Hikari detuvo su andar de cortos pero rápidos pasos frente a una cafetería. Hizo cola durante dos minutos, tiempo que aprovechó para buscar con la mirada un asiento libre. Algunas personas se levantaron, quizás emocionadas con los primeros copos de nieve, los mismos que habían pasado inadvertidos para Hikari, o quizás solo tenían algún lugar mejor en el que pasar la tarde. Agarró el té que había pedido y se acercó al asiento libre que le pareció más agradable, cerca de la ventana.

Quería enfadarse con alguien que no fuese ella misma, alguien con quien no disculparse a diario. Permaneció con el abrigo puesto y la cabeza húmeda. Pronto empezó a tiritar. Su teléfono estaba encima de la mesa y lo miraba de vez en cuando de reojo, como si fuese consciente de que él la tenía a ella y no al revés. El té dejó de arder, los deseos lo hacían en su lugar. Las miradas extrañas bien podían haberse referido a ella como la chica que llevaba muchos días sin dormir. Mantuvo su mano dormida y congelada debajo de sus piernas y solo la movió para poder leer un mensaje.

Elseif: «Me alegra que te animes. Por mi parte, estuve dándole vueltas. Hoy vino a visitarme un amigo. Está empeñado en que vaya a una cena de Navidad. La verdad es que nunca me han gustado las reuniones de más de tres personas. No sé por qué, pero me siento mejor en grupos pequeños. A pesar de eso, le he dicho que iré y no lo siento tan terrible. Hasta diría que me apetece. Es posible que guiarse por la cabeza sea lo más sensato, pero uno no puede intentar siempre controlarlo todo. Me he acostumbrado a las cosas fijas. Me he acostumbrado a estar solo: ese es el problema. Aunque quisiera conocerte, aunque me muriese de ganas, no sabría cómo hacerlo. Por eso me ha hecho feliz tu mensaje. Tal vez debería pensar en localizar a la chica de la playa, ver qué pasa. Se habrá olvidado de mí, probablemente, pero… ¿acaso no es cierto que yo debería haberla olvidado también? Gracias, por todo. Si pudiera concretar, lo haría. Ya me conoces.

Hikari sonrió durante varios segundos, la gente se hubiera referido a ella como la chica de la sonrisa bonita y fácil. Escribió sin pensar, dominada por sus facciones relajadas.

H18: «Me gustaría conocerte. Realmente quiero».

Cuando llegó la respuesta, el té estaba helado.

Elseif: «¿No quieres hablar con él primero?»

H18: «Ya lo hice».

Elseif: «Deduzco que no fue muy bien».

H18: «No es lo que esperaba».

Elseif: «Probablemente yo tampoco lo sea».

H18: «Tienes razón, pero eso no significa nada. Supongo que necesito algo más, simplemente».

Elseif: «¿Y qué propones?»

Lo tenía claro, lo había pensado antes ya, pero no sabía cómo decirlo. Probó diferentes formas antes de enviar la definitiva, como quien prueba el vinagre con la yema de un dedo.

H18: «Creo que primero debes intentar contactar con la chica de la playa. Me gustaría decirte dónde estoy y que aparecieses por la puerta, que fuese todo maravilloso, pero siempre me quedaría la duda de si has venido porque ella estaba demasiado lejos, inalcanzable, una rosa en un jardín de cactus. Supongo que también me conoces. Además, creo que es lo justo».

Elseif: «No puedo decir que me sorprenda. Es cierto que piensas más en otros que en ti misma».

H18: «No exactamente. Solo quiero asegurarme. Tú insististe en conocerme y esa es mi única condición».

La respuesta volvió a retrasarse. Hikari no despegó los ojos de la pantalla, ni siquiera al oír los chillidos de unos niños en la calle, jugando a tirarse nieve unos a otros.

Elseif: «Acepto».

Esbozó una leve sonrisa mientras leía esa palabra.

H18: «Me alegro. La verdad es que no estoy muy bien. Es extraño cómo esta mañana todo era normal, un día más, y ahora parece que no volverá a ser así nunca. Me gustaría que el tiempo pasase y que esto se convirtiese en normalidad también».

Elseif: «La mejor manera de esperar es estar ocupado».

