Luego de un tiempo, les traigo el segundo capítulo, no espero gran audiencia por acá, pero espero ir ganando uno que otro lector recurrente; la trama como saben está basada en la Novela y en el Manga original de Battle Royale, antecesor de Los Juegos del Hambre...

Sólo la línea argumental inicial está basado en ello, lo demás, personajes, ambientes, es mío.

Espero les guste


Una pijama de rayas

Entró en la habitación llevando el cesto de la ropa limpia con una tonadilla aguda sembrada en los labios, las dos camas aparecían deshechas y un montón de cosas relucían tiradas en el suelo; allá había un lápiz labial color cereza, allá un brillo sabor manzana y más allá dos frasquitos de barniz, uno nacarado y el otro negro. El nacarado era de Sei y el negro de Rei, no lo dudaba ni un poco; fue poco a poco recogiendo las cosas del piso, con el cesto sujeto entre la muñeca izquierda y la cadera, encontró también en su camino una peineta azul, las agujetas rojas de unos zapatos deportivos, una llave de candado con forma de corazón, cuatro broches para el cabello, una pestaña postiza y dos monedas de baja denominación. Reunió todas las cosas sobre la ropa limpia y fue a ponerlas en un cestito tejido sobre el tocador, ahí, metidas entre la madera del borde del espejo, una serie de fotografías le volvieron la mirada, acaparándola más que la envoltura desgarbada de una goma de mascar sobre la superficie de madera del mueble.

En una aparecían sus cinco hijos, tres varones y dos chicas, los hombres se parecían más a su suegro que a nadie de toda la familia, tenían ese bordecillo cómico sobre el labio y además la forma rara de sonreír como si un hilo les tirara de la comisura izquierda hacia abajo; las dos chicas no obstante, se parecían a su única hermana quien había muerto a la edad de diez años. Todos lo creían de mal agüero, para ella era un don. Sei y Rei eran afortunadas, bellas, jóvenes y sí, afortunadas, toda su familia era muy afortunada. Sólo veinte años antes, se había declarado ilegal que las familias de condición media baja y baja tuvieran más de tres hijos, la falta a dicha ley podía castigarse con, desde una orden judicial para interrumpir el embarazo, hasta la cárcel o ejecución de uno de los padres; en su caso, había parido gemelos en su primer año de casada, luego a un varón sano y fuerte, cuando llegó el tercer embarazo, el pánico inundó al joven matrimonio y recurrieron a cuánto hueco se les ocurrió para poder conservar al bebé.

Al final, se valieron del vacío que era haber parido sólo tres veces, aunque los hijos fueran más, y así el pobre padre de familia pasó sólo cuatro años en la cárcel y pudieron conservar a sus cinco hijos, aunque nunca habían perdido la sensación de estar siempre bajo la mirada del gobierno, escrupuloso y ofendido por haberlos visto huir de sus garras de acero; su marido era un cocinero, un pobre hombre delgado y macilento que había logrado sacar a sus hijos adelante manteniendo un restaurantito de la zona más prolija de la ciudad, vendiendo comida buena a precios más accesibles; las ganancias, reducidas y esporádicas, dieron para formar a los dos hijos mayores, que se habían dedicado a la mecánica y ahora mantenían en mayor parte el hogar.

Eran una familia afortunada.

Rei y Sei estaban por terminar los estudios de noveno grado, eran dos chicas animosas y por mucho el alma de la casa, su esposo las adoraba y ella misma les prodigaba todas las atenciones que podía, ante la mirada complacida de los tres muchachos, que nunca se habían quejado, porque adoraban a esas chiquillas; eran la imagen de su hermana muerta y llenaban con ello su cabeza de aspiraciones, esperaba tanto de ellas. Se sentó a la orilla de la cama y se puso a contemplar el pasillo, como esperando a que entraran, le parecía verlas: Sei entraría acalorada, acomodando su mochila sobre la silla junto a la puerta y quitándose la chaqueta del uniforme mientras se arreglaba el cabello oscuro; Rei entraría hecha un huracán, tirando la mochila en un rincón y dejándose caer cuan larga sobre la cama revuelta, sacándose los zapatos uno con la ayuda del otro y mordiéndose el índice como hacía siempre de modo distraído y automático. Eran idénticas y sin embargo no se parecían nada, Sei era silenciosa y ordenada, detallista y puntual; Rei era irreverente, violenta, autoritaria, pero fiel y aguerrida, apasionada.

Amaba a sus hijas.

