Capítulo II.

Camino a Volterra.

Me levanté muy temprano con las primeras luces del alba, debía viajar cuanto antes, el tiempo era oro para mí, y debía aprovechar cada minuto, ya tendría algún momento para seguir indagando sobre él.

Subí a la buhardilla para buscar el viejo bolso de viaje, lo encontré un tanto sucio dentro de un baúl. No recordaba desde cuando había caído en desuso, creía que desde que mi padre había abandonado sus viajes. Él era un buen navegante, había sido contratado por la mejor empresa de Italia.

Bajé mientras mi madre aún dormía, lo revisé cuidadosamente por si tenía algunas cosas en su interior. Lo limpié con un trapo húmedo y probé el cierre de metal prácticamente herrumbrado, era una suerte que funcionara.

Ya en mi habitación coloqué dos mudas de ropa, un peine, cepillo de dientes, dentífrico, y un cuadernillo de nota con su pluma.

Recorrí la habitación con la vista. ¿Abrigo? ¡Sí, eso era! Mi capa colgaba de una silla, me temía que no sería suficiente, era enero y el crudo invierno me haría sentir su rigor. Me quité mi vestido con velocidad y elegí algo de ropa apropiada para usar. Luego de darme una ducha rápida, escogí finalmente las calzas negras de pura lana, y un oscuro sweater grueso tejido por mi madre. Me miré en el espejo mientras soltaba mi renegrido cabello, acomodé mis ondas con los dedos, finalmente tomé el bolso dirigiéndome al comedor.

Despacio entreabrí la puerta de la habitación de mi madre. Me despediría de ella, pero aún debía hacerle unas preguntas. Desconocía si se animaría a quedarse sola unos días, el que yo hubiera encontrado el amuleto y decidir devolverlo, había provocado una leve mejoría de salud. Era increíble la conexión que había con su enfermedad y el hecho.

Mi idea era regresar lo antes posible, en cuanto Aro tuviera en posesión su talismán... aunque... ¿Alguien podría asegurarme que frente a un vampiro podría volver con vida?

Golpes secos en la puerta de calle me sobresaltaron. ¿Quién sería tan temprano?

Mi madre escuchó los llamados y giró entredormida.

-Cautha buenos días.

-Buenos días. ¿Cómo te sientes?

-Mejor, un poco mejor. ¿Alguien ha llamado a la puerta?

-Si, iré a ver.

Dirigiéndome al comedor, abrí la puerta de calle.

-¡Doctora! ¡Qué sorpresa!

La médica me observó sorprendida.

-¿Sorpresa? Pero si he venido muy a menudo a ver a tu madre.

-Oh sí. Me refería que es muy temprano y usted por aquí...

-Si Cautha, debo ingresar al hospital antes de las ocho, por eso preferí pasar a revisarla y ver por ella.

-¡Muchas gracias!

-¿Podría pasar? Hace mucho frío aquí afuera.

-Ohh siii disculpe, adelante.

En cuanto sus pies pisaron el comedor, hice un ademán para señalarle que mi madre estaba en su cama. Seguí sus pasos hasta entrar a la habitación.

-¡Doctora! Buenos días, gracias por molestarse. Dijo mi madre sentándose en la cama.

La facultativa quedó tiesa, contemplándola con ojos muy abiertos.

-¡Berenise! ¡Qué milagro! No imaginé verla así.

Mi madre sonrió. -Gracias a sus cuidados y a los de Cautha por supuesto.

La doctora se aproximó hasta el borde de la cabecera.

-Mmm la verdad no creo que hayan sido los cuidados, la extraña enfermedad que padeces daba todos los indicios de no tener estos resultados... al menos en breve tiempo. ¿No entiendo?

Mi madre volvió a sonreír. -Usted lo ha dicho, extraña enfermedad. No sabemos que la provocó, e ignoramos que produce su cura o mejoría.

-Si, claro...

-Ay los médicos -suspiró mi madre -deberían creer más en los milagros.

-Es que... éste ha sido uno, no lo dudo. Murmuró.

Las dejé a solas mientras la médica terminaba su revisión, no tenía miedo de que descubriera algo poco común, mi madre era astuta, sabría como salir de un aprieto.

Esperé sentada un tanto inquieta, el tiempo corría y debía partir a Volterra cuanto antes.

Cuando al fin apareció en el comedor, me miró fijamente.

-Cautha. ¿Tú estás bien?

