Disclaimer: Los personajes de Avengers no me pertenecen.

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90 Días con ella

I

Nómina

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La vida de Steve Rogers nunca fue fácil.

Había nacido en uno de los vecindarios más pobres de la lejana Brooklyn, en una casa humilde, donde el dinero casi nunca alcanzaba para nada. Pero eso jamás había sido importante, pues aunque eran pobres sus padres lo habían rodeado de amor y dicha, y le habían dado una buena educación, repleta de férreos valores cristianos. Incluso después de la muerte prematura de su padre, su madre, una valiente y trabajadora enfermera irlandesa que había llegado hasta América con el estómago vacío y una maleta llena de sueños, había logrado sacarlos a ambos adelante ella sola por muchos años, trabajando turnos dobles y pidiendo ropa en las iglesias, pero todo siempre digna y honradamente. No tenían muchos lujos, sobre todo porque debían comprar los libros de la escuela, que su madre insistía en que no descuidara. Pero aun así los dos seguían siendo felices, porque a pesar de todo todavía se tenían el uno al otro. No importaban las penurias, ni la falta de dinero. Steve nunca se quejaba, aunque sus zapatos fueran usados y sus camisas remendadas, había aprendido que no ganaba nada con lamentaciones, y a mirar la vida siempre por el lado positivo.

En su cumpleaños número diez, su madre había logrado reunir el dinero necesario para sorprenderle llevándolo a los juegos electrónicos de Coney Island como le había prometido desde los cinco años. Steve no recordaba haberse sentido nunca tan feliz, principalmente porque su madre, luego de una larga y difícil lucha contra su enfermedad, falleció poco tiempo después, dejándolo completamente solo en el mundo. Esa fue la primera vez que había sentido ese miedo paralizante, la asfixiante incertidumbre de no saber qué pasaría con su vida, el miedo y la soledad. Y eso era lo mismo que sentía en ése momento, estando en casa de aquella mujer alemana, herido de gravedad y sin la más mínima defensa.

Lo más seguro era que ella misma llamaría a la SS apenas bajara su arma, pero no tenía alternativa. Podía regresar al campo de detenidos y luchar para sobrevivir una vez más a los nazis, pero no en ése estado. Necesitaba ayuda.

Entonces miró a la joven que ahora tenía enfrente, tratando de no mostrar ningún tipo de amenaza o aversión que pudiera complicar las cosas.

Ella lo miraba también, y aunque obviamente estaba sorprendido no había miedo en su mirada, la cual Steve se permitió analizar durante los breves segundos que ambas se cruzaron. Sus ojos eran claros, como dos gemas, con un brillo que por un segundo le pareció peligroso, haciéndole desviar la mirada, no sin antes notar que su piel era blanca, tan blanca que parecía nunca haber tocado el sol, y su cabello rubio, aún más claro que el suyo. Steve ya había visto esas mismas características muchas veces antes. Decididamente era una mujer aria, alguien que debía quererlo muerto y en quien no podía confiar. Pero había algo distinto en ella, algo en sus ojos (los más verdes que había visto en su vida), en su mirada decidida. Steve no tenía forma de saber si podía confiar en ella realmente para ayudarlo, pero al mismo tiempo sabía que no tenía a quién más recurrir en ése momento, ni fuerzas para seguir huyendo.

Esa mujer tal vez apoyaba a los nazis como la mayoría de los alemanes, pero era hermosa, como esas princesas que de niño imaginaba dentro de un enorme castillo de cuentos de hadas. Por un segundo le recordó a su novia, Peggy, pero era muy diferente a ella. Steve de pronto se sintió tremendamente avergonzado de su apariencia tan deplorable, pero el dolor se sus heridas era mucho más intenso que la vergüenza, así que, sin dejar de mirar a la mujer a los ojos repitió lo único que sabía en alemán: ayuda.

Ya no había vuelta atrás. Estaba entregándose completa y voluntariamente en sus manos.

La mujer parpadeó, como si no lograra comprender del todo la situación, sin embargo, antes de que pudiera hacer o decir cualquier cosa, escucharon el sonido de un motor apagándose, y unas risas muy cerca de la puerta, que se abrió casi al instante, y entonces las risas cesaron.

Steve, temeroso y con los pocos sentidos que aún funcionaban correctamente alerta, rápidamente fijó la vista allí, notando a dos jóvenes, chico y chica, apenas unos adolescentes, mirándolo como si estuviera viendo a un fantasma.

—¿Señorita Natasha? —preguntó el muchacho en un tenso alemán, dejando las verduras que cargaba a un lado de inmediato, y presintiendo el peligro se adelantó a la chica que cargaba unas bolsas de pan, obligándola a hacerse hacia atrás— ¡¿Es el americano?!

Entonces comenzaron los gritos en alemán, una tensa y agitada conversación que Steve de ninguna forma pudo seguir. El chico parecía molesto, y de seguro se hubiera lanzado sobre él si la hermosa joven de cabello rubio (quien parecía llevar la voz cantante) no se hubiera interpuesto. Aturdido, empezó a pasar la mirada de un lado al otro, sin entender nada, pero temblando cada vez que lograba entender alguna palabra como "nazi" o "SS", las cuales sabía, como muchos de sus compañeros, podría entender en cualquier idioma.

La discusión siguió y siguió, y claramente la causa era él, pues no pasaban ni cinco segundos sin que alguien lo señalara. Sin embargo, tras un largo y al parecer severo discurso de mujer mayor, los otros dos guardaron silencio de inmediato.

—A-yuda...— repitió entonces Steve cuando creyó que las cosas se habían calmado un poco, pero todavía sin entender nada de esa discusión, más allá de que el conflicto principal era él mismo. Pero de pronto todo se volvió demasiado confuso y borroso, y apenas había terminado la frase sintió como sus rodillas cedieron de forma intempestiva. En ése momento la mujer intentó sostenerlo con firmeza, terminando de caer junto a él Y Steve una vez más pudo mirarla a los ojos, los cuales lo hicieron sentirse inusualmente a salvo, hasta que el mundo dejó de girar a su alrededor, y todo se volvió completamente oscuro.

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—Está herido. ¡¿Qué hacemos?!— se desesperó Wanda, observando, horrorizada, las manchas de sangre que el americano había dejado por toda la sala. Natasha lo observó también, inconsciente y pesado entre sus brazos, manteniéndose lo más calmada posible

—Señorita, si el General Schmidt llegara a venir ahora...— insistió Pietro, peinándose el cabello rubio hacia atrás por décima vez, nervioso— Debemos deshacernos de él.l

—Pero no podemos dejarlo así— refutó su hermana, pasando de él para arrodillarse junto al soldado también y mirar a Natasha con esos ojos de cachorro que siempre la convencían de cualquier cosa— Señorita... Tenemos que ayudarlo, por favor...

— ¡Basta, Wanda! ¡Debemos entregarlo a la SS!— gritó su hermano, histérico. Wanda, por su parte, saltó del suelo como un resorte y lo enfrentó.

— ¡Es un Aliado, Pietro! ¡Ellos luchan por nosotros! ¡No podemos dejar que muera!

— ¡Hará que nos maten!

Natasha bufó, cerrando los ojos mientras los hermanos seguían gritando. Intentó levantarse pero el americano era demasiado pesado, así que quedándose bajo él miró al débil muchacho, debatiéndose internamente sobre lo que debía y lo que quería que hacer.

—¡Es nuestra vida la que está en juego, tonta!

