraba como el otro iba hacia el balón para recogerlo y luego se lo lanzaba, recibiéndolo ella cerca del estómago—. ¡Eso es trampa! Hice lo que me dijiste.

—Solo quiero ver si ese truco de cerrar los ojos te funciona dos veces.

Mimi hizo una mueca de desagrado preguntándose cómo era que había llegado a pensar que el chico podía gustarle con lo desagradable que era. ¡Debía estar loca!

Muy bien. Lo haría de nuevo. Y otra vez si hacía falta para cerrar su bocota.

Sin pensárselo ni un segundo, volvió a tirar a ojos cerrados, fallando desastrosamente en el intento.

La risa de Takeru reverberando tras ella se le hizo el sonido más irritante que había oído en su vida, al menos hasta que él, tras ir por el balón, se acercó por atrás y la pilló desprevenida.

—¿Qué estás...? —intentó preguntar cuando él la rodeó con los brazos, obligándola a tomar la pelota.

—Voy a darte una lección gratis. Concéntrate en el aro.

—Y-yo no pedí ninguna lección gratis —susurró pensando que esa era demasiada cercanía para dos buenos amigos y preguntándose, sin poderlo evitar, si Takeru enseñaría también así a otras chicas cómo encestar.

—Y esa es una de las tantas cosas que me convierten en un alma bondadosa —sonrió él cerca de su oreja—. Ahora concéntrate en el tablero y no cierres los ojos. Esa nunca ha sido una buena técnica para encestar.

—Vale.

Las manos de Takeru, más grandes y menos cuidadas, se sobrepusieron sobre las de ella con una lentitud que a Mimi le pareció una caricia disimulada que repercutió en su estómago, estremeciéndola.

—Los ojos en el tablero —insistió él al ver que la mirada de la chica seguía los movimientos de sus manos.

Mimi asintió y se esforzó por hacer caso.

—Flecta un poco tus rodillas, solo un poco.

Al hacerlo, una de sus piernas rozó la del chico advirtiéndole que estaba más cerca de lo que había creído en un inicio.

—Eso es. Y no pierdas de vista tu objetivo.

Pero lo hizo. Por un segundo al menos, Mimi se giró a mirarlo. Y allí, justo en ese momento, al verlo tan serio con los ojos fijos en el tablero, sintió que tenían algo entre manos, y no hablaba del balón precisamente.

—Y encestas. —Takeru se impulsó, obligándola a moverse al mismo tiempo.

La pelota entró limpiamente por el aro.

—¡Lo hice!

—Bueno. Técnicamente yo lo hice, pero tienes talento.

Mimi lo apartó de un empujón y sin decirle nada se dirigió a los vestidores. Cuando traspasó la puerta, sin embargo, se dio cuenta de que estaba sonriendo.


Pasó una semana más. Quedaban solo un par de días para el partido y Koushiro creía haberse acostumbrado a su soledad habitual en la sala de computación de la biblioteca.

Mimi le insistió un montón de veces que si quería conseguir algo con Jun tenía que esforzarse. Lo intentó un par de veces. Pensó en ir a verla o incluso llamar, pero no tenía ni la más remota idea de lo que le diría.

La mente se le bloqueaba. La lengua se le trababa. Y llegaba a ser frustrante ser tan negado para su propio idioma y prácticamente un prodigio para ese de las computadoras que solo unos pocos entendían.

—Hola.

Levantó la cabeza bruscamente del computador, sorprendiéndose al encontrar a Jun a su lado, tal como venía sucediendo a diario hasta hace varios días atrás.

—Hola.

La chica le sonrió. Lucía un poco incómoda, pero Koushiro no llegaba a entender ni imaginar por qué.

—Te traje esto.

De pronto tuvo frente a sus ojos un pequeño compendio de papeles en cuya primera hoja, además del título y el nombre, estaba pintado un cien en números grandes.

—Obtuviste una calificación perfecta... —A pesar de todo, Koushiro no pudo evitar sonar sorprendido cuando lo dijo.

—Quería que fueras el primero en saberlo. Pensé que era lo justo.

El chico abrió la boca, pero para variar no supo que decir. ¿Gracias? No se sentía apropiado. ¿Por qué iba tener que agradecerle?

