Advertencia: Inconsistencias históricas a lo largo del relato. Lamento esto, pero no conozco bien la historia de Inglaterra ni tampoco ocuparé tiempo en estudiarla.

Disclaimer: Aunque la historia me pertenece, los personajes utilizados NO son de mi propiedad.


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Capítulo 2: Nettoyage.-

Era su segunda noche en aquella casa, Rivaille le había dicho hacía unos minutos que era hora de dormir, y él obedientemente partió a su habitación. Se encontraba a sólo una puerta de la de su dueño y aunque muchas veces se preguntó que había en ese cuarto que los separaba, decidió no entrar y mantener a raya su curiosidad. Molestarlo jamás estaría en sus planes.

Eren tomó entre sus manos las prendas que yacían sobre su cama. Era un pijama de color celeste que Rivaille le había comprado ese mismo día. Tocó la tela con cuidado, era seda, podía reconocer lo exquisito y refinado que era el material. Una punzada de nostalgia golpeó su corazón, mas lo olvidó al recordar el por qué le habían entregado el conjunto.

En su segunda mañana ahí la sirvienta había entrado para avisarle que el desayuno estaba servido y al removerlo notó que el muchacho dormía desnudo. Rivaille le explicó que aquello había consternado a la joven por lo que desde ese momento en adelante debía usar pijama para dormir y así evitar malos entendidos con la servidumbre.

Se cambió de ropa y luego se miró en el espejo en la habitación. Eren sonrió para sí, estaba satisfecho con el obsequio, la tela era suave y el color le encantaba, además que había sido su amo quien lo había escogido para él.

Miró su rostro notando un brillo en su cuello, era aquella trenza que había intentado ocultar tanto de sus vendedores como de su dueño. Aquel trozo de su cabello más largo simbolizaba algo que no quería abandonar por el momento, no era solo un capricho, era aquello que lo mantenía cuerdo y dispuesto a seguir su destino. Simbolizaba a su madre, la mujer que lo cuidó y acunó durante toda su niñez, simbolizaba a su prometida, la joven que le había regalado aquel prendedor con una flor en uno de sus extremos. Aquello simbolizaba un pasado que había dejado atrás.

Y aunque había querido ocultarlo, lamentablemente su amo era una persona observadora y lo suficientemente tenaz como para notarlo el mismo día de su llegada. Eren se había puesto de pie luego de la hora del té y fue cuando el mayor lo detuvo y se acercó hacia su cuello.

–Hay algo que brilla ahí –dijo Rivaille sacando el prendedor y dejando que el mechón de cabello cayera hasta los hombros del chico –Esto es –miró sorprendido el objeto que tenía en sus manos –demasiado femenino.

–¿Eh? Rivaille, no diga algo así, es un obsequio –susurró avergonzado el chico mientras tocaba su pelo.

–Ya veo –y aunque no quería aceptarlo, aquella cosa le llamaba demasiado la atención –¿Por qué lo escondías? ¿Y esto también? –preguntó tomando el mechón entre sus dedos mientras fruncía su ceño molesto por no entender lo que sucedía.

–Ah, eso. Es porque si ellos los hubieran visto me hubieran despojado de ambos y yo no quería que… –musitó recordando lo que había pasado hacía solo unos días bastantes kilómetros al este. –Puede quedárselo si gusta –dijo Eren al notar el interés que Rivaille ponía en el prendedor.

–No, es tuyo –sentenció devolviéndoselo –. No sé cómo son las cosas allá, pero no quiero que me ocultes cosas. Ya te dije, haz lo que quieras. Te estoy dando plena libertad de tus actos –los ojos de Rivaille se dirigía a los verdosos y las palabras parecían acariciar el corazón del menor.

Eren se sonrojó en su cama al recordarlo. Algo en la actitud de su dueño era distinto, sus palabras, sus actos parecían remover algo en su interior. La libertad que le había entregado le llenaba y al mismo tiempo le hacía querer estar más cerca. En verdad, no estaba siendo libre, sino que cada vez se sentía más atado por voluntad propia.

