El palacio estaba bastante revolucionado y no era para menos, Ana de Austria había estado en cada detalle para la celebración de la navidad.

Al ser la primera navidad de Phillippe fuera de prisión y con su familia, la reina no había dejado ninguna decisión al azar.

En el aire se sentía la alegría, aunque por mi parte sentía cierto grado de melancolía, Luis amaba las fiestas, tanto navidad como fin de año le encantaba, principalmente por los fuegos artificiales y los bailes que se daban en el gran salón. Pero este año tendría unas fiestas diferentes, si bien Phillippe lo había perdonado seguramente en aquella casa de campo alejada de la humanidad se festejaría de una manera más simple.

-Hace tantos años que no celebro una navidad, que casi que no recuerdo como es – escuche la voz de Porthos detrás de mí y me gire para verlo con una sonrisa.

Se veía bastante bien, se había emparejado el bigote y dejado un poco la barba tipo candado, también había perdido unas cuantas libras.

Phillippe se había preocupado de la salud de su consejero tan severamente que lo había mandado hacer una dieta especial para los riñones. Por más que Porthos quisiera negarse hacer la dieta no podía decirle que no al rey.

-Cómo te la vas acordar, si las últimas cinco navidades te las has pasado borracho Porthos – contesto Aramis sentándose en uno de los sofás de la sala que daban a un costado del gran árbol de navidad.

-No es verdad, me acuerdo perfectamente de cada celebración….- se indignó el señor de Du-Vallon. – Solo que estaba un poco más alegre. Me refiero a que no celebro en familia. Ustedes nunca estaban disponibles.

-Primero que es difícil que te recuerdes de lo que paso en cada una, sabes bien que terminabas con resacas de cinco días – el obispo hizo una pequeña pausa y luego ladeo la cabeza casi dándose por vencido – Sabes perfectamente que cada uno tenía asuntos importantes que atender.

El obelix miró un tanto severo al padre y tomo un vaso con agua. Me miró y yo no pude más que encogerme de hombros. No había estado en esos años así que no podía hablar sobre aquellas celebraciones.

-El nivel de resaca denota el nivel de lo buena que eran las fiestas. – Se sonrió de costado – si duraron cinco días es porque la pasamos estupendamente.

Sacudí la cabeza de lado intentando no reírme, ahí iban los dos pronto a pelearse.

Mi vista se desvió hacia la entrada del palacio, el camino principal a los costados estaba adornado con antorchas para que alumbraran el paso de las carrazas que iban llegando.

-Siento no poder quedarme para vuestra discusión pero tengo que ir a vigilar – me disculpe con mis amigos pero antes que alguno de ellos pudiera decirme nada, sentí una mano sobre mi hombro. Me gire para verlo sonriéndome de costado sabiendo que tipo de palabras saldrían de su boca – Conde.- salude

-¿Ya te vas? – enarco levemente su ceja, lo cual era señal de reprimenda. Lo conocía tan bien que hasta el más mínimo de los detalles sabía que quería decir –Andre está haciendo bien el trabajo, además está nevando y lo más probable es que el rey quiera que estés cuidándolo de cerca. – la mirada de Athos fue de tal manera que no me quedo de otra que largar un pequeño suspiro.

-Siendo así deberé quedarme – conteste sintiendo como mi mejor amigo soltaba su agarre para caminar en dirección opuesta a la de Aramis y sentarse en otro sillón.

Hoy no vendría mucha gente al palacio, Phillippe quería un navidad íntima, como la que cualquiera de nosotros estaba acostumbrado a tener con su familia pero había un problema, él era el rey por lo que la simplicidad e intimidad de una celebración se reducía a un mínimo de unas treinta personas más o menos.

Sin moverme de mi posición seguí observando como llegaban los invitados, no podía quedarme simplemente ahí.

Me gire sobre mis talones y tome los guantes que tenía guardado en el bolsillo de mi casaca.

Las puertas se abrieron de par en par para dar paso a un suizo.

