Esta vez les traigo el primer capitulo. Es muy dramatico, he de decirlo. Les agradezco a todos aquellos que se tomaron el tiempo de leer este intento de fic y mucho mas a los que se molestaron en comentar. Ojala les guste y comenten si les gusto o si tienen alguna correción.
Disclaimer: Tristemente, los personaes no son míos; son de Jin-sama y Shidu-san. Yo solo los uso para mis extrañas historias.
Algo más para agregar: Este capitulo está dedicado a Mimic Tatori. Gracias por tomarte tu tiempo en leer y comentar mis fics.
Niños Otra Vez
Entró a la tienda; no era realmente grande, pero tampoco era pequeña, por lo que debía tener un ojo puesto en los niños, quienes podrían perderse. No tuvo tiempo de hacer una lista de lo necesario, así que debía comprar todo de acuerdo a la cantidad de dinero que había llevado. Tomó una canasta y comenzó a recorrer la tienda, seguida por los siete pequeños que no dejaban de temblar y de sentirse incómodos en un lugar donde posiblemente encontrarían personas que los maltrataría por el color de sus ojos.
Ramen, fideos… Al no sentir el peso que ejercían los niños al jalar la parte trasera de su saco se dio la vuelta para ver que se habían quedado haciendo. Alineados en una hilera, contemplaban la parte más alta del estante, donde reposaba una caja rectangular que, de acuerdo a su nombre, contenía dulces de todas las clases y sabores. Parecía haber llamado la atención de los pequeños y sabía que lo pedirían, pero el precio estaba simplemente fuera de su cuestión monetaria. Volvió al sentido en el que estaba antes y camino unos pasos antes de decir con voz fría y sin inmutarse:
No lo compraré. Andando.
Los niños ya lo sabían. Se tomaron de las manos y la siguieron con las miradas gachas, tristes por no poder tener su infantil capricho. Kano comenzó a correr sin parar por toda la tienda, para así subirles el ánimo a todos. Al poco tiempo todos lo siguieron y la tienda se convirtió en su campo de juego. Kido se había metido en su mundo y olvidándose de sus problemas colocó en sus dos oídos los audífonos blancos. Siempre hacía las compras mientras escuchaba música, así recordaba más fácilmente lo que debía comprar. En cinco minutos había ya casi concluido su recorrido por el súper, pero se detuvo al sentir una vibración en el bolsillo de su buzo.
Se quitó los auriculares y subió a la altura de su pecho el dañado celular de Shintaro. Era Ene sin duda alguna, nadie más llamaría al asocial Kisaragi. Prendió la pantalla y al poco tiempo la joven apareció en esta, mostrándose preocupada. Kido no entendía por qué se ponía así, simplemente estaban en una tienda comprando comida y todo iba bien hasta que se puso a escuchar música… Se dio la vuelta y abrió sus ojos tanto como pudo al notar que los niños no estaban en ningún lugar dentro de su campo de visión. Soltó la canasta y dejó de respirar por unos instantes, asustada y decepcionada de sí misma.
— ¿No se había dado cuenta, Danchou-san?— Preguntó el programa. Notó los audífonos colgando de su cuello, era obvia la respuesta. — ¿No debería comenzar a buscarlos?
— ¿Eh? ¡Ah! Tienes razón
Guardó el dispositivo en su bolsillo lo más rápido que pudo y sin embargo Ene podía jurar que vio como los ojos de la chica se cristalizaban por la presencia de lágrimas. Kido apagó el Ipod y comenzó a recorrer cada pasillo gritando los nombres de los niños. Se devolvió hasta el lugar donde comenzaron, pensando en la caja de dulces que les llamó la atención, pero no estaban allí. Siguió buscando apresuradamente por cinco minutos más, pero era como si la tierra se los hubiese tragado. La frustración comenzaba a crecer en su interior, se sentía culpable (porque lo era). Dejó que las gotas de agua salada bajaran por sus mejillas, en señal de la angustia y desesperación que estaba sintiendo.
