Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, yo solo me divierto con ellos.
Summary: El jefe Swan extrajo su hermoso revolver negro. Listo, ya está. ¡Soy hombre muerto! Pero aun así, asustado, me propuse a enderezarme y caminar con la frente en alto, como el hombre con los pantalones bien sujetos que era. Y a pesar del miedo que me producía el que me pegara un tiro, me atreví a decir: ¡Buenas Noches, don Charlie! ¿Cómo le va? Verá, amo a su hija...
Inspirado en la canción de ¡Buenas Noches don David! de Ricardo Arjona.
¡Buenas Noches, Don Charlie!
Capítulo 2. De Hombre a Hombre.
—¿QUÉ?
Ya podía irme despidiendo del jodido planeta.
Bella saltó frente a mí tan veloz como un rayo, protegiéndome valientemente con su cuerpo. Me sentí la niñita de vestidito rosado más cobarde de todo el mundo al permitir que Bella trabajara como mi escudo personal contra padres asesinos.
Patético.
—¡Papá! —gritó, extendiendo ambos brazos a los lados, cubriéndome con su pequeña figura. La situación terminaría de ser mucho más graciosa, si yo también extendía mis brazos y tomaba sus manos entre las mías, para acabar imitando la escena del Titanic con Rose y Jack en la punta del barco gigante.
El bloqueo mental me estaba afectando de sobremanera. Tenía que dejar de pensar esas pendejadas tan maricas.
—¡Entiende de una vez, padre! ¡Lo amo! —confesó en voz alta, bajando sus manos para entrelazarlas con las mías—. Lo amo con toda mi alma, y no puedo vivir sin él. Sé que posiblemente no has de aprobar nuestra relación, y te comprendo. Fuimos irresponsables, descuidados, me embaracé, tomando en cuenta que soy muy joven y ni siquiera he salido del instituto, y que eso podría influir en mi futuro, al ser madre a tan temprana edad…
Oh, mi vida, ¡estás tan en lo correcto! Pero, ¿podrías dejar de recordárselo tanto?
—Pero la verdad es que me siento agradecida, y no puedo ser más feliz. ¿No lo estás tú? ¿No te emociona el saber que pronto serás abuelo, y podrás volver a cargar un bebé, un pedacito de mí? ¿No te emociona que, aunque Edward no sea ahora especialmente de tu agrado, él sea el padre, porque simplemente yo digo que es el hombre más maravilloso del mundo? ¿Me crees? ¿No estás feliz por mí, por nosotros?
La expresión de demonio del jefe Swan se fue relajando, como si místicamente una manta de ternura hubiera causado un milagro mucho más impactante que la resurrección de Jesús.
—Yo… —sacudió la cabeza suavemente, mientras el arma descendía hasta quedar a un costado de su cuerpo—. Yo…
—Mamá —Bella continuó, dirigiéndose a Renée, que estaba llorando descontroladamente—. ¡Serás abuela! ¡Debes ser la mujer más contenta del mundo! ¿No te alegra saber que no serás tan vieja cuando tu nieto o nieta cumpla los quince?
Renée soltó un fuerte sollozo y envolvió a su hija con sus brazos, llenando su cabeza con pequeños besitos.
—¡Oh, hija mía! ¡Edward! —corrió hasta mi posición y me atrapó en el círculo de sus brazos, apretando fuertemente mi cintura, mientras las lágrimas seguían cayendo silenciosas por sus mejillas—. No te conozco, pero si mi hija te ha elegido, confío ciegamente en su decisión. Eso significa que confío ciegamente en ti.
—Muchas gracias, Renée. Me siento alagado de sus palabras —aseguré, sonriendo simpáticamente. Ahora que lo pienso… también podría incluir entre los productos un par de bolsos coloridos con el rostro estampado de Renée, unas tazas de café de corazón, y una línea de zapatos que…
—Don Charlie… —murmuré, acercándome al policía con paso sigiloso y precavido—. ¿Nos dará su bendición?
Entonces alzó la mirada para verme. Sus ojos, sus ojos negros y siempre inexpresivos… ¡Estaban acuosos! Charlie Swan, el jefe de policía más rudo y frío de Forks, y posiblemente de todo el planeta, ¡estaba por derramar la lágrima! Esto sería un acontecimiento histórico. ¡Lástima que no cargaba una cámara encima!
