¡Gracias por el recibimiento!
Esta trama va a ser muy rosa, quiero experimentar con el género jeje y como dijeron, ya tengo experiencia como madre.
Hay muchas dudas, poco a poco voy a ir aclarando todo (y revolviendo otras cosas jaja) trataré de alejarla de lo común, ¿vale?
Ella, tu y yo.
Sus compañeros la veían con cierta sorna mientras caminaba totalmente avergonzada a su lugar al final del salón tratando de controlar los jadeos.
Se le había hecho tarde, maldita sea, no aprendía que cuando la alarma sonaba era para despertar no para decir "cinco minutos más".
Su estómago gruñó de manera sonora y escuchó reír a su vecino de mesa mientras sus mejillas se tiñeron de color rojo. Ni siquiera tuvo tiempo de desayunar, solo salió corriendo y agradeció a todos los cielos que los semáforos estuvieran en verde como si supieran que necesitaba llegar a tiempo.
Aunque, el maestro la vio con enojo por interrumpir las instrucciones que estaba dando, y peor aun, por que ahora las tendría que repetir.
—Cómo ya había comentado, tenemos la exposición a final de mes con algunas constructoras, el proyecto que presenten será evaluado para pasantías así que no tengo que decirles lo que está en juego —repitió su maestro viéndola de manera significativa—. ¿Dudas?
Sus compañeros comenzaron a lanzar preguntas a diestra y siniestra, casi todos trataban de averiguar qué compañías estarían presentes en la exposición.
Pero a ella no le importaba eso, mordió su labio inferior con nervios al recordar que había escogido un proyecto muy "ambicioso" y que tal vez no lo tendría a tiempo.
—Kinomoto, ¿aun piensas hacer la plaza autosustentable? —cuestionó Haru apoyando un brazo en su restirador.
Sakura asintió sacando sus planos y extendiéndolos. Eran un reverendo desastre, algo que confirmó en la mirada burlesca de los que se comenzaron a amotinar en su lugar.
Los odiaba a todos y cada uno.
—Si dejas eso ahí no recibiría luz, no es funcional —señaló Kenji, otro de sus egocéntricos compañeros.
—Lo sé, por eso está tachado —gruñó mientras se convencía de que apuñalar a un compañero con un lápiz era igual de malo que hacerlo con un cuchillo.
Sus compañeros señalaron varios errores que ella ya había encontrado y suspiró frustrada tratando de silenciar sus voces.
En una clase de quince alumnos, ella era la única mujer.
Su hermano le había advertido que eso podría suceder y que sus compañeros tratarían de hacerla renunciar pero que estaba en ella dejarse guiar por absurdas ideas machistas.
La arquitectura es carrera de hombres.
¡Bah! Tenía mejores calificaciones que todos esos babosos, por eso la molestaban tanto.
—A sus lugares, nadie les dijo que la señorita Kinomoto necesitaba ayuda —los reprendió el maestro llegando.
Poco a poco se fueron dispersando, menos Kenji que fingió darle otra revisada a su proyecto.
—Los paneles solares rompen con la estructura en ese lugar, deberías considerar cambiarlos, Sakura —expresó entre serio e irónico.
Lo vio con ojos entrecerrados mientras regresaba a su lugar y el maestro se puso a un lado de ella.
—Tiene razón, pero si cambias eso...
—Tendré que cambiar todo el proyecto —suspiró ella sacudiendo la cabeza con pesar.
El hombre a su lado le dio una mirada de pesar y asintió.
—Te quedan cuatro semanas, puedes hacerlo —dijo en voz baja antes de ir a revisar los proyectos de los demás.
Sakura dejó caer la cabeza en su restirador y soltó un pequeño gemido de dolor.
—Ayyy —musitó conteniendo las ganas de frotar el lugar que dolía.
Ese día iba de mal en peor.
Cualquiera que la viera la señalaría como una nerd. Montañas de libros la rodeaban y ella anotaba cosas en una libreta mientras mantenía una mano en su sien.
Si la luz solar era problemática, no quería decirle a su profesor lo que el sistema de captación de agua pluvial iba a costar.
Resultaba que tener una plaza bioclimática autosustentable en Tomoeda salía más caro de lo que pretendió en un principio. Un problema que se incrementaba al no ser una ciudad central como lo era Tokio, allá no tendría problema alguno para presentar un proyecto de esa magnitud.