Se puso de pie y con manos hábiles acomodó en los cajones la ropa limpia con cuidado, al abrir el de las medias del colegio recordó que ya pronto dejarían las dos chicas de usar aquello y sintió un cierto espasmo de terror; noveno grado, lo odiaba tanto, la angustia y la inquietud le escalaban por la espalda desde el día que las vio marcharse a la escuela el primer día de su último año escolar, pero había pasado el tiempo y se había relajado poco a poco, no había razón para temer, ¡Ellas eran afortunadas! Fue con calma hasta el cesto de la ropa sucia y sacó lo que habían dejado ahí las chicas, dos blusas azules y un par de calcetines, varias medias, un par de pantalones, tres faldas, los listones para el cabello a tono con un kimono que yacía salido a medias del cesto y al final, una pijama de rayas; la sacó y miró fijamente, esa pijama había sido en otro tiempo de su tercer hijo, una tarde ellas descubrieron que les quedaba, Sei se puso el pantalón y Rei la camiseta. Por más que renegó, nunca logró quitárselas y volvérselas a él, ahora les pertenecía a esas dos.

Le causaba gracia, por eso la dobló con especial esmero y salió al pasillo llevándola en la parte superior del cesto, dio un par de pasos cuando escuchó sonar la campanilla, el caminar lento de su marido avanzó hasta la puerta, no reconoció la voz de quien hablaba pero sí los pasos presurosos de sus dos hijos mayores que se acercaban también a la puerta; seguramente era algún nuevo trabajo urgente, distraída fue acomodando los cuadros y mirando que la pijama a rayas estaba muy raída, tenía que remendarle un par de agujeritos y arreglarle las costuras; las chicas habían querido usarla la noche antes del viaje de esa mañana, era como un símbolo de buena suerte. Estaba tan orgullosa, toda la clase había ganado un viaje a una ciudad pequeña a varias horas de Sapporo para presenciar el concierto de una orquesta extranjera que se presentaba especialmente para ellos y un grupo de profesores de gran prestigio en el país; los chicos habían sido seleccionados para ofrecer a los jóvenes extranjeros una bienvenida calurosa y convivir con ellos, para mostrarles la imagen de la juventud prometedora de la nación.

El alivio que sintió cuando el profesor dio esa explicación a los padres durante la última reunión fue tal, que casi había roto a llorar de la emoción; el gobierno consideraba a la clase de sus hijas un ejemplo digno de elogio y presunción a otras naciones, el gobierno estaba contento con esos muchachos, los había seleccionado y eso les auguraba más suerte y fortuna aún; había pasado noches enteras sin dormir, recordando lo que el gobierno solía hacer con aquellos jóvenes a los que consideraba una amenaza y saber que sus hijas formaban parte de un grupo tranquilo, la aliviaba sobremanera. Eran un grupo de noveno grado privilegiado. Cuando llegó a la escalera y vio a sus tres hijos al lado de su marido, sentados en la sala frente a aquellos hombres, dos de ellos con uniforme militar, sintió un horror indescriptible, como si una mano descarnada le hubiera presionado las entrañas con la fuerza de un titán; algo había pasado, algo había ocurrido, una tragedia espantosa en la que sus hijas se habían visto envueltas, quizá los rebeldes habían atacado una carretera y les había tocado algún siniestro en consecuencia, miles de cosas volaron por su cabeza, pero la frase que escuchó salir de labios de aquel hombre y la mirada temblorosa y desencajada de sus hijos y esposo, la hizo soltar el cesto de la ropa, dejando escapar de entre sus brazos la pijama de rayas.

-Es un honor para mí informarle, que sus hijas, Sendo Sei y Sendo Rei, han sido dos de las afortunadas seleccionadas para participar en "El programa" de este año… puede considerarse… -Algo dentro de ella un dolor muy parecido al de un parto la hizo sacudirse y venirse de rodillas al piso, ante la mirada glaciar e insensible de los dos militares; habría querido impedir que las lágrimas le brotaran de los ojos, hubiera querido contener el miedo y la tristeza, pero no tenía sentido, quería llorarlas todo lo necesario, quería sufrirlas del mismo modo que las había sufrido al nacer. -… muy afortunada de que hayan resultado ganadoras del sorteo. –Sí, sus hijas eran muy afortunadas y no había nada que deseara más en ese momento, que el que no lo fueran.


Hacía un sol alto y brillante y tanto calor que las chicas habían optado por desabotonarse las camisas y aflojarse las corbatas, iban descendiendo del autobús con una lentitud ridícula, se estiró y pasó la mano por su lacio cabello negro, mirando a todos lados y dejando escapar un bostezo de cansancio y aburrimiento que hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas perezosas; cuatro horas en autobús hacia un pueblito más folclórico que acogedor, para asistir a algo que al 80% de su grupo le parecía aburrido. A lo lejos distinguía las montañas y algo más cerca, un bosquecillo apenas espeso como para dar algo de sombra, las casas resplandecían bajo el sol y las aceras lucían vacías, debía ser demasiado temprano y seguro niños y adultos estaban ocupados, unos en las escuelas otros en sus trabajos, las madres en sus casas no cabía duda, aunque la soledad era tan densa que podría haberse cortado con cuchillo; si no fuera por los cuatro o cinco vehículos del ejército que rodeaban el edificio y que estaban ahí para proteger a la orquesta extranjera, habría pensado que se encontraban en un pueblo fantasma.

