Golden Darkness
Debes de saber que, Inuyasha es © de sus respetivos dueños
Y que yo soy YukaKyo la autora de este escrito y el © es de mi Propia Autoría.
Con la pareja Sesshoumaru x Kagome, principalmente
Y como ultimo, Este fic es completamente A.U. por lo tanto puede que tenga un poco o mucho OC (Después de todo no me voy a basar mucho en la serie). No tengo en claro que tan largo o corto puede ser y tampoco prometo una actualización periódica, mucho menos con la poca cabeza que tengo ahora, pero si que al menos disfruten de la lectura.
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"Los Humanos son Crueles y Los Demonios Malvados, tal vez y no sean tan distintos después de todo"
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2
Sólo el calor del amor puro puede descongelar un corazón helado
Aquellas habían sido las únicas palabras que le había dedicado en todo el día su madre. Aquella que nunca hablaba y en las contadas ocasiones cuando lo hacía, eran exactamente las que uno esperaba escuchar o al menos así le había parecido hasta ahora. Las palabras de Irasue nunca antes habían estado tan equivocadas.
Pues aunque había esperado que sus palabras tuviesen la misma veracidad de siempre en esos justos momentos no se aplicaban. Se había cumplido el plazo y cuando el tiempo limite casi concluía, frente a él se encontraba quien era su prometida y quien iba a ser su esposa. ´
Una simple y vulgar humana. Una que en lo absoluto no le había hecho sentir calor alguno.
Pero Sesshoumaru sería injusto si no le daba un poco de crédito. Ciertamente su futura esposa era pequeña, demasiado joven a como suponía que sería mas aun así, esbelta y hermosa con la piel cremosamente rosada. Algunos mechones tan azabaches como la medianoche misma, se escapaban del elaborado peinado que estaba escondido tras la tela blanca que cubría su cabeza y su rostro aunque infantil prometía una belleza exquisita cuando llegase a la edad adulta. Se encontraba ataviada ya con la ropa ceremonial blanca, pura y delicada para celebrar su enlace, mas de todo aquello lo que llamaba la atención eran sus enormes ojos castaños, nerviosos, desconcertados pero ante todo maravillados y soñadores que ahora notaba, anhelaban un futuro que ciertamente a su lado era incierto.
— Acerquémonos un poco más Kagome — Sesshoumaru no había apartado sus ojos de ella y Kagome tampoco e incluso le pareció un poco mas segura con cada paso que daba en su encuentro ayudándose a impulsarse con la fresca brisa que le tocaba misma que con cada uno de sus pasos le llevaba hasta él, el delicado perfume de su aroma.
Kagome era una niña, si, pero prometía ser al menos físicamente lo que él buscaba, mas aun así continuaba siendo una simple humana.
Él deseaba a una persona fuerte a su lado, alguien que fuese lo suficientemente poderoso para gobernar las inmensas tierras de su reino demoniaco y fuese un apoyo en las numerosas batallas que tendrían. Alguien que fuese tan fiero y al mismo tiempo dulce. Que le dejase tomar el control más que no fuese sumisa ante sus decisiones. Estaba harto de que todos le obedecieran y aguantaran cualquier cosa que él hiciera tan solo por que era el príncipe heredero de los demonios y esa princesa humana iba a ser idéntica a todos ellos.
¡Lo había demostrado al aceptar sin ninguna reticencia su compromiso!
¡Kagome no era lo que él quería!
Unirse con una humana garantizaba la paz de la guerra entre sus pueblos, la unión de los mismos y de un futuro prospero, pero al mismo tiempo suponía su humillación absoluta al rebajarse a desposar un ser inferior a los suyos y aunque podía negarse a tomarla y veía con buenos ojos la guerra, su padre Inutashio le había condicionado el asenso al trono como el nuevo rey. La condición era simplemente desposar a aquella humana y respetar y honrar el tratado de paz que con su boda se celebraría y aunque deseo hacerlo, no volvió a objetarle nada al actual rey.