—Debí aceptar la beca —masculló anotando otra línea.
Notó de soslayo a una persona sentarse frente a ella.
—Tu ropa es un insulto para mi carrera, ¿lo sabías? —Una voz femenina la reprendió.
Suspiró y levantó la mirada, ojos amatistas la veían. Su amiga tenía incluso una ceja arqueada.
—No, pero gracias por la información —alegó regresando a sus anotaciones.
La escuchó bufar y sonrió ligeramente. Vestía unos jeans con una sudadera vieja de su hermano color gris. Sus Converses completaban el outfit y sabía a ciencia cierta que su amiga moría de ganas por tirar la preciada ropa a la basura.
—Sakura, ¿cómo puedes ser amiga de una futura diseñadora de modas vistiendo eso?
Ojos verdes la miraron.
—Tomoyo, ¿cómo puedes ser amiga de una futura arquitecta viviendo en una casa tan cuadrada?
La mencionada hizo girar los ojos con irritación antes de cruzar brazos y piernas sin perder el estilo.
—Esa sudadera la he desaparecido cinco veces, ¿Touya te la regresa? ¿Tiene una colección que no le conozco?
Sakura rio un poco cerrando su cuaderno y haciendo lo mismo con los libros a su alrededor.
—Dudo que exista algo de mi hermano que no conozcas. —Un estremecimiento la recorrió—. Con esas escapadas que tuvieron —masculló.
Tomoyo le dio un guiño antes de levantarse y ayudarla con los libros.
—Hasta que entró a trabajar y me dejó —dijo con un exagerado suspiro que solo hizo reír a su amiga—. Sin mencionar que batea para el otro lado.
Sakura soltó una sonora carcajada pero sacudió la cabeza mientras ambas chicas dejaban los libros en un carrito recolector.
—Ve el lado bueno, serás la única mujer de su vida... Literalmente.
Tomoyo sonrió de manera exagerada antes de entrelazar su brazo con el de la castaña.
—Entonces... ¿Me dejas renovar tu clóset? —preguntó esperanzada.
Sakura negó varias veces.
—Tendrás que acostumbrarte con tenerme de mejor amiga en lo secreto —concluyó encogiéndose de hombros.
Su amiga volvió a bufar pero no dijo más. Llevaba años tratando de sacarla de su estilo deportivo desinteresado, ya se debería dar por vencido.
—Y, ¿cómo va el proyecto?
Sakura dejó caer los hombros y le enseñó su amada libreta de anotaciones.
—Vaya, subiste el costo en vez de bajarlo —masculló la pelinegra con sorpresa.
Sakura hizo un sonido de irritación con la garganta y miró al cielo.
—Tal vez encuentre una constructora que prefiera pérdidas en vez de ganancias —exclamó con ironía.
Tomoyo leyó varias veces las anotaciones.
—¿No has visto otro terreno? Puede que uno con algún lugar abandonado haga el truco.
Sakura abrió los ojos con sorpresa, tomó la libreta de manos de su amiga y le dio un fuerte abrazo.
—¡Eres una genio! —alabó antes de salir corriendo hacia su auto con un lugar en mente.
—¡Deshazte de esa sudadera como agradecimiento! —gritó Tomoyo.
La castaña solo levantó el pulgar sabiendo que jamás lo haría.
Tomoeda tenía lugares para todas las clases sociales.
Su mejor amiga vivía en el Valle, un lugar de adinerados donde las casas tenían la extensión de una calle. Ella habitaba en el lado Oeste, un fraccionamiento de clase media donde habían casas de mediano tamaño que era muy tranquilo y céntrico.
El lado Sur de Tomoeda era más voluble, habían grandes edificios con lujosos departamentos pero a unas cuantas calles se podían encontrar lugares más humildes donde la renta era accesible. Aunque eran departamentos miniatura que Sakura jamás había visto por dentro.
Desde hace meses había un terreno con uno de esos edificios de departamentos de interés social que parecía estarse cayendo a pedazos.
Sakura puso un dedo sobre su barbilla mientras veía el lugar; la estructura estaba demasiado demacrada como para ser reconstruida, pero lo interesante, eran los jardines —aunque muertos— que lo rodeaban.
