I.


Nevaba. No era nada nuevo en aquella parte de Noruega y mucho menos en aquellos meses del año.

Kalthar tiró de su bufanda para ajustarla y así evitar que el aire frío volviera a colarse y le congelara. A través de la nieve pudo ver que pronto llegaría a su casa, no le quedarían más de veinte minutos andando si se daba prisa. Tenía tantas ganas de contarle lo que le había pasado hoy a su hermana que casi saltaba de la emoción o saltaría de no haber tropezado con algo.

Evitando caer, el joven miró hacia abajo justo para encontrarse con la figura de una persona, envuelta en una túnica negra, que parecía inconsciente. Kalthar se agachó rápidamente y dio la vuelta al cuerpo.

Era un joven, no de mucha más edad que él, al parecer extranjero. Tenía los labios morados por el frío y las pestañas congeladas. El chico negó con la cabeza mientras le tomaba el pulso. Débil.

Desde luego, los extranjeros venían cada vez menos preparados. A saber cuánto tiempo llevaba aquí este hombre sin que nadie le auxiliase. Alzándolo con poco esfuerzo se lo cargó sobre los hombros y reanudó el camino de vuelta a casa ahora más deprisa. Ese hombre necesitaba cuanto antes estar en una habitación caliente.

Entró en su casa con los músculos agarrotados por el esfuerzo y dejó al chico tumbado cerca de la chimenea. En realidad, Kalthar lo había dejado ahí porque dudaba que pudiera llevarlo al piso de arriba y, según él, ahí estaría calentito ¿no? Y de la incomodidad del suelo no se iba a dar cuenta hasta que despertara.

—Kalthar, ¿cuántas veces te he dicho que no cierres la puerta de un portazo? La última vez tu padre tuvo que… —comenzó su madre a regañarlo apareciendo por la puerta cuando se fijó en el bulto del suelo junto a la chimenea. Frunció el ceño y miró a su hijo—. ¿Qué es eso?

—Quién, más bien, mamá. Es un hombre que he encontrado inconsciente cuando volvía a casa —respondió con simpleza el joven mientras se deshacía del abrigo y miraba con aprehensión el cuerpo.

—¡Por el amor de Dios, Kalthar Jenssen! ¡Eso se dice nada más entrar! —le regañó su madre mientras se agachaba cerca del cuerpo y le tomaba el pulso. Una vez hecho esto, tocó la túnica del señor y, al comprobar lo húmeda que estaba, miró fijamente a su hijo—. Cógelo. Le vamos a dar una ducha de agua caliente y luego irá a la habitación de invitados de cabeza.

El joven resopló mientras volvía a cargar el cuerpo sobre los hombros.

—Yo no pienso bañarlo —dijo entrecortadamente por el esfuerzo de subir las escaleras.

—Harás lo que te diga.

—¿Y Anska? Ella se puede encargar de bañarlo —replicó su hijo.

—Está ayudando a tu padre. Además, no tiene la misma fuerza que tú.

—Con lo mala bestia que es tendrá más —murmuró por lo bajo el chico, mientras seguía a su madre hasta el baño.

Una vez en el aseo, Mista se encargó de quitarle la ropa al joven mientras su hijo le sujetaba mirando en otra dirección.

—Mamá… ¿no crees que ya eres un poco mayor como para andar desnudando chicos tan jóvenes? Además, si el chico se despertara te podría denunciar por acoso —dijo con una sonrisita Kalthar, ganándose, por ello, una colleja de su progenitora.

—No digas tonterías, niño. Estoy en la flor de la vida y si no bañamos a este joven podría morir congelado.

Kalthar asintió sonriendo y, una vez estuvo desnudado, metió en la ducha al chico y puso el agua caliente a tope. Parecía un cuerpo sin vida ahí tirado en el suelo de la ducha. El chico movió los labios, algo que pilló por sorpresa a los dos noruegos, los cuales se agacharon rápidamente para ver qué decía.

—A…gua… —susurraba entrecortadamente. Madre e hijo se miraron y, rápidamente, sacaron al chico de la duchar y, envuelto entre toallas, lo llevaron rápidamente a la habitación de invitados donde Mista le dio de beber agua y lo arropó con todas las mantas que encontró.

—Parece un huevo de un gusano de seda —comentó Kalthar ganándose una mirada reprobadora de su madre, a lo que él simplemente se encogió de hombros. Era la verdad, incluso su madre le había rodeado la cabeza con mantas.

—Le dejaré una jarra de agua al lado de la cama, por si se despierta con sed —comentó su madre mientras miraba preocupada el cuerpo envuelto —. ¿Crees que deberíamos llamar al médico?

—¿Lo preguntas ahora? ¿Después de hervirlo en la ducha y envolverlo como si fuera una alfombra?

—Kalthar, estoy hablando en serio.

—Sí, mamá, tendríamos que llamar al médico.

—Bien, pues ve a decirle a tu hermana que lo haga.

—Sí, mamá —se quejó el niño en voz queda mientras desaparecía por la puerta.

Mista bajó a la cocina a por una jarra de agua y la depositó en la mesita que había al lado de la cama donde reposaba el desconocido.

Kalthar le había dicho que era extranjero, ella no podía saberlo, pero, desde luego, sus vestimentas eran extrañas y ningún nativo sería capaz de ir con aquella ropa en un clima como este. Tan frío.

Y en el caso de ser un extranjero, ¿qué hacía aquí inconsciente? Es posible que hubiera llegado borracho, eso podría explicar porque tendría tanta sed.

Jóvenes —pensó Mista mientras negaba lentamente con la cabeza.

—El médico llegará en unos minutos —le informó su hija a su espalda. Mista se giró y le sonrió.

—Muchas gracias, Anska. Y vete a ducharte —la joven la miró confusa —. Hueles a pescado.

Con un gruñido la joven desapareció de la puerta, posiblemente en dirección al cuarto de baño y su madre soltó una débil risita.

El doctor llegó minutos más tarde y revisó al desconocido alegando que solo tenía una deshidratación leve y que, de haber estado más tiempo fuera, hubiera sufrido hipotermia. Así que les recomendó mantenerlo caliente y darle pequeñas tomas de agua para que se recuperara poco a poco, pero nunca darle grandes cantidades porque podría vomitarlas.

Tras esto, el doctor se marchó y Mista y Thorlak bajaron a acompañarle, dejando en la habitación a Anska y Kalthar.

—¿Cómo has dicho que lo encontraste? —preguntó la joven mientras se recogía el pelo húmedo en una coleta.

—Al venir del instituto tropecé con él —repitió de nuevo Kalthar.

—¿Y lo traes a casa sin saber quién es?

—Anska, estaba enfermo. Si no lo llego a traer podría haber muerto —replicó confuso a su hermana.

—Ya, pero… no sabemos quién es ni cómo se llama. ¿Has mirado si lleva documentación encima? —preguntó su hermana.

—No, en las ropas que llevaba no había nada.

—Es extraño ¿no crees?

—A lo mejor se ha perdido, o estaba borracho y se perdió.

—Pero sigue sin tener documentación.

—¡Se le puede haber olvidado! No desconfíes de él tan rápido, mujer, que es inofensivo —replicó cansado su hermano mientras desaparecía de la habitación.

Anska miró fijamente la figura envuelta con desconfianza.

—Esperemos.


CONTINUARÁ.