Estiró los brazos al cielo y se volvió a mirar a sus compañeros, Tomomitsu estaba atándose las agujetas con el pie apoyado en el neumático delantero del autobús, era un muchacho que a su corta edad medía más de 1.90, fornido y ancho, además de fuerte e intimidante; se frotó la cara con fuerza desapareciendo la humedad de sus ojos esparciéndola por su rostro, hizo un saludo soñoliento a Tomomitsu y se volvió, el profesor Yukito advertía a algunas de las mujeres sobre no alejarse mucho del grupo y esperar ordenadas las indicaciones de los organizadores, unas renegaron en voz alta, fastidiadas de no ver otra cosa que sus rostros cansados y aletargados. Ogami alzó la vista al teatro, era una vieja edificación con poco más de cien años que había sobrevivido como centro de la pequeña ciudad y que era ahora, restaurado por el gobierno y decorado de banderines con los colores nacionales, el punto de encuentro entre ellos y aquel grupo del exterior, por un breve momento le dio la impresión de que aquello era un evento hecho a la carrera, pues los banderines eran viejos, la estructura del edificio estaba llena de polvo y algunas ventanas lucían empañadas por la mugre de semanas.

Durante buena parte del trayecto en autobús, Ogami había tenido que escuchar a Kintaro, Takato y Yuki, discutir sobre si las chicas rusas serían igual de calientes que como se decía en las revistas que a veces caían en sus manos filtradas por el mercado negro; escuchar eso le había dejado un sabor extraño en la boca, un regusto de repugnancia, como si lo único en la mente de sus compañeros fuera el sexo (y lo era la mayor parte del tiempo), él siempre había preferido el deporte y la lectura, aunque reconocía que sí se le alborotaba la entrepierna algunas veces. Buscó con la mirada por entre sus compañeros y compañeras, intentando localizar unos ojos, pero se encontró en cambio con otros que se fijaron inmediatamente en su rostro provocándole cierta sonrisa nerviosa; Tendo Oruha le miraba mientras charlaba animadamente con otra chica, precisamente la de los ojos que él buscaba, Tendo le hizo un asentimiento y con un poco de incomodidad, lo señaló con el dedo para que a quien buscaba se volviera a verlo.

Imomura giró, el sedoso y brillante cabello castaño flotó en el aire cubriendo un momento su piel clara como la leche y sus ojos negros radiantes, Ogami sonrió, era una reacción inconsciente, un automático de todo su cuerpo ante la visión de Imomura. Imomura Sachiko.

Nakamura Ogami la seguía ahí donde iba, le compraba helados y le ayudaba a cargar su pesada maleta al salir de la escuela de regreso a la estación de autobuses, aunque él viviera a un par de calles y en dirección contraria. Ogami no podía evitarlo, como tampoco podía evitar que fuera un tanto imposible, Imomura era seria y formal, tan seria y tan formal que no pensaba en nada que no fuera su violín, su noveno grado y sus prácticas de pintura y la ceremonia del té; Ogami podía vivir con eso, aunque los demás le vieran feo y se burlaran de él. Echó a andar hacia ella, cuando el brazo enorme y fortachón de Tomomitsu lo prensó de pronto, haciéndole detenerse.

-Nakamura, mira eso. –La voz del gigantón estaba más inclinada al suspiro que a su acostumbrado tono ronco, Ogami se volvió a ver lo que miraba y no pudo menos que reconocer que había razones para quedarse sin aliento; Suga Michiru bajaba del autobús, se había desabotonado la blusa hasta la mitad del pecho, dejando en evidencia casi descarada sus senos prominentes, llevaba el cabello rizado y rojizo suelto sobre los hombros y se burlaba estrepitosamente de Kitano, que se acomodaba las gafas espantado yendo a pararse lo más cerca posible de Sato, su novia.

-Eh… Suga tiene calor. –Kintaro le dio un codazo en las costillas a Tomomitsu que pareció ni siquiera sentirlo, los ojos se le escapaban de las orbitas, buscando ver más de lo que ya mostraba el escote de la aludida. -¡Vamos Tomomitsu!, que se te va a notar si sigues tan emocionado. –Yuki, Takato y Ogami no pudieron menos que reír, cuando Tomomitsu tragó saliva incómodo y se agachó asintiendo nervioso; el profesor Yukito los llamaba a señas y fueron poco a poco enfilándose hacia el teatro, Ogami alzaba la cara buscando a Imomura sin mucho éxito, para ser cuarenta y dos compañeros, era muy sencillo perderla con los uniformes idénticos.


