Capítulo 2:

-Misión Imposible-

El sol brillaba con intensidad aquel día, los pájaros trinaban con encanto y las abejas posaban sus impacientes aguijones sobre el fibroso polen de las flores. Las calles de aquella ciudad eran invadidas por la calma.

Un constante repiqueteo y un andar impasible fueron el escape del silencio que se cernía sobre el asfalto. Un chico joven de estatura ligeramente superior a la promedio caminaba con la cabeza gacha, fijando sus ambarinos ojos en las pisadas de sus desgatadas botas negras. El viento soplaba con suavidad, levantando el dobladillo de su nueva gabardina oscura como la noche.

El humano detuvo su andar para admirar el cielo con pasividad. Las cosas durante los últimos años se habían tornado calmas y nada entretenidas. Constantes llamadas de sus compañeros e incluso del jefe principal del laboratorio sacaban a Dib de sus acostumbradas ensoñaciones por la noche o las tardes. A pesar de haber dejado atrás aquellas burlas y ofensas por parte de todo el mundo, la mente del azabache aún se sentía consternada y ansiosa.

Es difícil sentirse vivo una vez que todo aquello que te hacía ansiar el amanecer por las mañanas desaparece y no muestra luz durante tantos años. Terminadas sus tareas y pendientes, el ojimiel se sentaba sobre el borde de su cama de infancia, y dejaba que su mente lo transportara de nuevo al pasado. Eran tantas las diferencias que podían encontrarse en tan solo una comparación. Es aquí cuando el curso de las cosas se vuelve inestable, y el pensamiento perdido razona para decir: Aquello que más deseamos, ¿nos dará el aliento necesario para seguir respirando?

Reanudando su pesado andar, Dib patea una pequeña roca sobrepuesta en el asfalto ardiente bajo sus pies.

-Las cosas han cambiado tanto. Hay veces en que desearía haberlo detenido esa noche…- dijo en un susurro el humano, esperando que el viento se llevara sus palabras lejos del lugar.- ¿Tenías que irte tan pronto? Estúpida lagartija verde…-

El azabache solía pasar sus fines de semana reparando la nave de Tak que años atrás había caído en su jardín. El sistema de operaciones de aquel crucero Voot estaba en óptimas condiciones, e incluso su ADN había logrado acceder a la red principal de la misma, pero faltaba algo. Una pieza de origen irken que Dib no pudo reprogramar para hacerla funcionar. Odiaba admitirlo, pero la raza de Zim tenía sus pros con respecto a la tecnología.

Cuando la noche caía, el cerebro del humano reproducía sueños lúcidos, que transportaban al humano a una realidad diferente. Una realidad vasta y llena de metas cumplidas y una nave irken completamente reparada y lista para volar a su planeta de origen.

-Ni siquiera tuvo la decencia de decirme a donde estaba regresando. Aunque, no creo que hubiese sido algo imprescindible para mi saberlo, de igual forma mi vida está bien ahora…- Dib estira sus brazos en señal de entumecimiento muscular.- Pero una respuesta nunca le viene mal a nadie.-

El cinturón de asteroides existente en nuestro Sistema Solar siempre ha sido un lugar estable, sin muchas distorsiones en su materia y sin ningún agujero considerable. El vacío del espacio sin embargo, cambiaría la situación al dejar que un extraño artefacto surcara sus aires con una velocidad superior a la del sonido. Cristales de hielo formados durante su largo pero veloz viaje se deshicieron al cruzar las primeras capas de la atmósfera terrestre.

Kilómetros y kilómetros de agua salada presenciaron su descenso hacia América del Norte con una quietud que fue quebrantada gracias a la ráfaga de viento que aquel objeto desprendió sin piedad al pasar cerca de ellos. Tomó solo unos segundos que el mapa de localización irken alcanzara esa ciudad apacible y terminase en los brazos de aquel ojimiel que cayó como bala contra el duro y ardiente suelo.

-¡Agh…!- se quejó el humano después de haber recibido el fuerte impacto. Con rapidez, sus ojos dieron con el OVNI que lo había hecho caer de manera estrepitosa.- ¿Qué es esta cosa? ¿Una clase de consola para juegos virtuales? No, es demasiado pequeño…pareciera una especie de diamante.-

Inspeccionando el artefacto que tenía entre sus manos, Dib sintió pequeños relieves en la parte inferior del objeto. Con detenimiento, logró identificar aquellos bultos como botones que lograron confirmarle la nueva maravilla caída del cielo a la Tierra.

-¡Un artefacto extraterrestre! ¡Por Saturno, creí que jamás volvería a ver algo así!- exclamó con entusiasmo el ojimiel al tiempo que sus piernas lo enderezaron de un salto.

