Advertencias: Slash Sasuke/Naruto, shounen ai, OOC, crossover Naruto!Potterverse.
Género: Intento de comedia romántica. ¡No sé escirbir comedia, ¿vale?!
Disclaimer: Ni Naruto ni Harry Potter me pertenecen.
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Algunos nombres de los personajes han sido modificados:
Mei Terumī: May Terumī
Rock Lee: Peter Might
Uzumaki Karin: Karin Maelstrom
Hanyō
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Capítulo II. Naruto
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–Mierda, mierda, mierda... –murmuraba un angustiado y sudoroso chico rubio que corría por King's Cross con el corazón a punto de atorársele en la tráquea.
Eran las once y tres minutos de la mañana de un 1 de septiembre del año 2000. Sí, 2000. Ese mismo año en que se suponía que el mundo se iba a acabar y no lo hizo. No se acabó cuando Naruto esperó las campanadas del Big Ben en la Plaza Trafalgar junto a su madre y su amiga Karin a las cero horas del 1 de enero. Tampoco se acabó el 5 de febrero en un día de la tierra, cuando comenzó el año del Dragón de Metal y lo celebraron en Chinatown del Soho muggle, no. El mundo pasó de largo la Hégira en abril, y si no tomó nota del Imbolc ni de Yule, menos se iba a inmutar con el solsticio invernal del hemisferio sur en julio, claro que no. Porque venía a ser que el mundo era un jodido cabrón que se la había tomado con Naruto y tenía que elegir acabarse justo un primero de septiembre en la mañana, cuando él tenía que tomar el Expreso de Hogwarts a fuerza de quedarse sin hogar por el resto del año.
Jodida vida.
–¡Demonios! –gruñó, frente al portal del andén 9 ¾.
El reloj de la estación marcaba las once con siete y su mano reposaba sobre una sólida estructura de ladrillos que no se iba a disipar para él. Un brusco empellón lo sacó de su miseria por unos segundos, sólo para darle aviso del atasco que estaba provocando al quedarse ahí parado como un idiota mientras los padres de los alumnos de Hogwarts comenzaban a salir. El paso se abría en sentido contrario una vez que el tren se marchaba con la panza llena de mágicos retoños ingleses.
No queriendo llamar la atención de ningún mago adulto curioso, Naruto se apresuró a alejarse. Era cierto que el hechizo que su abuelo había usado para encoger su baúl lo ayudaba bastante a pasar desapercibido, pero aún así podía resultar extraño para los magos el ver a un chico en edad de ir a Hogwarts de pie junto a la entrada del andén 9 ¾ con cara de perro apaleado. Tal vez si esperaba cerca de allí podría ver salir a la señora Maelstrom o al señor Might (los padres de sus amigos) y preguntarles si podían ayudarlo a llegar a la escuela de otra manera, pero luego lo pensó mejor y corrió hacia la calle. No quería que le preguntaran por qué ni su madre ni el viejo pervertido lo estaban acompañando esta vez. No quería mentir, era malo en ello.
Se metió al McDonald's de Crestfield y pidió un menú estándar para luego esconderse entre las mesas menos visibles del local, la espalda contra la muralla y los ojos vigilando la entrada. No era que le gustara especialmente la comida de esa cadena (aunque los helados no estaban tan mal) pero Naruto sabía mezclarse entre los muggles estupendamente, y no sería raro ver a un chico solo de su edad comprando comida poco saludable cerca de la estación.
Desde que tenía memoria, Naruto siempre había vivido entre dos mundos con su madre y su abuelo. Eran magos inmigrantes del archipiélago japonés, y como tales habrían destacado bastante en la sociedad mágica de Inglaterra si no fuera porque habían desarrollado la mayor parte de su vida en el mundo muggle. Namikaze Kushina, su madre, había encontrado empleo como enfermera en diferentes hospitales a lo largo de los años, mientras que su abuelo Jiraiya era un escritor de variados géneros que publicaba bajo distintos seudónimos en editoriales muggles. Nunca se quedaban en el mismo lugar por demasiado tiempo. Desde que tenía memoria, Naruto siempre había vivido escondiéndose.
