Capítulo 2.
Antes de alejarse de allí, antes de que Snape le tomara por el brazo y se desapareciera con él, Draco Malfoy desvió, durante una milésima de segundo, su mirada hacia atrás. Hacia la sala donde, hace unos escasos minutos, ella había tratado de ayudarle. Donde permanecía por petición suya. Había bastado tan sólo una mirada para que ella se percatara de que, bajo ninguna circunstancia, debía seguirle.
Era peligroso.
Mortal incluso.
Un rápido vistazo. Una breve y silenciosa despedida.
Un adiós a lo que Draco Malfoy pudo haber sido; en lugar de lo que debía ser.
La última oportunidad de elegir su camino, de decidir su propio destino.
Ese momento, se le había grabado en la memoria y era capaz de rememorarlo una y otra vez.
En bucle.
Que gilipollas había sido.
Que cobarde.
Que puñetero gallina.
Había tenido la oportunidad de mandarlo todo a la mierda. De aceptar su mano y largarse de allí.
Pero ya no había vuelto atrás.
Había tomado una decisión.
Y ahora era lo que era.
Se había convertido en alguien frío, sin humanidad; un asesino. En una marioneta; un títere manejado por los hilos que el Lord Tenebroso manejaba a su antojo. Un soldado en una guerra que no le interesaba lo más mínimo.
Pero había aprendido a sobrevivir. A sanar. A obedecer. A esconder sus sentimientos y emociones. A guardar las apariencias.
A ser él, Draco Malfoy.
Se despertó de madrugada, como de costumbre. Aún el sol no había salido y quedaban todavía algunas horas antes de que lo hiciera. Se levantó de la cama, se desvistió y se puso ropa cómoda. Con el máximo sigilo que le fue posible, salió de lo que antes había sido su hogar; ahora el cuartel donde estaba emplazado como mortífago a las órdenes de Lord Voldemort.
El frío aire de la noche le revolvió los cabellos. La luna apenas brillaba esa noche, pero eso no le importó; conocía el camino de memoria. Tomó aire y comenzó a trotar por los terrenos. Primero suavemente. Después incrementó un poco más la velocidad. Por último, acelerando lo máximo que sus piernas le permitieron.
Se sintió libre.
Correr era la única forma que tenía de despejarse. De dejarse llevar, sin importar quien era. Sin necesidad de obedecer a nada ni a nadie.
Regularizó su respiración, siendo consciente de cada una de sus inhalaciones y exhalaciones. Tomando el control de su cuerpo. Dirigiendo sus pasos. Sintiendo chocar sus zapatos contra el pavimento. Orquestando sus movimientos.
Draco Malfoy sonrió.
Durante unos instantes se sintió dueño de sí mismo. No objeto de nadie más.
Al cabo de una hora aminoró la marcha hasta detenerse en el lago. Tomó aliento apoyando sus manos en sus rodillas. Aún tenía unos minutos más antes de que toda la mansión despertara y tuviera que volver a ponerse la máscara.
Unos minutos más de paz.
Se desvistió lentamente, dejando caer toda su ropa al suelo. El sol había comenzado a hacer su aparición y, mientras Draco se adentraba en el agua, los rayos de las primeras luces de la mañana, comenzaron a descubrirle, incidiendo directamente sobre él. Su figura se vio envuelta en un halo de luz anaranjada que fue desvelando su cuerpo.
Lo más característico era la perfección con la que estaba esculpido. Rostro anguloso, pálido, atractivo. Hombros anchos, torso definido. Brazos fuertes, antebrazos surcados de venas. Y la marca. Como si también fuera parte de él, localizada en su antebrazo derecho. Parecía que la misma, al igual que su trabajado cuerpo, había sido incrustada siguiendo a la perfección los trazos de su piel, las ondulaciones de sus venas y la prominencia de sus músculos.
Una marca que se había ganado a pulso. Al igual que toda su corpulencia. A base de sudor, dolor y sacrificio.
La única diferencia entre su cuerpo y la marca tenebrosa era que, mientras lo primero le pertenecía; lo segundo había sido impuesto.
Dio unas cuantas brazadas, sintiendo como el contacto de su cuerpo con el agua helada relajaba sus músculos.
Salió del agua, dejando que los primeros rayos de sol secaran su piel. Así, permaneció durante unos segundos, completamente relajado y ajeno al mundo.
-Draco-susurró una voz a sus espaldas.
El hombre frunció el ceño ante la interrupción. No hacía falta que abriera los ojos ni se girara para ver quién lo estaba llamando. Conocía esa voz a la perfección.
-Aún queda un rato antes de que todos se despierten-atajó, tratando de aferrarse al momento durante unos minutos más.
Sintió unas pisadas a sus espaldas y como quien le había llamado, se situaba frente a él y posaba su mano en su pecho desnudo. Draco tomó la pequeña mano de la mujer entre las suyas, más no abrió los ojos.
-Debemos regresar. Nos reclaman.
Fue entonces cuando Draco Malfoy abrió los ojos y se encontró con la mirada de Pansy Parkinson que, con los ojos, le pedía disculpas por despojarle de la paz que estaba sintiendo en esos momentos. El rubio no hizo ningún comentario sin pestañear, se inclinó para recoger su ropa, con intención de vestirse rápidamente y volver a la Mansión.
