Disclaimer: Inuyasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está hecha con el único fin de entretener y sin ánimo de lucro.
Fanfic participante del foro ¡Siéntate!, en FanFiction, dentro del reto: "Más sidra, por favor: ¡La fiesta es en Siéntate!".
Reto: frase 31. "No hay mejor manera de despedir el año que con un buen polvo."
Advertencias: lime y lemmon muy leve, referencia a temas adultos, sexuales y lenguaje vulgar… y muerte de personaje xD (ya verán por qué lo digo riendo).
La Araña Nancy
Después del ácido pinchazo orgásmico que hizo temblar los cuerpos de ambos, Kagura sonrió con malicia y encajó sus uñas en los hombros de Naraku, observando con cierto aire de burla el rostro ligeramente contraído del hombre, mientras este apretaba las manos alrededor de su cadera, sin poder evitar jadear una última vez con fuerza. No le perdonaba nada; a pesar de haber terminado, ella seguía moviéndose sobre su cuerpo con ritmo, torturándolo de a poco, disfrutando con su imagen de verlo tirado debajo de ella, con los largos cabellos desparramados alrededor de su cabeza y sudando mientras apretaba ligeramente los dientes.
Ella lo observó desde su posición dominante, sentada sobre él como si fuese un ente superior, un súcubo maligno que lo atacó en una frenética pesadilla disfrazada de sueño arrancándole las fuerzas y las energías. Hasta le entraban ganas de esposarlo a la cama y latiguearlo hasta el cansancio.
Cuando dejó de encajar sus uñas en sus anchos hombros, Kagura se dejó caer sobre él pesadamente, súbitamente agotada, y se recostó a su lado rodeándolo como si fuese una enorme almohada que atrapar con sus piernas y brazos, deseando sentir el calor asfixiante que despedía su masculino cuerpo contra el suyo.
—No hay mejor manera de despedir el año que con un buen polvo —afirmó Naraku con renovado narcisismo una vez que recuperó el aliento, más para él que para ella, mientras Kagura se le pegaba a su costado como sanguijuela, una mucho más placentera de ver, eso sí, sobre todo si se estudiaban las tentadoras curvas laterales de su cuerpo una vez que la joven cubrió su desnudez con las sábanas.
Ella no le prestó demasiada atención, sabiéndolo inmerso en su momento de ego inflado luego de hacerla ronronear y gemir (y ella de vuelta a él); lo prefería así, si tenía a Naraku contento en ese ámbito, encargándose de darle su dosis de narcisismo por medio de los sonidos de su boca, le echaba más ganas a la situación y ella salía ganando.
Hombres…
—No sé si aún es día último o si ya es primero de enero —susurró Kagura voluptuosamente, acariciando con fuerza el pecho de Naraku, como si tuviera intenciones de arrancarle la piel. Él posó una mano en su cintura, envolviéndola, y la joven acercó su boca al cuello de él con una sonrisa traviesa y satisfecha en ellos.
—Claramente no puedes saberlo. Si mal no recuerdo escuché el conteo desde afuera mientras tú te deshacías con tu orgasmo. A qué nadie te daría un mejor Año Nuevo que yo —Para toda respuesta y en venganza, acercó su boca al lóbulo de su oreja, la lamió unos instantes y luego la mordió con fuerza, sacándole un gemido de dolor a Naraku.
—¡¿Qué demonios?! —exclamó separándose un poco de ella—. ¿Qué mierda pretendes? ¿Arrancarme la oreja? Maldita loca.
Kagura lo miró con la misma oscura sensualidad con la cual él solía mirarla cuando tenía intenciones de incitarla, y por un instante pareció que iba a soltarle sin pudor "eres un tigre".
—Eso es para que no te pases de listo —Se acercó a él, sujetando su rostro para juguetear a besarlo mientras lo agarraba con fuerza del cabello, sometiéndolo unos instantes al tomarlo desprevenido—. ¿Qué no estabas loco por esto desde Navidad? —agregó de manera arrogante, pero lo único que logró fue que Naraku sonriera de la misma manera, a pesar de la posición de desventaja.
—¿Y qué me dices de ti, mi querida Kagura? —Amplió su sonrisa y a pesar de que ella lo sujetaba del cabello, se dio la libertad de tomar su mentón bruscamente y apretar su mano contra su cintura—. Es cosa tuya que no puedas evitar gritar cuando te doy una buena sesión y no escuches nada más. Siempre has sido una niñita distraída y hedonista.
Kagura frunció el ceño, con su lindo rostro súbitamente contraído del coraje al percibir el egocentrismo de Naraku en toda su faz (aunque tuviera razón, pero antes muerta que dársela) e intentó empujarlo, pero él respondió sujetando más fuerte su cara hacia él hasta plantarle un breve beso sin el más mínimo aviso.
Intentó liberarse golpeándolo torpemente en el pecho y los hombros, pero lo único que logró fue separarse unos centímetros de él.
—¡Ya, Naraku! —exclamó enojada. En respuesta él bajó su mano hasta que sintió la curva de su trasero parcialmente cubierto por la sábana, y le dio una nalgada tan fuerte que obligó a Kagura a soltar un gritito de sorpresa y estremecerse de pies a cabeza.
—¡¿Me diste una nalgada, idiota?! —gritó por pura inercia, mientras se separaba de él, quien rió por lo bajo.
—Sí, es lo que se merecen las chicas malas como tú —Se recargó relajadamente sobre las desordenadas almohadas tras él, pasando las manos tras la nuca, luciendo los marcados músculos de su abdomen descaradamente a la muchacha, quien simplemente entornó los ojos haciéndose la desinteresada.
Cuando ella se percató de que él observaba sin recato alguno sus pechos desnudos, Kagura gruñó por lo bajo y se cubrió torpemente con la sábana, recostándose de lado y dando la espalda a Naraku por completo.
En esos instantes, sinceramente, Kagura no quería saber nada sobre traseros, nalgas, nalgadas ni nada relacionado al lugar. Luego de aquella desastrosa noche de Navidad, aún se estremecía en su cama al recordar a la terrible tarántula que le "obsequió" a Naraku, esa misma que terminó arruinando su noche cuando la mordió en el trasero. Le provocó uno de los dolores más terribles de su perra vida, náuseas eternas y le costó un huevo sentarse durante dos días hasta que se recuperó y la dieron de alta del hospital.
No conforme con eso, fueron los días más pesados de su vida, porque los idiotas del hospital terminaron poniendo a Naraku en la misma habitación que ella, y con su contusión en la cabeza y todo, el bastardo de su follaamigo aprovechó cada maldito minuto y segundo para joderle la existencia (vamos que hasta le tiraba onda a una que otra enfermera sólo para molestarla). Eso sí, Kagura se las cobró todas cuando su madre y su padre, su querido y amado padre, fueron al hospital a verla. Cuando el señor Katsuguri vio a Naraku asignado en la misma habitación que su princesita, y recordando el coraje que lo hizo pasar en Navidad, terminó correteándolo por todo el maldito hospital como un poseso.
Kagura jamás olvidaría la escena de ver a Naraku corriendo como loco por los blancos e inmaculados pasillos del hospital, descalzo y con su bata volando a cada paso, dejándole el culo al aire frente a la mirada atónita de las enfermeras y doctores.
Y claro que lo grabó. Una escena así no sucedía todos los días y guardaría el video para la posteridad.
¡Bendito sea el señor Takeshi Katsuguri!
Eso sí, Kagura no quería saber de arañas nunca jamás en su vida, sólo soportaría el estúpido tatuaje de araña que Naraku tenía en la espalda, y eso sólo porque le resultaba sexy, muy a su pesar.
—Déjame de joder, ¿quieres? Y duérmete —masculló con desdén, luego se volvió hacia Naraku y lo miró por encima del hombro—. ¡Y no me vuelvas a nalguear, imbécil!
El abogado, por pura inercia, bajó la mirada hacia la parte del cuerpo mencionado y se percató de que ella había dejado la mitad de su lindo trasero el descubierto. Sonrió con malicia y observó unos instantes a Kagura, quien no se había dado cuenta de ese detalle, inmersa en su pose de chica malhumorada.