Ese mismo segundo día, apenas se enteró que Rivaille saldría se apuntó para acompañarlo. No tenía idea de donde iban, pero cuando se enteró que era a la casa de Erwin se alegró de no dejarlo partir solo. No es como si odiara al rubio, solo lo había visto una vez por un par de horas, pero no le agradaba la cercanía que tenía con su dueño, el que pudiera tocarlo con tal libertad le provocaba una extraña sensación de angustia.

–Rivaille –lo llamó el chico mientras caminaban por las calles de Londres en búsqueda de un cochero que estuviera desocupado –Creo que no debería… pienso que tal vez debería usar ropas más acordes con Europa –dijo sintiéndose incómodo con las miradas de los transeúntes.

–¿Huh? –le preguntó arqueando una ceja y mirándolo de pies a cabeza –Si te gusta vestirte así, por mí está bien. Si quieres usar ropa distinta eso es algo que tú debes decidir.

Retomó la caminata dejando a Eren atrás, aunque era mucho más bajo que el chico –al menos unos veinte centímetros– era además mucho más rápido. Al muchacho le costaba seguirle el paso y ya estaba agotado de tanto caminar.

–¿Cómo le gusta más? –le preguntó alegre sin saber lo que esto provocaría en el mayor.

–Ya te dije que me da igual –gruñó ocultando su rostro ligeramente sonrojado con la bufanda –. Aun no entiendo cómo no sientes frío vestido así –susurró cambiando el tema.

Era primavera y Eren estaba acostumbrado a varios tipos de climas, por lo que no le preocupaba el frío. Solo sonrió para sí al ver como eso afectaba a su dueño, no parecía tolerar las bajas temperaturas y se escondía detrás de muchas capas de ropa para evitar que cualquier brisa se colara y le congelara.

Iba tan despreocupado caminando al lado del mayor que lo que el otro hizo le tomó por sorpresa y se crispó al instante. Rivaille había tomado aquel mechón de cabello más largo que ahora había sido trenzado con el pasador enredándolo entre las hebras. De un golpe lo jaló con fuerzas hacia abajo haciendo que Eren soltara un gemido de dolor y le mirara desconcertado.

–Brilla mucho –murmuró como excusa.

Ahora Eren río en su cama. El recordar aquel rostro curioso por el brillo del metal en el prendedor que su prometida le había regalado le llenó de alegría. Su dueño podía ser un hombre serio la mayor parte del tiempo, pero seguía teniendo una actitud parecida a la de un niño.

No notó cuando se quedó dormido, pero despertó apenas escuchó la puerta abrirse, aun no era de día por lo que no era la sirvienta. Se incorporó rápidamente y pudo distinguir la figura de Rivaille caminando hacia él. Sus mejillas se llenaron de color y un millón de ideas pasaron por su mente, pero solo una se quedó cuando su amo lanzó lejos las sábanas que cubrían su cuerpo.

–Ah… Rivaille –susurró confundido sintiendo como se le subían todos los colores, incluso invadiendo su cuello.

–No creas que estarás aquí gratis –gruñó el mayor y entonces cientos de pensamientos sucios recorrieron la mente del castaño, el miedo recorrió su cuerpo y se tensó mientras sentía que sus ojos se llenaban de lágrimas –Levántate de inmediato –dijo lanzándole un plumero encima –, debemos limpiar toda la casa. Es domingo de limpieza.

Eren quedó en shock. Se había equivocado con respecto a las intenciones del mayor, había pensado algo fuera de lugar. Negó con la cabeza intentando recuperar su normalidad. No era bueno quedarse dormido pensando en Rivaille, tomó nota de esto y se levantó con pereza.

–Te espero en la biblioteca –ordenó el mayor acercándose a la puerta –No tardes.

Se vistió lo más rápido que pudo y salió con el plumero en búsqueda de su amo. Agradeció no tener explicaciones que dar, y aunque estaba totalmente confundido por lo que su mente le había hecho creer, decidió que luego se ocuparía del tema.

–Muy bien –lo felicitó Rivaille, le había tomado solo un par de minutos llegar ahí –Necesito que quites el polvo de las estanterías. Tienes una hora para hacerlo.

