Disclaimer: Todo sigue siendo de J. K. , para mi desgracia T_T. Sí, se que tardé un poco. Casi seis meses para ser exactos, pero era porque trataba de encontrar un buen tema para el resto de la historia, y ahora que lo tengo, no pienso tardar tanto. Máximo, serían dos meses de espera pero no puedo ser tan mala como eso. Se que este capítulo es corto pero ya es un avance y una seña de que sigo viva. Gracias a mis 9 reviewers, son muy amables, esto va para ustedes!

Capítulo 2:

"Posesión"

Si lo que estaba a punto de hacer era cierto, preferiría nunca haber salido de Azkaban y así ahora no estar en el ministerio de magia, a punto de asesinar a quien se supone protegería con su propia vida.

-A…A…Avada keda…- tartamudeaba tanto que gracias a Merlín la maldición no podía ser conjurada. Pero estaba seguro de que las cosas no se quedarían así. Además, el mortífago que lo estaba controlando ejercía un gran poder en su dominio, y a él le estaba costando toda su fuerza y entereza el abstenerse a obedecer.

Lo dirás fuerte, claro…y rápido

Sirius abrió los ojos con horror cuando sus labios dejaron de temblar, listos para obedecer al pie de la letra la orden. La varita se acomodaba mejor en sus dedos y su respiración se había vuelto apaciguada. De lo único que tenía control era de sus ojos, los cuales se habían puesto vidriosos y reflejaban todo el sufrimiento que lo estaba acabando por dentro. Las palabras se comenzaron a repetir en su mente de nuevo:

Avada Kedavra, Avada Kedavra, Avada Kedavra…

Desgraciadamente, estaba seguro de que si alguien no llegaba a detenerlo, esta vez lograría cumplir a la perfección la orden del mortífago. Era su fin y el de Harry, lo sabía.

-¡Avada Ke…!-

-¡Desmaius!-

Sirius había cerrado los ojos en el momento en que la maldición asesina salía de su boca. A pesar de todo lo que había luchado internamente no había logrado detenerla. Por eso se sorprendió cuando la segunda palabra se quedó solamente en el comienzo, no la había completado. Quizás alguien había logrado detener a su captor, pero no podía estar totalmente seguro de eso ya que una infinidad de hechizos volaban en todas direcciones. Poco a poco abrió los ojos para comprobar dónde estaba y qué había pasado a su alrededor.

El silencio lo recibió, cortante a su alrededor. Echó un pequeño vistazo a su alrededor para ver que todos lo miraban a él. Sus ojos clavados con terror, en caso de los de la orden. Los mortífagos lo veían con cierto anhelo y triunfo en sus rostros que ahora iba desapareciendo, dejando solo una mueca de frustración y decepción. A su vez, todos volteaban a un hombre en el suelo. Un mortífago, y por las miradas sumamente aliviadas de la orden del Fénix, ese había sido el hombre que lo había estado controlando.

-Maldito- masculló Sirius clavando filosamente su mirada en él, buscando algo con qué reconocerlo.

A lo último la mayoría se quedaron sorprendidos, reparando en el hombre que había detenido al mortífago controlador de Sirius. Erguido e imponente, con una mirada fiera en aquellos ojos negros. No le importaba la forma en que todos lo miraban, la orden, los mortífagos, Dumbledore o Voldemort.

Hasta ahí llegaba su faceta de piedra.

-Snape…- siseó el señor Tenebroso deteniendo su duelo al igual que los demás. Su mirada reflejaba la más pura maldad y los deseos de asesinar, pero en esos momentos era una llena de odio y desprecio. Sus pupilas rojas clavadas en el maestro de pociones que lo encaraba sin miedo. –Oh Snape, que gran sorpresa-

La orden se miró nerviosa, los mortífagos rugían maldiciones por lo bajo. Sirius por su parte, aprovechó el momento de distracción para tener a su ahijado una vez más en sus brazos. Lo levantó delicadamente y lo apretó contra si mismo, esperando alguna señal para irse. Mientras tanto, ponía atención a Voldemort.