Esperó un poco, bebiendo café, pero la respuesta se retrasó. Por lo que minimizó la conversación y abrió el explorador para buscar vuelos a Nueva York. No es que se sintiese muy seguro de lo que estaba haciendo, o que quisiese siquiera, pero debía cumplir la condición de su amiga misteriosa. Qué fácil se veía cuando se trataba de cumplir una tarea.

También reconocía que la exposición de H18 era inteligente. Si no lo intentaba, siempre le iba a quedar la duda. Pensó en su amor salado, hacía tanto tiempo de la última vez que habían hablado que no tenía muy claro cómo encontrarla. Algo era seguro: estaba en Nueva York. Compró el billete y no pudo más que sentirse feliz. Sentía extraño ese arrebato en él. Mirando por la ventana, se dijo que nunca era tarde para cogerle el gusto a la Navidad. Y que debía contactar con Taichi Yagami.

Taichi solía escapar de cualquier tipo de transporte a motor. Le gustaba caminar por la ciudad, lo hacía tan rápido que no sentía el frío. Era raro encontrárselo sin comida en la mano y el manos libres accionado. Tampoco lo abandonaba su amplia sonrisa, que no dudaba regalar a desconocidos. Se consideraba a sí mismo un animal urbano, aunque algunas veces aseguraba que mantenía una relación amor-odio con esas calles. Y otras, simplemente opinaba que podía adaptarse a cualquier ambiente. Le gustaba recordarse eso. Si quería algo, lo conseguiría, claro. Pero convencer a Koushiro nunca era tan fácil, por un momento había olvidado ese detalle.

—¿Cómo que ahora no vienes? —dijo casi gritando. Algunas cabezas se voltearon para mirarle. Se tranquilizaron en cuanto se fijaron en los auriculares—. Koushiro… No me vengas con que te ha salido un viaje, la última vez que saliste del barrio fue hace cinco años.

Se detuvo frente a una cafetería, pensando en comprar algo más para llevar. Tenía un bocadillo de atún y medio sandwich de pavo, apenas le quedaban reservas.

—Está bien, Kou, pero recuerda que iré a buscarte y más te vale que sea verdad lo del viaje. Puedo con amargados, pero no con mentirosos. —Taichi solo escuchó un murmullo al otro lado de la línea, estaba demasiado distraído con lo que veía tras el cristal—. En fin, nos veremos el año que viene, señor turista.

Colgó antes de escuchar la respuesta. Entró en el local y se sentó en una silla. Esperó sin hablar a que la chica que tenía en frente lo identificase. El tiempo que tardase podría revelar más de lo necesario, pero lo cierto es que no prestaba una gran atención a ese tipo de detalles. Cuando necesitaba saber algo, buscaba averiguarlo mediante una conversación acelerada que diese pie a contradicciones para las que, por supuesto, su hermana estaba más que prevenida.

—No me des estos sustos.

Taichi rio restando importancia al asunto.

—¿Té? ¿Desde cuando te gusta? —preguntó agarrando el vaso helado—. Pensaba que eras más de chocolate.

—No está mal.

Taichi comprobó de un vistazo el contenido del vaso.

—No está mal, entiendo. ¿Vienes a dar una vuelta? Hacía mucho que no nevaba, ¿verdad? Hay un montón de niños por la calle, es extraño ver eso hoy en día, ya hasta me había olvidado de que los niños existen. Otra cosa curiosa es…

—No tienes que hacer esto —cortó Hikari—. Es más, no puedes hacerlo siempre.

—Sabes esa canción, la que cantabas el otro día, la está tocando un músico a dos calles de aquí. Parece profesional.

—Un músico.

—Va en camiseta de manga corta. Hay gente que no es de este planeta, ¿eh?

Hikari asintió lentamente, esforzándose para que ningún gesto revelase sus emociones.

—Ve tú, iré más tarde —le dijo a su hermano.

—No, vamos los dos.

Hikari sonrió sin enseñar los dientes.

—Debo hacer algo primero.

Taichi se apiadó de sus palabras.

—Está bien. Nos vemos luego, entonces.

Hikari apretó los labios mientras veía cómo Taichi abandonaba el local. Llevó la vista a su teléfono, quería agarrarlo y mandar un mensaje a su ciberamigo, pero no lo hizo. En su lugar, esperó el tiempo que creyó necesario para no encontrarse con su hermano. Se levantó. Tiró el té, que olía a viejo, y salió a la calle, entrecerrando los ojos por la nieve.