Eren asintió. Una hora, vaya, con eso tenía más que suficiente. Se dedicó a hacerlo tranquilamente y antes de que se cumpliera media hora estaba sentado en uno de los elegantes sillones que había allí. Ni siquiera se había agotado un poco. Comenzó a aburrirse en poco rato y se preguntó cómo se leerían aquellos libros. No entendía ni una palabra escrita en ellos. Había pensado que tal vez comprendería las palabras, pero simplemente eran un montón de símbolos extraños nada parecidos a los usados en su país ni en los cercanos.

–¿Huh? ¿Ya terminaste? –preguntó Rivaille entrando nuevamente en la habitación –No sé si puedo creer eso.

Dicho esto buscó una silla y se subió para pasar su índice por la superficie de uno de los muebles. Polvo. En su dedo se pegó el polvo que Eren no había limpiado bien. Frunció su ceño sin dejar que el chico lo viera y se quedó unos segundos en esa posición asustando al menor.

–¿Hay algo mal? –preguntó asustado el muchacho levantándose del sillón y llegando al lado de su amo.

–Eren –gruñó Rivaille, sonaba bastante furioso –Te he dado una maldita hora para que tengas todo limpio –al terminar tomó el plumero de las manos del chico y estuvo a punto de golpearlo con éste, sin embargo se arrepintió –Una jodida hora para que hagas el trabajo.

–¿Uh? Y-yo… –Eren había comenzado a lloriquear confundido, no entendía qué había hecho mal.

–Ve a barrer el pasillo. Yo terminaré con esto acá –sentenció dedicándose a repasar los sitios aun cubiertos por polvo.

Eren negó con la cabeza. Seguía sin entender nada. Aun así partió al pasillo y tomó la escoba que estaba recostada sobre la muralla para hacer lo que se le había pedido. Se había preguntado que tanto había hecho mal, después de todo solo tenía que pasar esas plumas sobre la superficie ¿no?

También otra pregunta recorrió su mente, Rivaille parecía un hombre muy rico e importante, entonces ¿por qué hacía la limpieza de su hogar él mismo? ¿No tenía acaso a varias personas trabajando durante la semana en su casa? ¿No eran ellos los que debían encargarse de esos detalles?

–Verás, Eren. Si quieres que algo salga bien, hazlo tú mismo.

Esa había sido la respuesta del mayor cuando se lo preguntó mientras limpiaban la cocina. Solo asintió, tenía sentido si lo exponía de esa manera. Esta vez intentó ser más útil siguiendo los consejos de Rivaille sobre cómo limpiar los azulejos.

–Allá arriba –había apuntado su amo –Las canaletas están sucias y debes limpiarlas. Súbete a esta escalera y saca todo eso de allí. Yo estaré acá abajo limpiando las ventanas. Si algo ocurre llámame.

Oh, allá arriba. Suspiró. Le asustaba mucho la idea de subir a limpiar algo que conocía vagamente, pero debía hacerlo, así se lo había pedido Rivaille. Tomó coraje y exhaló como si fuera la última vez. Se subió a la escalera lo más rápido que pudo para evitar sentir vértigo y cuando estuvo arriba se sentó en el borde del techo de la casa. No iba a mirar hacia abajo. Solo dirigió su vista al horizonte, llevaban todo el día limpiando –solo habían tomado pequeños breaks para comer– y en unas pocas horas oscurecería.

Se dedicó entonces a limpiar las canaletas con mucho cuidado de no caerse. Aunque las tejas se veían rugosas, la verdad es que era muy fácil resbalarse y caer.

–¿Terminaste? –preguntó Rivaille desde el suelo y Eren miró por primera vez hacia abajo para asentirle –¿Por qué aún no bajas?

–Tengo miedo –admitió empuñando los bordes.

Desde abajo el mayor soltó un bufido y subió hasta donde estaba el chico. La idea de dejarlo allá arriba hasta que bajara por sí mismo había cruzado su mente, mas decidió ir por él.