-Debí suponerlo. Admito que lograste engañarme- parecía calmado, ligeramente decepcionado –Hacías un gran papel como espía, pero el amor pudo más ¿No es así?- al mencionar la palabra "amor" hizo especial énfasis de desprecio por el concepto. Severus bajó la varita con la que había aturdido al mortífago, y miró a Voldemort de manera desafiante.

Sirius y Remus se dieron cuenta rápidamente de lo que el Lord hablaba. ¿Amor? Era por lo que siempre reconocían a Lily, era por lo que su hijo había sobrevivido. Entonces, el amor había cambiado a Snape. El hombre se había enamorado, ellos lo sabían, y no de cualquier persona. Recordaban que en un principio, cuando a James le daba por jugarle bromas a todo el colegio, Lily lo desaprobaba rotundamente. La pelirroja prefería perderse en el castillo con el Slytherin. Los merodeadores siempre sospecharon que había algo más que amistad, pero ella no le correspondía. Y todo parecía haber quedado en el pasado hasta ahora…

Severus Snape seguía amando a Lily Evans.

-Decidiste quedarte en el bando del "amor". Bien, ¡Sufrirás al igual que todos ellos, y tendrás el mismo destino que Lily Potter, y próximamente el de su hijo!- siseó peligrosamente y ahora clavaba su vista en Sirius y Harry. Sonrió malignamente al momento que levantaba su varita. El animago giró su cuerpo para proteger a su ahijado de lo que fuera que viniera.

No pasó nada. Se escuchó el sonido de varias apariciones, voces nerviosas y apresuradas dirigiéndose a donde la batalla quería comenzar de nuevo. Lord Voldemort gruñó al saber que eran aurores y el mismo ministro. No podría ganar una lucha así, por lo menos no sobrevivirían sus mortífagos y los necesitaba. Ordenó una rápida retirada donde nadie se hizo esperar y empezaron a desaparecer uno a uno, Voldemort quedando al final.

-Este apenas es el comienzo….- siseó en advertencia para todos antes de desaparecer

El ministro y sus acompañantes habían llegado en ese justo momento, para ver al señor tenebroso irse. La orden formó una especie de barrera para ocultar de la vista del hombre a Sirius y a Harry. El animago entendió esa indirecta y estaba a punto de desaparecerse cuando Snape se le unió en un rápido movimiento. Detuvo al Black indicándole que él haría la desaparición o quedaría registrado que estuvo ahí y de inmediato lo asociarían con los mortífagos –una piedra más para limpiar su nombre-

El maestro de pociones tomó el brazo del merodeador, y no puedo evitar clavar su mirada en el muchacho de 15 años mortalmente pálido en brazos de su padrino. Desapareció de inmediato.


La antigua y noble casa de los Black se encontraba más desolada que de costumbre, todos sus ocupantes habían salido de improvisto, además del que se suponía debía quedarse ahí. El mantenerse quieto en un lugar nunca había sido el fuerte de sirius Black, menos en situaciones como esa donde desesperadamente buscaba algo con que contribuir a la orden además de solo prestar su casa para las reuniones. Estos momentos era un vivo ejemplo, de lo que no se le podía prohibir a Sirius Black.

Con un suave "plop" habían aparecido en la cocina del número 12 de Grimauld Place. No esperaban encontrar a nadie, no esperaban siquiera al elfo doméstico de la familia Black, el cual había desaparecido hacía algunas horas. No, los dos adultos solo dieron un rápido vistazo alrededor, para confirmar que el lugar era seguro, se suponía que debía serlo. Pero últimamente las cosas estaban demasiado extrañas como para poder confiar con los ojos cerrados.

Severus Snape regresó después de unos minutos, indicándole a Sirius que todo estaba despejado. Era extraño que entre esos dos hombres hubiera comunicación sin una maldición de por medio, así que el silencio que se formaba entre ellos, al comunicarse por señas, era muy incómodo. Aunque no les importaba mucho, ninguno de los dos estaba pensando en la compañía del otro y en el hecho de que deberían estar peleando como en sus días del colegio –solo para no dejar morir la tradición-.