—¡Tonto eres tú!

—¡Wanda!

—¡Pietro!

—¡Silencio! —Natasha impuso su voz una vez más, interrumpiendo la pelea de los hermanos Maximoff mientras se llevaba las manos a la cabeza, masajeándose las sienes con cansancio. Pietro y Wanda se callaron al instante, esperando, muy tensos, una orden directa —Pietro, sube al americano a mi habitación.

El aludido frunció el ceño, pero los ojos de su hermana brillaron de emoción y alegría.

—Señorita...— Natasha lo silenció con un gesto.

—No discutas. Hazlo. Wanda, busca agua y todos los paños limpios que haya en la casa. Yo misma me encargaré de limpiarlo y curarlo. No podemos traer al médico de las ciudad sin que Johann se entere, y tampoco podemos tener un cadáver Aliado en esta casa. Por favor limpia éste desastre en caso de que la SS decida venir aquí a buscarlo.

La muchacha pareció un poco decepcionada por la tarea asignada, pero aun así fue muy firme al asentir.

—Sí, Madame.

—Señorita Natasha, por favor...

—Basta, Pietro— susurró, cansada— Ayúdame a levantarme.

Pietro resopló, pero obedeció sin rechistar, ayudándola a llevar al inconsciente soldado escaleras arriba y acomodarlo, sin más remedio, en la habitación principal, que era la más cercana al corredor y las escaleras en caso de emergencia.

Cuando Wanda subió con los vendajes Pietro se retiró a ayudarla con la limpieza, y una vez sola Natasha observó al hombre inconsciente sobre su cama.

Y suspiró.

Su edredón de lana india, las sábanas blancas de seda china, todo totalmente arruinado, igual que el americano que ahora estaba sobre ellas.

Fue hasta el baño por una vasija y unas cuantas esponjas que mojó en el agua limpia antes de llevarla al rostro del hombre, limpiando primero aquellos cabellos que, en efecto, eran rubios como el trigo en los campos. Natasha los limpió con una inusual paciencia, hasta que logró deshacerse de cada rastro de lodo pútrido que lo manchaba. Luego fue por más agua limpia y otra esponja, comenzando a limpiar su rostro con mucho cuidado, como una madre bañando a su bebé por primera vez.

Con suavidad delineó los músculos de su barbilla, dejándolos absolutamente limpios, y entonces notó lo apuesto y joven que ése hombre era; sus facciones eran masculinas y delicadas al mismo tiempo, la barbilla arrogante y seductora que invitaba a ser acariciada. Y Natasha lo hizo, y de allí descendió por la línea del grueso cuello sus pectorales, deshaciéndose de las sucias y harapientas ropas de batalla, limpiando, acariciando suavemente cada parte de la nueva anatomía que ocupaba su cama con una extraña fascinación. Y algo en su mente gritaba a todo volúmen que eso no era correcto, pero ya se había activado el resorte y Natasha no pudo evitar sentir realmente el contacto de aquella piel blanca y suave que ahora intentaba terminar de limpiar. No pudo evitar pasar las yemas de sus dedos por los musculosos brazos, bordeando el vertiginoso perfil curvilíneo de aquel ejemplar de anatomía humana. No hubo poro que no sintiera, ni milímetro de piel que no rozara sin que le temblaran los labios ya entreabiertos por la codicia. Se encaramó mentalmente al trapecio de su torso, perfiló cada fuerte pectoral, los hinchados bíceps y triceps. Experimentó el vértigo de descender por todas sus costillas hasta alcanzar los límites sagrados del final del abdomen, los músculos de su cadera… Y entonces se topó con los sucios pantalones, y sin ningún pudor los quitó del medio, conteniendo un suspiro, como una colegiala que descubre los atributos de un hombre por primera vez.

A excepción del pecho lampiño, el americano estaba cubierto de una suave capa de vello rubio casi de pies a cabeza, sobre todo en sus genitales. Su miembro, obviamente en reposo, tenía un tamaño bastante interesante a pesar de la falta de excitación, cosa que la hizo preguntarse que tal sería ése hombre en la cama, pero como la situación era demasiado seria como para pensar en frivolidades, Natasha rápidamente dejó relucir a la espía entrenada y con aplomo terminó de asear al inconsciente mucho, poniendo especial cuidado en tratar sus heridas, después de todo no sería el primer hombre, mucho menos el último, que vería sin pantalones, aunque la situación se le antojó demasiado pintoresca, pues nunca había desnudado a un hombre que no estuviera rogando por sus caricias. Y mientras lo cubría con una sábana limpia pensó en lo que el americano diría al despertar desnudo y con ella manipulando su miembro todavía dormido. ¿Estaría encantado o molesto? Realmente se inclinaba más por la primera opción, pero siendo algunos americanos tan puritanos como los peregrinos se permitió dudarlo mientras delineaba con el índice las marcas que de seguro la guerra había dejado en aquel perfecto espécimen humano, y entonces ahogó una exclamación de sorpresa al oír el débil gemido del soldado, retirando su mano tan rápido que casi se hizo daño.

El apretó los párpados entre sueños, luego los abrió y se le quedó viendo fijamente por un segundo; dijo algo con la mandíbula muy tensa y volvió a quedarse quieto al momento que Wanda llegaba con vendas y antibióticos.

Juntas sacaron las balas que seguían alojadas en el cuerpo del americano y se encargaron de vendarlo y moverlo lo suficiente para cambiar las sábanas. Luego la muchacha se ofreció a quedarse con él, y Natasha, exhausta como estaba, agradeció sinceramente el gesto.

Tras un largo baño se preparó una vez más para dormir, y ya en su cama se permitió reír para sí misma al recordar el cuerpo del americano, pensando en que era una lástima que no fuera un nazi, así hubiera podido acostarse con él para robarle información valiosa.

Sí. Así estaba de jodida.

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Durante una interminable semana el americano despertaba solo de forma intermitente. Gritaba un par de cosas en su idioma y volvía a caer en la inconsciencia, producto de la fiebre que aún no le había bajado. Wanda temía que fuera a causa de una infección grave, pero la señorita Natasha (quien sabía mucho más de ése tipo de heridas que ella) le había asegurado que era algo normal debido a la gravedad del asunto. Por eso, diligentemente le administraba los medicamentos a horario, lo aseaba (siempre bajo la atenta mirada de Pietro) con dedicación y procuraba mantenerlo lo más cómodo posible.

Wanda no había conocido a muchos hombres durante su vida, mucho menos a un americano tan joven y apuesto. No podía decir qué clase de persona era, pero algo le decía que era de fiar, y que debía cuidar de él. A su padre le hubiera gustado, puesto que era fanático de todo lo proveniente de los Estados Unidos. Wanda sabía que a él le hubiera agradado.

El americano no tenía placas, por lo que supuso que debieron habérselas quitado cuando era prisionero, así que no había forma de saber su nombre real. Aún era joven, tal vez un par de años mayor que la señorita Natasha, pero no pasaría de los veintitantos. Dormido se parecía un poco a Pietro, pero era muy distinto a él. El americano más era alto, más fornido y su rostro se veía increíblemente amable a pesar de no poder expresarse. Era apuesto, pero a la vez, dormido como estaba, lucía muy inocente, igual que un niño, por eso Wanda no lo resistió y con una mano acomodó los cabellos rubios que caían sobre su frente, y se asustó cuando él, sobresaltado, reaccionó a su tacto abriendo los ojos y moviendo la cabeza de un lado a otro, asustado.

