Darius.


El lugar era un pozo de barro, iluminado únicamente por los faros de su coche. El silencio era aplastante y lejos, muy muy muy lejos, divisaba con sus ojos oscuros y crueles la cúpula de una gran central térmica. Parecía tan cerca… pero seguramente se encontraría a varios kilómetros de distancia. Aquel lodazal plano, de olor rancio a putrefacción, a naturaleza muerta, combinaba con la tarea que acababa de realizar.

"Via via
Vieni via di qui
Niente piu' ti lega a questi luoghi
Neanche questi fiori azzurri"

Presionó la tecla "play" del casete de su coche, dejando que la música se expandiera por el lugar. Abrió el maletero de su coche y se sentó en él, haciendo que éste cediera un poco a su peso, después de todo aquel lodazal parecía querer tragárselo todo, y era precisamente por eso por lo que Darius estaba allí. Dejó la pala sucia, con la que acababa de cavar un hoyo, en el fondo del maletero, ensuciándolo ligeramente, y se descalzó parcialmente. Llevaba unas botas altas, enteramente de plástico, de color apagado, sin transpiración alguna y sumamente incómodas, pues eran de un par de tallas más pequeñas que su número. Toda precaución era poca, y no desvelar su número de calzado a quien fuera quien investigase era su prioridad.

"Via via
Neanche questo tempo grigio
Pieno di musiche
E di uomini che ti son piaciuti"

Sacó la cartera que momentos antes había desvalijado de la víctima de sus actos, y la revisó. Un par de billetes de veinte dólares, tarjetas de establecimientos varios, y fotos de dos criaturas, quizás sus hijos, quizás sus hermanos, quizás… no le importaba en absoluto. Posó la cartera en el maletero, se deshizo de sus guantes de cuero negro, y se acercó una tartera negra, sacó un bocadillo que horas antes, antes de que llevara a cabo su trabajo, se había hecho. Después de todo eran las nueve de la noche, y ya casi se había pasado la hora de cenar.

"It's wonderful
It's wonderful
It's wonderful
Good luck my baby
It's wonderful
It's wonderful
It's wonderful
I dream of you"

Suspiró mientras la melodía inundaba su mente, tanto así como sus recuerdos. Miró la bolsa negra abultada que había en el suelo, justo a su lado, durante milésimas de segundo, para volver alzar la vista al frente, y cerrar los ojos. Disfrutando de la música, del sabor de su comida, tratando de obstaculizar los malos olores, la horrenda visión que en aquel momento la realidad de ofrecía.

Y se fue, en su mente se fue muy lejos. Allá cuando era niño, uno tan pequeño como los dos mocosos de la fotografía que acaba de ver.

"Via via
Vieni via con me
Entri in questo amore buio
Non perderti per niente al mondo"

Y allí estaba su madre, hermosa como siempre era, coqueta, como siempre era, y le daba un beso en la mejilla que tanto le fastidiaba, dejándolo marcado con su sumamente perfumado labial rojo. Lo odiaba tantísimo que se limpiaba con furia la mejilla, y su madre reía. Y se daba la vuelta haciendo que sus ondulados cabellos negros, flotaran en un mar de alegría. Había puesto dedicación en hacerse aquellas ondas, solo para que un millar de hombres la divisaran como la mejor entre otras muchas mejores. Y luego accionaba aquel reproductor de cintas, y sonaba…

"Via via
Non perderti per niente al mondo
Lo spettacolo d'arte varia
Di uno innamorato di te"

Y su madre tomaba a su hermano en cuello, y Draven reía y reía mientras ambos bailaban, mas él, él seguía enfadado. Enfadado por el beso forzado en su mejilla, porque sabía que los ánimos de su madre eran falsos, porque aquella felicidad no existía, ni tenía esperanzas de que existiera jamás. Así que se cruzaba de brazos y los observaba reírse como idiotas.

"It's wonderful
It's wonderful
It's wonderful
Good luck my baby
It's wonderful
It's wonderful
It's wonderful
I dream of you"

La falda vaporosa de su madre se abría cada vez que giraba y giraba muchas veces. Y aquel perfume… fresco, simple, poco cargado, aquel perfume era su hogar.

