Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.
Capítulo II
"Preparativos"
...
Desde que subió con piernas temblorosas al carruaje, no se había atrevido a siquiera mover de su lugar, más que todo por el dolor que efectuar alguna acción le producía. Sensación que crecía por efecto del áspero camino.
Por un lapso de tiempo indefinido, permaneció agazapada en un sucio rincón de la maloliente habitación, a cuyo interior fue lanzada una vez comprada. Pese a las molestias y obvias incomodidades, no sintió tanto terror, sino hasta que la desagradable mujer fue por ella. Deseó echarse a correr y hasta pensó en quitarse la vida; en aquellos instantes se sintió capaz de cualquier cosa con tal evitar ser manoseada por desconocidos. Sin embargo, todo ocurrió de prisa, Bella apenas y alcanzó a ver el exterior del callejón antes de ser metida en el carruaje.
Con una opresión en el pecho, contempló por la ventana. La certeza de que no tenía ni la más remota idea de dónde estaba ni lo que pasaría en adelante, la devastó y sumió en la desesperación. Pocas veces desde lo ocurrido hacía ocho años se permitía sentir, ella aprendió por el modo duro que era mejor olvidar el pasado, olvidar que se podía querer y confiar en alguien. Endureció su corazón para que las amargas palabras de su abuela no corrompieran lo único valioso que poseía, el recuerdo de sus padres y por lo mismo no permitiría que nadie supiera de ellos ni lo que habían sido.
El carruaje se detuvo con suavidad, aunque eso no impidió que su cuerpo entero se meciera al alto de galope de los caballos.
Se sintió estremecer al percibir movimiento fuera de la puertezuela que no tardó en ser abierta por una mujer de ojos grandes y verdes como el bosque en primavera. La expresión de su rostro se suavizó hasta casi llegar a ser de compasión al verla encogida en aquel sitio.
Esme no podía concebir que esa niña se encontrara en tales condiciones; con la mirada aterrada, sucia, despeinada y maltratada. Cada uno de sus instintos maternos se volcaron sobre la recién llegada, y lo único que sintió fueron enormes deseos de alargar los brazos y envolver a la pobre criatura.
Cuando extendió una mano, la chica se encogió más y la contempló asustada, así que retrocedió, poniendo una sonrisa maternal en sus labios.
— Hola, soy Esme— la voz de la mujer era agradable y sus ojos parecían sinceros al seguir hablando— no quiero hacerte daño.
Bueno, pensó Bella, al menos miente. Su abuela disfrutaba atormentándola con amenazas.
— ¿Cuál es tu nombre? — La sonrisa no desaparecía de los rasgos de la señora de piel blanca y arrugada, sobre todo alrededor de la comisura de sus ojos.
Bella dudó por unos segundos y cuando oyó a los caballos relinchar pegó un brinco.
— Bella— dijo al fin, aunque se negaba a decir su apellido. Ya muchas golpizas había recibido por esa falta que Marie consideraba insultante. No volvería a cometer el error.
— Un muy bonito nombre— la sonrisa se pronunció más y por un segundo la castaña recordó a su madre. Ella solía ser muy cariñosa y aquella mujer tenía la misma expresión maternal que la hacía volver atrás sobre su niñez. — ¿Querrías bajar conmigo, Bella? — Extendió la mano y esta vez, no se encogió. Simplemente la observó, vacilando. — Prometo que no voy a hacerte daño, de verdad.
¿Qué otra opción le quedaba? Se preguntó. De todas formas debía obedecer, a punta de malos tratos y golpes lo había comprendido muy bien.
Así que temblando, le cogió la mano. ¿Hacía cuanto que no tocaba a una persona sin que ésta deseara tratarla mal?
— Muy bien, eso es. Con cuidado— ayudada de la suave piel de Esme, Bella descendió del carruaje.
Pobre muchacha, está tan delgada. Pensó la nodriza, observando a la criatura que daba vueltas la mirada de un lado a otro, con aquella atemorizada expresión. Además, se encontraba tan fría y parecía tan frágil.
