Señoritas! Aquí me tienes de regreso con el segundo capítulo de esta historia, que espero esté gustándoles. Apenas vamos comenzando, así que no desespere, vamos de a poquitito conociendo las historia.

Gracias a todas las que han agregado la historia a sus favoritos, que se toman el tiempo de leer y comentar. Muchas gracias, y pues ya saben que esta historia va dedicada a cada una de ustedes con mucho cariño.

Gracias además a Maritza, mi super ayudante, a Manu porque siempre se las arregla para apoyarme, a las chicas del grupo de facebook "Mar de sueños: letras de Catalina Lina" ( groups/Subversivas/) y a las del grupito de WhatsApp, que son unos soles. ¡GRACIAS POR ACOMPAÑARME EN ESTA NUEVA AVENTURA!

Bueno pues chicas, a leer. Cuéntenme qué les pareció y ya saben, nos reencontramos el próximo capítulo. Besos a todas!


Capítulo 2

Las margaritas eran, se podría decir, la flor típica de Valle Escondido. Las había en los floreros que adornaban cada mesita del restaurante más popular del lugar; también predominaba en las casas, donde era cosa extraña no encontrarlas en los jardines de entrada o en abundancia en los patios traseros. Por tanto no era nada raro que la mayoría de los arreglos florales que había sobre la sepultura del joven James Masen tuvieran margaritas, que por cierto, a él le encantaban.

El sacerdote del pueblo acompañó hasta el cementerio el cuerpo del joven y a las personas que lo acompañaron en su último adiós. Dedicó unas palabras de consuelo para su familia, sobre todo para su hermano Edward, y antes de hacer descender su féretro, esparció agua bendita y recitó la primera parte de la Misa de Réquiem:

"Dales Señor, el eterno descanso,
y que la luz perpetua los ilumine,
En Sion cantan dignamente tus alabanzas.
En Jerusalén te ofrecen sacrificios.
Escucha mi plegaria,
hacia Ti quien van todos los mortales.
Dales Señor, el eterno descanso,
y que brille sobre ellos la luz perpetua".

A continuación los sepultureros bajaron con cuidado el ataúd y mientras eso sucedía Edward sentía que su alma se fragmentaba, cayendo varias partes sobre el féretro de su hermano, así como las flores que las personas lanzaban en señal de congoja y respeto, o como sus lágrimas que rodaron por su mejilla incansablemente durante todo el funeral.

Después de aquello la gente comenzó a retirarse, comentando entre ellos lo trágico e injusto que había sido el deceso de este muchacho al que todo mundo quería en aquel pequeño pueblo. Todos se acercaron a Edward para darle un abrazo de contención y ofrecerle lo que él necesitara, cosa que él agradeció. Sue por supuesto, aprovechó la ocasión para victimizarse, llorar y esperar también que las personas se le acercaran para darle el pésame y ofrecerles lo que necesitara, pero fuera de las miradas y el saludo con un frío apretón de manos, no recibió nada.

―Ya todos se han ido ―dijo Alec sentándose junto a Edward, que miraba fijo las pequeñas flores blancas que contrastaban tanto con su negro dolor. ―El señor Clark preparó algo en su casa, en memoria de James…

―Lo siento… ―negó con la cabeza, mirando hacia la cruz de madera blanca que el grupo de misioneros de la iglesia había regalado. ―Lo siento, no puedo irme todavía…

―No te dejaré solo. ―Aclaró Alec firmemente. Edward lo miró y se restregó los dedos por los ojos, a ver si lograba detener las lágrimas.

―No necesitas quedarte. No pasaré la noche aquí, solo será un momento más…

Alec suspiró mirando primero a su amigo y luego el espacio donde descansaba James.

―Está bien. Por cierto, ¿Jamie?

―Los padres de Irina se lo llevaron. Pasará la noche con ellos.

―Qué lindos ―dijo Alec con ironía, quitándose la corbata del cuello que parecía ahogarlo. ―Te dejaré solo un momento, pero te esperaré con Tanya justo en la entrada del cementerio.

―Gracias, Alec.

El joven prospecto de boxeador se alejó por entre los caminitos de tierra que dejaban las sepulturas mientras que Edward se quedaba sentado sobre un bloque de concreto mirando fijo hacia el montón de flores que cubría la tierra bajo donde descansaba su hermano, muerto. De solo unir las palabras hermano y muerto en la misma frase, causaba en su interior un frío espantoso que recorría sus venas y le provocaba un profundo deseo de llorar y que en ese momento no frenó, bajando la cabeza y sacudiendo sus hombros, dejando que sus lágrimas tocaran la tierra del camposanto y que sus sollozos se hicieran audibles. No se avergonzaba del dolor que sentía, pues su hermano merecía cada llanto y cada lágrima que él iba a derramar por su muerte.

A pesar de toda la gente que llegó a despedir a su hermano y a prestarle su apoyo, este joven se sintió tan solo… tan solo que durante una fracción de segundo deseó acompañar a James y seguirlo en ese viaje que emprendió de improviso y sin retorno, a ver si ese maldito dolor que sentía desde el día que murió su hermano, mitigaba de una vez por todas.

"Nunca nadie me habló

De lo que duele

Cuando el adiós

Llega de improviso

Y sin razón

Lacerando el alma

Y partiéndola en dos…" (*)

―Dios mío, qué voy a hacer ahora… ―gimió entre llanto, con su rostro escondido en las palmas de sus manos. Se sentía tan, tan perdido, como quien pierde su brújula… sí, porque eso era lo que él había perdido, su brújula quien lo guiaba y le decía si seguir adelante, detenerse o cambiar el trayecto.

Pasó varios minutos sentado frente a la tumba de James, casi veinte minutos, hasta que decidió levantarse. Extrañaba a su hijo y necesitaba de su aroma tranquilizador justo en ese momento.

Se abotonó la americana y levantó la cabeza inspirando el aire helado, antes de volver a mirar por última vez en ese día, donde su hermano descansaba y partir de regreso a la realidad.

Afuera sus buenos amigos lo esperaban, Tanya tan desconsolada como él y Alec que la consolaba dejando que la chica llorara en su hombro. Se acercó a ellos e inmediatamente Tanya lo abrazó como lo hizo cuando le dio la mala noticia, dejando que Alec momentos después tomara su lugar.

―Vamos a comer algo, no queremos que te desvanezcas….

―Antes quiero pasar por Jamie a casa de sus abuelos…

―Pero dijiste que lo ibas a dejar con ellos… ―le recordó Alec, caminando hacia el auto.

―Lo necesito.

―Entendido ―no dijo nada más y se metió tras el volante del coche para ponerse en marcha hacia la casa de los abuelos del pequeño, quien recibió a su padre extendiendo sus bracitos y rodeándolo por los hombros, descansando su cabecita sobre su hombro y suspirando, como si fuera consciente de todo lo que pasaba a su alrededor.

― ¿También lo extrañas? ―preguntó Edward a su hijo, dejando un beso sobre su cabello.

Enseguida prometió a los abuelos del niño llevarlo más tarde, regresando al auto de su amigo y dirigiéndose al departamento de Tanya donde comería algo, no porque tuviera deseo de hacerlo, sino porque tenía que hacerlo o de lo contrario se desvanecería en cualquier momento.

Estaban con Tanya en su casa, hablando de nada en particular, cuando el jefe de policía llamó al móvil de Edward. Él no había tenido cabeza para hacerse cargo de las investigaciones respecto al culpable de la muerte de su hermano, sino que dejó todo en manos del ex jefe de su hermano y su abogado.

― ¿Jefe Peterson? ―saludó Edward al cabeza de la policía local.

Edward, que tal, lamento molestarte en este momento, pero es importante…

― ¿Sucedió algo?

