Capitulo 02: Tres años despues.

No me he vuelto a casar, aun me pesa su memoria a pesar de que he mandado a destruir todo lo que me recordaba a ella. Todo menos a ese niño.

-Papi, quieres jugar conmigo?- oigo una voz infantil que ingresaba a mi despacho.

-Te he dicho miles de veces que no me llames asi- le grite sin siquiera mirarlo.

-Pe-pero-.

-Pero nada, ahora vete- ha salido corriendo apunto de echarse a llorar. Sonrio satisfecho. Odiaba a esa criatura por dos razones... Primero por ser hijo de quien era, una minicomadreja, un Weasley, el simbolo de que ella jamas me quiso y solo jugo conmigo. Por ultimo por ser el culpable de su muerte, si ese engendro no hubiese nacido, Hermione estaria viva, pagando por su traicion pero a mi lado, siendo solo mia.

Aun recuerdo que tras el velorio, donde no asistio ningun gryffindor salvo mi pelirroja, decidi entregarle el niño a Weasley pero Ginebra me convencio de no hacerlo.

-"Seria una deshonra tanto para ti, como para ella Draco. Podemos irnos al mundo muggle, tu tienes negocios alli"- fueron sus palabras llenas de determinacion. Pese a las diferencias y cuces que hubo entre ella y en ese entonces mi esposa cuando "convivimos" los tres en la Mansion Malfoy, parece guardarle mucho aprecio y cuida a ese bastardo como si fuera suyo propio. Aunque despues de todo es su sobrino.

Y asi es como pasados tres años desde que ella se marcho para siempre, vivimos en el mundo que jure despreciar durante mis primeros diecisiete años de vida. Aparentamos ser una familia, nada mas que una mentira. Mis padres deben de estar revolcandose en la tumba porque su unico hijo, vive con una traidora a la sangre, sin estar casados y con el hijo de su difunta esposa sangre sucia que ni siquiera es suyo y que encima porta el nombre y apellido de su fortuna, Scorpius Malfoy. Ironias de la vida.

Un llanto de mujer me saca de mis pensamientos, una mujer que se aceeca a mi despacho. La puerta se abre y tras ella aparece Ginebra, en sus manos un test de embarazo muggle. No necesito preguntar, otro fracaso mas. Ante mi rostro endurecido de rabia sale tan silenciosamente como sus sollozos se lo permiten.

Caigo como un peso muerto en una silla y de la gaveta de mi escritorio saco una foto en movimiento y un pensadero. Las lagrimas se me escapan ante su mirada de dulzura. Fue imposible destruir algo tan hermoso. Caigo una vez mas en mis recuerdos.