—Entonces... ya me voy.

—¡Jun! —En cuanto el pelirrojo se dio cuenta de que había hablado más fuerte de lo que pretendió, logrando atraer un par de miradas curiosas —algunas de ellas no muy amigables— enrojeció como un tomate—. Lo-lo lamento. —Aquello bastó para que todos volvieran a lo suyo.

Miró a Jun a los ojos y de nuevo pensó que lucía incómoda. Incómoda y también un poco triste. No parecía que le importara mucho haber obtenido un cien.

—Yo... ¿quieres...digo, te gustaría ir a tomar algo para celebrar?

E inesperadamente el rostro de la muchacha cambió en apenas segundos del mismo modo en que lo hacía el cielo entre las estaciones frías y cálidas.

—¡Me encantaría!


—¿Entonces cómo dices que acabó mal?

Koushiro se frotó el entrecejo, igual que hacía cada vez que algo le preocupaba, y se sentó sobre la cama ya con el pijama puesto para dormir, acomodándose el teléfono mejor contra la oreja.

Se encontraba hablando con Mimi luego de que la chica lo llamara justo antes de que se metiera entre las cobijas. Quería contarle algo, pero en cuanto lo notó extraño y él le contó de su cita con Jun, terminó olvidándolo por completo y exigiéndole detalles.

—No lo sé exactamente. Estábamos ahí, frente a frente...y...

—¿Y se fue? Ahí falta algo, Kou. ¿Qué tomaron? ¿Te ofreciste a pagar la cuenta?

—Sí. Ella tomó un chocolate caliente y yo un café.

—¿Y de qué hablaron?

—¿De qué hablamos?

—Eso pregunté.

—Pues... de computadoras. Quizás la aburrí.

—No parece motivo suficiente para que se fuera. No si se tomó la molestia de ir hasta la biblioteca solo para enseñarte su calificación. Tiene que haber algo más. ¡Piensa!

—¡No lo sé! Solo... —De repente una idea se le vino a la mente, pero no creía que fuera por eso, ¿o si?

—¿Koushiro?

—Le hablé de ti.

—¿De mí?

—Sí.

—¿Cuánto?

—¿Cómo que cuánto? No lo sé.

—Hablo si le hablaste de mí de pasada, como una amiga cercana, o lo suficiente para que ella pensara que estás interesado en mí.

—¿Qué? ¿Por qué pensaría...?

—Códigos humanos, Kou. No lo entenderías. —A pesar de lo que dijo, no buscaba ofenderlo.

—Supongo que bastante.

—¿Y por qué hiciste eso?

—Estaba nervioso y pensé que la aburriría si seguía hablando de computadoras, así que le empecé a contar una anécdota que te incluía a ti y luego... se me ocurrió otra y así.

—Diablos. Eso es malo.

—¿Muy malo?

—Sí, pero nada que no puedas arreglar si hablas con ella.

Koushiro pensó que decirlo sonaba fácil, pero hacerlo no tanto.


Mimi salió de la ducha y se envolvió el cabello y el cuerpo en una toalla. Faltaban solo dos días para el partido y Takeru no había aparecido a incordiarla durante su entrenamiento personal como venía haciendo últimamente, o al menos eso pensó hasta que al girar la cabeza se lo encontró espiando por la puerta, causando que casi soltara la toalla que a duras penas logró sostener con una mano en el pecho.

—¡Mierda! ¿Qué haces ahí como un psicópata, Takeru? ¿Qué tal si hubiera estado desnuda?

El rubio sonrió de lado, de una forma desagradablemente similar a la de su hermano, o al menos según Mimi, y se atrevió a entrar al lugar con las manos en los bolsillos. Ese día tenía más que nunca la apariencia de niño bueno, esa que hace rato la chica no lograba atisbar en él.

—Tú me viste desnudo. Habríamos estado a mano, ¿no crees? Pero no te estaba espiando. Solo pensé que era justo echar un pequeño vistazo a los vestidores femeninos. Pensé que serían distintos, pero solo se ven más limpios.

—Eso suena a una excusa barata, Takaishi. Querías verme desnuda, ¿no es así?

—Por supuesto. Tengo dieciséis años. Se supone que espíe a las chicas en los vestidores, ¿no?