No. Aquellos hombres estaban más interesados por la seguridad del tercero. Aquél que permanecía inmóvil en los brazos de su padrino, después de todo lo que había pasado. Sirius quería, anhelaba poder clavar su vista en otro lugar que no fuera el rostro tan blanco y pacífico de su ahijado. Su miedo más grande lo volvía a embargar al verlo. Su peor pesadilla, Harry sufriendo el mismo destino que sus padres.

Mientras subían las escaleras en busca de alguna habitación decente para poder aclarar muchas cosas, el animago no podía evitar sentir el fracaso crecer dentro de su corazón. La idea de que era un mal padrino lo invadía como el frío de un dementor, algo inevitable. Incluso pensaba que lo mejor era de alejarse de Harry, de no volverlo a ver nunca, así por lo menos estaría a salvo de todos los problemas en los que él lo metiera. Pero…se detuvo unos momentos, cavilando en su interior. Mirando la pared, como si viera el infinito.

¿Por qué Harry había saltado frente a la maldición asesina? ¿Por qué no lo había dejado morir? Hubiera sido lo más fácil para todos en lugar de arriesgar su joven vida en un tonto acto como ese. ¿Lo quería? ¿Le importaba? Pensándolo detenidamente y por ese lado, quizás si. Era todo lo que le quedaba a Harry, la única conexión cercana a sus padres. También podría ser Remus, pero, hasta Sirius sabía que no era la misma, si Remus era un merodeador más…bueno, no sabía como explicarlo pero el punto que tenía claro era que de todas formas Harry no lo vería de la misma forma. Y lo más importante era que él era su padrino.

Suspiró culpablemente por la cantidad de pensamientos que se le venían a la cabeza en esos momentos. No estaba seguro de cuales eran los correctos y cuales sus propias alucinaciones, además, debería estar primero pensando en el bienestar de su ahijado antes de sus debates mentales.

Cuando logró darse cuenta, ya estaba arriba. No tenía idea de cómo había subido las escaleras, pero lo que si sabía era que era un milagro el haber logrado llegar sin caer, ni siquiera había prestado atención al camino. Snape frente a él parecía inspeccionar las habitaciones, tratando de encontrar una en especial. El animado frunció el entrecejo tratando de recordar cuándo le había dado ese permiso al Slytherin. No es que estuviera de ánimos para pelear y por lo que veía, Snape tampoco, se veía mucho más preocupado por encontrar un lugar adecuado.

-¿Por qué no vamos a Hogwarts?- la duda había surgido de repente del animago, en verdad no tenía la menor idea de qué hacían en el cuartel. Snape no respondió al momento, inspeccionaba una habitación con sumo interés. Con un meneo de cabeza le indicó a Sirius que entrara y mientras el animago dejaba a su ahijado sobre la cama, el maestro de pociones contestó.

-La enfermería está llena de los amigos de tu ahijado…- Snape comenzó a buscar algo dentro de un armario, no giró para contestar –No nos dejarán en paz al verlo llegar así-

Era una respuesta obvia para Sirius y le encontraba mucho sentido a decir verdad. No tenía cabeza para más, menos para dar explicaciones a los cinco adolescentes que habían estado con Harry durante toda su "aventura" en el ministerio y que seguro morían por respuestas. Asintió levemente comprensivo.

Snape había encontrado lo que buscaba, puso en los brazos de Sirius un par de cobertores y luego salió de la habitación sin decir palabra alguna. Ahora el animago si se empezaba a molestar, el hombre lo trataba como elfo doméstico mientras paseaba por una casa ajena con toda la confianza del mundo. En otra ocasión ya lo hubiera al menos maldecido.

Se acercó a la cama donde estaba su ahijado, tan inerte e inexpresivo como cuando lo había dejado. Cada vez que lo veía así la culpa comenzaba a embargarlo con rapidez, este momento no era la diferencia. Desdobló los viejos cobertores que le había dado Snape y los puso sobre su ahijado, tratando de que ganara un poco más de calor. Pasó su mano por la mejilla de Harry, acariciándola un poco, lo cual solo terminó de arrancarle un suspiro de frustración al no saber qué hacer. Se sentía inútil e ignorante en cuanto a las necesidades del muchacho, no podía hacer nada sin temor a que estuviera mal. ¡Merlín! Ni siquiera lo conocía muy bien. Las circunstancias siempre lo impedían.