-Su majestad el Rey, su hermano el Duque De Orleans y la reina madre se encuentran en la gran sala – avisó juntando sus talones – pide por ustedes caballeros

Me mordí levemente el bigote, en aquel momento. Mi cabeza no estaba acostumbrada a esta fecha, no ha festejarla como Porthos pero tampoco a festejarla familiarmente. Siempre trabajaba o estaba ocupado por lo que había una práctica que no había llevado a cabo en mucho tiempo.

Escuche como Porthos comenzaba una pelea con Aramis, una de esas que no iba a terminar hasta que no estuvieran justo delante del rey. Ambos hombre salieron rápidamente tomando el corredor para ir hacia la gran sala pero el conde de La Fere me estaba esperando.

-Athos ve – le dije colándome los guantes con tranquilidad – Me he olvidado de que le tenía que avisar algo a Planchet

- ¿A esta hora? – El hombre miró el reloj y luego miró hacia la ventana – creo que si no le avisas puede ser capaz de entender que el clima no te ha dejado.

-Solo hazme ese favor – le dije tocándole el hombre antes de separarme de él

Sabía que si no me iba en aquel momento el Conde de La Fere empezaría hablar y si aquello pasaba la nieva afuera iba a ser más densa.

Salí del palacio por una de las puertas laterales esquivando a cuanta persona podía para evitar las demoras no deseas.

Para mi suerte mi caballo estaba preparado para este tipo de clima, aunque a decir verdad odiaba cabalgar en la nieve, principalmente porque no quería que mi corcel terminara con un resfriado o peor que eso, muerto.

Tome el camino de siempre hacia la taberna el "Pilon de oro", luego de mi separación con mi hermosa casera Madeleine, y que por dicha ruptura terminara de nuevo en la calle. Mi primera taberna no era de las mejores, no cuando su vista justo daba a la plaza de las ejecuciones pero cuando eres más pobre que rico mucho no puedes elegir sobre las propiedades. En fin fuera como fuera ahora mi residencia estaba cerca de Louvre pero tal como le había dicho a Athos, tenía que visitar a Planchet.

Sabía que la señora de mi primer criado cada vez que me veía quería asesinarme pero es que a pesar de lo sucedido en la Fronda le tenía mucha estima.

Mis nudillos tocaron la madera de aquel local. Sabía que estaría aquí y si no estaba iba a tener que entrar por la ventana cosa que a mi edad no me daba demasiada gracia.

Espere un tanto impaciente mientras sentía como la nieve que caía iba haciendo escarcha en mis bigotes.

Volví a tocar la puerta.

-Málaga – exclame molesto de que no me atendiera.

Estaba en aquel instante de planear como iba hacer para entrar en la residencia cuando la puerta se abrió, para la sorpresa de ambos era ella.

-¡Usted aquí! – exclamo la mujer con bastante fastidio e intentando cerrar la puerta pero por suerte sabiendo cuales serían sus intenciones intente poner primero mi pie, el cual producto de la nieve quedo a medio camino. Por suerte y aunque era un poco lento de reflejos por la edad mi mano freno la puerta, aunque casi que aquella mujer me la había quebrado.

-Feliz navidad – dije intentando aguantarme el dolor por la cerrada de la puerta – me gustaría hablar con vuestro esposo. Prometo que serán cinco minutos y que no lo pondré en peligro, estamos de celebración. Es una fecha de paz y amor – amplié mi sonrisa y ella aun desconfiada entendió que lo decía con total sinceridad, que no iba a secuestrar a su esposo como en otros momentos de la vida.

-Bien iré por él y espero que sea así M. D'artagnan – me advirtió antes de irse y cerrarme la puerta en la cara.

Moví el pie en la nieve y me incline para agarrar un puñado, me quite el guante de cuero para terminar por colocarme el frio sobre el sector de la mano que se me había inflado por el agarre.

Cerré los ojos y me sonreí de costado, aquella mujer siempre que me veía me terminaba haciendo algo, lo bueno es que con él tiempo había dejado aquella guerra estúpida por Planchet. A veces costaba soltar a un amigo por el hecho de que estaba casado con alguien con quien no te llevabas bien.

La puerta se volvió abrir y aquel hombre también se llevó una sorpresa al verme. Bien lo admitía llevaba un tiempo sin verlo.

