Disclaimer: Saint Seiya no me pertenece, todos los derechos están reservados por Masami Kurumada y la TOEI.
Aclaración:La descripción física de Palas Athena la tomé de la autora Mouxe, me pareció una agradable descripción y quise usarla. También el nombre de Panthea y un poco de su historia. Todos los derechos en cuestión a eso, dénselos a ella.
Mi vida pasada y yo
Capítulo 2: Panthea.
El Caballero de Sagitario corría presuroso por las escaleras que lo llevarían a la décima casa del Santuario. Había sentido un leve cambio en el cosmo de Saori, y se alarmó más cuando sintió que la presencia de su Diosa desaparecía y reaparecía de un momento a otro de la nada.
Al no sentir la presencia de algún enemigo, el temor se hizo más latente, dado a que si no había logrado sentir su cosmo, quería decir que era un oponente mucho más fuerte, uno de cuidado. La situación era alarmante, por lo que continuó corriendo hasta finalmente llegar hasta la onceava casa, el templo de Acuario.
— Saori… —el nombre de la Diosa era lo único que la cabeza del antiguo Caballero de Pegaso tenía en la mente. No podía haber alguien más al él sentir que aquella hermosa mujer, por la cual daría la vida, estaba en peligro,
Al ser ella el único motivo por el que había abandonado presurosamente la casa de Sagitario, no se detuvo en ningún momento para poder tomar analizar las cosas que podían estar pasando. A pesar de ya ser un Caballero Dorado, y de ya tener 20 años de edad, el joven japonés continuaba siendo igual de impulsivo y de desesperado como en su niñez.
Logró salir con éxito de la Casa de Acuario, ya no faltaba mucho para poder llegar a la cámara del patriarca. Eso era lo único que no le gustaba del santuario, que la única forma de poder llegar hacia Athena era tener que cruzar cada una de las casas, y era en momentos como estos en los que más rápido debía llegar.
— Eso no importa ahora. Saori necesita de mi ayuda… —pensó para sí mismo Seiya mientras avanzaba por las escaleras.
Mantén la calma, Caballero. Athena no se encuentra en ningún problema…
Al escuchar esa voz dentro de su cabeza, el antiguo Caballero de Pegaso no pudo más que detenerse, ya que de la nada, el panorama había cambiado totalmente. El lugar donde se encontraba ya no eran precisamente las escaleras que conducían a la doceava casa, sino en un sitio retirado del santuario. Parecía ser un área de entrenamiento.
— Qué extraño… ¿dónde me encuentro? —se preguntó Seiya mentalmente—. Esto parece ser un área de entrenamiento fuera del santuario, pero… ¿Qué es lo que hago aquí? Se suponía que yo estaba yendo directamente hacia la casa de Piscis… ¿Cómo es que…?
— Yo fui quien te trajo hasta aquí, Pegaso de la era actual —dijo una voz por detrás, lo que causó que Seiya girase su rostro. Al hacerlo no pudo evitar sorprenderse.
Frente a él tenía a una versión suya mucho más adulta, lo único que los diferenciaba eran sus ojos; los orbes del Pegaso actual eran color café chocolate, mientras que los del otro joven eran color arena. Un color de ojos poco común en la actualidad.
— Tú… Tú eres… —susurró Seiya, impactado.
— Soy tu vida pasada, Pegaso Seiya —explica el joven de apariencia adulta—. Mi nombre, es Panthea.
— Pa-Panthea… ¿Pero qué…? —susurró el actual Caballero de Sagitario, totalmente asombrado.
— Primero debes tranquilizarte un poco Seiya —comenzó Panthea mientras se acercaba a él—. Entiendo tu preocupación perfectamente; pero por ahora debes confiar en mí —le pidió mientras colocaba una mano sobre el hombro del Caballero, el cual aún tenía una mirada de asombro y confusión.
La mirada que Panthea le dedicaba a Seiya era una de plena seguridad, lo que hizo que el actual Caballero Dorado no dudara de su palabra.