-¿Todavía lo llevas?-preguntó Pansy. Draco siguió su mirada hasta la cadena que llevaba alrededor del cuello. Incómodo, se colocó rápidamente la camiseta, ocultando el objeto de la mirada de su amiga.
No tenía ni idea de lo que significaba esa cadena, pero aún así hace siete años que la llevaba colgando de su pecho. No se había separado de la misma ni un instante.
Era el único recordatorio que tenía de su humanidad.
De lo que pudo haber escogido aquella noche, en la Torre de Astronomía.
Era el símbolo de la libertad.
Algo que él jamás tendría.
Haciendo caso omiso a la pregunta de Pansy, terminó de vestirse y emprendió el camino de vuelta hacia la mansión, seguido muy de cerca por su compañera.
Caminaron en silencio. No hacían falta las palabras entre ellos dos. Después de tantos años compartiendo el lado oscuro, entrenando juntos, luchando mano a mano, asesinando por el otro; no era necesario nada más. La mortífaga conocía a la perfección al hombre que caminaba unos metros delante de ella. Sabía el tormento por el que había pasado, pues así lo había sufrido ella misma en su propia piel. Y no le culpaba por querer aferrarse a ese objeto pues, al fin y al cabo, era lo que le había mantenido cuerdo durante todos estos años.
Él tenía su cadena.
Ella, sin embargo, hacía tiempo que había perdido toda esperanza. Se había resignado a su destino y no le quedaba nada por lo que luchar. Había perdido lo que más quería, así que ya no tenía ningún sentido su vida.
Inconscientemente bajó las manos hasta su vientre y acarició por encima de la tela de su camiseta la cicatriz que, de lado a lado, cruzaba su abdomen. Los ojos empezaron a picarle, de la emoción, pero no se dejó arrastrar por el dolor una vez más.
Pansy Parkinson ya no sentía.
Draco llevaba un tiempo observando a Pansy Parkinson. La morena había cambiado...
Para empezar ya no era la misma. Andaba siempre sola o durmiendo. Durante las misiones ya no se entregaba como con anterioridad y en más de una ocasión Draco había tenido que salvarle el pellejo, protegiéndola de alguna maldición dirigida hacia ella o haciendo él mismo el trabajo sucio que la morena era incapaz de ejecutar.
Estaba como ida. Y triste.
Deambulaba como un inferi por la mansión; apenas comía y, definitivamente su aspecto había cambiado. Ya no era fuerte como antes, sino que su complexión había ido adquiriendo unas líneas mucho más redondeadas.
Él no era imbécil.
Ya sabía lo que estaba ocurriendo con su amiga.
Y corría un grave peligro.
Si el Lord se enteraba, acabaría con ella sin contemplaciones.
Y no quería ni pensar qué haría con el bebé.
Tenía que ayudarla. Ayudarles.
Como fuera.
Esa noche habían regresado de una de las misiones más peligrosas y sangrientas en las que se habían visto envueltos desde que comenzó toda esa locura. Habían asaltado la prisión de Azkaban, con el objetivo de liberar a los mortífagos presos y acabar con todo guardia, auror o miembro de la Orden del Fénix que por allí anduviera.
Y habían fracasado.
Draco estaba seguro de que alguien había dado un chivatazo al otro bando, pues cuando llegaron allí les había recibido una horda de aurores, preparados para atacar. Les doblaban en número y, después de unos minutos de batalla, habían decidido retirarse. Derrotados. Abandonaron a compañeros heridos y otros tantos fallecidos y regresaron a la mansión. Eran conscientes de que muchos se habían librado de la muerte esa noche, pero eso no era nada en comparación con las represalias que tomaría el Lord Tenebroso. Y mucho menos con los castigos que les impondría hasta encontrar al traidor, por ser unos incompetentes y por haber fracasado en esa misión.
Y Draco no podía permitir que a ella le sucediera algo.
Y menos en su estado.
Por ello, esa noche tomó una decisión y, mientras esperaban en la gran biblioteca de la mansión a que el Lord les hiciera llamar para interrogarlos y, de paso, torturarlos, se acercó a la muchacha. Pansy estaba sentada junto al fuego. Su cabello negro estaba desordenado y pegado a la parte posterior de su nuca, con lo que Draco supuso, sería sangre de algún caído. La capa estaba hecha jirones y tenía el rostro sucio, lleno de cortes. Contemplaba perdida le crepitar de las llamas, y ni se inmutó cuando el rubio se sentó frente a ella y tomó su rostro entre sus manos.
-Panys-murmuró seriamente. Se inclinó un poco más sobre ella, intentando mantener su conversación alejada de las miradas curiosas del resto de los mortífagos que esperaban a ser torturados con ellos en la sala. La morena seguía sin apartar la vista de la chimenea.- Pansy- volvió a llamar.- Escúchame por favor - como si de pronto la morena hubiera sido consciente de donde se encontraba y de quién le estaba hablando, levantó la mirada para encontrarse con los ojos preocupados de Draco. Cuando tuvo su atención, el rubio prosiguió.- Tienes que largarte de aquí; no puedes permitir que él se entere y mucho menos que esta noche te castigue. No lo soportarás. No lo soportaréis.