―Sí, debemos notificarte sobre la investigación en el caso de tu hermano, ¿podrías venir?

―Claro, voy para allá.

Aquí te espero.

Avisó a sus amigos sobre el llamado del jefe de policía, avisando que de paso dejaría al niño de regreso en casa de sus abuelos antes de ir a la policía. Sus amigos no dejaron que fuera solo, alistándose para acompañarlo, pues suponían de qué se trataba todo eso.

El jefe de policía Thomas Peterson era en general un tipo de carácter adusto e incluso temible de quienes lo conocían, dándole un toque dramático a su cargo frente a la policía del pueblo, pero en ese momento y frente a los hechos que investigaban, esa severidad con la que todos lo veían había mermado un poco, pues como al resto del pueblo, la noticia de la muerte de James le había afectado. El muchacho era un buen chico y había muerto en circunstancias poco claras, tanto así que la noticia que este hombre tenía para darle a Edward trataba de eso.

―Edward, muchacho, sabes que somos un pueblo pequeño y que no tenemos a disposición lo que se necesita para investigar como es debido la… situación en la que se vio envuelta la muerte de tu hermano.

Edward juntó las cejas en el centro, intentando entender lo que el jefe de policía estaba tratando de decirle. Miró al señor Clark y su abogado quienes levantaron sus hombros casi al unísono, volviendo a mirar al oficial, pensando que el letargo de esos días estaba pasándole la cuenta.

― ¿Y qué quiere decir con eso? ―preguntó con un poco de temor en la voz.

―Yo… ejem… Edward, no tenemos absolutamente nada respecto a los responsables de la muerte de James.

― ¿Cómo que nada? ―preguntó mirando a todos los que estaban allí ―Él… él le dijo a Tanya que se trataba de un auto rojo, incluso le dio la marca. Un auto rojo y dos ocupantes…

―Hemos peinado los alrededores buscando el coche, pensando que quizás lo hayan abandonado por ahí después del accidente…

―O quizás ya tuvieron tiempo de pintarlo… ―acotó el señor Clark, pero Edward sacudió la cabeza negándose a creer lo que estaba oyendo.

― ¿Me está queriendo decir que no hay culpables?

Cayó un silencio pesado sobre la oficina de madera sobre cuyos muros colgaban diplomas al valor que el joven quiso quitar y estampar contra el piso.

―Lo siento Edward…

― ¡No! ¡Usted no lo siente! ¡Usted ni nadie! ―gritó, apuntando al jefe de policía con el dedo índice ―Un auto arrolló a mi hermano y lo dejó tirado como a un perro, sin dignarse a prestarle ayuda, lo que habría significado que él hubiera sobrevivido… ¡Mataron a mi hermano y usted me está diciendo que frente a eso no hay nada que hacer!

―Cálmate, Edward…

― ¡No me calmo, Alec! ―gritó, soltándose del agarre de su amigo, mirando furioso al oficial que aguantaba estoicamente la ira del muchacho en su contra. ―Mi hermano está muerto… ¡Muerto! Y los responsables van a seguir adelante con sus vidas como si no hubieran hecho nada malo, ¿es eso lo que me está tratando de decir?

―Edward ―el señor Clark, quien al saber la resolución de la policía local, estalló también en ira como Edward, se acercó al muchacho y se puso frente a él. ―No hay testigos, fuera de lo que dijo tu hermano antes de morir, no hay nada más. Estamos en un pueblo pequeño que depende de la buena voluntad de ciudades grandes para resolver este tipo de casos, y desde allá no nos han dado otra cosa que disculpas por la demora…

― ¿Disculpas… disculpas por la demora?

―Otras entidades tendrían que realizar la labor de investigar, muchacho ―se explicó el jefe Thomas desde su escritorio ―y podrían pasar años antes que ellos decidan comenzar…

―No puede ser… ―murmuró totalmente desconcertado, tironeándose el cabello con sus dedos ― ¡No es justo, maldita sea!

El señor Clark sentía tanta rabia y frustración como el muchacho, y quería que él lo supiera, y que supiera también que no se quedaría de brazos cruzados respecto al tema.

―Edward, aquí no hay nada más que hacer, pero si quieres saber quiénes fueron los responsables de la muerte… de la muerte de James, tendremos que tener paciencia. Mi abogado y yo iremos a la capital y nos comenzaremos a mover allí, pero hijo, tendrás que ser paciente, ¿lo comprendes?

―No voy a vivir en paz hasta saber que se le ha hecho justicia a la muerte de mi hermano, señor Clark, por él voy a ser paciente y a esperar.

―Seguiremos trabajando, Edward ―prometió el jefe, poniéndose de pie ―Esto es algo personal para mí, muchacho, y no me quedaré de brazos cruzados. Investigaré por mi cuenta, pero no te prometo que los resultados estén en poco tiempo…

―No me importa el tiempo que tenga que esperar… ―murmuró Edward con la voz quebrada.

―Está bien. El abogado te va a explicar lo que tenemos que hacer en adelante. Él te representará en todo lo concerniente a la investigación y frente a cualquier novedad, nos comunicaremos contigo al instante.

― Júreme que lo encontraremos…

―Te lo juro, muchacho, y cuando eso pase, los refundaremos en la cárcel, ¿me oyes? Ahora, pon atención a lo que mi abogado va a explicarte.

Estuvo reunido cerca de cuarenta minutos con el jefe de policía, el señor Clark y su abogado, quienes le explicaron cuál sería el curso de la investigación en ese momento. Interpondrían una demanda por quien resultara responsable de la muerte de James Masen e irían con esa demanda hasta el tribunal de justicia en la capital para demandar una investigación a fondo, serían insistentes y pacientes frente a las respuestas que pudieran darlos.

― ¿O sea que por vivir en un pueblo pequeño, que prácticamente no aparece en el mapa, no tenemos derecho a investigaciones o a que se aplique justicia? ―preguntó Tanya con sus ojos llenos de lágrimas, esta vez de pura rabia.

Se había quedado afuera, en la sala de espera, aguardando a lo que tendrían que decirle a Edward. Estaba preparada para que le dieran la identidad del responsable de la muerte de James, pero no para decirle que prácticamente no había nada más que hacer.

―Harán una serie de trámites en la capital, pero con los recuerdos que hay aquí no hay mucho que se pueda hacer… ―explicó Edward un poco más calmado.

Alec bufó y negó con la cabeza, completamente enojado y frustrado por la mala suerte de vivir en un lugar como ese, tan alejado de la mano de Dios.

―Con suerte hay un retén policial, ni en sueños van a poner un equipo de criminalística…

―Lo cierto es que nadie va a bajar los brazos hasta que se haga justicia ―anunció Edward, como una promesa que él mismo le había hecho a su hermano. Tanya se paró frente a él y tocó su brazo en apoyo de su lucha de la que ella también sería parte.

―Se refundirá en la cárcel el responsable, Edward…

―Sí que lo hará ―respondió el joven mirando a su amiga ―Ahora vámonos de aquí… tengo que ir a casa.

Tanya y Alec se miraron, pensando que no podían dejar solo a Edward en esa casa del terror con la bruja residente atormentándolo, por lo que se ofrecieron a acompañarlo un rato, por si las cosas se ponían feas. Edward alzó sus hombros y dejó que lo acompañaran a la casa, deseando que por ese día la presencia de Sue se esfumara y lo dejara en paz vivir su duelo, pero no.

Tan solo abrir la puerta principal, oyó las carcajadas de Sue que se oían desde la sala donde pasaba el tiempo viendo televisión y bebiendo, como lo estaba haciendo en ese momento. seguro alguien se había apiadado de ella y su mala imitación de tía doliente que no tenía para comer… gastándose por supuesto el dinero que le habían dado para comida en un rancio licor embotellado en recipiente de plástico que era el más barato de la tienda, y el más malo por cierto.