—Tranquilo— le dijo en inglés, saliendo de su asombro cuando él intentó levantarse y no pudo evitar un siseo de dolor al ejercer presión en sus heridas— Por favor, no te levantes.

—Peggy...— susurró el americano, aún ardiendo en fiebre, pero manteniendo los ojos cerrados— Viniste... Estás aquí.

Wanda se estremeció cuando él tomó su mano y la llevó bajo su mejilla, pero por extraño que fuera no la apartó.

—Peggy...— repitió él, pero entonces volvió los ojos, y rápidamente se apartó, observándola con desconcierto.

—No te asustes— dijo la adolescente con algo de temor; él frunció el ceño, y volvió a caer en la inconsciencia.

Wanda suspiró entonces, mirándolo fijamente por un momento antes de cambiar las compresas que estaban casi secas.

Y sin poder evitarlo sonrió.

Le gustaba mucho cuidar de su misterioso americano. Aunque solo faltaba descubrir su verdadero nombre, y averiguar quién era esa tal Peggy.

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Crecer en un lugar como la Unión Soviética no había sido para nada fácil.

A un estado restrictivo, estricto y machista había que añadirle un clima extremadamente austero y frío, casi tanto como sus habitantes.

Con gran parte de la región cubierta de una capa de hielo eterno, eran muy pocos los días del año en que uno podía disfrutar de un cálido día soleado como los que casi siempre habían en Alemania, sobre todo en Siberia, donde estaba el campo de entrenamiento de la KGB en el que la habían criado junto a otros niños sin hogar.

Natasha aún recordaba esos días, pues su entrenamiento y desarrollo cognitivo le impedía olvidar con facilidad. Se recordaba a sí misma como una niña huérfana, de rodillas huesudas y cabello indomable, siempre con golpes y raspones en el rostro a causa del arduo trabajo físico al que tanto ella como los demás niños eran sometidos. O mejor dicho, nunca fueron niños, sino armas que pulir, como solían decirles los instructores.

Pero aunque la vida siendo una asesina en desarrollo era ardua y difícil, ella había tenido suerte. Había sobrevivido a un entrenamiento que cada año dejaba a muchas niñas en el camino, siendo siempre la mejor en cada cosa que le impusieran. Y además, llegada la pubertad había florecido como una hermosa joven, de apariencia frágil y llena de curvas, una belleza irresistible que desde muy temprana edad había aprendido a usar a su favor. Así fue como comenzaron las misiones. Seducir a hombres ricos y poderosos, gobernantes, rebeldes, políticos, llevarlos a algún lugar apartado para así sacarles la información que necesitaba o, si su Gobierno así lo requería, matarlos sin más armas que sus propias manos.

Durante años había recorrido Europa cumpliendo con diferentes misiones que la KGB le asignaba, sin importar la bandera o el color político siempre que su país pudiera obtener algún beneficio. Natasha incluso había trabajado para los Nazis en el '38, y ahora que los intereses de la Unión habían cambiado lo hacía en su contra. Pero eso no le causaba ninguna clase de problema moral.

La moral y la ética era lo primero que se perdía siendo una espía.

Natasha suspiró y tomó entre sus dedos la tela de un elegante vestido de noche azul, el cual arrojó sobre la cama junto a los otros mientras encendía un cigarrillo y los observaba con ojo crítico.

— ¿Está segura de que irá?— preguntó Wanda, dejando de acomodar sus vestidos para mirarla con confusión.

Natasha soltó un bufido y tomó un vestido rojo, el más escotado de todos los que Wanda había sacado. Acarició la suave seda y se lo probó sobre su ropa frente al espejo. La etiqueta era francesa, de una marca muy fina, de las pocas que habían continuado operando tras la ocupación nazi en el país, pues sus modelos parecían ser los preferidos por las acaudaladas señoras alemanas. Se sonrió con burla al pensar que Schmidt quería transformarla en una de ellas obsequiándole esos vestidos y toda clase de joyas de dudosa procedencia, las cuales la asqueaban pero debía que usar encantada, tragándose sus pensamientos acerca de a qué desafortunada y adinerada mujer judía le pertenecían antes de caer en sus manos.

Pero, como todos los días, se repitió a sí misma que ése no era asunto suyo.

Cerrando los ojos se deshizo de aquella constante letanía y suspiró, dejando el vestido y las joyas que usaría sobre la cama, recordando la pregunta de su joven sirvienta.

—Debo ir. Y no sólo ir, sino presentarme ante el General con mi mejor sonrisa. Además, según tengo entendido, la recepción será en la mansión asignada al teniente Rumlow, quien se supone está a cargo de la búsqueda del americano. Tal vez pueda descubrir las pistas que tiene sobre su paradero y así decidir qué hacer con él— comentó, acercándose al espejo una vez más y contemplando con disgusto las raíces pelirrojas de su cabello ahorrubio— Trae el decolorante.

Wanda asintió con un suave movimiento de cabeza y abrió la puerta para salir de la habitación, teniendo que ahogar un gritito de sorpresa al encontrar a su hermano pegado a la cerradura, irguiéndose rápidamente para disimular.

—¡Pietro! —le reclamó en voz baja, cerrando la puerta con mucho cuidado tras de sí —¡Por todos los Cielos! ¡Qué obsesión la tuya de seguir espiando a la señorita Natasha!

—¡Yo no estaba espiando! —se defendió su gemelo, cuyas pálidas mejillas se habían vuelto tan rojas como el cabello de su hermana —Sólo...quería ver si la señorita Natasha necesitaba algo.

—Sí, claro —Wanda rodó los ojos y tiró de él hacia las escaleras— ¿Y el americano?

—Todavía noqueado —contestó Pietro, bajando los peldaños tras ella y siguiéndola hasta la cocina —Pero sus vendajes siguen sangrando.

—¡¿Y por qué no los cambiaste?!

—¡Pues porque no soy su enfermera!

Wanda soltó un resoplido y abrió la gaveta bajo el lavamanos, sacando una botella de decolorante y otros suministros.

—Eres imposible, hermano. Pero déjalo. Llévale esto a la señorita y lo haré yo misma— repuso, molesta— Y mejor ve y toma un baño después. Apestas a gallinero, y debes llevar a la señorita Natasha hasta la casa del teniente Rumlow. Aunque eso, por supuesto, ya debes saberlo gracias a tu manía por escuchar tras las puertas.

— ¡Eres una tonta!

Pietro y Wanda forcejearon, más como un juego que por hacerse daño, hasta que ella le mordió el brazo y se declaró ganadora de la contienda, corriendo escaleras arriba mientras soltaba una carcajada. Pietro maldijo en voz baja y se limpió la saliva de su hermana de la piel, subiendo las escaleras tras ella.l

Golpeó la puerta suavemente y suspiró, esperando la autorización de Natasha para entrar. Y al entrar en la habitación se quedó sin aliento al verla sólo vestida con un fondo de seda rosa mientras desengachaba las medias del liguero para quitárselas, sentada en un taburete frente a su tocador.

Natasha ni siquiera se inmutó con su presencia, es más, de pronto sus movimientos parecieron volverse más lentos, provocativos y sensuales. Pietro tragó grueso, sintiendo de pronto una molesta sensación dentro de sus pantalones de franela.

—Señorita...

Natasha terminó de sacarse las medias y lo miró, sorprendida.

—Ah, Pietro. ¿Y tu hermana?

