MI PRINCIPE ENCANTADO
Hola chicas aquí les traigo una adaptación de la novela de Julie Garwood con los personajes de Inu-Yasha de sensei Rumiko
Así que ACLARO: esta historia no es mía, pero cuando la leí solo pude imaginarme a Sessho y a Kag en estos personajes jejeje :)
Cap. 2
No podía creer lo que había hecho. Por todos los diablos, casi le había sido imposible llevarlo a cabo. Sacudió la cabeza, disgustado. ¿Qué clase de hombre puede exigir a un hermano que compre la libertad de otro hermano? Sólo un verdadero cretino, se decía, un verdadero hijo de... Sesshomaru Taisho se obligó a apartar de su mente esos iracundos pensamientos. A lo hecho, pecho. El mu chacho ya estaba libre y dispuesto a iniciar una vida nueva. Eso era lo único que importaba. Tarde o tempra no, ese maldito heredero de la fortuna familiar recibiría su merecido. Por lo que a Sesshomaru concernía, su medio hermano mayor podía pudrirse o prosperar en Inglaterra.
Su furia no cedía. Sesshomaru se reclinó contra la colum na del majestuoso salón de baile, observando a las pa rejas que giraban por el suelo de mármol. Lo flanquea ban Bankotsu y Renkotsu, dos amigos de sus hermanos. Ambos tenían títulos nobiliarios, pero Sesshomaru no recorda ba cuáles. Los dos estaban en medio de un acalorado debate sobre los méritos y los peligros del capitalismo en Norteamérica y por qué jamás podría funcionar. Sesshomaru fingía interés y asentía con la cabeza cuando juz gaba que era adecuado; por lo demás, ignoraba prácti camente a sus compañeros y su discusión.
Era su última noche en Inglaterra. No quería sabo rear la velada; sino: ponerle fin. Ese lúgubre país no le inspiraba ningún cariño; en realidad, no entendía que alguien quisiera establecer su hogar allí. Después de haber vivido en los páramos de Norteamérica, Sesshomaru no lograba imaginar un motivo por el que escoger deliberadamente Inglaterra. En su opinión, la mayoría de los habitantes eran tan pretenciosos y altaneros co mo sus líderes y sus movimientos, y tan sofocantes co mo el aire que respiraban. Detestaba la falta de espa cio; las infinitas chimeneas, la película negruzca y grisácea que pendía sobre la ciudad, la chabacanería de las mujeres, la afectación de los hombres. En Londres se sentía acorralado, enjaulado. Súbitamente le vino a la memoria la imagen de un oso bailarín que había vis to cierta vez, siendo niño, en una feria de las afueras de Cincinnati. El animal estaba vestido con pantalones de hombre y bailoteaba erguido sobre las patas traseras, describiendo círculos alrededor del propietario, que lo dominaba sujetando una larga y pesada cadena ceñida al cuello del oso.
Los hombres y las mujeres que giraban en la pista de baile se parecían a ese oso amaestrado. Sus movimien tos eran espasmódicos y controlados, bien ensayados, ciertamente. Los vestidos de las mujeres diferían en cuanto a su color, pero por lo demás eran idénticos tanto en su corte como en su estilo. Los hombres le parecían igualmente tontos, vestidos con el formal unifor me negro. Caramba, si hasta los zapatos eran todos i dénticos. Las normas de la restrictiva sociedad en la que habitaban eran sus cadenas; Sesshomaru descubrió que le inspiraban un poco de lástima, jamás conocerían la ver dadera aventura, la libertad, los espacios abiertos. Iban a vivir y a morir sin saber jamás lo que se habían perdido. -¿Por qué estás tan ceñudo, Sesshomaru?
Era Bankotsu, el mayor de los dos ingleses, quien hacía la pregunta, mirando a Sesshomaru.
Éste señaló la pista de baile con la cabeza. -Pensaba que no hay ahí un solo caballo salvaje -respondió, con esa suave entonación de Kentucky que tanto parecía divertir a sus compañeros. Obviamente Bankotsu no entendió lo que significa ba ese comentario, pues sacudió la cabeza, confundi do. Renkotsu, más astuto, asintió con la cabeza. -Se refiere a las parejas de bailarines -explicó. -¿Y...? -insistió Bankotsu, aún sin comprender. -¿No te has dado cuenta de que todas las mujeres se parecen? Todas tienen el pelo bien tirante y recogido en la nuca; la mayoría se adorna con esas plumas ridí culas asomadas en distintos ángulos. Y los vestidos tam bién son casi idénticos -añadió-. Con esos artefac tos de alambre escondidos bajo las faldas, que dan a sus traseros una forma tan extraña. De los hombres no se puede decir nada mejor. Ellos también visten todos igual. -Renkotsu se volvió hacia Sesshomaru-. La buena crianza y la educación nos han robado la individualidad.