Pansy comenzó a temblar.
¿Cómo demonios había descubierto lo suyo Draco?
Había procurado mantenerlo en secreto desde que había sido consciente de estar embarazada. Ni siquiera el padre lo sabía; tampoco creía que fuera a importarle. La había dejado abandonada a su suerte por otra mortífaga, seguro que la noticia de que esperaba un hijo suyo no iba a importarle en absoluto. Es más, seguro que el muy cabrón la entregaba a Voldemort para que se ocupara de ella y la criatura.
Había estado temiendo ese momento durante semanas, cuando ya parecía más que evidente que su cuerpo estaba cambiando. Había trazado mil planes para intentar escapar de allí y poner a su bebé a salvo, pero en su cabeza, ninguno de ellos acababa bien.
-Draco yo…-susurró al tiempo que las lágrimas comenzaban a aparecer en sus ojos.- No se que hacer... Estoy muy asustada.
Era cierto. Draco lo podría leer en sus ojos y en el leve, pero apreciable temblor de su cuerpo. Y sabía que si no hacía algo de inmediato, esa noche el señor Oscuro acabaría por descubrir su secreto y no dudaría en acabar con la vida de ella y ese bebé.
-Snape-dijo al fin el hombre.- Ve a verle ahora mismo; él sabrá qué hacer.
-Pero y ¿qué pasa con quién tú ya sabes?
-No te preocupes Pans, yo me encargaré de cubrirte.
Sin decir nada más Pansy abandonó la sala y, cuando fue llamada para recibir su castigo, en su lugar se presentó Draco. Con una excusa logró disimular la ausencia de su amiga y, se ofreció él mismo para recibir el castigo. El Señor Tenebroso no toleraba ese tipo de comportamiento pero, aun así, aceptó. El castigo que le infligió a Draco extremadamente macabro y doloroso; mucho más que el recibieron el resto de sus compañeros.
Draco aguantó el tipo. El dolor era insoportable, si bien no renunció a su orgullo y se resignó a emitir ningún quejido. Y eso enfureció aún más al Lord que no solo lo estaba castigando a él, sino a Parkinson, al traidor y al resto de inútiles que habían fracasado en la misión.
Con ese gesto, reflejó la poca conciencia y humanidad que aún conservaba en su interior. Pero por los suyos, era capaz de eso y mucho más. Y Pansy no merecía ser castigada.
Intentó resistir hasta el final, pero su cuerpo, en un momento dado dijo basta. Podía sentir que era atravesado por mil dagas al mismo tiempo; que sus entrañas se retorcían y sus extremidades eran fracturadas.
Tendido en el suelo, se encogió sobre sí mismo, tratando de protegerse del último ataque, antes de sumirse en la inconsciencia.
Cuando por fin despertó y sus ojos se hubieron acostumbrado a la tenue luz de su habitación, pudo distinguir una figura alargada a los pies de su cama.
-Severus…-murmuró, intentando incorporarse de la cama. De pronto, sintió como si todo su cuerpo era aplastado por un gigante y un fuerte mareo lo devolvió de nuevo a su sitio. Snape se acercó hasta él y con un gesto paternal le acarició la cabeza.
-Shhhh, no intentes ningún esfuerzo Draco. Por porco sobrevives. Ahora tienes que descansar.
De pronto los recuerdos de esa noche le abofetearon. Recordaba haberse puesto en el lugar de Pansy para tratar de ocultar su embarazo ante el Lord y salvar su vida y la del bebé.
-¿Pansy? ¿Dónde?
-Está a salvo Draco-le susurró.
Draco volvió a relajarse, o al menos todo lo que su maltrecho cuerpo podía y se dejó caer en la almohada, cayendo de nuevo en un profundo sueño.
Pero había algo raro.
Algo extraño en su mente que, a partir de esa noche, le perturbó todos y cada uno de sus sueños.
Como si hubiera sido maldecido.
Maldecido con una oscuridad que le perseguía cada vez que cerraba los ojos y se sumía en sus más profundos sueños.
Una oscuridad que siempre lo despertaba de madrugada y le dejaba una extraña sensación en el pecho.
Y Draco sabía que las tinieblas lo perseguiría hasta el fin de sus días.
Que jamás podría volver a descansar en paz.
Tal vez muerto.
Aunque Draco tenía la certeza que ni bajo tierra sería capaz de librarse de esa maldición.
Habían tardado un rato en deshacer el camino y regresar a la mansión. En el ambiente se respiraba un aura extraña y todo el mundo se había puesto en marcha, algo inusual para esas horas de la mañana. Con extrañeza, Draco paseó la vista por toda la estancia.
Todo el mundo parecía estar listo para partir. Casi toda la plantilla de los mortífagos ubicados en ese cuartel estaban ataviados con sus inconfundibles uniformes negros y las máscaras plateadas. Habían formado filas y aguardaban a una señal para abandonar el lugar.
Severus Snape se acercó hasta ellos con expresión seria, haciendo ondear su capa al paso, arrollando a quien osara interponerse en su camino. Era la mano derecha del Lord así que todos se apartaban para abrirle paso, nadie quería sufrir un castigo por encontrarse en el lugar y momento equivocados.