Después de todo no solo el reino de los demonios sería suyo, el de los humanos también.
Postrado a un lado de su padre mientras esperaba a que las dos humanas terminaran de subir la empinada escalinata de su castillo. Sesshoumaru comenzó a molestarse y el constante barullo de los murmullos excitados de su pueblo comenzaban a hartarle y el mismo aumentó en el momento justo cuando su prometida empezó a acercarse lentamente hasta él con la emoción en sus ojos brillantes.
Se volvió hacia sus padres notando la sonrisa complacida del rey y el perfil serio e imperturbable de su madre el cual había heredado.
— Será mejor que terminemos de una vez con todo esto Padre — el hombre había asentido y junto a su reina y la comitiva real echaron a andar hacia el interior del castillo donde se haría el ritual de su enlace en un ambiente mas intimo y solemne como los príncipes se lo merecían.
Fue entonces que el demonio giró solo un poco su rostro para observar levemente a su prometida. Sus ojos dorados y fríos brillaron con desprecio nada disimulado y levantó el rostro lleno de desden dándole la espalda. Sesshoumaru ni siquiera se quedó a esperarla. A su lado, Sesshoumaru no necesitaba una persona débil y la princesa humana solo iba a ser una responsabilidad, una carga para él durante el resto de la eternidad.
Eso fue lo que le dijeron los ojos de llenos de lágrimas de la chiquilla.
ioioioioioioioioioioioioioio ioioioi
No había llorado.
Aunque las lágrimas se le habían acumulado en más de una ocasión, no lo había hecho. Aun y cuando era muy pequeña, poseía ya un gran orgullo y el mismo no le permitiría que Sesshoumaru o los demás demonios se jactaran con su tristeza. Kikyo lo había dicho, tenia que ser fuerte, debía de ser fuerte. Por ella misma, por Kikyo, por todas y cada una de las personas de su reino que confiaban en ella y depositaban sus esperanzas en su fuerza.
Y había sido muy fuerte.
Su boda había sido tan rápida que ni siquiera había podido disfrutarla. Inutashio tan solo había elevado una plegaria a la naturaleza por la unión de sus reinos, de sus vidas, de los humanos y demonios y entonces Sesshoumaru había sellado el pacto besando fríamente y sin emoción alguna los infantiles labios de Kagome retirándose casi inmediatamente como si su simple roce le asquearan. La única que le había dado una suave mirada como si la compadeciera había sido la madre de quien ahora era su esposo.
El imperturbable silencio se instaló en la sala pues nadie en lo absoluto celebró aquella unión y cuando Kagome creyó que aquello había acabado las puertas de la sala del Trono se abrieron dejando pasar a una considerable cantidad de monstruos que por un momento le aterraron.
Habían sido los siempre serenos ojos de Kikyo los que le tranquilizaron y entonces comprendió que ahora iba a dar paso la coronación de ambos. Un leve brillo luminoso le rodeo el cuerpo, mas no sintió miedo alguno con aquella energía calida que la envolvía y maravillada observó como sus ropas fueron cambiadas.
Un precioso kimono quedó prendido a su cuerpo como si hubiese sido tejido justo en ese momento en su precisa talla y embelezada levantó una de las mangas donde los detalles de numerosas sakuras bordadas en la tela parecieron moverse haciendo brillar los hilos preciosos de los que estaban hechas. No solo sus ropas sufrieron aquel cambio, las del rey, las de su reina y por supuesto las de Sesshoumaru lo hicieron también. Aunque al contrario de las ropas ricamente ostentosas del rey, la reina y de ella, Sesshoumaru tan solo portaba un sencillo kimono que se encontraba resguardado debajo de la brillante armadura de combate que se cernía sobre su macizo cuerpo. Tokijin sobre su fina cintura y el único toque de sofisticación en su atuendo, era una larguísima y esponjada estola de algún animal desconocido para la princesa humana.