Edward cerró los ojos y apretó los dientes cuando retumbó en sus tímpanos las carcajadas de esa mujer a la que hubiera deseado hacer callar de una cachetada. No era él una persona violenta, pero últimamente su temperamento explotaba con facilidad y su paciencia no tenía el mismo límite tolerante siempre, sobre todo si de Sue se trataba.

¿Parásito, eres tú? ―gritó Sue cuando oyó la puerta cerrarse. Alec caminó en dirección a la sala para darle una lección a esa mujer, pero Tanya lo detuvo tomándolo de la mano.

―Esta mujer merece a alguien que le dé un merecido

―No estamos aquí para alentar la violencia contra la mujer, Alec… ―recriminó Tanya en un susurro. Edward trató de no hacer caso y le habló a sus acompañantes, que seguían junto a la puerta.

―Muchachos, no es necesario que se queden. Me encerraré en el dormitorio y dormiré…

¿Por qué no contestas? ―se oyó otra vez la voz de Sue gritando desde la sala, interrumpiéndolo ― ¿A caso te quedaste llorando ahí como las niñitas? ¿A caso también eres mariconcito como tu hermano? Los raritos como él terminan su vida de esta manera, como perro al lado del camino…

La furia de Edward se desbordó y explotó, dirigiéndose a la sala con pasos atronadores, encontrándose con Sue, que como había predicho, estaba recostada en el sofá, usando un vestido negro que cubría hasta sus sucios tobillos. En una mano tenía una botella de licor y en la otra un cigarro encendido, mientras que sus pies descalzos descansaban sobre la mesita de centro. Cuando vio al muchacho se atrevió a sonreírle y a dedicarle un eructo que salió de su boca de forma soez, causándole a ella mucha gracia.

―Maldita seas, Sue…

― ¡No me maldigas, parásito! ―respondió la mujer, mirando al joven con desprecio, de pies a cabeza. Parece que eso enfureció más a Edward, que no se quedó callado:

― ¡Estás maldita desde hace mucho tiempo ya! Yo no estoy haciendo nada más que recordártelo, o qué, ¿te ves rodeada de muchas personas?

―Cierra la boca…

―Nadie quiere estar a tu lado. Has espantado a todas las personas que te podrían haber soportado, con las que podrías haber hecho lazos de familia…

―¡Yo tenía una familia hasta que tú y el resto de tus hermanos llegó a cagarme la vida!

―Esta era la casa de mis padres, ellos te recibieron cuando no tenías donde caerte muerta después de haber abortado producto de tu adicción al alcohol. Te dejaron esta casa a cambio de cuidarnos a mí y a mis hermanos, ¿y qué fue lo primero que hiciste? Echaste a Mike…

― ¡No te atrevas a nombrar a ese bastardo en mi presencia! ―gritó, como si el solo nombre del mayor de los hermanos Masen le provocara repugnancia.

―¡Y tú no te atrevas a llamarlo así!

— ¿Por qué mierda lo defiendes? ¿A caso estuvo llorando a tu lado mientras enterrábamos al marica?

―Vuelve a hablar de esa manera de cualquier de mis hermanos, y olvidaré que eres mujer, Sue…

―No te tengo miedo. ―Apuntó con voz ronca, mirando con odio al muchacho ―Ahora será mejor que te largues de una vez, no tengo ánimo para verte la cara todos los días. Me libré de tus dos hermanos, hazme la tarea fácil y sal por tu propio pie…

― ¿Sabes qué? Sí lo haré, pero porque estoy harto de este infierno y porque hay cosas grandes esperando por mí fuera de estas cuatro paredes. Te arrepentirás de todo lo que has hecho, vendrás arrastrándote a mi cuando necesites ayuda y yo recordaré cada momento en que hiciste mi vida y la de mis hermanos miserable cuando te niegue la ayuda, ¿me oyes?

― ¡No me hagas reír! Apenas te mantienes a ti mismo, ni siquiera puedes con un mocoso en pañales y me dices que voy a ir por ayuda ante ti, arrastrándome para colmo… ―botó la botella al suelo y se agarró el estómago mientras se reía a carcajadas.

Edward dio un paso adelante a punto de hacer algo de lo que seguro después se arrepentiría, agradeciendo la mano de Alec que lo agarró del brazo y lo sacó de ahí, rumbo al segundo piso, donde ya estaba Tanya metiendo la ropa del closet en una vieja maleta de cuero café.

―Esa mujer sería capaz de hacer perder la paciencia de un santo… ―comentó Alec, cerrando la puerta de un fuerte golpe. Edward bufó, pasándose la mano por su pelo y mirando al techo de la habitación, mientras que Tanya seguía ágilmente metiendo las cosas en las maletas.

―Vamos chicos, ayúdenme a meter todo en lo que sea para salir pronto de aquí ―dijo la chica, llamando a los muchachos a ponerse manos a la obra.

Edward se acercó al closet de su hermano, el que abrió despacio, temblándole los labios cuando vio toda la ropa muy bien colgada de James desde los percheros y sus camisetas y pantalones estupendamente doblados a un costado. No era mucha ropa ni de marca, pero era linda decía el dueño de esas pertenencias, que cuidaba mucho lo que tenía. En ese momento Edward no pudo evitar cerrar los ojos y soltar el llanto, hundiendo su rostro entre las prenda de ropa que aun mantenían el aroma del perfume que su hermano usaba. Abrazó la ropa como si fuera ese todo el consuelo que le quedaba para mitigar el dolor de la perdida, mientras que a su espalda tanto Tanya como Alec lo miraban con pena, entendiendo el grado de su aflicción.

La chica fue la primera en acercarse al doliente muchacho y abrazarlo por la espalda mientras este sacudía su torso a la vez que su llanto no mermaba, por el contrario, se había más intenso, deseando vaciar esa pena de una vez por todas.

Lo dejaron llorar en paz hasta que él mismo se apartó y se secó el rostro con la manga de su suéter negro, sacando los bolsos que había dentro del closet para meter la ropa de su hermano, no con la reverencia con la que él se lo hubiera exigido, pero estaba apremiado por salir de ese lugar, por tanto James entendería.

Desalojaron completamente el dormitorio de todas sus pertenencias. Sacaron desde el viejo computador hasta los cepillos de dientes que había en el baño, no dándole la opción a Sue de echarle mano a nada de eso para hacerse de dinero, mucho menos para sus vicios. Alec incluso desarmó las viejas camas de fierro que James había comprado en un remate, sacándolos del dormitorio junto con los colchones de plaza y media que subió al camión pequeño que había pedido al señor Clark, les facilitara.

Por supuesto Sue protestaba cada vez que Alec o Edward bajaban las escaleras con esas cosas, intentando en un momento de quitarle la silla del escritorio a Edward cuando éste pasó con ella en brazos.

― ¡Apártate, Sue! ―exclamó Edward en un momento, apartándola con un empujón.

― ¡Te estás pasando, maldito parásito!

Tomó la última caja que quedaba en su dormitorio y miró el cuarto vació, recordando lo mucho que había vivido en esas cuatro paredes, que ahora no significaban nada para él. Miró la hora en su reloj de pulsera y vio que era pasada la media noche, agradeciendo la actividad de las últimas horas que probablemente le regalarían horas de sueño. Necesitaba recomponer fuerzas para pensar con claridad qué sería de su vida desde ahí.

Bajó por última vez la escalera de esa casa y se paró en la entrada de la sala donde Sue se había rendido en su batalla por evitar que sacaran sus cosas de su casa, quedándose profundamente dormida sobre el sillón. No sintió absolutamente nada mientras la miraba, dedicándole solo una mirada de desaprobación antes de salir por la puerta principal y meterse al coche de los padres de Alec y dirigirse a su casa, donde alojaría.