El teatro era viejo y apestaba a polvo y humedad, Imomura Sachiko se preguntaba si era eso bueno para la imagen que querían darle a los extranjeros invitados, si ella invitara a alguien a su casa no sería sino luego de darle una buena limpiada a todo y a profundidad; iba caminando al lado de Tendo Oruha y Motosawa Fuu, pero no perdía la oportunidad de buscar a Nakamura y a Fuyeryu. Oruha estaba muy impresionada todavía por los chismes que había escuchado durante el viaje y Fuu luchaba por reponerse de una muy larga siesta, Sachiko estaba, como era su costumbre, seria y fresca. Escuchaba a Oruha relatarle algo sobre Sato Ageha, cuando vio a dos hombres vestidos de negro, muy elegantes y rígidos, acercarse al profesor Yukito e invitarlo cortésmente a seguirles por un pasillo separado del de ellos, entonces notó los tapices manchados de humedad y las alfombras arrugadas y descocidas en las orillas de la escalera; realmente estaba mal el gobierno o quería dar una imagen de confianza o una de carencia y darle pena a todo el mundo, negó con la cabeza volviendo a la charla que Oruha se empeñaba a mantener con ella, pero sin dejar de buscar con los ojos a las personas con las que más deseaba hablar, con esas con las que realmente podía tener la confianza de criticar el sitio en el que estaban.

Subieron por la larga escalinata y un par de chicas se desprendieron del grupo general para ir a los baños, entre ellas Imomura reconoció una larga melena negra, trenzada en la punta y atada con listones de vivos tonos rojos, la chaqueta tenía bordadas en los costados pequeñas mariposas escarlatas; separándose de Oruha y Fuu que bostezaba todavía, fue a tomarse del pasamanos y a llamarla antes de perderla de nuevo provocando más que un empujón entre todos los que la rodeaban, pero sin darle la más mínima importancia.

-¡Yoshino! –Fuyeryu se volvió de inmediato con una sonrisa enorme luciendo sus blancos y pequeños dientes, las gafas ovaladas le habían dejado pesadas marcas en la nariz, en evidencia de que también había dormido durante el viaje y llevaba, a diferencia de todas las demás, ya bien apretada la corbata y abrochado hasta el último botón; Imomura le sonrió, era un gesto extraño en su rostro para alguien que no fuera Nakamura o Fuyeryu, Oruha y Fuu le miraban con cierto recelo e impaciencia, pues todos iban avanzando camino al sitio de reunión.

-Sachiko, te me perdiste al bajar del autobús. –Exclamó apoyada en el pasamanos de la escalinata contraria, casi dos metros por sobre la cabeza de Imomura, a su espalda una chica de vivaces ojos ámbar y mucho más bajita que Yoshino, se asomaba interesada y sonriente; algunos de los compañeros pasaron mirándolas y haciendo aspavientos, un par hizo señas graciosas a Yoshino y uno más intentó ganarse la mirada de Sachiko sin resultado.

-Eso te pasa por quedarte con las demás… ¿te sentarás conmigo? –El brillo que inundaba los ojos de Fuyeryu era extraordinario y a Sachiko la llenaba de alegría, las dos compartían la pasión por la música y saberse en un evento así, les despertaba una primitiva ansiedad; Yoshino asintió y se acomodó las gafas echando el cuerpo adelante, Hotaru reaccionó alarmada y le sujetó por la chaquetilla oscura, como temiendo que se cayera.

-Sólo acompaño a Hotaru al baño y vuelvo… apártame un sitio junto a ti. –Kishimoto afirmó a espaldas de Yoshino, como para confirmar su promesa y Sachiko no pudo menos que hacer lo mismo con su acostumbrada alegre seriedad; conocía a esas dos, Kishimoto Hotaru era una chica pequeña y simpática que hacía de sombra de Fuyeryu la mayor parte del día, mientras que ésta era para Imomura, mucho más que una hermana.

Fuyeryu y Kishimoto se perdieron rumbo a los baños, mientras que Tendo, Motosawa e Imomura, se unían al resto del grupo camino de sus lugares para presenciar el concierto; al llegar ante las puertas de la sala el amontonamiento de alumnos se hizo más evidente, las puertas estaban cerradas y todos estaban siendo guiados hacia otra sala alterna para recibir indicaciones. Lento, fueron todos entrando en ella, sólo para darse cuenta que estaban en un improvisado comedor, las indicaciones de los dos hombres en la puerta fueron claras, debían tomar un refrigerio ahora, para pasar al concierto después; no tardaron en acomodarse en torno a las mesas, Imomura hizo todo lo posible por reservar el sitio de Fuyeryu, pero le había resultado imposible y tuvo que verla con sus profundos ojos sentarse al otro lado de la sala, entre un grupo de chicos escandalosos que no pararon de hacerle charla alborotada.