De hecho, el período más prolongado viviendo en un mismo sitio había sido su estadía en Hogwarts. El año en que cumpliría once, estaban viviendo en Edimburgo y la carta de la escuela no tardó en llegar. No era del todo sorprendente ya que la mayor parte de su niñez la pasó en Gran Bretaña, si bien viajando de un lado a otro en el mundo muggle. Así fuera el MI5 o el Ministerio de Magia, probablemente sería una pesadilla intentar encontrarlos, ya que el infalible trío que formaban Naruto, Kushina y Jiraiya, nunca estaba disponible. Ellos seguían las reglas de ambos mundos para desaparecer. Tenían diferentes identidades muggles y diferentes varitas que podían modificar su firma mágica sutilmente. El primer hechizo en lengua occidental que Naruto aprendió fue el glamour, aunque ahora que estaba en la nómina de la escuela ya no podía realizarlo fuera de ella.
Con todo, Naruto no pensaba que le fuera posible asistir a Hogwarts. Sólo un puñado de magos ingleses iban ahí, apenas cuarenta por generación, y ser el único con nombre japonés lo haría resaltar entre tan pocos alumnos. Habiendo otras escuelas de magia en Reino Unido (aunque ninguna tan prestigiosa como Hogwarts), pensó que sería mejor elegir una más discreta. Además, sabía que en Irlanda se hallaba uno de los pocos monasterios de Onmyō que se ocultaban de la jurisdicción japonesa. No era fácil encontrar uno ya que eran fuertemente perseguidos por el clan Uchiha y cada par de décadas se esparcían rumores falsos sobre su ubicación, pero a él no le importaría comenzar una búsqueda. Su padre, Minato Namikaze, había estudiado en uno y Naruto contemplaba seriamente seguir sus pasos.
Pero su familia lo alentó para ir a Hogwarts. "No te preocupes", había dicho Kushina. "Mientras no te relacionen con mi apellido de soltera, todo estará bien". Y así había sido. Todo iba bien hasta aquel verano. Naruto encontró amigos, y la perspectiva no podía ser más feliz para él. Por primera vez en su vida no tuvo miedo de encariñarse con la gente. Eran magos, así que no tenía que ocultarles su naturaleza (o la mayor parte de ella) como hizo en la escuela pública, pero lo mejor de todo era que no se separaría de ellos durante los próximos siete años. ¡Tendría tiempo para conocerlos! El universo por fin parecía haber hecho una tregua con Naruto.
...Hasta que llegaron las noticias a Kiritown, que por esa época era el único enclave japonés de la Inglaterra mágica.
De entre todos los lugares que recorrieron, Naruto y su familia nunca vivieron en Kiritown, a pesar de que los Namikaze fueron sus fundadores hacía más de cien años. Se trataba de un barrio tan pequeño que se escondía muy fácilmente cerca de los Callejones Intrazables de Londres. Tenían su propia escuela, acreditada por el Ministerio Británico de Magia, pero no alojaba a más de una veintena de alumnos porque en general, los niños magos orientales que vivían en Europa preferían ir a las escuelas de Toledo en España, como el Instituto Bó Yáng o la Academia Perlesvaus, que reunían a sabios e intelectuales de todo el mundo e impartían las clases en diferentes idiomas.
Como fuera, Kushina nunca quiso vivir en Kiritown, tal vez porque era demasiado reducido como para ofrecer un buen escondite, tal vez porque su suegra también residía allí. Empero, Jiraiya continuamente visitaba el barrio, y fue un día de junio que regresó a casa con semblante preocupado, dando las primeras señales de que el mundo de Naruto comenzaría a cambiar:
–Abrirán el punto Irori de la Residencia del Mizukage –anunció el hombre de blanca melena aleonada, en cuanto se sentó a la mesa.
La Mizukage, May Terumī, era la líder administrativa de Kiritown, y la única, además del Ministro de Magia, con conexión a la red Irori en todo Reino Unido. Kushina, quien acababa de servir la cena, se quedó a medio camino de entregarle a Naruto un cuenco de arroz; su largo pelo rojo ondeando por la brusquedad con que se volteó hacia su padre.
–¿Quién viene?
No era típico que la gente utilizara las redes de fuego para viajar de un continente a otro. Lo normal era usar trasladores, como habían hecho ellos cuando abandonaron Japón. No se conectaba un punto Irori desde Japón a Gran Bretaña por nada. Tenía que ser para alguien importante.
–...