-Malfoy, Parkinson ¿Dónde cojones os habíais metido? La sirena sonó hace quince minutos. Todo el mundo está listo- les reprendió.- Parkinson, suba a cambiarse Partimos en dos minutos. Tú, Draco, ven conmigo.
La morena obedeció sin rechistar y salió escopetada hacia su habitación. Draco siguió a Snape a lo largo de toda la mansión. Cuando llegaron a su despacho, el mago lo invitó a pasar y cerró la puerta detrás de él.
-Severus, ¿qué está pasando? ¿a dónde va todo el mundo? ¿por qué no estoy yo incluido en esta misión?
Con un movimiento de varita, Snape encendió el fuego de la chimenea y se acercó hasta el hombre, que lo miraba expectante y algo cabreado. No estaba acostumbrado a ser apartado de sus misiones y le enloquecía el hecho de no poder participar.
¿Veis en lo que se había convertido?
En un hombre cargado de ansiedad, sediento de sangre.
-El Señor oscuro tiene otros planes para ti Draco. Siéntate y te explico.-Sin embargo, Draco no lo hizo y se cruzó de brazos, esperando. Snape asintió. No valía la pena luchar con él; era orgulloso y estaba ansioso por conocer cuál era esa misión especial que el Mago Tenebroso le había encomendado.- Necesitamos que viajes al norte del país. Hay algo que nuestro Señor desea recuperar.
-¿Y por qué no va él mismo?
En cualquier otra circunstancia o frente a cualquier otra persona Draco no habría utilizado el tono molesto con el que lo preguntó, pero delante de Snape se sentía con la suficiente confianza como para dejar mostrar un poco su contrariedad.
-Ten cuidado con esa actitud-le advirtió.- No todos se lo podrían tomar como yo ni tampoco serán tan benevolentes contigo. El Lord te ha escogido para esta misión y la cumplirás. Ahora, escúchame atentamente...
Pero lo que Severus Snape compartió con él aquella mañana no era para nada lo que Draco había esperado.
Ese día, la mano derecha del mago más oscuro y poderoso del mundo le reveló su verdadera identidad.
Y el verdadero objetivo de esa misión.
Ayudar a acabar por fin con esa pesadilla.
Pero era un asunto de extremada peligrosidad.
Y puede que Draco no regresara con vida.
No obstante, aceptó, sintiendo algo que hacía mucho tiempo no sentía.
Esperanza.
Se apareció a unos metros del lugar señalado, tal y como le había indicado Snape. Aguardó hasta estar seguro de que no había nadie más por los alrededores; lo último que quería era ser descubierto; o peor, atacado.
Cuando tuvo la certeza de que se encontraba solo, salió de su escondite y caminó tranquilamente hasta una vieja casa de piedra, situada a unos metros y resguardada por unos cuantos árboles. Hacía bastante frío y se arrebujó en su capa, sin soltar la varita. La luz de la luna alumbraba el camino y no se oía otra cosa que el aire colarse entre los árboles y algún que otro aullido a lo lejos.
Draco Malfoy avanzó entre la maleza del bosque, con paso seguro. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de la edificación, se tomó unos minutos, antes de adentrarse. Snape no le había podido dar detalles de lo que encontraría dentro; es decir, el objeto allí escondido estaría protegido por numerosos peligros y hechizos, pero el mago no tenía conocimiento sobre qué y cómo sortearlo. Aquél objeto que Lord Voldemort deseaba recuperar con urgencia. Draco sospechaba que algo terrible le aguardaba al otro lado de la vieja puerta de madera, pues de lo contrario habría sido el mismo Lord el que habría acudido. No obstante, debía ser algo importante para él y, según le había indicado el mortífago, algo clave para derrotarlo.
Tras tantos años a su servicio, había momentos en los que Draco Malfoy se había convencido, o autoconvencido, de que todo aquello estaba bien. De que al final, en todo mundo siempre hay dos bandos: los buenos y los malos y que, por desgracia, a él le había tocado jugar el papel de villano. Y él era un excelente actor, por lo que había llevado su interpretación al extremo.
Si bien había ejecutado a la perfección su rol, no había disfrutado ninguno de los momentos que había tenido que vivir del lado de los mortífagos. Jamás ejecutó un hechizo con toda la maldad y sadismo requerido para una realización perfecta ni tampoco había disfrutado torturando y asesinando. Simplemente había sido su deber; lo había hehcho y sentía remordimientos. No sentía nada.
Se había convertido sin quererlo en un excelente mago, conocedor de numerosos hechizos de magia negra y una extraña seguridad que le permitía ser como era.
Por eso sabía que esta noche no iba a fallar.
No podía.
Severus Snape había confiado en él lo suficiente como para revelar sus verdaderas intenciones con todo ello.
¡No entiendo por qué has esperado tantos años en decirme esto Severus! Sabes el infierno por el que he pasado. Por el que estoy pasando mejor dicho. He perdido amigos. Me han torturado. Me han humillado. No puedo dormir. ¡Estoy jodidamente maldecido por el amor de Merlín! ¡Soy un puto deshecho humano!
Le había chillado cuando el mago había revelado con él sus verdaderos planes. Se desquitó a golpetazos contra la pared, dejando pequeñas fisuras en el tabique y fracturandose los nudillos.