Estaban comiendo tranquilamente cuando escucharon ruidos ajenos a lo que pasaba en el comedor, primero varios pasos apresurados, seguidos casi enseguida por un golpe sordo y un sacudimiento cerca de las puertas por la que habían entrado; para Nakamura que estaba sentado en el sitio más alejado de la puerta, sólo fue el sonido y tuvo que esperar a que Tomomitsu, el gigantón, les dijera que algo había golpeado la puerta para enterarse; para Imamura, que estaba más pegada a la barra de alimentos, fue más clara la vibración de la superficie de madera además del sonido del sacudimiento que para la mesa de Ogami, había pasado desapercibido. Sin embargo, para Yoshino y Hotaru, sentadas en la mesa pegada a la puerta, había sido posible ver todo, desde las sombras bajo ella, hasta los zapatos y sus bordes resplandeciendo.

Kishimoto Hotaru, era la hija más pequeña del viudo Doctor Kishimoto, un hombre que había trabajado en su juventud para la policía de su localidad, si había algo que Hotaru conocía de memoria era el sonido sordo y doloroso de un quejido de hombre, un quejido provocado por un golpe muy fuerte, por un dolor muy fuerte; de inmediato, casi como si ni ella misma supiera que lo hacía, su mano se estampó con violencia sobre el brazo de Fuyeryu y sus ojos ámbar, desorbitados y enormes, se enfocaron en los de ella con ansiedad. Fuyeryu Yoshino leyó en aquellos ojos con una calma pasmosa, calma de la que luego se arrepentiría siempre, volvió la mirada hacia la puerta y distinguió un nuevo quejido, un breve sacudimiento y el sonido incriminatorio de un siseo leve; cuando volvió la mirada por la habitación, logró distinguir movimiento en las cocinas y antes que pudiera hacer más, un suave humo parduzco emergiendo de los bordes de las puertas, lento, se expandía con demasiada ferocidad hacia sus compañeros.

Las palabras de su padre resonaron en su cabeza como una sentencia, como una señal de alarma y comprendió lo que ocurriría ahora; muchas veces, recostada y viendo el techo de su habitación, se había planteado lo que haría en esa situación: esperaría, tendría la suficiente mente fría para analizar todas sus opciones, recapitular a todos y cada uno de sus compañeros y actuar.

Actuar.

Pero no funcionó, lo primero que hizo fue buscar, buscar por el comedor desesperadamente y los primeros ojos que encontró, fueron los de Nakamura; cuando se vieron, cuando coincidieron, fue como un golpe eléctrico y él lo entendió, supo que algo malo había ocurrido, que debía moverse de inmediato e igual que ella emprendió la búsqueda frenética por la sala.

Distinguió la nube blanca y nebulosa saliendo por su lado derecho y dirigiéndose hacia la mesa más cercana a la barra de alimentos, hizo a Tomomitsu levantarse y alertó a los demás con un movimiento de manos, ninguno lo entendió, se quedaron quietos como esperando que la nube les rodeara, pero él no, él se levantó; salió de su asiento chocando con su enorme compañero y casi tirando al piso a Yuki, Yoshino hacía lo mismo prendida a la mano de Hotaru, echó a andar hacia la mesa donde estaban Imomura, Tendo, Motosawa y otros. Era tarde, la nube estaba invadiendo ya todo el piso y a su alrededor algunos empezaban a percibir el olorcillo y a extrañarse sin más éxito que ponerse de pie, aspirarlo de lleno y caer inconscientes al poco; Fuyeryu se cubrió la nariz y la boca con la manga de su chaqueta y dio todavía tres pasos antes de sentir el peso de Kishimoto colgando de su brazo, Imomura le miró, le miró sorprendida, asustada y firme, pero no se movió hacia ella sino que recibió a Ogami que la abrazó contra su pecho y quiso sacarla de ahí.

No funcionó, los soldados entraban ya por las puertas, con las máscaras puestas y las armas en mano, Yoshino empezaba a sentirse pesada cuando uno de los soldados detuvo la huida de Ogami y Sachiko y aunque el muchacho era lo suficientemente pesado para empujar con fuerza, no fue suficiente; el humo hizo sus estragos en Imomura que miraba a Fuyeryu sorprendida, confundida y muy pronto, inconsciente. Mientras el humo le mareaba la cabeza, Fuyeryu Yoshino recordó de nuevo las palabras de su padre, la sentencia que hacía unos meses le había dicho:

-Si llegas a salir sorteada, si caes en El programa… haz lo que tengas que hacer para salir con vida.