–Papá –insistió.
–Creo que es hora de irnos de nuevo.
Naruto se puso en pie de golpe, pero su madre no lo dejó hablar.
–¿Quién ha llegado, padre? ¡Habla ya-ttebane!
–Uchiha –enunció, sombrío.
La mujer se apresuró a dejar el pocillo de su hijo sobre la mesa, antes que se le cayera de las manos.
–¿Los Uchiha? ¿Estás seguro? –preguntó, llena de aprensión.
A pesar de los años que habían transcurrido sin tener noticias del sangriento clan, su sólo nombre la ponía en alerta. Todos sus mecanismos de defensa en pie de guerra. La astucia de los Onmyōji Uchiha no era algo que ella se tomara a la ligera. Sabía que vendrían algún día, aún si pasaban décadas. Nunca dejaría de vigilar por sobre su hombro.
–¿Eso significa que nos han encontrado, viejo? –Naruto preguntó, su voz tensa.
Eso sería malo. Muy malo. Estaba feliz en Hogwarts, como nunca pensó que lo estaría en ninguna parte, ¿tendrían que irse del país? ¿Cambiar de escuela?
–No lo sé. Nadie sabe demasiado, sólo que abrirán la red en Julio para que un Uchiha llegue.
–¿Por qué en Kiritown? –indagó ella–. ¿No deberían los Uchiha llegar directamente al Ministerio?
–No lo sé, querida, tal vez no vienen por asuntos políticos.
–¡Maldición! –exclamó Naruto, estrellando su trasero contra la silla al dejarse caer pesadamente en ella. Luego hundió la cabeza en una de sus manos. Suspiró–. ¿...A dónde iremos? –dejó escapar en un susurro resignado. Él entendía, después de todo.
El silencio envolvió a los últimos tres miembros sobrevivientes del clan Uzumaki. Su instinto de preservación los había mantenido así durante años. Juntos. Eran una familia y habían pasado por muchas dificultades en el pasado, pero así era como enfrentaban todo.
–Tú no vas a ninguna parte –declaró la hermosa y valiente mujer con un destello de fuego en su mirada violeta, sus ojos fijos en el abatido chico frente a ella–. El abuelo y yo nos encargaremos –su expresión se suavizó con el afecto que profesaba hacia su hijo–, pero tú seguirás en Hogwarts.
–P-pero, mamá...
–Ella tiene razón, Naruto –dijo Jiraiya–. Aún no sabemos quién viene exactamente. Tal vez sólo es un miembro menor del clan Uchiha. Tal vez sólo están haciendo turismo... no lo sabemos, pero si te sacamos de la escuela repentinamente, podríamos llamar su atención.
–Saldré de Inglaterra, pero tú estarás seguro bajo la tutela de McGonagall. Nadie tiene por qué enterarse que estás relacionado conmigo, hijo.
–¡Pero eres mi madre!
–Pero ellos no saben que Kushina Uzumaki tuvo un hijo, y nuestro apellido ahora es Namikaze.
–Es lo más seguro por ahora –asintió Jiraiya–. Nos alejaremos por un tiempo, pero tú te quedarás. Tenemos que averiguar a qué se debe su visita.
–¿Y dónde voy a quedarme? ¿Dónde se irán ustedes? –terció Naruto, con el ceño fruncido.
Padre e hija se observaron pensativos. No podían dejar a Naruto con cualquiera pero tampoco era buena idea que se quedara solo, aún si el chico era perfectamente capaz de defenderse por sí mismo. Llamaría mucho más la atención que el único alumno japonés de Hogwarts se hubiese independizado antes de cumplir los trece años, justo cuando un miembro del prestigioso clan Uchiha arribaba en el país. Sabían que la escuela mantenía los archivos de sus alumnos en estricto secreto y rara vez se les prestaba atención, pero mientras existiera el registro mágico con el domicilio de cada estudiante, siempre cabría la posibilidad de que alguien indeseado lo leyera. Por el momento, lo primero que debían hacer era asegurarse de que Naruto tuviera un perfil bajo y alejarlo de Kushina, el blanco principal. Jiraiya sonrió.
–Oculto a la vista, como siempre, es la mejor opción.
Y eso es lo que nos lleva al punto de partida de esta historia: año 2000. Primero de septiembre, demasiado tarde para tomar un tren. No demasiado tarde para el acabose.