—De acuerdo… —masculló entre dientes, bajando la mirada, para luego alzarla y ofrecerme una sonrisa. Sí, como lo leen. Una sonrisa—. Tienen mi bendición, ambos. Me alegro por ustedes.
Caminó los últimos pasos hasta donde yo me encontraba y, con movimientos vacilantes y pausados, me dio un torpe abrazo y me palmeó la espalda.
….
Bueno, me hubiera encantado decir que todo lo que pasó antes es cierto.
Pero, como el destino siempre se las arreglaba para joderme cuando le daba la gana, las cosas fueron un poquito diferentes.
—Edward… Edward… ¿Me oyes? ¡Edward!
La perfecta melodía de aquella dulce voz, provenía de mi angelical Bella, la mujer más perfecta del mundo. ¿Cómo no reconocerla? Podrían pasar años, y aun así seguiría vagando en mi mente con la fuerza de la candela del fuego ardiente.
—Uh… —gemí, sintiendo mi cabeza y mi quijada palpitar como si me hubiesen golpeado con la lápida de los diez mandamientos—. ¿Qué…? ¡Mierda! ¿Qué pasó?
—Te desmayaste —susurró ella, acariciando mi mejilla con la suavidad del ala de una polilla.
¿Me desmayé? ¿Yo? ¡Genial! A parte de cobarde, tenía complejos de bella durmiente. Ya me imaginaba a Emmett saltando de aquí para allá, diciendo una y otra vez cosas como "¡Ahí viene Aurora Cullen! Cuidado todos, se puede caer en cualquier momento"
—¿Dónde estoy?
—En mi habitación. Mis padres están abajo.
Me incorporé lentamente para quedar sentado, no sin sentir un desagradable mareo, y un insoportable dolor en mi columna vertebral. Bella estaba sentada sobre la cama frente a mí, con sus largos cabellos ondulados adornando los bordes de su rostro, y sus labios regordetes, doblados en una dulce sonrisa.
Llevé una mano hacía mi mentón y la aparté de inmediato, al sentir un dolor agudo ocasionado sólo con el roce. Cerré los ojos, recordando lo sucedido hace… ¿horas, minutos? No sabía cuánto tiempo había permanecido inconsciente.
Mi llegada a casa de Bella, la alegría de Renée, los reclamos de Charlie, el inesperado golpe en la…. ¡Oh! ¡Oh-oh y más oh! ¡Ese hijo de puta me había dado un mamorrazo en la cara y me había dejado inconsciente por quien sabe cuánto tiempo! ¡Maldito!
Hice el esfuerzo del millón por no demostrar mi enfado, y sonreí tranquilizadoramente, en dirección a mi novia.
—Humm… —mugí, sin apartar la mirada de sus ojos—. Al menos no me disparó con el arma —solté una suave risa, tomando en cuenta lo estúpido que había sido al creer que Charlie sería capaz de emplear el arma conmigo. ¿Cómo iba él a asesinarme? Definitivamente había estado delirando.
Los labios de Bella se fruncieron en una mueca de desagrado, y bajó la mirada, avergonzada.
Fruncí el ceño en el acto, preocupado de su reacción, sin importar el dolor que ocasionó el movimiento. Acaricié su mejilla con una de mis manos y luego sostuve su mentón, obligándola a alzar la cabeza para mirarme.
—¿Qué sucede?
—Bueno. En realidad, la pistola no estaba cargada cuando comenzó a pulirla. Se dio cuenta de que no tenía balas cuando quitó el seguro y oprimió el gatillo. Así que te dio un golpe en la quijada con el revólver, creo que por qué era lo más duro que tenía a la mano…. —siguió explicando, pero a partir de allí dejé de escucharla, porque estaba cegado por el coraje y la incredulidad.
Claro, claro, entiendo a la perfección. El muy cabrón quería pegarme un tiro en las bolas, pero resulta que el arma no estaba cargada. Y ya que se quedó con las ganas, decidió que, a pesar de que no había logrado lo que quería, utilizar el arma para algo productivo, como alardear de sus habilidades policiacas, como dejar inconsciente a un oponente. ¡Misión cumplida! Ahora tendría que cargar con un cardenal morado fosforescente en el rostro por semanas.
