Disclaimer: Los personajes son, y siempre serán, de Stephanie Meyer
Este fic participa del Reto "Títulos de viñetas" del foro "Sol de medianoche".
Dos piernas caminan sobre el viaducto, son largas, flacas, sin vellos, femeninas. Al llegar a la esquina del semáforo se cruzan con otras piernas. Algunas son oscuras, otras atléticas, unas están desnudas, otras cubiertas.
Iba recorriendo la ciudad, viendo cómo la gente se guarnecía de lo que parecía iba a ser un gran aguacero. Sin embargo, Esme nunca imaginó que no sólo sería un gran aguacero, sino que detendría el tiempo y la vida cotidiana de los habitantes del lugar.
Comenzó a llover a partir de las dos de la tarde. Efectuando lo que parecían nervios de chiquilla colegiala envolviendo su garganta, solo que ya no era una chiquilla, y mucho menos una colegiala. Entusiasmada con el proyecto fotográfico que se iba a llevar a cabo esa misma tarde, Esme se sometió a rígidas jornadas de trabajo los últimos once meses.
No supo nada más del escritor vehemente desde su encuentro en Sloane Street, si bien durante esos prolongados días, ella por él esperaba. Aunque lo negara, aunque el miedo carcomiera sus huesos, aunque la desconfianza la hiciera dudar… esperaba.
Y él nunca se acercó porque en sus fotos feliz se notaba.
Distracciones.
Al fin y al cabo, eso era lo que ella deseaba también.
Realidad común.
Horas antes de la inauguración de la exposición, Carlisle ‒sabiendo muy bien del evento‒ se paseó por el museo donde se llevaría a cabo todo el proceso.
No fue nada significativo, porque posteriormente se marchó del lugar, dejando así tras sus pasos la ansiedad y la histeria que venían con las fotografías de Esme.
Pronto, aquella pinacoteca se empezó a llenar de transeúntes; que iban y venían, que opinaban y juzgaban. Personas bien vestidas, familias, niños, adolescentes.
Personas horribles, antipáticas.
Y amantes del arte.
Había champán y vino blanco, específicamente puntal, acompañado de la sinfonía de Gioachino Rossini que surcaba las esquinas de la banda.
―Son unos retratos grandes ―cuchicheaban en una esquina. Comentaban los escépticos:
―Pero a mí me gusta el de la entrada.
―Si hubieran tomado éste desde otro ángulo… tal vez hubiera salido mejor.
―Están pasables…
Era una aguda algarabía que se alzaba y descendía a su vez, sin embargo, algarabía o no, a Esme le fascinaba lo que se estaba viendo de la temática, dándole minúscula atención a la conversación en la que la habían metido, y soslayando el enorme retrato de su amante fantasma al final del pasillo.
Las lunas de Esme se esconden tras el celeste cielo de su vestido, observaba Carlisle, cruzando el umbral de la entrada de nuevo. Y los ojos vencidos de la inglesa niegan la posibilidad de detener la mirada sobre el escritor, con el corazón acelerado y oculto en una esquina.
Huyendo él.
Carlisle llegó casi al final, vacilando, quizá, al verse a sí mismo, a su imagen, en la pared, con la descripción de: ''El extraño''
Sentía esa ajena conexión intimidante con aquella fotógrafa que no podía ignorar, era su alma, eran sus ojos, era su voz, era su arte, que lo llamaba a gritos, que aclamaba su presencia, que lo atraía como una polilla embriaga por la encandilante luz de su farol.
Fue una aventura lo que pasó en ese departamento. Pero fue una de las mejores aventuras vividas por dos individuos.
Ella, en cambio, no sabía cómo pensar, con qué distraerse. Con qué poder dejar divagar su mente durante los minutos en que las mismas paredes eran testigos de su pretensión.
¿Por qué será tan difícil poner en práctica el valioso pensamiento querer y ser querido?
¿Cuál es ese temor, ese pánico tan superfluo?
La tela negra de la camisa de Carlisle dejó al descubierto ‒ante los ojos de Esme‒; una simplona mancha triangular en su espalda producida por la plancha de ropa.
―A todo el mundo le gustó ésta foto ―musitó ella, al cabo de un momento, junto a él.
Carlisle se despabiló e ipso facto prestó cierta atención a las palabras perdidas de aquella mujer.
―Yo creía ―inquirió―, que no ibas a publicar ninguna de las imágenes que me tomaste esa tarde.
El perfil de Esme se dibujaba con una especie de suave vigor, una línea sublime que recorría su larga frente hasta perderse en la cavidad de su escote.
―Creo… que se me era imposible no hacerlo.
Fue allí cuando, después de ese tiempo de misteriosa espera, vio los ojos de Carlisle, esos ojos clásicos que irradiaban intuición y aguda cobardía.
Él en cambio, vio la duda que abarcaban los ojos de la inglesa, una irrefutable curiosidad por su fugaz presencia.
―No podía no perderme esto. ―Contestó su pregunta no formulada.
―Estaba preocupada por tu libro. ―Soltó Esme.
―maldigo el título… ―añadió Carlisle jocosamente.
Su charla era como un lenguaje secreto en medio del cual los demás se dormían o se esfumaban como fantasmas.
―No te había visto en un año. ―confesó la inglesa.
―Claro que sí. ―contraatacó Carlisle.
―Sólo porque me sigues ―torció Esme― …fuera de mi estudio.
―No te sigo… te vigilo… cuando no estoy ahí… tú me buscas.
―¿Si no estás ahí, cómo lo sabes?
―Porque estoy ahí… ―insistió Carlisle―, acechando en la distancia.
Hablaron de verdades y mentiras, de cielos e infiernos.
La encaró allí, sin mucho temor, acorralándola en la nada, viendo sus miedos flotar como la melodía de una alarmante música, buscando las pecas que cubrían sus mejillas inglesas, buscando ver lo que vio aquella noche de luna llena.
―Mírame…
Esme hizo frente a su incertidumbre y miró sus ojos con un frenesí difícil de ignorar.
―Dime que no estás enamorada.
―No estoy enamorada de ti.
El tensionante miedo se convirtió en una evidente mentira que Carlisle logró ver a lo lejos.
―Por supuesto que no. ―ironizó.
Separando su conexión, y descubriendo a Esme así, sorprendida, al verle salir por el umbral que aislaba su exhibición del museo.
Carlisle sintió la angustia de ella en sus hombros, sintió su todo y sintió su nada. Se volvió, para enfrentar su aparente artificio.
―Yo soy tu extraño. Acéptalo ―pronunció.
Y se marchó.
N/A: Este capitulo contiene trozos de una de las canciones de ''Canserbero'' su nombre es: Love History.
Por lo que va dedicado a él, donde quiera que esté, Can.
