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Recién al tercer timbrazo la chica abrió los ojos, aún estaba acurrucada en los brazos de Albert y una de sus piernas se aseguraba de dicha posición, cubriendo las de ella. Candy levantó la cabeza y le habló, pero él no movió siquiera una pestaña. Lentamente, para no despertarlo, se zafó de su amarre y se vistió rápidamente, el timbre no dejaba de sonar, alguien se había pegado.
Al abrir la puerta, dos niños se tiraron en sus brazos. Ella los abrazó y cubrió de besos. Tony y Tomy se llevaban dos años, pero a veces parecían tener la misma edad. Aunque ya no les gustaba que ella los llevara al colegio y les besara frente a sus amigos, al llegar siempre se disputaban su abrazo; en particular, cuando sabían que era su día libre.
Tras ellos venía la consentida de su esposo, Mary Rose. Con 14 años, había heredado la belleza de su madre y el porte de su padre. Delgada y alta para su edad, aparentaba dos años más de los que realmente tenía, y era la razón de la inquietud de Albert.
Después de zafarse de los brazos de los más pequeños y enviarlos a cambiar su ropa, se acercó discretamente a su hija para darle un beso en la mejilla y musitarle un simple: jovencita, tenemos que hablar.
La chiquilla abrió los ojos en un gesto tan similar a su madre, que a veces parecía que se miraba al espejo.
- ¿Mamá?, ¿pasó algo?
- Hablaremos más tarde, cuando los niños estén acostados, ahora ve a estudiar.
Mientras los varones se vestían, ella se asomó a su habitación, Albert dormitaba. Se acercó para besarlo suavemente e incitarlo a abrir los ojos.
- Despierta dormilón. Tenemos visitas.
- ¿Visitas?
Dos jovencitos se abalanzaron sobre él, gritando ¡papá! El hombre se sentó en la cama un poco sobresaltado, su mujer se largó a reír de esa forma cantarina y juvenil que la había caracterizado siempre y le había significado múltiples reproches en el internado. Tratando de no quedar en evidencia, se acomodó las sábanas alrededor de la cintura.
- ¡Sorpresa chicos!, vamos a dar un paseo, pero antes quiero cambiarme de ropa, así que avancen en sus tareas.
- Yo no tengo tarea - se quejó Tony
- Entonces ve a despertar a los melli.
- ¿Y mamá?
- Tenemos que hablar una cosita con mamá, vamos vayan, mientras antes terminen, antes nos vamos.
- ¡Si!, paseo, paseo - y tal como entraron, salieron de la pieza.
- Cariño, Mary Rose también llegó, ¿te parece si hablamos más tarde con ella?
- Mientras los chicos juegan. Ahora señora mía, ¿a quién viene a acusar de dormilón?
La tomó de la mano y la jaló hacia él.
- Albert la puerta está abierta - protestó la chica, pero sus alegatos fueron silenciados por un beso apasionado, la nariz masculina siguió haciéndole cosquillas por el cuello mientras ella reía más suavemente.
- ¿Piensas salir así, linda?
- ¿Así cómo?
- Con nuestro olor impregnado.
- ¡Albert!
Se ducharon rápidamente, si querían aprovechar al máximo el tiempo, había que optimizar los minutos. Desde el baño, ambos escuchaban como los cinco chiquillos hablaban, reían y se embromaban unos a otros.
Los más chicos estaban absortos en una sala de juegos aledaña al salón de té favorito de ambos. Mary Rose paladeaba, al igual que su madre, un trozo de torta de chocolate, cuando Candy le pidió un poco de atención.
- Hija, tenemos que hablar de algo importante. ¿estás tomando anticonceptivas? - disparó a boca de jarro la mujer, la chiquilla casi se atragantó.
- ¿Mamá?, ¿qué pregunta es esa?
- La única que podemos tener después de encontrarlas - le contestó Albert, pasándole las pastillas.
- ¿Planeas tener relaciones sexuales con alguien?
Mary Rose los miró espantada, no podía ser que sus padres le estuvieran preguntando aquello, pero frente a sus ojos estaba la prueba que la inculpaba. La tomó cuidadosamente y la observó unos segundos, antes de guardarla en su mochila.
- ¿Y?, ¿te estás acostando con alguien?
- ¡Claro que no!, les juro que no son mías.
- Entonces, ¿de quién?
- De Anne Marie, ella me pidió que se las guardara porque tía Annie le revisa el bolso.
La pareja se miró relativamente tranquila, si su hija no tomaba las pastillas, entonces aún no comenzaba su vida sexual. Claro que el tema ya estaba en carpeta, así que averiguar un poco más no le haría daño a nadie.
- Si quisieras tener relaciones sexuales, ¿nos contarías?
- ¿Me van a castigar por eso?
- En realidad mi niña no es eso, sino que quisiéramos que tengas la confianza de contarnos, para guiarte a tener una vida sana y plena.
- ¿Es broma?, Anne Marie dice que si alguno de ustedes se entera nos enviarán a todos al internado.
- Ni locos, ya estuvimos allí, ¿cierto Albert?
El pobre hombre casi escupió el café, su mujer estaba enloqueciendo. Una cosa era guiar a sus hijos en su vida y aconsejarlos y otra muy distinta contarles sus peripecias sexuales. Menos, los inicios, claro que no.
- Cierto y fue horrible, pasamos mucho tiempo lejos de nuestra familia y los queremos demasiado como para alejarlos. Ahora jovencita, ¿podrías decirnos con quien tiene sexo tu prima Anne Marie?
- Con Niel junior.
- Si Annie se entera enloquecerá Albert.
- Lo sé cariño, Mary Rose en realidad esperamos que la confianza que nos hemos tenido signifique que nos cuentes siempre la verdad. Y sobre tu prima no diremos nada, pero dile que por favor vaya al médico y que le pida lo mismo a Niel.
- Lamento el malentendido, deben haber pensado que soy una loca - un par de lágrimas escaparon de sus ojos.
Albert sintió un nudo en el estómago, definitivamente no soportaba que las mujeres que amaba lloraran. Las lágrimas de Candy eran capaces de sacarle de quicio, igual que las de Mary Rose y la pequeña Polly. Acarició lentamente la mano de su hija.
- No pensamos eso, en realidad nos preocupamos por tu bienestar. No somos ciegos porque también tuvimos tu edad y las hormonas también nos volvieron locos. Lo único que queremos es tu confianza para tratar cualquier tema con nosotros. Y que el día que estés segura de tener relaciones sexuales nos lo digas, tal como dijo tu mamá.
- Te queremos Mary Rose y sólo esperamos que seas feliz.
La chiquilla los abrazó y ambos se sintieron más tranquilos, cuando ella se levantó para ir a buscar a sus hermanos, Candy vio que Albert sonreía más calmado. Le acarició la mano y besó su cuello.
- Tenías razón amor, estaba pensando tonteras.
- Tranquilo, cualquier lo hubiera pensado. Claro que me preocupa Annie, ¿no se acordará de cuando íbamos al internado? Ella no era ninguna santa...
- ¡Candy!, estás hablando de tu hermana.
- Sí y por eso lo digo. Ella empezó incluso antes que yo...