Nuestro chico rubio se levantó temprano esa mañana. Su madre y su abuelo habían desaparecido semanas atrás, dejando a Naruto viviendo en Kiritown con su abuela paterna, Tsunade Namikaze (aunque ella prefería su apellido de soltera). Se llevaba bien con la despampanante vieja, y sabía que podía confiar en ella, pero era imposible que se sintiera cómodo cuando sabía que su familia se estaba escondiendo en alguna parte y él no estaba con ellos.
Todo empeoró cerca de las nueve de la mañana, cuando Naruto recién se preparaba el desayuno en la casa de su abuela.
–Shizune dejó las sobras de la cena en la nevera –comentó Tsunade, entrando a la cocina con cara de resaca.
–Todavía nos queda ramen –rechazó el chico, a la vez que vertía agua caliente en un envase de ramen instantáneo.
La mujer bufó con hastío. Naruto sabía que era una anciana pero lucía como si estuviera en sus treintas... o veintes. El cabello rubio se le acomodaba en dos coletas bajas sin ningún atisbo de canas. Sus pechos enormes permanecían erguidos, aunque su pose era a veces algo desgarbada, sobretodo cuando bebía demasiado. Su ropa tampoco era la de una abuela precisamente. Nada en ella lo era, por eso a su nieto no le sorprendía la falta de paciencia de Tsunade.
–Mira, crío –espetó con rudeza–, me vale un carajo si te enfermas del estómago por atiborrarte de comida instantánea, pero como se entere la loca de tu madre, me va a dar la lata durante semanas. Así que haz lo que te digo y desayuna lo que Shizune te dejó.
Naruto sonrió. Aunque dijera eso, la vieja lo había consentido dejándole comprar en el Japan Centre de los muggles todo el ramen que quiso durante el mes que estuvo viviendo con ella.
–¡Te estoy ayudando, vieja! Tú no te vas a comer todos estos envases.
–Puedo donarlos a la caridad, niño.
–¡¿Quéee?! ¡Pero si dijiste que me los empacarías para llevar al colegio! –la acusó, apuntándola con el dedo, mientras ella misma abría el refrigerador para dejar en la encimera el bentō que Shizune había preparado la noche anterior.
–Si no te comes esto –lo amenazó, señalando la comida casera–, no pienso encogerte ningún paquete, ¿me oyes?
Un puchero se tomó su cara completa, pero aún entre rezongos y refunfuños, Naruto se sentó bruscamente a la mesa para comer lo que se le decía. Había comprado varias cajas de ramen y que Inari lo condenara si dejaba que se perdieran. En Hogwarts no había ramen. Jiraiya había encogido su baúl antes de irse, pero él no podía hacer magia fuera de la escuela y Tsunade era su única opción para compactar el resto de su equipaje.
Fue mientras él dejaba una taza de café ante la abuela –que ella aceptó frunciendo los labios porque prefería el sake por la mañana–, que una explosión desgarró el silencio a lo lejos, resonando en las paredes. Menos de un segundo después, la brillante y etérea figura de una babosa del tamaño de una ardilla entró flotando por la ventana con gracilidad.
–¡Tunade-sama, alguien ha irrumpido en la residencia de la Mizukage! –dijo la babosa con el eco de la voz de Shizune.
Sólo habían estado a tiempo de ponerse en pie, pero Tsunade ya tenía su varita en la mano y se acercó a un costado de la ventana para mirar con cautela. Todo atisbo de una noche de alcohol había desaparecido de su hermoso rostro, despierto y temible ahora.
–¿Qué tan grave es la situación? –exigió la mujer, con autoridad, volviéndose en sus talones hacia la babosa translúcida.
–¡Tsunade-sama, creo que debería irse! ¡Llévese al chico, rápido!
Naruto y Tsunade intercambiaron una mirada de alerta. Comenzaron a escuchar gritos y alboroto en la calle.
–¿Por qué? ¿Qué está pasando, Shizune? –Naruto preguntó.
Antes de que la chica pudiera responder, Tsunade ya había tomado una decisión. Bloqueó la ventana de la cocina con un hechizo no verbal y, acto seguido, agarró a su nieto por el brazo con fuerza inesperada para correr con él hacia el vestíbulo, dejando atrás el patronus de su aprendiz, que no tardó en desaparecer.