Snape había esperado pacientemente hasta que se calmó, haciéndole comprender que no había tenido otra alternativa más que aguardar pacientemente el momento adecuado. Esperar a que la confianza del Lord sobre él fuera sólida y estuviera a prueba de sospechas
Draco lo entendió en ese momento. Pero no lo perdonó.
Esa noche, en la Torre de Astronomía, su destino podría haber sido distinto y podría haber contado con su apoyo; sin embargo, Snape optó por llevárselo de ahí. Por quebrar su niñez y reducir su humanidad un poco más.
Ya poco quedaba de aquél muchacho de dieciséis años.
Pero esa noche tendría la oportunidad de enmendar sus errores
Al menos algunos.
Cuando llegó frente a la puerta nada sucedió. Todo continuaba con la misma calma. Intentó abrirla y la misma cedió sin problemas, sin resistencia. Draco empuñó fuertemente su varita y se adentró en la oscuridad.
Nada más poner un pie en el interior de la estancia, una ráfaga recorrió todo su cuerpo y en un instante, la habitación quedó iluminada por unas antorchas colgadas en las paredes. Draco abrió los ojos y observó atentamente todo a su alrededor; sin moverse todavía. Se trataba de una habitación pequeña, recubierta del mismo material que el exterior. Aparte de las antorchas, no había nada más en las paredes, a excepción de un viejo espejo al fondo de la sala. Otros objetos amueblaban el cuarto: una vieja silla de madera y frente a ella, una mesa igual de deteriorada. Sobre la misma descansaban tres frascos de vidrio, rellenos de algún extraño brebaje que, Draco dedujo debía consumir si quería hacerse con lo que había venido a buscar.
Lentamente se acercó hasta la mesa y se sentó frente a la misma. La silla crujió con su peso, pero nada más sucedió. El mortífago observó los tres recipientes, pero no tenían ninguna identificación por lo que no podía saber qué era lo que contenían. Sí se fijó en el orden en el que estaban dispuestos por lo que adivinó que debía seguir el mismo. Tomó el primero de ellos, el situado más a la izquierda. Su idea era seguir el sentido de las agujas del reloj. Destapó el corcho y acercó su nariz al mismo. No detectó ningún olor extraño y, a pesar de la escasa luz que arrojaban las antorchas, pudo distinguir que el líquido era transparente, de una consistencia bastante líquida. Parecía casi agua, más Draco sabía que sería algo mucho más terrorífico. El mismo Lord Voldemort había dispuesto todo aquello para proteger algo muy valioso, por lo que no sería algo tan insignificante como agua.
Se acercó el botecito a los labios y le dió un pequeño sorbo a su contenido. Tampoco sabía a nada. Aguardó durante unos minutos pero tampoco parecía que el líquido estuviera haciendo ningún efecto sobre él.
Draco pensó.
Lanzó un par de hechizos, tratando en vano de revelar la esencia del fluido.
Nada.
Probó a arrancarse unos cuantos pelos de la cabeza y echarlos en la poción, como si fuera a funcionar igual que la poción multijugos.
Todo igual.
Durante un buen rato más intentó todo lo que le vino a la mente, hasta que una idea cruzó su mente. Era algo aterrador y había leído sobre ello en alguna parte, pero no lograba recordar dónde.
La magia negra funcionaba de otra forma. A cambio de un precio; de una retribución que, normalmente solía suponer algún tipo de sacrificio. Tomó su varita y realizó un pequeño corte en el interior de su muñeca. Empezó a sangrar. Vertió unas gotas de sangre en el frasco. En cuanto la primera gota tocó el líquido, la misma empezó a burbujear.
¡Et voilà!
El rubio tomó el frasquito y sin pensarlo, se lo bebió de un trago. Al cabo, comenzó a sentir un cosquilleo atravesarle la garganta que pronto se convirtió en un ardor insoportable. Se llevó las manos al cuello, en un vano intento de aplacar el calor que estaba sintiendo. Comenzó a toser y cayó de rodillas en el suelo.
También le costaba respirar; el rastro que el líquido había dejado en su garganta le estaba quemando hasta el punto que sentía que sus vías se iban cerrando poco a poco, impidiendo la entrada de aire. Cuando creyó que todo iba a terminar en ese momento el malestar cesó y, poco a poco pudo restablecerse. Continuaba de rodillas en el suelo y cuando fue a incorporarse, una fuerte punzada en la cabeza le hizo volver de nuevo la anterior posición. Su cabeza se llenó de imágenes.
Se encontraba en su Mansión, el que ahora era el cuartel de Lord Voldemort. Parecía que no había nadie a excepción de él mismo. Miró a su alrededor y entonces, el juego de luces y sombras proyectadas a través de la rendija de la puerta llamó su atención. Dirigió sus pasos al comedor.
Tomó el pomo de la puerta y la empujó.
Dentro de la sala se encontraba él mismo. Se encontraba aprisionado contra la pared mientras su tía Bellatrix le amenazaba con su varita, apuntándole directamente al corazón. La versión de sí mismo intentaba zafarse del maleficio que lo mantenía atrapado entre la mortífaga y la piedra, mas sus intentos eran imposibles, lo cual provocaba la risa en la bruja que con un giro de varita lo apretaba más aún, logrando hacerle retorcerse de dolor.
