—InuYasha, deberías...

—Keh, cállate, vieja.

—¡InuYasha!— el grito de la exterminadora de demonios se vio acompañado por un suspiro de exasperación por parte del monje.

—Estemos tranquilos, tenemos los nervios aún alterados— intentó poner algo de paz Miroku acomodándose un poco el brazo vendado. A pesar de las medicinas de la anciana Kaede, de vez en cuando este le lanzaba dolorosas punzadas— Y tú, InuYasha, modera ese vocabulario.

No obtuvo contestación por parte del medio demonio, aunque eso era algo que se esperaba. Su mirada se encontró con la de Sango y Kaede y pudo ver en sus rostros la mueca de preocupación y angustia que aparecieron desde que ocurrió el ataque. Desvió la atención hacia el cuerpo tendido de la joven del futuro y, finalmente, a sus dos guardianes: tanto InuYasha como Shippo no se habían separado de su lado después de que ella se desmayara en los brazos de InuYasha.

Después de unos instantes de incomprensión y turbación, rápidamente habían vuelto a la cabaña de la anciana Kaede, esperando que ella pudiera hacer cualquier cosa por ayudarla a recobrar la consciencia. Pero ella no pudo hacer mucho más que curar las heridas superficiales de la muchacha y confirmar que Kagome era víctima de un veneno que había entrado en su organismo.

Le dio unas plantas para bajarle la fiebre o ayudarla a subir sus defensas y que así recobrara la conciencia con mayor rapidez, pero al no saber el tipo de reacción que podía llegar a darse con el veneno, era inútil que intentara elaborar algún antídoto. Estaban atados de pies y manos hasta la que la chica se despertara y vieran cuales eran sus efectos.

Miroku había sugerido que la llevaran a su época. Con la modernidad y la tecnología de la que les hablaba a veces la chica seguro que podrían hacer algo más eficaz. InuYasha, sin pronunciar palabra alguna, ya se encontraba inclinándose hacia el cuerpo de la chica cuando Kaede lo detuvo. No deberían moverla, aseguró. Suficiente lo habían hecho ya al trasladarla hasta allí. Si la movían más, con el veneno en su organismo, podría ser mucho más peligroso para la chica.

Así que allí estaban, viendo las horas pasar, mientras la joven seguía sin abrir los ojos y el cuerpo perlado de sudor por las altas temperaturas.

—¿Creéis que Naraku tendrá algo que ver en el ataque?

—Lo que nos atacaron fueron avispas, como las que él usa— respondió la exterminadora pensativa— Pero ni las pequeñas ni la grande eran como las que él siempre usa. Y jamás han tenido un veneno como ese.

—Tienes razón— concordó Miroku rememorando el momento— Los demonios nos cogieron de improvisto, pero aún así no nos costó mucho deshacernos de ellos. Naraku nos ha mandado marionetas o enemigos mucho peores.

—¿Entonces se trata se demonios salvajes?— se oyó la frágil voz de Shippo, quién no había abierto la boca en un buen rato.

Sango y Miroku intercambiaron una mirada. Shippo veía en Kagome la figura materna de la que siempre había carecido, y después de que muriera su familia, de que mataran a su padre, si Kagome no... conseguía superarlo... sería un duro golpe para el pequeño. Ambos estaban muy unidos y eso se veía reflejado en la manera en la que se aferraban las pequeñas manitas del demonio a una de las mangas de la camiseta del uniforme del instituto de la joven.

—Muchos demonios son muy territoriales. Atacan a cualquiera que se acerque a sus dominios, sin importarle las consecuencias.

—Pero nos aseguramos de que no fuera peligroso antes de establecernos. No sentimos ningún aura demoníaca, ni tampoco InuYasha olió nada raro... ¿verdad, InuYasha?

Como supuso, nuevamente no obtuvo respuesta. Miroku suspiró mientras Kaede se incorporaba.

—Será mejor que vaya a cambiar el agua, esta se está calentando ya— cogió el balde y salió de la cabella.

—Le acompaño— se apresuró a decir Sango, incorporándose— ¿Viene, excelencia?

Sí, necesitaba salir de ese aire tan cargado y espeso y que le diera un poco el aire fresco. Además, si ocurría alguna novedad, seguro que InuYasha estaría al pendiente y les avisaría de cualquier cosa.

Cuando la esterilla que hacía de puerta en la cabaña dejó de moverse tras la salida de sus tres amigos, Shippo suspiró. Se restregó los ojos y se quitó el rastro de humedad que todavía había sus mejillas. Tenía un profundo dolor en el pecho que no le dejaba respirar y su cabeza no dejaba de traer malos pensamientos una y otra vez por mucho que intentara evitarlo. Sabía que Kagome era fuerte, pero el miedo a que no volviera a abrir los ojos no dejaba de vagar por su cabeza.