El muchacho tragó grueso otra vez.

—Con... Con el americano. Está ocupada. Le traigo el decolorante.

—Gracias. ¿Necesitas algo más? Quisiera terminar de arreglarme.

Él no dijo nada, sino que se quedó allí parado, con la vista fija en sus botas y el cabello rubio tapándole los ojos mientras sus labios se movían sin emitir sonido alguno.

Natasha Lo miró y sonrió internamente. Aún estando ya tan acostumbrada a las miradas y gestos masculinos, el que ése muchacho intentara esconder su timidez y mantenerse firme frente a ella le causaba una cierta ternura.

Pietro era un jovencito muy tierno, fuerte y apuesto, y por supuesto que Natasha, siendo una experta observadora, había notado la atracción que sentía hacia ella desde la primera vez que lo había visto. Claro que la mayor parte del tiempo procuraba ignorarlo para que las cosas no se salieran de control y sus planes se estropearan por culpa de las hormonas de un adolescente, pero debía aceptar que aquella devoción en los ojos del muchacho era sumamente halagadora a veces. Aunque era algo natural, pues era la única mujer aparte de Wanda con la que se relacionaba viviendo tan lejos de la ciudad en aquella finca, y un joven como él, apenas un adolescente, obviamente se fijaría en ella al no tener mucho más que apreciar.

No obstante, muchos hombres la habían mirado con deseo antes, pero como Pietro ninguno.

Él apenas tenía dieciséis años, y ella, según su pasaporte, veintidós, seis años más que él, pero al parecer eso poco le importaba al muchacho.

Natasha sabía que Pietro haría cualquier cosa por ella, incluso amarla más que a su vida, por eso procuraba salvar siempre las distancias.

—Gracias, Pietro —repitió, con una voz más firme. El joven entonces salió de su ensoñación y se sonrojó, saliendo de allí tan rápido como una ráfaga.

—Niños —murmuró la joven rusa, regresando a su tarea de acabar de desnudarse.

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Pasó el dedo índice por el borde de su copa y sonrió al regordete coronel que, con su enorme barriga y el bigote cano de morsa que sobresalía de su rostro, pretendía ser "irresistible" para ella. Sin embargo no le dio mayor importancia, pues no era él a quien debía engatusar esa noche.

El teniente Brock Rumlow era británico de cuna, pero había sido criado en las ajetreadas calles de Nueva York, lo que lo convertía en un doble traidor. Hijo de padres arios, había sido educado en las mejores escuelas de América y Europa, pero eso no logró aplacar su maldad, ni controlar su sadismo. Desde muy joven Rumlow había demostrado su inclinación hacia la brutalidad y la violencia, cualidades que supieron llamar la atención de Schmidt y el mismo Führer, quienes lo reclutaron pese a su nacionalidad. Desde entonces había sido enviado de campo en campo como interrogador, convirtiéndose en un experto en quebrantar la voluntad humana, y si no lograba hacerlo, siempre eliminaba al interrogado de una forma lenta y muy dolorosa. Por eso muchos temían con la sola mención de su nombre, sobre todo del apodo que se había ganado a pulso con su "gratificante" intervención en los campos de concentración: Crossbones, debido a que se rumoreaba que siempre conservaba los cráneos de sus víctimas más memorables.

Natasha lo miró fijo al otro lado del salón. Rumlow todavía era joven, de gran porte y muy buen ver. Era un maestro combatiendo cuerpo a cuerpo, y un experto tirador y piloto; alto, fuerte y bastante atractivo para cualquier mujer que no supiera que era un maldito y desquiciado psicópata. Había alcanzado sólo el rango de teniente a pesar de que alguien con sus cualidades podía ascender mucho más, pero en eso le jugaba en contra su nacionalidad, algo que sin duda debía fastidiarlo, y mucho. Natasha lo había estudiado durante meses, ya que entre los rebeldes circulaba el rumor de que toda información que llegaba a Schmidt pasaba antes por Rumlow, y que éste último era tan vil y traicionero que siempre procuraba saberlo todo de todos en el ejército, acumulando información muy valiosa, tanto para ella como para los nazis.

Así que, como fuera, debía ganárselo.

Brock hablaba con Johann, apartados del resto, y los dos parecían tener una charla muy acalorada que no podía oír debido a la música.

—Herr Schmidt está muy molesto —comentó el sargento Arnim Zola, en alemán, sobre su hombro, sobresaltándola levemente.

Natasha puso su mejor cara de preocupación y se giró hacia él.

—Lo he notado, pero desconozco los motivos... ¿Acaso se ha molestado conmigo? —preguntó, fingiéndose una amante descorazonada. Zola ajustó sus gruesas gafas y negó con la cabeza.

—Por supuesto que no, señorita Romanoff. El asunto que preocupa a Herr Schmidt es algo completamente diferente.

—¿Y qué es eso? No creo encontrar paz hasta saber qué asuntos afligen a Johann...—por un momento creyó que había exagerado, pero, para su buena suerte, Zola podía ser muy ingenuo a veces.

—Herr Schmidt no quería sobresaltarla, pero hace unos días se ha escapado un prisionero de Stuttgart. Un americano que estaba bajo la custodia de Rumlow y la mía. Mucho me temo que aún no ha sido recapturado.

—¡Qué horror! —exclamó ella, más horrorizada de lo que había pretendido en un principio, pero dio resultado —¿Y cree que lo atrapen pronto, Sargento?

—No podemos saberlo. Herr Rumlow es quien dirige la búsqueda, y hasta ahora no hay pistas que nos ayuden, porque...—de pronto Zola calló, y el sonido de una bofetada cortó el ambiente.

Unnütz! —gritó Johann Schmidt, y todos callaron abruptamente. De la nada, el General había decidido humillar a su subordinado, sorprendiendo incluso a Natasha por lo brusca de su reacción, llamándolo inútil delante de todos sus invitados.

Entonces Rumlow, claramente tragándose su orgullo, se paró muy firme y saludó respetuosamente a Schmidt antes de, con bastante disimulo, darse la vuelta y salir hacia uno de los balcones con pasos pesados y furiosos. Natasha rápidamente tomó su vaso de ginebra y con más disimulo que él se dirigió a su amante, fingiéndose preocupada.

—¿Johann? —lo llamó con suavidad, colocando una mano sobre su hombro.

Él la miró por un momento, suavizando sus facciones un tanto.

—Natasha — suspiró, colocando una de sus pesadas y desagradables manos en su cintura —Lo siento, pero a causa del inútil de Rumlow tengo que ir a Berlín ésta misma noche.

—¿Por qué? —preguntó con un ronroneo, haciendo pucheros.

—Es un asunto de Estado, mi querida —respondió el hombre, acercándose a ella como si tuviera intenciones de besarla, pero, para buena suerte de Natasha, no lo hizo, aunque desistir de ello pareció costarle bastante— Me gustaría pasar la noche contigo, con eso de que no he podido verte en toda la semana a causa de ti resfriado...— "el resfriado", pensó Natasha; el nuevo nombre clave del americano— Pero debo marcharme ya. Te veré cuando regrese— culminó Schmidt, besando su mano antes de acariciarle el rostro y marcharse con sus tres hombres de mayor confianza detrás.

Natasha lo vio marcharse y suspiró. Schmidt se había ido sin que pudiera ir a su casa y revisar su oficina, pero al menos no terminaría la noche sin conseguir algo de utilidad, pues ahora tenía la libertad que necesitaba.

