Capítulo II.
El ataque al Expreso.
Por la mañana la despertó un barullo proveniente de la Sala Común. Adormilada, se incorporó sobre un codo y miró hacia las camas de sus compañeras, pero todas seguían dormidas. Se puso la túnica del colegio –alguien lo había dejado cuidadosamente doblado sobre su baúl en algún momento de la noche –y bajó.
Desde la escalera vio que los alumnos de los cursos superiores se arremolinaban en pequeños grupos, y hablaban acaloradamente. Distinguió a Neville, Hermione y Ron con las cabezas pegadas y un periódico entre las manos.
—¿Qué ha pasado? ¿Siempre son así las mañanas? —les preguntó, desconcertada.
—Ayer los mortífagos quisieron atacar el Expreso —le comunicó Neville con aspereza.
—¿¡Cómo!?
—Los aurores actuaron muy rápido; seguro que la Orden dio el chivatazo. Por eso no nos enteramos, no pudieron acercarse al tren —la intentó tranquilizar Ron, bajando el tono de voz para que no lo oyeran hablar de la organización.
—¿Han cogido a alguno? —se interesó la niña.
—Bueno, primero sí. Pero se escapó, la cosa es que…
—¡Violet, por fin! —los interrumpió Jack, saltando detrás de ellos. Llevaba la túnica de cualquier manera. Ni siquiera se había peinado, el cabello rojizo se le disparaba en todas direcciones.
—¿Has leído lo del ata…?
—¡Violet, han atacado a papá! —la interrumpió Jack agarrándola por la muñeca y tirando de ella para salir de la Sala Común. —Por eso mamá se fue ayer.
Salieron por el hueco del retrato esquivando a compañeros nerviosos. Oyeron a Hermione llamándolos alarmada, pero los hermanos no se giraron a responderle.
Era bastante temprano y los pasillos estaban desiertos.
—¿Han atacado a papá? ¿Está bien? ¿Cómo lo sabes?
—Tío Sirius me acaba de mandar una lechuza. Papá está bien y mamá ya ha vuelto. Vamos a su despacho.
Lily Potter era profesora de Pociones, y como tal, su despacho estaba en las mazmorras. La parte baja del Castillo tenía un aspecto mucho más lúgubre y frío que los pasillos superiores, y a Violet le costó imaginarse a su madre viviendo allí durante todo el curso escolar. Lily era cálida. No había otra forma de describirla.
Quizás por eso no le sorprendió que el despacho de su madre fuese todo lo contrario al ambiente que lo rodeaba. Jack entró sin llamar, y Violet se encontró en una estancia ovalada de colores claros con las paredes llenas de librerías.
—¡Mamá! ¡Somos nosotros! —avisó el chico, impaciente. —¡Mamá!
—Lo sé, Jack, lo sé —de una puerta discretamente situado en la pared opuesta, salió Lily Potter. Vestía todavía la ropa del día anterior, y se le notaba en la cara que no había pegado ojo. —No era necesario que vinieseis hasta aquí. Os lo iba a explicar todo en el desayuno.
—Canuto me ha escrito —Jack hizo oídos sordos. —¡Y no lo entiendo!
—Jack…
—Dice que a papá lo atacó un niñato, ¡eso dice!
—¡Jack! —Lily tomó aire y se frotó las sienes.
Jack cerró la boca en el acto y frunció el ceño. Su madre les indicó con un gesto que se sentasen en las sillas de respaldo alto que había frente al escritorio. Ella se apoyó en la mesa y sacó una caja de caramelos de un cajón. Les ofreció, pero los hermanos los rechazaron. Lily suspiró profundamente y comenzó a explicarles:
—Si Sirius os lo ha contado todo ya, no hace falta que os lo vuelva a explicar. Y en cuanto a papá, está bien, ya está en Hogsmeade. Un enmascarado lo atacó, pero no es nada grave. Vuestro padre es un hueso duro.
—Yo no sé qué ha pasado —protestó Violet. —He bajado y me han dicho que ayer unos mortífagos quisieron atacar el tren, y luego Jack ha llegado contando lo de papá, y… ¿qué lo ha atacado un niñato?
—No lo sabemos con certeza, cielo. Papá no lo vio bien, pero Sirius asegura que sí, que parecía un chico en edad escolar. De todos modos, llevaba una máscara, así que no es seguro. Posiblemente no lo sea.