La luz era nebulosa, como estar en medio de un sitio neblinoso, tenía la cabeza tan mareada y densa que el estómago no tardó en ponerse en las mismas condiciones, se inclinó al lado derecho, buscando llevar su cabeza fuera de la cama, por si se le venía el vómito, tanteó con la mano a su alrededor en busca del cesto de basura junto a su mesa de noche, pero no dio con él, entonces se dio cuenta de que estaba sentada; intentó abrir los ojos y empezó a recordar, estaban fuera de Sapporo, en un viaje de la escuela para asistir a un concierto… un concierto… abrió los ojos de golpe y miró el escenario, ahí estaba sí, con sus telones rojos y el piso de madera, pero en lugar de sillas para los miembros de la orquesta, había un pizarrón y un televisor. Creyó que era un mal sueño y sacudió la cabeza un poco, sólo para percibir que estaba menos mareada cuánto más tiempo pasaba y tenía algo pesado al cuello, algo que además estaba helado; se llevó los dedos y tocó aquello, era grueso como una serpiente y liso, pulido aunque con bordes toscos y partes grabadas o añadidas quizá, pasó saliva con dificultad y percibió los susurros.

Al volverse, se encontró con Nekoi Kasumi, su compañera de laboratorio de química, que se tiraba de la cosa en su cuello, sólo entonces pudo ver que era un collar de metal con una diminuta lucecita roja al frente, titilante y débil, así como una serie de lo que parecían ser conexiones; la miró como preguntándole qué pasaba y ella se encogió de hombros desesperada, a pocos sitios de Kasumi alcanzó a distinguir a tres de sus compañeros que despertaban pesadamente, uno de ellos vomitando sobre sus pantalones con tal impulso que casi manchaba a la chica frente a él, de quien no alcanzaba a ver más que su cabeza inclinada sobre su pecho. Entonces lo recordó, habían estado comiendo, el ruido, el humo, Ogami corriendo hacia ella, al igual que Yoshino y una sensación de horror acompañó al anterior sentimiento de asco y casi lo desplazó.

-Era gas… usaron gas para dormirnos. –Murmuró para sí misma, metiendo ahora sus dedos entre su cuello y el collar y tirando de él como había visto hacer a Nekoi, mas sólo logró pellizcarse y sentirse, si es que era posible, más impotente; Ogami y Yoshino no estaban cerca, había dos espacios a su derecha y luego el asiento estaba ocupado por Apapa Mitsuko, que estaba despertando sacudida por espasmos que pronto se volvieron llanto, a su izquierda Nomai Hideki estaba rígido mirando a todos lados, con las manos entrelazadas y un sudor brilloso sobre el labio.

Sachiko intentó calmarse y lo logró al menos exteriormente, miró al frente analizando lo que veía, el pizarrón, la televisión, pronto distinguió con más miedo que calma que entre los telones había hombres, soldados armados con lo que parecían ser ametralladoras los miraban, los veían despertar con una frialdad inhumana, más como una máquina que como seres humanos; tragó saliva dificultosamente y se obligó a conservar lo que había comido en el estómago, escuchaba claramente que otro par de compañeros, no quería saber quiénes, vomitaban con espasmos asustados y doloridos y el hedor del vomito iba de a poco llenando el ambiente, provocándole unas arcadas que escondía a fuerza de removerse en su asiento. Intentó analizar lo que pasaba pero no logró hacerlo, estaba demasiado sorprendida y confundida para encontrarle sentido a lo que estaba viviendo, no mucho después dando un recorrido a los asientos delanteros con la mirada, pudo distinguir a Fuyeryu sentada en la primera fila, rígida como una estatua mirando al frente; sintió un escalofrío, por alguna razón desconocida tenía la sensación de estar viendo a una condenada y recordó una vieja película de horror que había visto con su hermano, en que sentaban a un chico en una imitación de silla eléctrica.

El murmullo de los muchachos empezó a volverse cada vez más fuerte, ya la mayoría estaban despiertos y no tardó mucho en escucharse el primer grito furioso y el primer alarido desesperado por no poder quitarse la cosa del cuello; el grito furioso fue de Masamichi Amano, presidente de la clase y miembro del club de teatro, de debate y campeón de matemáticas, Imomura se volvió buscándolo y fue a encontrarlo intentando salir a uno de los pasillos, un soldado lo detenía sin siquiera tocarlo, interponiendo únicamente su cuerpo en su camino; frente al militar, Amano, que siempre le había parecido un muchacho enorme y fuerte, parecía lo que era, un chiquillo de noveno grado. El alarido aterrado había venido del otro lado y se reproducía ahora cada vez más ahogado y bajo, Sachiko volvió la mirada para encontrarse a tres compañeras intentando calmar a la emisora del sonido: Kaede Shimako estaba temblorosa, casi convulsa sujeta a las manos asustadas de Yato Miyuki, Rei y Sei Sendo; la primera intentaba calmarla soplándole casi con ternura infantil en la frente, haciendo que el flequillo de Shimako flotara de un modo encantador en su rostro desencajado de miedo, mientras que las gemelas Sendo, miraban a todos lados y le daban palmaditas en las manos. Cuando los ojos de Imomura se encontraron con los de Sendo Rei, sintió una punzada, la miraban como preguntando qué ocurría y ella, que generalmente podía con su seriedad acostumbrada zanjar dudas simples y dar seguridad, tuvo que bajar la mirada y ver a otro lado.