Encantadora y seductora como siempre se movió entre los invitados, buscando a uno en particular.

—¿Teniente? —dijo suavemente al encontrarlo, fingiendo sorpresa. Rumlow se enderezó brevemente y la miró, sin expresar mucho.

—Señorita Romanoff— chasqueó la lengua, apagando su cigarrillo en el barandal de piedra mientras la brisa nocturna llevaba los últimos vestigios de humo hacia la perfecta y respingona nariz de Natasha.

—¿Qué hace aquí afuera? La fiesta es adentro —dijo ésta, recargándose a su lado con inocencia.

Rumlow la miró, sorprendido por su actitud tan amigable de repente, pues desde su llegada a la ciudad nunca habían cruzado más de dos o tres palabras; claro, porque hasta entonces él no había resultado útil para ella, pero ahora las cosas habían cambiado.

—Estoy tomando el aire, nada más —explicó el oficial con algo de renuencia. Su alemán era bastante bueno para ser alguien que había vivido toda su vida prácticamente fuera de Alemania.

—¿De verdad? Espero que Johann no le haya arruinado la velada con su...exabrupto.

—No…—refunfuñó el hombre mientras apartaba su copa y se apoyaba contra el balcón de piedra —¿No se irá a casa con el General Schmidt?

—Él tenía otros planes que, por supuesto, no me incluían, así que me dejó sola.

Natasha le sonrió con descaro mientras él echaba una rápida mirada al interior de la casa y luego volvía a clavar los ojos en ella, dejando que cayesen hasta su busto al tiempo que comenzaba a hablar de nuevo.

—Ya veo. Supongo que debe usted de sentirse agraviada por tamaño desplante.

—¿Agraviada? Por el contrario. Aquí entre nos, agradezco la libertad.

Rumlow soltó un ronquido afirmativo. Parecía haber cedido bastante con su actitud en solo unos pocos segundos.

—Entonces... ¿Desea usted compañía ésta noche?— preguntó, con un muy bien trabajado desinterés que ella captó de inmediato.

—Pero no cualquiera. Me gustaría la suya, mein herr. Desde que lo conozco me ha parecido un hombre sumamente interesante.

Apenas había terminado de pronunciar la frase y Rumlow ya la estaba devorando con los ojos. Estaba un poco nervioso, dirigía sus pupilas una y otra vez hacia el salón, como si temiese que alguien los estuviese observando y sin darse cuenta de que precisamente ese gesto sería mucho más delatador que mostrarse sereno.

—¿Ah, sí? ¿Y en qué podría yo resultarle interesante, señorita Romanoff?

A Natasha casi se le escapó una carcajada al comprobar que le costaba entonar debidamente. Se arregló el cabello con sutileza y sacó un cigarro de su estuche personal.

—Si es tan amable de darme fuego se lo diré encantada, teniente Rumlow —la espía aguardó paciente mientras se sacaba el encendedor del bolsillo y le arrimaba aquella llama que bailaba entre sus manos debido al temblor de éstas. Aspiró el humo de la primera calada y tras soltarlo entre una sonrisa, continuó hablando —No se menosprecie, Teniente. Usted claramente es un hombre de acción, de los que no les importe ensuciarse las manos… el bueno de Johann es un gran general, pero solo detrás de un escritorio…—la voz de Natasha se deslizaba entre sus labios haciendo que Rumlow tuviese que ajustarse el cuello del uniforme y que entrase en su juego— ¿Sabe que no me gusta nada esa manía que usted tiene de mirar continuamente hacia la casa? ¿No está cómodo conmigo?

—Sí, claro que lo estoy…— respondió el hombre con inseguridad. Natasha sonrió de forma melosa al darse cuenta de que a pesar de verse tan rudo y esa fama que se cargaba, Rumlow era aún más manejable que Schmidt.

—¿Por qué no vamos a su despacho? Allí podremos hablar sin que nadie nos observe…

El teniente Rumlow la miró tragando saliva y echó un último vistazo al salón. A continuación se enderezó levemente y le habló llevándose las manos tras su espalda.

—Está bien. Pero deje que yo vaya primero, quédese aquí y venga tras unos diez minutos. Si alguien le pregunta, diga que se ha sentido usted mal y dispondrá de una de mis habitaciones.

Natasha aceptó con deseosa apariencia mientras atrapaba su labio inferior bajo los dientes antes de que Rumlow se diera media vuelta para marcharse y esperó incluso un poco más de lo necesario.

Atravesó el salón tan sigilosamente como pudo y tomó el corredor que llevaba al despacho de esa casa que el ejército había usurpado para Rumlow. Natasha sabía que su corazón tendría que latir atropelladamente pero marcaba el mismo compás de siempre. No había nada que temer, la cabeza ya tenía la respuesta perfecta para cualquiera con el que se pudiese cruzar, y siempre se le había dado muy bien mentir.

Cuando estuvo frente al despacho llamó a la puerta y la cerradura se abrió. Natasha entró cerrando tras de sí y dejó que el teniente Rumlow volviese a asegurar la puerta con su llave. Una vez cubierto ése detalle, caminó decididamente hacia la mesa tras dedicarle una juguetona sonrisa y se sentó echando una discreta mirada alrededor. Casi le hizo cierta gracia pensar en lo que iba a pasar allí mismo, en medio de todos esos relicarios nacionalsocialistas, con ella, una rusa que definitivamente era una enemiga al Imperio Germánico.

—¿Le importa si me siento y fumo un poco?— le preguntó, sorprendiendo a Natasha con el sonido de su voz. De repente parecía mucho más cohibido que antes. No parecía para nada el duro oficial Nazi que había infundido terror en Polonia, sino que más bien parecía un adolescente virgen y con las rodillas temblorosas. Le sonrió de nuevo.

—Claro que no, ¿sería tan amable de darme uno?

Rumlow se acercó a ella, sacando los cigarrillos del interior de su chaqueta y le pasó uno. Luego prestó su encendedor y se sentó en la silla, a sus espaldas. Natasha elevó las piernas y giró sobre sus posaderas para mirarle frente a frente con picardía tras dejar los zapatos en el suelo.

—Estoy algo preocupada, ¿sabe? En la ciudad la gente no hace más que hablar de sus inquietudes acerca de la guerra, y ya les he dicho a varias personas que no tiene nada que temer, que Alemania saldrá airosa, pero nadie está seguro…

Rumlow le dio un sorbo nada elegante a su vaso de whisky.

—Alemania vencerá, está claro. No tiene por qué preocuparse, señorita Romanoff.

—No. Si no soy yo la que se preocupa. Pero con eso de que un americano anda suelto, ¿en qué quedó ése asunto? Johann me dejó bastante intranquila al comentármelo…

Rumlow se rió dejando a la vista una dentadura blanca y perfecta. Casi era chocante que pudiera darse un lujo como un dentista cuando la mitad de Europa moría de hambre y miedo. Sin embargo, haciendo caso omiso a sus deseos homicidas, Natasha deslizó una de sus piernas hasta apoyarla sobre un reposabrazos de la silla del oficial y dejándole apreciar su liguero mientras jugaba a repasar con los dedos del pie el ornamento tallado en la madera.

—Pues… lo cierto es que ése americano no representa gran problema. Nos han llegado informes que dicen que se lo ha identificado cerca de Stuttgart, así que usted está a salvo...

