El silencio se rompía entre los gemidos. Tan sólo un desesperado hombre incapaz de poder acercarse a tocar al que una vez fue de su posesión, se masturbaba en solitario en aquel sillón negro viendo la escena que esos hermanos le ofrecían casi a modo de compensación, pero que en realidad… era la más bella de las torturas.
Tumbado en el suelo, Izuna paseaba sus manos por aquel cuerpo de escándalo que el rubio le ofrecía mientras le cabalgaba con euforia. Por un momento, Izuna pensó en su hermano, le adoraba, quizá porque tenía una predilección enfermiza por él, porque le conseguía todo lo que quería, estaba agradecido de tener un hermano como él.
La sonrisa cómplice de Madara le hizo entender que estaban juntos en aquello, que él también disfrutaba de ese momento. De pie, con cada pierna a un lado de la cabeza de su hermano, dejaba que ese chico rubio que cabalgaba sobre su hermano lamiera su miembro, devorándolo con precisión y sensualidad. No negaba que tenía una boca perfecta para aquello, que le gustaba cómo jugaba con su lengua y sus dientes creándole unos escalofríos que nadie había conseguido jamás sacarle a él. Su hermano había encontrado todo un filón de cabellos dorados.
Con la yema de sus dedos, acarició la mejilla del joven. Su piel tersa y joven, blanquecina pero suave le hizo sonreír. Ese chico iba a ser muy entretenido, su hermano sabía perfectamente lo que estaba buscando y había deseado a un chico increíble. Madara bajó su mano hacia sus huevos cogiéndolos y apretándolos con suavidad para darse él mismo más placer, escuchando los gemidos ahogados de ese rubio que continuaba con aquel sexo oral perfecto.
Los gemidos de su hermano y aquel temblor en su cuerpo le insinuaron que estaba a punto de llegar, así que cogió la cabeza de Minato y le aceleró el ritmo intentando acompasarse con su hermano.
- Estoy… a punto – susurró Izuna cerrando sus ojos y dejando que Minato siguiera cabalgándole con rapidez, jadeando a la vez que salían de él esas gotas de semen que resbalaban por su miembro hacia el abdomen del Uchiha.
- Aguanta un poco.
- ¿Lo harás… en su boca? – preguntó Izuna extrañado.
- Sí. A menos que él no quiera – comentó mirando los párpados cerrados de ese rubio y su temblor al estar corriéndose, algo que le hizo sonreír – aunque está tan excitado que estoy convencido de que querrá.
- Joder… no aguanto – dijo Izuna intentando contener su temblor.
- Sólo un poco.
Minato gimió al sentir cómo todo su semen salía de él, cómo empezaba a vaciarse y aquellos dos hermanos simplemente… hablaban frente a él sin pudor alguno de todo lo que querían hacer. Era la primera vez que trabajaba con dos personas a la vez. Intentó apartar su boca para gemir cuando sintió aquel cálido líquido de Izuna llenarle con fuerza, pero Madara retuvo su boca, impidiendo que sacara su miembro y corriéndose en ella.
- Oh… sí… - sonreía Madara sintiendo temblar el cuerpo de Minato y cómo intentaba tragar aquel espeso líquido para no atragantarse, sin embargo, parte de él salía por las comisuras de sus labios, dejando caer gotas sobre el pecho de su hermano.
- Dios mío – exclamó Izuna moviendo su dedo hacia la comisura de los labios de ese rubio y limpiando como pudo aquel líquido que su hermano había derramado en la boca del rubio – qué visión más excitante. ¿Dónde has estado todos estos años? – preguntó hacia ese chico que les miraba extrañado justo cuando Madara se apartaba de él.
Ninguno reparó en aquel hombre que desde el sofá seguía masturbándose presa de la excitación de todo lo que había visto, tan sólo Madara pareció percatarse de él cuando empezó a subirse los pantalones.
- No nos mires así… lo teníais mal aprovechado – sonrió – este chico será capaz de seguir todos nuestros juegos, necesitaba un par de adolescentes que le dieran caña, no unos vejestorios – sonrió Madara – ven, chico… te ayudaremos a limpiarte y podrás volver a casa. Guarda bien nuestro número en tu móvil, ahora eres nuestro… te llamaremos para repetir y cobrarás muy bien por tus servicios.