-Sesshomaru también viste formalmente, como noso tros -barbotó Bankotsu, como si la idea acabara de ocu rrírsele. Era un hombre bajo y rollizo, de gafas gruesas, calvicie incipiente y firmes opiniones sobre todos los temas posibles. Consideraba que su única obligación era hacer de abogado del diablo y discutir contra cual quier punto de vista que expresara su mejor amigo-. Las ropas que tan súbitamente te ofenden son el atuen do adecuado para ir a un baile, Renkotsu. ¿Qué preferi rías usar? ¿Botas y piel de venado?
-Sería un cambio refrescante-le espetó Renkotsu. Antes de que Bankotsu pudiera idear una réplica, se vol vió hacía Sesshomaru y cambió de tema-. ¿Estás ansioso por volver a tu valle?
-Sí -reconoció Sesshomaru, esbozando su primera sonrisa.
-¿Ya has terminado con todos tus asuntos? -Con casi todos.
-Zarpas mañana, ¿no? -Sí.
-¿Cómo podrás terminar lo que te falta en tan poco tiempo? -preguntó Renkotsu.
Sesshomaru se encogió de hombros.
-Sólo me queda por cumplir una pequeña tarea -explicó.
-¿Te llevarás a Souta? -preguntó Renkotsu.
-Fue por él por lo que vine a Londres. El muchacho ya va rumbo a Boston con sus hermanos. Partieron anteayer.
Souta era el menor de los tres medio hermanos de Sesshomaru. Los dos mayores, Kouga y Kohaku, ya eran aguerridos pioneros que labraban su tierra en el valle. En ocasión del viaje anterior de Sesshomaru, Souta no tenía edad suficiente; por eso lo había dejado por dos años más con sus preceptores. Ahora tenía casi doce años y estaba bien nutrido en el plano intelectual, porque Sesshomaru se había encargado de eso; en lo emocional, en cambio, había sido descuidado hasta la inanición. De eso se encargó el maldito heredero de la fortuna familiar.
Ya no importaba que Souta fuera demasiado niño para la dura vida de los páramos. Si se lo dejaba por más tiempo en Inglaterra, moriría.
-Es una pena que Kouga y Kohaku no hayan pasado algo más de tiempo en Londres -comentó Bankotsu -. Habrían disfrutado de este baile. Muchos de sus amigos están aquí.
-Querían adelantarse con Souta-explicó Sesshomaru. Estaban decididos a sacar a su hermano de Ingla terra con toda la prisa posible. Reservaron pasajes en cuanto el maldito heredero hubo firmado los documen tos de la custodia. Temían que él pudiera cambiar .de idea o aumentar la suma que deseaba a cambio de su propio hermano.
Comenzaba a enfurecerse otra vez. ¡Cómo desea ba verse lejos de Inglaterra! Durante la guerra con el Sur había sido encarcelado en un calabozo no más grande que un armario para escobas; temía enloquecer de claus trofobia hasta que logró escapar. Pero sus tormentos no habían terminado allí; tuvo que soportar otra atrocidad que aún no podía recordar sin cubrirse de sudor frío.
La guerra lo había cambiado, sí. Ahora no soportaba los lugares cerrados. Se le cerraba la garganta y le era difícil respirar profundamente. La sensación comenza ba a crecer otra vez dentro de él. En su mente, Londres se estaba convirtiendo rápidamente en una prisión, sólo podía pensar en liberarse.
Sacó su reloj y lo abrió. Faltaban veinte minutos para la medianoche. Podría resistirlos, se dijo. Había prometido permanecer allí hasta la medianoche; veinte minutos más no lo matarían.
-Cuánto me gustaría ir con vosotros a ese valle -barbotó súbitamente Renkotsu.
Bankotsu, aparentemente horrorizado, entornó los ojos para mirar a su amigo tras las gruesas gafas. -¡No hablas en serio! Tienes responsabilidades que cumplir aquí. ¿Tan poco te importan el título y las tierras? No puedo creer que pienses así, hombre. Na die en su sano juicio renunciaría a Inglaterra, con todo lo que tiene que ofrecer.