-Si si claro. Dije poniéndome de pie y avanzando hasta la puerta de calle. Deseaba que se fuera de una vez y que no continuara indagándome.

-¡Espera! Recogeré el estetoscopio de la mesa de luz, lo he olvidado. Dijo volviendo sobre sus pasos.

Suspiré. Diablos...

Al volver llegó hasta la puerta, donde firme como soldado la esperaba para despedirla.

-Cautha.

-¿Si?

-¿Podría hacerte una pregunta?

-Por supuesto. Si es por la mejoría de mi madre estoy como usted, azorada, no lo puedo creer.

-Es verdad, es increíble, sin embargo no es lo que quiero preguntarte.

-Ohh... ¿Sobre qué es?

Observó el sillón de mimbre.

-¿Te irás de viaje? Lo digo por el bolso que tienes allí.

¡Diablos! ¡Qué metiche!

-¡Ah el bolso! En realidad debo ir a la ciudad por algunas provisiones. Antojos de mi madre que no deseo dejar pasar.

-Comprendo, aunque deberías esperar, es cierto que se encuentra mejor, aunque te advierto que estas enfermedades desconocidas no sabemos en que pueden derivar.

-Lo sé, el viaje será corto.

-Bien, como tú decidas, de cualquier manera deberías avisar a un vecino para que la contenga por si acaso.

-Oh sii lo pensé doctora. No se preocupe.

Después de trasladarme en autobús hasta la estación de trenes de Santa Luce, no podía creer que estuviera pisando el andén. Por un momento, llegué a pensar que por una cosa o la otra no podría viajar. Primero la doctora que parecía no querer irse sin averiguar por mi intempestivo viaje, después Rosaura la más cercana vecina, a la que recurrí para que acompañara a mi madre en mi ausencia. En cuanto supo que no estaría en unos días, me observó horrorizada. Traté de explicarle que no me iría de fiesta ni con novio alguno, sólo iría por medicina para ella, detallándole que no había otro lugar cercano donde pudiera obtenerla.

Me senté en el viejo banco de madera a esperar la llegada del tren. Muchas personas aguardaban ansiosas y felices. Deberían estarlo, un viaje siempre es motivo de placer, no en mi caso. Aunque la curiosidad me había ganado y deseaba tener a un vampiro frente a frente, no era cuestión de festejar. Sería una peligrosa situación, con más razón si recordaba la furia que ostentaba en las imágenes. No había llegado a ver su rostro, sí había escuchado el juramento, y yo... era humana.

El silbato del tren se escuchó en la lejanía cinco en punto de la tarde. Me puse de pie colocándome casi al borde del andén con el boleto en la mano. Leí con profunda emoción el ticket.

Volterra ida-vuelta.

¿Conseguiría usar el pasaje completo? Tal vez sólo la ida...

Mis manos transpiraron de sólo pensarlo. ¿Y si no volvía? ¿Y si él me mataba después de recuperar su talismán? Me atormentaba la idea de no vivir más, sin embargo aunque pareciera alocado había algo que me daba más temor, regresar sin poderlo hallar.

Una vez que ascendí al transporte que me llevaría a mi extraño destino, recorrí los asientos para poder ubicar un lugar lo suficientemente cómodo. En clase turista no podía pedir demasiado, mi dinero era escaso y debía ahorrarlo para poder hospedarme en algún lugar y además comprar algo para comer.

Caminé por el pasillo, el tren había llegado repleto desde otras ciudades. Una gitana acomodaba su equipaje en los estantes superiores. Me acerqué observando un lugar libre.

-Disculpe. ¿Está ocupado aquí? Dije señalando dos asientos a su costado.

-No, sobra uno- dijo un tanto malhumorada -me sentaré del lado del pasillo, si quieres ocupa la ventanilla.

-Sí muchas gracias.

Acomodé el bolso siguiendo sus pasos, no sin antes tomar el boleto en la mano. Me senté quitando mi capa y la coloqué sobre mi regazo aguardando a mi acompañante.

-Mi nombre es Cautha, seremos compañeras de viaje. Dije amablemente.

Me miró con asombro, luego sonrió.

-Mi nombre es Mirna. ¿Sabes que soy gitana?

-Si, me he dado cuenta por como luces en general, tu pañuelo en la cabeza y tus accesorios, aquí no vestimos así.