—¿Tú qué te crees prohibiéndome algo a mi? ¿O acaso aún te duele la mordida? Yo ya no veo ninguna herida, eh —Como para afirmarlo levantó ligeramente la sábana, a lo cual Kagura se retorció como sanguijuela y pasó a quitarse las manos de Naraku de encima de mala gana, cubriéndose por competo con la tela.
—¡Ya déjame en paz! —reclamó a gritos poniéndose boca arriba y cubierta con la sábana hasta el mentón, ligeramente sonrojada del coraje. Él, con intenciones de seguir sacándola de quicio y tener un poco más de suerte, la tomó violentamente de los brazos y la clavó con brusquedad al colchón, medio poniéndose sobre ella y obligándola a mantener las piernas abiertas con ayuda de una de sus rodillas.
—Si viniste a mi departamento justo este día fue por algo, ¿no? Sabías lo que pasaría —susurró de manera siniestra, provocando que un ácido escalofrío recorriera la espina de Kagura, quien se estremeció cuando sintió el muslo de Naraku rozar suavemente su entrepierna cubierta por la sábana. No pudo evitar sentir cómo la excitación volvía a anidarse rápidamente en su vientre bajo teniéndolo a él encima, sujetándola con fuerza y sonriendo de esa manera hasta maligna, como anunciando toda clase de perversiones que enviciaban de a poco su carácter y mente.
—Pero si ya lo hicimos dos veces —murmuró algo agitada.
—¿Qué pasa, mi querida Kagura? —Naraku acercó su rostro a su oído y susurró—. ¿Acaso ya no puedes más? Sabía que no podías conmigo.
—¡Sólo quítate de encima, tarado!
En respuesta él la tomó de la cintura y haciendo uso de su fuerza, en un truco perfectamente aprendido y sin esfuerzo alguno, rodó sobre sí mismo llevándosela con él, manipulando su esbelto cuerpo como si fuese una muñeca hasta dejarla sentada sobre él. La chica se quedó unos instantes desconcertada ante el brusco y rápido cambio, como preguntándose dónde estaba, hasta que enfocó la vista en el rostro de su querido amigo y lo encontró con una sonrisa de maliciosa lascivia, comenzando a recorrer con sus manos la pronunciada curva de su cadera hacia su cintura.
—Bien, ya me quité de encima —Naraku jugueteó con sus manos hasta hacer resbalar la sábana por sus hombros, dejando su torso al descubierto—. Puedes estar arriba de mí otra vez, si tanto te molesta.
No pudo evitar aceptar que ya para esas alturas le había entrado un calor brutal y sofocante en el cuerpo, exigiendo ser apagado en ese mismo instante. Tampoco podría negar, y menos después de un año de relación de amigos con derechos, que se derretía como un cono de nieve en el día más caluroso de verano cuando él se atrevía a observarla con ese perverso deseo recorriéndola por completo, con su mirada penetrante y rojiza lamiendo cada espacio y rincón de su cuerpo. La sola imagen le hacía temblar las rodillas y para cuando acordó, ya se encontraba meciéndose suavemente sobre la nueva erección de él, rozándose contra su entrepierna, molestándolo un poco con la idea de dejarlo entrar o no.
—¿Te gusta sentirte dominado, entonces? —Kagura se meció un poco más, con su tono de voz voluptuoso y moviendo juguetonamente su cabello, ya despeinado y rebelde a esas alturas de las cosas.
—No, pero es una linda vista —Pareció cansarse de dejarse dominar por la coquetería cruel de Kagura. La levantó apenas y en un rápido movimiento la penetró de golpe. Ella soltó un fuerte gemido por el repentino movimiento y se estremeció, mientras Naraku jadeada quedamente.
Cuando ella encajó las uñas en su pecho y apenas lista para moverse, el hombre la tomó de los brazos y la jaló con brusquedad hacia él, sujetándola con fuerza y abrazando su cintura para comenzar a embestirla salvajemente, usando toda la energía renovada que le daban sus piernas y cadera.
Kagura no tardó en gemir al sentirse tan sujeta con sus brazos alrededor de su cintura, sin dejarla moverse. Sintiéndose irremediablemente a su merced y excitada de un segundo a otro trató de sujetarse de las sábanas, ronroneando de manera sensual en el oído de él, quien al escucharla aumentó un poco más el ritmo, dejándola a ella al borde de la locura. Ni siquiera le importó cuando luego de unos instantes la chica comenzó a agarrarse de su cabello, jalándolo brutalmente, pero valía la pena aguantar eso si a cambio la escuchaba rogarle más y ver ese lindo rostro de gruñona presa de un irrefrenable placer al cual no se podía negar.
Luego de unos momentos de sentir con todo su cuerpo el portentoso brío del maldito bastardo de Naraku, que siempre lograba enviciarle el carácter de acero del cual ella presumía tanto, Kagura sintió una suave caricia en su retaguardia. No pudo voltear a ver, pero tampoco pudo evitar sonreír complacida cuando la sintió, dándose cuenta también que la sábana ya hacía rato había resbalado por su cuerpo, quedando enredada aparatosamente por su cintura y sus piernas.
Adivinó que Naraku jugaba con un nuevo y raro trucó. Exploraba una de sus nalgas, la de la mordida, con una suavidad que no era propia de él y que jamás había sentido. Parecía querer tentarla a otras perversiones que ya la había convencido de hacer antes, jugueteando sobre su piel y la curva de esta sólo con la punta de sus dedos, acariciándola con sus yemas casi con ternura.
Lo que le pareció extraño fue que usara esa táctica tan sutil y discreta, usualmente le decía simplemente y sin pudor lo que se le antojaba hacer y esperaba que ella dijera que sí como si tal cosa (por supuesto, que le tomaba su tiempo convencerla, incluso si a ella se le antojaba hacerlo también, pero se divertía mortificarlo), o simplemente se lanzaba a la brava a ver si la convencía en el "momento" (lo cual le costaba siempre un par de rasguños hasta una lluvia de insultos dignos de un camionero).
Aún así se vio tentada, dispuesta a probar lo que él propusiera por esa noche, sobre todo luego de pasar tantas semanas apenas viéndolo y verse privada de aquellos placeres carnales.
—Ahora que tienes tus manos ahí —Ronroneó en su oído, aligerando la mano que lo sujetaba del cabello—, puedes darme una nalgada si quieres. Una fuerte.
Naraku frunció el ceño y se detuvo en seco, mirándola desconcertado. Ella se preguntó por qué diablos se detenía y sintió ganas de arrancarle los ojos con las uñas, pero la respuesta llegó rápido.
—¿De qué hablas? No tengo mis manos en tu trasero —Para comprobar su afirmación apartó las manos de su cintura y se las mostró, ambas, a cada lado de su cabeza. Kagura abrió los ojos de par en par, aún sintiendo la suave y discreta caricia en su nalga derecha. Un escalofrío la recorrió dejándola paralizada unos momentos.
—Si no me estás tocando el trasero… ¿entonces quién está…?
Volteó la cabeza lentamente, con intenciones de descubrir qué diablos la toqueteaba desvergonzadamente si se supone que sólo estaban ellos dos en el departamento, que sólo faltaba que estuviera Bankotsu escondido por ahí y ella en medio de una trampa para montar un trío con esos dos idiotas, que tampoco le pareció una mala idea, francamente. Si ya casi se podía imaginar a sí misma entre Naraku, con Bankotsu aparecieron tras ella y susurrándole al oído: "vamos, preciosa. Déjate querer". Hasta le entraba un calor brutal y todo sólo de pensar en tener a esos dos machos imbéciles para ella solita.
Se quitó esas ideas de la cabeza cuando vio el par de montes que formaban sus nalgas, y vio sobre uno de ellos, en la parte más alta, a una tarántula muy similar, sino es que igual, a la que le obsequio a Naraku en Navidad y que encima la mordió en el mismo lugar donde estaba parada.
—¡Hija de la gran puta! —gritó Kagura, quien comenzó a retorcerse intentando quitársela de encima—. ¡Quítamela, quítamela!
Finalmente, aterrorizada, se la sacó de encima de un brusco manotazo y el enorme y peludo arácnido desapareció de su vista. Con el susto y con el corazón a mil por hora intentó levantarse, pero lo único que logró fue que su pierna rozara el borde de la cama, haciéndola perder el equilibrio y cayendo estrepitosamente, llevándose con ella la sábana y dejando a Naraku desnudo y confundido (e insatisfecho) sobre el colchón.