–Vamos, bajemos juntos –le dijo teniendo su mano aún desde la escala.

Para Eren era difícil de creer todo eso. Al parecer los amos en occidente eran distintos, más amables. O a lo mejor se debía solo porque se trataba de Rivaille. Nunca imaginó que éste subiría por él, pero así fue. Tomó su mano y bajó con el brazo del mayor rodeando su cintura. No pudo evitar sonrojarse ante este acto, la cercanía de sus cuerpos, el tener el rostro de su dueño tan cerca. Todo le daba vueltas en la cabeza y agradeció a sus dioses cuando llegaron al suelo y pudo separarse del mayor.

La brusquedad con la que Eren se alejó sorprendió a Rivaille, mas su rostro siguió con la misma expresión que solía mantener siempre. Se retiró unos pasos y luego volteó para tomar la escalera y guardarla.

–Ah… ¿necesita ayuda? –preguntó el menor tomando un extremo de ésta.

Pesaba y mucho. No pudo evitar cuestionarse cómo Rivaille se la llevara con tal facilidad. Nota que agregar en su mente, su amo era un hombre indiscutiblemente fuerte y valiente. Aunque esto último podía ser una apreciación muy subjetiva ya que cualquiera que no sufriera de vértigo podría haber subido sin problemas al techo.

–Terminaremos con el salón y luego prepararemos la cena –anunció cuando salían de la casucha donde guardaban los implementos de limpieza, que no eran pocos.

–Ajá. Pero ¿dónde está la sirvienta? –preguntó Eren confundido mientras entraban por la puerta trasera. No la había visto en todo el día y había olvidado por completo que quería saberlo.

–Es su día libre –dijo sin interés Rivaille caminando siempre adelante –Una vez a la semana Sasha toma el tren a su pueblo para reunirse con su familia, partió ayer por la tarde.

–Oh, ¿es en serio? ¿La deja ver a su familia? –la sorpresa en la voz del chico fue como un golpe en la nuca para el mayor, aquello le disgustó un poco.

–Tendría que ser un maldito monstruo como para no hacerlo –gruñó intentando no fruncir el ceño –Aunque es un poco torpe y cocina horrible no puedo negarle ver a su padre. Eren, hay muchas cosas que no comprendes de acá.

–Y de usted tampoco –afirmó el chico entrando en el salón.

–Solo hay una cosa que debes entender de mí –dijo entregándole de nuevo el plumero –Me gustan las cosas bien limpias. Encárgate de esto.

Eren asintió con la cabeza, su ceño estaba fruncido y la seriedad en su rostro casi logra hacer sonreír la Rivaille. Algo en ese chico era especial. La manera en la que se tomaba cada pequeño trabajo en serio y cómo iba aprendiendo de a poco a hacer las cosas bien le hacía sentir bien en cierta manera.

–¡No! –gritó Eren sosteniendo con fuerzas el plumero –Yo lo haré, señor –pedía intentando arrodillarse en el forcejeó, cosa que era imposible.

Se le había dicho que limpiara los muebles de la manera en la que no lo había hecho la vez anterior y él había asegurado que así sería. Mas Rivaille no era una persona paciente, al ver que el chico no lo estaba logrando nuevamente había intentado quitarle el artefacto para hacerse cargo de esa tarea, solo que esta vez Eren se había negado a entregárselo.

–Por favor, quiero hacerlo –decía atrayendo el plumero.

–Eren, pásamelo ahora –la voz del mayor no dejaba cabida a discusión, pero el chico le veía confundido –Es una maldita orden, mocoso –susurró lleno de ira tirando con fuerzas el objeto, atrayendo al mismo tiempo al muchacho –Suéltalo.

–No quiero –fue la respuesta que recibió.

Eren volvió a jalar del plumero acercando a Rivaille a su cuerpo mientras veía aquellos ojos molestos y brillantes. Definitivamente estaba enojado. Pero esto no le daba miedo ni nada parecido, estaba sin dudas siendo hipnotizado por aquellos orbes tan misteriosos que lograban hacerlo sentir de una manera muy extraña.