La forma tan despreocupada en que le respondió, lejos de molestarla hizo que Mimi se sonrojara.

—¿Me permites cambiarme, por favor?

—Por supuesto, madame —dijo haciendo una reverencia antes de desaparecer.

A pesar de todo Mimi no creía que Takeru fuera la clase de chico que espiaba a una mujer. Por eso se vistió lo más rápido que pudo y volvió a dar un respingo cuando, al terminar de pasarse la polera por la cabeza, lo vio asomarse nuevamente.

—¡Ya no es gracioso! —le reprochó.

—Lo siento —se disculpó risueño—. Pensé que ya estarías lista.

—Lo estoy.

—Genial porque quería hablar contigo de algo. —Al decirlo, se introdujo a los vestidores y cerró la puerta a sus espaldas.

—¿Qué...? ¿Por qué cierras la puerta?

—Porque no quiero que nadie nos interrumpa.

—De acuerdo. ¿De qué quieres hablar?

—Tengo una teoría loca.

—¿Qué clase de teoría?

—Verás. El otro día cuando chocamos y te pregunté si estabas intentando conquistar a un empollón me quedé pensando en una cosa.

—¿En qué?

—De casualidad, ¿no seré yo el empollón al que buscabas conquistar o si?

Mimi rio. O bueno, lo intentó. Pero hasta ella se dio cuenta de lo falsa y forzada que le salió la risa.

—¿Qué cosas dices? Claro que no.

—Imposible, ¿verdad? Eso pensé yo al principio —dijo mientras se acercaba a ella a pasos lentos—. Pero luego me diste ese chocolate y fue cuando me di cuenta.

—¿De qué te diste cuenta?

—De que últimamente pareces saber mucho de mí. Además, te conozco desde hace años. Eres la clase de chica que cuenta las calorías que ingiere, así que perdóname si saco conclusiones demás, pero no veo otra razón para que tuvieras ese chocolate en tu bolso que para regalármelo.

Mimi volvió a reír, esta vez con mayor naturalidad que antes, pero se atragantó en cuanto se dio cuenta de lo mucho que había avanzado el chico. Ahora, sin saber cómo, lo tenía a un palmo de distancia y se hallaba acorralada contra la pared.

—Así que dime la verdad. ¿El empollón era yo?

—Eso depende —susurró Mimi—. ¿Eres un empollón? —Pretendía sonar irónica, como si se burlara. Todo lo que consiguió fue que le saliera un hilo de voz y que una alarma en su cerebro se encendiera, advirtiéndolo que era tiempo de escapar.

—Si que me guste leer y escribir más que al promedio me convierte en uno, lo soy. Y si eso hace que te guste, no me importa serlo en lo absoluto.

Las últimas palabras se cerraron sobre el rostro de Mimi, bañándola con el aliento cálido del chico, que le hizo cosquillas en la nariz.

—Este es el momento para que digas que me detenga —susurró él.

Pero no lo hizo. Sus labios se encontraron y tras breves segundos de reconocimiento, las manos de la chica se enlazaron alrededor del cuello de él, impulsándola hacia arriba para, de alguna forma, subsanar un poco la diferencia de altura.

Takeru la rodeó por la cintura a su vez y entonces Mimi sintió que casi perdía contacto con el suelo por completo, aunque no estaba segura de si se trataba de algo real y físico, o solo hipotético. Metafórico.

Cuando se separaron, ella apoyó la cabeza contra la pared que tenía atrás y él puso ambas manos a sus costados, todavía estando muy cerca.

—Pe-pero no entiendo, soy vieja.

La risa de Takeru, ronca y divertida, la hizo compararla con aquel tono chillón que había tenido alguna vez. Definitivamente ya no era un niño.

—Primero, no lo eres. Y segundo, con tu apariencia podrías pasar fácilmente por alguien incluso menor que yo. Ventaja de ser tan diminuta.

—Pero...

—Demonios, me encantas —La silenció él, volviendo a besarla.

—Ta-Takeru —murmuró, valiéndose de una mano en su pecho para conseguir alejarlo un poco—. Creo que deberíamos detenernos ahora.

—¿Por qué?

—Porque estamos en la escuela y...

