Capítulo 2

Candie se despertó aquella mañana con una extraña sensación. Después de no dormir casi nada y de dar mil vueltas en la cama, la luz que entraba por la ventana de su habitación era casi un alivio para su alma. La llegada de un nuevo día, tal vez la hiciera sentirse mejor, pero de inmediato se dio cuenta que solo una ilusa como ella pensaría eso.

Bajó las escaleras perezosamente, se sentía sin fuerzas casi. La pésima noche que había pasado parecía que seguiría dándole batalla durante el resto del día.

Por costumbre quiso encender la televisión, pero el miedo de seguir viendo cosas que le hacían tanto daño la frenó. Era una cobarde, nunca había dejado de serlo. Si unos meses atrás se hubiera enfrentado a Michael y se hubiera negado a su pedido, hoy sería todo tan diferente y hasta tal vez estarían juntos en alguna playa de México, tumbados sobre las arenas blancas de aquel paraíso que habían soñado siempre.

Pero los sueños, son solo eso y la realidad que hoy debía enfrentar era como una bofetada en su mejilla que se renovaba una y otra vez. Ella nunca había sentido odio en su corazón, pero hacía tiempo que había aprendido a convivir con aquel sentimiento adverso y amargo. El motivo de su odio tenía nombre y apellido; Lincoln Burrows.

Aquel hombre, al que nunca conoció fue el culpable de que ella hiciera algo de lo que se arrepentiría por el resto de su vida. Por su culpa, Michael y ella no estaban juntos. Hoy estaba más segura que nunca; Lincoln Burrows no merecía nada más que su desprecio.

En ese preciso momento una escena del pasado reapareció en su memoria. Era una noche de verano, calurosa y húmeda. Michael y ella estaban recostados en el banco de madera en el porche de su casa. Él le había mencionado por primera vez a su hermano; el mismo que en ese momento estaba cumpliendo una condena por el asesinato de Terrence Steadman, nada más y nada menos que el hermano de la vicepresidenta de los Estados Unidos.

Candie podía percibir en las palabras de Michael el dolor que sentía por la situación de su hermano. Sus ojos se nublaban al hablar de él.

- Es inocente, Candie... nadie me hará pensar jamás lo contrario- le había dicho mientras secaba una lágrima que trató de ocultar.

Ella lo miró resignada, no estaba tan segura de la inocencia de Lincoln Burrows, pero sabía que mencionar sus dudas en aquel momento hubiera construido una barrera entre ellos. Y Candie no lo soportaría, antes que nada estaba lo que sentía por Michael.

Se sirvió una taza de café y sonrió irónicamente. Que absurdo podía llegar a ser el destino a veces, ella jamás le dijo a Michael que no creía en la inocencia de Lincoln para evitar problemas con él y no perderlo, pero sin embargo Lincoln Burrows terminó siendo, de alguna manera el causante de su separación.

Hubiese querido apoyar a Michael en un cien por cien pero en su fuero interno sabía que su hermano mayor sí podía ser culpable. Después de todo, él mismo le había contado de las veces que tuvo que ayudar a su hermano cuando tuvo problemas con la ley. Según Michael, Lincoln había recibido cuatro condenas por delitos menores anteriormente.

Candie sabía que Lincoln Burrows no era una blanca paloma y que había podido perpetuar aquel crimen perfectamente. Todas las evidencias lo culpaban, hasta un video en donde se lo mostraba disparándole a su víctima había sido el tema principal en las noticias durante varias semanas.

Sin embargo, Michael seguía creyendo en su inocencia y cuando le pidió su ayuda, Candie no pudo negarse.

" Siempre fuiste débil" se dijo mientras terminaba de beber su café que a esa altura ya estaba casi frío. No le importó, ni siquiera le sentía el sabor. La angustia del día anterior y la pésima noche que había pasado, no se lo permitía.

Cuando Lincoln vio que su hermano menor regresaba de aquellos bosques esposado a T-Bag, se bajó casi corriendo de la camioneta.

- ¿ Qué demonios sucedió allí?- preguntó enfadado.

Michael, que todavía respiraba agitado debido al mal momento que había pasado lo miró y en su mirada Lincoln vio algo que en mucho tiempo no había visto en aquellos ojos azules...resignación.

- Lo siento, Burrows... pero tu hermanito será mi garantía de que nadie intentará jugarme sucio- respondió T-Bag mostrando con orgullo su mano esposada a la de Michael.

Lincoln se abalanzó sobre él, lo tomó de la camiseta y lo levantó unos centímetros del suelo.