Agudizó el oído. Se limpió el rastro del llanto y prestó atención a los ruidos de su entorno. Estaba segura de que había oído un llanto. Caminó un corto trayecto. ¡Ahí estaba otra vez! Eran dos de los niños y lloraban desconsoladamente. Cruzó el primer pasillo que vio y al llegar al final vio a la pequeña Momo llevando de la mano a Hibiya, quien temblaba de miedo. La niña intentaba no llorar para hacerse ver como una hermana mayor fuerte y así el chiquillo dejara de llorar. Pero le era simplemente imposible. Estaba atemorizada de estar sola.
— ¡Mamá! ¡¿Dónde estás?! ¡Mamá!— Gritaba la niña poniendo la mano izquierda cerca a su boca para amplificar el efecto.
— ¡Momo! ¡Aquí estoy!— Respondió la mayor corriendo hacia la pareja de críos y agachándose para abrazarlos a ambos.
Los dos pusieron sus cabecitas a los lados del cuello de Kido, donde pudieron refugiarse por unos instantes y llorar todo lo que querían en brazos de la chica, quien solo los apretaba más contra sí conteniendo el llanto. Cuando la rubia dejó de llorar le limpió la cara con los pulgares y le dio una palmaditas en la cabeza mientras le agradecía por cuidar bien de Hibiya y se disculpaba al tiempo por haberlos descuidado. El chico no la soltaba y se abrazaba fuertemente a su cuello. Sin más remedio puso los brazos bajo sus muslos y lo levantó cargándolo mientras él se apretaba más contra su pecho y comenzaba a quedarse dormido.
Vamos a buscar a los demás ¿Si?— La tomó de la mano y comenzó a caminar con prisa— No te vayas a alejar de mí.
Estaba segura de que no lo haría, la experiencia anterior la habría dejado con un pequeño trauma. Era incómodo caminar con un niño en brazos y una niña sosteniendo su mano, pero que más podía hacer, eran las consecuencias de sus errores. Caminó derecho hacia la parte de congelados, porque ahora que lo pensaba con calma, era el lugar donde podría encontrar a Konoha. Siendo la carne su comida favorita ¿Dónde era más probable que estuviera? Supo que había llegado por el súbito frío que tuvo. La pequeña Kisaragi se pegó a su cuerpo temblando por la temperatura. Le acarició la cabeza y le dedicó una sonrisa cuando la volteó a mirar. Observó a todos los lado y lo vio paseando tranquilo a lo largo del refrigerador donde estaban dispuestos los pescados.
— ¡Konoha!— Llamó. El niño giró y pudo ver que sus ojos estaban rojos.
— Mamá…— Musitó cuando la vio e inmediatamente comenzó a llorar.
— No llores— Consoló Kido agachándose a su altura para despeinarlo maternalmente— Cuando encontremos a los demás podremos venir a comprar algo de carne.
Los ojos de niño se iluminaron y después sonrió tiernamente, como nunca lo haría en su forma normal. Se quedó pasmada por unos instantes, sorprendida por el gesto, y después volvió a la tierra por Momo, quien la jalaba y le decía algo sobre su hermano. Se puso de pie tambaleándose debido al peso de Hibiya y siguió las indicaciones de la niña: seguir derecho y voltear a la izquierda. Lo vio dirigiéndose a una de las cajas y cuando estuvo más cerca pudo saber lo que estaba haciendo.
Shintaro no era llamado genio por nada. Además de tener muy buenas notas cuando estaba en la escuela (lo había oído de su hermana) era capaz de resolver una gran cantidad de situaciones con calma, incluso siendo un niño. Allí estaba él hablando con la cajera, probablemente contándole acerca de que se había separado de su madre y hermanos. La señorita lo miraba impresionada por la tranquilidad en su hablar y en su mirada, cualquier niño estaría aterrado llorando, como esos que había escuchado minutos antes. Cuando se levantó y lo tomó de la mano para ayudarlo a buscar a su progenitora, la joven de cabellera verde se posicionó a su frente recuperando el aire debido a su apuro.
— ¿Se le ofrece algo?— Le preguntó amablemente la joven sosteniendo de la mano el niño.
—Ella es mi mamá— Contestó Shintaro desconcertando a la empleada y molestando a Kido, a quien no le agradaba que la llamaran así.