Dos cruces más tarde, la canción de «Let it snow» se interrumpía una vez más. Yamato reconoció enseguida esos zapatos hasta poco después de los tobillos, con los que ella pasaba a diario por su lado. Siguió subiendo la mirada para detenerse en su rostro. Parecía asustada, excepto por su sonrisa decidida.

—Me he acordado de que no te invité a la cena de Navidad. Aunque igual deberías afeitarte, no sé si te reconocerán.

—¿No te gusto así?

—No me gustas de ningún modo —aseguró ella, riéndose después. El vaho salió disparado de su boca.

—Mejor caminamos, te vas a helar —dijo Yamato, posando su brazo desnudo en el abrigo de lana de ella.

Caminaron el uno cerca del otro, acompañados por un silencio. No era incómodo, porque querían que siguiera así, pero era algo extraño. Dos desconocidos que se conocían de un modo que nunca podrían decirse.

Hikari no necesitó explicaciones, al menos no esa tarde. Y Yamato no necesitó afeitarse, sabía que nunca le había gustado más. A la altura del colegio, en esa calle con una pequeña capa de hielo bajo sus pies, se dieron un beso, ignorando la escarcha sobre sus cabezas y el pelo que irritaba la barbilla de Hikari. Se separaron manteniendo sus manos agarradas, riendo. No tenían claro nada en concreto, pero no querían soltarse. Hikari hubiese dicho que no caminaban por la calles, tampoco se deslizaban, volaban sobre ellas. El té de la basura parecía cosa de años atrás, los mensajes desalentadores parecían de otra persona. La normalidad, aunque breve, llegó. Y cómo le gustaba esa normalidad. El corazón gritaba y el mundo alrededor se disolvía, pero sintió que así debía ser. Tampoco reparó en el portal solitario, sin la caja de cartón haciendo guardia. Por lo habitual, eso pasaría inadvertido para todo el mundo, pero a ella le gustaba percatarse de ese tipo de detalles e inventarse historias de gente que no conoce y mentiras que no existen.

La caja humedecida se encontraba tras la puerta de un apartamento de soltero. Ese había sido su destino final, después de acompañar al joven como copiloto. La mayoría de los documentos habían sobrevivido. No es que Daisuke, el soltero, la hubiese recogido porque le preocupase su interior, simplemente, dado que no encontró a su hermana con ellos, decidió llevárselos con él. Los había ojeado sin encontrar nada interesante. Lo suyo era el trabajo físico, solo al ver letras tan pequeñas se mareaba recordando al colegio.

Había sentido muy extraña la llamada de Jun. Siempre parecía estar ocupada y tener planes, ¿de verdad nadie más podía ayudarla? Sí, a menudo se quejaba del trabajo, y luego su madre le iba con el cuento, y él solo quería que todos los teléfonos explotasen, pero se calmaba; quejarse del trabajo es normal, no había por qué preocuparse por Jun.

Jun. La hermana molesta que nunca pidió tener. ¿Qué obligación tenía con ella? Hasta, en un principio, se alegró. Ella se había reído de él cuando empezó fregando platos en aquel restaurante tailandés y ella trabajaba en una importante oficina. Pero, con los años, ella seguía en la misma oficina y él era su propio jefe, a pesar de los obstáculos. No tenía nociones sobre leyes, tampoco sobre economía, pero no le temía al trabajo duro. Daisuke pensaba que reírse de esa situación era parte de su recompensa.

La temida llamada de su madre no tardó en llegar. Daisuke cogió prometiéndose a sí mismo que manejaría la situación.

—¿Cómo que ya lo sabías? ¿Y a qué esperabas para decirme algo si se puede saber? ¿Qué va a hacer tu hermana sin trabajo y soltera? Nosotros ya no podemos ayudarla…

—Bueno, ¿y qué quieres que haga?

—Pues lo que hemos hablado muchas veces. ¿Qué te costará darle un trabajo a tu hermana? ¡Con lo bien que te va el restaurante!

Daisuke dedicó unos segundos a imaginar su restaurante en llamas y a Jun pidiéndole perdón al tiempo que le guiñaba un ojo a un bombero.