Olvidando por completo el encargo que tenía que entregar al laboratorio esa tarde, el humano regresó a su hogar escondiendo el mapa dentro de uno de los bolsillos de su gabardina. El estruendo de la puerta al impactar contra el marco de la habitación del azabache al cerrarse hizo temblar incluso la cama donde solía pensar más que dormir. Con ávidos movimientos, tomó unas cuantas pinzas y unos guantes especiales anti-corrosión de su propia invención para estudiar el aparato que a simple vista parecía obsoleto.

-Veamos…- Tomando con cuidado una de las pinzas, Dib recorrió entera la estructura del objeto. Después de años de vivir confinado en su habitación, la Universidad y el laboratorio, las manos del joven sintieron libertad como nunca antes fueron capaces de alcanzar. Aquel artefacto fue el vivo boleto de vuelta a su infancia.- Impresionante. El metal de esta cosa resistió el traspaso de la atmósfera sin desbaratarse, pero aun así luce tan frágil…-

Dejando las pinzas de lado, Dib toma el mapa con sus manos enguantadas, presionando por error el botón de encendido de la misma. El particular lente reducido del aparato hizo su aparición, desplegando con elegancia la imagen en cuarta dimensión que estaba programado para mostrar. Un haz de luz casi incandescente surcó los cristales pulidos de las gafas del humano, dejándolo estupefacto ante una de las visiones más bellas e intrigantes de su vida hasta ese día.

-Ya tenía pensado que esta cosa no era un arma pero…esto es otro nivel. Un mapa de localización avanzado. Ni siquiera el radar más desarrollado por la NASA sería capaz de descifrar estas coordenadas…- exclamó Dib en un suspiro de asombro.

-Me pregunto si con esto podré hacer algo más interesante…- Dejando el mapa de nuevo sobre el escritorio, el azabache presionó con sencillez el botón de encendido/apagado, desapareciendo así la brillante imagen que vistió de violeta las cuatro paredes de su habitación.

Hay ideas que surgen luego de haber visto lo invisible, algo que ni nuestros sueños mortales más profundos son capaces de crear con transparencia. Con una leve sonrisa en su rostro, Dib dirigió a sus piernas para que estas lo llevaran hasta el viejo garaje donde su padre solía guardar su auto antes de prácticamente mudarse al laboratorio. Aquel lugar empolvado por el tiempo y abandono, fue iluminado por la tenue luz de las bombillas en el techo. Los ojos de Dib fueron iluminados por segunda vez ese día al ver relucir su reflejo y el del mapa en el recubrimiento metálico de la vieja nave de Tak.

Con un sonido prolongado y un rastro de humo, el crucero Voot del irken Zim viajó de la galaxia donde residía Alhome hasta la Vía Láctea que contenía el Sistema Solar indicado por las pre-programadas coordenadas de la nave.

-¡G.I.R., deja de comerte mis waffles! ¡Mancharás el Voot si no comes normalmente! Además, no son horas de comer. Estamos por llegar…- dijo con fastidio el de tez verde al ver que su unidad SIR seguía entretenida en devorar su comida preferida.-Computadora, escanea una vez más la atmósfera a la que pronto accederemos.-

Acatando las órdenes dadas por su amo, el mando central del Voot informa a Zim el recién completado análisis del gran bonche de gases químicos y compuestos que formaban la atmósfera terrestre.

-Amo, la Tierra es grande como un panecillo… ¿cómo buscaremos su juguete?- preguntó G.I.R. mientras sus ojos celestes admiraban el paisaje que se extendía fuera de las ventanas del Voot. Las antenas del irken se irguieron de manera graciosa luego de escuchar la pregunta. Sus muchas e interminables búsquedas por información llevaron a Zim a descubrir que el 70% de la superficie terrestre era una extensión de agua salda que los humanos llamaban océanos y que el 30% restante era tierra firme que se dividía en algo conocido como continentes.

Tomando en cuenta las estadísticas de esta situación, el invasor supo que el pequeño robot tenía razón y debía revisar el lugar exacto en donde caería su mapa.

-Computadora, escanea la superficie sólida terrestre e informa a Zim del paradero de su paquete…- ordenó Zim con cierto nerviosismo. La computadora desplegó una gran pantalla a modo de GPS luego de unos segundos.- Escaneo completado exitosamente. Localización registrada en el lado norte de la Tierra. Lugar identificado como "América".-

-Amplifica la imagen y señala el punto de su ubicación.-

El aparato obedeció las órdenes de Zim y la imagen quedó amplificada a una zona delimitada por líneas color rojo.