—¿Podemos ir a ver a papá? —preguntó Jack.
—El fin de semana —le prometió Lily.
—¡Mamá, si hoy es lunes! —protestó el chico.
—No puedo sacaros del castillo así como así, Jack, y papá está bien, de verdad. Luego os escribirá.
—¡Pero tú has podido verlo! —insistió Jack, aunque suavizó un poco más su tono. Sabía que no era bueno hacer perder la paciencia a su madre en un momento así. Ella lo miró con el ceño fruncido, y Jack hizo un mohín de disgusto, pero la discusión no siguió a más.
—Será mejor que vayáis a desayunar, o no os dará tiempo antes de comenzar las clases —les apremió. Le dio un beso a cada uno en la frente, y a Violet le añadió una caricia. —Anoche no pude decirte nada, pero enhorabuena por tu Selección, cariño. Tu padre y yo estamos muy orgullosos.
—Si dicen que fue un chico en edad escolar, ¿no debería ser fácil averiguar quién fue?
Estaban en el Gran Comedor. Violet, Jack, Ron y Neville. Hermione había desayunado rápido para poder ir a organizar sus libros antes de la clase, y Ginny había desaparecido con Dean Thomas. Los cuatro amigos estaban muy pegados los unos a los otros para no elevar demasiado la voz y atraer a curiosos.
—Algún Slytherin, por supuesto —siseó Ron, mirándolos por encima del hombro.
—No seas tan descarado, tío —le previno Jack, girándole la cabeza.
—Quizás fue Malfoy —aportó Neville. —Sabemos que su padre es un mortífago de los gordos, no me extrañaría que a estas alturas Malfoy lo fuese también.
—Pero ¿cómo salió del tren y luego volvió a tiempo? —repuso Violet, pensativa.
—Quien sabe —Ron se encogió de hombros. —Algún truco tendrá. Magia negra o algo así.
Los interrumpió la profesora McGonagall repartiendo los horarios de aquel curso. Los miró con una ceja arqueada, como si fuera capaz de saber lo que estaban hablando. Ellos le dedicaron una sonrisita nerviosa y se separaron. Violet descubrió que la primera clase del día iba a ser Defensa Contra las Artes Oscuras, pero que no tendría Pociones hasta después de comer.
—Agg, tienes Adivinación después del desayuno —exclamó Ron mirando el horario de Jack de refilón. ―Menos mal que nosotros no la hemos cogido para los ÉXTASIS, Neville.
—Porque suspendimos el TIMO, Ron ―le recordó Neville. ―De todos modos, me alegro. No era agradable que predijese mi muerta en todas las clases.
—Ni que sus predicciones fuesen alguna vez acertadas… —murmuró Jack. —
—Pues prepárate, Jack Potter —le avisó Neville. —Tiene pinta de que Trelawney va a disfrutar contigo de lo lindo.
—¿Por qué? ¿Qué ha hecho Jack? —interrumpió Violet, quien había empezado a perderse en aquella conversación.
Notó que Ron y Neville se lanzaron miradas incómodas, y que de pronto Jack había borrado todo rastro de burla de su cara.
—Bueno, Trelawney fue la de la Profecía… —le comenzó a explicar, titubeante.
—¿La Profecía? Oh, la Profecía… —Violet lo comprendió, y entonces a ella también se le fue el apetito.
Su madre y su padre sólo le habían hablado una vez de la Profecía, el verano anterior. Había sido una explicación muy escueta, más por necesidad que por ganas. Varios mortífagos habían intentado –como siempre –asaltar el Departamento de Misterios del Ministerio, pero en aquella ocasión los encabezaba Bellatrix Lestrange y, Neville, que estaba con ellos en Grimmauld Place pasando las vacaciones, había corrido a su encuentro desobedeciendo todas las órdenes de los adultos. La Orden había logrado detener el ataque, pero Violet no recordaba haber visto jamás a su padre tan enfadado como lo estuvo aquel día con Neville. Se habían gritado bastantes cosas horribles, y al final el tema de la Profecía había salido a la luz. Neville les había recriminado, a él y a todos los adultos que estaban en la cocina, que no le dejasen conocer bien su futuro, y James le había dicho que aquella estúpida Profecía podría volver a equivocarse.