—No creo que ella quiera trabajar conmigo, es muy orgullosa para sus cosas.

—¡Qué tonterías! Claro que quiere trabajar contigo, ¡con lo que te quiere…!

Daisuke alejó el teléfono de su oreja.

—Pensaré en algo… Adiós, mamá. Adiós, adiós.

Respiró despacio. Por fin la calma. Encendió el televisor.

«Y cerca de cincuenta vuelos se han visto retrasados en Estados Unidos debido al temporal que…»

Lo apagó. Le molestaba que se pasasen el día hablando del tiempo en lugar de hablar de fútbol o de jóvenes empresarios. Cerró los ojos, se dijo que merecía dormir un rato. Incapaz, empezó a pensar en su hermana, sin trabajo y sin nadie más a quien acudir. «Por tu culpa, Daisuke, el banco se ha comido hasta mis uñas». Pegó un grito tras la visión de la mano de Jun con los dedos ensangrentados, mientras trataba de parar con ella a un coche en medio de una carretera tan solo alumbrada por unas luces rojas y parpadeantes. Llamó a Taichi, sin pensarlo siquiera, solo porque sabía que él también estaba rodeado de papeles llenos de letras pequeñas. Esa era su forma de relacionar.

En ese momento, Taichi estaba comprando comida para llevar, con la intención de presentarse en casa de Izumi y convencerlo para abandonar su cueva, al menos por una noche. Pocas horas más tarde, se maravilló al pensar en su gran poder sobre las personas. Mucho más grande de lo que imaginé, pensó, ya que Koushiro había decidido viajar. Por eso, tras cuatro llamadas de Motomiya, no podía explicarse cómo era incapaz de manejarlo, teniendo en cuenta que Izumi era mucho más inteligente, a su juicio. No contó con que Daisuke no había fundado una compañía a base de aceptar negativas.

Ninguno de los dos quería entrar en razón, según palabras del otro. Daisuke recordó entonces la técnica de negociación por excelencia. No se trataba de cazar moscas con miel, ya lo había intentado con los gorilas y no funcionaba. El lema era «si no puedes convencer, engaña». Lo aplicaba cada vez que llegaban quejas al restaurante.

—Disculpe, pero esta sopa está fría.

—Puedo calentársela, sin problema, pero debe saber que el calor haría perder propiedades de nuestra sal específica. Esa es la temperatura apropiada.

Siempre le había funcionado, era hora de aplicar ese mismo truco con Taichi.

—No sabes cuánto me alegro de que hayas entrado en razón —le dijo en cuanto entró por la puerta del apartamento—. Gracias por la cena, aunque no era necesaria. Se agradece comer un poco de comida casera para variar.

La sonrisa de Daisuke se quebró al oír el adjetivo casero, pero trató de disimular.

—La verdad es que me muero de hambre, apenas comí nada hoy.

—No te preocupes —dijo Daisuke—. Pronto estará.

Taichi se sentó en la mesa.

—¿Velas? ¿Y eso?

Antes de que Daisuke pudiera responder a esa pregunta, Jun, con las mismas medias rotas, llamaba a la puerta.

—Me alegra que hayas decidido disculparte. Como soy tu hermana favorita, te perdono. Y bien, ¿cuál es ese trabajo? —preguntó con los brazos apoyados en las caderas.

Daisuke comenzó a reírse, sus hombros se agitaron sin control.

—¿De qué trabajo está hablando, Daisuke? —preguntó Taichi acercándose hasta la puerta.

—Verás, es muy divertido… os dejo solos para que lo discutáis. Yo tengo que ir a…—Detuvo sus palabras mientras miraba por la ventana y trataba de abrir la puerta con las manos a su espalda. Cuatro ojos marrones le amenazaban sin pestañear y necesitaba una buena excusa—. A ver las noticias, al parecer hay un temporal terrible.

Y aunque esos ojos marrones no aceptaron la excusa, al menos era cierta. Cruzando el océano, Mimi sufría las consecuencias del temporal.

—Por favor, señores pasajeros, mantengan la calma. Las turbulencias son normales y la tripulación quiere informarles de que no hay motivo de alarma. En breves mostraremos un vídeo sobre seguridad.