Cuando ingresaron a la casa, Bella se puso rígida y Esme comprendió el por qué al ver a Edward bajando las escaleras. ¿Para qué querría a la muchacha? Interrogó mentalmente.
Bella se aferró a la mano cálida y trató de no temblar en el momento en que los ojos del hombre se posaron en ella, inspeccionándola tal como lo hacen las personas al comprar un objeto. Sin embargo, sintió un inusual alivio al notar la ligera nota de desagrado que apareció en los ojos verdes penetrantes.
¿De verdad? Era todo lo que Edward podía pensar. La chica era un completo desastre, la ropa desgarrada y sucia, al igual que cada porción de piel visible, el cabello era una maraña terrible que le cubría la cara que mantenía inclinada. No era una belleza, desde luego. Pero al menos serviría para sus planes, pensó con desgana. Después de todo sólo tenía que agradarle lo suficiente o debía obligarse a ello. Al final y al cabo, era una mujer y bajo esas prendas mugrientas debería existir algo que admirar y que lograra despertar en él algo de deseo.
— Edward— murmuró Esme reprobatoriamente. Alzó las cejas.
— ¿Qué?
— Hablaré contigo luego. Vamos, Bella— ya casi podría adivinar sus intenciones, lo había criado y sabía a la perfección qué significaba esa mirada, pero no podía permitírselo sin al menos reprenderlo. Al final, Edward era un hombre y aunque la amara como a una madre, siempre sería solo su nana y lo único que podía hacer era aconsejarlo.
La cabeza de Bella daba vueltas mientras la mujer mantenía su agradable contacto en ella, dándole una extraña sensación de confort que no había sentido desde hacía mucho. La guió por una serie de pasillos, hasta que llegaron a una habitación iluminada por velas, con un par de muchachas dentro que la observaron conmocionadas.
— ¿El agua ya está lista? — Preguntó Esme.
— Sí— respondió una chica bajita de cabello negro— ¿Quién es ella? — No había hostilidad en su voz, sólo curiosidad, meditó nerviosa.
— Se llama Bella y necesitamos darle una buena enjabonada ¿no crees? — Le sonrió de nuevo. — Necesito que te quites esta ropa ¿puedes? — Se soltó de la mano de la mujer ante esa frase.
— Yo…no…
—…tranquila Bella, todo estará bien, ¿de acuerdo? — Ella dirigió sus ojos hacia las mujeres que la contemplaban. La rubia parecía entristecida y la morena curiosa. — Sólo van a ayudarte ¿o prefieres que salgan?
— Yo, es… que me da vergüenza. — Respondió— y no quiero quitarme la ropa, yo sólo quiero… quiero— ¿qué era lo que quería? ¿Irse? ¿A dónde? Ella no pertenecía a ningún sitio, no tenía familia ni dinero. Lo único que le quedaba eran sus recuerdos, que tampoco podrían ser revelados a nadie.
— Chicas— con un simple gesto, Esme despachó a las muchachas fuera de la habitación. Sin duda, la pequeña criatura tenía problemas con la confianza y sólo podía imaginar la razón para ello. Debía reconocer que los escenarios en su mente no eran alentadores. — ¿Ahora estás un poco más cómoda? Sólo estaré yo ¿si? Y te prometo que no deseo hacerte daño— se acercó cautelosamente a la asustadiza Bella, quien relajó solo un poco su cuerpo.
Solo se limitó a asentir, dejándose guiar por la mujer hacia la tina con agua. Se preguntó si estaría tan fría como el río en el que Marie la dejaba asearse. La idea no le apetecía demasiado porque luego temblaba como una condenada, pero como siempre, no podría quejarse.
Cuando sintió los dedos de Esme en los viejos lazos de su destruido vestido se tensó, consciente de lo que su espalda tenía y que no podría ocultar.
— Puedo hacerlo sola— se volteó justo a tiempo de evitar que viera su piel, no quería que jamás alguien la observara. La llenaba de vergüenza la simple idea.
— Está bien— contrario a la expresión de disgusto que esperaba ver, se encontró con una sonrisa cálida. Sabía que era una tremenda estupidez albergar algún tipo de aprecio por aquella señora, pues sólo estaba cumpliendo con una labor.