―Las cosas del camión quedarán guardadas en una bodega de la industria ―dijo Alec, comentando la pequeña empresa textil donde trabaja su padre. ―Las maletas con tu ropa y la de Jamie están en el maletero.

―Gracias Alec, de verdad, por todo.

―Ni lo digas, Edward.

―Los espero mañana a desayunar ―dijo la chica, inclinándose hacia el asiento delantero para dejar un beso en la mejilla de Edward, quien agradeció el gesto.

Dejaron a Tanya en la puerta del edifico de cuatro pisos donde vivía, mirando Edward por la ventanilla y permitiéndose sonreír cuando Alec besó la comisura del labio de Tanya, dejando sus labios allí por un poco más de tiempo. Regresó al coche solo cuando Tanya entró al edificio y puso el motor en marcha sin hacer comentario. Apenas miró a Edward de reojo cuando fueron camino de casa, pues nada había comentado de su amorío con Tanya, pero estaba inquieto y quería hablar de eso pese a que sabía no era un buen momento para su amigo.

― ¡Oh, suéltalo ya, Alec!

―Ella dice que soy lindo… ―comentó el rubio conductor con una sonrisa en los labios ―pero un poco tonto por dejar que me golpeen. Yo le explico que es un deporte y ella me dice que por qué no practico el atletismo…

―Entonces la cosa va por buen camino…

―Sí, pero no estoy presionando, sobre todo ahora que está triste por lo de James. Solo quiero estar con ella y no aprovecharme de su dolor, ¿comprendes?

―Vas a casarte y a tener muchos bebés con ella, Alec.

― ¿Tú… tú crees? ―miró a su amigo y su sonrisa se hizo más grande ―Apenas somos… amigos y algo más…

―Ya vas a ver.

―Si resulta cierto, juro por Pluto mi perro, que le pondré tu nombre a uno de mis hijos…

Edward rodó los ojos y sonrió por primera vez después de mucho tiempo de sentir que no lo hacía. Miró a Alec y golpeó su hombro mientras el joven boxeador no podía hacer nada para borrar la sonrisa de su rostro.

La madre de Alec, una mujer menuda con el cabello largo y tan rubio como el de su hijo, esperaba a los muchachos en la cocina con dos tazas sobre la mesa y bocadillos de pan integral con jamón de pavo y queso. Ahí fue que ambos se dieron cuenta de lo hambrientos que estaban pues devoraron sin miramientos mientras ella los miraba bebiendo un té caliente, afirmada contra la encimera de la cocina.

―Me alegra que finalmente hayas salido de esa casa, aunque eso no te correspondiera pues era la casa de tus padres ―comentó Aneke, mirando a Edward que bebía el ultimo sorbo de chocolate caliente de su tazón.

―Lo sé, pero no podía seguir allí. Además, tarde o temprano iba a ocurrir pues estoy esperando respuesta de la beca para ingresar a la universidad.

―Estudios universitarios… ojalá y alguien tomara tu ejemplo…

―Madre, estuve un año estudiando algo que realmente odiaba, ¿honestamente me veías como abogado? ¡Dios! Y con la cantidad de cosas que tienen que memorizar, con razón cobran tan caro por sus servicios…

―Pero hay otras carreras en las que puedes mezclar tu afición por el deporte… ―dijo la comprensiva Aneke.

―Señora Norris, no se preocupe ―comentó Edward a la madre de su amigo. ―Este muchacho dentro de poco comenzará a cursar clases en alguna universidad, se lo prometo.

La mujer sonrió y se acercó hasta el amigo de su hijo, poniendo la mano sobre su hombro.

―Al menos tú me das esperanzas. Ahora vayan a dormir, ha sido un día pesado, para todo, sobre todo para ti, Edward.

―Sí… y gracias, una vez más.

―El tiempo que estimes necesario, tendrás un lugar aquí para quedarte, incluso si necesitas traer a Jamie…

―Sus abuelos se están haciendo cargo de él durante estos días ―explicó Edward.

―De cualquier forma me gustaría que lo trajeras para verlo… ya que parece que los nietos es algo por lo que tendré que esperar mucho, mucho tiempo..

―Edward dice que tendré muchos hijos ―apuntó Alec, alzando sus cejas orgullosamente.

―AY, Alec, Dios te oiga…

La madre de su amigo había preparado una habitación pequeña con una cama individual para su estadía, la que esperaba Edward, fuera corta. La respuesta de la universidad tendría que llegarle esos días y cualquier fuera la respuesta, no podía quedarse allí, debía migrar de ese pueblo.

Recordó entonces a Mike, su hermano mayor que había dejado el país y que por razones de fuerza mayor correspondientes a sus estudios de antropología, estaba de viaje al interior de no sabe bien qué parte y que estaba totalmente desconectado, por lo que no había podido darle la noticia, ¿pero cómo podría hacerlo por correo o mensaje?

Tomó el celular que había dejado sobre la mesita que Aneke había dejado junto a su cama con una lámpara, abriendo la aplicación de correo para dejarle un mensaje corto a Michael en su bandeja de email, donde le pedía se comunicara con él en cuanto viera el mensaje. "Espero que sea pronto" se despidió escribiendo antes de enviar el email. Bloqueó el teléfono y lo dejó sobre la mesita, dejándose caer enseguida de espaldas sobre la cama. Puso las manos sobre su pecho y pensó en su hermano y en lo tranquilo que debía de sentirse donde quiera que estuviera, pues a pesar de todo estaba recibiendo ayuda de todos lados, aunque la ayuda que más anhelaba Edward era la de su hermano, a quien nunca más volvería a ver.

Cerró los ojos y se permitió respirar hondo, recordando por unos momentos un par de ojos que lo habían deslumbrado hacía unos cuantos días atrás y que con la vorágine de lo ocurrido había desplazado, pero no olvidado, porque tenía la certeza que en algún lugar esa mirada estará esperando por él. Sabía que en algún momento de su vida esos ojos almendrados se encontrarían con los suyos y ocurriría lo inevitable. Ya no estaría más solo y se permitiría amar como siempre lo había deseado, así lo sentía y así lo intuía.

"Eres muy intuitivo… más bien brujo, diría yo…" habría respondido James, a lo que Edward sonrió. Con ese sentimiento pacífico se quedó dormido sobre la cama, agradeciendo tener horas de descanso.

A la mañana siguiente salieron rumbo a casa de los padres de Irina a recoger a Jamie, quien balbuceó con sus brazos extendidos con entusiasmo cuando su abuela lo llevó donde Edward, abrazándose a su cuello y moviendo sus piececitos animadamente.

―Este niño ya tiene ganas de caminar… ―comentó su abuela a Edward, entregándole la bolsa con las cosas del niño. ―Por cierto, Irina llamó y dijo que lamentaba mucho lo de James.

―Dígale que gracias.

Esbozó una sonrisa tirante y se despidió para salir de esa casa donde tan incómodo se sentía. Ojalá Irina hubiese preguntado por su hijo, para saber cómo estaba… al parecer la vida estudiantil en el extranjero estaba ocupándole mucho tiempo que no le quedaba un momento para preocuparse por él. Pero qué más daba, ella ya había tomado su decisión y esperaba que en un futuro no se arrepintiera de estar abandonando a su hijo pues él no se lo perdonaría.

Llegaron a casa de Tanya, Jamie balbuceando palabras de amor en su idioma infantil cuando vio a la rubia enfermera que enseguida lo tomó en sus brazos, olvidándose de los dos muchachos, incluso de Alec que esperaba su besito de buenos días. La chica desapareció adentro de la casa con el niño en brazos mientras los dos muchachos se instalaban en la cocina, regresando casi enseguida con un sobre blanco en su mano. Se lo extendió a Edward sin decir mucho, no necesitando él que lo hiciera pues en un costado superior venia estampado el logo de la Universidad de Arte del Estado.