El hombre pensó que Kagura debió dejar a la estúpida araña sobre ella, porque cuando la vio se movió tanto como nunca lo había hecho en su vida.
La pobre chica quedó algo atolondrada al caer al suelo, pero de inmediato reaccionó al no tener a la araña a su vista, y comenzó a retorcerse y temblar violentamente.
—¡¿Qué mierda hace una tarántula aquí?!
—No te pongas así de histérica, aún no le compro una pecera decente, así que la tengo suelta por todo el departamento —Naraku apenas se disponía a levantarse, pero antes de poder hacer nada y como si la hubieran invocado, Kagura sintió la misma caricia que sintió en su nalga pero esta vez en la cabeza, moviéndose suavemente hasta que alcanzó su frente, que ardía. Entonces vio un par de patas gruesas como cables y tapizadas de largos pelos marrones surcando su vista inmediata.
Pegó el grito más desgarrador y agudo de toda su puta existencia mientras la araña seguía moviéndose hacia su rostro, provocando que Naraku se tapara los oídos.
—¡Quítamela, joder, quítamela! ¡Me va a morder! ¡Haz algo! —Pidió a gritos, sin atreverse a mover un músculo mientras la observaba más de cerca que nunca.
—¡Cállate! ¡Me vas a dejar sordo, histérica! —reclamó Naraku, aún protegiendo sus oídos.
—¡Entonces haz algo de una puta vez!
Se sentó sobre la cama, disfrutando unos instantes y viendo a Kagura patéticamente tirada a un lado del colchón, con la sábana enredada por todo su cuerpo y con una teta al aire, y como mejor accesorio la gigantesca tarántula ocultando su lindo y ahora deformado rostro por el espanto y la repulsión. Daban ganas de tomarle una foto y ponerla en el álbum familiar o ponerla de portada en un libro escrito por él y titulado: "Cómo tratar con tu follaamiga histérica. Basado en hechos reales".
Seamos sinceros, sería un puto best-seller, y más si no censuraban las tetas de Kagura en la portada.
Naraku se quitó esas ideas de la cabeza (perdería en definitiva las pelotas si dejaba evidencia como esa; Kagura le arrancaría un huevo y su padre el otro, seguro) y acercó sus manos gentilmente a la araña, quien al verlo acercarse subió a ellas y se acomodó como un pequeño y tierno cachorro de gato.
Cuando Kagura la vio juguetear y corretear alegremente por las manos juntas de su novio-amigo-lo-que-sea (la mierda peluda esa era más grande que las manos de él), pegó otro grito de miedo.
—¡Cierra la boca! —exigió Naraku, protegiendo con una de sus manos al arácnido—. Vas a espantar a Nancy si sigues gritando como posesa, y cuando se asusta suelta sus pelos.
La chica se detuvo en un instante, sudando frío y sintiendo que el corazón se le iba a salir disparado por la boca. Respiró agitadamente, intentando recuperar el aliento, y miró hacia arriba desconcertada.
—¿Qué? ¿Quién carajos es Nancy? ¿De qué hablas?
Naraku entornó los ojos como si no fuera obvio al verse atosigado por las preguntas de ella.
—¿Cómo que quién es? Ella es mi pequeña amiga Nancy —Se la acercó un poco, aún teniendo el arácnido en sus manos, y ella pegó otro grito alejándose torpemente. Él contestó relajadamente sin entender por qué el escándalo—. ¿Por qué gritas como loca? Es la tarántula que me obsequiaste en Navidad.
—¿Adoptaste a la puta araña? ¡¿Estás loco, o eres más imbécil de lo que pareces?!
—¡No te dirijas a ella de esa forma! —reclamó Naraku, con su glacial y cruel mirada ensombrecida—. Se llama Nancy, no "puta araña". Más respeto para mis amigas, Kagura. Maldición, no seas tan celosa.
La aludida se levantó torpemente, cubriéndose el cuerpo con la sábana y enfrentándolo como nunca lo había hecho. No podía creer que el idiota de su novio se quedara realmente con su lindo regalo navideño que la mandó al hospital (¡maldita araña celosa!) y que, lo peor de todo… ¡la nombrara Nancy!
¿De dónde diablos se había sacado ese nombre, para empezar? ¿Y cómo sabía que era hembra? ¿Y por qué putas la defendía? ¡Sólo era una estúpida araña sin sentimientos que por lo visto sólo vivía para buscar a quién morderle el trasero!
¡Oh, encima le decía que estaba celosa! ¡Ella, ella, de esa vil araña!
—¡Estás loco de remate! ¿Cómo se te ocurre quedarte con ella? —Apuntó al arácnido acusadoramente—. ¡Estaba sobre mi nalga! ¡La misma, en la derecha! ¡Me quería morder, otra vez! ¿Y tú defendiéndola? ¿Acaso perdiste la cabeza cuando te caíste en la nieve y quedaste idiota?
—Veamos, creo que tu relación con la pequeña Nancy empezó con el píe izquierdo —Ella lo fulminó con sus rojizos ojos y Naraku soltó un suspiro resignado—. Bueno, la nalga derecha si así lo prefieres, pero eso se puede arreglar, querida —Con su dedo le hizo un pequeño cariño al peludo lomo de la araña, quien parecía contenta—. Para empezar, ella no te quería morder, sólo te estaba saludando.
—¡¿Trepándose en mi trasero o qué?!
—¡Pues claro! Se encariñó con él. ¿Quién no amaría tu lindo trasero? Deberías de sentirte halagada, malagradecida.
Kagura se dio el facepalm de su vida, sentía que estaba hablando con un freak de las arañas (bueno, era el pasatiempo favorito de Naraku, después de todo). Un freak que casi aseguraba que hablaba con esos feos bichos, y no sabía con qué proseguir ante tanto puto y desquiciado fanatismo por ese animal tan repulsivo. ¿No podía estar enamorado de su auto del futbol como un hombre normal? ¡No, tenía que ser de una araña! Y definitivamente, Naraku necesitaba de una o dos camisas de fuerza y alejarlo de todo programa o libro sobre la aracnología, incluso de esos churros de películas que le encantaban como "El ataque de las arañas mutantes". ¡Estaba loco! ¡El cabrón creía que podía hablar con las arañas, desde niño!
Y ni hablar del tema de Spider-Man. En una ocasión, con tiernos siete años, el muy imbécil pensó que sería buena idea arrojarse del segundo piso de la escuela creyendo que si presionaba su muñeca le saldría telaraña por ahí para sujetarse y saltarse las clases. Resultado: un brazo fracturado y un buen golpe en la cabeza, más la semana donde ella se la pasó riéndose de él (hasta le firmó el yeso y todo, diciéndole que era un tonto; groserías de niños).
Ahora Kagura comprendía por qué de adulto era tan estúpido y por qué se le había hecho tan fácil escapar de su padre saltando por el balcón de su habitación en Navidad.
—¿Acaso de bebé te dejaron caer al suelo y te golpeaste la cabeza? —rezongó Kagura apretando con fuerza el puño que sostenía la sábana sobre su cuerpo, ignorando los muchos golpes que Naraku se había dado a lo largo de su vida y que le daban una respuesta clara. Él simplemente entornó los ojos.
Era un incomprendido, las arañas y él. Por eso se entendían.
—Como siempre, mi querida Kagura, eres demasiado obtusa como para comprender la enorme magnificencia de animales tan imponentes como las tarántulas. Te compadezco.
Oh, sí, o lo habían dejado caer de bebé o había quedado idiota luego de la contusión en la nieve, o la escapa por el balcón, o su caída imitando a Spider-Man.
—¡Y una mierda! —espetó ella—. Yo no pienso convivir con esa fea cosa peluda. ¡Esto se acabo, voy a poner orden aquí! —Hizo amago de darse la vuelta, hasta que reparó en el hecho de que Naraku seguía completamente desnudo.
No era la imagen más sensual de todas, a pesar de su trabajado cuerpo. Con su cabello larguísimo y despeinado, ondulado de manera salvaje, en cueros como Dios lo trajo al mundo y con la araña en su mano, parecía un hippie o un Tarzán moderno que había decidido irse a vivir al Amazonas y pasearse desnudo para convertirse en el Señor de las Arañas.