—Me alegra eso. Por cierto. Estuve hablando con Herr Zola y me dijo que será transferido para un puesto más...excitante en Auschwitz. Me ha dejado intrigada...

—El Sargento Zola desempeña un trabajo de lo más normal…— Rumlow casi no podía hablar mientras daba una calada a su cigarro con la mirada puesta en sus muslos.

—¿Ah, sí? Seguro que le hace muchísima ilusión…— susurró ella, reajustándose una de sus medias— ¿Y puedo saber de qué se trata?

—Claro… es… es un trabajo de campo… ya sabe…— Natasha lo miró fijamente mientras soltaba una calada de humo acercándose un poco, como pidiéndole que se explicase mejor— Zola tendría que estudiar al enemigo de cerca, cobraría más y tendría más posibilidades de ascender…

—¿Al enemigo?— preguntó ella, haciéndose la tonta— Creí que el enemigo estaba todavía muy lejos…

—No, no… no me refiero a las tropas rusas ni nada de eso… Sólo debería asegurarse de que las cosas están en orden con los insurrectos, nada más…

Rumlow estaba de pronto tan entusiasmado hablándole a sus piernas que casi no se percató de que la colilla de su cigarro estaba consumiéndose peligrosamente, llegando a rozar sus dedos. La temperatura debió avisarle porque buscó un cenicero aprisa y aplastó lo que quedaba del cilindro de tabaco contra él. Acto seguido lo dejó al lado de Natasha y volvió a poner la vista en sus piernas.

—¿Quiere tocarme? —le preguntó Natasha, invitándolo a hacerlo mientras se inclinaba hacia delante y apoyaba un codo sobre su rodilla, notando cómo el cuerpo del oficial se tensaba en aquella silla. Entonces la espía curvó las comisuras de su boca conformando una media sonrisa a la vez que apoyaba el otro pie en el otro reposabrazos y se recogía el vestido un poco más, abriendo las piernas completamente ante el teniente— Vamos, Herr Rumlow... No haga ahora como que no me ha mirado desde que he puesto un pie en esta fiesta…— le soltó con absoluto descaro, y sus palabras le arrancaron una nerviosa sonrisa al oficial— Hagamos una cosa: ¿por qué no me toca un poco mientras me habla de ese trabajo que tiene para nuestro doctor Zola?— Natasha bajó la voz un poco más mientras la mano de Rumlow se posaba en su muslo— Todas esas cosas de soldados… me excitan demasiado, ¿sabe usted? Creo que es por los uniformes… las condecoraciones…— dijo suavemente, acariciando con sus dedos las insignias que el hombre lucía sobre su clavícula— Todo esto me enciende de una forma…

Brock Rumlow soltó un pesado gemido y concentró sus penetrantes ojos oscurecidos por el deseo en ella.

—Verá… Toda esa escoria que estamos limpiando de las calles es llevada a un lugar…un lugar en el que trabajan y hacen algo productivo para el país. Pero los despreciables judíos son una raza de vagos. Sólo quieren estar por ahí holgazaneando… Por eso herr Zola intentará entender como funciona su despreciable naturaleza. Ya sabe usted que es un renombrado científico...

Natasha gimió. Las manos del oficial nazi habían ido trepando por sus muslos hasta llegar a su ingle, pero se habían detenido. Rumlow no estaba seguro de seguir adelante. Y si no estaba seguro de que pudiese tocar, tampoco lo estaría sobre si podía hablar, así que Natasha apoyó todo su peso en el reposabrazos de su silla y tras apagar el cigarrillo que aún sostenía entre sus dedos inclinó sus caderas hacia delante, ofreciéndose por completo.

—No tenga miedo, Teniente… Cuénteme más…— hizo una pausa y se movió con lentitud, calculando cada movimiento— Así que nuestro querido doctor Zola va a ser un carcelero científico, no parece algo muy propio de un hombre como él…

—No exactamente— Rumlow vaciló entre risas mientras su mano rozaba la ropa interior femenina— Tampoco sería una cárcel… él sólo tendría que ocuparse de un tipo de lacra en concreto… Un carcelero especializado, quizás.

—¿Por qué no lo hace usted? A leguas se nota que a usted le sobra esa seguridad que a Zola le falta— le dijo Natasha, apartando la tela y llevando la mano de Rumlow sobre su sexo para que se dejase de rodeos. Necesitaba que lo hiciera porque de ese modo hablaría casi sin pensar y probablemente el subidón de adrenalina que acababa de experimentar al rozarla le impediría recordar con claridad lo que le había dicho.

—Porque yo no tengo su edad y experiencia... Y ahora necesitan a gente que conozca bien el funcionamiento de esas cosas, especializadas en su trabajo… Eso reduce costes y aumenta la efectividad.

Buena observación, pensó Natasha, pero sin entender del todo lo que se esperaba de su colega ni qué clase de cargo le darían exactamente.

Con movimientos seductores se acomodó sobre la mesa y tras bajarse disimuladamente las tiras del vestido dejó que éste se escurriese hasta su cintura descubriendo el sostén. Los ojos del teniente no la perdían de vista mientras sus dedos comenzaban a hurgar torpemente entre sus piernas. Natasha empezó a gemir débilmente a la vez que masajeaba el miembro erecto de Rumlow con la planta de su pie derecho y arrastraba el sujetador hasta dejarlo por debajo de sus senos, irguiéndolos hipnóticamente a escasos centímetros de la cara del oficial.

— ¿Sabe qué? No tengo ni idea de nada sobre lo que hemos estado hablando…— le susurró con abierto descaro en el momento oportuno. Era una gran mentira, pero como experta que era en esos asuntos, sabía que alimentaría tanto su ego masculino que ésas serían las únicas palabras que recordaría de aquella conversación.

Después de eso la lengua de Brock Rumlow tardó apenas un instante en abalanzarse sobre su cuerpo. Natasha sujetó su cabeza con firmeza y la presionó contra sus pechos mientras intentaba elevar un poco las caderas para que sus fuertes y enormes dedos entrasen con mayor facilidad e hiciesen que su sexo comenzase a humedecerse con la fricción de sus manos, aunque en realidad no era tan necesario como cuando estaba con Schmidt. Rumlow era aún un hombre vigoroso y fuerte, con un cuerpo envidiable y un rostro masculino, fácilmente podría despertar el deseo de una mujer. Claro, una mujer que no supiera que en realidad tenía a un verdadero psicópata entre las piernas.

De pronto, una de las manos del teniente apartó su pie de su entrepierna antes de que se levantase de su asiento e intentase besarla, pero Natasha desvió su intención rápidamente, dejando que sus párpados se deslizasen sobre sus ojos y que su cabeza cayese hacia un lado mientras con las manos traspasaba una a una todas las barreras que se interponían entre ellas y el que en aquel momento constituía el punto débil del hombre entre sus piernas.

Natasha masajeó suavemente sus testículos con una mano mientras apoyaba la otra en su nuca y luego recorrió toda verticalidad de aquel miembro que se alzaba de una forma pasmosa. Empezó a masturbarlo despacio, con suavidad, como si de verdad le fascinase lo que le hacía mientras él buscaba sus pechos con la mano que no estaba usando para provocarle la placentera sensación que comenzaba a sentir con la trayectoria de sus dedos. La espía rusa sentía también su aliento, estampándose contra su cuello con cada uno de sus espiraciones mientras sus hábiles manos se entretenían con aquel apéndice masculino.