―Oh, Dios… ―murmuró el padre de Jamie, mirando el sobre.

― ¿Y qué esperas? ―preguntó Alec, golpeándolo ligero en el brazo ― ¡Ábrelo de una vez!

Con dedos temblorosos lo hizo, sacando despacio en documento doblado en tres partes, donde de alguna manera se definía su futuro. Se quedó en silencio leyendo el contenido del documento, con Tanya y Alec mirándolo ansiosamente en espera de que les informara. Se confundieron y se espantaron cuando Edward cerró los ojos y arrugó el documento entre sus manos, aplastándolo en su pecho.

― ¿Edward? ¿Qué dice…?

―Aceptaron… ―murmuró con voz entrecortada ―Me dieron la beca completa.

Alec se apresuró en acercarse a su amigo, levantarlo de su asiento y abrazarlo, mientras éste lloraba de la emoción, deseando haber estado abrazado a su hermano que seguro y con ayuda del mismo Alec, lo hubieran agarro de los pies y las manos y zarandeándolo al aire, hubieran celebrado su ingreso a la universidad y la obtención de la beca completa que la Universidad entrega a alumnos que han rendido un examen de excelencia como él lo hizo, sacando resultado sobresaliente.

Esa carta era sin duda la señal, la confirmación de que afuera la vida que él deseaba vivir, estaba esperando por su llegada y la de su hijo.

Tanya abrazó mucho al niño que miraba con extrañeza a su papá y a su amigo, tratando de comprender en su pequeña cabecita qué estaba pasando.

―Oh, Dios… los voy a extrañar tanto… me voy a sentir tan sola…

Y era cierto. Tanya de alguna manera había sido adoptada por Jamie pues no tenía familia alguna. Nunca conoció a sus padres y fue criada en ese pueblo por su abuelo, quien falleció hacía ya algunos años. ¿Qué haría sola en ese pueblo? ¿O casi sola?

―Quizás también emigre…

Alec automáticamente soltó a Edward y se quedó mirando con espanto a la enfermera, quien había girado sobre sus talones y salido de la cocina.

―Si ella se va, yo también.

―No sería yo quien se opusiera ―comentó Edward alzándose de hombros, dirigiéndose hacia el fogón para poner agua a calentar para el desayuno, mientras pensaba en todo lo que se le venía por hacer en los siguientes días.

Y como bien lo previó Edward, los días siguientes fueron una locura. Tuvo que ir y venir de Valle Escondido hacia la Capital un momento de veces para cubrir la burocracia de su ingreso a la universidad, y cuando lo hacía en los vagones del tren, automáticamente y miraba a su alrededor en busca del rostro que memorizó y que con el paso de los días no se desintegraba. ¿Quizás era esa una señal, no?

Además de los tramites en la universidad, estaba la investigación por la muerte de su hermano, que según el abogado del señor Clark, iba lento, lo que no significaba que fueran a perder las esperanzas ni dejar caer los brazos de lucha, claro que no.

Cuando fue a recibir el apartamento que la universidad había dispuesto para él, después de veinte días de lo sucedido con su hermano, Alec se ofreció a acompañarlo para ver qué tanto podrían llevar. Desde un principio le dijeron que era pequeño, pero a Edward le pareció bien: departamento de dos ambientes de murallas color blanco, ventanas francesas de marcos de madera que daban directamente al campus central de la universidad y por donde entraba mucha luz, imaginándose Edward una tarde entera escribiendo mientras su hijo jugaba en el suelo con sus juguetes. Además, uno de los muros era un estante de suelo a techo que él pensaba llenar. Cocina americana con lo básico, y un dormitorio grande donde sin problema metería su cama y la cuna de su hijo. El closet estaba empotrado en el muro igual que los estantes de la sala, y una puerta daba al baño que tenía incluso una vieja y grande tina con patas de forma de león que a Alec causaron mucha gracia.

―Es un buen lugar, ¿no te parece? ―preguntó Edward en el centro de la sala, mirando a su alrededor. Alec se asomó por la puerta del dormitorio y torció un poco la boca.

― ¿Y cuando venga de visita? ¿Dónde vas a ponerme?

―Dormirás en el sillón cama que pondré justo aquí ―dijo, indicando el espacio bajo una de las ventanas.

Estaban viendo de qué modo iban a distribuir los pocos muebles que Edward tenia ―los que alcanzó a sacar de casa y los que le regalaron―, y viendo qué tendría que comprar, cuando por la puerta de entrada que habían dejado abierta se asomó la cabeza de un hombre como de dos metros de estatura, de cabello muy negro y alegres ojos verdes, que saludó con la mano que llevaba una pipa llena de tabaco, y una sonrisa cordial de bienvenida.

―Venía atravesando el pasillo y no resistí la curiosidad ―dio un paso adentro y extendió su mano hacia Edward ―Soy Emmett, el vecino del frente.

―Soy Edward, el recién llegado.

―Ah, pues, bienvenido Edward ―dijo, mirando a Alec, que también extendió su mano al joven curioso y que vestía con pantalones de traje y americanas, envejeciéndolo y haciendo increíble pensar que fuera alumno de la universidad.

Se dirigió a Edward, metiendo una de sus manos a los bolsillos, mientras con la otra jugueteaba con la pipa negra de madera.

― ¿Y a qué facultad entras?

―Letras.

― ¿Literatura? ―preguntó de pronto Emmett, muy entusiasmado, respondiéndole Edward positivamente con un asentimiento de cabeza. ―Soy estudiante de literatura de cuarto año, así que puedes contar con mi ayuda para lo que necesites.

―Vaya, gracias… es bueno saber que puedo contar con alguien.

―Bueno, ni que lo digas, estaré encantado de presentarte a mi círculo de amigos. Podemos ir a los simposios que se hacen aquí y en otras facultades.

―Seguro Jamie estará encantado de conocerte y también… ―comentó Alec, que se había quedado recostado contra el quicio de la puerta. El recién llegado lo miró arrugando sus cejas, mirando enseguida a Edward.

― ¿Jamie?

―Mi hijo ―puntualizó. ―Tiene ocho meses. Me mudaré aquí con él…

― ¡Ah, bueno! ―exclamó el estudiante de literatura ―Conozco la guardería y conozco a casi todos los niños que pasan por ahí, porque mi novia es la encargada, Rosalie.

―Sí, me hablaron de la guardería.

―Los niños lo pasan increíble y aprenden mucho. ¡Incluso yo lo paso bien cuando voy allí!

Edward agradeció la aparición de ese grandulón que resultó ser simpático y muy sociable, acabando de "conquistar" incluso a Alec que al principio se vio un poco inseguro, pero que claudicó cuando Emmett le habló de la firma que el mismísimo Muhammad Ali había estampado en un guante que su padre le regaló para una navidad.

Nunca seré boxeador ―comentó Emmett a Alec, que estaba profundamente emocionado con la plática ―Pero Ali es sobresaliente en muchas otras peleas, fuera de las que defendió sobre el ring, ¿no crees?

Les ofreció ayuda para meter los muebles cuando fuera el momento, y les dejó su número de teléfono para que avisara de su regreso. Emmett prometió reclutar a su amigo y a su novia para que los ayudara, y a quienes les presentaría para que no se sintiera tan solo cuando abandonara su pueblo.