— Siento la molestia— La "madre" de la organización hizo una reverencia poco profunda y le hizo una seña al Kisaragi para que la siguiera.
La mujer de la caja estaba muy confundida. Esa mujer de menos de veinte años tenía dos niños pequeños ¿Es que el mundo se había vuelto loco? Bueno, aun habían otras posibilidades, como que eran hermanos o su novio tenía esos dos niños y a ella la llamaban mamá. La observó hasta que desapareció de su rango de visión. Parecía que todavía buscaba algo ¿Y si eran más niños? Palideció inmediatamente pensando en lo que sería del futuro de esa joven mujer al estar enredada con la presencia de niños. Desde lejos rezó por ella y le deseó lo mejor, aun cuando era una simple desconocida que había visto tres minutos antes.
Kido por su lado sabía lo que había pensado esa mujer, pues su confundida mirada lo decía todo. Quería darse la vuelta y decirle que no eran sus hijos, pero no había forma ni tiempo para explicarle la situación. ¡Ni siquiera ella entendía que pasaba! Por cierto, ella había escondido la presencia de Momo y Konoha porque estaba segura de que si no lo hacía la situación se hubiera vuelto más incómoda de lo que fue. Ahora no tenía tiempo de pensar en lo que las personas dijeran de ella, todavía le faltaba encontrar a Kano, Seto y Mary.
— ¿Qué pasa Shintaro?— El niño había estado jalándola del buzo por un tiempo, tratando de llamar su atención.
— Seto… Creo que salió— Respondió— Estaba siguiendo a un pájaro.
Kido corrió a la puerta principal y salió apresurada, pensando en el pasado de Kousuke. Debido a sus poderes de leer la mente todos lo trataban de monstruo y antes de entrar al "kagerou" lo intimidaban por no tener un hogar y estar todo el tiempo con animales. Salieron hasta el parqueadero donde un grupo de niños estaban reunidos y se reían de algo. Sintió una fuerte punzada en el pecho, viéndose a ella y sus hermanos en medio de ese círculo de burlas. Sin dejar que dijera una sola silaba, colocó a Hibiya en la espalda de Konoha con cuidado de no despertarlo.
Les hizo una señal para que esperaran y se alejó en dirección al grupo de infantes. Era considerablemente más alta, así pudo ver con facilidad lo que pasaba. Apretó los puños y los dientes, era algo que deseaba no volver a ver en su vida, pero ahí estaba mostrándose con todo su esplendor. Era la crueldad de los niños, ella sabía de los que los chiquillos eran capaces, pero los adultos parecían simplemente no darse cuenta de los demonios que podían llegar a esconder sus hijos. Se abrió paso empujando a los niños hacia los lados y se agachó a la altura del pequeño que abrazaba a un gran perro blanco.
Seto lloraba desconsoladamente, cerrando sus ojos de color rojos. La historia era la siguiente (al menos la que ella creía que era): Había seguido un pájaro hasta aquí donde encontró a este bello animal. Se puso a hablar con él y después los niños llegaron y se asustaron y divirtieron por sus ojos y su extraño comportamiento hacia la criatura. Como hacen los humanos, comenzaron a burlarse y a maltratar físicamente a Seto, pero el perro no lo permitió y se puso de guardián del niño que lo entendía. Por tanto, los chicos lo golpearon para sacarlo del camino, pero él seguía leal hacia su amigo, quien lloraba abrazándose a él por las heridas que le estaban causando. Era igual a cuando estaban pequeños y siempre eran salvados por Ayano. Ahora… Era el turno de ella para salvarlos.
— Aléjate de ese monstruo hermana— Dijo uno de los niños, tal vez el mayor de ellos— Sus ojos son cosa del diablo.
— Deberías dejar de decir toda esa basura— Defendió con calma poniéndose de pie— Porque en realidad… Son ustedes los monstruos.