-Señor

-Hola Planchet – lo salude con una sonrisa.

Se quedó un instante observándome hasta que se dio cuenta de que me sostenía una mano. Solté la nieve y negué con la cabeza, luego me lleve un dedo a los labios.

-No te preocupes, solo ha sido un accidente con tu adorable esposa – hice una pausa y volví hacer aquella sonrisa torcida – no vengo a pelear, se lo prometí a ella. – di un paso hacia él para darle un abrazo, el cual fue totalmente muy desprovisto para él. Quizás me estaba haciendo más blando por la navidad – Disculpa mis modales, feliz navidad amigo mío, sé que no he venido en mucho tiempo y que siempre que aparezco es para traerte problema pero hoy no.

Planchet estaba un tanto aturdido dejándome que prosiguiera con aquel discurso que sin querer había comenzado.

Lo miré volviendo a mi distancia habitual y me reí.

-No te preocupes no es que me esté despidiendo porque me vaya a morir o algo pero es que lamentablemente siempre vengo por un favor y esta vez no es la excepción – suspire – Necesito la caja de madera que te di hace unos años.

-Espero que sea cierto que no planea morirse porque yo recuerdo que cuando me dio la caja….

Alce mi mano y asentí con la cabeza. Lo frene antes de que saliera con aquellos recuerdos.

-Sé que te di algunas instrucciones pero ve por ella.

-Si señor – Planchet se giró pero se volvió para mirarme – entre hace frio, mantendré a mi mujer lejos de aquí.

-Bastante inteligente de tu parte – dije riéndome mientras entraba en la casa y cerraba la puerta con cuidado.

Hacia tal vez unos meses que no me apariencia por aquí, Luis me había mantenido tan ocupado que si veía a la gente, a mi gente una vez al mes podría decir que aquellos individuos tenían suerte de saber de mí

Lo peor de la situación es que prácticamente cuando no estaba en el palacio o en "La imagen de nuestra señora", mi casa nueva a orillas del Sena no la habitaba, todo lo contrario estaba deshabitada porque prefería vivir aquí con Planchet. Por lo general cuando alguien me buscaba se tardaba un tiempo en encontrarme.

Di un par de pasos hacia la chimenea y cerré los ojos al sentir el exquisito olor que provenía de la cocina. Una buena carne con el adicional del vino. La boca comenzaba por llenarse de agua. Tenía hambre y si no me apuraba lo más seguro era que me quedaría sin comida. Porthos sin duda comería por mí.

Los pasos firmes se escucharon en la madera de la casa y alce mi vista para ver que en efecto Planchet bajaba con mi caja.

-Nunca supe bien que era lo que guarda el señor aquí – se quejó el hombre dejando aquel pesado cargamento en la mesa – pero vaya que pesa

-Sé que pesa, aquí esta lo más importante que tengo en la vida – le contesté mientras me descolgaba del cuello una pequeña llave para abrir la cerradura – Y lo primero que haré será quemar esto – tome un puñado de cartas, una especie de testamento que había escrito hacia uno año atrás más o menos. Me volví acercar al fuego y tire las cartas. Había una para cada uno de mis amigos, una en especial para ella y otra para alguien que ya no estaba. Me mordí con fuerza intentando contener la tristeza, aun me dolía Raúl.

En silencio volví a la caja y tome algo que tenía en especial para Planchet. Me sonreí de costado y lo miré.

-Amigo mío, en más de treinta años nunca he celebrado la navidad contigo siguiendo las costumbres pero tú sabes bien que yo no me llevo muy bien siguiendo algunas normas – tome la bolsa de terciopelo y se la lance. Ya había tenido mi momento emotivo de la noche así que no, no iba haber otro no por lo menos con Planchet – Feliz navidad

Mi antiguo criado me miró bastante confuso, él solía analizar todo antes de hablar pero al ver mi pequeña seña con la cabeza pasó a abrir aquella bolsita de terciopelo.