Terminó de quitarse la prenda sucia y sin esperar más tiempo se metió en el agua, que para su sorpresa, se encontraba tibia y agradable. Aunque le escocía la piel lastimada, no pudo apartar el increíble placer que sintió al verse rodeada de líquido distinto del hielo en que habitualmente se bañaba.
Se permitió cerrar los ojos un segundo.
Esme simplemente observaba la expresión extasiada de la muchacha al sumergirse en la bañera, y sabía que jamás abandonaría de su mente la imagen de su rostro sorprendido al meter la punta del pie dentro, ni tampoco su figura tan delgada. Por el amor de Dios, la muchacha estaba prácticamente en los huesos.
— Te ayudaré con el cabello ¿está bien? — Bella abrió los ojos y asintió. — Primero necesito que te sumerjas y mojes bien tu pelo, te laves la cara y posteriormente te enjabones— obedeció de inmediato y disfrutó de la sensación tan deliciosa. Hacía mucho que se daba un baño de estas características y era agradable no quedarse sin respiración por el frío. Incluso había olvidado su vergüenza, o bueno, eso fue hasta que oyó un jadeo. — Por Dios— lo que sus ojos veían era horrible. La espalda de la joven se encontraba surcada de moretones y heridas producidas por una varilla. Eso sin contar las múltiples cicatrices que entorpecían su piel tan blanca.
¿Cuánto había sufrido esa pobre? Se preguntó con las lágrimas picando tras sus párpados.
— ¿Quién te hizo esto? — Preguntó poniéndose frente al rostro tenso de la chica. Ahora que se encontraba limpio, lograba ver sus ojos de un extraño color chocolate y los rasgos finos y elegantes. Parecía una muñequita perteneciente a la nobleza.
— Yo… — Bella se mordió los labios, vacilando en la respuesta. Sin embargo, al contemplar la expresión seria y decidida de Esme, fue incapaz de mentir — mi abuela — susurró apenas.
La mandíbula de la mujer se puso rígida y por un segundo pensó que le pegaría y la tacharía de mentirosa. Inconscientemente se preparó, llevando las piernas al pecho y poniendo tenso el cuerpo, esperando el impacto. Pero éste jamás llegó y se atrevió a abrir un ojo. Esme se encontraba a su espalda nuevamente.
— Vamos a lavarte este bonito cabello y luego te pondré unas hierbas para que sanen más rápido, ya verás cómo no te quedará cicatriz. — Le sonrió por su costado y Bella sintió una extraña sensación tibia endulzar su interior y se permitió tener una leve esperanza. Quizá no todo sería tan malo o al menos, antes de morir conocería la bondad.
-o-
El baño fue agradable y más aún los suaves masajes que Esme se tomó la molestia de practicarle en el cuero cabelludo, relajándola a un nivel sorprendente y llevándola de regreso a su infancia, cuando su madre pasaba horas acariciando su cabello hasta que finalmente se dormía.
Luego la ayudó a enjabonarse y limpiar su piel tanto de la mugre como de los vellos. Fue muy dulce en todo momento y procuraba no asustarla, explicándole cada movimiento antes de realizarlo.
Cuando Esme le indicó que podía salir del agua que se había vuelto turbia, la esperó con una tela esponjosa que resultaba mucho más agradable que los harapos sucios y desgarrados que tenía puestos. Incluso la espalda había dejado de dolerle tanto.
— Alice, trae la ropa por favor — pidió a la chica de cabello corto y negro, que asintió y rápidamente cumplió su labor. —Ahora voy a peinarte y aplicarte el ungüento de hierbas medicinales, te sentirás mucho mejor. Créeme — le sonrió y Bella no pudo evitar el devolverle el gesto con torpeza. Se había portado tan bien que era inevitable que sintiera cierto aprecio.
La sentó frente a un tocador y comenzó a desenredar muy despacio cada uno de sus mechones.
Definitivamente tendría que hablar con Edward, se encontraba segura de que no tenía ni idea de que Bella había sido víctima del abuso de su abuela y que estaba tan aterrorizada de la gente, de hecho era una sorpresa la confianza que parecía tenerle. La observó a través del espejo, y notó que mantenía los ojos cerrados, luciendo bastante tranquila.