-Ya no más, Harry- susurró tomando una de las frías manos del adolescente entre las suyas –No te volveré a dejar solo, nunca más lo estarás. Es una promesa-


Voldemort paseaba de un lado a otro ondeando su capa, el sonido de sus pasos cortaba el pesado silencio que se había formado entre los sus mortífagos –los que habían logrado regresar-, porque ninguno de ellos sabía cómo explicar lo que pasó. Pero el Lord sabía muy bien lo que había pasado, sus inútiles seguidores habían perdido contra un grupo de adolescentes de 14 y 15 años. Muchachos que jamás habían estado en un duelo verdadero y que aún así los habían burlado con suma facilidad. Resultando que la trampa saliera al revés.

No había logrado matar a nadie.

Habían atrapado a sus mortífagos.

El mundo sabría en la primera edición del profeta que él estaba de vuelta.

Se había quedado sin espía dentro de la orden… y lo más importante:

Seguía sin conocer el maldito contenido de esa profecía que lo unía con Harry Potter.

Esas palabras habían marcado una diferencia en el pasado, habían causado su desaparición del mundo mágico por un largo tiempo cuando él había tratado de hacer todo lo contrario. El desaparecer a su pequeña amenaza latente de un año. No sabía qué tan peligroso podía ser, qué era lo que lo hacía tan especial y una piedra en el camino. ¿Cómo un muchacho de 15 años podría ser capaz de derrotarlo? Porque eso si sabía:

"El único con el poder para vencer al Señor Oscuro se acerca… nacido de aquellos que lo han burlado tres veces, nacerá mientras el séptimo mes esté muriendo…"

Si, claro, solo era un mísero pedazo de la profecía entera, pero eso bastaba para darle indicios de lo que podría pasar si no centraba su atención en su más grande rival. Aunque todos en el mundo mágico creyeran que solo Dumbledore era capaz de terminar con él, por su gran experiencia, poder y habilidades mágicas, en sus adentros siempre supo que no sería el viejo director de Hogwarts quien lo derrotara. Al escuchar ese otro pedazo de información, sus sospechas fueron confirmadas. Por eso se dirigió a acabar con los posibles candidatos, su más grande error.

Al elegir a uno de ellos, quizás se había equivocado. No tenía la menor idea de con cual empezar, seguramente no importaba. Pero a su mente había llegado la idea de acabar primero con el hijo de los Potter. El niño que no significaba gran amenaza pues era un sangre-sucia, no tenía un gran linaje detrás de él. Quizás el apellido Potter si tendría algo de antigüedad, era una familia reconocida, pequeña pero reconocida al fin. Pero, nunca permitiría que un sangre-sucia se convirtiera en su mayor obstáculo entre el poder y él, sería algo deshonroso.

Después de tantos años sabía la magnitud de su unión con ese muchacho. Antes no podía explicarlo bien, pensó que eran puras casualidades. Pero parecía que el hecho de que Potter fuera tan entrometido en sus planes y que pudiera detenerlo, era algo que estaba escrito en la profecía. Tenía que escucharla a toda costa, tenía que saber su contenido hasta la última palabra. Esperaba que las palabras de sus mortífagos no fueran ciertas. Que la profecía no estaba rota. Y si fuera así… Potter debía saberla.


Era un lugar oscuro, muy oscuro. No podía ver sus manos frente a él así forzara todo lo que podía su vista. El silencio era espeluznante, solo el de su tranquila respiración. El suelo estaba muy frío, lo podía sentir por todo su cuerpo al estar tendido en la fría piedra que lo conformaba. Exhausto como para levantarse, muy tranquilo como para desearlo. Solo pensaba en dejar a su mente divagar por el oscuro confín de sus pensamientos.