Tendría que cambiar varias cosas pero era posible que construir ahí le saliera más barato y podría crear fuentes de empleo para la gente de la zona.
Incluso le daría una mejor vista a la cuadra.
El problema sería encontrar al dueño y ver qué tan probable era que vendiera.
La exposición de unas semanas era algo serio pues el proyecto ganador no solo obtendría un reconocimiento a nivel nacional y la pasantía, también sería financiado. Así que no se lo podían tomar a juego; si su proyecto ganaba, la constructora buscaría realizar el proyecto en el lugar indicado en los planos.
Una ligera llovizna comenzó a caer y ella se puso el gorro de la sudadera de la discordia mientras observaba más a fondo el lugar no dejando nada a la suerte.
Definitivamente estaba deshabitado, los jardines estaban para llorar y la gente se mantenía alejada.
De hecho, varias personas le dieron miradas inquisidoras pues daba una impresión errónea con su atuendo.
Tomoeda no era un lugar lleno de criminales o adictos, pero de que los había, los había. Aun así ignoró incluso las muecas de asco y detalló el lugar en su mente para pasarlo a su libreta.
Tendría que ir al registro oficial del centro para tratar de encontrar al dueño, todo en unos pocos días y haciendo los cambios necesarios a su proyecto.
Suspiró cuando la lluvia cayó más fuerte. Se dispuso a subir a su auto cuando un café del otro lado de la calle llamó su atención.
Era uno de esos ambientados en los ochenta, su estomago soltó otro ruidoso gruñido y decidió comer algo antes de regresar a su casa.
Se fijó en ambos lado antes de cruzar la calle corriendo, su sudadera comenzaba a sentirse pesada por el agua así que antes de entrar se la quitó —a pesar de la brisa fría que la hizo estremecer— y sacudió su cabello claro.
Una vez adentro el olor a comida la recibió, el sonido de la batidora y de la música vieja inundaron sus oídos.
El restaurante realmente estaba ambientado en los ochenta, los lugares eran cubículos de sillones rojos y mesas plateadas. Incluso había una rockola al fondo de su derecha.
Para su desgracia, parecía ser un lugar muy concurrido pues no encontró una sola silla libre. Suspiró con pesadez revisando de nuevo a los comensales, tal vez encontraría uno que no le importara compartir su mesa.
Pero había de todo en el restaurante, desde familias, hasta amigos y compañeros del trabajo.
Sintió un fuerte retortijón en el estómago, pediría para llevar de ser necesario.
Entonces se fijó en la última mesa de su lado izquierdo. Había una silla de bebé, de esas que se montaban sobre las carreolas o que se usaban de asiento de auto y una cabeza que parecía estar inclinada a la izquierda, recostada sobre la mesa. Y nadie en el asiento de enfrente.
Mordió su labio inferior con nervios antes de tomar valor y acercarse.
La imagen que la recibió era tierna y a la vez un poco triste. Ojos ambarinos la vieron con interés mientras mordía una rana de peluche con bordes de plástico. Tenía un gorrito rosa y una cobija morada sobre su cuerpo. Con sus pequeñas manitas agarraba el muñeco pero sus ojos no la dejaban de observar.
Y junto a ella, había un chico aparentemente de su edad con la cabeza sobre un brazo y un tenedor en la otra mano. Parecía que se había quedado dormido a medio comer. Respiraba con tranquilidad pero no dejaba de sostener el tenedor sobre unos huevos con tocino.
Miró a su alrededor y encontró pegada a una pared una carreola negro con roja.
Regresó la mirada a la pequeña que no dejaba de morder la rana, ahora se estaba entreteniendo con la etiqueta del muñeco y balbuceba.
Sintió demasiada ternura así que le dio una sonrisa y un saludo que la pequeña miró con interés antes de regresar a la etiqueta.
Sakura suspiró y decidió despertar al pobre chico, era inseguro que se durmiera con una bebé, aunque por las ojeras debajo de sus ojos no lo podía culpar.
¿Sería su hermanita?
Su cabello color chocolate caía de lado, su nariz recta se fruncía cada tanto y tanto y su boca permanecía ligeramente abierta.