Esa noche, ya de vuelta en su propia casa, Violet les preguntó qué había pasado. Ahí fue cuando supo qué había ocurrido de verdad con el niño de las fotos del salón, y por qué Neville se pasaba casi todo el tiempo en el cuartel de la Orden, practicando hechizos que no correspondían a su edad.
Tío Remus resultó ser tan buen profesor como padrino, y aunque Violet no aprendió nada nuevo en su primera clase, al menos la disfrutó. Tuvo que contenerse para no estar permanentemente con la mano en alto para responder a todas las preguntas que el profesor lanzaba. Cuando terminó la hora, había ganado quince puntos para Gryffindor.
Historia de la Magia fue incluso más aburrida de lo que Jack le había advertido, y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no dormirse. El profesor Binns flotaba entre los alumnos hablando con un tono de voz soporífero que no invitaba a prestar atención alguna.
A la hora de la comida, Violet estaba cansada y emocionada a partes iguales, y casi se le había olvidado el ataque al Expreso.
—Canuto me ha vuelto a escribir —Jack se dejó caer a su lado en el Gran Comedor. Llevaba un pergamino mal doblado en la mano. —Esta mañana después de que nos fuésemos del despacho de mamá le mandé una lechuza diciéndole que me lo contase todo.
—Como se enteré mamá, se va a enfadar —le advirtió Violet. Lily solía quejarse del trato que Sirius tenía muchas veces con su ahijado, como si nunca tuviese en cuenta que era sólo un colegial.
—Pues entonces que no se entere —repuso el chico, poniendo los ojos en blanco. Se sirvió un plato a rebosar de puré de patatas y sándwiches de pavo, y cogió una jarra entera de zumo de calabaza. Violet lo observó actuar un poco desconcertada, sobre todo cuando su hermano se puso de pie con las manos cargadas con la comida que había ido acumulando. —¡No pensarás que te lo voy a contar todo aquí! Vamos.
Violet lo siguió hasta uno de los patios interiores, donde apenas había alumnos esparcidos bajo los arcos de piedra del corredor. Jack se acomodó en un ventanal bajo, y puso toda la comida en la piedra haciendo hueco para Violet. La chica se sentó con las piernas cruzadas y ante la insistencia de su hermano mayor, cogió un emparedado.
—¿Saben ya quién fue el chico ese?
—Qué va. Al parecer les llegó un chivatazo de que iban a atacar el tren. Ya sabes que siempre hay aurores sobrevolándolo, pero de todos modos mandaron refuerzos porque no estaban seguros de cuantos iban a ser. Papá y tío Sirius fueron y por los pelos, porque habían pasado la primera barrera de seguridad. La cosa es que iban encabezados por alguien que no parecía un mortífago. Me ha dicho Canuto que llevaba como una máscara de plata o algo así, y que parecía muy joven. En cuanto vio a papá lo intentó derribar, pero ni que un niñato pudiese con él.
—Pero le hirió… —musitó Violet, algo impresionada de que un chico pudiese si quiera hacerle daño al Jefe del Departamento de Aurores.
—Fue un despiste por parte de papá, pero ya está bien —repuso Jack. —Ahora quieren averiguar de quien se trata, porque todos los mortífagos lo obedecían.
—¿A un adolescente?
—Ajá —Jack intentó tragarse un sándwich entero.
—¿Pero estaba seguro de que era un chico? A lo mejor era un mortífago pequeñito…
Al final su hermano la entretuvo tanto que llegó tarde a la clase de Pociones. Cuando entró, todos sus compañeros estaban ya sentados y su madre parecía a punto de comenzar a hablar.
—Espero que tenga un buen motivo para excusar el retraso, señorita Potter —le dijo, con los brazos en jarras.
Violet se puso roja al instante. Primero porque sentía que era su madre, y no la profesora de Pociones la que la estaba regañando, y segundo porque nunca había pensado que aquello de "señorita Potter" sonaría tan raro en labios de Lily.
—Me he perdido… profesora —dudó.
Su madre le lanzó una mirada inquisitiva.
—Espero que no se convierta en costumbre.