Tanto que pensar, poco tiempo para hacerlo. Pensó si sería una buena idea el quedarse dormido, cerrar los párpados y descansar hasta que alguien lo impidiera. Pero sentía que no debía, algo en su interior le decía que era mala idea el hacerlo y que lo lamentaría. Era como una pequeña vocecita insistente que repetía "Pronto te irás" "Debes esperar un poco más" pero él no quería irse. Un lugar tan calmado y silencioso no lo podría encontrar así buscara por todo el mundo. Estaba solo, ni una voz susurrando. Ninguna presión sobre sus hombros, ningún pensamiento absurdo en su mente. Simplemente estaba en blanco, descansando sobre el suelo helado.

No importaba la baja temperatura, en veces ni parecía notarla al sentir el reconfortante sentimiento de paz. Nadie dependía de él, nadie estaba interesado en él, nadie pedía nada de él, porque estaba solo. Sumido en la quieta oscuridad. Un lugar que parecía haber sido hecho a la medida para él.

Deseaba tanto dormir…

"No te volveré a dejar solo"

Abrió los ojos espantado al escuchar esa voz, ¿Le decían a él? ¿De dónde había salido? Se suponía que estaba solo.

Después de unos minutos de esperar por otro sonido, más palabras, no escuchó nada y se dio por vencido. De nuevo quería retomar su camino al sueño.

"No te volveré a dejar solo. Nunca más lo estarás"

De nuevo abrió los ojos lo más rápido que pudo, tratando de encontrar a alguien en aquella penumbra, pero no había nadie. Solo él, solamente él. Y la voz no se hizo presente de nuevo. ¿Era un juego de su mente? ¿Acaso su propia mente no quería descansar? Respiró profundamente, esperando que la tercera fuera la vencida.

"No te volveré a dejar solo. Nunca más lo estarás, es una promesa"

La voz hacía eco varias veces en la oscuridad, como si chocara contra paredes. Se repetían una y otra vez desde distintas direcciones que Harry ya no sabía por donde buscar la fuente. ¿Qué era eso? Estaba demasiado cansado como para averiguarlo, quería descansar por una vez en su vida.

"Es una promesa"

La cálida voz llegó de nuevo a sus oídos, pero ni siquiera se inmutó. Estudió las palabras repitiéndolas una y otra vez como aquellos castigos con la profesora Umbridge, -no debo decir mentiras- pero el tono de esa voz no era tan empalagoso como el de la suma inquisidora. Era el de un hombre, alguien que lo decía en un tono preocupado y concernido…Es una promesa.

-Sirius…-susurró suavemente.

Pero la pacífica voz desapareció para ser reemplazada por unas carcajadas estridentes y malvadas. Estas llenaron la oscuridad en cuestión de segundos, ahuyentando la paz como el viento al polvo. Harry trató de nuevo de buscar la fuente, pero sabía que era imposible encontrar a alguien en esa densa oscuridad. Un frío agudo lo recorrió completamente cuando distinguió dos rendijas rojas brillando con perversidad en el entorno negro.

-No estás muerto después de todo…- siseó una voz que venía de la dirección donde estaban los dos ojos rojos, que parecían estar flotando al no verse nada alrededor -…no esperaba que lo estuvieras-

Harry se levantó de inmediato sacando fuerzas de Merlín sabe donde, lo único que sabía es que no se dejaría en bandeja de plata para aquél mago. Pero cuando estuvo completamente de pie, sintió algo enlazarse alrededor de su cuello. Instintivamente se llevó ambas manos al lugar para liberarse de lo que lo apretaba tan fuertemente. Descubrió una mano blanca y huesuda apretando cada vez más fuerte.