Junto a él, en el suelo, había un cuerpo tirado, pues podía divisar sus piernas. Draco no podía distinguir bien de quién se trataba, por lo que avanzó unos pasos para lograr una mejor visión.
Estaba seguro de que fuera lo que fuera que estuviera sucediendo, los personajes dentro de este sueño no podían verle.
Cuando llegó hasta ellos, la mandíbula se le desencajó al comprobar que era su madre quien se encontraba tendida en el suelo. Vestía un extraño pijama, estaba descalza y tenía todo el pelo desparramado por el suelo, formando un abanico alrededor de su cabeza. Un hilillo de sangre resbalaba por su boca y tenía los ojos cerrados, inconsciente. O muerta. No podía asegurarlo con certeza.
-¿Te sientes impotente Draco?-siseó Bellatrix mientras con un movimiento de cabeza hacía descender unas cadenas sobre el cuerpo de Draco que lo retuvieron contra la pared para, acto seguido, desviar su atención hasta Narcissa.- Mira a tu pobre madre Draco. Mi hermana- la mortífaga escupió en el suelo- ¡Traidora! ¡Tú y toda tu asquerosa familia! Pagaréis por ello, lo sabes ¿no? Pero primero me divertiré un rato con ella. ¡Crucio!
La maldición que ambos Dracos lanzaron, intentando con su chillido desviar, de algún modo, la imperdonable contra Narcissa, quedó ahogado por el ensordecedor grito de sufrimiento de la misma. Draco se agachó junto a ella y trató de interponerse entre el rayo rojo que, de nuevo salía de la punta de la varita de Bellatrix y amenazaba con impactar contra su madre; pero el mismo le atravesó y fue directo al pecho de la mujer.
La tortura continuó durante unos minutos más, en los que los dos Dracos, impotentes ante la situación, apartaron la vista de la horrorosa imagen y cerraron los ojos con fuerza. Fue en ese momento en el que Draco sintió una fuerte sacudida en su estómago y comenzó a ver todo borroso. Su cuerpo se estaba alejando de la escena lentamente. Lo último que escuchó antes de volver a su realidad fue la maldición mortal que su tía lanzaba, acabando con la vida de su madre.
Draco abrió los ojos violentamente, sintiendo como su consciencia era de nuevo arrastrada a la habitación en la casa de piedra. Una terrible y angustiosa sensación inundó su cuerpo.
¿Qué había sido eso? ¿Una sueño? ¿Una visión?
La escena que acababa de vivir no le era para nada familiar. Eso no había sucedido. No obstante, el Slytherin tuvo la amarga sensación de que, fuera lo que fuera, por nada en el mundo querría que tuviera lugar, y haría todo lo que estuviera en su mano para impedirlo.
Ese pensamiento le infundió fuerzas para continuar con la macabra prueba planificada por Voldemort y largarse de allí cuanto antes.
Ignorando el vértigo que le supuso ponerse en pie, lo hizo y tomó el segundo frasco. Volvió a repetir la operación derramó en su interior unas gotas de su sangre. El líquido comenzó a burbujear de la misma forma.
Aunque estaba preparado para experimentar la sensación de quemazón que había sentido antes, ésta fue el doble de dolorosa que la anterior. El rubio se agarró al respaldo de la silla, tratando de no caer.
Nuevamente, las imágenes comenzaron a llenar su cabeza.
Hacía mucho calor. Esta vez era él mismo. Se encontraba paseando por una pradera. Vestía ropa de deporte color gris y estaba sonriendo.
Caminó por el terreno hasta llegar a una mujer morena que, de espaldas a él contemplaba a un niño juguetear con una mariposa. El pequeño corría tras la misma, soltando carcajadas y cayéndose de vez en cuando.
Draco abrazó a la mujer por la espalda y depositó un beso en su cabeza. Entonces ella se giró para quedar justo al frente. Pansy Parkinson le sonrió y le estrechó en un fuerte abrazo.
-Gracias Draco - murmuró en su pecho.- Gracias por encontrar a mi hijo.
De pronto, la feliz escena cambió. Ahora se encontraba en una sala, de color blanco, con camas y biombos del mismo color a los lados. Alguien a su lado tironeó de su manga. Ya no vestía la misma ropa que en la escena anterior, sino que llevaba unos desgastados vaqueros y una camiseta de manga larga color negra, hecha jirones por los costados. Se inclinó para observar cómo el pequeño niño de antes le pedía con sus cortos brazos que lo levantara. Draco fue a alzar sus manos para tomar al pequeño, pero observó que las tenía manchadas de sangre. Se las limpió como pudo con el pantalón y abrazó al pequeño, estrujándolo contra su pecho.
Fue entonces cuando Draco se fijó que se encontraba junto a una cama. Tendida sobre la misma había un cuerpo tapado con una sábana blanca de pies a cabeza. Con el corazón en un puño, dejó al pequeño de nuevo en el suelo y se acercó lentamente hasta la cama. Muy despacio, destapó el cuerpo. Se encontró de bruces con el cadáver de Pansy Parkinson.
Comenzó a temblar, presa del dolor por ver a su amiga así, sin vida.
Cuando las lágrimas comenzaron a inundarle la vista, sintió de nuevo como su cuerpo era tironeado fuera de allí y en unos pocos segundos se encontró otra vez en la sala de piedra.