–Eren…

–¿Sí? –preguntó algo desorientado sintiendo el calor que emanaba del cuerpo del mayor.

–Eren, suelta esta maldita cosa ya. –sentenció jalando con fuerza y por fin quitando el objeto de las manos del menor –Agh, mierda. Ve a pelar las malditas papas, niño –ordenó señalando la salida.

Obedeció ahora con la cabeza inclinada por la vergüenza. Había perdido la oportunidad de demostrarle a su dueño que era útil, que había aprendido algo de la vez anterior. Suspiró cuando entró a la cocina y vio las patatas limpias sobre el mueble, tomó un cuchillo y con pereza comenzó su trabajo aun molesto por no haber podido ayudar como correspondía.

Esto no estaba bien. Rivaille tenía un tic en el ojo y aunque su rostro seguía siendo el mismo, un aura oscura se posicionó a sus espaldas. Eren soltó un respingo y miró al piso arrepentido, de nuevo no entendía bien qué había hecho mal, pero sabía que era su culpa. Se mordió el labio inferior y ocultó su cabeza detrás de sus antebrazos cuando el mayor entró finalmente a la cocina.

–¿Nunca habías pelado una patata? –preguntó mientras tomaba entre sus dedos lo que quedaba de ésta.

Eren había intentado, pero nuevamente fallado. De lo que alguna vez fue una papa ahora quedaba solo un trozo pequeño y de cortes irregulares, sin dudas más de la mitad del tubérculo se había ido a la basura como cáscara. El chico tragó y asintió soltando el cuchillo, esperando una reacción del mayor.

–Debiste haberlo dicho antes –dijo Rivaille a punto de soltar un suspiro –Ya es muy tarde para ellas –miró al chico e intentó sonar amable, porque de verdad ese muchachito estaba a punto de llorar –¿Ves aquellas que están ahí? –preguntó señalando una caja dentro de la despensa –Necesito que laves algunas. Hazlo bien esta vez.

Siguiendo las instrucciones Eren logró hacer todo de tal manera que logró complacer a su amo. Se sintió feliz y satisfecho cuando la cena estuvo lista y ambos platos fueron colocados sobre la mesa, el de Rivaille a la cabeza y a su derecha el de Eren. Había sido un largo día y aunque estaba agotado no dejó de hablar durante toda la cena.

–¿Por qué no tiene más sirvientes? ¿Sasha es tan eficiente? –preguntó confundido –Tal vez por eso me compró…

–Eren, no te compré para que me ayudes a hacer el aseo –respondió y de inmediato volvió a tema anterior –No es necesario tener mucha gente, esta casa es pequeña, con una sola persona se puede mantener lo suficientemente limpia. Aunque estoy pensando en contratar a un chef. –terminó convencido de que esa sería una buena idea.

–Oh, ya veo. Hoy fue un día extraño –sonrió el menor –Me gusta ayudarle con la limpieza, por favor, siempre cuente conmigo para esto.

Rivaille solo asintió y siguió comiendo.

Cuando terminaron de retirar y lavar los platos, el mayor se dirigió a su despacho siendo seguido por Eren, ya adentro se sentó a buscar los papeles que Erwin le había dado, esta vez solo se trataba de basura que su jefe no quería hacer, y aprovechándose de la situación, Smith se los entregó con una mirada de cordero degollado.

–No es necesario que estés de pie –dijo al ver al chico en la misma posición de siempre.

Eren sonrió y caminó hasta el escritorio para dejarse caer a un lado de su amo con la espalda apoyada en el mueble. Ambos se miraron por unos segundos, la sonrisa en los labios del menor desconcertó un poco a Rivaille y esto terminó por cortar el contacto de sus mirada.

–No tienes que estar aquí tampoco –explicó tomando de nuevo las hojas entre sus manos y revisando las palabras escritas en éstas.

–Lo sé. Me gusta estar con usted.

De nuevo el chico había dicho algo que había terminado por dejarle sin palabras. Intentó ignorar esto y siguió con lo poco y nada de papeleó que tenía en silencio, evitando a toda a costa mirar al chico en el suelo.

...

...

Continuará.