Mimi trataba de controlar su respiración. A pesar de haber cogido decenas de vuelos a lo largo de su vida, seguía poniéndose nerviosa en esas situaciones. Algo en la sonrisa permanente de las azafatas escondía la verdad: iban a morir y solo ellas tenían paracaídas. Las mascarillas eran pura distracción.

—Debí haberme quedado en Nueva York. Las señales eran claras. La Navidad, todos lo saben, son fiestas de familia… El retraso del vuelo, todo lo indicaba, pero… algo me decía que si no me iba hoy, nunca me podría ir. Es tan extraño. Y ahora voy a morir.

Mimi tragó saliva y miró a la niña que estaba sentada a su lado. Por lo menos, su madre estaba dormida y no podía oír las meteduras de pata de Tachikawa.

—Quiero decir, no vamos a morir, claro que no. Los pájaros vuelan todo el tiempo y ellos tienen unas alas diminutas, así que es lógico que algo con unas alas tan grandes como un avión tiene que volar.

La niña no dijo nada, pero la seguía mirando fijamente.

—Un amigo me dijo algo muy curioso sobre los pájaros y es que todos vienen del mismo animal, claro que un avión es una máquina, pero bueno. El caso es que están en partes muy alejadas del planeta y eso es porque un día se enfadaron y echaron a volar a diferentes sitios. Unos viven en lugares fríos y otros en cálidos, solo porque no quieren coincidir nunca. Es raro como unos bichos que nunca cambian de pareja se toman tantas molestias solo para no verse. Unos extremistas, eso es lo que son. Si yo pudiera volar, no cogería un avión, desde luego, pero tampoco sería así de borde. No sé, son bastante raros.

La niña se tapó los ojos con las manos y sonrió. Mimi respondió al gesto con una sonrisa compasiva, sentía lástima por ella. Tan pequeña y ya sin dientes.

—Tengo un amigo que también es muy raro. Bueno, todos mis amigos lo son. Es como que nunca entienden lo que les digo.

No habló más durante el resto del vuelo. Su mente se ocupó con recuerdos llenos de arena y con ello las turbulencias dejaron de preocuparle. La niña se apoyó en su madre y se quedó dormida.

También se habían quedado dormidos Hikari y Yamato. Con las luces apagadas, la única iluminación que había en la habitación era la de las farolas de la calle, reflejadas en la sábana que envolvía el cuerpo de ella. Intentó vencer al sueño, temiendo que Taichi llegase y encontrase extraño el silencio del apartamento, pero pronto se olvidó de él y hasta se permitió olvidar que vivía en el mundo. En cualquier caso, tuvo suerte, pues la cena sorpresa se alargó más allá del postre.

Habían encontrado un tema en el que coincidían: ambos podían pasarse horas hablando de los problemas que daba Daisuke. Más tarde, Taichi encontró que le gustaba el pelo de ella y Jun no tardó en devolver el cumplido. También preferían cantidad a calidad, respecto a casi todo. Y ambos hacían suyo el pedir perdón antes que permiso.

—La verdad, no creí que pudiera pasármelo tan bien contigo. Pero no sé si serías una buena idea trabajar juntos, siento que Daisuke nos haya metido en esto.

—No te preocupes, no es que esté muy interesada. Tendría que darle las gracias, imagínate.

—Le aseguré que tenía muy buenos candidatos, es más, la semana que viene empiezo con las entrevistas.

Jun rio dejando el sorbo al licor para luego.

—Yo también empezaré pronto con las entrevistas —dijo, y, con un tono más bajo, agregó: —Supongo. Podíamos hacerlo.

—¿Qué?

—Digo que podíamos practicarlas.

—Está bien. No veo por qué no.

—Empieza. Venga, la primera pregunta es siempre la misma. —Taichi calló esperando que se la dijese—. Por qué quiero trabajar para ti.

—Ah, sí. Claro.

—Pues creo que eres un gran profesional, del que puedo aprender mucho, etc, etc. Ya sabes, toda esa basura.

Taichi fingió tomar notas en el aire al tiempo que asentía.

—¿Tienes referencias?

—Buf, muchísimas. Pero no les hagas mucho caso.

—Oye, que fuiste tú quien quería simular una entrevista.