Antes de irse, se acercó a la ventana y miró hacia el exterior donde edificios antiguos se alzaban imponentes. Contempló el césped y los viejos y frondosos árboles que también eran parte de la mística de esa casa de estudio a la que con mucho orgullo podía decir, que tenía el privilegio de pertenecer. Suspiró y pensó en James, que habría salido a correr por el césped a pies descalzos y recorrer los edificios para conocer bien donde estudiaría su hermanito.

Dios, cuánto lo extrañaba. Su ausencia era una de las cosas más duras por las que había pasado, y aunque estaba tratando de mirar la vida con optimismo por él y por su hijo, se le hacía difícil pues sentía que algo le faltaba. Seguro estaría orgulloso y habría sido más que probable que habría hecho amistad inmediatamente con Emmett… pero claro, ya no estaba, y tendría que conformarse con su recuerdo que no era más que un triste consuelo.

Volvió a suspirar y cerró la ventana, mientras Alec terminaba de tomar medidas, cuando el sonido de su móvil lo hizo detener, sacar el aparato del bolsillo de su chaqueta y mirar la pantalla. Se quedó en blanco cuando vio el nombre de Mike en la pantalla. Cerró los ojos y movió sus hombros, mientras Alec lo miraba con curiosidad.

― ¿Mike?

¡Edward! ¡Oh, por fin! ―Exclamó, soltando una carcajada de alegría ― ¿Cómo estás? ¿Qué son todas esas novedades que me tienen? Acabo de escribirle un correo a James porque no respondió mis llamadas, ¿acaso está contigo?

―Michael… yo… necesito hablar contigo.

Michael del otro lado de la línea se quedó en silencio por unos segundos cuando Edward no se contagió con su entusiasmo.

¿Sucede algo?

―No puedo decírtelo por teléfono…

Edward, me estás asustando. Mira, acabo de llegar a la Capital y…

―Estoy aquí, en la universidad. Me dieron una beca y con eso un apartamento pequeño para mí y para Jamie…

¡Estás de broma! ―se alegró el hermano mayor ― ¡Sabía que lo lograrías! ¿Puedes esperarme? ¿Está James contigo?

―No… no… Alec me acompañó. Pero puedo decirle que se vaya…

¿Y cómo es que James te dejó venir solo? Con lo entusiasmado que estaba él de venirse acá también…

Edward cerró los ojos y sintió la quemazón del dolor que había estado manteniendo a raya, pero que con la llamada de su hermano mayor volvió a salir a flote. Llevó el puño a su boca, mordiéndolo para ahogar el sollozo e inspiró hondo para no hacer notar en su voz su dolor.

― ¿Michael, puedes venir entonces?

¡Ya estoy saliendo! Dirígete a la fuente de los patos, es muy conocida ahí. Pregúntale a cualquiera y te dirá como llegar, está justo frente a una cafetería. Estoy allí en diez minutos.

―Allí te veo.

Colgó antes que no pudiera soportar más y soltara el llanto. Cerró los ojos y apretó sus dedos contra los párpados, preguntándose cómo demonios iba a darle esa noticia a Mike.

― ¿Era Michael?

―Sí… viene ahora hacia acá…

Alec torció la boca y se acercó hasta su amigo, que miraba su teléfono sobre sus manos temblorosas. Estaba nervioso, no se había preparado para ese reencuentro.

―Tranquilo, Edward, ¿quieres que te acompañe a verlo?

―No, no, debo hacerlo solo, y no sé cuánto me demore, así que vete tranquilo. Después tomaré el tren…

―Estás loco si crees que voy a dejarte solo. Tú ve a reunirte con Mike y yo te espero aquí. Iré a la tienda y compraré algunas cosas, e incluso pasaré por un café mientras te espero…

―Alec, no es necesario…

―Sí que lo es. Vas a necesitar contención después de esto, y no te dejaré ir en tren ciertamente, así que ve tranquilo que yo encontraré algo que hacer… quizás hasta me entusiasmo y tomo algún curso aquí.

―Vale.

Salió del edificio con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de mezclilla negro, repasando en su cabeza cómo debía darle la noticia a su hermano mayor y no encontrando la manera más acertada de hacerlo. No entendía por qué estaba tan nervioso… bueno, estaba a punto de comunicarle a alguien la muerte de un ser querido, lo que no era menor, haciéndolo más complicado el hecho de que se trataba de sus hermanos.

Después de preguntarle a un jardinero por la ubicación de la dichosa fuente, llegó caminando despacio hacia el punto de encuentro donde a lo lejos vio a Michael, que estaba sentado alrededor de la pileta mirando su teléfono. Al parecer reparó o intuyó en su presencia porque en ese momento levantó la vista y lo vio, poniéndose de pie y levantando una mano, la que agitó en el aire animadamente. Otra vez Edward quiso ponerse a llorar, pues la alegría de su hermano contrastaba tanto con el dolor que él sentía, dolor que le causaría a él en unos instantes.

Trató de sonreír mientras se acercaba, aprovechando de mirar el cuerpo bien trabajado de su hermano de veintiocho años, que gustaba de visitar el gimnasio al menos dos veces por semana. Si bien al principio la vida lo trató con la punta del zapato, justo después que murió su padre y se alejó de sus hermano, este joven de corto cabello rubio, barba incipiente, ojos grandes y verdes como los de James, logró salir adelante y aprovechar cada oportunidad que la vida le daba. Todo lo que había conseguido se lo había ganado con esfuerzo y estaba deseando asentarse económicamente para traer a sus hermanos consigo, a quienes nunca olvidó. Siempre se reunían en esa gran ciudad y hacían planes, preocupándose cada vez de saber que a sus hermanos y a su sobrino, no les faltara nada. Ahora que había vuelto de un viaje de estudios donde estudio una especialización en su carrera, estaba listo para comenzar a trabajar en un buen puesto y ganando una cuantiosa remuneración, que para él era el fruto de su esfuerzo.

Abrazó a Edward en lo que denominaban "el abrazo del oso", apretándolo hasta que el más pequeño de los Masen tenía que pedir piedad. Cuando Edward lo hizo, Michael se apartó un poco y tomó el rostro de su hermano pequeño entre sus manos, mirando directamente a sus ojos… no gustándole lo que éstos demostraban: pura pena y desconsuelo.

― ¿Qué sucede, Edward? ¿Por qué no estás feliz? ¿Sucedió algo con la mujer esa? ―preguntó ansioso, refiriéndose con eso último a Sue. ― ¿O le pasó algo a Jamie?

―No, no… yo… ―Edward arrugó el rostro, cerró los ojos y soltó un sollozo que asustó enormemente a su hermano, quien lo abrazó y dejó que llorara sobre su hombro.

―Me estás asustando Edward.

―Lo siento… lo siento tanto…

― ¿Qué es lo que sientes? ―lo obligó ahora a apartarse. Tenía que decirle qué es lo que andaba mal ―Edward, dime de una vez qué pasó.

Edward inspiró profundo sorbió su nariz con la manga de su chaqueta.

―Se trata… se trata de James…

― ¿Qué le pasó?

―Él… él tuvo un accidente…

― ¿Accidente? ¿Y cómo está? ¿Por eso no ha respondido, por eso no te acompañó?

―Él… ―volvió a inspirar antes de soltar la bomba ―lo mataron.

Michael arrugó la frente y se apartó de Edward, dando un paso atrás. Sacudió la cabeza y trató de repasar la información, negándose a creerla. Se sentía mareado, como si la noticia estuviera causándole estragos en su cuerpo que de pronto sintió frío y sin fuerzas.

―No… no…

―No sabía cómo comunicarme contigo. ―Explicó Edward con voz en llanto ―Dijiste que estarías de viaje no sé dónde y que no tendrías ningún tipo de comunicación a la mano… por eso no te llamé, pero te dejé el mensaje esperando que te…

― ¡De qué estás hablando! ―gritó Mike, interrumpiendo la explicación de su hermano y haciéndolo sobresaltar con el tono de su voz ― ¡¿Cómo se te ocurre decirme que está muerto?!