—…. causa de la golpiza —Bella seguía habla que habla cosas a las que no estaba prestando la más mínima atención—, pero en su defensa, me atrevo a decir que no te apuntó en la cabeza —Oh, ¡que considerado de su parte!—, sino a un lado. Solo quería asustarte… tal vez quemarte un poquito.
—Sí. Gracias por decirme, Bella. Me encargaré más tarde de agradecerle que solo haya querido incinerar la mitad de mi cara y prenderle fuego a los cabellos —rodé los ojos—. ¿Cómo he llegado hasta aquí?
—Papá te trajo.
—¿Tu padre me cargó hasta aquí? —¿me dejó en el cuarto de Bella? ¿Solos? ¡Vaya! Y yo que creí que Charlie no tendría ni un poquito de consideración conmigo.
—¿Cargarte? No. Te arrastró por los escalones.
Bueno, eso explica el dolor de espalda.
—Créeme que se siente culpable de lo que te hizo. Aunque no lo expresó con palabras complejas… bueno, aunque no lo expresó… Ay. No dijo ni hizo nada. Pero estoy segura de que algo culpable se sentirá con todo esto. Ya lo verás, mi vida —sonrió dulcemente y se sentó en mis piernas, tomando mi cabello entre sus dedos, antes de besarme en la boca con un poquito de pasión—, apenas vea lo dulce y bueno que en realidad eres, y lo que te provocó sin necesidad, te pedirá perdón.
—¿Tú crees?
—Oh, sí. ¡Estoy completamente segura de eso!
...
¿Sentirse culpable? Ja, como no. Al muy malnacido solo le faltaba buscar un trampolín y ponerse a saltar de alegría cuando me vio bajar las escaleras como el jodido Quasimodo en El jorobado de Notre Dame, y no solo hablo de la espalda, porqué mi cara estaba tan hinchada que pronto le saldría un tercer ojo parlanchín.
Al parecer, durante mis diez minutos de inconsciencia tirado en el piso, se había desatado una fuerte discusión entre los integrantes de la familia Swan, hasta el punto en que Bella casi insultaba su padre, y Renée le había impuesto la ley del hielo, más una amenaza mortal. Sabrá Dios cual sería.
¡Espero que te haya prohibido tener sexo con ella por tres meses, para que seas serio!
Vale, vale, estaba exagerando. Ese era un castigo muy duro. Pero esperaba que el ultimátum haya servido de algo.
—¡Oh, Edward, querido! —comenzó a decir Renée—. Lamento tanto lo ocurrido. Disculpa a mi esposo, por favor, por tal acto impulsivo e inmerecido. Pero, por más feliz que de alguna forma me haga la noticia, para mí también ha sido una sorpresa y una perturbación. No todos los días una hija llega a decir que se casará con un hombre al cual no conocemos, y además, que está embarazada. Debes comprender que cualquier padre protector hubiera hecho algo similar.
—La entiendo completamente, Renée. He de aceptar que mi inesperada visita ha sido algo grosero —contesté, con toda la sinceridad del mundo.
—Sí, bueno. Yo soy una mujer de una mente muy abierta, y a pesar de que estoy algo enfadada con Bella, y contigo, también, por permitir que se embarazara —tenía ganas de explicarle que si nos cuidamos, pero que el condón se había roto. Pero… bueno, la única forma de que un condón se rompa de otra forma que no fuera intencional, es que estuviera defectuoso, o que nos hayamos puesto un poquito… humm… intensos, en la cama. Y con los oídos de Charlie en cada rincón de la casa… ¡No señor! Mejor quedarme callado—. Cuentan con todo el apoyo del mundo.
Sí. Esa era mi idola.
Bella entrelazó su mano con la mía y me dedicó una amplia sonrisa, proyectando amor dentro de cada matiz de sus ojos chocolates. ¿He dicho que la amo ya? ¿Sí? Oh, entonces lo repito: LA AMO.
Pero por supuesto, la magia de Disney siempre se desquebraja cuando la bruja de la historia entra en acción con su verruga en la nariz y el cuervito cotilla en el hombro.
—Joven, quiero charlar unas cosas con usted. ¿Le molestaría acompañarme hasta mi estudio? —Sí, si me molestaría.