-Señor esto es…

-Sé que se suele regalar algo que uno haga o comida, pero regalarte comida no era lo más adecuado y bueno, no soy muy bueno para hacer algo con mis propias manos así que …de todas maneras gran parte de mis cosas cuando me mueran pasaran a ti Planchet. Disfruta de tu pequeña fortuna…

La puerta se volvió abrir para dar paso a la señora de la casa, al ver a su marido aun asombrado por mi regalo me miro bastante confundida ella también. Como era de esperarse al ver la cantidad de Luises se quedó muda.

- Usted es muy generoso M. D'artagnan pero si era su herencia ¿Por qué me la da ahora? – Pregunto el hombre cerrando la bolsa – No puedo aceptarla sabiendo que usted aún vive señor.

-Planchet amigo mío, tengo mi pequeña fortuna la cual no es grande, todos saben que siempre estoy vendiendo algo para saldar alguna deuda – mire a la mujer y le dedique una calidad sonrisa – y que a veces, no siempre, hago malos negocios que terminan afectándolos a ambos. Para que esperar a que me muera, aquello puede ocurrir en unas horas, Dios no lo quiera o bien puede suceder en muchos años más – me acerque a la pareja para palmear el hombro de aquel leal hombre. – Casi muero hace unos meses atrás, y estoy en esa etapa de la vida en la que ya cruce la línea. Prefiero que lo disfrutes y ver que en algo he ayudado para mejorar tu vida que solo para traerte problemas – le guiñe un ojo y aquel momento escuche un grito.

Miré a mis acompañantes para ver hacia la ventana, la nieve iba tomando cada vez más altura y los niños más grandes salían de sus casas para disfrutar de aquello. Era algo irresistible en esa etapa de la vida no querer estar metido en una guerra de nieve. Mi problema ahora era que debía partir o mi caballo se quedaría atascado en algún lado del camino.

-Bien, es hora de marchar – me voltee para caminar hacia la bodega de aquel lugar y tomar cuatro botellas de Anjou, luego tome otras dos de Oporto. Deje un par de monedas sobre la mesa – El regalo de Porthos. No es todo para él porque si no Aramis me mataría y la verdad no quiero arruinar la amistad por vino – dije en tono de broma mientras abría la puerta y mi antiguo criado iba corriendo por mi caballo al establo.

Acomode las botellas en los compartimientos de las monturas y estaba a punto de subirme al caballo cuando madame Planchet venía con una copa y una tela blanca.

-Permítame su mano señor y tenga, no queremos que llegue congelado al palacio – ahora el sorprendido era yo sin duda pero intentando no ser descortés le cedi mi mano magullada y ella coloco algo que no sabía que era, luego un poco de nieve y comenzó a vendarme.

-Gracias – mamure contra el borde del metal, el aroma del vino caliente con canela era algo irresistible para mí en esta época.

El vino caliente bajo por mi garganta dándome aquella sensación de paz. A veces me gustaba deleitarme con el alcohol, no al extremo de Porthos pero un buen vino en el momento exacto y todo parecía mejor.

Tome con tranquilidad mientras veía como la mujer hacia el trabajo y Planchet acomodaba dos botellas más en el bolso. Esperaba que no se fueran a romper de acá allá.

-Si gusta puede quedarse a cenar – habló el hombre

-No – conteste extendiendo mi mano para entregar la copa a su mujer – han sido muy amables, y como inquilino soy pésimo. Creo que lo saben de sobra de todas maneras me esperan en el palacio. Si tengo suerte Porthos me habrá dejado el postre – puse el pie en el estribo y me subí, la mano me dolía un poco y no era para menos considerando que había quedado aplastada entre ambas maderas – Una de estas noches vendré a cenar pero avisare, aunque también puedes venir al Palacio Planchet y así podrás ver a tus antiguos amigos también – extendí mis manos para que el hombre me pasara la pesada caja.

-Lo hare, pronto iré al palacio a visitarlo – el hombre agradecido agarro mi brazo y lo apretó – gracias por todo señor D'artagnan.

Al no poder tomarme la punta del sombrero no me quedo más que hacer un movimiento con la cabeza antes de echarme andar hacia el palacio.

Paris en época de nevada era hermosa pero el frio te recorría muy rápido los huesos. Considerando el hielo y la fatiga que podría tener mi pobre animal avanzamos por el camino hacia el Louvre con lentitud.