Seiya dejó que sus músculos se relajaran un poco, pero aún así se mantuvo alerta, por cualquier cosa que pudiese llegar a suceder.
— Así está mejor —dijo Panthea, sonriendo—. Aunque sé perfectamente que aún te mantienes alerta —comentó el antepasado.
— Lo lamento pero, no entiendo nada en realidad —comentó Seiya, un tanto serio.
— Comprendo ese sentimiento —respondió Panthea—. Estoy seguro que no entiendes qué estás haciendo aquí; en realidad creo que tu duda más grande es dónde estás…
— Te mentiría si te dijera que no —y es que era verdad, esa era su duda más grande. Lo que más quería saber en ese momento era dónde se encontraba, y por demás, saber por qué lo había traído a ese lugar tan extraño en un momento tan inoportuno como ese, en el que Saori estaba… — ¡Sa-Saori! —recordó—. Panthea, lo siento mucho, pero necesito que me regreses al santuario, Saori… Saori está…
— Te dije que confiaras en mí Seiya —repitió Panthea—. Saori está bien.
— ¿Cómo sabes eso? —preguntó el Caballero, un poco molesto.
— Seiya, sólo confía en mí —respondió Panthea—. Lo único que puedo decirte es que Saori ha pasado por lo mismo que estás pasando ahora.
Tales palabras sorprendieron a Seiya, ¿cómo era eso? Panthea supuso que por su mirada, no había entendido, así que no tuvo más remedio que explicarle.
— Saori Kiddo recibió la visita de la Diosa que reside dentro de ella, de Athena… su vida pasada —empezó Panthea.
— ¿De la Diosa Athena? Pero… ¿por qué? —se preguntó el Caballero—. ¿Y qué tienes que ver tú en todo esto?
Panthea sonrió.
— Seiya, ¿has escuchado la historia de la mitología de la Diosa Athena? —preguntó el antepasado con tranquilidad.
— Por supuesto; puede que no tenga tanto conocimiento de lo que es la mitología completa de los Dioses griegos, pero aún así…
— Bien —interrumpió Panthea—, entonces has de saber que una parte importante de la historia de Athena es que ella es una Diosa virgen, una deidad a la que nunca se le conoció un amante… ¿Verdad? —preguntó Panthea. Dicha explicación causó que Seiya sonriera melancólicamente y viera al silencioso suelo. Claro, esa era la parte de la historia que menos le gustaba; la mujer que amaba era aquella que le estaba prohibida no sólo por su condición de Diosa, sino porque ella debía permanecer pura por la eternidad.
— Si, lo sé… —susurró el Caballero, cansado.
Panthea no pudo evitar sonreír con pena, entendía el dolor de Pegaso. Suspiró. Pero bueno, para eso estaba él allí con su reencarnación… Su misión, era la misma que la de su amada Diosa para con la Athena del siglo 20-21, ayudarlo a darse cuenta de que su situación no era la misma que la de ellos.
— Comprendo —dijo Panthea antes de girarse y darle la espalda al Caballero—. Y… ¿qué pensarías si te dijera, que hay una historia detrás de esa leyenda? —preguntó el hombre de más edad, el cual tenía una sonrisa en sus labios al recordar su historia con su amada.
Los ojos de Seiya se abrieron de par en par. Alzó su rostro y vio la espalda de su antepasado. ¿Cómo había dicho?
— ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Seiya confuso.
— Pues eso mismo —respondió Panthea—. Detrás de la mitología de la Diosa Athena, hay una historia que nadie más sabe; sólo la Diosa misma y yo —explicó el primer Pegaso—. ¿Quieres escucharla? —preguntó este a su reencarnación.
Seiya dudó un momento en si responderle o no, todo se le hacía muy confuso en ese momento. Es decir, ¿una historia detrás de la historia? ¿De qué podría tratar? Y en especial, ¿por qué sólo él y la Diosa Athena sabían de su existencia?
— Sí, quiero oírla —aunque no sabía muy bien en qué lo beneficiaría el hacerlo.