—Por cierto, ponte unos malditos pantalones y cúbrete también tu fea y peluda cosa —agregó apuntando a cierta anatomía masculina de su cuerpo. Luego pegó media vuelta y se dirigió a la cocina, medio tropezando con la sábana. Naraku negó con la cabeza unos instantes, sintiendo lástima por ella así como sentía lástima por todos aquellos que no respetaban a las arañas y que no comprendían el poder que ellas poseían.
Y además, su cosa no era fea. Tal vez algo peluda como todos los hombres, pero ni que fuera gay para depilarse, esas cosas se las dejaba a Byakuya o Jakotsu.
—No te preocupes, amiga —dijo Naraku gentilmente a Nancy, dejándola sobre la cama, procurando ponerla sobre una mullida almohada—. Esa bruja histérica no te hará daño.
—¡Te escuché, idiota! —gritó Kagura desde la cocina, llamando más la atención de Naraku cuando escuchó cómo ella abría todos los cajones y alacenas de la cocina y revolvía con prisa las cosas guardadas dentro.
—¿Qué diablos estás haciendo? —pregunto el hombre desde la habitación, tratando de asomarse fuera mientras se ponía los pantalones.
—¡¿Dónde está el insecticida?!
El abogado sintió que la sangre se le iba hasta los pies, dejándole el rostro lívido. Un frío helado y penetrante carcomió su estomagado al escuchar la palabra "insecticida" salir de la boca de su malhumorada amiga. Miró a Nancy, aún sobre la almohada, y juró haberla visto temblar.
—¡Olvídalo, ya lo encontré! —aclaró la muchacha, seguido de una carcajada cruel y macabra que resonó por todo el departamento.
—¡¿Qué piensas hacer?! —Naraku se levantó de la cama, terminando de cerrar la bragueta de su pantalón. Para cuando acordó Kagura se encontraba en la entrada de la cocina, con una cara de maniática que no podía con ella y sosteniendo la lata de insecticida en una mano, con un dedo sobre el letal atomizador. El blanco foco de la cocina dándole a contraluz la hacía lucir como una ama de casa desquiciada haciendo el más bizarro comercial de insecticida.
—¿Tú qué crees…? —murmuró con un sonrisa sádica surcando su bello rostro, haciéndola lucir más mortal que nunca, como una fría asesina que disfruta derramar sangre—. Voy a matar a esa maldita de Nancy.
—¡No!
Kagura se abalanzó dentro de la habitación, sosteniendo la lata en alto e ignorando el grito de él. Naraku, reaccionando rápido, se fue contra ella y la detuvo a medio camino, impidiéndole seguir más adentro y dejando fuera de su alcance a Nancy.
—¡Suelta el insecticida! —exigió cuando de un momento a otro se encontró enfrascada en una lucha encarnizada contra Naraku, quien intentaba arrancarle la lata de veneno de las manos—. ¡Esa maldita y estúpida araña se va a ir al otro mundo! ¡Y tú no me vas a detener!
—¡Ya basta, Kagura, te portas como una loca! —Naraku jaló la lata, pero no fue capaz de quitársela de las manos—. ¡Ella ya se disculpó por la mordida, Nancy sólo estaba alterada!
—¡No estaba alterada, estaba celosa, por eso me mordió! ¡Y deja ya tu parloteo sobre arañas, y dame eso! —Siguió luchando con uñas y dientes por seguir con la lata en sus manos, pero para cuando acordó y de un brusco jaloneo él ya la tenía en sus manos, alejándola de ella. Kagura estaba a nada de trepársele encima a Naraku para conseguir lo que era la peor pesadilla de cualquier bicho rastrero.
—¡Dame eso!
—¡No! —contestó Naraku con firmeza—. ¡No voy a permitir que mates a Nancy!
—¡La puta araña o yo, cabrón!
Se detuvo en un instante, mirándola impactado, sin poder creer que Kagura finalmente había recurrido a la clásica artimaña femenina de ponerlo en el terrible dilema de decidir entre la chica o su otra chica.
¡Eso no era justo! Sin contar que convertía a Nancy en el tercer miembro del triangulo amoroso más maldito y bizarro de la historia. Todo aquello le producía un pinchazo de dolor a Naraku, justo en el pecho, en el medio de su negro y vil corazón amante de las arañas y las chicas malhumoradas que no tenían miedo de patearle el trasero.
—No me puedes poner a decidir, Kagura. No es una puta telenovela.
—¡Sí que puedo! ¡La perra de Nancy o yo!
—¡No es una perra, es una araña! —corrigió al punto de la locura. Como para apoyarlo ambos escucharon un silbido agresivo proveniente de la almohada, producto de la señal de advertencia de ataque que el hombre, experto en arañas, identificó en su pequeña y peluda amiga.
Para toda respuesta Kagura miró con repulsión a Nancy y le levantó el dedo medio.
¡Oh, pero si estaba muerta de celos! Pensó Naraku, no sin cierto sentimiento de orgullo masculino recorriéndolo. Las chicas se morían y peleaban por él, ¿qué podía hacer? No era su culpa ser tan sensual. También pensó que Kagura no debía provocar a Nancy; en cualquier momento la hacía enojar en serio y la mordía otra vez.
—Ya te dije que no me voy a deshacer de ella —afirmó, sacándola de su pelea de miradas con Nancy—. Además, fue tu obsequio de Navidad, ¿Por qué me desharía de ella?
—¡Porque es una tarántula, una tarántula venenosa!
—No seas tonta, Kagura. Su veneno ni siquiera es mortal —aclaró pacientemente él. ¡Oh, la ignorancia! Veían una araña enorme y la gente salía corriendo despavorida, juzgando a la primera y sin darse cinco minutos para conocer al arácnido en cuestión.
—Me importa una mierda si es mortal o no. ¡Deshazte de ella!
—¡No haré eso, y tú no me vas a ordenar nada! ¿Quién demonios te crees que eres?
Kagura en ese instante soltó una femenina risa: es decir, irónica y muy peligrosa. Hizo una mueca extraña, como de "¿en serio, malnacido? Pues ya verás" y agitó los brazos teatralmente, anunciando su siguiente jugada.
—Ah… pues muy bien, ¡muy bien, Naraku querido! —exclamó, poniendo ambas manos sobre la cadera—. Como quieres y amas tanto a esa perra de Nancy y la prefieres más que a mí, la cual por cierto me mordió en una nalga, por si se te olvida, pues entonces tú olvídate de darme de nalgadas, hacerlo de perrito o tener sexo por otros lados. ¡Olvídate de todo eso!
Naraku se quedó paralizado con la amenaza de Kagura, parado en su sitio sin saber qué decir ni cómo reaccionar, aguantándose las ganas de gritarle que era una vil arpía y de las peores. ¡¿Cómo se atrevía a negarle a él esos placeres?! ¡Encima de todo eran las cosas que más le gustaba hacer con ella! (sobre todo porque era la única que conocía que se dejara hacer todo eso de buena gana y con una sonrisa perversa en los labios. Hasta le permitía llamarla "perra" y todo).
Ponerlo a decidir entre su pequeña Nancy y el increíble sexo que tenía con ella era como una grosería tirada en pleno rostro, directo a su quisquilloso orgullo, pero la firme determinación en el rostro de la muchacha no dio para dudar de ella ni un ápice. Jamás se había visto en tamaña encrucijada, ¡en tan difícil y cruel dilema!
—No puedes prohibirme eso, ¡es lo que más me gusta hacer! —reclamó Naraku con dureza—. Y a ti también te gusta hacerlo, no te hagas la tonta.
—Ya te lo dije y te lo vuelvo a decir, a ver si se te mete en tu pequeño cerebro de araña. No haremos nada de eso hasta que te deshagas de Nancy, o que por lo menos la metas en una pecera decente, o mejor, en una jaula electrificada.
Naraku se negó en rotundo a aceptar aquel trato tan disparatado. Mucho menos torturar a su amiga dentro de una jaula electrificada; si ya se imaginaba despertando cualquier mañana por el olor a pollo asado (con eso que dicen de que las tarántulas saben a pollo).