El grupo se le quedó viendo entre asombrados y enojados por su comentario. Seto dejó de llorar y levantó la cara para mirar la alta figura de su protectora. No entendía que era lo que quería decir con que ellos eran los monstruos, pues ¿No lo era él por sus ojos y poderes? Consintió la cabeza del perro y leyó, sin querer, los vengativos y oscuros pensamientos que tenían los niños. Se asustó, pues no eran nada amigables, y todos implicaban infligirle daño físico a los tres (contando a la peluda criatura). Kido, aun sin poder escuchar sus pensamientos, sabía que estaban planeando, el brillo en sus ojos, su ceño fruncido, los dientes y puños apretados. Había visto tantas veces ese conjunto de gestos en su infancia que era capaz de ver a los matones que eran.
Los niños se le abalanzaron para golpearla o tumbarla, pero todos esos años que la habían intimidado le hicieron aprender una cosa: a cómo defenderse. No era necesario usar fuerza, eran unos simples niños que, con solo usar el impulso que ellos mismos llevaban, podía mandar al piso. Eran unos diez, pero le costaron menos esfuerzo que pegarle a Kano. Sonreía de lado, arrogantemente, haciéndoles ver quien era la mejor. Se acercó al más grande y lo miró con sus ojos rojos y firmes, filosos como una daga. Los críos salieron corriendo atemorizados por la joven, probablemente no volverían.
Volvió a agacharse para encarar al chico cuyos ojos volvían a llenarse de lágrimas. Le sonrió para tranquilizarlo y lo abrazó pegándolo fuertemente a su pecho. Estaba lleno de miedo, su cuerpo temblaba y su temperatura corporal había bajado debido a lo presión. Dejó que se colgara de su cuello y que la llamara todas las veces que quiso "mamá". El perro estaba sentado a un lado de ellos, moviendo hacia los lados la cola y ladrando de vez en cuando. Seto se despegó de ella y le sonrió al canino, probablemente divertido por lo que estaba pensando. La joven acarició al animal y le dijo: "Gracias por cuidar de él".
— ¿Qué es tan divertido?— Preguntó la chica al ver al niño reírse
— Dice que estuviste increíble— La repuesta hizo que sus mejillas se tiñeran de rojo— Yo también lo pienso.
— Vamos, todavía falta encontrar a Kano y a Mary— Se puso de pie y le tendió la mano para ayudarlo a parar.
Se encontraron con los demás, que sonreían mientras sus ojitos brillaban de la emoción. Su actuación como un héroe había sido un éxito, pero no podía considerarse uno, pues aun no había rescatado a dos de los integrantes. Los niños estuvieron imitándola por un buen rato, agregándole poses y frases heroicas que cualquier anime de acción poseía. El pensamiento de que algo le podría haber pasado al rubio y a la albina no la dejaba en paz, se estaba comiendo rápidamente su interior, pero no quería mostrarlo, no desea destruir el pequeño momento de felicidad que los chicos estaban teniendo.
Hibiya ya se había despertado y, aun con su tierna carita dormilona, pudo reconocer a la distancia a uno de sus "hermanos". Señaló el lugar dónde se encontraba con el dedo e inmediatamente todos voltearon hacia el punto indicado. La joven se puso pálida y sus ojos se abrieron, su corazón se detuvo, el mundo de pronto se convirtió por completo en el polo Norte. Se soltó del agarre de los niños y corrió a la máxima velocidad que pudo hacia la calle. El semáforo de peatones estaba en verde y la carretera estaba vacía, pero a lo lejos pudo escuchar el sonido de un camión acercándose y al segundo la señal estaba en rojo.
— ¡No cruces! ¡Kano!— Se había acercado todo lo que podía, pero aun parecía muy lejos, no lo lograría a tiempo. El claxon sonó, los gritos de los niños también y entonces ella no supo que pasó en los siguientes segundos.
Well~ Suspenso, suspenso everywhere... Por supuesto no todos lo capitulos van a ser así, no quiero darle un infarto a Kido. ¿Que les pareció?
Mimic Tatori: Nuevamente, gracias por tu comentario. Si fue literalmente Mamá Kido al rescate XD La razón por la que ellos son niños va a ser un tanto rara...
Eclipse Total: Si, pobre Ene! Pero eso le pasa por intensa. Gracias por comentar y que sigas leyendo este intento de fic.
Shinoby Nehory: Gracias por tu comentario. Ojala te haya gustado este capitulo y sigas leyendo.