Con mucho cuidado le tocó el hombro pero el chico solo frunció el ceño. Sakura sintió algo de lástima pero de verdad que el pobre no se perdonaría que algo le pasara a la bebé por tomar una siesta.
—Hola, oye —insistió moviéndolo de nuevo.
Entonces otro par de ojos ambarinos la miraron con sumo cansancio, el joven parpadeó varias veces antes de incorporarse con brusquedad dejando caer el tenedor y volteando para dónde estaba la bebé.
—Sayuri —exclamó aliviado con la voz un poco ronca.
La pequeña retomó la tarea de chupar el lado de plástico de la rana mientras el chico pasaba una mano por su cabello y soltaba un suspiro.
—Diablos —masculló.
—Lo lamento, es solo que me pareció...
Notó que el chico se tensó ante su voz y lentamente se giró. Definitivamente estaba cansado, incluso tenía los ojos algo rojos.
—No, gracias —dijo apenado frotando un ojo—. No me di cuenta cuando... —Suspiró con pesadez.
Ella lo vio sintiendo el corazón pesado, por alguna razón el cansancio del joven le pareció triste. Con cuidado —y sin invitación— se sentó frente a él recibiendo una mirada extrañada.
—Me llamó Sakura, lamento la intromisión —dijo con una pequeña sonrisa.
El chico frunció el ceño y la vio con desconfianza por un momento.
—Syaoran, gracias por despertarme —musitó volteando a ver a Sayuri.
Una mesera se acercó mascando chicle.
—¿Ordenarás algo más? —le preguntó a Syaoran quién solo sacudió la cabeza antes de levantar apenado el tenedor del suelo—. Bueno sí, otro tenedor, por favor.
La mujer chistó antes de tomar el metálico cubierto y alejarse.
—Qué genio —mumuró Sakura con sarcasmo.
Syaoran sacó una mochila negra de debajo de la mesa y la abrió antes de aparecer una mamila rosada llena de leche.
—Los días ocupados se pone de malas, no es que ese sea su humor siempre —explicó tomando el peluche de manos de su hija para intercambiarlo por la mamila.
La pequeña lo vio con adoración y Sakura casi quiso suspirar de ternura, eran una imagen hermosa... Dramáticamente hermosa.
—Oh, entonces mejor vengo en días flojos, ¿le escupirá a mi comida si pido algo? —bromeó.
Syaoran la vio de soslayo y se encogió de hombros. No era alguien muy sociable, siempre evitaba que la gente se acercara a su hija por obvias razones.
Sakura se sintió algo decepcionada ante su falta de conversación pero no lo culpó, era una extraña. Le dio una sonrisa antes de levantarse.
—Perdón, no quise incomodarte.
Syaoran la vio alejarse y acercarse a la barra para pedirle una hamburguesa a Masaki, el que atendía ahí. Observó su entorno y se dio cuenta que no había lugar para sentarse y eso lo hizo sentir un poco culpable.
—Oye —exclamó viendo a la chica quién lo miró confundida—. Ya casi acabo, si quieres puedes sentarte aquí.
Sakura le dio una enorme sonrisa antes de asentir y pedirle al hombre que le llevará su pedido a la mesa.
Volvió a tomar asiento frente al chico.
—Gracias, jamás había venido por aquí y como desperté tarde no desayuné así que estoy famélica.
Syaoran la vio con sorpresa por toda la información que soltó en tan solo treinta segundos.
Sakura llevó la mirada a su hija.
—¿Cómo se llama?
Syaoran cerró su mochila y la regresó al suelo.
—Sayuri —contestó.
—Es hermosa tu hermana —dijo ella admirando a la pequeña mientras bebía de su botella.
Syaoran se movió incómodo y se aclaró la garganta.
—Es mi hija —corrigió esperando recibir esa molesta mirada de incredulidad y lástima que todos le daban.
Pero la chica de ojos verdes le dio una sonrisa sumamente sincera que lo descolocó.
—Bueno, Syaoran, tienes una hija hermosa, felicidades.
Y el chico solo pudo parpadear atónito ante la declaración.
¿Qué tal?
Vamos iniciando de cero y si soy honesta, el amor que se da a primera vista me causa conflicto :s así que trataré de construir algo creíble y adorable.
La verdad, amo a este Syaoran jeje.
¿Comentarios? Me encantaría que me los hagan saber :D