Aquellos ojos rojos ahora estaban en una distinguida cara, Lord Voldemort lo miraba con desprecio e ira, apretando su agarre alrededor del delgado cuello del adolescente. Sonrió malévolamente en el momento en que habló:

-…Ahora, me dirás lo que sabes de la profecía-


Snape había vuelto tan rápido que el animago todavía se encontraba sorprendido. Llevaba consigo ingredientes para pociones, pero debido al tiempo, improvisaba al combinarlos de la mejor manera posible. Igual harían su trabajo. El Black no podía evitar ser más que un espectador en los rápidos y expertos movimientos del maestro de pociones a la hora de preparar ciertos remedios. Lo sorprendente era que el hombre no se había quejado de la incompetencia del merodeador. No parecía molestarle ni siquiera la presencia del otro hombre que no le quitaba los ojos de encima.

"Como si fuera envenenar al muchacho…" había pensado Snape. Pero dio un rápido vistazo al semblante del otro hombre y se había quedado un poco sorprendido.

Sirius lo miraba con anhelos de poder hacer algo, deseoso de contribuir aunque fuera en lo más mínimo. Eso lo desconcertaba mucho, ellos dos tenían muchas diferencias y ahora que no era momento de pelear –lo cual los dos respetaban- había una incómoda interacción de miradas y gestos. No estaban acostumbrados al estar en esa posición de paz.

Lo mejor para ambos había sido el ignorar el hecho, ya que si pensaban en eso terminarían discutiendo como de costumbre, algo que increíblemente ninguno de los dos deseaba. Severus dejó los ingredientes sobre una mesita y se acercó al muchacho que todavía no había recuperado la conciencia. La verdad no tenía idea de qué podría hacer, ¿Cuántas veces atiendes a alguien que sobrevive a la maldición asesina? Dentro, había surgido la duda de si el bebé de hace 14 años había reaccionado igual que el adolescente de ahora a los efectos. Lo dudaba seriamente, porque de ser así, Albus nunca abría dejado a un niño de un año en esas condiciones con unos incompetentes muggles. Aunque, el director tomaba decisiones dudosas.

El convicto de Azkaban no apartaba la mirada de su ahijado, como si con eso lo pudiera ayudar en algo. Snape estuvo a punto de decirle que no parpadear por más de 10 minutos no era algo productivo, pero su comentario venenoso se detuvo en la punta de su lengua, dos ojos esmeralda se abrieron levemente. Lo suficiente como para alertar a ambos hombres.

-¡Harry!- exclamó su padrino contento, pero el muchacho no lo miraba. Su vista estaba perdida en el infinito. El animago torció la boca algo aturdido. Snape juntó ambas cejas en sospecha y miedo.

-Dime la profecía…- siseó Harry débilmente, lo más que su garganta lo podía permitir. Snape se congeló en su lugar mientras que la duda crecía dentro de Sirius.

-¿Qué…Harry, de…qué…de qué…hablas?-

El adolescente no escuchaba a nadie en esa habitación. Tenía su propia lucha por ganar. El aire empezaba a faltarle. Se sentó sobre la cama con ambas manos extendidas alrededor de su cuello como si tratara de alejar algo. Eso hizo a Sirius parpadear varias veces confundido antes de pedir una explicación a Snape.

-¡¿Qué rayos está pasando?!- exigió, el maestro de pociones dio un paso hacia atrás, aterrado de la idea que se formaba en su cabeza.

Harry dejó de luchar de nuevo, su miraba imperturbable, pero con una voz siseante volvió a hablar:

-¡Dímela Potter, o sufrirás el mismo destino que tus inútiles padres!- el muchacho ahora estaba fuera de la cama, parado con la poca fuerza que había recobrado, exigiendo algo muy extraño.

Los ojos de Sirius se pusieron vidriosos al creer que comprendía lo que pasaba.

-¿Voldemort?- susurró sollozando, se giró a Snape para que le diera una respuesta pero el otro hombre parecía creer lo mismo. ¿Acaso estaba pasando el miedo más fuerte de su ahijado? ¿Estaba siendo poseído por Voldemort?

La mirada impaciente de Harry se fue, siendo reemplazada por una que exigía aire. De nuevo tenía ambas manos tratando de alejar algo invisible alrededor de su cuello desesperadamente.

-Nu…nunca- alcanzó a articular, antes de que Voldemort de nuevo tomara el control.