-Bien, te pregunto pues nadie habla con gitanos, la mayoría nos temen.

Reí. -¿Eso por qué?

Volvió a mirarme fijamente.

-¿Tu no crees en brujerías? Los gitanos sabemos mucho de magia, gran parte de las personas nos acusa de practicarla y provocar daños.

-No pienso que los gitanos se dediquen a eso. Me temo que saben mucho sobre cuestiones sobrenaturales, y no me asombran esos temas.

Un silencio reinó mientras el guardia solicitaba los boletos. Lo extendí al igual que ella para que corroborara el destino. En cuanto me lo devolvió lo di vuelta entre mis manos antes de guardarlo en un bolsillo.

-¿Irás a Volterra? Preguntó la gitana.

-Si.

-¿Tienes parientes allí? Es una bonita ciudad.

-Si, debo encontrarme con un familiar. ¿Es bonita? No he conocido nunca otra ciudad que no fuera la mía.

-Es muy hermosa, bella, y atrayente. Llena de secretos.

La miré a los ojos.

-¿Secretos? ¿Qué tipo de secretos?

-Descuida, si visitas Volterra los descubrirás tú.

Me recosté en el respaldo un tanto inquieta. ¿Me diría la gitana algo más que me serviría para llegar a él? Sin embargo no insistí, me dediqué a mirar por la ventanilla. El tren mediante un silbato estridente comenzaba a avanzar.

Me desperté cuando se detuvo en Montecatini Val di Cecina. Observé a través del vidrio la gente apresurada que subía y bajaba del tren. Varios negocios iluminados adornaban las proximidades de la estación.

-¿Quieres un café? Preguntó Mirna sacándome de mi distracción.

-Gracias, pero no he traído suficiente dinero, debo cuidarlo.

-Te invitaré.

-Oh te agradezco mucho.

-Volveré en seguida, cuida mi asiento.

Dicho esto se puso de pie y caminó apresurada por el pasillo. Observé el exterior, varios amigos y familiares habían ido a despedir a los pasajeros en esa estación. Nadie había ido por mi cuando subí al tren, estaba sola en el mundo a no ser por mi madre. Era tal el sentimiento de desolación que me embargaba, imposible transmitirlo. Pensaba que si mis únicos ascendientes eran vampiros no tendría posibilidades de una vida común, poco debía esperar de ellos. Mi viaje no serviría nada más que para devolver lo que le pertenecía, y salvar a mi madre. Ella me había relatado que sólo había sobrevivido él. Entonces... ¿Qué habría ocurrido con la madre de la niña? ¿O simplemente se olvidó de mencionármela? No... Ella dijo claramente él es el único...

Toqué el talismán con mis dedos temblorosos, pensé en ella, en la madre de la niña...

La imagen se presentó borrosa al principio, la habitación poco a poco se hizo nítida. La vi de perfil, una de sus manos hamacaba la cuna, y su voz... su melodiosa voz se escuchó latente...

« Arrorró mi niña, arrorró mi sol... »

-Aquí tienes Cautha. Dijo la gitana extendiendo uno de los dos vasos de café.

Me sobresalté con un dejo de amargura por la escena contemplada. Yo conocía el final...

-Gracias, eres muy amable.

-Tú eres muy amable, pareces una joven muy educada. Al menos no me ha insultado como casi todos lo hacen.

-Jamás haría eso, mis padres me enseñaron a ser cordial y atenta con el prójimo.

-Eso está muy bien. ¿Los has dejado solos en el pueblo?

-A mi madre, mi padre ha fallecido hace tres años.

-Oh lo siento. Presiento que estás muy sola. ¿Verdad?

Asentí con la cabeza antes de tomar un sorbo de café.

-Tienes unas manos muy bellas, cuidadas.

Extendí una de mis manos. -¿Te parece? Nunca me han dicho un halago así.

Sonrió. -No mientas, ningún caballero habrá pasado por alto estas bellas manos.

-No tengo caballeros que me lo digan, estoy segura que tampoco los tendré.

-¡Ey! No digas eso, eres muy hermosa. Debes tener varios jóvenes rondándote.

Negué con la cabeza.

-Perdí las esperanzas.

-Jajajaja ¿Pero qué edad tienes? Hablas como una anciana. Ya aparecerá tu príncipe azul, y veras te admirará totalmente enamorado y te tendrá como una reina.

-No lo creo.