Pobrecilla, repetía en su mente mientras cepillaba el largo cabello.
Alice entró a la habitación con escándalo. Bella dio un brinco y abrió los ojos sobresaltada, se había dejado llevar completamente por los recuerdos y el suave tironeo en su cabeza.
— Aquí está, Esme. — Alice le sonrió con simpatía. — ¿Cómo te llamas?
— Eh, Bella — contestó dudosa y evitando mirar dentro de los verdes ojos de la chica.
— ¿Cuántos años tienes? — Se acomodó en un pequeño silloncito en una esquina del cuarto y miraba atenta a la muchacha de piel lechosa.
— Dieciocho… ¿y tú? — Bella esperaba que en cualquier momento la muchacha la mirara con desprecio y la tratara mal, ¿qué podía hacer? Era a lo que se encontraba acostumbrada.
— Acabo de cumplir los diecisiete — sonrió ampliamente y no podía entender por qué le hablaba tan agradablemente — mamá dice que hablar hace que la gente se sienta mejor, o al menos a mí me lo dice porque me gusta hablar mucho ¿crees que es cierto? — Bella se sentía abrumada.
— No — su voz sonó dudosa y pequeña.
— Mmh — miró brevemente cómo la castaña retorcía sus dedos y supo que la ponía nerviosa — lamento si te incomodo, es que creo que podríamos ser grandes amigas.
— Eso me gustaría. — Comentó y miró tímidamente a la chica.
— A mí también. — Le sonrió y Bella se sintió aliviada.
— Bueno, ya he terminado con tu cabello. Iré por el ungüento ¿de acuerdo? Mientras puedes vestirte, ten — y cuando quiso pararse, sus piernas le fallaron y sintió un mareo bloquearla un instante — ¿te encuentras bien? — Esme la sostenía del codo, al mismo tiempo que la miraba preocupada.
¿Y si estaba encinta? Edward de verdad había sido un insensato, pero la iba a oír.
— Es sólo que… — se calló al saber que estaba a punto de pedir comida. Su madre la habría reprendido.
— ¿Qué? — La urgió Alice y ante la mirada reprobatoria de Esme, se disculpó.
— ¿Qué sucede Bella? — Notó cómo las mejillas pálidas se volvían ligeramente rojas, total contraste a su piel blanca.
— Es que tengo hambre. — El corazón de ambas mujeres se encogió ante la vergüenza que vieron en las facciones delicadas de Bella.
— Espera aquí, ya voy por comida. Enseguida vuelvo — aseguró Alice, saliendo disparada del cuarto.
— Lo siento, no quiero…
—No tienes que disculparte. Solo tienes hambre — Esme parecía incrédula por el pesar que parecía tener la muchacha.
Bella simplemente asintió.
— Voy a cambiarme. — Mientras lo decía, desdobló el vestido sencillo de color amarillo desteñido y calculó que le quedaría muy holgado, pero no rechistó nada. De hecho, hasta le agradaba, y estaba limpio. Se quitó la tela y se colocó la ropa interior blanca, que parecía pétalo de rosa contra su piel. Había olvidado la sensación de una prenda olorosa y libre de suciedad. Así que fue otro gran placer el colocarse el vestido que como supuso, le quedaba grande de cintura y pecho, pero que al menos la protegía del frío.
— Oh, creo que te ha quedado muy grande — musitó Esme.
— No, está perfecto — se volvió hacia ella y le sonrió. — Muchas gracias por todo.
— No hay de qué — y apenas terminó de decirlo, Rose y Alice entraron en la habitación con una mesita llena de comida. Notó cómo los ojos de Bella se abrían y se relamía de forma inconsciente los labios. — Chicas, quédense aquí. Yo vuelvo enseguida — ambas asintieron y luego de dedicarle una sonrisa tranquilizadora, abandonó la habitación.
Caminó en línea recta hasta que llegó al estudio de Edward. Él tendría que oírla y recapacitar.
Tocó suavemente y entró.