— Muy bien. Hace mucho tiempo, mucho tiempo después de que la Diosa Athena naciera, y de que su historia fuera conocida por todo el mundo… la Diosa de la guerra llegó a ocultar un gran secreto de los Dioses —comenzó Panthea, recordando aquellos encuentros en su casa.
— ¿Un gran secreto…? —susurró Seiya, intrigado—. ¿Qué secreto?
— Te contaré un poco sobre lo que pasó antes de la historia. Escucha Seiya, se suponía que ella, al ser una Diosa, no debía tener tanto contacto con los seres humanos… a lo mucho sólo con sus sacerdotisas —continuó hablando el hombre de la antigüedad—. Pero un día una de esas mujeres, que anteriormente le había jurado ser sacerdotisa de su orden, se enamoró y pidió permiso a su Diosa para dejar su puesto y poder vivir con él —continuó hablando. Seiya únicamente lo escuchaba en silencio—. Athena por supuesto no se negó, ya que ella siempre había acatado sus órdenes al pie de la letra, y le dio su libertad.
— Athena siempre ha sido una Diosa bondadosa… —interrumpió Seiya, recordando cómo es que Saori siempre perdonaba cada error de los enemigos, era incapaz de negarle algo a alguien que hubiera sacrificado tanto por lograr algún objetivo.
— En efecto, esa tan sólo es una de sus virtudes —sonrió Panthea, girándose de nuevo para ver a Seiya—. Siguiendo con la historia… Años después, aquella sacerdotisa rogó por una audiencia con su Diosa; naturalmente Athena no se negó a verla. Cuando finalmente se encontraron, la mujer le mostró a un bebé que era muy parecido a ella —dijo—. Era su hijo, el bebé que ella había tenido con el hombre que cautivó su corazón —explicó Panthea, viendo hacia el cielo, sonriendo ante el recuerdo de su madre—. La razón por la que había llevado a ese niño ante ella, era porque deseaba que su Diosa lo bendijera y le diera protección. Y Athena así lo hizo. La madre, agradecida por tal acción, le aseguró que su hijo sería uno de los tantos Caballeros que la protegerían, que siempre le sería fiel… más que nadie en este mundo.
Seiya continuó en silencio, aquella última frase le había sonado extremadamente familiar.
— Seguramente la madre tuvo razón… —interrumpió Seiya.
— Así es —respondió Panthea—. El niño, conforme fue creciendo, fue forjando una enorme devoción a la Diosa que su madre adoraba todo el tiempo —recordó Panthea—. A los 15 años, el muchacho se dirigió hacia el santuario, con el único fin de convertirse en el Caballero más fuerte y fiel de Athena. Más esa no era la única razón, él quería conocerla; pero sabía que eso era imposible, debido a que él ni siquiera era un Caballero de bronce, era un simple aprendiz —recordó el primer Pegaso, riéndose internamente de sí mismo al recordar sus facciones de frustración.
— ¿Y jamás pudo verla? —preguntó Seiya, curioso, llamando la atención de Panthea.
— Si, pudo verla, porque la misma Athena se dirigió hacia el hogar que el muchacho tenía dentro del santuario —explicó el hombre, lo que sorprendió a Seiya.
— Vaya, vaya… el deseo del joven se hizo realidad, ¿no? Qué suerte la suya.
Panthea asintió— Así es, el muchacho tuvo mucha suerte de que Athena decidiera por si sola darle una visita. Y el joven siempre estuvo agradecido por ello, ya que gracias a esa visita, conoció a la mujer que amaría eternamente, no importando si moría…
Dichas palabras congelaron a Seiya. Nuevamente, algo en aquella explicación se le hacía enormemente familiar.
— ¿Será porque él es mi antepasado…? Quizás… Pe-Pero, Athena es… —comenzó Seiya, tartamudeando un poco.
