Muchísimas gracias a Namastah y NemShiro por sus comentarios.
Disclaimer: Arthur Conan Doyle los creó. Gatiss y Moffat los reinventaron y los actualizaron. Yo sólo juego con ellos un ratito.
Capítulo 2
Cuando Molly traspasó la puerta de su casa sintió un súbito terror al ver la luz del comedor encendida. Pero un instante después se maldijo por ser tan estúpida y haber olvidado por un momento que esa noche no iba a estar sola. Una pequeña sonrisa acabó de espantar el miedo que la había sobresaltado, y también se llevó la preocupación por John, que había mantenido su cabeza ocupada toda la tarde y también había sido la causante de que se olvidase de que iba a tener compañía.
—Veo que has encontrado la casa sin problemas —dijo cuando entró en el salón, contenta, casi feliz, aún sintiéndose al mismo tiempo un poco egoísta por alegrarse de aquella terrible situación.
—¿Por qué iba a tener problemas para encontrarla? —preguntó Sherlock, con expresión ausente.
Se había sentado en su sofá preferido, pero Molly no tenía ninguna intención de decirle que se levantase.
—Por… por nada. No sé.
Ya estaba ahí de nuevo. El maldito tartamudeo, la vacilación, las piernas de gelatina, el sentirse idiota, el verse como un ciervo ante los faros de un coche. Odiaba cuando se comportaba así, y sólo se comportaba así cuando tenía a Sherlock delante. El resto del tiempo era una profesional de la medicina forense altamente cualificada, había sacado las mejores notas de su promoción, sus colegas la respetaban –aunque normalmente no tuvieran interés en ir a tomar unas copas con ella después del trabajo, a menos que fueras un psicópata megalomaníaco empeñado en hundir a Sherlock Holmes a cualquier precio–, e incluso la habían invitado a participar en un par de conferencias para que hiciera su ponencia. Y, sin embargo, cada vez que miraba a ese hombre todo eso se esfumaba y se convertía de nuevo en la niña tímida y apocada que había sido durante sus días de colegio. Ah, pero, Dios, ¡le gustaba tanto tener a Sherlock delante! ¡Tenerle en su casa!
—John está muy mal —dijo—. Ha estado sentado en la sala de espera durante un rato, y…
—Lo sé. Le he visto.
—¿Cómo que le has visto?
—He tomado prestados una bata, un gorro de cirujano y una mascarilla del hospital para poder echarle un vistazo sin que él me viera. No te preocupes, lo he devuelto todo antes de irme.
Molly dudó sobre si preguntarle si creía que eso había sido prudente después de todas las molestias que se había tomado para fingir su muerte de una manera tan aparatosa, pero decidió guardarse la pregunta para sí.
—No quería llamar a nadie para que le llevase a casa, menos mal que ha aparecido Greg y…
—Sí, le ha acompañado. También lo sé. Al menos durante un trecho, después John se ha puesto muy insistente en que dejara de seguirle y Lestrade se ha dado por vencido.
Después de esta segunda interrupción, Molly decidió que era absurdo pretender explicarle a Sherlock algo que no supiera, porque él siempre iba un paso por delante. O tres. De modo que se quedó callada y se dirigió a la habitación a ponerse algo más cómodo para estar dentro de casa.
Cuando salió, Sherlock no se había movido ni un milímetro de cómo estaba antes. De nuevo, Molly podía percibir en él aquella sutil tristeza que había sabido distinguir horas antes y que había obligado al hombre a orquestar su propia muerte.
Iba a decirle algo, pero se lo pensó mejor y se obligó a meditar bien sus palabras antes de soltarlas.
—Sherlock, ¿puedo hacer algo más por ti?
El hombre se giró para mirarla y, cuando aquellos ojos tan extremadamente claros se posaron en ella, Molly sintió un pequeño escalofrío recorriendo su espalda. Tragó saliva, preparándose para recibir alguna réplica hiriente por su parte.
—De momento, no —dijo—. Pero necesitaré que vigiles a John durante los próximos días. Me preocupa.
Volvió a perder la vista en algún punto indefinido delante de él y Molly soltó el aliento que no se había dado cuenta que había retenido. Al final, no se había burlado de ella como había anticipado, y no sabía si debía alegrarse o preocuparse aún más por él. Sherlock seguía sin ser él mismo. Claro que, ¿a quién podía extrañarle? Al fin y al cabo estaba muerto.
—¿Quieres un té? Voy a prepararme uno, si quieres puedo hacerte otro para ti…
Sherlock chasqueó la lengua y le lanzó una rápida mirada de reojo para volver a posar la vista en la pared de enfrente.
—Lo que quiero, Molly, es un poco de silencio, si no es demasiado pedir. Necesito pensar. Es crucial que trace bien mis planes en estas primeras horas, cuando todo está aún fresco.
