CAPÍTULO 2: SUSAN
Lo oía gritar, otra vez. De nuevo, otra pesadilla. Era la tercera esta semana, y el muy terco se negaba a que le ayudara. Era bien entrada la noche, sus gritos me habían despertado. Encendí una linterna con las ascuas de la chimenea y me dirigí a su habitación; no sin ponerme antes un batín, sin pensármelo dos veces escogí el rojo, y me aventuré a su habitación.
Peter está boca arriba, medio destapado y sudando a mares. Tenía la camiseta empapada, oscura allí donde el sudor se le agolpaba. Movía la cabeza de un lado a otro, y de sus labios salían… ¿gemidos? Las mejillas le ardían, las tenía sonrosadas como si acabara de tener una pelea, o cuando regresaba de entrenar con la espada, con Edmund o cualquier otro caballero.
Sin embargo, había algo en él, quizá la forma en que se quejaba, el lento movimiento de su cuerpo en cada gemido, en cada pequeña queja que nacía de su garganta, que me hacía pensar que, aquello que estuviera soñando, no se trataba de una pesadilla. Y mi nombre…
No sé, su forma de llamarme, bajito, con fuerza, pero con un ímpetu sobrehumano, me hacía latir el corazón. En mi cabeza no había sino imágenes prohibidas de él y de mí, una cama, sus manos corriendo libres por mi cuerpo y sus labios, húmedos e hinchados, sobre los míos.
Cerré los ojos y moví rápidamente la cabeza de un lado a otro, ahuyentando esos pensamientos. Me acerqué a él, llamándolo; Peter sólo gemía más y más, y yo sentía una inmensa vergüenza al oírle. ¿Qué pensará de mí? Yo, su hermana, metiéndome en su habitación en mitad de la noche. Sin embargo, tras mucho llamarlo y zarandearlo, despertó.
Tenía los ojos oscuros, casi habían desaparecido esas orbes azules que tanto idolatraba. Jadeaba, en busca de un oxígeno insuficiente para sus pulmones. Sudado, pequeñas gotas saladas que le brillaban en la frente, la cara, el pecho. Parecía nervioso, demasiado, al verme allí.
-Estabas gritando, Peter –respondí bajito, sentándome a su lado; quizá en un movimiento instintivo. En ese momento no sabía quién me gobernaba, si mi cerebro, o mi alocado corazón-. Gritabas cada vez más alto, gritabas mi nombre…
Pude notar que él se ponía rígido. Se llevó las manos al regazo, nervioso, como si temiera que lo hubiera pillado haciendo algo prohibido. No pude evitar dejar caer la mirada a sus manos, ¿qué era lo que ocultaba?
Estaba empapado en sudor. Le brillaba la frente, el cuello y el pecho. Le aparté el largo flequillo de la frente, quería ver esos ojos azules, quería saber si estaba bien. Pero Peter rehuía una y otra vez, no se atrevía a mirarme, ¿por qué?
Tras mucho insistir, se levantó, de espaldas a mí y fue a la cómoda y se quitó la camisa oscurecida por el sudor. Como si de un resorte se tratase, me levanté, y cuando se secó el sudor, lo abracé. Su espalda estaba caliente, casi ardiendo, y podía oír el latido de su corazón, rápido y fuerte, en mi oído. Dejé las manos sobre su pecho, musculado y sobre el cual empezaba a salir una fina capa de vello. Olía a sudor, de miedo y vergüenza, pero era incapaz de alejarme de él.
Volví a insistir en su sueño, en su pesadilla, pero Peter era demasiado terco. Se dio la vuelta y no pude evitar pasear la vista por su torso desnudo. Sentí calor. Me mordí el labio y alcé la mirada. En algún momento, me había pegado a él. Su mano derecha, con varias cicatrices blanquecinas, me había alzado la barbilla, y sus ojos vagaban por mi rostro, arriba y abajo. Sus claros ojos azules resplandecían de deseo, una chispa oscura tras ese azul cielo. Su otra mano, había parado en la parte baja de mi espalda, dejándome pegada a él. Podía notar un bulto cálido y duro entre sus piernas, contra mi abdomen.
De manera inconsciente me puse de puntillas y casi rocé sus labios, brillantes y gruesos, temerosos e inocentes. Podía sentir su aliento en mi cara, caliente, con un tímido olor a hidromiel de esa noche. Sentía los labios latiéndome, como si el corazón se me hubiera movido allí. Estaba nerviosa, sentía deseo hacia él… Me daba igual que fuese mi hermano, únicamente quería besarlo. Y estaba a punto, casi rozándole, cuando con un gentil movimiento del brazo, me apartó de él.
-Lo siento –fue lo único que dijo, antes de salir casi corriendo de la habitación.
"¿Qué he hecho?", me repetía, una y otra vez. Me había sentado en la cama, había cogido su camiseta sudada y la apretaba contra mi pecho. Quería llorar, pero las lágrimas eran incapaces de salir de mis ojos. Una sensación de pesadez, como si llevase la mismísima Mesa de Piedra sobre el pecho, me invadía. Quería pensar, pero no podía. Ni tan siquiera era capaz de hilar dos ideas sin que la vergüenza me absorbiese.