Entre ida y vuelta estaba seguro que ya me había perdido la cena, pero eso no era mi problema. Claro que no, después de tantos años sirviendo al rey, ya me había ganado a la gente de la cocina.

Al arribar al palacio lo primero que hice fue dejar el caballo en el establo y pedirle a dos mozalbetes que estaban en la caballeriza que me ayudaran a llevar las bolsas que estaban amarradas a la montura a mi habitación.

Media hora me tomo para escribirle una pequeña carta a cada uno de mis amigos, una a Porthos, otra Aramis, otra para Athos y una en especial para Andre. Aquel niño se había ganado mi corazón y lo quería como si fuera mío.

Mire el reloj del pasillo que daban las once en punto, desde donde estaba no se podía ver la fiesta pero a lo lejos se oía el murmullo que causaba aquel revuelo de gente.

Aún tenía el tiempo suficiente para entregar los regalos.

A la primera habitación que fui fue a la del Conde de la Fere, le deje la carta en el velador y una pequeña caja. Su contenido era algo especial para ambos, me había tomado años pero lo había encontrado aquel anillo que ambos habíamos lucido en nuestros dedos y que tenía parte de la historia de mi Lady de Winter. Pero para que los recuerdos no fueran tan amargos, había mandado hacer las iniciales de la casa de La Fere.

Había dudado por un momento pero también le había dejado un pequeño recuerdo que tenia de Raúl, aun lo recordaba como si fuera ayer, la primera navidad que la había pasado con ellos, el pequeño me había entregado un oso hecho de lana. Raúl en aquel entonces no tenía más de dos años y casi que había sido un pacto con el niño, me había comprometido en cuidar de aquel oso y llevárselo cada vez que lo fuera a visitar a Blois. El dichoso oso iba conmigo hasta a las guerras hasta que un día dejo de viajar porque mi sobrino se había hecho demasiado grande como para saber del oso. Fuera como fuera prefiera que lo tuviera Athos en su poder.

A la segunda habitación que entre fue a la de Aramis, podría tener muchos recuerdos para él. Casi en su mayoría libros de teología que seguramente él iba a disfrutar más que yo pero en cambio a eso junto a su carta le había dejado en su escritorio un rosario que había traído de Roma, específicamente de la ciudad del Vaticano cuando tuve que ir a ver al Papa y que había logrado que lo santificara, en estos diez años desde que tenía aquel rosario no había tenido oportunidad de entregárselo así que esperaba no ganarme ningún reproche.

La visita al cuarto de Porthos y de Andre las había hecho muy rápida, al primero porque prácticamente había entrado y salido dejando la carta junto a tres botellas, dos Anjou y una de Oporto que sabía que iba a beber con precaución. Para asegurarme de eso, me había encargado de auto invitarme para cada vez que bebiera una de aquellas botellas.

En cambio al cuarto de Andre aunque era la más lejana era en la que menor riesgo tenia de ser visto, sabía que el leal mosquetero estaría haciendo guardia. Deje el sombrero y la carta sobre su cama.

Mi cabeza estaba pensando en cómo iba a entregar los últimos dos regalos que me faltaban, era los dos más importantes pero el palacio a pesar del cambio seguía teniendo oídos en las paredes.

Iba y venía, hasta que sin dudarlo más tome los últimos obsequios que me quedaban por entregar.

Tome el camino más seguro para no ser visto, el pasillo que daba directamente a la habitación de mi hijo.

Escuchaba a los lejos voces, estaba hablando con su ayuda de cámara. No podía ver pero podía imaginarme que se había ido a cambiar.

Abrí levemente la hoja para poder ver que aquel servidor abandonaba la habitación y parecía que Phillippe haría lo mismo si no lo detenía antes.

Tosí levemente pero fuerte para ser escuchado y mi hijo se dio vuelta para verme.

El joven monarca se apuró para cerrar la puerta de su recamara.

-Padre – hablo en voz baja – Athos ha dicho que ibas y volvías, que tenías que atender un asunto muy importante pero que regresarías pronto te has…

Levante mi mano para que no siguiera.

