REINA EN EL NORTE

La tumba era de piedra, de una piedra gris como el castillo y helada como el Norte. Una tumba gélida y solitaria que pronto engullirían la tierra y el tiempo. Una tumba más en aquella galería de reyes legendarios.

Sólo que no era una tumba corriente, porque en ella reposaban los restos de su hermano.

Rickard Stark, Rey en el Norte. Los hombres lo recordarían como un líder justo y severo, y las mujeres, como a un joven galante y reflexivo; el Norte lo aclamaría como aquél que les había traído la paz y los campesinos lo bendecirían por haberles bajado los impuestos.

Para Lyra, Rickard había sido más que todo eso. Había sido la única persona a la que quería. Muerto él, ya no había nadie en el mundo que le importara.

La joven asistió al entierro, pálida y serena. La septa Garmelle le puso un vestido de terciopelo negro y trenzó su cabello, largo y castaño, para despejarle el rostro. Ni una sola lágrima brotó de sus ojos verdes hasta que cerraron el portón de la galería y se refugió nuevamente en sus aposentos.

Garmelle estaba preocupada por ella. Lyra apreciaba a la buena mujer, pero no era muy dada a las muestras de afecto y le pidió que la dejara sola.

No debía mostrarse débil en público: ahora ella era la Reina en el Norte, la última Stark de Invernalia.

Tenía mucho que hacer y un montón de decisiones que tomar: reunir el consejo, enterarse de cuáles eran sus obligaciones como reina…

…y nombrar una nueva mano.

Eso sería lo más difícil. Ahora que Rickard la había abandonado, ¿en quién podía confiar?


– Debéis elegir a vuestra mano cuanto antes, alteza –Roose Cerwyn se inclinó hacia ella y le olió el aliento a cebolla–. Vuestro hermano confiaba plenamente en mí y, si así lo deseáis, me pondré en vuestras manos –el hombre esbozó una sonrisa torcida– o, mejor dicho, vos os pondréis en las mías.

Lyra lo contempló. Cerwyn era un tipo blando y ambicioso, en quien Rickard confiaba porque era un hábil conspirador. Su hermano solía decir que prefería tenerlo de amigo que de enemigo. Estaban reunidos en el salón del trono, pero Lyra había hecho salir al resto de los consejeros de Rickard, puesto que Cerwyn se lo había pedido.

Pronto comprendió cuáles eran las intenciones de éste: quería persuadirla de que lo nombrara su mano.

– Entiendo vuestra inquietud –Cerwyn suspiró–. Sois sólo una niña y estáis asustada. Yo puedo ayudaros… alteza.

– Os equivocáis –Lyra se puso en pie–: no soy una niña ni estoy asustada. Soy una Stark de Invernalia y Reina en el Norte; y, al igual que mi hermano, tomaré mis propias decisiones.

– Pero… –el hombre boqueó, confuso ante la frialdad de la muchacha.

– ¡Fuera! –ésta batió palmas–. ¡Guardias!

– Alteza –los soldados volvieron a entrar. Cerwyn miró a un lado y a otro y, finalmente, recompuso su sonrisa:

– Lamento haberos ofendido, alteza. No era mi intención –contempló a los hombres de armas–. ¡Señores, somos gente civilizada! Me iré por mi propio pie.

Lyra contempló su espalda encorvada y exhaló un largo suspiro. Acababa de echar del salón del trono a uno de los hombres de confianza de su hermano.

Barajó mentalmente la lista de nombres: el rabioso Umber, el glotón Tallhart, el taimado Bolton… Ninguno le convencía.

Definitivamente, no iba a ser fácil ser la reina.