Capítulo 1

Después de cruzar —no sin cierta dificultad— el bosque Mogall, llegaron a Xian, una próspera aldea donde, con el Ki obtenido en el Templo Fuchin, lograron impresionar incluso al maestro Feh. Sin embargo, no permanecieron allí mucho tiempo. Tras salir de Xian, atravesaron un pasaje que les llevó a las minas de Altin, donde ayudaron a los habitantes con el problema de la inundación. Atravesaron las minas y un camino les condujo hasta el Templo Lama, donde tuvieron una interesante conversación con la maestra Hama. Allí mismo, esta le enseñó a Iván la habilidad de Revelar, pues su siguiente destino era el Desierto de Lamakan, y ella les había asegurado que no sobrevivirían si no la ponían en práctica.

El camino hasta el desierto era corto, y cuando estaban a punto de entrar, los cuatro se preguntaron a sí mismos si aquello era una buena idea.

—¿Estás seguro de que podremos pasar el desierto? Parece muy peligroso —preguntó Mia sin lograr disimular su preocupación. Iba un poco rezagada, al lado de Iván.

—A mí también me parece peligroso, pero confío en la maestra Hama. Estoy seguro de que todo irá bien si hacemos lo que nos recomendó —respondió él.

—Lo sé, pero, aun así… —suspiró.

—Estaremos bien, Mia. Encontraré los oasis, te lo prometo.

Ella asintió, aunque no se sentía mucho más tranquila. Iván acababa de aprender aquella habilidad y dudaba que fuera a ser capaz de utilizarla correctamente, pero no quedaba más remedio que ponerse en sus manos.

Pronto dejaron de caminar sobre hierba para encontrar arena bajo sus pies. Los rayos del sol caían con fuerza sin una sola nube que se interpusiera en su camino. Caminaban despacio para no cansarse demasiado rápido, pero la gran explanada de arena y rocas parecía no tener fin. Cada paso que daban consumía gran parte de su energía, como si el sol exprimiese hasta la última gota de sus fuerzas.

—Estoy chorreando, y me arde la cabeza —dijo Garet secándose el sudor de la frente.

Iván parecía concentrado. Entonces, se detuvo en seco y se volvió hacia un montículo.

—Ahí hay un oasis, estoy seguro —anunció.

Los cuatro se apresuraron a llegar allí y se encontraron con un pequeño oasis que les hizo sentir a salvo. Cuando llegó el momento de continuar, todos se mostraban reacios a abandonar aquel maravilloso lugar, pero ninguno lo dijo en alto.

Sin embargo, lo peor estaba por llegar. Pasaron demasiado tiempo sin encontrar ningún oasis y tuvieron que hacer frente a espeluznantes criaturas y fieros animales, lo que les robó tanta energía que llegó un momento en que apenas podían avanzar. Las rocas eran demasiado bajas como para proporcionarles algo de sombra, y la capacidad de Revelar de Iván había caído en picado junto con sus fuerzas. Hans se dejó caer en el suelo y apoyó la espalda contra una roca.

—Necesito beber un poco —se justificó.

Abrió la cantimplora para beber, pero cuando la inclinó sobre su boca, apenas cayeron un par de gotas.

—¿No queda agua? —exclamó Mia, asustada, tomando la cantimplora de las manos de Hans con una expresión de espanto.

—Iván, por favor, necesitamos un oasis… —le apremió Garet.

El joven cayó de rodillas sobre la arena y se llevó las manos a la cabeza. Había cerrado los ojos, intentando ver algo, pero la sed y el terrible calor que los azotaba le impedían concentrarse.

«Tengo que hacerlo… Le prometí a Mia que todo iría bien, no puedo fallarle», se repetía a sí mismo constantemente.

—No… No puedo más… —murmuró Mia antes de que las fuerzas le fallasen del todo y se desvaneciese.

—¡Mia! —se alarmó Hans, sosteniéndola antes de que se golpease contra el suelo.

Al ver aquello, Iván se dijo a sí mismo que no podía permitir que Mia se encontrase en peligro. Llevaban mucho rato caminando y estaban al borde de la deshidratación, aunque probablemente Mia ya había sobrepasado su límite. No era de extrañar, pues la joven había usado sus energías para curar a sus compañeros después de algunos de los combates que habían tenido que librar. Con esa imagen de Mia, Iván se olvidó del sol abrasador y de la necesidad que tenía de beber, y puso toda la fuerza que le quedaba en concentrarse en la imagen de un oasis.

Entonces lo divisó.

Al principio parecía muy lejano, pero poco a poco su imagen pasó de ser un reflejo borroso a un conjunto de formas claras y nítidas.

—Ahí… Está ahí —señaló Iván con el dedo, agotado.

Garet le ayudó a levantarse y, como pudieron, avanzaron hasta el oasis, que se encontraba a unos pocos metros de donde se habían detenido. Hans cargaba con Mia en brazos, temiendo no ser capaz de llegar, pero el muchacho tenía un aguante extraordinario. Se agachó junto al agua y metió a Mia dentro poco a poco, y rellenó la cantimplora para darle de beber.

Bebieron y se mojaron como si fuese la última vez en sus vidas. Permanecieron allí un rato, descansando, hasta que se sintieron capaces de continuar su viaje. Mia ya se encontraba mucho mejor, habían repuesto sus reservas de agua e incluso habían comido algo.

Abandonar el oasis fue difícil, pero sabían que no podían quedarse allí para siempre. Con fuerzas renovadas, retomaron su viaje e hicieron frente a los monstruos que encontraron en su camino.