— ¿Un imposible? El muchacho lo sabía, pero aún así no le importó. Conforme pasó el tiempo, el muchacho se fue enamorando más y más de ella, lo que fue la motivación suficiente para lograr convertirse en un Caballero de Athena —explicó Panthea—; además de cumplir la promesa que le hizo a su madre, ser el más fiel de todos los protectores de la deidad. Así continuó durante muchísimo tiempo, sin saber que sus sentimientos hacia la Diosa eran correspondidos.
— ¿Eh? —fue la primer reacción y palabra que Seiya dejo salir de su boca, tal relato lo estaba dejando boquiabierto—. ¿Estás tratando de decir que Athena…? Pero eso es imposible, eso no… —exclamó finalmente el ex-caballero de bronce ante lo que estaba escuchando.
— No, no lo es, aunque no me sorprende que no lo creas posible —respondió Panthea, riendo un poco ante la reacción de su reencarnación—. Al parecer tenemos más cosas en común de lo que pensé —comentó él, sonriendo, al ver reflejadas sus acciones en el pasado en el rostro de Seiya.
Ambos se quedaron en silencio. Panthea observó detenidamente a Seiya por un momento, analizando su mirada.
Cuando pudo ver que la confusión seguía reinando en el interior del castaño, decidió continuar su relato, haciendo las cosas aún más claras de lo que ya eran. No le sorprendía tanto que él no lo entendiese, ya que sabía de sobra que Seiya era igual de, o incluso más, despistado de lo que él alguna vez fue.
— Seiya de Pegaso, ahora Caballero de Sagitario, escúchame con atención… —comenzó Panthea, viendo fijamente al Caballero Dorado—, aquel muchacho que le juró a su madre ser el más fiel de los Caballeros de Athena, era yo.
— ¡QUÉ! —preguntó Seiya, exaltándose en demasía, logrando que, por la impresión, perdiera un poco el equilibrio—. ¿Qué me acabas de decir? ¿Que la persona que Athena tuvo como amante a escondidas de los Dioses, eras tú, el Caballero de Pegaso? —preguntó realmente nervioso.
Aquella noticia le causó una gran conmoción; y es que en realidad se esperaba que fuera algún otro Caballero, el de Sagitario quizá, pero no…. Pero no el Caballero que portó una vez la armadura su constelación guardiana por primera vez: Pegaso.
— Así es. Fue algo involuntario, ¿sabes? —dijo calmado—. Nunca imaginé que algo así sucediera, y creo que Athena tampoco lo esperaba —comentó, una sonrisa melancólica apareció en sus labios—. Viví mucho tiempo guardando mis sentimientos porque tenía muy claro mi papel, hasta que… Palas me confesó que el amor que yo le tenía era correspondido. De ahí en adelante, y a sabiendas de que estaba prohibido, comenzamos a vernos en sus aposentos… —finalizó, dejando ver un leve sonrojo en su rostro.
— N-No puedo creerlo… —susurró Seiya, estaba anonadado.
— Sé que es muy difícil que llegues a creerme, pues mi relación fue con la verdadera Diosa Athena, pero te puedo asegurar que nada de lo que te acabo de decir es mentira —explicó Panthea, dejando de lado su sonrojo para ver firmemente a Seiya.
Recobrando un poco la compostura por la noticia, el nuevo Caballero de Sagitario miró directamente al muchacho de ojos color arena. Vio en sus ojos que todo lo que decía era verdad, no mentía…
— Panthea… ¿Qué me quieres decir con todo esto? —preguntó Seiya finalmente,
Ante la pregunta, Panthea suspiró un momento antes de responder y mirar hacia el cielo— Seiya, todo esto tuvo un motivo… nada es imposible —comenzó Panthea—. Además, debes recordar… que Saori no es una Diosa en su totalidad; ella, es más humana de lo que se aparenta. Tendrá la esencia de Athena dentro de ella… pero aún así ella no tiene porque fungir en su totalidad el papel de Diosa.
— No entiendo… —respondió Seiya.
— Es muy sencillo, Caballero —dijo Panthea—. Ustedes dos tienen más libertad para amarse, que Athena y yo —respondió finalmente, dejando finalmente a Seiya en estado de shock.