Se rehusó también a encerrarla a cal y canto como la más terrible de las criminales tan injustamente, sin dejarla salir cuando se le diera la gana. Él creía firmemente en los derechos de las arañas de toda clase, incluso estaba en contra de su consumo humano o en su experimentación (vamos, se consideraba vegetariano de carne de arañas, era mucho mejor persona que esos malditos de Greenpeace, ¡claro que sí!), no iba a dejar que las histerias de Kagura, por mucho que la chica le gustara y lo sedujera, desplazaran tan vilmente a su amiga peluda y tiraran abajo sus principios e ideales.
—Pues muy bien, también olvídate de hacerte sexo oral y usar las esposas —afirmó Kagura fingiendo indiferencia luego de las constantes negativas de él, aunque eso le costara privarse también del sexo oral para ella (sobre todo cuando él la esposaba a la cama, eso le metía una emoción delirante y malsana cuando recibía las atenciones de la ágil boca de Naraku).
Él no estaba mucho mejor, la condenada de Kagura daba unas atenciones a su mejor amigo que lo hacían retorcerse de placer y lo mandaban al cielo, e imaginarse sin ellas en el juego previo o en cualquier momento donde les ganaba la calentura traviesa era como el infierno. ¡Le estaba quitando todo! Sin contar que hasta le causaba pesar que sus dos mejores amigas se negaran a llevarse bien.
En un intento desesperado por hacerla entrar en razón, de que dejara las diferencias con Nancy y volvieran a empezar su relación de cero, Naraku se sintió presa de un fulminante ataque de sinceridad como jamás en su miserable vida lo había tenido. Sólo quería a sus dos chicas con él, ¿acaso eso era mucho pedir? ¿Acaso era demasiado pedirle a Kagura que conviviera con la naturaleza?
Sin saber muy bien qué hacía, Naraku la jaló del brazo y la aproximó a él hasta dejarla muy cerca de su cuerpo (eso sí, no soltó por nada del mundo la lata de insecticida), y la miró directamente a sus iracundos ojos que soltaban chispas mientras intentaba zafarse de su agarre.
—Vamos, Kagura, no me hagas esto —La aludida frunció el ceño, confundida, cuando vio cómo Naraku trataba de articular una siguiente frase. Le costó mucho trabajo y un par de murmullos, hasta que finalmente logró sacarse de la boca la profunda sinceridad que pugnaba por salir con desesperación, dejándola a ella más atónita que nunca—. En serio que las quiero muchísimo a las dos.
Ese habría sido el momento perfecto para que Naraku finalmente sentara cabeza con ella y que, luego de un año de relación, finalmente le pidiera dejar de ser sólo follaamigos y pedirle que fuera su novia oficial (algo que Kagura venía esperando desde semanas atrás, muy a su pesar y contra toda razón), pero no… no le había pedido ser su novia. Le había dicho que la quería, eso a manera de Naraku se podría haber traducido al clásico cliché de "¿quieres ser mi novia?"
Pero no, sólo le había dicho que la quería muchísimo, sí… tanto como a Nancy.
¡Esa perra/araña de Nancy le estaba quitando a su chico! ¡A su Naraku!
Kagura no se dio ni tiempo, ni las ganas, de ponerse a pelear o reclamar su ineptitud emocional, o reclamarle que no pensaba en ella a pesar de ser amigos desde hace años y ahora amantes. Simplemente entró en una especie de trance, en un estado de shock que la dejó atónita e imposibilitada para pelear con él como tanto le gustaba.
—No puedo creerlo… —murmuró Kagura, soltándose del agarre de Naraku lentamente, como hipnotizada—. En serio tiene que ser una puta broma —repitió en voz baja, ignorando a Nancy, quien observaba con sus múltiples ojitos toda la escena, triunfal, mientras Kagura susurraba derrotada y enojada en partes iguales al tiempo que tomaba su ropa y se vestía lentamente.
—Es increíble. Yo no estoy para estas babosadas, metida en el triangulo amoroso más bizarro de toda la maldita historia y lidiando con un chico enamorado de su araña. Estas cosas sólo me pasan a mí. ¡Esta situación roza la zoofilia, por todos los cielos!
—¿Qué tanto murmuras? —espetó Naraku de mala gana, tomando a Nancy entre sus manos y haciéndole una caricia en la peluda cabeza.
—Rezando y repitiéndome lo idiota que eres, nada nuevo —masculló poniéndose encima su abrigo purpura, lista para salir al tiempo que tomaba su bolso.
—¿En serio te vas? —inquirió, mientras ella miraba con repulsión a la araña entre las ahora protectoras manos del hombre.
—Ya te dije que no pienso poner un pie en ese departamento mientras esa perra esté suelta.
—Ya te dije que no es una perra, es una araña.
—¡Ya cállate y deja de defenderla! —exclamó, súbitamente enojada nuevamente—. No, ¿sabes qué? Olvídalo. Y olvídate del sexo y todo lo que te dije. Si quieres tener sexo conmigo tendrás que pagar un hotel, a ver si se te quita lo tacaño, porque en mi casa, ni pensarlo. No luego de Navidad.
—Vamos, no es para tanto. Tu madre me dijo que las balas eran de salva —aclaró Naraku con una sonrisa de suficiencia, como diciendo "ni la muerte, ni los Yakuzas, ni los padres psicópatas pueden conmigo".
—Así es, mi padre sólo quería darte el susto de tu vida —Kagura cerró pacientemente los ojos, para luego abrirlos como una bestia haciéndose la muerta y luego abalanzándose a atacar—, pero la próxima vez créeme que serán balas de verdad.
—Puedo con eso —El exceso de confianza en él asqueó a la chica como jamás pensó. A veces de plano que no soportaba su egocentrismo.
—Ay, claro, por eso terminaste corriendo por la calle en calzones y con una contusión en la cabeza. ¡Inuyasha y sus amigos tuvieron que ayudarte, tarado! —El abogado estuvo a punto de argumentar algo en su defensa, pero ella siguió hablando como merolico—. Y ya te lo dije, mientras tengas a esa cosa peluda rondando por aquí, nada de nalgadas, hacerlo de perrito, sexo por otros lados, ni sexo oral ni esposas. Me largo.
Antes de que pudiese detenerla, ella corrió a la puerta y salió del departamento con un fuerte portazo que hizo temblar las paredes, encrespando a Nancy, quien se estremeció en las manos de Naraku, silbando con fuerza, como si gritara "¡Y no vuelvas, humana estúpida!"
El hombre negó con la cabeza levemente y le dio una breve caricia a su mascota para que se calmara. Luego la puso frente a su rostro y sonrió con malicia.
—Qué lástima. No es mi culpa que todas mueran por mí, ¿cierto, Nancy? —La aludida pareció entender, porque enseguida levantó ambas patas delanteras y movió el lomo graciosamente, aún escuchando los berridos de enojo de Kagura mientras esta bajaba las escaleras del edificio de departamentos.
Kagura bajó a toda prisa y hasta sus oídos llegó el sonido del espectáculo de fuegos artificiales que celebraba la entrada del Año Nuevo. Cuando llegó a la calle se topó con mares de gente que iban y venían con golosinas en las manos, celebrando, charlando y riendo alegremente entre ellos. Algunos se dirigían a los puntos donde los fuegos artificiales se veían mejor y otros se alejaban, buscando fiesta por otros lados.
Las coloridas luces de las explosiones en el amplio cielo oscuro no animaron en lo más mínimo a Kagura, quien en cierto punto de su recorrido regreso a casa, se percató de que caminaba por la acera lentamente, de manera pesada, y que su mirada estaba perdida. Toda ella parecía un zombie bien conservado que aún no se pudría. Pero no pudo evitar mandar esa imagen. Incluso hubo quienes mejor le sacaron la vuelta, creyéndola drogada.
Todos celebraban el inicio de un nuevo año lleno de esperanza, elevando plegarias al cielo pidiendo que el 2014 fuera un mejor año, con más prosperidad, logros y metas cumplidas con éxito. Kagura no se sentía animada ni optimista por ello. Se sentía extrañamente perdida, sin saber muy bien qué hacer o cómo reaccionar.