Ahí estaba, el Sherlock hiriente y centrado en sí mismo de siempre. No todo se había perdido con la caída. Molly parpadeó y se dirigió a la cocina en silencio, pero cuando estaba a punto de traspasar el umbral, la grave voz del hombre le llegó de nuevo.
—Oh, y Molly… gracias. Por todo.
Molly se giró, pero Sherlock no la estaba mirando, seguía taladrando la pared como si allí estuviera escondida la clave que le llevaría al éxito de su misión. Supo que eso era lo mejor que iba a conseguir, y también que no era nada despreciable, teniendo en cuenta que se trataba de Sherlock Holmes, y una breve sonrisa orgullosa rozó sus labios. Sí, tenerle como compañero de piso durante unos días iba a ser complicado en muchos aspectos, pero ahora estaba segura de que también iba a tener sus pequeñas recompensas.
oOoOo
Greg Lestrade llegó a casa tan exhausto como hacía años que no se sentía. Se quitó la americana con languidez, la colgó en el perchero y se desplomó en su sillón con ganas de no levantarse de ahí nunca más en toda su vida.
—¿Ya estás aquí, Greg? —dijo su mujer cuando entró en el salón— He visto lo que ha pasado, han hablado de ello en todos los informativos. ¿Te ha causado muchos problemas en el trabajo?
El inspector se frotó la frente con la mano. Lo cierto era que no se veía con ánimos de hablar de eso en aquellos instantes.
—Algunos —respondió, en un murmullo—. El Jefe Superintendente no se ha mostrado muy contento conmigo.
Susan negó con la cabeza, con el ceño fruncido, y se cruzó de brazos.
—No deberían echarte la culpa a ti. ¿Cómo ibas a saber que ese tal Holmes era un fraude? ¿Quién lo hubiera imaginado?
—No lo era —la atajó Greg, con aspereza.
—¿Qué? ¿Cómo puedes decir eso? Le han descubierto, era todo un engaño para hacer creer a la gente que tenía una mente privilegiada. Es obvio que nadie puede ser tan inteligente.
—Obvio, ¿eh? —replicó él, con irritación. Cerró los ojos un segundo e intentó controlar el tono de su voz para no iniciar la enésima discusión con su esposa esa semana— Mira, tú no lo entiendes, no le conociste. Si le hubieras visto… él era así: brillante, frío, exasperante, genial, cruel…
—No me digas que todavía le defiendes. No puedes ser tan iluso.
Greg encaró a su mujer, ahora visiblemente enojado. A pesar de no tener ni ganas ni fuerzas, supo en ese preciso instante que había perdido su propia batalla interna para no enzarzarse en aquella nueva disputa con Susan. De todos modos, últimamente parecía que eso era lo único que hacían, discutir, de manera que ¿qué importaba hacerlo una vez más? La rabia acumulada durante todo el día empezó a hervir en su interior y ya no pudo ni quiso contenerla.
—¿Qué diablos sabrás tú de él? —gritó— ¿Ni de la inteligencia, puestos al caso?
—¿Me estás llamando idiota? —gritó ella a su vez, ofendida.
Greg no contestó a su pregunta, sino que siguió esgrimiendo sus argumentos acaloradamente.
—Te crees toda la basura que sueltan por la tele a pies juntillas sin pensar. ¿No se te ha ocurrido nunca que lo que dicen podría ser falso? ¿Que los informativos también mienten?
Susan le miró con aire entre desdeñoso e indignado.
—¡Qué tontería! ¿Por qué iban a mentir? ¿Qué ganan con ello?
Greg resopló.
—Eres tan estúpida como todos los demás. Sherlock tenía razón, ¡todos somos estúpidos!
—¿A quién estás llamando estúpida, Greg? —Se le enfrentó Susan— No voy a tolerar que me hables así, ¿sabes?
Miró a su esposa con exasperación, pero ver su hermosa cara contraída de furia pareció calmarle un poco. De nuevo intentó sosegarse e inspiró hondo antes de volver a hablar.
—Lo siento, Susan —dijo, y se frotó los ojos con los dedos suavemente antes de proseguir—. No pretendía insultarte. Estoy cansado… y triste. Hoy ha muerto un amigo mío y en Scotland Yard todos estaban celebrándolo, ¿entiendes? ¡Lo estaban celebrando! Sally, Anderson, el Jefe Superintendente… todos creen que era culpable. Pero, ¿culpable de qué? Ni siquiera saben qué casos colgarle, ahora le cargarían con todos los crímenes ocurridos en Londres en los últimos años, ¡es absurdo! ¿Qué clase de monstruo tendría que ser?
—¡La clase de monstruo que envenena a unos niños con caramelos! —replicó su mujer, sin dejarse convencer por sus argumentos— ¿O me vas a decir que eso también es mentira? Lo han dicho en las noticias.