—Por supuesto que no, Don Charlie —mentí con voz ronca, tratando de no esforzar mi rostro demasiado, ya que la cara aun me dolía por el golpe. Cargaba una bolsa de hielo prácticamente amarrada alrededor de mi cabeza como si fuese una momia, y solo faltaba una prótesis de columna para poder levantarme sin sentir el peso de la muerta de la película 'El fotógrafo' encaramada en mi espalda como una araña.
Bella intensifico la presión de sus dedos en mi mano, preocupada cuando me puse en pie para seguir los pasos de su padre. Sonreí tranquilizadoramente, buscando la manera de borrar la arruguita entre sus cejas, formada por la fuerza de su ceño fruncido.
Acaricié el dorso de su mano y le guiñé un ojo. Separé nuestro agarre con suavidad y me volví a ver a Charlie, que me daba la espalda, y ahora caminaba hacia su estudio. No ignoré la mirada de advertencia que Isabella le lanzó como dagas afiladas a su padre, quien mágicamente se dio la vuelta, como si se hubiera dado cuenta de la señal de su hija.
—No te preocupes, cariño. Me portaré bien. Solo quiero aclarar unas cosas con mi yerno —informó con voz tranquila, esbozando una pequeña sonrisa para calmarla. Ella, dudando aun así de sus palabras, asintió con la cabeza y le devolvió la sonrisa, sin dejar el lado precavido en el fondo de sus ojos.
Acompañé a Charlie hasta que me adentré a su guarida, y una vez que éste cerró la puerta, la máscara de simpatía fue sustituida por la más macabra de las expresiones.
Lo bueno es que había dejado el revolver en la mesa de centro de la sala.
—Siéntate —ordenó. Él muy descarado ni siquiera tenía la decencia de disculparse por el golpe que me dio.
Me dejé caer sobre la silla girable de color gris, que estaba al otro lado de la mesa de computadora, donde él trabajaba a gusto. Charlie le dio la vuelta a la mesa, sin apartar sus ojos inquisitivos de los míos, y se sentó en su sillón rojo, sacando de la nada, una pipa encendida, antes de llevársela a los labios e inhalar una fuerte bocanada.
—Entonces, Edmund —habló primero, exhalando el humo de la pipa en toda mi cara. ¿Es que acaso ahora quería terminar de provocarle una infección a mí ya bien lastimado rostro?
—Es Edward, señor —corregí con voz dura.
—Como sea —idiota—. ¿Cómo te ganas la vida?
¿Qué cómo me gano la vida? ¿Qué clase de palabras son esas? ¿No pudo preguntar "cuál es tu profesión" y listo? ¿Tenía que hacerme sentir como un indigente?
—Doy clases de literatura en la Universidad de Comunidad de Clackamas, en Oregón.
—Humm, buena universidad, buen paisaje, aunque queda algo lejos.
—Tengo coche.
—¿Qué hay de tus padres?
—Mi padre se llama Carlisle Cullen, es doctor, y trabaja en el hospital de aquí en Forks. Mi madre es Esme Cullen, y es arquitecta.
Por primera vez desde que lo vi, Charlie pareció sorprendido por mis palabras.
—¿Carlisle Cullen? ¿Él es tu padre?
—Sí. ¿Lo conoce?
—Hemos charlado un par de veces, es un buen tipo. Espero que sus hijos tengan el mismo ejemplo.
Mejor no estresarme pensando en que quería decir con eso.
—Oh, ya veo.
Tras un silencio sepulcral, habló:
—Iré al grano. Verás, que Isabella es mi hija querida, al igual que Sarah, por supuesto. En general, mi deber es proteger a quienes más quiero. Y no permitir que nada, ni nadie los lastime.
—¿Qué intenta decir con eso? —inquirí, entrecerrando mis ojos.
—En pocas palabras —espetó en voz fría y cortante, clavándome un montón de mini estacas con su mirada lanza rayos—. Que sí, por cualquier razón, Isabella llega a derramar una lágrima por tu culpa, te arrepentirás —tragué saliva secamente—. Sí llega si quiera a considerar llorar por tu culpa, te arrepentirás. Si sufre, dice, o comenta algo que le esté afectando hondamente y que esté vinculado contigo, te arrepentirás. Sí llegas a abandonar a su hijo, y mi futuro nieto, o si llegas a lastimarlo, créeme como te arrepentirás.