El agua caía sobre él. Debía estar feliz, pero algo le hacía dudar, algo le mantenía en vilo. Su hermano, desnudo y lavándose en la ducha de al lado, observó a Madara pensativo, algo que le preocupó.
- ¿Qué ocurre? ¿Te arrepientes de la decisión? – preguntó Izuna.
- No es eso, creo que es un buen chico pero…
- ¿Pero?
- ¿Has visto su última mirada?
- No.
- Tristeza – dijo Madara preocupado – todo el rato que hemos jugado, él ha estado activo, sonriendo, ha jugado con nosotros y nos ha seducido con sus movimientos y su cara de ángel, pero… cuando se ha marchado, tras recibir aquel mensaje, sólo veía tristeza y preocupación. Ese chico esconde algo y es algo grande.
- Lo averiguaremos.
- Sí… lo haremos.
- Te preocupa ese chico – sonrió Izuna haciendo sonreír a su hermano.
- Claro que sí… pago mucho para tener lo mejor.
Izuna sonrió, conocía perfectamente que su hermano siempre se hacía el duro, pero en el fondo, tenía un buen corazón. Algo no le olía bien en todo ese asunto y sabía… que no pararía hasta descubrir qué estaba ocultando ese chico.
Corría por el campus con desesperación, esquivando a sus compañeros y al resto de estudiantes en dirección a la residencia de estudiantes. Aceleró el paso al entrar por la puerta del edificio y esquivó a un pobre estudiante que quería salir.
- Ey, cuidado – escuchó que decía otro de los compañeros que le mantuvo la puerta abierta y pensaba salir, pero Minato se adelantó entrando primero.
- Lo siento – dijo Minato pulsando con desesperación el interruptor del ascensor – vamos… vamos… - susurraba pulsando todavía el botón.
Al ver que el ascensor tardaba más de lo que esperaba, miró la puerta de las escaleras y corrió hacia ellas abriendo la puerta y subiendo de dos en dos los peldaños. En el quinto piso, Minato salió corriendo y buscó en los bolsillos de su pantalón vaquero la llave de la habitación.
Sus manos temblaban nerviosas, tanto… que las llaves cayeron al suelo y tuvo que arrodillarse para buscarlas en el suelo.
- Joder – susurró Minato nervioso y a punto de llorar.
Sus dedos cogieron las llaves, pero se le cayeron una vez más, teniendo que volver a cogerlas mientras buscaba en el propio suelo la llave correcta para la cerradura. Estaba en ello, cuando la puerta se abrió de golpe y Minato, absorto al ver a su compañero de piso cargando en brazos a un bebé, se puso en pie de inmediato y tomó en brazos a la niña.
- Ey… está bien – dijo Kakashi - ¿Qué ocurre? Vamos, cálmate.
- Dios mío – susurró Minato besando la pequeña frente del bebé.
- Está bien, Minato, tranquilo. Ha dormido media tarde como todo un angelito.
Minato meció a la niña entre sus brazos sonriendo por primera vez, dejando que esa manita tocase su mejilla y se dirigiera hacia su nariz. Kakashi les observó durante unos segundos en silencio, sonriendo al ver a la pequeña sonreír junto a su padre, jugando con su nariz.
- Ella está bien, deberías ducharte – susurró Kakashi.
- Sí, tengo que ducharme.
Sus palabras decían una obligación, pero no parecía querer soltar a su hija de entre sus brazos. Fue Kakashi el que se acercó hasta él y cogió a la niña lentamente, apartándola con suavidad de su padre.
- Yo la cuidaré mientras te duchas. ¿Estás bien? – le preguntó al ver que una lágrima resbalaba por su mejilla.
- Sí… es sólo…
- ¿Te ha mandado un mensaje? – preguntó Kakashi – sabes que le gusta torturarte, no le hagas caso, ella está a salvo con nosotros, yo no dejaría que se la llevasen.
- Gracias – le abrazó Minato a su mejor amigo y compañero de habitación.
Intentando calmarse y viendo cómo Kakashi cerraba la puerta de la habitación, Minato se fue hacia el aseo dispuesto a ducharse, lo necesitaba. Pese a su preocupación, abrió el grifo y esperó a que el agua saliera caliente para entrar. Sentir el agua caer sobre él era algo que en parte le aliviaba y en otra parte… sentía que simplemente, por mucha agua que le cayese encima, jamás podría llevarse la suciedad que había acumulado esos dos últimos años.