—¡Lo hizo Moriarty! —gritó Greg.
—Moriarty no existe —escupió ella con desprecio—, es un simple actor, han enseñado las fotos de los DVD de cuentos infantiles que leía. De verdad, Greg, no sé cómo puedes estar tan ciego. Os ha engañado a todos. Os habéis dejado deslumbrar por sus supuestos poderes mágicos de deducción.
—No lo entiendes, tú no le conociste. Si lo hubieras hecho te habrías dado cuenta de que es imposible, ¡hace siete años que le conozco, joder! ¡No podía estar mintiendo todo el tiempo!
—¿Y entonces por qué saltó? —dijo ella, segura de que no había argumento que rebatiera aquella evidencia.
—Porque nosotros le empujamos a ello —contestó Greg—. Le empujamos al no confiar en él.
De pronto fue plenamente consciente de esta gran verdad y sintió que la tierra se abría bajo sus pies y caía en un abismo sin fondo. Caía como Sherlock había caído.
—Lo siento, Susan, pero no puedo hacer esto —susurró—, no puedo quedarme aquí y no puedo seguir discutiendo contigo. Hoy no. Necesito tomar el aire.
Cogió su americana del perchero y se fue a la calle dando un portazo.
Caminó sin rumbo durante casi una hora, hasta que las luces que iluminaban un bar cualquiera le atrajeron lo suficiente como para hacerle entrar. Se sentó en la barra vacía y el camarero se le acercó de inmediato.
—¿Qué le pongo? —dijo el hombre.
—Hoy un amigo mío se ha suicidado y yo he tenido parte de culpa. Me han suspendido temporalmente de empleo y sueldo y ni siquiera he podido decírselo a mi mujer porque antes de llegar a comentar eso ya estábamos discutiendo. Ponme cualquier cosa que creas que puede arreglarme el mundo por esta noche.
—Tengo un escocés que puede ayudarle con eso.
—Que sea doble y sin hielo, por favor.
oOoOo
El móvil volvió a sonar y John lo cogió para rechazar la llamada, pero vio que era Harry y descolgó con desgana, algo sorprendido de comprobar que estaba despierta tan temprano. Por norma general, su hermana no se levantaba de la cama antes de las diez, y aún no eran las ocho y media.
—¿Hola? Ah, acabas de verlo por la tele… —John estaba seguro de que si no había visto nada hasta entonces debía ser porque el día anterior lo había pasado borracha. Sino, no se explicaba que no se hubiera enterado antes de la noticia. Una deducción brillante, Sherlock estaría orgulloso de él— no, no hace falta que vengas. No, de verdad que no. Sí, estoy bien. No, no he dormido allí… no podía… no podía hacerlo, he vuelto a alquilar la vieja habitación que tenía cuando llegué. No, en serio, no quiero que vengas, no hay nada que puedas hacer y yo tengo muchas cosas por organizar y… y… necesito estar solo. Sí, lo sé, sé que puedo contar contigo para lo que sea. Gracias, Harry. Oye, tengo que dejarte, no puedo entretenerme mucho ahora, ¿sabes? —Estuvo a punto de cortar la llamada, pero en el último segundo se lo pensó mejor— ¿Harry? Escucha… ¿sabes… sabes aquellas pesadillas que tenía después de la guerra? No había vuelto a tenerlas desde que me mudé a Baker Street. Ni una sola vez. Es curioso, ¿no? Esta noche… esta noche he tenido una, no recuerdo muy bien lo que era, pero me he despertado con una angustia terrible y apenas podía respirar. No, ¿sabes qué? Tienes razón, creo que no estoy bien, en realidad. No estoy nada bien. ¿De verdad no te importa? De acuerdo, nos vemos en media hora, entonces. Gracias, Harry.
John dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando con fijeza la pared de enfrente. No creía que su hermana pudiera ayudar en nada, pero de repente no soportaba la idea de pasarse todo el día allí sentado, recordando en silencio. Solo.
oOoOo
El funeral fue esa misma tarde, no había razón para retrasarlo más.
Harriet se había ofrecido a acompañarle y, aunque no hacía muy buena cara, fue lo bastante considerada como para no probar ni una gota de alcohol en todo el tiempo que estuvo con él.
Era evidente que lo necesitaba, en algunos momentos, ella parecía encontrarse más débil que John, que se había visto obligado a recuperar su bastón, pero se mantuvo firme por su hermano y él le agradecía de corazón el esfuerzo.
Eran muy pocos en el cementerio, pero John no había esperado otra cosa. Había llamado a Mike, el amigo que le había presentado a Sherlock hacía un año y medio, y éste se mostró muy afligido por la noticia y le comentó que haría lo posible por acudir al sepelio, pero al final le había enviado un mensaje diciendo que le había resultado imposible deshacerse de unos compromisos previos que tenía, pero que le encantaría tomarse unas cervezas con él a la tarde siguiente.