-Ubicación confirmada. El mapa de localización irken encontrado en una ciudad con bajos niveles de IQ en su población.- dijo con sequedad el aparato. Un sudor imaginario recorrió la nuca de Zim con lentitud, y sus manos enguantadas chirriaron ante la fricción de sus puños cerrándose.

-Dirige el señalamiento hacia el lugar dentro de esa ciudad inferior en donde se encuentra el mapa.- La voz del irken pareció quebrarse ante la orden recién dada. Una vez más, su memoria intentó reproducir recuerdos profundos. Sin embargo, estos fueron reducidos a cenizas por las llamas de bloqueo que Zim logró encender antes de que siquiera uno se atreviera a relucir en sus ojos.

-Señalamiento fallido. Interferencias de magnitud superior bloquean el escaneo de la ciudad.- respondió la computadora al tiempo que el de tez verde chocaba uno de sus puños contra las paredes del crucero Voot.

-Genial, estúpidos humanos y sus máquinas obsoletas. ¡Los maldigo, televisores, los maldigo!- gritó Zim haciendo eco dentro del Voot.

Dejando al Voot en modo manejo automático, el irken camina hacia uno de los espacios de almacenamiento de la nave para extraer su disfraz y el de su unidad SIR. Sabiendo de la ciudad en donde pronto aterrizarían, Zim no se molestó en cambiar los disfraces que solían utilizar cuando residieron en la Tierra años atrás. Para G.I.R. era su desgastado disfraz de perro terrestre y para el ojimagenta, su típica peluca y lentillas que asemejaban orbes de visión humanoides.

Pasados unos minutos, el Voot se dirigió al lugar indicado para el aterrizaje previamente instalado en su sistema. Las cosas en aquella ciudad no habían cambiado nada, el baldío que alguna vez ocupó la casa terrestre de Zim seguía tal y como cuando se había ido de la Tierra; aún estaban visibles los agujeros en la casa de los vecinos por los que el invasor les robaba la señal de TV y la luz.

-La Tierra, veo que sigues siendo un planeta inútil que ya no merece la ira del gran Zim.- dijo el de tez verde una vez que él y su pequeño robot hubiesen bajado de la nave.- Muy bien. G.I.R., es hora de encontrar esa cosa y largarnos de aquí lo más pronto posible. No podré mantener a raya a los radares de la Inmensa por muchos días.-

Caminando por las calle de lo que alguna vez fue su hogar, Zim logró darse cuenta de que la computadora había cometido un error al solo mencionar que el IQ de ese lugar era "bajo". La sociedad no había cambiado en lo absoluto. Todos seguían igual de despistados y estúpidos como de costumbre; las casas aun conservaban sus deformes estructuras y la población parecía haber desarrollado rostros aún más retrasados que hace unos años.

Al no sentirse amenazado, Zim se tomó la libertad de sacar de su PAK un rastreador que lo ayudaría a encontrar con más rapidez su mapa. Durante unos minutos el radar no emitió ninguna señal que señalara la ubicación exacta del artefacto. Zim creyó que podía deberse a que el mapa se encontraba apagado o que estaba revisando en la parte errónea de la ciudad.

-Demonios, esta cosa no logra captar nada…- Los pasos del irken y el robot se vieron interrumpidos por igual. Los ojos disfrazados del alíen posaron su atención sobre una vieja casa rodeada con un barandal eléctrico color azul.

Zim tensó el cuerpo al recordar la vieja casa que alguna vez perteneció a su némesis, o quizá el humano cabezón aun estuviese viviendo ahí. La unidad SIR contempló con su cabeza ladeada como su amo caminó hasta estar frente a la puerta de aquella peculiar residencia.

-¿Amo…?- dijo G.I.R. intentando regresar la mente de Zim a la realidad.

Con la garganta seca y una leve pero constante descarga enviada por su PAK a modo de advertencia, el invasor dirigió su mano enguantada al timbre del lugar. Sus sentidos rechazaban cualquier uso de razón y las piernas de Zim se negaban a retroceder hacia la calle de nuevo.

Antes de siquiera llegar a rozar el timbre, las antenas del de tez verde se removieron de manera leve bajo la peluca que las ocultaba. Alguien estaba por abrir la puerta del lugar.

En un instante, G.I.R. y su amo ahora estaban escondidos detrás de unos arbustos cercanos al jardín de la casa.

-¿Zim? ¿Por qué nos estamos escon…?- La boca de la unidad fue cubierta con ferocidad por las manos del invasor.

-No hagas ruido G.I.R.- ordenó Zim ante el despiste de su robot.

Los segundos pasaron y el picaporte de la puerta giró lentamente. En un suspiro, el ambiente se volvió denso y los ojos del irken parpadearon con fuerza al divisar al residente que había cruzado el umbral de esa vieja puerta.

Continuara…