Jun le dio la razón, pero ya se había aburrido de su propia idea. Sin embargo, no quería despedirse de Yagami todavía. Hacía algún tiempo que no se encontraba a solas cenando con un hombre, y reconocía que estaba siendo mucho mejor de lo esperado. Taichi, a pesar de ser amigo de su hermano (o por eso mismo) acababa de convertirse en un más que posible objetivo. Quería pensar que la noche no iba a acabar con una fría despedida.

—¿Sabes? Lo he pensado mejor y sí quiero trabajar para ti. Creo que haríamos un buen equipo. A ver, ¿a quién tienes por ahí? Enséñame —pidió levantándose de la mesa y sentándose en el sofá. Al ver que no la acompañaba, dio una palmada sobre el asiento y lo llamó con un movimiento de cabeza.

Taichi se sentó a su lado, abrió su maletín y sacó una carpeta de él. Sintió un ligero dolor en la frente.

—Pues está un chico recién salido de la Universidad, tiene muy buen expediente.

—Muy joven. Descartado.

—Hay una madre divorciada, llegó a tener su propio despacho antes de casarse…

—Está claro que no le motiva el trabajo. Echará de menos sus días de gloria. Siguiente.

—Hay una chica de Nueva York, bilingüe y con buena presencia.

—Vamos, hombre. Buena presencia ya la tienes tú. Y con comprar un diccionario ya vas sobrado. ¿Algún otro candidato? —Taichi buscó entre los folios—. Ponme a prueba, te demostraré que puedo ser mejor que todos esos.

Taichi levantó la vista de los folios. Había algo en la actitud de Jun que le atraía irremediablemente, o quizás fuera que se estaba haciendo tarde y llevaba un par de copas encima. Pensó en las diferentes opciones. Si la contrataba y no salía bien, se enemistarían. Si no le daba la oportunidad, pasaría exactamente lo mismo. En cualquier caso, tanto si se la daba como si no, debía quitar esos pensamientos molestos acerca de arrancarle la ropa, y romperle más las medias, de su mente.

Empezó a sentirse agobiado. Quería ir a la calle y poder ir comiendo mientras caminaba a gran velocidad. Al contrario que Jun, no estaba acostumbrado a las cuatro esquinas. Se quitó la chaqueta y se desabrochó los primeros botones de su camisa. Ninguno de los dos hablaba y eso cada vez era más incómodo.

—¿Cuál es el problema? Dos o tres días, luego decide.

Taichi frunció la frente, y la miró a los ojos, tratando de no volver a fijar su vista en el límite de su falda o de sus mangas. Jun sintió curiosidad por sus pensamientos. Lo que no podía ni imaginar, era que se estaba recordando a sí mismo el apellido de Jun. Y su de sobra gusto conocido por coleccionar elegidos.

—En realidad, no puedo pagarte mucho. Ese es el problema. Sé que alguien como tú merece un puesto mejor.

—Tonterías. Me mudaré a un sitio más barato —. Colocó su mano sobre el pecho de Yagami—. Créeme, me sentiré recompensada lo suficiente. —Subrayaba cada palabra.

Los dedos seguían moviendo el cuello de la camisa, provocando unas caricias demasiado constantes como para ignorarlas. La rodilla que se intuía bajo esa prenda rota rozó la suya, oculta con el fino pantalón. Otras personas habrían necesitado más, pero no ellos. Ya habían hablado demasiado.

El último pensamiento que tuvo Taichi antes de que la falda de Jun se arrugase en el suelo fue muy extraño y deseó no haberlo tenido. Si estaba con la hermana de un amigo, ¿con qué derecho alejaba a sus amigos de su propia hermana?

Se dijo que sería un secreto. Sí, eso sería lo mejor. No contó con que Daisuke abriría la puerta en ese mismo instante.

—Hace calor aquí, ¿eh? —dijo Taichi recuperando sus pantalones—. Ya nos parecía extraño que tardases tanto.

—Sabes, hemos decidido que estaré unos días a prueba y luego ya se verá.

—¿Cuándo? —soltó Taichi, le ignoraron.

—Supongo que estás dotada para el puesto.

—Claro, ¿acaso dudabas de mí?

—Nunca.