Había comenzado el año con una batalla perdida. ¿Y cómo no hacerlo? Su novio la quería tanto como a una araña. Una araña café, llena de pelos alérgicos, era más capaz de ganarse el amor de Naraku que ella… o lo que fuera que residiera en el oscuro corazón del bastardo de Naraku, si es que tenía uno.
No estaba rivalizando contra una chica que fuera más inteligente, o astuta, o guapa, o mejor en la cama, ¡estaba rivalizando contra una maldita araña! ¡La misma araña que la había picado en una nalga!
Cosa irónica que ella misma se la regalara a Naraku, ¡se supone que ni siquiera era un regalo, se supone debía ser una broma de mal gusto! Maldijo una y otra vez el momento en que compró al jodido arácnido. Lo que se sacaba por querer pasarse de lista.
¿Sería mentalmente sano considerar a una miserable tarántula como su enemiga? Se preguntó Kagura.
No lo sabía, ni le interesaba saberlo. Nadie podía culparla, aquello era como para deprimirse en serio, y si Naraku la viera en ese estado ya casi lo podía imaginar susurrando a su oído sensualmente y diciéndole: "mami, no estés triste, soy tu papi todavía".
¡Sí, claro!
Ella no quería pelear más por esa noche, sólo quería llegar a casa y recordar las sabias palabras que su padre le decía constantemente, advirtiéndole que no se enredara con Naraku, que era un mal hombre, un patán de los peores, que la haría sufrir y mucho etcétera. ¡Debió hacerle caso, ella y sus ganas de llevarle la contra siempre!
Ni siquiera era un mujeriego, Naraku no era de irse por ahí a cazar chicas; más bien se obsesionada largo tiempo por una y listo, ¡pero sí ponía a una araña a su misma altura! ¡Una araña, y peluda!
Por esa noche no quería más. Sí, lo aceptaba, Nancy había ganado, pero sólo una batalla, ¡no la guerra!
Luego de unas pocas semanas de vivir con la agradable compañía de la peluda Nancy y reñir constantemente con Kagura, quien seguía firme en su posición de no dejarse vencer por una estúpida araña, Naraku encontró más relajante que nunca el baño de tina y esponja que se dio luego de ducharse todos los días, a la brava, bajo la regadera y con el ambiente helado del invierno tardío que anunciaba de a poco la llegada de la primavera y comenzaba a derretir la nieve.
Un buen día salió del baño en medio de una nube de denso vapor blanco, envolviendo su cuerpo de la cintura hacia abajo y secando su cabello distraídamente, chocando un par de veces con los muebles del lugar mientras se dirigía a su habitación, no sin soltar una que otra grosería.
En ese instante, contra todo pronóstico de lo que el abogado hubiese esperado para esa apacible tarde, escuchó entonces un sonido extraño, nunca antes experimentado ni oído, tronar en el suelo que él pisaba con firmeza y seguridad todos los días.
El peculiar "¡crack!", el sonido que lo dejó aturdido unos instantes, lo obligó a bajar la vista, sólo para encontrarse con un repugnante batido marrón inundando la planta de uno de sus pies.
Se quedó paralizado unos segundos, observando aquella papilla, hasta que comprendió lo que había pasado, cuando vio entre todo ese reguero de entrañas pálidas y viscosas, como si se tratase de una corona de muerte, el conjunto de patas quebradas y aplastadas de su fiel amiga Nancy, quien jamás volvería a usarlas.
Kagura interrumpió de mala gana su ritual de masajear sus pies y calentarlos cuando escuchó el tono de llamada de su celular inundar la sala de ensayos, mientras unas bailarinas de la compañía mostraban al coreógrafo con excelsa gracia los pasos nuevos de la siguiente obra que presentarían.
Sacó su celular a prisa; el pianista le dirigió una mirada desdeñosa al escuchar por encima de la bella música de Tchaikovsky que tocaba, el estridente tono de música electrónica que salía del móvil. La bailarina contestó rápidamente, no sin antes hacer una mueca de fastidio al ver el nombre de quien la llamaba.
—¿Qué quieres, Naraku? Estoy en ensayo —contestó de mala gana, saliendo de la sala para poder hablar a gusto.
—¡Es Nancy! —Dijeron del otro lado de la línea, al tiempo que la muchacha entornaba los ojos al escuchar el repulsivo nombre de la araña que le había robado el cariño de su amante, más con ese tono tan desesperado que salía de la boca del mismo.
Además, no estaba de humor para hablar de la querida Nancy. Hace pocos días les habían dado los papeles de la nueva obra que presentarían, "La Bella Durmiente", y en lugar de darle el protagónico a ella (que consideraba se lo merecía), le habían dado el papel de Carabosse, ¡la jodida hada malvada!
Bueno, al menos su vestuario sería espectacular, interpretaría a una villana siniestra y no a una princesa en apuros que tocaba lo que no debía y encima le pondría una maldición a la muy ingenua.
Oh… Kagura entendió en ese instante por qué le habían dado justo a ella el papel de la villana de la obra.
—¿Y qué con ella?
—¡La pisé, Kagura, la pisé! —La aludida por unos instantes juró escuchar que Naraku lloriqueaba ligeramente, o que por lo menos le costaba trabajo hablar. Luego pensó que su imaginación le jugaba una mala broma. Ese tipo no lloraría ni por su propia madre.
—¿Qué?
—Cuando salía del baño luego de ducharle… iba distraído secándome el cabello y de pronto sólo escuché un "¡crack!" debajo de mí. Se trataba de Nancy, justo cuando la pisé —explicó Naraku atropelladamente. Se escuchaba claramente aturdido desde el otro lado del teléfono y Kagura no pudo evitar sonreír con malicia.
—Oh, qué pena… estoy tan triste —contestó, sin poder esconder el tono sarcástico e hipócrita de su tono al saber a Nancy muerta por la propia mano (pie) de Naraku.
¡Ja! ¿Qué una vil y miserable araña le iba a quitar su lugar? ¡Claro que no! Bien lo había dicho ella, tal vez Nancy ganara una batalla, más no la guerra.
¡La victoria era para Kagura! Había ganado la guerra, ¡y de qué manera!
—Sé que en el fondo la querías, no te hagas la tonta —murmuró Naraku, aún sonando aturdido y ciego ante todo—. Lo sé porque si no, no me la hubieses obsequiado.
—Este… sí, claro… —El tono de ella no era nada convincente, pero en el doloroso estado en el que el hombre estaba, se encontraba demasiado vulnerable para notar la burla y el sarcasmo en la voz de su amiga, ahora única amiga—. Escucha, tengo ensayo y te tengo que dejar…
—Quiero hacerle un funeral a Nancy.
—¡¿Qué?! —gritaron del otro lado, tanto que Naraku se separó el móvil de la oreja—. ¿Quieres hacerle un puto funeral a tu araña?
—Y tú tienes que asistir —exigió con dureza, a manera de orden, a pesar de que en la soledad, ahora en la completa soledad de su departamento, se limpiaba los insípidos mocos con un pañuelo.
—¡Oh, no! ¡Estás pero si bien rematadamente loco! Yo no iría ni a tu jodido funeral, ¿y esperas que asista al de tu mascota?
—¿Por qué no? No es un favor, te lo estoy ordenando —inquirió el joven como si tal cosa—. Gracias a ti conocí a Nancy. Tú más que nadie debe estar ahí.
Sí, definitivamente aquel golpe en la cabeza lo había dejado más idiota de lo que ya era. Lástima que no le quitara lo patán.
—¡No, yo no iré! Sentiré que estoy haciendo la cosa más idiota de todas —afirmó con fuerza la muchacha.
—No puedo creer que me hayas convencido —espetó Kagura de mala gana, observando con desprecio la caja de zapatos que descansaba junto a uno de los árboles del parque a un par de cuadras del departamento de Naraku. A su lado también se encontraba una pequeña pala y un agujero en la tierra.
Él no le prestó demasiada atención y acarició con gentileza la tapa cerrada de la caja de zapatos, murmurando unas palabras que ella no alcanzó a escuchar, ignorando también el escándalo de los niños que jugaban a unos cuantos metros entre columpios y resbaladillas. ¿Qué mejor forma de ver un funeral preparado por el mismísimo Naraku? ¡Convertir un parque público en un cementerio de animales! Sólo faltaba que se hubiese inspirado de Stephen King.