Gravemente ofendido por lo que, a su modo de ver, era una grave deslealtad hacia su patria, se lanzó en un sermón destinado a avergonzar a su amigo Renkotsu. Sesshomaru no prestaba atención: acababa de ver al maldito heredero al otro lado del salón.
Inu-Yasha III era el legítimo primogénito. Sesshomaru, el bastardo, tenía tres años menos. El padre de ambos había viajado a Norteamérica en su juventud y, durante su estancia allí, conquistó a una inocente cam pesina, a la que llevó a su lecho. Le hizo juramentos de amor y se acostó con ella las treinta noches que pasó en Kentucky, pero omitió mencionar que tenía una espo sa y un hijo esperándolo en Inglaterra. Ese hijo salió igual al padre: un demonio vicioso, que sólo pensaba en sus propios placeres. La lealtad y los valores familiares significaban muy poco para él. Por ser el privilegiado primogénito, heredo las tierras el título nobiliario y los escasos fondos restantes. El padre no se había molestado en hacer provisiones para sus otros hijos legítimos y el primogénito no estaba dispuesto a compartir la fortuna. Kouga, Kohaku y Souta fueron arrojados a la calle.
Kouga fue el primero en buscar a Sesshomaru y pedirle; ayuda. Quería ir a Norteamérica e iniciar una nueva vida. Pero Sesshomaru no quería involucrarse en el asunto.
Para él, Kouga y sus hermanos eran perfectos descono cidos. Él no tenía ninguna relación con el mundo de privilegios en que ellos habitaban. Aunque fueran hijos del mismo padre, no sentía ningún parentesco con sus medio hermanos. Para él, la familia era un concepto completamente desconocido.
No obstante, la lealtad era otra cosa.
No pudo volver la espalda a Kouga, aunque no quiso perder tiempo averiguando por qué. Cuando lle gó Kohaku ya era demasiado tarde para echarse atrás.
Durante su viaje a Inglaterra, al ver el trato que recibía Souta, comprendió que su misión no estaría cumplida mientras no hallara el modo de liberar al menor de su servidumbre.
El precio que Sesshomaru debió pagar bien valía su pro pia libertad.
El vals terminó con un crescendo, justo cuando Bankotsu ponía fin a su espontáneo sermón. Los de la orquesta se levantaron para hacer una reverencia for mal, ante los atronadores aplausos.
El aplauso se cortó de pronto inexplicablemente. Las parejas que aún rondaban la pista de baile se volvie ron hacia la entrada. Se hizo el silencio entre los invita dos. Sesshomaru, intrigado por el comportamiento de la mul titud, se volvió para ver qué atracción había hechizado a todos de esa manera. En ese momento Bankotsu le dio un codazo.
-No todo está echado a perder en Inglaterra -anunció-. Echa un vistazo, Sesshomaru. Ahí, en la entra da, tienes la prueba de la superioridad inglesa.
Por el entusiasmo que expresaba su voz, a Sesshomaru no lo habría sorprendido ver allí a la reina de Inglate rra. -Apártate para que él vea, Renkotsu -ordenó Bankotsu.
-Sesshomaru nos lleva una buena cabeza a todos -mur muró el otro-. Puede ver perfectamente. Además, no puedo apartar mis ojos de esa visión; ni siquiera podría dar un paso. Ha venido, Dios la bendiga -agregó en un susurro, con inconfundible adoración en la voz-. Eso es tener valor, digo yo. Mucho valor, sí.
-Ahí tienes a tu caballo salvaje, Sesshomaru-anunció Bankotsu, con voz llena de orgullo.
La joven a la que se referían estaba de pie en lo alto de los peldaños que descendían al salón de baile. Los ingleses no exageraban: era, en verdad, una mujer increíblemente hermosa. Lucía un vestido de fiesta azul real, con un escote que no revelaba ni ocultaba dema siado. Aunque el corpiño no se ceñía a su figura, resul taba imposible no reparar en sus suaves curvas redon deadas y su cutis blanco y sedoso.
Estaba completamente sola; a juzgar por su leve sonrisa, el alboroto que estaba provocando no la molestaba en absoluto. Tampoco parecía preocuparla el hecho de que su ropa no respondiera a la moda. Sus faldas no se inflaban aquí y allá en ángulos ridículos y era evidente que no llevaba debajo ningún adminículo de alambre. Tampoco se había trenzado el pelo: los ri zos largos y dorados caían en suaves ondas en torno de sus hombros esbeltos.