-Vamos, arriba el ánimo, el amor se encuentra donde menos lo esperas- luego me miró sonriente con un dejo de picardía- ¿te gustaría saber tu futuro?

La miré unos segundos. Dudé. ¿Hasta cuánto podría ver de mi extravagante destino? Aunque había un potencial defecto en mí. El mismo que me había hecho buscar el talismán hasta hallarlo... la curiosidad.

Acerqué mi mano derecha hacia ella y sonreí.

-No, debes darme las dos manos. Posa el café en el portavasos y extiende las palmas.

Así lo hice. Mientras la gitana acariciaba mis manos con la vista fija en ellas, le pregunté.

-¿Por qué las dos manos?

-Se dice que la izquierda indica lo que dios te ha dado, la derecha es lo que harás con ello. La mano con la que escribes refleja tu personalidad adulta, la persona que eres ahora. Tu mano pasiva habla de la persona que has sido de niña, y refleja tus instintos y habilidades latentes.

Veamos... ¿Por cuál quieres empezar? ¿Te parece por la línea de la cabeza?

-Si, por mi está bien.

La gitana observó atentamente, al cabo de unos segundos comenzó a describir.

-Esta línea se asocia con las capacidades mentales, la inteligencia, concentración, el ego, el juicio, los talentos, y los pensamientos- dijo trazando con el dedo índice la línea que atravesaba mi palma -se presenta profunda, eso demuestra sagacidad.

-Gracias.

-No soy yo quien te la ha otorgado, yo sólo lo comunico. Mira esta línea, nos revela claramente datos de tu personalidad, la izquierda nos habla de lo genético, lo heredado, mientras que la derecha es la de las cualidades adquiridas. Tú has heredado dones especiales...

Por instinto retiré mi mano izquierda.

-No te asustes, debes estar orgullosa, tu linaje ha dejado en ti muchas virtudes.

-Lo lamento, sólo quería tomar un poco de café.

-Oh si descuida, tienes razón, tómalo se enfriará.

-Sólo un trago será suficiente. Me gusta que me hables sobre mí.

-¿De verdad? Debes saber que tienes que estar dispuesta ha escuchar lo que sea.

-Lo estoy.

Una vez que bebí dos o tres sorbos volví a extender mis manos, convencida que era mejor saber que desconocer.

-A ver... la línea del corazón... intuyo que es la que más te debe interesar. ¿No es así? Sonrió Mirna.

Sinceramente, lo menos que me interesaba era mi vida amorosa, aun así asentí.

Deslizó su tacto por una hendidura que comenzaba en el segundo dedo y llegaba hasta la base del meñique.

-Felicitaciones. Tu línea se acerca hasta rozar la recta de la cabeza, seguramente eres muy celosa. Es larga y sin interrupciones, indica entrega total, eso indica que el hombre que te ame será completamente fiel y apasionado.

-Bueno, antes debo encontrarlo.

Rió. -Es verdad... entonces... veremos tu destino.

No perdió tiempo y palpó suavemente en el medio de mi palma. Observé dos trazos paralelos, ella se concentró en uno de ellos.

-El trazo del destino no aparece en todas las manos, tú lo tienes. Indican hechos que vienen desde afuera de tu vida. Veo en ello muchas interrupciones y cambios de dirección, demuestran que tendrás cambios radicales en tu vida por circunstancias que no podrás controlar.

-Qué interesante, espero que lo que no pueda controlar sea bueno para mí.

No me contestó, sus ojos se clavaron en mis manos. Aguardé nerviosa su próxima lección.

-¿Ves la paralela que recorre a la par del destino? Es la que señala la vida. Nace debajo del dedo índice y termina en la parte inferior de la palma. Muestra el paso del tiempo y los acontecimientos importantes en la vida de la persona.

-Si- dije examinando la recta qué cruzaba mi palma -ah... y... ¿viviré mucho tiempo?

-Me revela una personalidad conquistadora, a quien nada ni nadie podrá detener, y que siempre saldrás victoriosa, pero los años... no se leen aquí, sino en las muñecas. Permíteme.

Tomó delicadamente mis manos y se fijó en las estrías de las muñecas como había adelantado.

Otra vez el silencio.

-¿Viviré muchos años? Pregunté otra vez ansiosa.

-Mmm no puedo responderte eso, está confuso.

-¿Cómo que confuso?

-Si, cuántas más líneas tengas alrededor de las muñecas indican más años. Cada una representa veinte, y sólo veo una...