Las manos del teniente la abandonaron para anclarse con autoridad sobre sus nalgas y arrastrarla hacia delante hasta dejarla al borde de la mesa. Una de ellas desprendió sus manos de su falo para sujetarlo él mismo y tras dejar su cabeza sobre la yugular de Natasha, dejándole escuchar de nuevo sus profundas exhalaciones, el inhiesto miembro la atravesó, provocándole un escalofrío y entrando impasible hasta clavarse en el punto más profundo que podía alcanzar mientras las caderas de Rumlow comenzaron a moverse entre sus muslos.

Nadie le ordenaba expresamente acostarse con aquellos de los que necesitaba sustraer información, pero sí valerse de lo que fuera para hacerlo y la experiencia le había enseñado que el sexo no sólo facilitaba infinitamente la tarea, sino que también a veces podía incluso mantenerla con vida. El contacto entre dos amantes era tan personal e íntimo para la mayoría de los hombres que a partir de ese momento, igual que había sucedido con Johann Schmidt, el teniente Rumlow desconfiaría antes de cualquier persona de aquella ciudad que de ella. Pero no había que despreciar la inteligencia de Rumlow. Natasha había sido entrenada para eso, y era la mejor en lo que hacía. Así como ya lo había hecho con Cráneo Rojo, antes de él había tenido decenas de amantes de quienes debía robar algo; férreos hombres de negocios, militares, dictadores, incluso algún que otro miembro de la realeza europea con más títulos que cerebro, todo siempre en aras del beneficio de la majestuosa Unión Soviética. No era nada personal. Ella sólo recibía una orden y debía acatarla con éxito, sin quejas ni cuestionamientos. Para eso la habían entrenado, después de todo. Para dejar de lado cualquier vestigio de voluntad propia o brújula moral.

"Todo sea por un bien mayor", pensó con ironía mientras jalaba de los cabellos de Rumlow para indicarle que siguiera moviéndose como estaba haciéndolo, elevando las caderas al ritmo de sus empujones, dejando que le produjesen todavía más placer mientras ambos gemían como posesos en medio de ese halo de calor que inundaba el espacio de la habitación.

Los brazos de Rumlow la sujetaron con fuerza a la vez que su mandíbula se apretaban, ahogando el sonido que pujaba por salir de su boca. Natasha apartó su vestido torpemente, dejándose caer hacia atrás sobre los codos y con los ojos todavía cerrados apuntando al techo. Rumlow entonces insistió con su boca, apretándole las mejillas con una sola de sus fuertes y enormes manos para obligarla a besarlo, cosa que hasta el momento estaba evitando. Natasha luchó pobremente para liberarse, pero desistió al final, pues estando en la situación que estaba, y de hacer enfurecer al soldado no tendría forma de escapar. Al menos no sin llamar la atención de los demás invitados.

Entonces pasó. En medio del beso Rumlow la soltó y dejó escapar un grito ahogado mientras daba una última y profunda embestida a su interior, llevándola con su esencia de forma inesperada; tan inesperada que Natasha se sobresaltó. Pero, embebida entre los matices de su propio placer, solo gimió aún más fuerte que el hombre, ahogando su grito en la boca de su nuevo amante.

Abrí los ojos justo a tiempo de ver cómo el apuesto soldado se derrumbaba sobre la silla de su despacho y la miraba con una sonrisa de satisfacción, sin dejar de jadear de un modo demasiado acelerado.

—Deseo que esto se repita, Teniente Rumlow. Ni en mis sueños hubiera sido mejor…— dijo ella tras recuperar su mejor cara de niña inocente, posando sus pupilas sobre él con el mismo deseo con el que un alcohólico miraría una botella de licor.

El oficial la miró, todavía presa de su propia liberación, jadeando pesadamente.

—Será usted mi perdición, señorita Romanoff… Y no me importa— articuló como pudo, y Natasha rió con una mueca juguetona. Veinte minutos de sexo y Rumlow ya estaba a sus pies. Tenía que poner a sus superiores al corriente, la nueva situación le brindaría la oportunidad de hacer algo más que atender a la rutina diaria de esperar a Schmidt como una buena y obediente amante en aquella casona. Resultaba extremadamente aburrido tras unos meses.

—Quisiera quedarme por siempre entre sus piernas— le soltó el teniendo mientras volvía a acariciar sus muslos con total descaro, pero deteniéndose a tiempo para volver a abrocharse el pantalón— Pero debo regresar con los invitados. Yo también partiré esta noche— anunció, levantándose de la silla tras recomponerse durante algunos minutos.

Natasha trató de esconder la sonrisa que casi le afloró, sabiendo que era el momento.

—Es una lástima... Yo todavía tengo que arreglarme un poco. Vaya usted, tampoco sería conveniente que aparezcamos juntos. Si Johann supiera...

Como si recordara a su jefe de pronto Rumlow bufó.

—Es verdad. Debería esperar aquí unos minutos— ordenó, terminando de ajustarse la bragueta. Natasha asintió como una colegiala obediente mientras comenzaba a colocarse el sostén, y rió cuando Rumlow apretó su trasero tras besarla rápidamente, marchándose con la promesa de volver a verse tras regresar de su breve viaje. Natasha lo siguió con la mirada hasta la puerta, y en cuanto estuvo sola se limpió un poco y se vistió a toda prisa para comenzar a rebuscar en todos los cajones en busca de algún tipo de documentación que pudiese resultarle de utilidad. Encontró una carpeta que contenía información que podría interesar a sus superiores pero no podía sustraer nada sin que Rumlow se diera cuenta, así que memorizó lo más importante tras echar un vistazo rápido y salió de allí esbozando su mejor sonrisa para el público, lista para despedirse de todo el mundo e ir rápidamente hacia su casa para escribirlo todo.

...

Al día siguiente, Natasha se levantó casi con el alba, dio un rápido vistazo al americano (que seguía instalado en su habitación) y tras dar unas pocas instrucciones a Wanda y Pietro para el resto del día se preparó para salir.

—Pietro, necesito que vayas al pueblo y entregues una carta por mí.

— ¿Ahora?— preguntó el joven mientras se secaba el sudor de la frente y dejaba el hacha con el que cortaba leña de pie junto a la madera.

Natasha lo miró y levantó una ceja.

— ¿Algún problema?

—No, no. Iré de inmediato.

Pietro le sonrió y tras cambiarse la llevó a la ciudad, dirigiéndose desde allí hacia Stuttgart, donde entregaría la carta con la información que había conseguido sobre el doctor Armin Zola y la ofensiva alemana a Barton, su contacto seguro dentro de la resistencia británica, quienes se habían vuelto sus aliados en esa cruzada.

Luego de comprar algunos suministros médicos sin levantar sospechas, y tras pasar por el correo para recoger la respuesta de un médico de confianza acerca de cómo cuidar de un herido de bala, Natasha se pasó toda la tarde en las matineés más populares entre los oficiales nazis, no por orden de sus superiores, sino tratando de encontrar alguna novedad sobre el americano que hubiera escapado de las narices de Rumlow. Por suerte Johann le había informado mediante un telegrama que debía partir a París desde la capital, lo que le daba un poco más de tiempo para pensar en qué hacer con el gigantesco problema en el que estaba metida. O mejor dicho, el gigantesco problema que ahora dormía en su cama. Por suerte, la casa contaba con un escondite dentro del armario de su habitación que Johann no conocía, pero el estado del americano seguía siendo tan delicado que el doctor le había aconsejado no moverlo, al menos hasta que comenzaran a cicatrizar sus heridas y pasara el peligro de infección.