Se apoyó contra los azulejos y lloró en silencio, sintiéndose simplemente humillado y roto. Ya no podía caer más bajo y lo sabía, había tocado fondo. Se prostituía con ricos para pagar las deudas acumuladas, para mantener a su hija, hija… que pronto su padre podría reclamar su custodia y arrebatársela, no le sería difícil con la reputación que él se estaba ganando. Se hundía solo y no veía una solución factible a todo aquello.
Kakashi, apoyado al otro lado de la puerta del baño con la niña en brazos, escuchaba aquel silencioso llanto al otro lado de la puerta mientras le daba el biberón a la pequeña. Era su amigo… su mejor amigo y no sabía cómo ayudarle. Tan sólo cuando unos golpes se escucharon al otro lado de la puerta, fue a ver de quién se trataba. Miró por la mirilla antes de abrir y vio que era su novia.
Rin entró corriendo, trayendo algunas cosas para la niña, pañales, leche y algo de la farmacia. Nada más entrar, besó a su novio y dejó las cosas encima de una mesa para poder coger a la pequeña Ino que tomaba su biberón.
- ¿Cómo está? – preguntó Rin.
- Destrozado – susurró Kakashi.
- Tiene que dejar de hacer esto, no es bueno para él. Se está jugando que le quiten a su hija.
- Lo sé y lo sabe, pero… ¿Cómo va a pagarle las cosas a su hija si no lo hace? – preguntó Kakashi, algo a lo que Rin asintió.
- ¿Por qué le ocurre esto a él? – Kakashi simplemente se encogió de hombros - ¿Sabes? Tu papá te adora – sonrió Rin hacia la niña – él haría cualquier cosa por ti, pequeña.
Cuando Minato salió del aseo, el silencio se hizo presente unos segundos. Todos allí sabían a lo que se estaba dedicando ese chico para pagar las deudas, pero ninguno se atrevía a pronunciar palabra al respecto. Él sonrió y saludó a Rin, quien le indicó enseguida que le había traído algunas cosas para el bebé. Lo observó sacar todo y guardarlo, pero sobre todo… sacar las pastillas de la farmacia y tomarse una al instante.
- No puedes seguir así, Minato – comentó Rin – No debes tomarte la píldora del día después tras cada acto sexual, es contraproducente para tu cuerpo.
- ¿Y qué hago? ¿Me pongo el parche? Todos mis clientes sabrían lo que es – preguntó Minato.
- Deberías ponértelo – dijo Kakashi – es más seguro que la píldora en grandes cantidades como te la estás tomando. No puedes tomártela de continuo y lo sabes. ¿Nos cuentas qué ha ocurrido para que hayas venido tan alterado?
- Lo mismo de siempre – intentó explicar Minato sacando su móvil y enseñándoles el mensaje.
Kakashi y Rin leyeron aquel mensaje corto pero contundente. Sabían que el padre de la niña era un auténtico capullo, un ricachón más al que le gustaba fastidiar. Había hundido a ese chico y no parecía estar contento pese a que aún le amenazaba con quitarle a la niña.
- Es imbécil – dijo Kakashi – ni siquiera quiere a la niña.
- Pero Minato sí la quiere, sólo quiere fastidiarle a él.
- Ya no sé qué más hacer. No puedo ir a la policía, él les contaría a lo que me dedico y me quitarían a la niña, tampoco puedo ir ante un juez y lo peor de todo… es que, aunque no quiere a la niña… me la quitaría sólo por joderme – lloró Minato - ¿Qué hago?
La niña terminó de beberse su biberón y empezó a llorar al instante, algo que hizo que Minato se levantase corriendo del sillón donde estaba y la cogiera en brazos meciéndola entre sus brazos, intentando que eructase antes de acostarla.
- Tiene sueño – dijo Rin.
- Es tarde para ella – comentó Minato – la dormiré enseguida. ¿Puedes, por favor…?
- Sí – dijo Rin antes de que él acabase la frase.
Rin cogió a la niña intentando que eructase aquellos gases mientras Minato se metía en la habitación para buscar su guitarra. Ya desde que nació, la música y escuchar a su padre cantar era lo único que conseguía dormirla prácticamente al instante.
- Ven aquí, mi niña – sonrió Minato cogiéndola en brazos y dejándola en el sillón mientras la tapaba antes de sentarse junto a ella y coger la guitarra entre sus manos.
