Esta historia no es mia, yo solo la he traducido con el consentimiento de su autora, está publicada en otra página bajo el mismo nombre que esta en español y en inglés se titula Four Nights y es de theapolis.
Los personajes, lugares y demás tampoco me pertenecen, todo es de Marvel, con lo cual no me lucro con ello. Espero que disfruten!
A los 16, Charles Xavier era pequeño para su edad, y estaba empezando a resignarse al hecho de que podía ser así para siempre. No le importaba mucho, salvo aquellas ocasiones en las que se daba cuenta que nunca estaría dentro de los estándares de atracción masculina que veía por todas partes, a pesar de ello a la gente parecía gustarle así, por lo que no lo tomaba demasiado en cuenta.
Uno de los pocos pasatiempos que le permitían continuamente disfrutar, de manera casi perfecta, era jugar en el equipo de fútbol del instituto. Después de uno de los entrenamientos, Charles estaba caminando junto a su equipo hacía el vestuario para ducharse cuando se dió cuenta que los balones no se habían recogido, algo de lo que se ocupaba normalmente el chico encargado del agua.
Golpeó a Alex en el hombro mientras caminaba a su lado.
—¡Ey! —dijo—. ¿No estaba enfermo Hank?
Alex se encogió de hombros.
—Voy a por los pelotas —dijo Charles, sonreía anticipándose a la risita de Alex. No se había equivocado—. Te veo luego.
—Recoge las pelotas y manéjalas bien —contestó Alex, dándole una palmada en su hombro.
Eso hizo reír a Charles mientras recogía los balones y los metía en la bolsa. Después de guardarlos, se duchó y vistió. Estaba desenredando los cordones de sus zapatos, una broma probablemente de Sean, que habría encontrado gracioso enredarlos hasta que fueran un ovillo. Charles se estaba levantando cuando la puerta del vestuario se abrió de golpe.
—Te dije que esto era una estúpida idea.
Se agachó, Charles se quedó congelado ante esa voz y sintió como se le aceleraba el pulso. Era estúpido tener un flechazo por Erik Lehnsherr de entre todas las personas, pero era inútil querer pararlo.
—¡Vamos! —esa era Emma Frost—. ¿No me dijiste lo mucho que odiabas a todos los que hacían deporte?
Charles miró su uniforme empapado en sudor, tirado en el banco próximo a él.
—Si, pero ¿qué vamos a conseguir? —Contestó Erik—. ¿Qué clase de mensaje vamos a mandar si ellos no sabrán quien o porque ha destrozado su vestuario?
Una a una, las taquillas cerca de la entrada al vestuario empezaron a abrirse y escuchó el sonido de las cosas que almacenaban caer al suelo. Charles se sentó, como si fuera una estatua, inmóvil mientras ataba sus cordones y sin saber qué hacer. Emma y Erik empezaron a reír.
—Vale, esto es muy divertido —admitió Erik.
—¿Verdad? Lo sabía —dijo Emma sonando tan contenta como nunca antes, lo cual no era demasiado—. ¡Ey! ¿Dónde crees que estará la taquilla de Xavier?
—¿Por qué? —gruñó Erik. Otra taquilla se abrió y su contenido fue directo al suelo.
—Pensé que podrías oler su ropa interior o algo así.
—¿Qué? —Contestó—. ¿Por qué iba a interesarme un bajito, pegajoso, cobarde sabelotodo con esa mandíbula hacia fuera?
Charles se quedó mirando el suelo. Tambaleándose ante él.
—Pensé que estabas tras él, eso es todo —dijo Emma, casualmente.
Se escuchó el sonido de una tela moviéndose, el gruñido de Emma, luego un casco rebotó en la pared en el espacio entre las taquillas donde él se encontraba, como si lo hubiera pateado.
—Me preocupa más cualquiera que haya estado con él, la verdad —respondió Erik—. La única razón por la que cualquiera estaría con Xavier es porque se abre a cualquiera. La única razón por la que la gente pasa tiempo con él es porque tienen una buena oportunidad de que él se la chupe.
La voz de Erik sonaba cada vez más cerca al final de su frase, y él fue descubierto. Sus miradas se encontraron. Charles sabía que tenía los ojos humedecidos, sabía que sus manos estaban apretando el borde del banco y sabía que ambas cosas demostraban su cobardía, pero no podía pensar en que otra cosa hacer.
Por unos interminables segundos, ambos se miraron, Erik palidecía lentamente.
De manera abrupta, Erik dió la vuelta y se marchó.
—Vamos —dijo de forma brusca.
—¿Eh? —respondió Emma, su voz se escuchaba amortiguada, como si estuviera dentro de la taquilla buscando.
—Hemos acabado aquí —dijo Erik. La puerta se abrió y cerró de golpe.
—¿Qué? ¿Erik? —llamó Emma, resonaban sus pisadas en el suelo, la puerta volvió a abrirse y se cerró.
Charles estaba solo.