–¿¡Dónde tienes tu equipaje?! –lo gritó.
–¡A-Aquí! –Narutó se dirigió a su mochila que descansaba en el recibidor junto a su sudadera y las zapatillas deportivas.
Ahogó un suspiro de alivio por tener todo listo para partir, ya que los ojos de Tsunade le ponían los pelos de punta. Se aterrorizaba de sólo pensar lo que la vieja le habría hecho en caso de no tener listas sus cosas.
–¡Ponte los zapatos, crío, pero ya!
Naruto obedeció, mientras la observaba acercarse a la chimenea y realizar conjuros para bloquearla. Se puso el polerón, asegurándose de usar la capucha, y luego se acomodó la mochila a la espalda. No dio más de dos pasos hacia su abuela cuando oyeron una segunda explosión en el barrio que hizo estremecer los muros de la casa.
–¿Pero qué mierda? –exclamó Naruto.
Kiritown jamás había sido atacado antes, ni siquiera cuando Voldemort había ascendido al poder. Incluso si a veces ocurrían asaltos y redadas en los Callejones Diagon, Knockturn o Diamond, que estaban cerca, nunca se habían metido al barrio japonés; eran demasiado irrelevantes en la escena inglesa. Como única contestación, sólo recibió una fuerte sujeción en el brazo mientras Tsunade realizaba una aparición conjunta para llevarlos lejos de allí.
La vieja lo soltó cuando arribaron. Naruto miró a todos lados, sorprendido en medio de la vertiginosa mañana muggle a las afueras de la estación Leicester Square.
–¿Eh? ¿Qué hacemos aquí? Pensé que me llevarías a King's Cross.
En lugar de responder, ella lo volvió a agarrar por la ropa dirigiéndose calle arriba por Charing Cross Road, intentando no parecer más apurada que el resto de los muggles que pasaban por allí de camino a sus quehaceres.
–¿Adónde vamos, vieja? –susurró.
–No te puedo llevar a tomar el tren todavía. Falta más de una hora para las once, primero quiero asegurarme que no te buscan a ti.
Naruto detuvo el paso.
–¿Crees qué...?
–No lo sé, Naruto, quiero ponerte a salvo antes de averiguar nada.
Asintió. Sabía el esfuerzo que su abuela estaba haciendo al correr con él por la ciudad en lugar de estar en Kiritown ayudando con el ataque. Saber que para ella era más importante su nieto antes que el enclave fundado por su clan, lo hacía sentir cierta cuota de orgullo, aunque no fuera una sorpresa.
Fueron a paso rápido hasta la estación de Tottenham Court y bajaron por la boca del subterráneo. No preguntó por qué iban a pie hasta una estación más lejos de aquella donde habían aparecido. Todo se trataba de maniobras de despiste que solían funcionar con los magos. Tomaron un metro y se bajaron dos estaciones más allá. Entonces se arrinconaron en el andén y Tsunade sacó un viejo teléfono móvil de su chaqueta verde y lo colocó en su oído. Naruto sabía que era sólo una carcasa vacía, dentro estaba el espejo mágico con que contactaba a Shizune.
Ella lo envió a sentarse lejos para que no escuchara, pero resultaba difícil conseguir que Naruto siguiera órdenes como esa, así que con el ajetreo de los trenes y la multitud como ruido de fondo, se enteró a medias que el ataque a Kiritown no fue aislado, sino que en el Callejón Diagon también hubo algunas tiendas que sufrieron daños. Aún no sabían nada del atacante, pero dejó su marca flotando sobre la residencia de la Mizukage, lo cual alarmó a ambos. Sin embargo, acordaron esperar una hora más para volver a contactarse.
Se movieron de una estación a otra, cambiando de líneas sin una ruta fija. Tsunade también sabía manejarse en el Londres muggle aunque sus motivos para ello eran desconocidos para Naruto. Suponía que siendo madre de un hijo squib, antes o después tuvo que aprender a vivir sin magia para darle a Minato la oportunidad de desarrollarse fuera de un mundo que lo rechazaría por su condición.
