¿Nadie especial aún?
Qué extraña le había parecido Natasha cuando la conoció. Su llamativo cabello rojo, sus ojos penetrantes. Una mujer atrevida, misteriosa. Muy segura de sí misma. Muy diferente a las pocas que Steve pudo conocer en su propia época, cuando aún era el chico de Brooklyn.
Steve había sido foco de sus bromas durante un tiempo. No fueron pocas las ocasiones en que uno de sus comentarios lo había dejado sin saber qué responder. Natasha, en cambio, siempre parecía tener una respuesta para todo. Lograba lo que quería. No se dejaba intimidar por nadie y hacía muy bien su trabajo. Demasiado bien.
Natasha, a primera vista, era justo la clase de mujer con la que Steve no podría congeniar aunque quisiera.
Solo a primera vista.
La imagen de Natasha que él se había formulado en un principio –la imagen que la mayoría tenía de ella- no era completamente fiel a la realidad y Steve no tardó mucho en darse cuenta de eso.
Steve descubrió que Natasha estaba llena de inseguridades. Llena de temores. Presa de un pasado que no se atrevía a revelar en voz alta, pero que a todas luces la atormentaba. Un pasado que, sin duda, ella quería borrar. Varias veces le oyó decir que su cuenta estaba en números rojos. ¿Habría estado pensando en eso cuando se arrojó al vacío para salvar a todos?
Steve había hecho frente a esos ojos penetrantes y había visto en su interior. Se dio cuenta de que Natasha era todo lo que parecía ser. Una mujer misteriosa, atrevida, con una respuesta para todo; pero también muy real.
Natasha no poseía fuerza extraordinaria, no se convertía en un enorme monstruo verde, no era ningún tipo de dios y tampoco venía del espacio, pero era una mujer astuta e inteligente, apasionada y con una valentía digna de admirar.
Steve pronto dejó de sentirse incómodo a su alrededor. Se estableció una confianza mutua, natural. Una confianza que no hizo más que fortalecerse durante los años posteriores, como si hubiese estado destinada a suceder. Un lazo distinto al que había creado con el resto del equipo. Y era recíproco. Natasha resultó ser justo la clase de mujer con la que Steve podía entablar una relación auténtica. Natasha era una mujer especial. Natasha es una mujer especial.
"¿Nadie especial aún?"
Steve abrió los ojos apenas ese pensamiento cruzó su mente. Su habitación sumida en la más profunda oscuridad. El amanecer tardaría al menos unas cuantas horas. El recuerdo de Natasha, sentada junto a él en el automóvil que acababan de robar, invadió su espíritu por completo. Se dirigían a su antigua base de entrenamiento en New Jersey. Durante el trayecto, Natasha no había dejado de molestarlo acerca del beso que habían compartido para escapar de sus perseguidores en el centro comercial. Fue entonces que ella formuló la pregunta. ¿Había alguien especial en su vida?
¿Qué había respondido él?
La misión no había terminado. Quedaba todavía un asunto por resolver. Y no era un asunto cualquiera. Bruce había sido muy enfático en la necesidad de devolver cada una de las gemas del infinito. Había que llevarlas de vuelta justo al momento en que cada una había sido tomada prestada. Cada una a su línea temporal. No podían arriesgarse a crear conflictos de realidades alternas debido a su temeraria estrategia.
Todos estuvieron de acuerdo en que no podía seguir aplazándose. Todos estuvieron de acuerdo en que sería Steve el encargado de hacerlo. Él mismo lo había propuesto. Necesitaba hacerlo. Su cabeza estaba torturándolo. La inactividad no le sentaba bien.
La fecha fue establecida.
Bruce le informaba los pormenores. Sam y Bucky custodiaban de cerca.
"Lo intenté."
La voz de Bruce había salido como un susurro. Steve apartó la vista del maletín que resguardaba las gemas para dirigirle su completa atención. Bruce quería que solo él lo escuchara.
"Cuando tuve el guante con las gemas de verdad traté de revivirla… La extraño mucho."
Steve se tensó. Aún detrás de esa apariencia, los ojos de Bruce reflejaban su pesar. El hombre que había amado a Natasha estaba todavía ahí. Pudo distinguirlo con claridad. Y le creía. Steve estaba seguro de que Bruce lo había intentado. Pero habría deseado no escuchar, no tener la certeza, de que aún con un poder de tal magnitud, aún con la energía responsable de desaparecer a la mitad del universo, su amigo no había sido capaz de traerla de vuelta.
Respiró hondo.
"Yo igual." Respondió. "Yo igual."
Steve sostuvo el maletín. Se dirigió al centro del lugar indicado y activó el traje que le permitiría viajar a través de los vórtices temporales del Reino Cuántico.
"¿Y esto cuánto tardará?" Pregunta Sam.
"Para él, lo que necesite." Respondió Bruce. "Para nosotros, cinco segundos."
El casco cubre por completo la cabeza de Steve.
Comienza el conteo.