-Pensé que volvería antes pero hay mucha nieve afuera, lamento haberme perdido la velada hijo.

-Creo que en parte todos te estábamos esperando, pero aun no son las doces, puedes ir a ver los fuegos artificiales con nosotros – habló él con mucho entusiasmo.

-Claro que los veré pero antes tengo que ir a la cocina por algo de comida, tengo hambre – me sonreí de costado – pero antes que vuelvas a la fiesta Phillippe quiero…quiero darte un regalo muy especial

Los ojos del muchacho se abrieron, aquello me hizo recordar a la reacción que tendría cualquier niño pequeño.

-Pero yo no tengo mi regalo aquí. Aramis dijo que….

-No importa Phillippe, tenerte conmigo y que sepas quien soy para mí ya es un regalo – me acerque a él y de detrás de mi espalda saque mi vieja espada. – quizás para el rey de Francia esto sea demasiado poco, pero con esta espada llegue aquí a Paris y libre mis primeras batallas. Es una espada que use por muchos años, principalmente porque me la dio mi padre y quiero dártela. – Puse mi mano en el hombro de mi hijo – quizás no la uses nunca en una batalla, y creo que es mejor así porque tu madre no le gustan pero sabiendo que está contigo para mí ya es una alegría muy grande.

Phillippe tomó la espada entre sus manos y el la saco de la funda para verla, la admiraba como cualquier niño que recibía el regalo más esperado en su mundo.

Alzo su cabeza y vi como sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Mi mano tomo de su cuello y lo atraje para mí para darle un abrazo.

-Muchas gracias Padre, yo….- hizo un pequeño silencio en el cual escuche como tragó con fuerza – La usare, y cuando tenga que ir a las campañas a ver a mi gente la usare.

En aquel momento mis ojos también estaban con lágrimas.

Lo volví abrazar con fuerza.

Aunque el tiempo se había detenido por un instante en la puerta se escuchó un par de golpes.

Phillippe se limpió los ojos dibujando una sonrisa en los labios y acomodó la espada sobre su cama.

-Gracias padre – susurro antes de acomodarse el traje justo cuando la puerta volvió a sonar – Ya he escuchado – contesto imitando la voz de Luis pero un poco más relajada

-Están preparando los fuegos su majestad.- se escuchó del otro lado de la puerta.

-No me los perdería por nada en el mundo – camino hacia la puerta y la destrabo mientras yo volvía al pasadizo.

Antes de que cada uno tomara caminos diferentes le guiñe mi ojo derecho.

Volví a mirar el reloj y vi que eran las once y media. Solo media hora más y los fuegos artificiales iluminarían todo el Louvre pero antes de que aquello pasara tenía que pasar por la cocina.

No podía decir si a la fiesta le faltaba mucho o si se acabaría en unas pocas horas pero de lo que estaba seguro era que la gente allí iba y venía de un lado para otro.

-Berenice – salude alegremente apoyando las otras tres botellas de vino sobre la mesada – estas dos botellas son para ustedes, sé que no es mucho pero mi caballo no podía traer más – dije tomando un plato del postre que había servido.

-¿No ha sido suficiente la comida en la mesa del rey que vienes a robarnos aquí? – pregunto la cocinera a modo de juego.

-No pude cenar con el rey – conteste una vez que me había devorado el primero plato del postre. Estaba de más decir que para bajarlo había bebido medio vaso de vino

-¿Trabajo? – ella me miró con severidad, ahí iba el segundo plato del postre

-No, placer – dije sonriéndome de manera casi picara y le guiñe un ojo

-Tienes una mano lastimada ¿Qué tipo de placer andas buscando D'artagnan? – ella dejo los platos a un costado y se cruzó de brazos colocándose al lado mío

-Mujeres – conteste casi atragantado por el budín .Tome de nuevo del vaso – Me ven y se vuelven locas. Mis mujeres son muy apasionadas.

-Eres un fanfarrón de primera – golpeo levemente mi panza y se voltio para agarrar las botellas de vino para dejarlas apartadas – beberemos por ti en cuanto terminemos con la cocina y te invitaría pero sospecho que ya tienes planes.