- ¡ Entrégame ya mismo la llave, maldito enfermo!-.

Pero solo la risa estridente de T-Bag fue la única respuesta que recibió.

- Se la tragó, Linc- dijo Michael posando una mano en el hombro de su hermano mayor, tratando de calmarlo.

Lincoln soltó a T-Bag, sabía que sería inútil hacer algo en ese preciso instante.

- Pues, entonces esperaremos a que la llave sea finalmente " devuelta"- dijo echándole una mirada de furia a T-Bag que seguía mirándolo con aquella expresión irónica.

- Volvamos a la camioneta, Linc- Michael empezó a caminar en dirección al vehículo- No es bueno que permanezcamos tanto tiempo en un mismo lugar-.

Los tres se subieron a la camioneta bajo las miradas furtivas de los demás.

- No debiste ir con él, Scofield- dijo Abruzzi con un dejo de fastidio en la voz- Si quieres... yo puedo solucionar esto en un segundo-.

Michael le dirigió una mirada fulminante.

- Mejor no, no confío en tus métodos-.

- Pues deberías... además recuerda que este idiota me debe una muy grande- respondió levantando la cabeza y mostrando la enorme cicatriz que surcaba su cuello.

- No debiste salir con vida aquella vez- señaló T-Bag.

Nadie tuvo tiempo de reaccionar cuando Abruzzi sujetó a T-Bag del cuello y lo reclinó contra el respaldo del asiento apretando fuertemente con su mano izquierda la garganta de quien, semanas atrás se había convertido casi en su verdugo.

- Maldito desgraciado, debería acabar contigo en este mismo momento- le susurró en voz baja.

- Piénsalo bien, Abruzzi, si lo haces, el bonito deberá cargar conmigo-.

Michael fue el único que reaccionó. Se acercó a Abruzzi y tomó el crucifijo que colgaba de su cuello.

- ¡ Míralo! Has pregonado por todos los rincones que él te hizo cambiar... no lo traiciones ahora, y sobre todo no te traiciones a ti mismo-.

Abruzzi contempló fijamente el crucifijo de oro que colgaba de su cuello y que Michael sostenía entre sus dedos. Se quedó en silencio y tragó saliva, por un momento nadie dijo nada y cuando finalmente liberó a T-Bag, la tensión se disipó, no sabían por cuanto tiempo. Habían logrado salir de aquel mal trago sin consecuencias graves y aquello era sin lugar a dudas, la primera batalla ganada.

Lincoln fue el primero en hablar.

- Michael... ¿ ahora qué?- preguntó buscando una respuesta coherente de parte de su hermano.

- Conduce y desvíate hacia la derecha en la próxima intersección, Oswego está a solo unas seis millas de aquí- informó con seguridad.

-¿ Oswego? ¿ Que hay allí?- preguntó Lincoln levantando una ceja.

- Lo sabrás cuando lleguemos- dijo Michael con aquel aire de misterio que llegaba a exasperar a cualquiera.

- Pues Oswego, allá vamos- dijo Lincoln y el grupo emprendió de nuevo la marcha.

La oficina del FBI estaba repleta de agentes. No era para menos, la búsqueda de los ocho fugitivos se había convertido en un asunto federal y todos en el departamento sabían que si alguien podía atrapar a aquellos sujetos, esa persona era el Agente Especial Alexander Mahone.

Todos lo respetaban, no había nadie que se atreviera a contradecirlo y dentro de aquellas paredes él era la máxima autoridad y también, porque no decirlo, el hombre más temido.

Aquella mañana se encontraba leyendo los expedientes de los ocho fugitivos de Fox River. Desde el mismo momento en que fue asignado al caso, sintió que aquella era su oportunidad para esfumar antiguos fantasmas del pasado.

Una y mil veces leyó aquellos papeles, buscando respuestas y supo desde un principio que las encontraría en una sola persona; Michael Scofield. Él representaba el verdadero enigma en toda aquella trama. Sin lugar a dudas, Scofield había sido el cerebro de aquella fuga y su astucia e inteligencia lo habían llevado a realizar con éxito su plan.

- ¿ Quién eres en verdad, Michael Scofield?- se preguntó mientras observaba con detenimiento la foto del cerebro de la fuga más extraordinaria de todos los tiempos.

Mahone esbozó una sonrisa. Michael Scofield podía ser el hombre más sagaz del mundo, pero estaba seguro que un día lo atraparía. Algún día, aquel joven cometería un error y él estaría allí para observar con sus propios ojos su caída.

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