Se despertó después de un sueño reparador. Hacia mucho que no dormía así. Se quedó en la litera mirando el techo, pensando en si lo que había vivido en la noche había sido real o un sueño. Con la emoción de verla se preparó a todo correr y se apresuró en llegar a la cantina.
Allí estaba ella, brillante como nunca o como siempre, pues para Armin nadie brillaba como lo hacía Annie. Entonces ella levantó la mirada del plato y le miró. Sus ojos, esos ojos azules que tanto habían brillado la noche anterior ahora estaban vacíos. Annie no reaccionó ante su presencia,no movió un músculo, no se le movió un pelo. Pero no fue eso lo que heló la sangre de Armin. Ya no había brillo en sus ojos y eso le inquietaba. ¿Acaso había sido un sueño? Armin se quedó paralizado mirándola. Annie volvía a tener esa expresión gélida que tanto le había apasionado pero que ahora helaba su sangre. Annie se quedó mirándole impertérrita. De repente se levantó y caminó hacia él. Por un momento Armin volvió a tener esperanza. Pero Annie pasó por su lado sin ni tan siquiera mirarle, sin embargo sus dedos se rozaron por un segundo. Annie pasó tan cerca de él para tocarle la mano. Entonces se dio cuenta, lo vio todo claro. Lo que había pasado aquella noche no había sido un sueño, pero sí un espejismo. Annie jamás se involucraría con él, nunca dejaría que sus sentimientos saliesen. Annie, su princesa de hielo, dura como el diamante... Siempre sería así, fría y distante. Lo único que le quedaba era el recuerdo y la admiración que sentía por ella, aquella mujer valiente y luchadora. Annie Leonhart jamás sería suya. Annie Leonhart no era de nadie. Sólo podía amarla en silencio. Admirarla en la distancia y esperar que algún día ella se volviera a acercar tanto que pudiera sentir su mano, tal vez su aliento y sólo en sus sueños poder besarla.