Esperen, eso quería decir lo que literalmente quería decir… ¿verdad? Es decir, Saori y él… ¿podían estar juntos? ¿Realmente podían?
— ¿Es enserio lo que me estás diciendo? ¿No es una clase de broma? —preguntó esperanzado el antiguo Caballero de Pegaso a su antepasado.
— No es broma Seiya, esta es la realidad —respondió Panthea.
Tal noticia había hecho que el corazón del Caballero de Sagitario palpitara más rápido de lo normal, realmente esa era una noticia que le alegraba la vida… por fin podría decirle a Saori todo lo que sentía por ella, no importándole nada más. Sus ojos habían cobrado más vida de lo que alguna vez tuvieron.
Pero de pronto, una cruda realidad golpeó su mente… ¿Y qué tal…?
— Si ella no me ama… —susurró Seiya, consternado ante la posibilidad.
— Eso es imposible Seiya —habló Panthea, llamando nuevamente la atención de Seiya—. Es bien sabido por todos nosotros que Saori Kiddo, la mujer que siempre has conocido, te ama de la misma forma en que tú la amas.
— ¿Cómo puedes asegurar eso? —preguntó el Caballero—. No hay nada seguro… Son sólo sus interpretaciones —volvió a decir. Y es que, nunca había notado algún indicio de que Saori tuviera sentimientos hacia él.
Panthea suspiró, parecía que no había entendido bien. Pero después sonrió, parecía que él también era del tipo que necesitaba pruebas y no palabras—. Muy bien antiguo Caballero de Pegaso, te demostraré… que eres correspondido, tal y como te lo he dicho —explicó mientras alzaba su mano y tronaba sus dedos.
Y de la nada, el Caballero de Sagitario se encontraba nuevamente en las escaleras que lo conducían a la casa de Piscis.
— ¿Qué…? ¿Qué fue lo que pasó? —parpadeó continuamente, queriendo entender qué pasó—. ¿Panthea? ¿Dónde estás? —preguntó mientras se giraba por todos lados, buscando a su antepasado—. Qué extraño… — dijo, alzando sus manos y viéndolas como si tuvieran algo de especial—. ¿Acaso he regresado?
— Seiya… —escuchó por detrás el joven Caballero de Athena. Esa voz hizo que su corazón palpitara desmesuradamente.
El Caballero se giró nuevamente en dirección a la casa de Piscis, y la vio, parada en la entrada de la doceava casa, con ambas manos juntas. Su mirada parecía nerviosa, pero a la vez transmitía alegría y ansia.
— Saori… —susurró también su nombre antes de avanzar hacia ella. Sus miradas nunca se apartaron de la del otro. Azul marino y café chocolate se unieron y se volvieron uno.
Al fin estando juntos en la entrada de la casa de Piscis, Saori sin pena alguna rodeo al Caballero en un cálido abrazo, dejando realmente estático al japonés.
— Sa-Saori… ¿Qué…? —quiso preguntar, pero no podía articular bien por el nerviosismo.
— Mi querido Seiya… —susurró en primera instancia—. Por favor, nunca te alejes de mi lado… —pidió mientras el abrazo que le daba se hacía más fuerte, dentro de sus posibilidades—. Si me dejas sola… no sé qué haría.
Ante esas palabras, y por deseo propio de igual forma, Seiya rodeó con sus brazos a Saori. No entendía muy bien qué pasaba con ella.
— Saori, ¿qué sucede? —preguntó Seiya tranquilamente, o queriendo aparentar eso.
La cercanía con la Diosa lo ponía aún más nervioso, ya que estaba seguro que ella iba a notar su corazón latiendo desbocado. A pesar de haber añorado tanto tenerla así, en sus brazos, en ese momento no sabía exactamente qué hacer o pensar, si el Caballero Panthea había sido real o no; y si todo lo que le había dicho era verdad…
Saori se apartó un poco del cuerpo de su Caballero, lo miró a los ojos y con ternura colocó una mano en la mejilla de Seiya. Ante tal acto, y con cierto nerviosismo, Seiya también posó su mano sobre el rostro de Saori.