—Te dije que vendrías —afirmó él poniéndose de pie. Kagura entornó los ojos.
—Si no venía no dejarías de joderme la vida.
Él no contestó nada, siguió mirando idiotizado la caja que contenía el cuerpo de Nancy. No había querido abrirla ni mostrar el cadáver a Kagura, la única asiste e invitada del bizarro funeral. Aquello era una ceremonia privada, sólo los más allegados a la difunda Nancy; no quería morbosos alrededor de tan solemne y triste evento. Por eso tampoco había querido abrir la caja, de igual forma para no tener niños inoportunos alrededor fascinados con su mascota muerta, con intenciones de usarla como balón de futbol o asustar a sus madres.
El cuerpo de Nancy había quedado tan destrozado bajo su pie de gigante, que el abogado pensó que ya hasta le había creado un trauma nuevo al verse en la necesidad de despegar la araña aplastada del suelo de su departamento y sus entrañas batidas de su pie.
Otra cosa por la cual tenerle rencor al mundo, claro que sí. A ese paso se convertirá en todo un Hitler.
Cuando la muchacha sintió que el "funeral" se estaba alargando más de la cuenta, mientras Naraku miraba como idiota el finísimo ataúd de Nancy, finalmente se decidió a sacarlo de sus pensamientos y terminar con eso de una buena vez. Sin contar que hasta a ella se le hacía tonto poner una tarántula tan amada (y odiada) en vida en una caja de zapatos vieja para enterrarla en un parque público.
Después de todo, Nancy había sido una rival agresiva y con orgullo que le dio sus buenos dolores de cabeza (y de nalga). Merecía una mejor despedida, ¿no?
—¿Y no prefieres hacerle un funeral vikingo a la pobrecita de Nancy? —preguntó con fastidio. Naraku la miró como si no fuese más que una nenita ingenua que no sabía lo que decía.
—¡No seas tonta, Kagura! ¿Dónde vamos a encontrar un barco de madera tan pequeño para quemarlo?
Para toda respuesta ella se restregó las manos contra el rostro. Joder, esperaba que ningún idiota los estuviera grabando y que el maldito video terminara en un programa americano tipo "Los videos más tontos del mundo", con un montón de malos comediantes haciendo malos chistes sobre ellos.
Pero contando su suertecita de mierda…
Luego de un solemne silencio Naraku tomó un profundo respiro, miró de manera sombría la caja de cartón que contenía los restos de su exótica mascota y cerró los ojos unos instantes, a la vez que Kagura los abría como platos al ver que se llevaba una mano al pecho.
Joder, ahí venía un discurso de despedida, claro que sí, pensó la muchacha. Sólo había que verle la solemne y respetuosa pose a Naraku, hasta parecía que se hacía el cortés y formal en el funeral del mismísimo emperador. Podría parecer raro en él, pero hasta Kagura se daba cuenta que jamás había visto a Naraku tan enamorado y encariñado a algo vivo que no fuera él mismo.
¡Ni siquiera por ella!
Pero en fin, se podía dar el lujo de mostrar, por primera vez en su vida, algo de su vulnerabilidad: era una ceremonia privada, sólo Kagura y él. Podía dejar correr todo su pesar como alcantarilla en mal estado.
—No soy una persona muy sentimental —Empezó el abogado con tono respetuoso y firme—, sin embargo Nancy fue capaz de remover algo en mi negro corazón, y por ello se merece una despedida digna.
Kagura se restregó las manos con fuerza contra el rostro. Ahí vamos…
—Debo confesar que jamás olvidaré el cariño tan incondicional que me brindaste, amiga —prosiguió el hombre—, o la forma en la que me despertabas por la mañana cosquilleándome el cuello.
—"Dios… ¡eso es asqueroso!" —Pensó Kagura con un escalofrío, luchando contra sus ganas de no gritarlo. Ya, que la maldita de Nancy estaba muerta y ella tenía a su querido follaamigo de vuelta, nada le costaba guardar silencio unos segundos… aunque sí le costaba, y mucho. No por tratarse del funeral de una araña, sino por el ridículo sentimentalismo de Naraku. Ya hasta la estaba asustando.
—Ni olvidaré cuando desayunábamos juntos y tú te quedabas en mi hombro como un perico pirata —prosiguió luego de unas palabras que Kagura no escuchó.
—"Sólo falta que se ponga a llorar".
—Sé que no mucha gente te comprendía, y que te envidiaban a muerte —Le echó una desdeñosa mirada a la chica, quien se limitó a rodar los ojos—, pero yo sí te entendía. Te comprendía tan bien como tú lo hacías conmigo. Claramente ambos somos víctimas de esta asquerosa sociedad posmoderna. Una sociedad podrida que no saben apreciar los grandes seres que son los de tu especie. Y ahora me has dejado solo, preguntándome cómo me enfrentaré ahora al mundo sin ti.
—¡Por Dios, Naraku, bájale a tu drama! —exclamó Kagura, ya sin soportar la escena. Incluso le estaban entrando ganas de llorar y todo—. ¡La tuviste contigo sólo un mes!
—¡Kagura, cierra la boca! —respondió él, perdiendo su dramática pose de viudo y adoptando ahora su actitud desvergonzada y dominante—. ¡Ya me quitaste la puta inspiración!
—Me alegra —espetó ella cruzándose de brazos—. Venga ya, terminemos con esto y entiérrala de una vez.
Naraku no le prestó demasiada atención, volviendo a sumergirse en su dolor al recordar por qué y quién estaba ahí. Se hincó y con toda la gentileza y suavidad del mundo, tomó la caja entre sus manos y la colocó dentro del agujero que había cavado junto al árbol, mientras esperaba la llegada de Kagura. Según él, con la caja de cartón degradándose junto al árbol, tarde o temprano el cuerpo de Nancy se fusionaría con la tierra que lo alimentaba, junto a sus raíces y de esa manera viviría por siempre (o al menos, hasta que talaran el árbol o le entrara una plaga).
Kagura esperó paciente, moviendo nerviosamente sus dedos, a que Naraku terminara de echarle la tierra encima al agujero y la caja (por unos instantes le pareció que estaba a punto de llorar o a meter una pierna dentro del pequeño hueco gritando: "¡No se la lleven! ¡Entiérrenme con ella, entiérrenme con ella!") Pero nada de eso sucedió, para su fortuna, que sinceramente no sabría cómo reaccionar ni detener semejante escenita, mucho menos consolarlo. Lo prefería hijo de puta y todo, por lo menos no tenía que fingir tenerle simpatía ni limpiarle las lágrimas y los mocos cual madre.
Cuando finalmente terminó, Kagura tuvo la gentileza (muy a fuerzas) de colocar una rosa sobre el montículo de tierra que formaba la tumba de Nancy, para alivio de Naraku, quien pensó, ingenuamente, que su follaamiga finalmente había hecho las paces con Nancy.
—Dime, por favor, que no necesitas un abrazo… —murmuró Kagura con desconfianza mientras él se ponía de pie y se paraba a su lado. Naraku simplemente negó con la cabeza y se cruzó de brazos. Ella soltó un suspiro de agotamiento antes de seguir—. Bien, ¿y ahora qué?
El hombre se volvió hacia ella con una pose de renovada energía, y le sonrió con una perversidad sensual que la muchacha identificó enseguida.
—¿Pues qué más? Regresemos a mi departamento. Me debes un par de sesiones de sexo desde que me castigaste por Nancy.
—¡¿Qué?! ¿No que estabas triste, imbécil? —La bailarina alzó una ceja acusadoramente, cruzándose de brazos y negándose a hacer cualquier cosa (incluso si tenía ganas, que ahí no era Naraku el único castigado). Él simplemente recuperó su dramática pose y cerró los ojos.
—Es lo que Nancy hubiese querido. La vida sigue y es para los vivos, y ya sabes, hago duelos muy rápidos —respondió haciendo un ademán despreocupado con la mano. Luego se acercó a ella y le pasó un brazo por los hombros, instándola a caminar—. Además, siempre podré recordarla por los dos puntitos que te dejó en la nalga.
Para reafirmar su idea bajo rápidamente el brazo por toda su espalda hasta que le pellizcó con fuerza la nalga derecha, sobresaltándola y excitándola en partes iguales (a pesar de que intentó ignorar sus propias emociones).
