CAPÍTULO 2

Hoy estoy en cierta manera feliz.

He escuchado de parte de algunos cotillas al otro lado de la puerta metálica de mi habitación que vendrían unos guardias grises de Kirkwall a pasar una semana antes de dirigirse a Orzammar.

Realmente espero que vengas aquí, a la Perla, pero por otra parte… espero que no. No quiero que descubras lo que soy, en lo que me he convertido.

Aunque aún así estoy feliz. Sé que vas a estar cerca. Aunque no pueda verte ni tocarte vas a estar cerca. Para mí es suficiente.

Parece que el Maese ha detectado mi felicidad. Quiere verme. Ahora mismo me dirijo hacia allá.

Tengo miedo de que alguien le diga que Hawke está en la Perla. Aunque no se a qué le temo, aquí nadie me conoce. Estoy solo, cortesía del Maese.

- ¿Señor…? – Pregunto picando suavemente en la entrada.

- Pasa, pasa. Quería comentarte algo.

- ¿Sí, señor? – Tengo un mal presentimiento.

- Un grupo de guardias grises está aquí, en Denerim.

- ¿Sí, señor? – Me entra un escalofrío al pensar que quizá el Maese pudiera delatarme. Pero, si lo pienso mejor, él ni se ha molestado en saber mi nombre.

- Van a hospedarse en la Taberna del Noble Roído, hace un par de días que se hospedan. Voy a visitarlos hoy.

- ¿Y…? ¿Es para eso lo único que me ha hecho llamar?

- No… pensé que querías despedirte de mí como es debido.

Cierro los ojos y suspiro, algo cansado de siempre la misma historia.

¿Sabes lo que me gustaría decirle, Anders, lo sabes? Me conoces bastante bien, claro que lo sabes. "Que te jodan A TI, viejo verde".

Pero no puedo decir nada. No mientras siga con mis poderes encerrados bajo llave.

Se está acercando a mí como un depredador y yo desprecio eso. Le desprecio. Me pone la mano en el cuello y acerca su nariz a mi cabello. Este viejo tiene una especie de fetiche con mi olor. Y yo odio el suyo. Lo odio a todo él en general.

Va a besarme cuando alguien llama a la puerta y el Maese se enfurruña cuando va a abrirla. Y yo me siento aliviado.

O al menos lo hago cuando oigo tu voz.

- Hola, señor Sanerp.

- ¡Oh! Por favor, no sea tan educado. Soy yo el que debería tratarle de señor.

- ¿Quién es? – Dices señalándome. Mi corazón late tan deprisa que tengo miedo de que el Maese me oiga.

- No es nadie.

Bajo la cabeza ante la voz tan despectiva que ha utilizado el Maese. Y tú me miras como si le creyeses. Y me duele que no me reconozcas.

Ahora tengo el pelo oscuro y largo, con el que taparme la cara para que no veas el horrible aspecto que tengo. Pareces enfadado mientras me miras.

- Debería irme… - Susurro con tal de que el Maese me oiga.

- No hace falta. – Dice el Maese. Y yo quiero golpearlo. Como nunca antes. El maldito hijo de su madre sabe que no quiero quedarme.

Seguro que me veo muy avergonzado.

Y vuelvo a mirarte, y me duele aun más que no reconozcas mis ojos. ¿Tan cambiados están?

Me miras de manera fría. Sé que no quieres que me quede. Sé que no me reconoces y que tal vez Isabela tuviera razón con que me has olvidado y solo estás aquí para cogerte una buena noche antes de partir. Y volver a dejarme solo. Para volver a sentirme solo.

- No quiero que se quede. Debo hablar con usted de algo personal.

Lo suponía.

Sin detenerme a saber la opinión del Maese, salgo de la sala hacia mi habitación y voy corriendo. Solo quiero correr hasta cansarme tanto que en lo único en que pueda pensar sea en volver a respirar, y no pensar en que has estado en la misma habitación que yo de nuevo… y que me has mirado como si fuera un perro.

Me estiro en mi cama boca abajo, queriendo ahogarme mientras aguanto la respiración contra mi almohada.

Y, de repente, me viene una idea a la cabeza.

Quizá me hayas mirado con desprecio porque realmente no sabías quién era yo… y eso me da una pequeña esperanza. Ese nuevo sentimiento hace que vuelva a hacer una sonrisa contra mi almohada.

Salgo de la habitación, a sabiendas que tendrás que pasar por allí para salir. Me apoyo de espaldas contra la puerta gris y espero. Espero durante horas. Espero hasta que al fin apareces.

Me giro hacia ti con una sonrisa, pero no se que decirte cuando me miras de nuevo.

- ¿Qué te ha pasado…? – Formulo sin quererlo.

- ¿De qué hablas?

- De nada, de nada… lo siento. – Mientras veo como te alejas, veo escapar la mejor oportunidad que tengo de ser libre de nuevo… o de estar contigo de nuevo. Reúno todo el valor y la dignidad que me queda cuando te digo. - ¿Puedo hablar contigo?

- No lo se. – Dices dándote la vuelta hacia mí. - ¿Qué quieres?

- Solo quiero hablar con… - Refreno la palabra 'contigo' y continuo. – alguien.

- Pues búscate un amigo.

- Lo haría. Pero… me pareció que podrías serlo.

- ¿Disculpa?

- No lo se. Bueno, como tampoco sé si aceptarás esto pero… ¿quieres entrar? – Te digo señalando mi habitación.

- Emm… no, ya estoy ocupado.

No se si debería sentirme feliz o dolido.

Sin poder detenerme, tampoco queriendo, me acerco a ti y me pongo delante con un simple 'por favor'. Siempre has aceptado a alguien que te pida las cosas amablemente.

Me miras con cara intrigante, como inspeccionando mis intenciones. Al fin, en unos minutos, veo que relajas tus hombros y entras en mi actual habitación. Y me siento contento.

Entro detrás de ti, fijándome en el cuerpo que una vez se acarició contra el mío. Solo de recordar lo que sentí entonces me dan ganas de llorar por lo perdido.

Cuando te sientas en una de las camas y me miras, veo esos ojos que tanto había ansiado ver.

Que en mis sueños tantas veces me habían visitado.

Cuya piel del mismo cuerpo había disfrutado tanto conmigo. Y eso me volvió a llenar.

Y esperaba que no necesitara llenar más huecos vacíos con ojalas.