Se fueron acercando a King's Cross de manera lenta e indirecta, dando rodeos innecesarios para hacer tiempo hasta las once. Luego, cuando Shizune dio el segundo informe, no descubrieron nada sobre el atacante a Kiritown, salvo que su firma era una serpiente que se enroscaba alrededor de una katana, pero no había ni rastro del autor. Al parecer no hubo bajas de civiles y May Terumī se encontraba bien. El Ministerio Británico de Magia ya tenía a todos los Aurores desplegados en los sitios del suceso y las alarmas se habían disparado entorno a la idea de un fanático seguidor de Voldemort.
–Esto no tiene nada que ver con Voldemort –afirmó Naruto, con el ceño fruncido.
La abuela asintió. La katana era claramente un indicativo japonés, aunado con el hecho de que atacaron Kiritown. Sin embargo, nada indicaba que la situación tuviera relación con Naruto o el clan Uzumaki. Tal vez era alguien que iba tras los Uchiha, ya que a mediados de julio uno de ellos había llegado a Inglaterra por primera vez en mucho tiempo, aunque los detalles de su visita eran manejados sólo por la Mizukage y nadie más lo había visto por el barrio.
–Escucha –Tsunade tomó a su nieto por los hombros, inclinándose para quedar a su altura–. Hogwarts es el lugar más seguro en todo Reino Unido por ahora. Debes quedarte allí –acentuó el "debes" con seriedad–. Con un poco de suerte, descubriremos que nada de esto tiene que ver contigo o tu madre, ¿de acuerdo?
El chico asintió con resignación. No había más que pudiera aportar, la vieja sabía lo que hacía. No existía ningún motivo real para pensar que el Uchiha que estaba en Inglaterra había venido a por ellos. Desconocían el móvil de los atentados que acababan de ocurrir. Simplemente, no tenía una legítima razón para ponerse paranoico. Un ataque como ese no era asunto de broma y la vieja tendría que estar en ese momento en el barrio japonés como representante de la familia fundadora, no con su nieto recorriendo Londres por subterráneo.
Con la preocupación en ambos rostros ellos se separaron, prometiendo entrar en contacto a penas hubiese novedades para contar. Naruto subió al metro en Euston Square y se quedó junto a la puerta. Tsunade no le apartó la vista de encima desde su posición en el andén. Las puertas se cerraron y quedaron frente a frente separados por el cristal empañado. El tren inició la marcha mientras su abuela se veía borrosa, sonriéndole con empatía.
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Observó su reflejo en la mesa acrílica donde ahora estaba sentado, masticando sin entusiasmo una insulsa hamburguesa. Sus ojos azules lucían demacrados. Jiraiya siempre le decía que tenía un rostro igual al de su madre aunque con colores diferentes. Pero ella era bonita. Ciertamente, en aquel instante Naruto lucía de todo menos bien. En momentos así, las tres cicatrices de cada mejilla, que eran finas líneas simétricas, le parecían enormes y retorcidas.
Estaba asustado por su familia y lo que podía pasarles. Estaba asustado por la vieja. Él no temía por sí mismo, pero sabía que si algo le pasara, habría otras personas que se pondrían en peligro para ir en su ayuda. Era por eso que Naruto siempre se cuidaba. A su manera, claro. Ahora mismo, lo único que quería era irse con su madre y su abuelo a donde quiera que estuviesen, pero nadie de su familia lo deseaba cerca en esta ocasión. Todos le dijeron lo mismo: "ve a Hogwarts". ¡Ni que fuera un analfabeto dattebayo! Bufó, mirando enojado su comida. Sabía que querían lo mejor para él, pero... ¡era tan malditamente irritante!
Miró a su alrededor, McDonald's nunca sería su opción de comida, pero al momento de necesitar un escondite, servía bastante bien. No estaba lleno a esa hora, pero tenía la suficiente clientela como para que nadie se fijara en el muchachito encapuchado con jeans gastados y una sudadera negra y naranja, que probablemente había sido enviado allí por sus padres para que no molestara por comida más tarde en el tren.
"Vale, si tanto me quieren en la escuela, pues qué carajo..."
Suspiró. El no tenía licencia de Aparición, así que tendría que llegar al colegio a la manera muggle. Era una suerte que estuviera en King's Cross. Tomaría un tren hasta Edimburgo y desde allí, el Autobús Noctámbulo escocés lo podía llevar a Hogsmeade.
Le esperaba un largo, largo y solitario viaje.
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