Antes de poder estirarse para buscar a Ogami entre los muchachos y de ver más expresiones aterradas, furiosas o confundidas, Sachiko escuchó el sonido de los pasos, un andar firme y otro inseguro se mezclaban y acercaban hacia el escenario; frente a ella, Fuyeryu se tensó todavía más si es que era posible y cuando los dos hombres aparecieron frente a ellos, un silencio devorador inundó el lugar, incluso los gemidos espantados de Shimako se vieron apagados casi como si tuvieran un botón para hacerlo.

-¡Profesor Yukito!... ¿qué es esto, profesor? –Sachiko pudo ubicar de inmediato la voz de Tendo Oruha, que estaba sentada en la primera fila en la esquina derecha, tenía las mejillas sonrojadas y los ojos sorprendidos, tras ella Kishimoto Hotaru se mordía los índices, sin dejar de mirar al otro hombre, Tomomitsu a su lado le había puesto la mano en el hombro y se lo apretaba como para calmarla aunque él mismo estaba absorto mirando a aquel desconocido; era un sujeto de mediana estatura y una mata tremenda de cabello negro, además de una sonrisa que rozaba en lo indecente, entonces todos empezaron a hablar y aquello se volvió una ensordecedora masa de zumbidos.

-Silencio, silencio. –El hombre dio dos palmadas, la primera tan estruendosa y fuerte, que hizo al profesor Yukito dar un respingo, sólo entonces Sachiko logró verle la sangre descendiendo por su cabeza, desde lo que parecía ser una serie de puntadas apretadas y firmes sobre la sien derecha; al verlo sangrar un sacudimiento le inundó el cuerpo, lo habían golpeado, ese había sido el ruido que escucharon justo antes de caer inconscientes por el gas, habían golpeado a ese hombre y con tal fuerza que ahí estaba ahora, dócil y sangrante. –Jóvenes, guarden silencio… bien, bien, así me gusta… -Todos le miraban espantados, Sachiko notó cosas que de a poco confirmaron ideas que habitaban en su cabeza como pequeñas motas de polvo; esto tenía que ver con el gobierno, los tenían rodeados y no había modo de salir de ahí y fuera lo que fuera que iba a ocurrir, Yukito, Fuyeryu y Nomai sabían qué era y ella, muy en el fondo, también, pero se lo ocultaba.

-¿Por qué nos han tratado así?... ¿Qué significa todo esto?, venimos a un concierto, somos anfitriones de un grupo extranjero, ¿por qué nos han traído hasta aquí inconscientes? –Masamichi estaba hablando con toda la seriedad y fuerza que siempre usaba para referirse a un superior ante el que intentara ganarse un poco de respeto, Sachiko apreció aquello, pero el hombre al lado del profesor Yukito lo veía con una mueca de diversión; Sachiko aprovechó que se había vuelto a ver a Amano para buscar detrás de él a Ogami, al fin lo encontró unas filas tras ella, varios metros entre ella y el presidente de clase, Ogami tenía ese rostro serio y frío que ponía siempre que las cosas no le gustaban, siempre que algo no andaba bien y debía concentrarse más allá de lo habitual para encontrar una solución; a Sachiko aquello le gustaba menos que todo lo demás.

-Vamos, vamos, joven Masamichi… no se altere, pronto sabrá por qué han sido traídos de ese modo… antes que nada me permito presentarme… -Dos soldados aparecieron de la nada y obligaron a Amano a sentarse, no sin antes dejarle sin aire tras un fuerte golpe de rifle en el estómago que hizo a más de tres compañeros estremecerse; Amano se retorció en su asiento mientras sus compañeros más cercanos se debatían entre acercarse a ayudarlo o quedarse quietos y mirar. -… mi nombre es Yonemi Kamon y la razón por la que están aquí, es para jugar un juego.

-Jugar un juego. –Susurró Nomai Hideki al lado de Sachiko y se retorció los dedos casi hasta que le tronaron como si se los hubiera desprendido, le pareció que lo decía entre una sonrisa y eso le despertó interés.