Violet se apresuró a ocupar un banco vacío en una de las filas del final, junto a una chica de Slytherin que la miró de arriba abajo como si fuese lo peor que le podría haber pasado. Violet intentó ignorarla. Su madre decía que no debía tener prejuicios respecto a aquella Casa, y, sin embargo, Violet sólo había oído cosas desagradables sobre ellos. Jack, Ron, Neville y Ginny la tenían al tanto de todas sus jugarretas, aunque Hermione intentaba siempre mantener una postura neutral y seguía el discurso de Lily.
Al igual que le había ocurrido con la clase de Lunático, Violet no aprendió nada nuevo en la primera lección de Pociones. Su madre se limitó a explicar los objetivos que pretendía que alcanzasen aquel curso, y a dar pequeñas nociones básicas. Violet había crecido junto a ingredientes y calderos, y todo aquello no le supuso más que otra perorata.
Su primera semana en Hogwarts se sucedió perezosamente, inacabable. Violet tuvo tiempo suficiente a saber qué clases le gustarían, y cuáles no. Para desgracia de Hermione el segundo grupo era más abundante que el primero, y eso que se comprometió a dejarle todos sus apuntes; los tenía ordenado por cursos en un pequeño baúl bajo su cama.
Intentó relacionarse con los alumnos de su edad, pero ninguno lograba interesarle tanto como Jack y sus amigos. Desde que podía recordar, los Weasley y Neville habían sido una constante en su vida, y tanto su infancia como la de los otros, habían transcurrido en su mayoría en el número 12 de Grimmauld Place, así que ninguno había tenido muchas posibilidades de hacer amigo más allá de aquellas cuatro paredes, y al final la edad había sido el menor de sus problemas. Hermione había llegado mucho después, con el primer curso en Hogwarts de Ron y Neville, pero no había sido hasta cuatro años después que supo de la existencia de la Orden. Y entonces también empezó a pasar tiempo con ellos en vacaciones. Entre ellos podían hablar y elucubrar sobre las andanzas de los adultos, y siempre podían recurrir los unos a los otros para contarse detalles que hubieran logrado escuchar. Cuando Violet se juntaba con niños cuyos padres no fueran miembros de la Orden tenía el miedo constante a irse de la lengua. Sabía lo importante que era mantener la organización en secreto.
El sábado por la mañana, en lugar de remolonear en la cama, Violet madrugó y cambió el uniforme por ropa muggle. Se encontró con Jack junto al retrato de la Dama Gorda, y fueron juntos hasta la puerta principal del Castillo. Su madre ya los esperaba, y nada más llegar a su lado, Violet supo que había dejado atrás el papel de profesora Potter y volvía a ser mamá Lily.
—He pensado que podríamos desayunar todos juntos —les dijo mientras les enseñaba una bolsa de papel. —Llevo para hacer tortitas.
Jack y Violet se mostraron más que conformes, igual que su padre cuando llegaron al pisito que había alquilado cerca de Las Tres Escobas.
Les recibió en pijama, todavía con la marca de la almohada en la mejilla y las gafas dobladas en la punta de la nariz. Violet se tranquilizó al comprobar que no había nada en él que indicase que había sido atacado.
—¡Pequeña Potter! —James cogió a Violet en brazos. —¿Cómo está mi Gryffindor favorita?
—Estaba un poco preocupada —reconoció, rodeándole el cuello con las manos y apoyando la cabeza en su hombro. Su padre le dio un besito en la frente.
—Pues ya te puedes despreocupar del todo —le aseguró James, dejándola en el suelo de nuevo para poder saludar a Jack y a su mujer.
Violet aprovechó para echar un vistazo a la vivienda temporal de su padre. No era gran cosa, pero ya se las había apañado para que todo fuese un caos. En el dormitorio principal, que era ciertamente estrecho, la cama estaba deshecha y la ropa amontonada sobre una silla junto a la cómoda, que tenía los cajones medio abiertos. Había restos de espuma de afeitar en el lavabo del baño, y el espejo tenía manchas. Y el salón era todo libros amontonados en el suelo y cajas sin vaciar sobre los muebles.
—¿Qué tal la primera semana de colegio? ¿Cuántas veces te han mandado ya al despacho de McGonagall?
—¡Papá! Ninguna vez.
—Pero… pero, Pequeña Potter, ¿con qué cara se supone que tengo que darle la noticia a Sirius? —dramatizó su padre.