-¡Mi paciencia se agota, muchacho!- los ojos esmeralda habían adquirido cierto brillo maléfico y peligroso que Sirius temía con todo su ser. Gruesas lágrimas corrían por las mejillas del muchacho, sin poder detenerse.

La desesperación, el odio y la frustración consumían a Sirius a una velocidad sorprendente, deseoso de poder alejar a Voldemort de la mente de su ahijado, pero algo le decía que no podía. Eso lo desesperaba aún más. Solo siendo un mero espectador en algo que se veía tan doloroso, que sus 12 años en Azkaban quedaban como lindos recuerdos de la infancia, lo que estaba viendo, era algo que nunca debió de suceder. Dumbledore le había dicho que su ahijado estaba seguro, que no tenía que temer. ¿Dónde quedaban esas palabras ahora?

Snape por su parte, sentía que cada miembro de su cuerpo volverse de piedra al ver algo tan sorprendente como terrorífico. No podía reaccionar a tal escena pues no la esperaba, Dumbledore le había dicho que era poco probable que eso pasara. Y ahora no encontraba palabras para describir lo que veía.

-¡Estás solo! ¡Tus padres murieron y todos aquellos que estén junto a ti sufrirán el mismo destino!- Voldemort siseaba cada vez más enojado al no conseguir lo que quería. Pero presionar a Potter de esa manera quizás lo haría bajar tanto la guardia y dejar de oponer tanta resistencia que así podría ver algún recuerdo sobre lo que contenía la profecía.

-¡Nunca lo has estado!- Voldemort alcanzó a escuchar esa voz a través del cuerpo de Harry, movió un poco la cabeza del muchacho para terminar de confirmarlo.

-Severus…-siseó con furia. Inmediatamente después, la mirada de auxilio de Harry volvía a aparecer, luchando cada vez más débilmente contra su captor.

Sirius también se había quedado sorprendido con las palabras de su enemigo por naturaleza de la infancia. No podía creer en ello, pero algo dentro le decía que no era una treta. En verdad se veía tan desesperado de acabar con todo eso como él. Creyó que era una buena idea lo que estaba haciendo.

-¡Harry, sé que puedes escucharme!- imploró el animago -¡Nunca has estado solo ni lo estarás!- gritó lo más alto que pudo creyendo que así podría dejarlo claro.

-¡No es cierto!- siseó Voldemort de nuevo utilizando a Harry a toda voluntad. El muchacho sin embargo, escuchaba cada palabra que le decían y ahora estaba sumamente sorprendido por escuchar la voz de su padrino. ¿Había logrado salvarlo de la maldición asesina? Se sentía completamente realizado. No veía motivo para luchar ahora que sabía que Voldemort lo podía utilizar con tanta facilidad que en ese mismo instante le podría hacer daño a su padrino. No, el no debía seguir existiendo para ser una peligrosa arma del mago oscuro.

Dejó de luchar poco a poco contra los brazos que lo trataban de estrangular.

-¡Ni te atrevas a pensarlo, Potter!- la voz hizo que Harry de nuevo abriera los ojos llenos de dolor, vislumbrando a su profesor de pociones, parado tan tieso que bien se podría confundir con una estatua. -¡Tu madre se sacrificó por ti, ella quería que vivieras!- sonaba tan convencido de eso…

-¡Yo te necesito aquí Harry!- lloró Sirius acercándose un poco más al adolescente poseído, que luchaba ferozmente con la presencia intrusa en su mente.

-¡Es mío!- siseó Voldemort

-¡NO!- contradijo Harry en el momento en que su mente comenzaba a recordar todo por lo que quería seguir luchando y todos los que dependían de sus decisiones. Sus amigos, Hogwarts, el mundo, la orden, los Weasley…Sirius.

En cuanto se sintió liberado, aspiró tanto aire como pudo. Un fuerte dolor de cabeza se instaló en lugar de Voldemort y una ola de mareo lo derribó. Sirius estaba más cerca y logró atrapar a Harry antes de que cayera al suelo. Lo abrazó fuertemente susurrando:

-Estás a salvo, gracias-


¿Están contentos de que volviera?...