Esta vez sí que no entendía nada.
¿Qué demonios le estaba mostrando ese puñetero líquido?
Antes había pensado que quizá pudiera tratarse de algún tipo de visión; pero ahora esa idea le parecía imposible. El hijo de Pansy Parkinson estaba muerto. Él mismo había visto con sus propios ojos como el pequeño nació muerto a causa de una complicación durante su nacimiento.
¿O acaso sus propios ojos le habían engañado? ¿Todo el sufrimiento de su amiga había sido en vano? ¿Acaso el pequeño seguía vivo en alguna parte?
Mil ideas como estas azotaron a Draco Malfoy. Definitivamente, ese turbador juego tenía como propósito desquiciarle y hacerle confundir la realidad.
Se sentía muy muy débil. Esta segunda visión le había dejado física y psíquicamente destrozado. Y Draco suponía que la tercera sería aún más aterradora. Pero tenía que continuar.
Tomó el tercer bote con su sangre y se lo bebió de un trago. Como se había figurado, el dolor esta vez fue el triple. Se sentó en la silla y apoyó la frente contra la mesa de madera, esperando a que las visiones volvieran.
Se encontraba en un bosque, muy similar al que había tenido que atravesar para llegar hasta la cabaña de piedra. A su alrededor, se estaba librando una cruel batalla. Había cuerpos desparramados por todas partes. Cuerpos con uniformes negros y máscaras plateadas; cuerpos de aurores y civiles.
Bajó la vista hasta su propio cuerpo, que en esta visión volvía a ocupar. Comprobó que su ropa estaba empapada en sangre; sangre ajena. Miró a su alrededor, tratando de buscar a alguien. Un sentimiento de terror y preocupación extrema le asoló.
-¡Joder!- maldijo al tiempo que revisaba entre los cadáveres.
Rebuscó por todas partes.
Volteó cuerpos,
Por suerte, no estaba allí.
Comenzó a caminar, apartando matorrales, sorteando cadáveres y esquivando algún que otro hechizo. Al cabo de un rato, llegó a una explanada y un grito de auxilio hizo desviar su mirada hacia el final.
Ella pedía auxilio.
Draco comenzó a correr hacia ellos. Lanzó un par de hechizos por encima de su cabeza, pues había comenzado a ser atacado. Era tal el agobio y la rabia que sentía en esos momentos, al ver que ella estaba siendo atacada, que ni se tomó la molestia de girarse para enfrentar a sus atacantes.
Ahora solo tenía un objetivo: ella.
Una mezcla de terror, furia, ansiedad e inquietud sacudía todas sus entrañas. Esa mujer era importante para él y estaba a punto de ser aniquilada. Debía actuar.
La sola idea de que algo malo pudiera pasarle era, simplemente insoportable.
Cuando por fin llegó hasta la mujer, con toda la fuerza de su cuerpo la apartó del camino de un hechizo que, veloz, se dirigía hacia su pecho. La mujer chilló. De miedo por lo que había estado a punto de pasar y de sorpresa al haberse visto apartada por Draco.
El mortífago, profirió un grito de fastidio al haber fallado en su objetivo y, a diestro y siniestro, comenzó a atacar a la pareja que ahora se refugiaba tras una enorme roca en medio de la explanada. Con el jaleo del ataque, Draco sólo pudo echar un rápido vistazo a la mujer, que se encontraba a su lado, para cerciorarse de que estuviera bien. No pudo verle el rostro, pero sí la imagen de una flor grabada en su muñeca derecha, con la cual sostenía la varita y lanzaba ferozmente hechizos por encima de la roca, tratando de defenderlos.
Una fuerte bombarda destruyó su escudo de piedra y pronto se volvieron a ver desprotegidos; en el punto de mira del mortifago que les atacaba sin contemplación, lanzando un hechizos tras otro, casi sin darles tiempo a reaccionar y protegerse. Parecía que estuvieran bailando una danza mortal, podría terminar con un trágico final si daban un paso en falso.
En un momento de confusión, Draco no pudo esquivar uno de los hechizos que le dio de lleno en el pecho y lo lanzó un par de metros hacia atrás.
-¡Draco!-escuchó como la mujer gritaba su nombre preocupada. Draco pudo divisar cómo la misma acudía a su lado y trataba de levantarle. Bastó un instante para que, de una zancada el mortífago se situara frente a ellos y pronunciara la imperdonable mortal. Rápidamente, Draco tomó a la mujer por las caderas y volteó sobre la misma, protegiéndola con su propio cuerpo y recibiendo él mismo la maldición, que impactó en el centro de su espalda. Tan sólo alcanzó a escuchar el grito desgarrador de la mujer contra su pecho.
Después, todo se volvió negro.
Y abandonó el lugar.
Sabiendo lo que acababa de suceder.
Siendo testigo de su propia muerte.
Draco se encontraba tirado en el suelo. Temblando. Traumatizado. Su instinto le decía que ese momento tendría lugar. Era su futuro.
Pero eso era lo que menos le inquietaba.
¿Quién era aquella mujer a la que había tratado de defender tan fervientemente? ¿Por quién había dado su vida? ¿Por qué tenía la sensación de que lo habría hecho una y mil veces con tal de salvarla?