En pocas palabras: si llego siquiera a estornudar sobre su hija y causarle una virosis completamente común, o a mi propio hijo, ese sería suficiente incentivo para violar las leyes policiales y ponerse de acuerdo con una sádica liga de super mafiosos experimentados para venir a patearme el culo y tatuarme en el pecho una dolorosa amenaza de muerte permanente.
Vale, eso era demasiado extremista. Pero si es cierto lo de que me pateará el trasero.
Charlie no había acabado aun.
—Así que; sí llego a ver el más mínimo golpe, quemadura, rasguño, o cualquier cosa sobre su cuerpo o el de mi nieto, que no está ocasionado con una caída; te pegaré un tiro, y ésta vez no fallaré, ¿te ha quedado claro Eduardo?
No voy a negar que estaba asustado hasta decir basta, y que era lo suficientemente potente para hacerme olvidar lo enojado que me sentí de pronto porque no pudiera ni siquiera tener la decencia de decir bien mi nombre. No, asustado es poco. Cagado de miedo es lo correcto. Como una mariquita.
Sí antes había creído que Charlie sería incapaz de pegarme un balazo, pues ahora rectifico: es capaz de eso y de mucho más.
El ambiente se había oscurecido. Rayos y truenos hicieron acto de presencia desde afuera, alumbrando la penumbra que nos envolvía, y casi podía escuchar el sonido de murciélagos volando alrededor de nosotros deseosos de sangre.
Ok, tal vez estaba comenzando a imaginar cosas y a delirar, producto del trauma cerebral y la paranoia que solamente el diabólico Drácula, en este caso, Charcúla, provocaba inevitablemente en mí. Pero de lo que estoy completamente seguro y ponía las manos al fuego porque no estaba volviéndome loco es que, de la nada, un gato repleto de rayas apareció y saltó sobre las piernas de Charlie, mientras éste se retorcía el bigote entre sus dedos.
Es el colmo. ¡Bella nunca me dijo que tenían un gato! ¿De dónde carajos salió? ¡Válgame Dios! Este tipo tenía ser el hermano perdido de El padrino, o estaba practicando conmigo para interpretar el papel del nuevo Vito Corleone.
—Yo… sería incapaz de lastimar a su hija, Don Charlie. Interpondría mi felicidad por encima de la suya, cueste lo que cueste —no sé cómo diablos logré proferir una palabra, pero me felicité a mí mismo cuando lo hice.
—Eso espero. Porqué si no…. —sonrió de medio lado, y (también de la nada), sacó de una gaveta otra pistola negra bien bonita y pulidita—. Ya conoces a mi amiga.
...
—Edward, ¿viste que no fue tan malo? Bueno… exceptuando el golpe en tu cara, el resto salió excelente. Incluso papá te sonrió cuando nos despedimos de él, ¿no te parece genial? Eso me parece un gran avance —Bella habló, tratando de ser humorística.
—Cla-claro que sí, cielo. Tu padre y yo ahora nos… entendemos mejor —sí, aún estaba aturdido.
—Por cierto, ¿de que conversaron allí adentro? Estaba tan nerviosa que era capaz de salir corriendo al auxilio si escuchaba un grito de terror —un estremecimiento corrió su cuerpo.
Bella, ¡qué cosas! Pues te digo que casi, casi, quiebro los ventanales de la casa con el grito que peleaba por salir de mi garganta. Pero como ya te he demostrado, ¡soy un hombre valiente! ¡Un rudo e impenetrable machomen!
—Hummm…. Cosas de hombres.
—Bueno, confiaré que haya sido productivo, y no me hayan mencionado demasiado —¡por supuesto que no, cielo, no hablamos una pizca de ti!—. ¡Oh, olvidé comentártelo! —se apresuró a decir, entrelazando sus manos con las mías, meciéndolas de un lado a otro—. Mamá papá y yo hemos conversado, y hemos acordado que papá y tú irán de campamento juntos para que se conozcan y se lleven mejor. Y mi padre ha aceptado. ¿No te parece fantástico?
—…..
¡Espero que hayan reído mucho! Reviews :)