Fue cuando el rey y la reina se giraron que Kagome pudo contemplar el majestuoso trono en aquel castillo. Lo suficientemente grande para permitir que los dos monarcas sobre él se sentara pero que fue solamente ocupado por Inutashio. Un temblor le recorrió el cuerpo por completo cuando una de las manos de Seshoumaru se posó sobre su cintura mas se quedó en silencio haciendo que sus pies se movieran cuando él simplemente le obligo a moverse para dirigirse a donde los reyes estaban.
Se detuvo junto a él cuando las escalinatas al trono quedaron frente a ellos y la reina les observó con sus fríos ojos, un escalón abajo del trono pero cerca de su rey que sentado y les miraba con soberbia e Inutashio no suavizo su ceño hasta que los vio arrodillarse frente a él con respeto.
Habló en una lengua extraña, de demonios, que Kagome no comprendió pero que Kikyo entendió a la perfección mientras su delicado rostro se contraía en una mueca extraña. Eran palabras viejas, antiguas que habían estado ahí mucho antes de que la tierra ardiente se enfriara y las frescas aguas se regaran por la misma alimentando a la vida. Y Sesshoumaru había contestado con un eco en su voz lleno de sangre, crueldad y vidas perdidas, deteniéndose en un determinado momento solo para ver a Kagome muy levemente volviendo a resonar en sus cuerdas vocales, las atrocidades que había vivido y que en muchas ocasiones él mismo había provocado anhelando las promesas de supremacía que el horror no había cumplido pero que ahora la paz vitoreaba.
Y aquello había sido justamente lo que Inutashio necesitaba escuchar de sus labios. Lo supo en el momento en que se levantó del trono y avanzó hacia ellos seguido unos pasos atrás de su reina.
Aún postrado ante él Sesshoumaru le miró orgulloso con toda la altivez que poseía y recibió las insignias que de ahora y en delante lo reconocerían a él y únicamente a él como amo y señor de aquellas tierras.
La primera en entregársele fue Teinseiga la gloriosa espada que era capaz de traer a la vida aquellos que habían muerto, la protectora del reino celestial.
La segunda fue Tessaiga poderosa espada capaz de matar a mas de cien demonios de un solo golpe, poderosa y la única espada capaz de dominar y proteger reino humano.
Kikyo la miró dolida cuando la misma quedo en las manos de Sesshoumaru. Aquella espada iba a ser la perdición de todos ellos en sus manos, podía olerlo en el aire y la misma espada lo susurraba en silencio. Ella quiso gritar que Sesshoumaru no era digno de poseerla pero no podía hacerlo. De momento, estaba atada de manos, limitada a ser una simple espectadora que tendría que dejar todo el peso de la carga en su pequeña hermana. Si es que ella podia llegar a contenerlo.
El demonio el arma menospreciando su acabada forma. Aquella espada muchas veces la utilizo su padre, era útil, necesaria, pero que su así lo deseaba e iba a hacerlo prescindiría de ella.
La tercera fue Souunga, la espada maldita capaz de abrir la puerta de los infiernos, protectora del reino demoníaco La que Sessuoumaru había ansiado poseer más que a ninguna otra. No la colocó junto a sus demás espadas en el obi amarillo de su cintura. Tenía un lugar privilegiado para ella y al mismo tiempo sería su protectora. Tras su espalda estaría de ahora en delante hasta el final de sus tiempos.
Fue entonces que se levantó bañado con toda la gloria y las reverencias no se hicieron esperar primeramente del antiguo rey y su reina para después, tener casi a sus pies a todas las bestias que ahora gobernaba e incluso tenia bajo su bota a dos de la desdichada raza que ya era suya.