-Entonces... no es confuso es... espantoso.

-No, porque el trazo de la vida debería estar cortado, sin embargo al llegar a un punto... veo... es decir... se divide en dos. Es extraño, es como si en algún momento llegaras a tener dos vidas.

-Eso es imposible.

-Por supuesto, por eso te digo, algo no descifro.

-Muchas gracias, ha sido interesante.

Me acomodé en el asiento y bebí un par de tragos de café, en una hora llegaría a destino.

No había dormido bien, como hacerlo con toda la información sobre el talismán y su dueño rondando mi cabeza. Estaba preocupada por mi madre, después de todo no se encontraba del todo repuesta, ansiaba poder terminar con la maldición.

La noche cubría la campiña, apenas unas luces pequeñitas separadas por kilómetros, señalaban las distintas chacras, el cielo cubierto de estrellas parecían brillantes diademas desparramadas al azar. La luz de la luna reflejaba en una extensa cañada dividiendo los campos. Hermoso paisaje.

El tren tomó una curva y en minutos Volterra se mostró a mis ojos. Veía la ciudad que brillaba entre las sombras del campo que la rodeaba. Pero... que bello castillo iluminado se divisaba en lo alto de una colina. Era espléndido aún desde tanta distancia. Hubiera continuado admirando esa belleza, no obstante la gitana me interrumpió.

-Brrrrrr.

-¿Tienes frío Mirna? Puedo prestarte mi capa.

-Eres encantadora Cautha- dijo la gitana estremeciéndose -pero no es el frío lo que me hace temblar.

-¿Te sientes mal?

-No, siempre me pasa cuando paso por aquí y veo ese castillo.

Volví mi rostro para contemplarlo.

-Es hermoso. ¿Te da miedo? Parece ser misterioso.

-Misterioso es poco. Las leyendas dicen que sus verdaderos propietarios no son humanos.

Giré mi cabeza mirándola con ojos bien abiertos, sin pensarlo dos veces indagué.

-¿No son humanos? Entonces... podrían ser... ¿vampiros?

Me miró con extrañeza.

-¿Tú también has escuchado las leyendas?

-Algo así.

-Si, así se comenta, son vampiros muy poderosos que salen a la noche a cazar pobres infelices- respiró profundo -los Vulturi, así se llaman.

Volví a mirar el castillo y me mantuve en silencio.

Los Vulturi... Sonreí.

Por fin un dato más que me serviría para llegar hasta él. Debía ir hasta el castillo, sólo faltaba saber como entrar... y después... como salir.

Me puse de pie en cuanto escuché el anuncio de la llegada a la estación. Mirna me saludó amablemente, dos estaciones más y la gitana llegaría a su ciudad. Le di las gracias y comencé a caminar por el pasillo del tren, pero Mirna me llamó por mi nombre.

-¡Cautha!

-¿Si?

Se acercó alejándose de su asiento, apenas llegó hasta mi me susurró.

-La amatista que llevas colgada de tu cuello aleja los malos espíritus, cuídala, te servirá. Sin embargo humaniza a quien la lleva, te volverá emotiva y susceptible, por lo tanto no te podrá proteger de algo.

-¿De qué cosa?

-Del amor.

Larga fue mi caminata por las empinadas calles de Volterra, inevitablemente las horas avanzaron, la noche helada me envolvía estremeciéndome hasta los huesos. Tenía hambre, debía buscar un lugar para comprar algo de comer, aunque lo que me preocupaba era ubicar alguna posada para pasar la noche. Lamentablemente deduje que no me alcanzaría para comer y descansar en algún hotel. Debía elegir...

Al fin encontré una casona que alquilaba habitaciones. Aparentaba estar construida de concreto, ladrillos y tejas, no como mi humilde casa de campo edificada de talquezal y adobe. Un cartel indicaba el nombre que probablemente le habían dado los dueños. « Las lilas ».

Ingresé por la que parecía ser la puerta principal, un viejo escritorio muy ordenado al lado de una silla vacía. No había nadie a la vista. Colgué mi bolso de uno de mis brazos, y caminé recorriendo lentamente el vestíbulo, después el comedor. Estaba muy iluminado, las habitaciones se distribuían alrededor de un patio interior, en el que se podía ver por la abertura superior un retazo de cielo estrellado. El lugar estaba adornado con toda clase de plantas, estatuas y surtidores.