Un coche del ejército que Schmidt había dejado a su disposición la llevó a casa, donde un paquete de Berlín estaba esperando por ella; era un nuevo vestido de fiesta, cortesía de su nuevo y entusiasta amante, el teniente Brock Rumlow, y junto a él iba la carta de amor más burda y concisa que había leído en su vida, cosa que no la sorprendió. Rumlow era un hombre letrado, pero al parecer con bastantes dificultades de expresarse sin violencia de por medio. Sin embargo, el que respondiera tan rápido a su encuentro furtivo de la noche anterior sólo podía significar una cosa: sólo una mirada, abrirse de piernas y ése hombre, más que en su "nómina" estaba totalmente enamorado. Eso le causó gracia y aversión por partes iguales. Un hombre obsesionado con ella podía causar problemas si no sabía cómo manejarlo, pero prefirió dejar ése problema para cuando fuera su tiempo, pues ya tenía demasiadas cosas que resolver primero.

Natasha suspiró entonces, dejando la coqueta caja en la sala. El sol estaba a punto de caer, Pietro estaba terminado de cortar la leña tras haber regresado de la capital de la región después que ella, y Wanda cocinando, así que ella misma se encargaría del soldado.

Él seguía allí, tal y como lo había dejado al irse a la ciudad por la mañana, dormido igual que un niño. Quizá por eso se acercó con cautela, como si no quisiera despertarlo, y con cuidado tocó su frente, notando, aliviada, que la fiebre había bajado. Al menos no tendría que esconder un cadáver en su patio. Sobre todo uno tan grande.

Releyó la carta del médico y buscó las instrucciones en caso de que la fiebre cediera. Limpió las heridas de su abdomen y brazo y le cambió el vendaje, así como las compresas. Todo era normal; Natasha trabajaba pacientemente mientras él americano dormía. O eso fue lo que creía, porque después de cambiar los vendajes de su brazo la espía alzó la vista, dándose cuenta de que el americano no sólo estaba despierto, sino que la estaba mirando fijamente, manteniéndose muy quieto, como si temiera que el más mínimo movimiento pudiera costarle la vida.

Entonces ella lo miró también, parpadeando varias veces mientras lo sentía tensarse bajo sus manos.

—Tranquilo. Si hubiera querido matarte ya lo hubiera hecho— le dijo en su perfecto inglés con acento del Norte, percibiendo claramente la causa de la tensión en sus músculos. Tras escuchar eso él siguió mirándola con desconcierto, pero notablemente más relajado.

—Lo siento mucho, yo... ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?— preguntó con timidez. Parecía extremadamente confundido, lo que era muy normal en su estado. Aun así su voz era grave y firme, como la de todo un soldado, pero, en contraparte, al mismo tiempo sonaba extrañamente dulce y apacible. Era curioso debido al cuerpo fornido y la altura del hombre, más no desagradable.

Conteniendo sus pensamientos Natasha suspiró con pesadez, cruzándose de brazos.

—Como una semana. Tuviste una fiebre muy alta, y sí, nosotros te cambiamos y limpiamos todo este tiempo...

Él se sonrojó profundamente, Natasha podía notarlo a la perfección ahora que su rostro ya no estaba cubierto se suciedad y lodo, y había algo muy curioso en sus expresiones. Era ése tipo de inocencia que la guerra se encargaba de eliminar de las personas, pero que él parecía permanecer intacta. Cosa extraña, y algo desconcertante. Así que, aclarándose la garganta, Natasha volvió a hablar:

—No te preocupes. Sé que no nos conoces, pero estás a salvo aquí. No voy a entregarte a los nazis. Créeme. Ni siquiera me agradan esos bastardos.

El americano volvió a mirarla fijo, y a Natasha casi le causó risa que torciera la boca como una anciana al escucharla decir una grosería, y aunque pensó que tenía deseos de reprenderla por eso él se quedó callado y pensativo durante varios segundos.

— ¿Usted no es alemana, señora?— fue lo siguiente que preguntó, desencajándola brevemente, tanto por lo torpe del cuestionamiento así como porque la trataba como si fuera una anciana.

—No lo soy. Y tampoco soy una 'señora'— bufó, levantándose de su asiento para recoger las vendas usadas del piso.

—Lo siento— respondió el americano, bajando la mirada— Yo... Agradezco mucho su ayuda, y que no me haya entregado. Sobre todo que no me haya entregado. Pero me temo que debo reunirme con mi unidad cuanto antes, así que en cuanto recoja mis cosas me iré a...

—No irás a ninguna parte, americano— dijo ella, poniéndole una mano en el pecho para detenerlo, muy cerca de su herida, lo cual le hizo sisear de dolor— Y no me mires así. No te estoy secuestrando ni nada de eso. Pero estás débil, herido, y en territorio enemigo, para variar. No sobrevivirás ni un día allá afuera.

—Pero...

—Pero nada. Ésta es mi casa, y me gusta que la gente me obedezca en mi casa. Así que te vas a quedar en esa cama, muy quieto, hasta que esas heridas sanen. Luego serás libre de cometer suicidio regresando a la guerra. Pero no morirás mientras estés bajo mis cuidados— sentenció, acomodándole la ropa de cama como si fuera un niño pequeño— ¿Entendiste mi inglés? Puesto que puedo decirte lo mismo en cinco idiomas diferentes.

— ¿Por qué me ayuda?— le soltó él, ignorando todo su improvisado discurso. Natasha dejó de arroparlo entonces y lo miró, como si no se hubiera esperado esa pregunta, aunque sí lo había hecho.

Por alguna razón, no le agradó el rumbo que estaba llevando esa conversación.

—Porque Rusia y Estados Unidos son Aliados— respondió sin más, fría y directa, pues no era su intención formar ninguna clase de vínculo afectivo con aquel extraño.

Él asintió, aunque no parecía muy convencido con esa respuesta. Sin embargo, Natasha tomó aquel gesto como un permiso para acabar el tema, así que, tras asentir también, recogió sus cosas y se dio la vuelta, empezando a caminar hacia la salida. Pero algo la detuvo:

—Al menos... ¿Puedo saber su...tu nombre?

Natasha frunció el ceño y lo miró por sobre su hombre, torciendo sus labios color carmín.

—Es Natasha.

Él asintió, bajando la cabeza una vez más, completamente sumiso a ella.

—Steve.

— ¿Disculpa?

—Mi nombre es Steve Grant Rogers. Steve. No Americano— le dijo, y en su rostro fuertemente masculino había una expresión de reproche que a Natasha le recordó al mohín de un niño pequeño. Y hubiera sonreído, si la situación no hubiera sido sumamente inapropiada.

—Duerme, Americano— recalcó, abriendo la puerta sin mirar atrás, oyendo un pesado suspiro detrás.

—Steve— murmuró el soldado, y Natasha, solamente una vez sola en el pasillo y tras haber cerrado la puerta tras de sí, se permitió sonreír.

¿En qué lío se había metido?

oOo


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N del A:

Hola!

Gracias a quienes han leído y dejado sus reviews... Y a todos los demás, en qué demonios están pensando? Jaja

Espero que el capítulo haya sido de su agrado, y otra cosa para quienes suelen leer mis fics: en mi perfil hay una encuesta para decidir qué fics debo terminar primero, así que pueden pasarse por allí y votar a su favorito.

Saludos,

H.S.