-¿Un juego? –Murmuró volviéndose disimulada a verlo, Nomai le dirigió una mirada tan cargada de terror que Sachiko sintió que la apuñalaban y no pudo menos que volverse a Kamon, que le clavó la mirada llena de regocijo; todo era mejor que los ojos histéricos de su compañero.

-Es muy simple, todos están dentro aunque son libres de decidir si lo juegan o no… habrá muchos que intentarán huir, otros simplemente aceptarán participar… -Kamon bajó del escenario dejando a Yukito solo y desprotegido, a Fuyeryu le pareció entonces que aquel hombre estaba muerto en vida, tenía la cara congestionada no sólo por el dolor, sino también por el miedo.


Yoshino tragó saliva y siguió con la mirada a Kamon que se desplazaba elegantemente hasta el frente de la primera fila, hasta donde ella estaba, por un instante se miraron y lo que vio en los ojos de aquel hombre le sirvió para confirmar todo lo dicho por su padre.

Huir.

Tenía que haber una forma de salir ahora mismo de ahí, quizá si todos se rebelaban al mismo tiempo, podrían someter a esos hombres, caerían un par de chicos, quizá más, pero era preferible. No, no lo era, de ningún modo lo sería, no tenían oportunidad alguna contra todo un destacamento, contra todo el equipo que era aquel sistema preconcebido; tragó saliva y volvió a apretar las manos contra su falda, le dolía el regazo ya de tanto hacerlo, ¿pero qué era ese dolor frente a los que venían?


-… es un juego en el que no se puede confiar en nadie, ni siquiera en esos amigos que sienten como hermanos… que creen que les serán fieles. –Kamon llegó hasta el extremo izquierdo de las filas y quedó justo en una línea desde la que Ogami podía verlo a la perfección; Nakamura intentó analizarlo, era un hombre ancho de hombros, el cabello oscuro peinado con elegancia y buen gusto, los labios gruesos jamás estaban serios, tenía una sonrisa infinita pero no agradable, era una sonrisa venenosa y llena de lascivia, no tenía manos de trabajador, mucho menos de militar, aquel no era sino un miembro más del gobierno, una cabeza superior de las que mueven las piezas y ven cómo cae el tablero. –Es un juego divertido que seguramente les mantendrá ocupados un buen tiempo… vamos muchachos, quiten esas caras, ¡pareciera que no se están divirtiendo!

Ogami miró a su alrededor, no, nadie se divertía, muchos querían alzar la voz para hablar pero la visión de Masamichi golpeado no les concedía el valor, veía en algunos la certeza de lo que pasaba, mientras que otros más no alcanzaban a comprender; Apapa Mitsuko seguía llorando en silencio, un silencio que la llenaba de sacudimientos haciendo que el corto cabello castaño le bailara sobre la nuca, Shimako que estaba en el otro extremo de la fila delante de él parecía haberse calmado, aunque todavía le escuchaba dar jadeos largos y dolorosos. Aquello estaba cada vez más extraño, los soldados permanecían ahí expectantes, los vigilaban como a delincuentes pero les apuntaban con las armas como a condenados; la forma como los miraban le daba horror, era como si estuvieran observando codornices y esperaran a que emprendieran el vuelo para disparar.

Estaba convencido de que aquello era casi una misión homicida, la voz de Kamon lo obligó a poner atención.


-Tienen mucho para estar alegres, fueron los elegidos y deberían sentirse orgullosos… el juego es muy simple, ustedes son cuarentaidós alumnos y de esos cuarentaidós saldrá un único ganador... –Yukito dio un gemido, todos lo oyeron, Sachiko se quedó con la boca abierta al escucharlo, Yukito era un hombre férreo que había sabido controlar al grupo desde el primer momento, que había dado de palmadas en las nucas a más de tres, que había podido controlar a Tomomitsu jugando al baloncesto; Yukito era un hombre que no se había dejado doblegar por nada y sin embargo, la sola presencia de la voz de Kamon y de esas palabras lo habían doblado.

Sachiko intentó darle lógica a aquello y supuso que se debía a los golpes que había recibido, quizá lo habían sometido entre muchos soldados y estaba muy dolorido, pero entonces vio la espalda de Fuyeryu y la escuchó gemir también, algo no andaba bien, Nomai a su lado pareció estremecerse y supo que había algo ahí que ella no entendía; analizó las últimas palabras y lo único que no le agradó fue aquello de "un único ganador", porque no entendía a qué se refería hasta que Kamon le zanjó la duda.

-… y ese será aquel que mate a todos los demás. –Ogami tuvo un sacudimiento al mismo tiempo que Shimako dejaba escapar un grito; ellos habían ganado un sorteo y debían sentirse afortunados.