No sabía que sería de él si también perdía a Kagome.

—Vivirá, ¿verdad, InuYasha?

No fue consciente del momento en el que lo dijo. Simplemente, las palabras salieron de sus labios y aunque no esperaba respuesta, él se sintió un poco más reconfortado escuchándose. Confiaba en ella. Ella viviría.

Sin embargo, cuál fue su sorpresa cuando vio al medio demonio moverse. Dejó la mano a la que se aferraba- como si de un salvavidas en una fiera tormenta se tratase- sobre la tripa de ella y aunque siguió con una de las suyas con los dedos entrelazados, su extremidad libre la llevó hasta el rostro. Sus garras se perdieron por las hebras azabache de la sacerdotisa mientras que su mirada se oscurecía.

Sus ojos, antaño dos esferas doradas luminosas, ahora no eran más que dos pozos sin fondo lleno de dolor y angustia.

—Lo hará, Shippo— pronunció sin vacilar ni un solo instante— No debemos dudar de ella.

Y el pequeño demonio no pudo más que creerle.

Las horas se sucedieron, incansables y eternas, y en algún momento del amanecer, cuando todos en la cabaña se encontraban dormidos, cuando hasta el pequeño Shippo se había acurrucado junto al cuerpo de la chica y no dejaba de murmurar su nombre una y otra vez en sueños; en ese momento que era solamente de suyo, InuYasha lo sintió. Al principio fue efímero, tanto que hasta pensó que se lo había imaginado después de tanto tiempo soñando con el momento en el que ella abriría los ojos, pero cuando por segunda vez vio sus párpados temblar, el medio demonio casi se desmayó.

Sintiendo su corazón bombear a gran velocidad en su pecho a punto de salírsele por la boca, se incorporó y asiéndose a la mano que descansaba entre las suyas, se inclinó hacia ella.

— ¿Kagome? ¿Estás ahí?— tenía la boca seca y enronquecida por los nervios.

En un principio no obtuvo respuestas y como había ocurrido hacía ya varias horas, el sentimiento de decepción y dolor empezó a expandirse por su pecho; era una falsa alarma. Sin embargo, de pronto, notó un leve tembleque en la mano a la que se aferraba.

Inspiró con fuerzas.

— Eso es, pequeña, lucha. Yo sé que eres fuerte. Vamos, abre tus ojitos, déjame verlos— la animó rozando su frente con la de ella.

Aún el miedo no escapaba de su cuerpo y sabía que el tiempo que había pasado sin saber del futuro de la muchacha, de su futuro, tardaría años en poder olvidarlo. El sentimiento de dolor, angustia, ira, enfado, pérdida y conmoción. El saber que su vida y felicidad estaba puesta en manos de una muchachita, torpe y enérgica, que se había antepuesto a él en un ataque, un acto muy estúpido y desorbitado-siendo algo común en la joven.

— Ven conmigo, Kagome, yo sé que puedes. Te estoy esperando.

— I-Inu...

Por primera vez en su vida se alegró de tener un oído más desarrollado de lo normal, porque si hubiera tenido uno humano, no habría sido capaz de oír ese débil y frágil balbuceo; uno que, no obstante, para InuYasha era como el más maravilloso canto de los ángeles.

Porque Kagome estaba luchando, estaba volviendo a él.

Kagome sobreviviría.

— Tranquila, estoy aquí— susurró y después de mucho tiempo, sintió un nudo de la garganta tan fuerte que le impedía respirar— No me moveré de tu lado, estás a salvo.

La sintió suspirar y relajarse.

En ningún momento se separó de ella y de pronto, sus alientos se entremezclaron. El aroma de ella le rodeaba, impregnaba sus pulmones y aligeraba el dolor que se había instalado en su corazón después de que toda la pesadilla empezara. Poco a poco, el sonido de su corazón se fue fortaleciendo.

Kagome era fuerte, por supuesto que superaría cualquier cosa.

— A-ag-agu...

— Espera.

Sin desear separarse de ella ni un solo instante, rápidamente fue hacia donde la anciana Kaede había dejado el agua limpia y con un vaso de madera, lo llenó hasta rebosar y corrió de vuelta junto a la joven. Se sentó en un lateral suyo y con mucho cuidado la incorporó.

— Toma, aquí tienes.

Le llevó el vaso a sus labios y Kagome fue dándole pequeños sorbos. Tosió cuando tragó más de lo que podía manejar e inclinó la cabeza hasta el hueco del cuello de él cuando no quiso mas.

Sin decir nada, InuYasha dejó el vaso en algún lugar y la acomodó con cuidado en el futón sin separarse de ella. La escuchó suspirar de nuevo.

— Inu... Yasha...

— Estoy aquí— e aseguró pasando una mano por su mejilla, teniendo cuidado de sus garras— Descansa, pequeña.