— ¿Estás bien? —la cuestionó nuevamente, ya que la joven sólo se había limitado a sonreírle.
Saori asintió con delicadeza y sin dejar de sonreír. Acarició la mejilla de su Caballero y habló.
— Estoy bien… —comenzó—. Es sólo, que hoy recibí la visita de alguien muy especial…
— ¿Ah sí? —preguntó Seiya, un tanto sonrojado—. Qué curioso, lo mismo me ha pasado a mí —explicó él, no diciendo mucho.
— ¿Enserio? Qué gran coincidencia… —respondió Saori, fingiendo sorpresa, pues ella sabía bien, gracias a la Diosa, que él también había tenido una charla con su vida pasada.
— Así parece… —respondió él, sin ahondar mucho en el asunto—. ¿Y qué es lo que sucedió en esa visita especial? —preguntó, quería saber qué es lo que había sucedido con Athena.
Saori se sonrojó ante tal petición y desvió la mirada un momento; sabía que no había razón pues por algo había salido de sus aposentos, pero aún así era un tanto vergonzoso.
Dirigió su mirada a la de Seiya nuevamente, y en ellos vio la misma necesidad de saber que ella tenía para con él, aunque en su Caballero la necesidad fuera mucho más fuerte… pues él no estaba al tanto de sus sentimientos como ella de los de él.
Sonrió y se regañó a sí misma por tener miedo de su reacción, si inclusive la misma Athena le había dicho que todo estaría bien.
— Lo que sucedió allí no tiene mucha importancia, Seiya —comenzó—. Sólo me dijo que no tuviese miedo de expresar lo que siento, pues tengo más libertades que ella.
— Algo similar se me dijo también —dijo en un susurro, rió levemente, haciendo que Saori riera con él.
Dejando de reír junto con su amado Caballero, Saori volvió a hablar— Seiya, ¿lo recuerdas? La vez que me preguntaste si acaso me importaría que nos jugáramos el todo por el todo… —preguntó la Diosa, viéndolo fijamente.
— Je, cómo olvidarlo… estábamos rodeados y no podíamos hacer más que tomar el riesgo de saltar, aún a sabiendas de que posiblemente moriríamos —recordó Seiya, viendo en su mente el momento en que ambos saltaron del barranco, deseando que todo saliese bien.
— Bueno —comenzó la Diosa—, entonces tomaré tu ejemplo, valeroso Caballero —habló ella, llamando la atención de Seiya, quien salió de repentinamente de sus pensamientos—. Seiya, ¿acaso te importaría que nos jugáramos el todo por el todo?
— ¿Eh? ¿Pero qué estás-…? —si alguna vez pensó que ella ya no tenía más formas para hacerlo guardar silencio, se equivocó, pues esta forma jamás la había empleado, o no la había visto usarla. Saori había acercado sus labios a los suyos, sellando la pregunta de Seiya con un tierno beso.
Lo que Saori quería transmitir con aquel acto, era todo el amor que ella le guardaba a su más valeroso Caballero, y sólo esperaba a que él se diera cuenta.
Más Seiya lo que en primera instancia intentaba procesar, era que ella lo estuviese besando. No podía creerlo… Uno de sus más grandes, y secretos, deseos era poder estar así con ella; y ahora, se había hecho realidad.
— Todo…, todo era verdad —pensó Seiya atónito—. Ahora entiendo lo que Panthea decía…
Finalmente cerró los ojos, se relajó y se entregó a la sensación que recorría todo su cuerpo. Volvió a rodear con fuerza la cintura de Saori.
Al inicio el beso fue sencillo, inocente, sin movimiento, sólo se encontraban ahí… disfrutando del dulce sabor del otro. Más de pronto, de forma inesperada buscaron profundizarlo un poco más. Sus labios comenzaron a moverse al compás de los del otro con más intensidad.