Y tras un par de minutos en su hogar el mundo lo azotó a la realidad de nuevo. Aquella canción había acabado, aquel hombre dejó su rasgada voz, para pasar al silencio aplastante de nuevo. Abrió los ojos para encontrarse con el humectante y asqueroso lodazal, para encontrarse con el cadáver que esperaba ser enterrado a un lado.

Dejó su cena sin terminar, se puso los guantes de nuevo, y se calzó por completo las botas de nuevo. Tenía ganas de acabar con aquella puñetera lista del mes, mas al siguiente mes le llegaría otra, y así, mes tras mes, tras mes…

Cargó la bolsa oscura al hombro, aquella mujer era pequeña y delgada, ya había cargado con muchos cuerpos mil veces más pesados antes, así que no le supuso un problema, y sin escrúpulo alguno la tiró al hoyo que ya había cavado antes. Éste no estaba perfectamente medido, así que trató de posicionar el cadáver de manera que cupiera por competo. Tras haber pasado el rigor mortis la muchacha se doblaba como mantequilla. Odiaba tener que esperar con el cadáver mas siempre tenía que hacerlo, pues hacer que desaparecieran con el rigor mortis era complicarse la vida.

Los muertos pedían desaparecer y hacerlos desaparecer a él se le daba muy bien.

Comenzó a tapar la bolsa con el barro que antes había quitado del lugar, y antes de finalizar tiró la cartera al hoyo. Ni siquiera había cogido el dinero, pues no quería dinero de otros. Después de todo, las personas marcadas para matar, dejaban de ser personas al instante, pasando a ser objetivos, y él no quería nada de tales sub-seres.

Terminó su trabajo, se metió en el coche y se calzó sus zapatos normales. Sacó el coche hasta la carretera con sumo cuidado y cuando anduvo varios kilómetros a la deriva aparcó en el arcén para quitarle las cadenas al vehículo.

No quería dejar huella alguna, mas si la dejase tampoco le preocupaba, pues el coche era alquilado. Solía alquilar los coches en diversas zonas, pues ya muy pocos vehículos llevaban incorporado un casete, las eras modernas lo privaban de poder escuchar su cinta, la única cosa que guardaba de parte de su madre, además de sus recuerdos.

Volvió a accionar el reproductor, y la canción le inundó los sentidos, mientras en aquel relajado ambiente parecía vivir una vida normal. Condujo y condujo, hasta llegar a una vieja casa, aun en venta, muy probablemente la humedad pronto se apoderaría de ella, pero aquella vivienda, de madera húmeda y dos plantas, con un gran jardín trasero ocupó sus sueños desde que era infante.

Y el recuerdo lo volvió a azotar aun sin quererlo; su madre lo llevaba de la mano, y sonreía al día como si no hubiera pasado nada, mas la muñeca de aquella mujer era en sí misma una pulsera amoratada, así como su fino brazo, lleno de cardenales latentes.

Darius se enfadó, porque su madre era su madre, y no podía llegar a cambiarla por ninguna otra, pero ¿por qué aquella mujer no era capaz de ver la realidad?, su yo infante infló los mofletes y se cruzó de brazos. ¿Por qué?, ¿por qué tenían que vivir así?, ¿por qué su madre no hacía nada por remediarlo?, ¿por qué parecía ser el único que lo odiaba?

Ella frenó su caminar y lo vio tan enfadado que soltó un par de risillas, se arrodilló ante él y le dio un beso en la frente. Él se lo limpió, con rabia y ella le acarició la mejilla.

—¿Ves aquella casa de allí?—señaló a una casa de madera lustrosa, de doble planta y un gran y precioso jardín. Los ojos negros del niño centellearon al imaginarse lo bonito de tener una vida en un hogar como ese. —Todo esto, mi amor, será para llegar a tenerla y después, tú y Draven tendréis una habitación para cada uno. —las mejillas de Darius se encendieron.

—¿D-De verdad?— ella sonrió.

—Te daré un hogar, mi vida, a ti y a tu hermano. —Darius sonrió, pues pocas veces lo hacía.

Y cuando el hombre divisó la casa de nuevo, vacía, de madera vieja y deshecha, sonrió. Sonrió con malicia, con veneno, con resentimiento.

Pues todas las palabras de aquel podrido mundo eran siempre… Mentira.