-En efecto lo tengo pero cuando quieras vengo a cenar contigo y tus hermosas chicas – le conteste dejando el plato en el agua y terminando la botella de vino. Camine hacia uno de los muebles en donde sabía que estaba las copas para los invitados y los reyes y agarre dos

-D'artagnan….

- Shhh – dije acercándome a ella para dejar un beso en su mejilla – Feliz navidad Berenice, no te preocupes por las copas volverán sanas y salvas. Con el gran D'artagnan cuidándolas ¿Qué podría salir mal? – exclame tomando uno la botella de Anjou

-Más te vale que vuelvan gascón – gritó ella amenazándome con una sonrisa.- Feliz navidad.

En el camino hacia mi destino intente no cruzarme con nadie, si veía venir a alguien me ocultaba, el reloj marcaba las once menos diez minutos y tenía tres opciones, pero siendo sincero ya tenía uno en especial en la cabeza. Le había prometido a mi hijo que iba a ver los fuegos artificiales, y no iba a mentir así seria.

Estaba por meterme al pasadizo que me llevaría a su habitación cuando vi que Estela venia caminando con un paso bastante tranquilo.

-¿La fiesta ha sido aburrida para usted? – pregunte ocultando el motín detrás de mi espalda.

-Soy ya demasiado grande para quedarme contesto ella en tono amable

-Nunca se es demasiado grande para estar en una fiesta – conteste con una sonrisa – Hermana ¿Su majestad aún está en el salón?

-Quizás para sus amigos y para usted, aunque hoy a brillado por su ausencia – hice una pequeña mueca cuando me recordó aquello, sabía que Ana había hecho todo pero bueno había algo más importante – Si, está esperando los fuegos artificiales para retirarse, creo que tenía intenciones de quedarse un poco más – ella hizo una pequeña pausa y me miró - ¿Qué ocurre M. D'artagnan?

Hice un pequeño mohín con los labios y alce mi dedo índice.

-¿Me haría usted un favor? – Pregunte poniendo mi mejor cara – Quiero hacerle un regalo a su majestad pero en privado – susurre remarcando la última palabra. – Por favor.

La monja dudo pero al ver que estaba juntado mis manos para suplicarle, dio un suspiro.

-Bien, iré a hablar con su majestad. Solo ten cuidado – me advirtió ella con una sonrisa antes de caminar hacia de nuevo hacia el salón.

Luego que Estela desapareció abrí de nuevo el pasadizo para escabullirme rápidamente echándome a correr escaleras arriba.

Deje el vino en la mesa junto a las dos copas. Aquello no era él era el regalo principal pero quería disculparme por la ausencia.

Tome la botella de vino y comencé hacer presión en el corcho para destaparlo mientras podía observar atreves de la ventana los primeros fuegos artificiales.

Me quede allí inmóvil mirando por la ventana, cuantas veces había estado en mi propia ventana esperando por verla pasar.

Había una hora, si teníamos una hora en la que sabíamos que nuestras miradas se cruzaban para decirse un mundo de palabras.

Cerré los ojos y apoye la cabeza sobre el marco de la ventana. Quizás estaba un poco cansado pero la noche aun no terminaba.

Note que la chimenea estaba apagada por lo que procedí a encenderla, y aquel momento en el que aun podía escuchar como explotaban los fuegos en el cielo la puerta principal se abrió.

Ella observo todo, las copas, el vino y el fuego que estaba detrás de mí. Se apoyó primero en la puerta y luego le hecho cerrojo. No tenía que decir, sabia a la perfección que estaba esperando que yo hablara primero.

-Lo siento majestad – comencé a decir mientras me le acercaba – Estela me conto sobre la fiesta, lamento habérmela perdido – hice un pequeño gesto con el cache

-Podrías haberte marchado después de la cena si tan urgente tenías que atender tus asuntos – La voz de Ana de Austria sonó con cierto grado de reproche.

-Lo sé pero…-me mordí el labio superior y estire mi mano para tocar su brazo – Hable con Phillippe y él me perdono, le he dado algo por la navidad

Los ojos de la reina ya no eran tan duros, ladee la cabeza no podía confiarme pero estaba llegando de nuevo a su corazón. Me lo merecía, me había hablado de la dichosa fiesta toda la semana pero mi cabeza estaba en otro lado.