Pronto, e inesperadamente, Saori sintió como es que un pequeño intruso buscaba por todos los medios posibles acceder un poco más en su boca. Inconscientemente le dio paso, y ese pequeño visitante encontró a alguien de su misma especie, que estaba dispuesto a jugar con él. Esos pequeños juegos produjeron leves suspiros que se ahogaron en sus bocas.
Estaban dispuestos a continuar con ese acto que les causaba grandes sensaciones en su interior, pero el aire era vital para ellos, por lo que decidieron separarse muy a su pesar.
Ambos jadearon pesadamente, intentando recuperar el aliento que habían perdido debido a ese acto que los había dejado inmóviles. Parecía ser que sería difícil que alguno de los dos pudiera pronunciar palabra alguna.
Pegaron sus frentes, buscando seguir por lo menos lo más unidos posibles fuera del beso. Ambos estaban nerviosos, por lo que no sabían muy bien qué decir. Permanecieron un rato en silencio, hasta que Seiya tomó el valor de hablar.
— Te amo… —susurró, sonrojado—. Lo hago desde hace mucho tiempo, pero no…
— Tranquilo, sé muy bien por qué no lo habías dicho… —respondió ella en susurro—. Lo sé pues yo viví lo mismo… —explicó, sin dejar de ver los ojos de Seiya—. Te amo, Seiya… —expresó con delicadeza—. Y si tú estás dispuesto a jugarte el todo por el todo, entonces yo también lo haré… —lo único que obtuvo como respuesta por parte del Caballero de Sagitario, fue la unión de sus labios nuevamente.
Fue un beso tranquilamente apasionado, no había mejor forma de responderle a su amada más que esa, debido a que no era muy bueno con las palabras; realmente era muy torpe al hablar cuando de sentimientos se trataba. Más tuvo el suficiente valor como para poder decir:
— S'agapó… Saori —dijo Seiya en griego entre besos—. Estaré siempre contigo… —dijo al separarse un instante.
— S'agapó, Seiya… —respondió Saori, sabiendo que quiso decir, antes de volver a sentir los labios del Caballero Dorado apresar los suyos.
Lejos de allí, en el Monte Olimpo, cierta Diosa de la Guerra, veía desde su balcón lo que acababa de acontecer en el Santuario con una sonrisa.
— Así se hace, Saori…—susurró Athena, antes de sentir como es que la presencia de cierto antiguo Caballero se posaba a su lado—. ¿Batallaste mucho? —preguntó Athena, viendo cómo es que el espíritu que había llegado a visitarla, comenzaba a tener forma física. El muchacho la jaló hacia unos cojines que se encontraban cerca de ellos y la hizo tomar asiento junto a él.
— Un poco —declaró—; es mucho más terco que yo —respondió, mientras tomaba la mano de la mujer de ojos color gris—. Pero al final todo ha salido bien —comentó, para después soltar la mano de la mujer y rodear su cuerpo con sus brazos.
— Así es… —respondió la Diosa, acurrucándose en el pecho del muchacho—. S'agapó Panthea… —susurró Athena, dejándose llevar por la agradable sensación que sentía nada más estando con él, hasta el punto de quedarse dormida.
— S'agapó, Athena… —susurró, dándole un pequeño beso en sus negros cabellos—. Mucha suerte, Seiya, Saori… No dejen que su amor se apague jamás.
FIN
Suki: Y bueno, con esto puedo dar por terminado este pequeño (¿Pequeño? ¿De dónde?) Two-shot. Espero que les haya gustado, así como a mí me encantó escribirlo.
Nuevamente, la descripción física de Athena y de Panthea, así como un tanto de la historia que él contó, son propiedad de Mouxe; yo sólo las tomé pues me parecieron buenas ideas y quise emplearlas aquí (modifiqué lo más que pude para que no fuera tan literal).
Nos vemos en alguna otra entrega.
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Suki90, presentó
Y tú, ¿has sentido el poder del cosmos?