Mientras los hermanos seguían lanzándose ironías y la conversación derivó a una nueva cría gorila, quien sabe por qué, Taichi se abrochó la camisa, se puso los zapatos y la chaqueta, y trató de salir con una rápida excusa. Debía madrugar. Mucho. Y agregó que estaba algo preocupado por su hermana, la había notado distante esa tarde.

Hikari llevaba unos minutos despierta, encontraba placentero ver a Yamato encogido sobre el colchón y trazar caminos con sus dedos por las líneas de su espalda. Supo que él no era la persona que se había imaginado, tampoco era el amigo que conocía, ni mucho menos nada de lo que acababa de suceder aclaraba el futuro, pero quería despertarse en medio de la noche todas las veces que hiciese falta, solo para encontrar que seguía a su lado, encogido. Llevó la mano a su teléfono para poner la alarma, y leyó los últimos mensaje de Elseif.

«He comprado el primer vuelo que salía, esperaba que fuese más caro, pero al parecer ha habido algunos problemas y muchos se cancelaron».

«Francamente, no sé que estoy haciendo. Empiezo a entender eso que me dijiste: las personas no son indicadas o no, son las que son».

«Aunque sea aprovecharé para visitar Nueva York. Debería viajar más».

Todos eran así. Hikari contuvo un suspiro. Aquellos mensajes la llenaron de tristeza, porque ya no eran dos personas compartiendo la soledad a distancia. Se había convertido en algo diferente en apenas unas horas y no sabía cómo actuar frente a eso. Deseó con todas sus fuerzas que las cosas le fueran bien al otro lado del océano. Lo que tanto Hikari como Koushiro desconocían era que no llegaría a coger ese vuelo.

Koushiro, sentado cerca de una máquina de refrescos, esperaba con el portátil sobre las piernas. Cambiaba de postura y releía los mensajes que acababa de enviar a H18. Se lamentó de ellos, eran demasiados. Seguro que ya nunca va a querer conocerme, pensó.

A pesar de sentirse tan inquieto, no era algo tan fácil de apreciar desde fuera. A ojos de los demás, era alguien acostumbrado a coger vuelos a cualquier hora del día, que aprovechaba el tiempo de espera para trabajar en cosas importantes. Cuando tenía una pantalla frente a sus ojos parecía no poder concentrarse en nada más. Mimi detestaba eso. Él lo sabía.

Mimi ni siquiera tenía pensado donde pasar la noche. Le preocupaba bien poco, una vez sobrevivido al vuelo. Dedicó una mirada rencorosa a la azafata sonriente y pisó el aeropuerto. Pronto olvidó los pensamientos negativos, viendo cómo varias personas se abrazaban y buscó hasta donde su vista alcanzaba a la persona que ella debía abrazar. Después recordó que no había avisado a nadie de su llegada y sonrió imaginando cómo sería la sorpresa. Dio vueltas por la terminal mientras lo pensaba. Podía organizar una cena, o tal vez una fiesta temática, incluso. Podían cantar villancicos y comer galletas, hacerse regalos y escribirse tarjetas. Serían unas fiestas encantadoras.

Se acercó a una máquina expendedora. No conocía casi ninguna bebida. Compró una de color rosa. Si no le gustaba, tendría una lata bonita. Dio un sorbo pequeño y arrugó la nariz. Metió otra moneda y compró una lata roja, esperando que se pareciese a la Coca-Cola. No se parecía, pero no estaba mal. Pensó lo mismo de la cabeza pelirroja que destacaba entre las filas de asientos. Le gustaba ese color, aunque seguía prefiriendo el tono de Koushiro. Siguió mirándole, curiosa porque también estuviese pegado a una máquina. Obvio el hecho de que casi todo el mundo hacía lo mismo. Pero Koushiro no es así, se dijo, él nunca movería tanto la espalda ni bebería tan rápido.

Él se levantó hacia la máquina, con sus últimas reservas de energía agotadas, confirmando lo que ni siquiera llegaba a sospechar.

—No puede ser.

—Tu pelo es más claro ahora —señaló Mimi denotando sorpresa—. Ni pensé que fueras tú, no me lo parecía.

—Y el tuyo.

—Es cierto —dijo encogiéndose de hombros.

—Estás… ¿estás de visita?

—Todavía no lo sé.

—¿No?