—Ahí hay una cueva, entremos —dijo Hans, señalándola—. Creo que es la salida del desierto.

Sin duda, dentro de la cueva se estaba mucho mejor. Allí, resguardados del sol, aprovecharon para descansar un poco.

—Tenían razón sobre este lugar, pensé que exageraban cuando decían que podíamos morir —suspiró Garet.

—Ahora iremos a Kalay, ¿verdad? —preguntó Mia.

—Sí, pasaremos por allí antes de ir al muelle —respondió Hans.

Y así continuó su camino tras atravesar el terrible Desierto de Lamakan. Repusieron totalmente sus fuerzas en Kalay y, un par de días después, fueron al muelle para subir al barco que los llevaría a Tolbi, su siguiente parada. Tuvieron que pasar una noche en alta mar, durmiendo en varios camarotes junto a otros pasajeros que se dirigían a Tolbi. La mayoría de ellos eran guerreros que se habían estado preparando para participar en una famosa competición deportiva que estaba a punto de comenzar: el Coloso. Garet llegó a preguntarse si le dejarían participar a él, aunque los competidores que se dirigían al evento intimidaban a cualquiera.

En cierto momento de aquella noche, Iván se despertó súbitamente, con el corazón acelerado. Por un momento había creído que seguían en el desierto, pero allí solo había literas con robustos hombres dormidos sobre ellas. Intentó volver a conciliar el sueño, pero se lo impidieron los ronquidos de varios de los guerreros que dormían en ese mismo camarote. Dio vueltas y vueltas en la cama, pero parecía que los participantes del Coloso también competían por el premio al ronquido más fuerte.

—Parecen una manada de leones rugiendo —murmuró Iván levantándose de la cama, irritado.

Visto que no conseguía dormir, decidió salir a cubierta a tomar el aire y contemplar la calma del mar en aquel ambiente nocturno. Sin embargo, enseguida se dio cuenta de que no estaba solo. Mia se encontraba apoyada en la borda, mirando el horizonte. La brisa marina le golpeaba la cara, agitando su pelo y su ropa. Iván la contemplaba extasiado cuando ella notó su presencia y le dirigió una breve mirada. Dando un respingo, Iván salió de su embobamiento y caminó hasta donde se encontraba la chica.

—¿Qué estás haciendo aquí, Mia? —le preguntó para iniciar una conversación.

—Eso mismo iba a preguntarte. No podía dormir y me apetecía salir aquí, a mirar el mar y el cielo —le señaló las estrellas, que brillaban con fuerza.

—La verdad es que se está mejor respirando este aire tan fresco que el aire viciado del camarote.

—¿Tienes que compartir habitación con muchas personas?

—Están Hans y Garet, y el resto son unos cuantos guerreros que van a competir al coloso. Alguno debería ducharse un poco más a menudo —suspiró, haciendo reír a Mia.

—Suerte que yo comparto camarote con tres chicas que no roncan ni huelen mal.

—Considérate afortunada.

Ambos permanecieron en silencio unos minutos, observando los reflejos ondulantes de la luz de la luna sobre el mar.

—Oye, Iván, gracias por haberte esforzado tanto en el Desierto de Lamakan —rompió el silencio Mia.

—No tienes que darme las gracias por ello, era necesario encontrar esos oasis. Fuiste tú la que se esforzó demasiado curándonos a los cuatro después de que esos monstruos nos hiriesen. Nos diste un buen susto.

Otro silencio.

—En realidad, fuiste tú, principalmente, la que me dio las fuerzas que necesitaba para conseguir revelar esos oasis —se atrevió a decir Iván, desviando la mirada hacia la madera sobre la que se apoyaba.

Mia lo miró sin saber qué decir. No sabía qué debía responder a eso, o si debía quedarse callada, simplemente.

—Gracias por haber confiado en mí cuando te prometí que encontraría los oasis —añadió.

Al escuchar aquellas palabras, Mia se sintió mal. Había hecho creer a Iván que había confiado en él al llegar al Desierto de Lamakan, cuando en realidad había hecho justo lo contrario. A pesar de ser más joven y más débil que ellos, poseía una gran fuerza de voluntad y una gran inteligencia. La madurez con la que afrontaba las situaciones que se le planteaban se igualaba a la de sus compañeros, sorprendiéndolos gratamente muy a menudo.

—Gracias a ti, Iván. No habríamos sobrevivido a ese horrible lugar sin ti —respondió ella—. De no haber sido por tus habilidades, me hubiera deshidratado por completo. Sentí que me moría.

—Yo no hubiera permitido eso jamás, ya lo sabes —le dijo, muy serio.

Mia sonrió, enternecida.

—Creo que deberíamos intentar dormir, mañana habrá que ponerse en marcha de nuevo y más vale que estemos descansados —dijo, separándose de la barandilla.

Iván se sintió desilusionado. Había esperado que la velada durase un poco más, pues no solía tener oportunidades como aquella, con Mia a solas y compartiendo bonitas vistas con ella.

—Yo me quedaré un rato más —respondió, con una nota de tristeza en su voz.

—Está bien, yo voy dentro. Te veré mañana —se despidió, haciendo un gesto con la mano.

Iván observó la figura de la joven de espaldas alejándose hacia la puerta de madera que la conducía a los camarotes. Cuando Mia desapareció, volvió la vista a las estrellas, suspirando de nuevo. Aunque se empeñase en intentarlo, sabía que sus esfuerzos resultaban inútiles. Intentaba quitarse ese pensamiento de la cabeza, pero, en el fondo, sabía que Mia nunca le correspondería.