No, no vestía el uniforme de las otras mujeres presentes; tal vez ése era uno de los motivos por los que atraía la extasiada atención de todos los hombres. Consti tuía una refrescante variación dentro de lo perfecto.
Sesshomaru se sintió afectado por su encanto. Parpadeó por instinto, pero ella no desapareció. No llegaba a ver el color de sus ojos, pero estaba seguro de que eran marrones.
De pronto tuvo dificultad para respirar. Sentía una opresión dentro del pecho y su corazón había empeza do a marcar un ritmo salvaje. Por Dios, se estaba com portando como un colegial. Era humillante.
-Es un potro salvaje, sí -concordó Renkotsu-. Mira al marqués, ¿quieres? Está al otro lado del salón. Aun desde aquí puedo ver la lascivia en sus ojos. Y supongo que su flamante esposa también la ve. Fíjate cómo lo fulmina con la mirada. Dios mío, esto es magnífico. Ahora sí creo que se está haciendo justicia con ese perver so; ahora está recibiendo su castigo. Oh, perdona, Sesshomaru. Hago mal en hablar de tu medio hermano con tanta fal ta de respeto.
-No lo considero pariente mío -replicó Sesshomaru, con voz dura e inflexible-. Hace años nos rechazó a todos. Y tienes razón, Renkotsu -agregó-. Se ha he cho justicia en más aspectos de los que tú crees. Renkotsu lo miró con extrañeza.
-Me despiertas una gran curiosidad, Sesshomaru. ¿Sa bes algo que nosotros ignoremos?
-Probablemente está enterado de la humillación -aventuró Bankotsu.
Sin aguardar a que Sesshomaru confirmara o desmintie ra esa afirmación, se apresuró a brindarle un informe completo, por si acaso no conocía todos los detalles.
-Esa bella aparición de azul que tan dulcemente son ríe estuvo comprometida con tu medio hermano, pero sin duda ya sabes esa parte -comenzó-. Inu-Yasha ha bría podido tenerlo todo. La cortejó con mucha habili dad y ella, tan joven e inocente, sin duda lo consideró atractivo. Y entonces, dos semanas antes de la fecha fijada para la boda, Inu-Yasha se fugó con Kikyou, la prima de su novia. Había más de quinientas personas invita das a las celebraciones; por supuesto, fue preciso noti ficar a todos que no habría boda. Iba a ser la sensación de la temporada, sí. ¿Te imaginas la vergüenza de can celarla a esa altura?
Renkotsu asintió.
-¿Ves cómo se aferra Kikyou a Inu-Yasha, ahora? Oh, esto es impagable, de veras. E Inu-Yasha no trata siquiera de disimular sus lascivos pensamientos. No me sorprendería que empezara a babear. Kikyou es una pálida sombra junto a lo que él se perdió, ¿no te parece?
Sesshomaru no parecía divertido. -Es un idiota-murmuró. Renkotsu asintió con la cabeza.
-¡Cómo desprecio a Inu-Yasha! Es deshones to y manipulador. Estafó a mi padre y luego se jactó pú blicamente de su astucia. Mi padre quedó humillado.
-Y mira lo que hizo con sus propios hermanos -añadió Bankotsu.
-Estuvo en un tris de aniquilar a Kouga y a Kohaku, ¿no? -preguntó Renkotsu.
-En efecto -respondió Bankotsu -. Inu-Yasha está recibiendo su merecido, sí. Va a ser desdichado por el resto de su vida, porque Kikyou es tan malvada como él. ¿No son una pareja pavorosa? Corren rumores de que ella está encinta. Dios se apiade de esa criatura, si es cierto.
-Bien podría estar encinta -reconoció Renkotsu-. Esos dos se veían descaradamente aun es tando él comprometido. Pero Kikyou también se va a arrepentir. Está convencida de que Inu-Yasha dispone de una gran herencia
-¿Y no es así? -preguntó Sesshomaru.- Renkotsu sacudió la cabeza.
-Saldrá a relucir muy pronto. Él ha quedado más pobre que las ratas. El muy tonto perdió en especulacio nes hasta su última libra. Ahora sus tierras pertenecen a los banqueros. Probablemente cuenta con que Kikyou reciba una gruesa herencia cuando muera la anciana lady Kaede. Estaba muy enferma, pero tengo enten dido que ha vuelto a recuperarse milagrosamente.