—¿No habrás estado pensando en hacerme nada, o si, Mimi-chan? Porque mi plan únicamente era devorarte la boca.

Las mejillas de ella adquirieron un bonito tono rojizo y Takeru rompió a reír de nuevo.

—Eres una pervertida —bromeó—. Ya habrá tiempo para eso. ¿Vienes? —preguntó rumbo a la puerta.

Sin embargo, la chica seguía en el mismo lugar como si se hubiera convertido en una estatua.

Takeru, totalmente confuso, pestañeó en su dirección intentando en vano hacer contacto visual.

—¿Hay algo más que te preocupe?

—Solo pensaba que tal vez deberíamos mantener esto en secreto un tiempo.

—¿Disculpa? —Su tono, repentinamente seco y adusto, hizo que la chica al fin se atreviera a mirarlo—. ¿Qué se supone que es esto? Solo acabo de darte un beso, Mimi. No pedirte matrimonio.

—Ya, lo sé, pero... de todas maneras. Me refiero a mientras descubrimos a dónde va esto.

—¿Por qué?

—¿Por qué? —repitió ella por simple reflejo.

—Sí. ¿Por qué deberíamos ocultarlo? ¿Yo te gusto?

—Sí.

—Y tú me gustas a mí. ¿Qué más deberíamos...? Oh, espera. ¿Te da vergüenza? ¿Es eso?

—¿Qué? No tengo idea de lo que hablas.

El chico deshizo el camino que había seguido hacia la entrada y se detuvo frente a ella, esta vez a más distancia y con una actitud completamente diferente a la encantadora y galante de hace un momento atrás.

—Si es eso, solo dilo.

—Takeru...

—¿Te avergüenza salir con un chico menor que tú?

—¡Por supuesto que no!

—¿Y entonces qué es?

Los labios de Mimi empezaron a temblar, así que se los mordió intentando detener el movimiento.

—Bien. Pensé que ibas en serio. Que te gustaba. Pero si esto es un mero capricho que la princesita quiere cumplir, tendrás que buscarte a otro para que lo haga. No estoy para tus juegos —concluyó con firmeza, y luego salió a grandes zancadas del lugar dejándola totalmente sola.


—Es extraño, porque normalmente serías tú la que pregunta esto, pero... ¿por qué hiciste eso?

—No tengo idea. Estaba... abrumada y me asusté. Es cierto, quería conquistarlo. Solo que creo que no había pensado apropiadamente qué pasaría si lo hiciera, o si yo ya le gustaba. Estas cosas... los romances entre amigos no siempre funcionan bien.

—Es curioso que lo digas porque antes no lo hubieras pensado dos veces.

—¿De qué hablas?

—De que has madurado y eso está bien.

—No. No lo está si hice que se enfadara y ahora no me hablará más —susurró provocando un pequeño ruido por el teléfono cuando se dejó caer de espaldas sobre su cama, con todo su cabello desperdigándose alrededor de su cabeza.

—No creo que sea tan así. Por lo que me cuentas, ambos estaban a la defensiva. Estoy seguro de que si hablas con él pueden arreglarlo, pero antes asegúrate de saber lo que quieres o solo será peor.

—¿Y cómo se supone que sepa lo que quiero? Nunca en mi vida lo he tenido claro. ¿Rosa o morado? ¿Falda o short? Siempre estoy dudando, Kou —dijo con tono dramático—. ¿Sigues ahí?

—Sí. Solo estoy pensando... escucha, desearía ayudarte, pero sabes que estos temas no se me dan bien. ¿Por qué no hablas con Hikari?

—¿Qué tal si Takeru ya le contó y ahora me odia?

—Vamos. Hikari no es capaz de odiar a nadie. Y sinceramente creo que estás exagerando.

—Sí, ¿verdad? ¿Y qué hay de ti con Jun?

—Yo ya lo estoy superando.

—¿Seguro?

—Claro. Solo fue algo pasajero.

—Está bien entonces —suspiró sin creerle del todo.

Como siempre, Koushiro acababa de sugerirle una buena idea para solucionar su problema. Lo que él no sospechaba era que no solo se encargaría de arreglar lo suyo con Takeru.

Eres brillante, se dijo. Y con la cabeza un poco más despejada, logró dormirse pocos minutos después.