―Lo siento… lo siento… ―lloraba Edward, sintiéndose culpable ―Sé que tendría que haber intentado dar contigo por cualquier medio, pero… me pilló tan rápido… tampoco sabía qué hacer…

Acabó llorando, cubriéndose el rostro contrito con ambas manos y evitando el rostro compungido de su hermano, como si sintiera vergüenza de haber provocado ese dolor… como si se sintiera culpable… Calló de rodillas al suelo y no le importó el lugar donde estaba, lo único que quería en ese momento era que la tierra bajo sus pies se abriera y lo tragara. Entonces volvió a sentir los brazos de su hermano que lo rodearon, apresurándose a abrazarlo de regreso como si fuera él su salvavidas, llorando en su pecho como un niño pequeño, mientras este hermano que había recibido la noticia de golpe y sin ninguna clase de advertencia.

Los dos hermanos lloraron abrazados e hincados en el suelo durante al menos veinte minutos, mientras las personas que pasaron a su alrededor los miraban con curiosidad, ninguno atreviéndose a acercarse a estos dos hombres que parecían haber olvidado donde estaban.

―Dios, Michael, perdóname…

―Basta de pedirme perdón. ―Tomó el rostro de su hermano, quien insistía en mantener sus ojos cerrados ―Mírame Edward.

Cuando lo hizo, Edward vio su propia tristeza reflejada en la mirada verde de su hermano, quien no podía entender de mejor forma lo que él estaba sintiendo.

—Edward, no te culpes de nada, así que deja de pedirme perdón, y si hay alguien que tiene que perdonar aquí, ese eres tú a mí, por no haber estado contigo cuando todo esto pasó… ¡Jesús! Todavía no puedo creerlo…

―Fue una estupidez que no tendría que haber pasado.

―Está bien. Levantémoslo de aquí y vamos a otra parte donde vas a contarme lo que ocurrió…

Michael fue el primero en levantarse, extendiendo la mano y ayudando a su hermano a pararse del suelo, abrazándolo por los hombros cuando estuvo de pie, llevándolo hacia una cafetería pequeña y discreta que pertenecía a la universidad. Se sentaron en una mesa discreta al fondo del local y pidieron dos copas de agua muy helada, cosa que los dos sabían ayudaba a despejar la mente. Pudieron ver el rostro extrañado de la chica que los atendió, tanto por sus rostros como por sus pedidos, indicándole Michael que enseguida pedirían un café o algo por el estilo, pero que lo primero que necesitaban era agua y bien helada.

―Es tan irreal… ―murmuró Michael, suspirando una y otra vez, mientras pasaba el dedo índice por el contorno del vaso de agua que habían llevado para ellos. ―Cuándo… ¿cuándo pasó?

―El día que te dejé el mensaje de texto fue el día que lo sepultamos…

— ¡Mi buen Dios! ―se cubrió la boca con las manos y apretó los ojos. Aun así las lágrimas se colaron por sus párpados cerrados. ― ¿Y cómo… cómo pasó?

Edward suspiró, bebió un buen sorbo de agua helada y relató para él los hechos como habían ocurrido.

― ¿Y las investigaciones?

―Valle Escondido es un pueblo chico, por lo que todo demora el triple de lo normal. Un abogado y el jefe de James están tratando de agilizar todo. ―Explicó.

Michael, todavía choqueado por la noticia de la muerte de su hermano, tomó el vaso y bebió de una vez el contenido, probablemente para evitar seguir llorando como un niño pequeño.

― ¿Me puedes dar el nombre del abogado? Quisiera que me mantuviera al tanto de todo…

―Me juró que no pararía hasta dar con los responsables.

―Eso te lo juro, Edward ―Juró con su dentadura apretada, poniendo sus manos como puños sobre la mesa ―Moveré cielo y tierra para que eso pase… Se le hará justicia a mi hermano, aunque sea lo último que haga.

Edward pestañeó y asintió, agradeciendo que su hermano mayor estuviera con él en esa lucha. Se quedó en silencio durante un rato, mirando por las ventanas hacia el exterior, donde se veía a uno que otro estudiante caminar por los parajes de la facultad y no dejaba de pensar en lo feliz que se hubiera sentido su hermano.

―Han pasado… veinte días y todavía no me convenzo ―dijo con voz ligera, sin apartar su mirada del exterior. ―Es como si nada de esto hubiera ocurrido… todavía me cuenta creerlo. Todavía me despierto pensando que voy a verlo aparecer, entusiasmado por este cambio… se hubiera alegrado tanto. Él estaba seguro que me darían la beca para estudiar, estaría muy contento de saber que incluso me dieron la beca de residencia…

Se mordió el labio porque no pudo seguir hablando. Podía imaginarse el rostro de orgullo de James y la idea de no compartirla con él era algo que mellaba hondo dentro de su pecho. Michael inspiró profundo y acercó sus manos hasta las de Edward, apretándolas entre las suyas.

―También estoy muy orgulloso de ti, y que la Universidad te haya dado esta beca, significa que vieron el potencial que tienes y tu deseo de salir adelante, no solo por ti, sino que por tu hijo también. Pero por otro lado, debes saber que no es necesario que pases penurias de ninguna clase, tengo los medios para vivir cómodamente, no te faltará nada, ni a ti ni a Jamie.

―Ahora mismo ni Jamie ni yo necesitamos nada.

― ¡Dios! ―sonrió, pasándose la mano por la barba ―Ese granuja tiene que estar tan grande… y voy a estar feliz de tenerlos cerca, a él y a ti.

―Lo único que hace más llevadero este dolor, es saber que no voy a estar solo. Esta pena… esta pena es algo con lo que tendremos que aprender a vivir, pero lo haremos juntos.

―Claro que lo haremos, Edward.

Después de hablar un poco más y de esperar a que Alec los encontrara en el café, los hermanos se despidieron con un fuerte abrazo, avisándole Edward la fecha definitiva de su llegada y de los demás viajes que hiciera a la ciudad para amueblar el departamento, cosa con la que él lo ayudaría, haciendo oídos sordos cuando Edward protestó diciendo que no era necesario.

― ¿Estás más tranquilo?

―Dentro de lo que se puede… ―dijo Edward, tomando el lugar tras el volante en el auto de Alec. ―Siento que me saqué un peso de encima, no sabía cómo iba a reaccionar Michael por no haber encontrado la forma de comunicarme con él cuando todo ocurrió.

―Lo hiciste, así que deja de culparte por eso. Ahora hay que dejar que tu hermano digiera la pena a su manera, y no olvidar que todavía hay que seguir luchando por que se haga justicia.

―Eso no lo olvidaré.

**oo**

Todo estaba listo para su salida de Valle Escondido. El apartamento que la Universidad le dio estaba en condiciones para ser habitado, después que él llevara algunas cosas y de que Michael comprara muchas otras, y de que incluso pusiera a disposición suya un vehículo pequeño para moverse por la gran ciudad.

Las personas más cercanas del pueblo que conocían a Edward, se alegraron de que emigrara con tal de cursar estudios universitarios, aunque varias personas aludieron su salida del pueblo como una forma de alejarse de la tragedia que su hermano había sufrido entonces, hace casi dos meses.

Tanya lloró abrazada a su cuello, y le juró que comenzaría a buscar el traslado porque no podría estar lejos de ellos por mucho tiempo, pues se sentía como parte de esa pequeña familia que ahora Edward y Jamie conformaban. Alec, que era el encargado de su traslado desde el pueblo a la capital, ya había hecho algunas averiguaciones de estudios en algún instituto que serían compatible con la carrera de boxeador que quería desarrollar. Además, estaba eso que Tanya había dicho sobre migrar también, decidiéndose a seguirla si era necesario.