John dudaba de que al día siguiente fuera a sentirse con ánimos de socializar con nadie, pero le había dicho que sí, de todos modos, pensando que ya pondría cualquier excusa llegado el momento.
De modo que ante la fosa vacía sólo había cinco personas, además de los enterradores: la señora Hudson, él, Lestrade, Mycroft y Molly, que, en su opinión, se comportaba de manera extraña, incluso para ser ella y para haber perdido el día anterior al hombre del que estaba enamorada. Parecía incómoda, como si se sintiera fuera de lugar. Curioso, tratándose de una médico forense.
John no le encontraba justificación a ese nerviosismo que parecía embargarla. Cuando había hablado con ella minutos antes, la mujer parecía incapaz de sostener su mirada, y no era precisamente por evitar que reparase en sus lágrimas, ya que sus ojos estaban claros y despejados, como si la tristeza no la hubiese alcanzado. Se preguntó qué habría podido deducir Sherlock de todo eso; por su parte, John empezaba a sospechar que Molly había llegado a creerse todas aquellas monstruosas mentiras sobre su amigo, y la amargura formó un nudo en su garganta.
Miró hacia un lado del cementerio y vio dos figuras algo alejadas apostadas junto a un árbol. La amargura se tornó rencor y se giró hacia Lestrade con rabia.
—¿Qué hacen ellos aquí? —dijo, con voz algo aguda por la tensión, señalando con la cabeza a Donovan y a Anderson— No pintan nada en este lugar, quiero que se larguen.
Lestrade miró confuso hacia dónde le indicaba.
—No sé por qué están aquí, no han venido conmigo —dijo.
—Diles que se vayan.
Lestrade asintió y fue a hablar con sus colegas, que compusieron una desagradable sonrisa en dirección a John y se marcharon sin decir nada. No estuvo tranquilo hasta que los perdió de vista. Ya era suficiente con tener que soportar a Mycroft, no pensaba tolerar la presencia de aquellos dos, que siempre habían despreciado a Sherlock.
La señora Hudson le dio unas palmaditas en el brazo y Harry entrelazó una mano con la suya en señal de apoyo. La ceremonia dio comienzo, pero John no escuchó nada de lo que se dijo, ni siquiera supo qué representaba todo aquello, que estaba seguro de que a Sherlock le habría parecido de lo más absurdo.
Al menos, no habían llamado a ningún sacerdote. Mycroft había tenido el suficiente buen juicio como para no montar ningún numerito religioso que hubiera hecho a su hermano revolverse en su tumba. O en su ataúd, que aún estaba a un lado de la fosa, cerrado y claustrofóbico incluso visto desde fuera. Por un segundo, John se sintió atrapado, como si él también estuviera allí dentro y le faltara el oxígeno para respirar. Sus piernas flaquearon y Harry tuvo que sujetarle del codo para ayudarle a sostenerse en pie.
—Estoy bien —contestó a la pregunta que le hizo alguno de los presentes.
Era mentira, por supuesto. Se sentía de todo menos bien. Estaba avergonzado por sentirse tan débil y por no saber ocultarlo mejor; desolado por el dolor y la pérdida; furioso con Moriarty, con la prensa, con Scotland Yard en pleno, incluido Lestrade, con Mycroft y con Sherlock mismo por abandonarle, por dejarle tan solo de nuevo; y, por último, estaba hundido por completo en un pozo de desesperación del que creía que nunca sería capaz de salir.
La estúpida ceremonia concluyó al fin y los empleados de pompas fúnebres depositaron el féretro en el agujero. Cuando empezaron a echar tierra sobre él, John estuvo a punto de gritarles que se detuvieran, que tenía que comprobar una vez más que no se les hubiera pasado algo por alto, que tenía que asegurarse de que estaba muerto y que no le estaban enterrando en vida por error. Pero no hizo nada, claro, porque incluso en su estado de confusión y dolor sabía que eso era una locura, que era sólo negar la evidencia, aferrarse a un imposible. De modo que dejó que la tierra cubriese la caja y, cuando ya no se pudo ver la madera por ningún resquicio, se dio la vuelta y se alejó de allí con premura, sin molestarse en secarse las lágrimas que rodaban por sus mejillas y que dejaban un rastro frío y extrañamente reconfortante en su piel; sin prestarle atención a su hermana, que le llamaba con quedas palabras, ni al dolor de su pierna, que le hacía cojear de manera aparatosa. Como si todas aquellas carreras con Sherlock por las calles de Londres hubieran sido un espejismo. Como si lo único real fuera el dolor, y la milagrosa recuperación de su herida psicosomática no hubiese sido más que un sueño que se pierde al despuntar el día.