—¡¿Pero qué haces, hijo de puta?! —contestó ella de mala gana, roja hasta las orejas. Naraku no dejó de sonreír.
—Probando un poco de lo que me privaste tanto tiempo —Al terminar de hablar, le pegó una nalgada que hizo saltar a Kagura.
—¡Deja de hacer eso! —La chica lo empujó lejos, pero Naraku la tomó de un brazo y la acercó a él con fuerza, acercando tanto sus rostros hasta que sintió el aliento agitado de ella golpear su cuello.
—¿Por qué? Si bien que te gusta —siseó de manera perversa, provocando que ella se sonrojara un poco más y luego de unos segundos pasara a sonreír con la misma malicia que él le mandaba.
—Eres un cínico. ¿Pues por qué sería? —ronroneó, paseando juguetonamente uno de sus dedos sobre el masculino pecho y luego parándose de puntas para susurrarle—. Aquí hay niños presentes.
Acto seguido, le mordió el lóbulo de la oreja, haciendo que un brillo de lujuria saltara en los ojos de Naraku, incitado por el leve pinchazo de dolor, pensando ya en todas las maldades que le haría a Kagura en venganza por haberlo castigado. Ahora a ella le tocaba ser castigada.
—Así me gusta, niña buena —La pegó más a su cuerpo, volviendo a caminar y manteniendo una de sus manos en la parte baja de su cintura, peligrosamente cerca de su trasero—. Y dime, ¿quieres pizza o comida china para cenar?
Si bien terminaron peleando en plena calle porque Naraku afirmó que quería pizza, mientras Kagura pugnaba por la comida china (por aquello de la dieta de bailarina de ballet), luego de la cena arreglaron sus diferencias como mejor sabían hacerlo: jugando a no caerse tan mal y teniendo sexo rudo y desenfrenado.
A esas alturas apenas estaban semidesnudos. Naraku sólo tenía puesto el pantalón y Kagura se encontraba en su ropa interior oscura (usando el mismo conjunto de ligueros y encaje que quiso estrenar en Navidad con Naraku y nunca se concretó).
Kagura no podía evitar sonreír, presa de la más baja y perversa emoción mientras estaba sobre sus manos y rodillas en la cama desordenada, arqueando la espalda con él sujetándola del cabello ya suelto y despeinado, pegándose a ella, respirándole de vez en cuando en la nuca. Ya le había susurrado un par de veces que era su perra y, contrario a lo que Kagura esperaba de sí misma, en lugar de sentirse enojada u ofendida, escuchar aquello salir de la voz grave y maléfica de Naraku la excitaba a niveles insospechados.
En cierto momento él jaló más de su cabello, obligándola a arquear más la espalda, y luego de acariciar con lascivia la pronunciada curva, acercó los labios a su oído. Podía casi sentir su sonrisa maliciosa surcando sus labios.
—Has sido una niña muy mala por creerte que mandas aquí —murmuró en su oído. Kagura no pudo evitar soltar un suspiro de excitación y miedo en partes iguales—. Mira que prohibirme lo que es mío.
Mientras hablaba bajó lentamente una de sus manos hasta su trasero. Al llegar ahí apretó una de sus nalgas con fuerza (la que había quedado con la diminuta cicatriz de la mordida), pero Kagura se negó en gemir mordiendo sus labios. Luego lo miró de reojo y con tono voluptuoso le dijo, desafiante:
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer al respecto, idiota?
—Castigarte.
Sin perder tiempo le dio una fuerte nalgada que rompió con el tenso silencio de la habitación, seguido de un enérgico gemido que escapó de la boca de la chica. No tuvo ni tiempo de recuperarse cuando Naraku le pegó otra nalgada y a eso le siguió una serie de potentes golpes en el mismo lugar, donde Kagura siempre soltaba una exclamación o gritito de dolor y placer. Incluso se vio tentada a pedirle que no le diera con tanta fuerza, cuando entonces, mientras se retorcía ya de ansiosa excitación mientras él paraba unos instantes para bajar la cremallera de su pantalón y jugueteaba con quitarle las bragas, Kagura abrió los ojos y su vista se enfocó en el nuevo objeto que descansaba en el buró de noche a un lado de la cama.
Era un maldito portarretrato de marco negro y liso, con la foto de Nancy en todo su esplendor.
—¡Saca esa maldita foto de ahí! —exigió hecha una furia, sin creer que Naraku realmente le había tomado fotos a su jodida mascota y encima la había puesto en su buró para que lo acompañar al dormir por las noches, al despertar en las mañanas y cuando follaba con ella, como se supone que lo harían.
Naraku se detuvo de golpe, sobresaltado por el grito que pegó Kagura, apenas preparándose para bajarse los pantalones. Miró al mismo lugar y se encontró con la foto de Nancy.
—¡No seas así! No la voy a quitar —afirmó, sintiendo otra vez el pinchazo de dolor quebrando su duro corazón—. Murió tan joven…
—Naraku, en serio, no hay cosa más mata pasiones que te pongas a llorar por tu araña muerta —espetó la chica mientras él se separaba lentamente de ella, estirándose para tomar el portarretrato con gentileza.
Lo observó recostarse en la cama con la foto sobre su pecho, con mirada deprimida y los pantalones desabrochados. Se quedó pasmada unos instantes y en su posición en cuatro, como esperando que un amante fantasma le diera matraca, sólo entonces rompió la posición y se sentó sobre la cama, de brazos cruzados y malhumorada. Si el tipo seguía así se enfriaría o de plano lo volvería a castigar.
Es decir, la tenía a ella sobre su cama, muriéndose de las ganas, en la lencería más sexy que tenía y dispuesta a todo, absolutamente todo, ¡y el tipo no encontraba mejor ocasión para ponerse triste!
Al final a Naraku se le quitaron las ganas y se la pasó pegado a la foto de su Nancy (ahora más seguro de que no se le hacía tan fácil hacer duelos). Kagura, en la forma más extraña de apoyo que había dado alguna vez en su vida (si alguna vez le dio apoyo a alguien, claro) se recostó al lado de Naraku, segura de que por esa noche no follarían como conejos, y encima soportó ver una maratón de Animal Planet sobre tarántulas y arañas letales del mundo mientras comía un par de trozos de pizza y una cerveza (¡a la mierda la dieta de bailarina de ballet!)
Naraku le prometió que, luego de que se le pasara la tristeza esa noche, le daría una maratón de sexo a la mañana siguiente (ya que afortunadamente era viernes) que la volvería loca y con ganas de casarse con él (aunque lo dudaba mucho, más que nada por la fidelidad, que la chica ya hasta estaba pensando en proponerle un trío con Bankotsu o Yura).
Kagura, contra todo su pesar y orgullo, pensó resignada que tendría que seguir aguantando follar como conejos en el departamento de él con la foto de Nancy en el buró; estaba segura de que él no la quitaría de ahí por nada del mundo. A pesar de que se sentiría observada y siempre amenazada con la foto ahí, y los múltiples y rojizos ojos de la siniestra Nancy observándola a ella tirándose a Naraku. Sí, sus ojitos pequeños y brillantes la seguirían con maliciosos celos durante las noches y a Kagura se le heló la sangre.
—Bueno, al menos teniéndola en foto no volveré a tenerla mordiéndome la nalga —murmuró sabiamente Kagura una vez que miró a Naraku, ya dormido a su lado y aún abrazado a la foto de Nancy, mientras este tiraba un hilillo de baba por la comisura del labio.
Fin
Bueno, he aquí el segundo y último capítulo del fic. Aún tengo la espinita del OOC clavada, pero quiero pensar que como es parodia… de igual forma si me voy al asunto de que en la serie Naraku es un demonio-araña, pienso yo que no sería raro verlo con una fascinación o "conexión" con ellas en un AU, por eso todo el borlote con Nancy y el "triangulo amoroso".
En fin, no tengo más que aclarar, espero les haya gustado el capitulo y se hayan divertido con este fic. En lo personal disfruté muchísimo escribirlo y ridiculizar un poco a estos dos xD
Sin más, espero se diviertan este ultimo día del año y feliz año nuevo a todos, que les vaya muy bien en el 2014 n.n
Me despido
Agatha Romaniev.