A pesar de las cejas arqueadas de su madre, Violet tuvo que reírse. Empezaba a ser consciente de todo lo que había echado de menos a su padre aquella semana. Durante los dos últimos años, mientras su madre y Jack estaban en Hogwarts, ella y su padre habían pasado casi todo el tiempo en Grimmauld Place con tío Sirius. Había resultado una experiencia intensa, a veces algo exasperante pero casi siempre llena de buenas sorpresas.
Luego Jack acaparó toda la atención del progenitor para hablar de las pruebas de quidditch a las que tenían intención de presentarse. Lily se puso manos a la obra con el desayuno, así que a Violet no le quedó otra que bichear entre las cosas de su padre en busca de algo interesante. En una de las cajas encontró un par de libros con títulos macabros que le erizaron el vello, y entre unos pergaminos llenos de borrones y nombres tachados, dio con un marco de fotos. Primero se fijó en los dos niños que había sonrientes sentados en el escalón de la entrada de una casa. Eran ella y Jack cinco años atrás, un día de otoño. Jack estaba de pie, rodeándole los hombros con un brazo protector. Se le veía confiado y travieso, con aquella sonrisa pícara tan propia de él y los ojos brillantes de travesuras. Violet a su lado no sonreía tanto. En su lugar, parecía embobada con algo más allá del fotógrafo porque sus ojos verdes estaban fijos en algún punto perdido. Llevaba el pelo negro recogido en dos coletas, pero varios mechones rebeldes se escapaban en todas direcciones. En el mismo espacio que esa fotografía, James había colocado otra doblada. Mostraba a un bebé risueño de ojos claros y cabello azabache agitando las manitas. A primera vista cualquiera podría haber pensado que era Violet, pero la niña sabía que no era ella. James Potter había reunido en aquel marco a sus tres hijos. A Jack y a Violet, por un lado, y al pequeño Harry por otro, quien nunca tuvo la oportunidad de conocer que tenía dos hermanos.
Violet siempre había sabido que sus padres habían tenido un bebé antes que Jack. Nunca se lo habían ocultado. En casa se hablaba de Harry, los amigos de sus padres hablaban de Harry. Incluso a veces el periódico hablaba de Harry. Pero a Violet nunca le había interesado demasiado. Para ella sólo era un bebé eterno encerrado en fotografías cuyo recuerdo hacía ensombrecer el rostro de sus padres.
—Oh —su madre la vio con la foto en la mano. Se acercó a ella y cogió el marco con delicadeza.
Violet intentó adivinar lo que pasaba por su mente, ¿estaría pensando que las fotografías no deberían mostrarles en ese orden de edad? Si las cosas hubieran sido normales, Harry habría tenido once años en el momento en el que se hizo la fotografía.
Lily puso la foto sobre el mueble del salón, donde se pudiera ver bien. James, que estaba hablando con Jack sobre tácticas, dejó de lado un momento la conversación para mirar la foto. Hubo un silencio incómodo. Y entonces una luz plateada interrumpió en el saloncito, y un lince de humo apareció.
—Lo tenemos —dijo una voz grave, profunda. Luego el lince desapareció.
James se incorporó de inmediato.
—¿James? —inquirió Lily.
El hombre sacudió la cabeza, despistado.
—Le dije a Shacklebolt que me avisara en cuanto cogiesen a ese pequeño desgraciado —corrió a cambiarse de ropa, y apenas un par de minutos después, salía con su larga túnica de auror. —Tengo que volver al Ministerio, Sirius ya estará allí.
—Por las barbas de Merlín, no hagas ninguna tontería, James —le advirtió Lily preocupada. —Si estáis en lo cierto, es sólo un chico.
—Te puede asegurar que era algo más que sólo un chico —enfatizó su marido. Le dio un beso en los labios a modo de despedida, y un abrazo a cada uno de sus hijos. —Os escribiré en cuanto averigüemos algo.
Nota de la autora: Espero que os esté gustando la historia. He colgado el capítulo 2 seguido porque el primero era meramente introductoria y no pasaba nada de acción. Hasta el momento tengo 7 escritos (es decir, quedan 5). Si queréis que siga subiendo, decidmelo por comentarios. Si no, hasta aquí mi primer intento de escritura. ¡Un saludo!