Jamie estaba ansioso también al parecer, pues un par de veces antes lo llevaron a la capital y a visitar los lugares que desde ese momento serían habituales para él, disfrutando de las oportunidades que tuvo de recorrer el campus universitario montado sobre los hombros de su tío Michael.

El día de su partida, Edward visitó el cementerio y llevó un enorme ramo de calas, que dejó sobre la sepultura de su hermano. Las puso dentro de un recipiente justo bajo la lápida con su nombre y se sentó frente a él, mirando con tristeza. Las semanas seguían pasando y el dolor no aminoraba, simplemente se quedaba dentro de él viviendo como si fuera parte de su organismo, sabiendo él que así sería por el resto de su vida. Incluso la idea de encontrar a los responsables no traía a él el consuelo, pues eso no traería de regreso a su hermano.

―Estoy listo para irme ―dijo Edward en voz alta, como si estuviera hablando con él. ―Lo único que lamento es que no vengas conmigo. Pudiste haberte ido antes a buscar tu destino, como decías, pero preferiste esperarme, ¿y para qué? A veces me siento tan culpable de que estés… ahí.

Te prometo que cada logro que consiga lo dedicaré a ti, a tu memoria, y que no habrá momento en mi vida que no te recuerde. Siempre serás mi hermano, siempre, aunque ahora estés viviendo en otra latitud, Dios sabe dónde. Honraré tu memoria y no olvidaré la lucha que llevo para hacer que los responsables de tu muerte paguen. Te lo juro.

Miró la hora y se puso de pie, preparándose para partir. Hubiera deseado quedarse más tiempo frente a la tumba de su hermano, pero el tiempo apremiaba. Ya eran las seis de la tarde, y aunque era septiembre y el clima primaveral seguía haciendo disfrutar del sol hasta bien entrada la tarde, no quería retrasarse.

Iba a despedirse, antes de lo cual inspiró hondo para no echarse a llorar, pero el aire quedó estancado en sus pulmones cuando la risa burlona de Sue se oyó detrás de él. Cerró los ojos y deseó que fuera producto de su imaginación, pero no. Ella estaba allí, vestida con un pantalón viejo a cuadros, zapatos sucios y una camisa blanca demasiado grande para su talla, su cabello negro tomado en una moña baja y su rostro opaco y sin vida que no demostraba ningún tipo de sentimiento. Miraba la tumba de James como si se tratara de cualquier cosa, pese a que en ese mismo lugar estaban sepultados los restos de su hermana, madre de Edward y James, además de su cuñado al que no le guardaba ningún tipo de respeto, ¿pero a quién le tenía respeto Sue? Ni a ella misma.

― ¿Para traer flores a un muerto tienes dinero?

― ¿Qué haces aquí, Sue? ―murmuró Edward con voz cansada, masajeándose la sien.

―Estoy en mi maldito derecho de moverme donde quiera, de estar donde se me pegue la gana.

Edward rió con amargura y miró a otro lado, al contrario de donde estaba Sue. Se quedó mirando la innumerable cantidad de sepulturas antiguas que se desplegaba y que databa desde el mismo año que ese pueblo se inauguró. Mientras intentaba distraerse no olvidándose de donde estaba antes de saltarle encima a esa mujer y sacarla, ella miraba la tumba y miraba al joven que intentaba ignorarla.

― ¿Así que te vas? ―preguntó con burla, cruzándose de brazos.

―Sí.

― ¿El bastardo te está ayudando?

Edward apretó los dientes y odió la forma de como Sue se refería a Michael, forma que desde pequeño usó para referirse a él. No perdonaba que Anthony, padre de Edward, hubiera llegado a la vida de su hermana cargando ya con un niño, y aunque Michael ni nadie tenían la culpa, ella insistía en odiarlo por ello.

―No hables así de Michael.

― ¿Él te está dando dinero?

―Suficiente. No tengo por qué quedarme aquí oyendo tus estupideces…

― ¿Te vas sin dejarme nada? ¡Sacaste todas esas cosas de mi casa, como si fueras un ladrón, y no me das nada a cambio de ellas!

― ¿Tú casa? ¿Tus cosas? ―soltó una risa amarga, mirando a la mujer con todo ese rencor por ella que llevaba dentro ―No me provoques, Sue, porque puedo iniciar una guerra contigo para quitarte la casa que por derecho me pertenece. Agradece que me voy y te dejo viviendo en un lugar que no te corresponde, donde llegaste gracias a la caridad de tu hermana…

―Caridad de mi hermana…

―Te vas a quedar sola, ―siguió hablando él ― ¿ni siquiera eso te hace pensar en lo mal que va tu vida? Nadie quiere estar cerca de ti, absolutamente nadie, ¿acaso eso no te da una idea de lo mal que has estado haciendo las cosas?

Sue estaba hirviendo de ira por los dichos de su sobrino, que ciertamente no era primera vez que le decía, pero que seguía provocándole esa reacción. Odiaba que trataran de aconsejarla esos niñitos.

― ¡Me importa poco eso que dices! Solo vine aquí para recordarte que de mi no puedes librarte así de fácil. Me hice cargo de ti y del marica de tu hermano, haciendo a un lado mi propia vida, destruyendo mi matrimonio. ¡Debes recompensarme por eso!

― ¡¿Recompensarte?! ¡No me hagas reír! Yo no te debo nada. Ni James ni yo te debemos nada, así que olvídate de mí y de que obtendrás algo. Una vez te lo dije, el mismo día que enterré aquí a mi hermano, que te arrepentirías de todo lo que nos hiciste cuando vinieras a mí por ayuda.

―El que se va a arrepentir eres tú, Edward Masen. Vas a querer que abra mi boca cuando estés desesperado y necesites respuestas…

Edward se descolocó un poco por esa aseveración que Sue hizo con tanta vehemencia.

― ¿De qué estás hablando?

―Tú, mucho cuidado con los autos rojos que veas en la calle… no vaya a ser que corras la misma suerte que el maricón que está aquí enterrado.

Edward respiró pesado y abrió sus ojos desmesuradamente. Cuando se dio cuenta, ya tenía a la mujer sujeta violentamente por el brazo, zarandeándola para que le aclarara lo que quería decir con eso, claramente haciendo alusión al auto que atropelló a su hermano.

― ¡Tú sabes algo! ¡Dímelo!

― ¡Suéltame, maldita garrapata! ―movió su brazo hasta que se zafó del fuerte agarre de Edward, que se sentía como desquiciado. ―Ahora ve a llorar donde el bastardo que tienes como hermano, a ver si consigues algo, a ver si encuentras una sustituta para darle de mamar a tu mocoso, y a la que puedas follar, esta vez sin embarazarla…

Salió corriendo dejando a Edward de pie en medio de tumbas y flores, de cruces y placas conmemorativas, envuelto en un revoltijo y una confusión que le impedía moverse. ¿Qué significaba eso que Sue había dicho? ¿Acaso sabía algo sobre la muerte de James?

―Mierda, mierda… —se sentó al borde de una sepultura de cemento y granito, agarrándose la cabeza entre las manos. Ahora que estaba a punto de irse, esa mujer salía con esos dichos, que nada más dijo para confundirlo, frustrarlo, restregarle su burla frente al dolor que estaba sintiendo, ¿pero qué de cierto podía tener el mensaje entre líneas que ella dijo? ¿Será que ella… será que ella estaba en conocimiento de quienes mataron a su hermano?

―Mierda ―volvió a repetir, con la cabeza entre las manos, totalmente confundo, sin saber bien qué hacer.

(*) Poema corto sin nombre, escrito por Edward (sí señoritas, por Edward) para esta historia.