Concentrado en el desarrollo de la argumentación de sus papeles, Charles ignoró el zumbido constante de su teléfono durante cinco largos minutos antes de rendirse y apartarse del ordenador con un suspiro de frustración.
Era Raven. No le sorprendió.
—Espero que la interrupción valga la pena —dijo de manera correcta pero la irritación se notaba en sus palabras.
—Charles, la abogada está aquí —respondió.
Hubo una pausa durante unos instantes.
—Estaré allí en una hora.
Por lo general, no solía ser un camino fácil ir desde Columbia hasta Westchester, pero Charles conocía una ruta que adelantaba su viaje en la mitad de tiempo que le llevaba al resto de la gente.
Raven paseaba por el amplio porche cuando Charles se detuvo.
—¡Al fin! —dijo ella, envolviéndolo en un abrazo. Recibió su beso en la mejilla y le dio otro a él dejándole la mancha de su pintalabios, se apresuró a limpiarla—. Está en el estudio.
—¿En qué estudio? —preguntó secamente, aunque ya conocía la respuesta. Ella ni se molestó en contestarle sabiendo que él ya lo sabía.
La abogada estaba impecablemente vestida, una mujer de rostro serio y que ya estaba de pie cuando él entró.
—Señor Xavier —saludó ella, ofreciendo su mano—, me alegra verle de nuevo.
—Charles, por favor Gwen —insistió él tomando con sus manos la suya—. Te lo he dicho muchas veces.
—Y yo voy a seguir ignorándolo —su expresión no varió un ápice—. Un asunto de cierta importancia, me temo.
—Me he dado cuenta —suspiró Charles, hundiéndose en el sillón frente a ella. Raven se sentó sin preguntar en el sofá junto a la abogada—. ¿Qué desastre dejó Kurt durante todo este tiempo?
—Algo que le involucra de manera íntima —contestó ella, abriendo su maletín formal y sacó un fajo de papeles—. ¿Conoce a los Lehnsherr?
La mención de ese nombre dejó a Charles sin habla por un momento.
—Fui al instituto con su hijo, Erik —respondió finalmente. Raven le miraba algo sorprendida—. ¿Cómo….? Ellos no me parecen la clase de personas con las que Kurt se viera involucrado compartiendo aficiones.
—El padre, Jakob Lehnsherr, firmó un acuerdo legal vinculante hace ocho años en relación a una deuda de juego que él había acumulado. El acuerdo fue entre él y Kurt Marko. En ese momento, Jakob Lehnsherr debía a Kurt Marko 3,4 millones de dólares en deudas de juego.
La cifra dejó a Charles sin respiración. Aún así tendría de todos modos, incluso sólo con su extensa riqueza heredada, pero acordándose de Erik, pisando con orgullo a grandes zancadas el pasillo del instituto con la suela de su bota izquierda despegada, con las escasas ropas que tenía y que repetía cada pocos días, era abrumador.
—En respuesta para perdonarle todas sus deudas pendientes, Jakob Lehnsherr se comprometió a que, si no podía saldar sus deudas por el trigésimo cumpleaños de su hijo, él ofrecería a su hijo en matrimonio con el heredero de la fortuna de los Xavier con la seguridad de que los Lehnsherr pagarían de esta forma, a través de la unión de ambas casas y algunas conexiones que los Lehnsherr tienen con su patrimonio en Alemania.
Reinó el silencio absoluto durante unos minutos hasta que Raven explotó con un:
—¿Esto es una jodida broma?
—Gwen —comenzó a decir Charles, perdido por completo, mientras Raven se levantó.
—¿Acaso es una novela de época? —preguntó—. ¿Un matrimonio de conveniencia? ¿Para Charles? ¿Qué saca él de ello, Gwen?
—Las conexiones alemanas de los Lehnsherr no son nada despreciables, Raven —contestó ella, imperturbable—. Sin valor para ellos, desde luego, pero ¿habéis oído hablar de los Forstnerts cierto?
Tanto Charles como Raven se quedaron inmóviles y se miraron el uno al otro.
—Tal vez le gustaría considerarlo —añadió Gwen, con delicadeza, cerrando su maletín.
—¿Qué pasa con Erik si me niego? —preguntó Charles, apartando su mirada de la de Raven y viendo como Gwen se ponía en pie.
—Te debe el dinero —respondió.
Él frunció el ceño.
—No quiero el dinero. ¿Qué pasa si rechazo esto y le libro de todas las deudas que tenga con nosotros o los demás?
—Todavía seguiría siendo considerado legalmente responsable —le contestó—, sería una pequeña multa, en comparación a todo lo que le debe.
Una pequeña multa era nada, comparado con un matrimonio.
—¿Puedo ver los documentos?-pidió él.
—¡Charles…! —exclamó Raven.
La ignoró y los leyó con mucho cuidado.
Un año. Un año de matrimonio era todo lo que Erik necesitaba y estaría libre de deudas.
—Estoy de acuerdo —dijo—. Si él también lo está.