— Disculpa, Edward. Quisiera hablarte — se quedó en el umbral, esperando hasta que el hombre se diera vuelta y le indicara que podía pasar con una sonrisa.
— Ya sabes que puedes entrar cuando gustes y no necesitas pedir permiso — nunca comprendería ese comportamiento tan riguroso de su nodriza. Después de todo ella lo había criado y lo conocía mejor que él mismo.
— Lo sé. — Sonrió, pero fue una sonrisa preocupada y tensa y Edward lo notó.
— ¿Qué te aqueja? — Interrogó poniendo los codos sobre la mesa de roble.
— Es la chica — sí, la chica. ¿Qué más podría ser? Se preguntó.
— ¿Qué hay con ella?
— ¿Para qué la trajiste?
— Sabes para qué — sonrió cansado — sabes que quiero un heredero.
— ¿Y piensas casarte con ella? — Esme estaba siendo bastante sarcástica, pero no le importaba.
— Cielos, no — Edward se puso de pie incómodo por la conversación. — No quiero casarme, no necesito una esposa.
— ¿Entonces la harás tu amante?
— ¿Qué sucede Esme? — No comprendía la repentina preocupación por sus asuntos amorosos. La postura de la mujer se relajó notoriamente.
— Es que esa niña ya ha sufrido mucho y no considero correcto que simplemente la utilices. — He ahí el dulce corazón de su nodriza, que también era su mayor punto débil. Era asusta y muy vivaz, pero cuando se trataba de gente desvalida o que daba esa impresión se volvía muy blanda. Era lo único que jamás había aprendido de ella. Edward analizaba todo como un negocio, con la mente fría y siempre optando por lo que era más provechoso, sin comprometer los sentimientos nunca, ni siquiera en sus encuentros íntimos. Él lo veía por lo que era, simple pasión y no le conmovía de ningún modo, nada lo hacía, excepto la mujer parada frente a él.
— Esme — se acercó y la abrazó con dulzura — te prometo que todo estará bien. Voy a tratarla bien mientras tenga a mi hijo en su vientre y luego…
— ¿Luego la abandonarás quitándole a su bebé? — Un poco fastidiado la soltó.
— A ella no le importará. Menos cuando le ofrezca una cuantiosa suma por su silencio — observó la expresión de horror que surcó los ojos verdes de Esme. — Es una simple prostituta. No le van los sentimientos ni mucho menos le importará un bebé.
— ¿Una prostituta, dices? — Su nodriza se alejó —puedo asegurarte que ella no lo es. Parece demasiado inocente y tímida.
— Esme querida, las apariencias engañan. — Ella negó y Edward odió su tozudez. — De todos modos seguiré con el plan y mejor si es inexperta, menos riesgos correrá mi salud y la de mi hijo.
— No puedo creer que hables así — susurró con la mirada empañada de enojo y decepción. Mujeres, se dijo Edward para mantener la calma. — Sé que es inocente y que ha sufrido mucho, he visto su espalda y…
— ¿Está lista? — Un dejé de desesperación acudió a los ojos de Esme cuando vio que Edward hablaba completamente en serio.
— Sí, pero…
—… Entonces llévala al cuarto de invitados. — Y le dio la espalda, no podía permitir que alguien le hiciera dudar de sus planes, ni siquiera ella.
— Como quieras.
Y acongojada, la mujer obedeció, retirándose del estudio de Edward. Sabía que cuando se le metía algo en la cabeza, no descansaba hasta obtenerlo y con el bebé no sería diferente, sólo le quedaba rezar por Bella, para que aquel niño que había criado siguiera ahí y optara por lo correcto.
Hola! ¿Cómo andan? ¿Qué les pareció el cap? Es aún preludio... pero las cosas se ponen más interesantes en el otro xd
Quiero agradecer por el apoyo en mi otra historia ya terminada y quiero reiterar que aunque me gustaría mucho, no puedo actualizar muy seguido, ya que sólo me queda un capítulo y no tengo mucho tiempo. De todos modos, trataré de actualizar cada semana.
Bueno, esperando que tengan lindo día, me despido hasta la otra semana.
Un abrazote enorme y muchas bendiciones!
Pd: Lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática.
