Pan
Aquí os dejo el segundo capítulo de Nueve Vidas de Peeta Mellark. He empezado a traducir estos capítulos porque después de leer los Juegos del Hambre, no quería dejar ir a los personajes, y las historias que más me han gustado son las de operaghost517 (la autora de los originales en inglés). ¡Hay muchos más capítulos por llegar!
No os olvidéis de dejar opiniones :)
(Suzanne Collins es la autora de los Juegos del Hambre y a ella le pertenecen los personajes y la historia original).
Había sido un día particularmente lento en la panadería. La lluvia implacable disuadía a la gente de andar por la calle, lo cual ya había colmado la paciencia de mi madre. Nos movíamos a su alrededor con cautela, intentando apaciguar su enfado. Había conseguido eludir un guantazo todo el día, prestando diligente atención al pan que estaba cociendo, pero cuando después del mediodía tan sólo habíamos tenido dos clientes, ya no había nada que hacer. Su mal genio empezaba a despuntar y no me sorprendió que unos momentos más tarde la escuchase gritar. Pensé que estaría gritándole a uno de mis hermanos, o quizá al nuevo chico de los recados, pero las palabras no tendrían sentido si tal fuera el caso.
"¿Qué estás haciendo?", chilló con una voz áspera que resonó a lo largo de la estrecha calle en la que se encontraba nuestra panadería. "¡Largo de aquí! ¡Ya estoy harta de vosotros, mocosos despreciables de la Veta que venís a rebuscar en nuestra basura! ¡Que seáis tan estúpidos que no podéis alimentaros a vosotros mismos no significa que podáis venir a robarnos la comida! Ahora vete, ¿a menos que quieras que llame a los Agentes de la Paz?"
El corazón me dio un doloroso golpe en el pecho al soltar con cuidado la barra de pan que se suponía que debía estar cociendo para ir a ver a quién le gritaba mi madre. Me daba la extraña sensación de que ya lo sabía... Parecía muy delgada últimamente. Cada día a la hora de comer la veía masticar algún tipo de hojas mientras yo desempaquetaba con culpabilidad mi ración de pan, carne y en los mejores días hasta queso. Cada día quería darle toda la comida que tenía, pero sabía que no aceptaría mi ayuda.
Me asomé por detrás de mi madre mientras ella volvía a poner en su sitio cuidadosamente la tapa de la basura. Me dio un vuelco el corazón al verla tan desesperada, tan demacrada. Tenía las mejillas hundidas y sus ojos delataban que había pasado hambre demasiadas noches. Yo sabía lo que era pasar hambre. Habíamos tenido malos inviernos en los que nadie podía permitirse comprarnos pan, y al final ni siquiera podíamos permitirnos comprar los ingredientes. Sí, había pasado hambre, pero nunca había llegado al punto en el que ella evidentemente se encontraba.
Me pilló observándola y vi un leve destello de reconocimiento en su mirada, pero la apartó rápidamente y continuó alejándose hasta dejarse caer contra un árbol, derrotada. Me colé de vuelta en la casa para volver al pan, pero no era capaz de quitarme a Katniss de la cabeza. Siempre la había creído invencible; la superviviente consumada que haría lo que fuese por mantener a su familia con vida. Pero su mirada al dejar caer la cabeza entre las manos decía claramente me rindo.
Estaba a punto de meter las dos grandes barras de pan de vuelta en el horno cuando repentinamente tuve una idea. Fingiendo tropezarme, eché ambas barras directamente al fuego, como haciendo un esfuerzo para evitar caerme de cabeza. Mi madre no estaba mirando en aquel momento, pero aún así me parecía muy obvio echarlas al fuego como si tal cosa. Esperé un buen rato para asegurarme de que quedasen completamente incomestibles para nuestros clientes antes de rescatarlas con un par de pinzas. Mi madre se acercó justo cuando acababa de dejar la segunda sobre la encimera y gritó con furia al ver las cortezas quemadas.
"¡Estúpido niño!" aulló, cogiendo las barras con rabia y tirándolas al suelo. "¿Acaso eres tan inútil que no puedes ni cocer un trozo de pan?" Se giró hacia mí y me dio un guantazo en la mejilla, haciendo que me tambalease hacia atrás con lágrimas en los ojos. Ya estaba acostumbrado a sus maltratos, pero eso no hacía que dolieran menos. Mordiéndome el labio para evitar soltar cualquier sonido de dolor, me apresuré a recoger las barras antes de que pudiera tirarlas y salí por la puerta trasera.
"¡Échaselas al cerdo, criatura estúpida! ¿Por qué no? ¡Ninguna persona decente va a comprar pan quemado!"
Eché un vistazo por encima del hombro y vi que aún me estaba mirando, así que empecé a cortar trozos y a echarlos en el comedero del cerdo. Estaba deseando que se fuera porque cada trozo que arrancaba era un bocado menos que Katniss recibiría. Por suerte, el timbre de la entrada empezó a sonar y mi madre se apresuró a atender al cliente.
Sentía su mirada en mi nuca, observando atentamente mientras me aseguraba una vez más de que mi madre realmente se hubiera ido, y después eché la barra de pan en su dirección. No me detuve lo suficiente como para ver a qué distancia le había caído antes de echar la segunda barra y apresurarme a entrar, cerrando la puerta firmemente tras de mí. No es que no quisiera que me pillasen por mí, si no por ella.
Esbocé una leve sonrisa al volver al trabajo, imaginando cómo sería el resto de su noche. Llevaría el pan a casa y su familia se deleitaría. Quizá les dijese cómo lo había conseguido, quizá no. Realmente no me importaba, mientras tuvieran de comer. Esperaba que la primavera llegase pronto para que pudiera encontrar comida más fácilmente. No estaba seguro de cuánto tiempo podría continuar quemando pan antes de que mi madre tomase medidas drásticas, pero sabía que lo haría mientras ella lo necesitase.
Había esperado que aquel momento funcionase como una especie de puente entre nosotros. Que el espacio que yo no era capaz de cruzar se cerrase mágicamente y que ella, de alguna manera, me viese como yo la veía. Fui a la escuela al día siguiente con una amplia sonrisa en la cara, todo por ella. A lo largo del día, fue desvaneciéndose. No me miró a los ojos por los pasillos. Lo que es más, parecía hacer todo lo posible por evitarme. Un dolor me invadió el pecho al darme cuenta de que, a pesar de todo, no quería saber más de mí de lo que lo hubiera querido antes.
Supongo que aquello era lo que me quedaba. Amarla a distancia. Mirarla desde el banquillo. Ser su mudo salvador cuando todo el mundo daba la espalda.