Mimi negó con la cabeza.

—¿Te acuerdas de cuando era una niña miedosa? Cómo ha cambiado todo, ¿verdad? Ahora siempre estoy buscando una aventura. Por eso me vengo aquí, sin pensar. Ni siquiera sé lo que pienso hacer. Solo quería venir. Tú también estás diferente.

—¿Tú crees?

—Sí, no sé en qué, pero sí. ¿Cuál es tu vuelo?

Koushiro tragó saliva, dispuesto a mentir, aunque no llegó a hacerlo. El ruido de una explosión junto el grito ahogado de Mimi se lo impidió.

—¡Son fuegos artificiales!

Mimi se acercó al cristal para intentar ver el espectáculo. Los bombardeos continuaron sin que se dibujase nada en el cielo.

—Tienen que estar en el otro lado, ven —dijo nerviosa.

Koushiro corrió siguiendo a Mimi hasta el otro extremo del recinto. Ella apoyó las manos en la ventana durante unos segundos y se giró hacia él.

—Aquí se ven muy mal, ven.

Se estaba quedando sin aire, pero la persiguió por las escaleras. Al terminarlas, Mimi corrió hasta la esquina. Koushiro la acompañó, casi arrastrando los pies.

—¿Qué están celebrando? —preguntó Mimi.

—Ni idea.

—Creí que lo sabías todo.

—No sé ni que día es.

—¿No te parecen bonitos, los fuegos? Qué pena que no podamos estar más cerca.

Koushiro veía caer las luces rojas, azules, doradas, verdes. Todas en diferentes formas y tiempos, sin ningún patrón y desprovistas de cualquier tipo de armonía. Era un misterio el porqué a la gente le agradaba tanto ese tipo de efectos lumínicos y sonidos bruscos. A pesar de ello, recordó que hubo un tiempo en el que le gustaban.

—Lo son.

—¿Sabes cómo serían aun más bonitos? Como una de esas bolas de nieve, pero de fuegos artificiales. Así podrías verlos siempre que quisieras en la palma de tu mano. Sería genial, ¿verdad? Y que sonase una canción bonita, como una caja de música-bola de fuegos artificiales y nieve, todo a la vez.

Mimi comenzó a tararear el villancico que llevaba sonando en su mente durante todo el día. Seguía sin saber la letra.

—Es una buena idea.

—Y pajaritos formando parejas.

Koushiro no miraba a través de la ventana, se dijo que esperaría a que los fuegos artificiales se vendiesen en formato bola de nieve. Por primera vez fue consciente de lo mucho que la había echado de menos, de lo mucho que lamentaba no haberla encontrado antes, aunque ni le gustasen esos ruidos, ni esas luces, ni las canciones, ni ir corriendo, bañarse en la playa, coger vuelos a última hora o nunca saber qué viene después, aun con todo, nada era lo suficientemente desagradable, no como para aborrecerlo, cuando ella estaba cerca.

Con las doce llegó el bombardeo final. Agarró su mano y los dedos se frotaron unos a otros muy despacio.

.***.

Me contaron que se reunieron poco después en la cena, aquel veintidós. Fueron todos, comieron un primero, un segundo y un postre, cantaron una canción, descorcharon botellas, se dieron abrazos, se dieron besos, Taichi fue el primero en marcharse, excusándose con una reunión de trabajo, y ni Hikari ni Koushiro sospecharon de que la chica de la playa era Mimi o de que el músico era Yamato. Sin embargo, no podemos estar seguros de que la intuición de una y la curiosidad del otro no los lleve a conocer la verdad.

O tal vez sea la magia de una y la lealtad del otro lo que los lleve a alejarse.

En fin, disfruté con esta historia. Sé que como lector hay que poner mucho esfuerzo para creer que se encuentran de casualidad y que Hikari nunca reconoció a Yamato, por ejemplo, pero por lo general me cuesta muchísimo escribir una historia diferente a mi primera idea. Y la primera idea que tuve fue esta, tal cual. Me alegro de haber cogido esta opción, me divertí en algunos momentos y también me gustó escribir tantas escenas románticas, especialmente la de los fuegos artificiales. Quizás por eso me quedó más extensa de lo que esperaba.

Espero que os gustase, y lo dicho, que tengáis un gran año!