«Debería despertar a la vieja», pensó entonces.

Su lado racional se lo recordaba. Kaede le hizo prometer que al menor signo de cambio la despertaría, pues tenía que estar atenta a cualquier cosa. Sin embargo, su lado protector le ordenaba que la dejara descansar.

A pesar de ser este último más grande, el lado racional ganó. Pero no quería separarse de ella, no podía, así que, no queriendo hacer mucho ruido para no perturbar a la sacerdotisa, consiguió despertar al pequeño demonio, quién lo hizo con sobresalto.

—¡¿Qué pasa?! ¡¿Kagome está bien?!— preguntó a viva voz observando minuciosamente el cuerpo de la mencionada, como si este pudiera haber sido secuestrado en su letargo.

—¡Quieres callarte y no alzar tanto la voz, enano!—chistó InuYasha enfadado, asegurándose de que Kagome seguía descansando. Vio sus hombros decaerse decepcionado al creer que todo seguía igual— Shippo, necesito que llames a la anciana Kaede y a los demás.

No terminó de decir aquello que un brillo de esperanza alumbró la mirada del demonio.

—¿Kagome se va a recuperar?

—Ha vuelto en sí por un momento— le explicó el medio demonio— y parece que se encuentra bien. Por eso, llama a la anciana.

La sonrisa que se encontraba en el rostro de Shippo mostraba lo feliz y emocionado que estaba con la noticia. InuYasha lo vio inclinarse hacia el cuerpo de ella y darle un suave beso en la frente.

Mientras Shippo corría a despertar a los demás en la habitación, InuYasha no apartó la mirada de la joven del futuro.

Y después de tantas horas de agonía sufrida, pensó que todo, por fin, había terminado.

Todo volvería a ser como antes.

Kagome se recuperaría.

·

La tercera vez que Kagome recobró la conciencia se encontró mucho mejor.

El cuerpo ya no le dolía tanto, tan solo se sentía cansada y con tirantez en la rodilla derecha. También, la cabeza la tenía también más despejada y despierta.

Era como si lo ocurrido anteriormente tan solo hubiera sido una horrible pesadilla de la que ahora se despertaba.

Tragó saliva y de nuevo sintió la garganta seca. Sin embargo, esta vez, en el primer intento las palabras salieron. Finalmente, tenía pleno dominio sobre su cuerpo.

—A-agua...

—¡Kagome!

Dicho y hecho. En menos de un segundo unas manos la habían rodeado, esas manos, e incorporándola, un vaso se posó sobre sus labios. Después de refrescarse con unos pocos tragos, sacudió la cabeza alejándola.

Inclinó la cabeza hacia el pecho de él y un suspiro escapó de sus labios, cuando sintió los brazos de él rodeándola. No la dejó otra vez en el colchón, sino que, acomodándola entre sus brazos, la calidez de su cuerpo la inundó por completo. Como no oía otro sonido, Kagome supuso que se encontraban a solas.

Que bien se estaba entre sus brazos...

—¿Cómo estás?— susurró él y su aliento le hizo cosquillas en la sien.

Aunque le costó un gran esfuerzo, sus labios se curvaron en una sonrisa.

—Cansada. Y adolorida.

Los brazos se aferraron a ella con cuidado, sin pronunciar palabra alguna, y un apacible silencio se instaló entre ellos.

—¿Dónde están los demás?

—Miroku y Sango han debido ir a la aldea por un problema con un demonio y Shippo está ayudando a Kaede a limpiar...

La vio fruncir el ceño y sintió algo en su estómago. Le fascinaban las arruguitas que se le aparecían en los laterales de sus ojos cuando eso ocurría o la mueca que se le formaba en sus labios.

—¿A estas horas?

Salió de su estupor y esta vez fue por el latigazo que azotó su pecho. ¿Qué...? Sus ojos se desviaron por un segundo a la ventana por donde entraba la claridad del sol del mediodía.

—Tengo hambre...— suspiró la chica, ajena a sus cavilaciones, acurrucándose en su pecho— ¿Cuándo será la cena?

¿La cena? Pero...

—Kagome, abre los ojos.

—¿Cómo?

No, no podía ser lo que estaba pensando. No, era imposible. Kagome estaría bien, esto no podía estar ocurriendo. No, simplemente no.

—Kagome, por favor, mírame.

Durante un segundo, la chica no se movió. InuYasha aguardó, prácticamente conteniendo la respiración, y sintiendo su corazón encogerse conforme los segundos pasaban. Entonces, los párpados de ella temblaron.

Y Kagome abrió los ojos.


¿Qué creéis que le habrá ocurrido? ¿Será cierto lo que cree InuYasha...? Bueno, primero, ¿qué pensará InuYasha que ocurre?

¿Podrá solucionarse todo?

¡Vamos contadme!