Recomenzó la música y la multitud tuvo que aban donar su boquiabierta contemplación. Kagome recogió el borde de su vestido para bajar los peldaños. Sesshomaru no podía apartar los ojos de ella. Dio un paso para acercár sele, pero se detuvo a consultar otra vez su reloj. Faltaban diez minutos. Podía resistir. Sólo diez mi nutos más y quedaría libre. Dejó escapar un fuerte suspi ro de satisfacción, sonriendo por la expectativa. También lady Kagome sonreía, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de su abuela. Se había impuesto esa sonrisa en cuanto cruzó el umbral y nadie podía hacer ni decir algo que la obligara a arrugar el entrecejo. Sonreiría. Celebraría. Era un tormento, una burla tal que se sentía enferma, con fuego en el estómago. Kagome no se permitió ceder a la desesperación. Debía pensar con optimismo en el futuro, se dijo, repitiéndose las palabras de su abuela. Las pequeñas la necesitaban.
Los jóvenes solteros acudieron en tropel. Kagome los ignoró a todos. Paseó la mirada por el salón de baile, tratando de hallar a su acompañante. Divisó a su prima Kikyou y luego a Inu-Yasha, pero no quiso fijar la vista en ellos. El corazón empezaba a palpitarle. Por Dios, ¿qué haría si se le acercaban? ¿Qué decirles? ¿Debía felicitarlos? Oh, Señor, no podría hacerlo sin vomi tar o morir. No había tenido en cuenta la posibili dad de que ellos asistieran al baile. Preocupada como estaba por su abuela, en su mente no había tenido sitio para asuntos de menor importancia. Lo irónico era que, esa tarde, la Señora había experimentado una considerable mejoría. Al despedirse de ella, Kagome lo hizo con la esperanza de que en verdad tuviera otra recuperación.
Un joven anhelante al que ella conocía, aunque no recordaba cuándo ni dónde le había sido presentado, suplicó el honor de acompañarla a la pista de baile. Kagome se negó con amabilidad. Apenas se hubo aparta do, oyó la característica risa aguda de Kikyou. Al volverse en esa dirección vio la sonrisa maliciosa de su prima y, de inmediato, a una jovencita que iba apresuradamen te hacia la salida. Kagome la reconoció: era lady Ayame, la menor de los hijos de sir Wolf, que apenas tenía quince años.
Por lo visto, el casamiento no había mejorado el carácter de Kikyou. Ayame acababa de convertirse en su última víctima, a juzgar por la expresión de tristeza de la pobrecita.
De pronto Kagome se sintió abrumada por la melan colía. La crueldad era un deporte que divertía mucho a algunos de sus parientes. La enfermaba esa perversidad y, en su estado de ánimo actual, ya no sabía combatirla. Se sentía inútil, inepta. Nunca se había sentido a sus anchas entre la aristocracia inglesa; tal vez por eso tenía siempre la cabeza en las nubes y la nariz metida en novelas baratas. Sí, era una soñadora, tal como su abue la decía, pero a Kagome no le parecía tan terrible. La realidad suele ser bastante fea y sería insoportable por completo si una no pudiera soñar despierta de vez en cuando. Era escapismo, puro y simple.
Lo que más le gustaba eran las historias románticas. Por desgracia, los únicos héroes que conocía eran esos deslumbrantes personajes de sus libros. Sus favoritos eran Daniel Boone y Davy Crockett. Aunque habían muerto mucho tiempo antes, las leyendas que rodea ban la vida de ambos aún encantaban a lectores y escri tores por igual.
La Señora quería que fuera más realista, todo por que no creía que existiera ya héroe alguno.
Lady Ayame, en su desesperación, estuvo muy cerca de derribar a Kagome en su huida hacia los pelda ños. Sólo pensaba en escapar de la crueldad. Kagome su jetó a la afligida muchacha.
-Espera un poco, Ayame.
-Déjeme pasar, por favor -suplicó ella.
Ya tenía la cara bañada en lágrimas. Kagome se negó a soltarle el brazo.
-Deja de llorar -ordenó-. No te irás. Si sales de aquí, te será mucho más difícil volver a mostrarte en público. No puedes permitir que Kikyou tenga semejante poder sobre ti.