-¿Qué quieres tú? Dijo una voz masculina y ronca.

-¡Oh! Buenas noches. Disculpe, necesitaría una habitación para pasar la noche.

El hombre me observó por encima de los anteojos de pies a cabeza, con cierto desdén. Tendría unos setenta años, el cabello blanco en canas y las nítidas arrugas manifestaban el paso de los años. Su atuendo mostraba muy poca elegancia, una camisa azul descolorida caía al descuido sobre sus pantalones rústicos marrones.

Sinceramente no había conocido demasiada vestimenta de hombre para comparar, sólo los que llegaban al pueblo y merodeaban ostentado su fortuna. Ellos si lucían perfectos trajes con corbatas francesas y camisas almidonadas. Admiraba esa presencia en los caballeros, aunque ninguno se hubiera fijado en mí. Realmente los colores en las prendas del posadero no tenían combinación alguna. Azul y marrón... mmm, un contraste desagradable para mi vista.

El hombre se acercó con pasos lentos sin dejar de inspeccionarme como si me censurara.

-No eres de aquí. ¿Verdad?

-No señor. Me ha tomado la noche por sorpresa, hace mucho frío, necesito una habitación sólo por esta noche.

-Ya veo... Sígueme.

Se dirigió hasta el escritorio sentándose en la silla. Tomó un viejo cuadernillo de notas y un lápiz.

-Tendrás suficiente dinero. ¿No es así? No me harás trabajar en vano.

-Tengo dinero... ¿Cuánto costaría quedarme una noche?

El viejo quitó sus anteojos y me miró.

-Cincuenta euros, no incluye cena.

-¿Cincuenta euros? Exclamé asombrada. Temía que el dinero no me alcanzara.

-¿No has escuchado? ¡Cincuenta! Toma en cuenta que soy la única posada en varios kilómetros, te convendrá aceptar si no quieres dormir en la calle. Aquí hay muchos peligros para una joven tan bella como tú.

Su mano se elevó con la intención de acariciar mi rostro, pero me retiré dando un paso hacia atrás, logrando que no me rozara.

Rápidamente abrí mi bolso y busqué el pequeño monedero que contenía el poco dinero que me quedaba. Uno a uno puse los billetes y las monedas sobre el escritorio, contando en voz baja cada céntimo.

-Diez, veinte, treinta, cuarenta, aquí tengo monedas... cinco euros, seis, siete, ocho y nueve. Es lo que tengo señor. Me faltaría un euro para completar. ¿Podría perdonármelo? Si usted lo desea puedo limpiar o hacer la cena. Sé cocinar muy bien.

El viejo se puso de pie de un salto golpeando la mesa con furia.

-¡Me crees estúpido! ¡No quiero una doméstica que termine por robar mis cosas!

-No, no, jamás he robado nada, mis padres me han enseñado que eso no se debe hacer. Dije angustiada.

-No necesito una muchacha de campo ignorante y aprovechadora- dijo con mirada despectiva -aunque... hay algo que me puedes dar.

Adiviné sus impúdicas y bajas intenciones. Sin perder tiempo quise tomar mi dinero de la carcomida mesa, pero él no me lo permitió. Fue muy hábil y diestro, arrebató en mis propios ojos lo poco con que contaba.

-¡Vete de aquí! ¡Vamos muévete rápido si no quieres que llame a la policía y te denuncie por robo!

-¡Si yo no he hecho nada!

-¡Jajajaja estúpida! Mi amigo el comisario me dará la razón. ¿Quieres ver que tan corrupto es una persona cuando le ofrecen billetes?

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

-¡Devuélvame mi dinero por favor! No tengo donde ir y hoy la noche es demasiado cruda. ¡Tenga piedad!

Caminó varios pasos hasta llegar a la puerta, la abrió.

-¡Vete! Aquí no hay ningún dinero tuyo.

Corrí, corrí atravesando la salida y no me detuve hasta llegar a la esquina. Tenía miedo, mucho miedo, frío, y hambre.

Continué caminando varias cuadras lentamente por las callejuelas empedradas, desconsolada. Al llegar a un cruce de calles miré hacia mi derecha. Me temblaron las piernas, esta vez no por la helada que caía mansamente sobre mi insuficiente abrigo, sino porque allá no muy lejos, casi al fondo de la calle, las brillantes luces de una plaza alumbraban la fastuosa fachada de un castillo.