-¿Un regalo? – Ella se corrió levemente de mí para ir hacia la mesa en donde estaba el vino.- ¿Y mi regalo seria este señor?

-Sí, le regale mi espada. No la de ahora sino la que me heredo mi padre – sonreí de costado, quías si decía que era una herencia el recuerdo de una guerra y lo que causaba eso le dolería menos a ella. – En cuanto a tu regalo – me acerque a su cuerpo para poder pasar mi mano por su cintura y corrí el pelo de su cuello para dejar un beso justo allí. – No exactamente es eso

Ella se giró casi como queriendo zafarse de mi abrazo pero antes que pudiera hacer algo más alce mi dedo índice.

-Espera, no me mal interpretes – metí mi mano en el bolsillo de mi pantalón y saque una pequeña bolsita de terciopelo – Feliz navidad – le dije dejando en su mano el obsequio.

Me separe de ella y me gire para tomar la copa de vino, era imposible luchar contra todo el oro del mundo.

Intentaba no mirar cuando abría el regalo pero sentía aquel nerviosismo que hacía años que no sentía. Los otros regalos prácticamente que estaba seguro, deje la copa de nuevo en la mesa.

-Era de mi madre – dije aun un tanto nervioso – Yo sé que no…..

Dos dedos de sus finos dedos tocaron mis labios para hacerme callar y luego paso una de sus manos por atrás de mi cuello. Sus labios atraparon los míos con ternura, pero poco a poco el ritmo del beso se fue haciendo más intenso, podía sentir el sabor de su boca.

Mi cuerpo tomo de su cintura para levantarla del suelo y llevarla hacia la cama, la deje con cuidado mientras mis labios separaban apenas de sus labios para poder tomar aire.

Mis manos buscaban el inicio del corsé para empezar a desabrocharlo pero sus manos se detuvieron y en un movimiento rápido pero elegante termine debajo de ella, mi respiración se detuvo al sentir la mordida sobre mi labio inferior.

-Ana…-

-Espera – sus labios se juntaron de nuevo con los míos para dejar un beso cálido pero corto y se levantó dejándome acostado en la cama con un mundo que me daba vuelta.

Cerré los ojos para centrar mis pensamientos mientras escuchaba que un cajón se abría.

Sentí su peso de nuevo en la cama lo cual hizo abrir mis ojos, la mire alzando una de mis cejas y su mano tomo la mía.

Mis ojos se juntaron con los de ella mientras sentía como deslizaba algo por mi dedo. No dije nada sino que gire un poco mi cabeza para encontrarme que en efecto ella había colocado en mi dedo un anillo.

Abrí mi mano, la estire y mire mi dedo anular.

-Esto es demasiado – murmure sintiendo debajo de mi barbilla una de sus manos –considerando la mala suerte que tengo con vuestros anillos.- al ver que me iba a decir algo alce mis cejas y me apure – pero gracias ahora tendré que cuidar que Porthos no lo quiera apostar en algún juego de carta – me reí y me estire para poder llegar a sus labios.

• • • •

Antes de que los primeros rayos de la mañana despertaran a todo el palacio mis ojos se abrieron como era de costumbre. Aun quería seguir durmiendo pero no podía quejarme, es más no debía quejarme, no cuando había pasado una buena noche de navidad.

Al moverme de la cama Ana me agarró con fuerza intentando detener mi huida pero aquello no iba ayudar, debía irme.

-Debo irme pero nos veremos pronto – susurre dejando un beso en su frente antes de salirme de la cama.

Tome mis cosas con el máximo de los cuidados para no interrumpir más su sueño.

No había la necesidad de arreglarme demasiado pero lo suficiente para no despertar más sospechas. Pero lo más importante en el trayecto había devuelto las copas a la cocina y había hecho desaparecer la botella de vino. Lastimosamente aun teníamos que vivr nuestro amor así.

Abrí la puerta de mi habitación con sumo cuidado cuando al verla allí me quede totalmente paralizado.

-Bonjour Charles – hablo ella – Feliz navidad.