Con la cabeza gacha Kagome siguió los pies de Sesshoumaru mientras este avanzaba hasta pasar por el antiguo rey dejándolo atrás, ignorando cualquier pequeño gesto que este le brindaba y se sentó justo en medio del trono no dejando un solo pequeño pedazo para que quien en unos momentos se convertiría también en su reina, se sentase a su lado. Aquello no fue muy bien visto por Kikyo detrás de Kagome y tampoco por Inutashio, mas de nada serviría decir algunas palabras para reprender a su hijo no las tomaría en cuenta, nunca lo había hecho antes y no lo haría ahora.
Mucho menos ahora que ya era el rey.
Kagome
La princesa levantó la cabeza al escuchar su nombre, sabía que ninguna voz la había llamado más allá de sus pensamientos más aun cuando los labios de la reina estaban fuertemente cerrados. Ella había dicho su nombre con una voz dulce y melodiosa que no había escuchado nunca pero que su corazón le decía que pertenecía solo a ella.
Los ojos dorados de Irasue eran suaves, se había borrando la frialdad de los mismos solo en los breves instantes en que le había visto antes de depositar sobre su cabeza, una preciosa y fina tiara de incrustaciones de piedras preciosas que refulgían al más mínimo movimiento. Una corona antigua hecha por manos demoníacas y malditas que le daba poder sobre los tres reinos y que solo una vez y por poco tiempo la llevó una humana como ella. Una corona que la reconocía como la reina de los demonios, la madre de los condenados, la amante de lo oscuro, su protectora y al mismo tiempo su verdugo.
Irasue sonrió cuando la piedra de sangre, la más grande y llamativa de la tiara brilló llena de vida reconociéndola como su nueva portadora, su nueva dueña. La nueva reina y fue aquella demonio quien se inclino ante ella, seguida luego por Inutashio. Un poco cohibida con el nuevo peso de aquella corona sobre su cabeza, Kagome echó a andar hacia Sesshoumaru, mas se detuvo dos escalones antes de llegar al mismo donde había estado Irasue cuando Inutashio ocupó el trono. Sesshoumaru no le hubiese permitido acercarse más. Sus ojos fríos y el ceño fruncido en su rostro mudamente se lo había dicho.
Se giró entonces viendo por primera vez la inmensidad del gran salón repleto de demonios que la observaron sin soltar algún breve murmullo y se sintió demasiado pequeña e insegura ante la mirada escudriñadora de aquellos ojos que seguían cualquiera de sus movimientos. Ni siquiera la sonrisa calida y llena de orgullo que le dedicaba Kikyo la tranquilizaba y sintió que de un momento a otro sus piernas la tumbarían al suelo.
Pero se obligó a sacar fuerzas de su miedo. Mucho más cuando la voz grave y fuerte de Inutashio resonaron por todo el recinto.
— ¡Salve a la reina! — Y los demonios no se callaron entonces. La aclamaron con un fervor inusitado y su respuesta para Kagome fue mas como un bramido rabioso llamando a la guerra.
Seeshoumaru contempló hastiado aquel banal espectáculo echado cómodamente en el trono. Algunos, si no la mayoría de esos gritos eran más que hipócritas y la niña reina, demasiado buena, demasiado estúpida se los creía ciertos. Al menos así lo hacia ver son la sonrisa tímida que les regalaba mientras movía su cabeza de lado a lado en el salón. Sesshoumaru quitó su mano de su mejilla en un gesto aburrido y harto.
No iba a demostrar su agrado por que se convirtiera en su reina. De hecho aquello le desagradaba infinitamente. La niña tan solo había sido un mero instrumento para que su padre le diese lo que mas deseaba. Las espadas, el reino y en un futuro mas que cercano la oportunidad de hacer con los humanos, con esa maldita escoria de raza, lo que quisiera.
La reina, su reina, esa simple humana no era nada para él. Era menos que cualquier cosa. Ella a comparación de sus armas, no sería más que un mero y bonito adorno que podría dejar en cualquier lado. Sí, eso iba a ser. Después de todo el era el rey y podía hacer lo que deseara.
Y así lo hizo durante más de ocho años.
Continúa…