-¿Alteza? –preguntó Haidée, una de las ninfas que formaban parte de mi camarilla. Estaba en la puerta, entreabierta, con una linterna en sus manos-. ¿Qué ocurre? ¿Por qué estáis en los aposentos del Sumo Monarca?
No pude responder nada coherente, sólo quería llorar. Llorar porque acababa de darme cuenta de que sentía algo prohibido hacia él. Me tumbé en la cama, Haidée entró en la habitación, cerrando la puerta, y se sentó a mi lado. Colocó mi cabeza en su regazo, y sin decirme una palabra, me tranquilizó. Eso era lo que más me gustaba de ella, siempre lo daba todo sin pedir nada a cambio.
Me iba quedando dormida, de dolor y cansancio. La ninfa no me abandonó en toda la noche, o al menos, durante el tiempo que estuve despierta.
Volví a mi habitación al amanecer. Me cambié, elegí un vestido sencillo de tela azul, poco vuelo y fresco. Había faunos corriendo de un lado a otro, algunos de ellos llevando zurrones con el correo. ¿Por qué tanta prisa? Evander, el correo más rápido de Cair Paravel, salía del estudio de Peter. Durante unos segundos, el tiempo se paró.
Peter parecía destrozado, casi como le hubieran dado una paliza. Estaba pálido, con bolsas oscuras bajo los ojos, la mandíbula apretada y sus hombros, siempre rectos y el símbolo de su fuerza, los tenía caídos. Dirigió toda su atención hacia mí, y sus cejas casi formaron una única línea. ¿Tanto me odiaba, tanto le decepcioné?
Se volvió y cerró de un portazo, llegando a asustar al fauno. Al pasar por mi lado, hizo una leve reverencia y se marchó.
Desayuné con Edmund y Lucy. Mi hermano llevaba la armadura puesta, a excepción del casco, seguramente se distraería un rato con la espada antes de empezar sus labores de juez. Edmund se había convertido en un muchacho bastante tímido y callado, muy reservado. Era capaz de verlo todo y emitir juicios y decir consejos, a veces llegando a ser el que creaba las estrategias en las guerrillas que aún teníamos con los seguidores de la Bruja Blanca, cinco años después. Y Lucy seguía siendo una niña. Ella era la luz de Cair Paravel. Hacía un tiempo que me había pedido que le enseñase con el arco, que le parecía interesante y además así podía contribuir en posibles batallas. Batallas que Peter no dejaría que formase parte.
Me senté al lado de Lucy y me serví un par de tostadas. A pesar de la larga noche, no sentía hambre. Sus ojillos me miraban interrogantes, como si ya supiera que algo iba mal dentro de mi cabeza. A veces me asustaba la absoluta certeza con la que descubría las cosas. Sin embargo, no comentó mucho. Desvió el tema, lo que no sabía si tomármelo como algo bueno o malo.
-¿Sabéis que Peter ha organizado un torneo de caballeros? –comentó, y yo me atraganté con la tostada-. ¡Imaginad cuántos caballeros y doncellas vendrán a visitarnos!
Era su animosidad infantil lo que me hizo soportar la noticia. Un torneo significaba caballeros, y doncellas. ¿Y si se decidía por alguna de ellas? ¿Y si me veía obligaba a casarme con alguno de ellos? Yo no quería, no quería dejar Narnia.
Me levanté rápidamente, en busca de Peter. Sin llamar a la puerta, entré en su estudio. Sobre su mesa había infinidad de cartas, firmadas, algunas con el sello de casas nobles. Alzó la vista de inmediato, posando una mano sobre aquello que estaba escribiendo. No le importó llenarse la mano o la manga de la camisa.
-¿Qué es eso del torneo? –le pregunté, sin medias tintas. Se puso pálido, aún más, y su mandíbula casi se le desencajó-. ¿Eso era lo que te tenía tan ocupado?
Sentía rabia. Hacía semanas que se había alejado de nosotros, siempre estaba reunido o tenía cosas que hacer. Empecé a echarle de menos en los primeros días, justo cuando empezó a tener las primeras… pesadillas.
-Nuestra guerra interna ha terminado –dijo con voz monótona, aquella que utilizaba cuando estaba a punto de llorar, o a punto de pegarle a alguien-. Es hora de que comencemos a darnos a conocer al resto del mundo, establecer relaciones, ¿no crees? Nosotros no somos como la Bruja Blanca. No podemos vivir solos.
-Bien –respondí simplemente, con voz fría-. Pero no tenías por qué hacer esto tú solo.
-Me va muy bien solo, Susan –replicó, cerrando los puños y bajando la mirada-. Puedo hacerlo solo.
-Quisiste luchar tú solo contra todo un ejército –recordé cuando llegamos al campamento, cuando aún éramos niños, herederos sin corona de un lugar que apenas conocíamos-. Y no pudiste. Somos cuatro, Peter. ¿Por qué no aceptas que te ayuden?
Peter apretaba la mandíbula, tan fuerte que su piel empezó a ponérsele blanca.
-¡No necesito que me ayuden! –gritó, dando un manotazo en la mesa-. ¡Vete, fuera de aquí! –señalando a la puerta; su mano goteaba sangre. Había roto el vasito de cristal donde tenía la tinta y se había cortado con él.
-Algún día vas a tener que recapacitar –mascullé, con un pie en el pasillo y el otro en el estudio-. Avísame cuando lo hagas.
Me fui.