Todo esto pensaba Draco mientras contemplaba el techo de la habitación. Dolorido por el efecto de la poción en su cuerpo; abrumado por las tres escenas que acababa de presenciar. Así se mantuvo en silencio unos minutos. Tratando de serenarse y reunir la fuerza suficiente para ponerse en pie.
Porque estaba seguro de que eso no era todo.
Un ruido a su derecha le hizo girarse. Se percató de que el enorme espejo colgado al final de la sala había comenzado a iluminarse. Arrastrándose logró acercarse hasta el mismo. Tan sólo vio su reflejo. Contempló su aspecto. Esta despeinado, tenía los ojos rojos. El corte de su muñeca no se había cerrado del todo y continuaba sangrando. Podía ver como su pecho subía y bajaba rápidamente, a causa de la agitación. Definitivamente, se trataba de él, de su cuerpo en ese mismo momento.
De pronto, la imagen del espejo sufrió una sacudida y Draco pudo contemplar cómo sus ojos tornaban, de su particular color gris mercurio hasta convertirse en dos finas rendijas verticales, inyectadas en sangre. Su reflejo en el espejo le devolvió la sonrisa, mas él no estaba sonriendo. Se trataba de una mueca macabra que había visto en numerosas ocasiones.
La verdad cayó como un jarro de agua fría sobre él.
Ahora lo comprendía todo.
El destello de maldad que le devolvía su imagen desde el espejo le había hecho darse de bruces con la realidad.
Voldemort estaba allí.
En él.
De alguna manera, parte del alma del Lord Tenebroso ahora residía en su cuerpo.
Comenzó a chillar de puro pánico.
¿A qué misión suicida le había enviado Severus?
Draco continuaba mirándose al espejo. Su rostro, con las facciones y expresiones de Lord Voldemort, comenzó a reír.
Sus carcajadas resonaron por toda la habitación. Era tan fuertes que el cristal comenzó a resquebrajarse. Unas pequeñas estrías empezaron a extenderse de los extremos, al centro del espejo. Finalmente, estalló en mil pedazos, impulsando a Draco hacia atrás por el impacto. Pero la risa no cesaba y pronto toda la cabaña comenzó a cimbrear bajo sus pies, presta a desmoronarse.
Las antorchas que habían servido para alumbrarle durante toda la prueba, cayeron al suelo y el fuego comenzó a extenderse por toda la habitación. Algunas piedras comenzaron a descender, del tejado, chocando contra el suelo. Todo amenazaba con derrumbarse.
Con un quejido, Draco se puso rápidamente en pie y abandonó la cabaña justo en el mismo instante en el que el techo comenzaba a desplomarse. Se alejó tambaleándose de la cabaña y dejó caer su cuerpo contra un árbol. Abatido.
Mientras contemplaba como la cabaña se sumergía en un mar de llamas y se iba consumiendo poco a poco, Draco Malfoy comprendió varias cosas:
1. No era un objeto lo que Voldemort estaba protegiendo en aquel escondite, sino parte de su propia alma. Que ahora, residía en él.
2. Que tendría que morir si quería destruir esa parte del Mago Oscuro.
3. Que antes de que todo eso sucediera tendría que presenciar cómo la muerte sacudía a sus seres queridos. Primero a su madre; después a su mejor amiga; y por último, así mismo, a cambio de salvarle la vida a una mujer. Por la cual estaba seguro de que la daría mil y una veces. De una mujer que amaría profundamente.
No supo cuánto tiempo transcurrió en esa posición. Asimilando todos y cada uno de los hechos que, a partir de ese momento, tendría que presenciar hasta que un Avada Kedavra acabara con su vida.
Se sentía muy débil. El estómago le ardía a causa del líquido ingerido; provocándole arcadas y al mismo tiempo una sensación de sed insoportable. Una fuerte migraña se había instaurado en su cabeza, haciéndole ver todo borroso a su alrededor. No tenía fuerzas para levantarse y ponerse a salvo, pero el tiempo jugaba en su contra, por lo que debía ponerse en marcha ahora.
Y debía seguir las indicaciones de Snape y entregar el mensaje.
Aunque ahora debía cambiar parte de la historia. Pero ya pensaría en ello más tarde, cuando estuviera seguro.
Con todo dándole vueltas se puso en pie, mas una fuerte punzada en el pecho le hizo desmoronarse y caer de nuevo en el suelo. Su cuerpo comenzó a convulsionarse. Le costaba respirar. De pronto un calor se instauró alrededor de su cuello, y la cadena que llevaba colgada desde hace siete años, comenzó a brillar, emitiendo una luz que impedía que el rubio viera absolutamente nada.
Trató de bloquear la luz con su mano, mas no fue necesario ya que una sombra, inclinada sobre él, aisló el resplandor que lo estaba cegando.
-¿Malfoy?-dijo una voz sobre su cabeza.
La cadena había dejado de brillar.
Cuando por fin pudo enfocar la vista, Draco pudo distinguir a la persona que le hablaba, con una expresión de asombro y cautela al mismo tiempo. Se fijó en que le estaba apuntando con una varita.
-Granger…-logró murmurar al reconocer a Neville Longbottom.- Llevadme. Ante. Granger. Ahora.
Después, todo se volvió negro.