-Pero usted no sabe lo que ha pasado -gimió la jovencita-. Ha dicho... está diciendo a todo el mundo que yo...
Kagome le apretó un poco el brazo para tranqui lizarla.
-No importa qué vilezas esté diciendo. Si fin ges no prestarle atención, si ignoras sus calumnias, nadie le creerá.
Ayame sacó un pañuelo de la manga para lim piarse la cara.
-Estoy tan mortificada... -susurró-. No sé por qué se ha vuelto de ese modo contra mí.
-Eres joven y muy bonita-explicó Kagome-. Por eso te ataca. Tu error fue acercarte demasiado a ella. Pero sobrevivirás, Ayame, igual que yo. Sin duda Kikyou ya está buscando a algún otro a quien martirizar. La divierte ser cruel. Es repugnante, ¿no?
Ayame logró esbozar una débil sonrisa. -Oh, sí, lady Kagome. Es realmente repugnante. ¡Y lo que ha dicho de usted! Que esos zafiros que usted lleva deberían ser de ella.
-¿De veras? Ayame asintió. -Dice que lady Kaede está trastornada y... Kagome la interrumpió.
-No me interesa nada de lo que Kikyou diga sobre mi querida abuela.
Ayame espió por encima de su hombro. -Nos está observando -susurró.
Kagome no quiso volverse. Sólo un poquito más y podría abandonar ese lugar horrible.
-¿Me harías un favor enorme, Ayame?
-Lo que sea-prometió la muchacha, con fervor. -Ponte mis zafiros.
-¿Qué dice usted?
Kagome levantó los brazos hasta el broche del collar. Luego se quitó los pendientes. Ayame la miraba boquiabierta, con una expresión bastante cómica, que la hizo sonreír.
-No lo dirá usted en serio, lady Kagome. Deben de valer una fortuna. Kikyou pondrá el grito en el cielo si me los ve puestos.
-Se pondrá nerviosa, ¿no? -musitó la pregunta, sonriendo otra vez.
La jovencita estalló en una carcajada. Su risa reso nó en todo el salón. Era un sonido purificante, sincero, jubiloso. De pronto Kagome se sintió mucho mejor.
Ayudó a Ayame a ponerse las joyas antes de hablar otra vez.
-Nunca te dejes dominar por las posesiones. Y nunca jamás pienses que la riqueza es más importante que tu amor propio y tu dignidad. De lo contrario terminarás como Kikyou -advirtió-. Y eso no te gustaría, ¿cierto?
-¡Cielo Santo, no! -barbotó Ayame, horro rizada ante la mera idea-. Prometo no dejarme domi nar por las posesiones. Al menos lo intentaré. Con este collar me siento como una princesa. ¿Eso está bien? Kagome se echó a reír.
-Sí, por supuesto. Me alegro de que te brinden tanto gozo.
-Cuidaré de que papá los esconda en lugar se guro. Y mañana se los devolveré personalmente, lady Kagome.
Ella sacudió la cabeza.
-Mañana no me harán falta -explicó- Son tuyos. Nunca más necesitaré joyas como ésas.
Ayame estuvo a punto de caer redonda. -Pero... -empezó, obviamente atónita-. Pero... -Te los regalo.
La jovencita estalló en lágrimas, abrumada por tanta generosidad.
-No era mi intención hacerte llorar -dijo Kagome-. Eres hermosa, Ayame, con zafiros o sin ellos. Sécate esas lágrimas mientras te busco un compa ñero de baile adecuado.
Su mirada se cruzó con la de un chico simpatico de cabellos oscuros. Kagome le hizo una señal y el joven acudió a la carrera. Un escaso minuto después acompañaba a Ayame a la pista de baile.
La muchacha iba radiante, riendo y coqueteando. Una vez más actuaba como una niña de quince años. Kagome estaba contenta. Pero la satisfacción no le duró mucho. ¿Dónde estaba su compañero? Decidió dar una vuelta por todo el salón, cuidando mucho de evitar a su prima, por supuesto; si no lo hallaba se reti raría, simplemente. Había llegado elegantemente tarde y se iría elegantemente temprano. Ya eran suficientes sonrisas para una velada; si pasaba allí quince o veinte minutos escasos, la abuela no se enteraría. Sí, la Señora aprobaría su manera de actuar.
Gracias por sus reviews y q bueno q les gusto la historia, poco a poco iran apareciendo los personajes :)
GRACIAS POR LEER!
