Notas: Bueno, aquí tenemos la segunda entrega de esta que es la primera historia que me atrevo a publicar. Disculpen por la primera parte tan abrupta, pero aunque edite el documento, soy nueva en esto de publicar y no me guardo los cambios.

Muchas gracias por leer y espero que si les gusta dejen un comentario, gracias.

Disclaimer: Sebastian Moran, y James Moriarty son autoria de Sir Arthur Connan Doyle, y actualmente de quien poseea los derechos sobre ellos, yo no recibo ningún tipo de remuneración economica. Lo hago por diversión y para ayudar a el fandom MorMor a crecer.

Capítulo Dos

"La bruja y el Olmo"

El segundo piso de la casa era un poco más oscuro que el primero, aquello se debía a la falta de ventanas en el largo pasillo.

Sus ojos de cazador, recorrían los detalles de la casa mientras seguía a su anfitriona.

—Tu habitación cuenta con su propio cuarto de baño pero si es necesario, la puerta al final del pasillo es otro baño —Le explicó con encantó mientras se encargaba de señalar las cosas que nombraba —Esa de ahí es mi habitación, quizá llegarás a necesitar algo a media noche y por no conocer aún la casa podrías necesitar mi ayuda. No dudes en acudir sin importar la hora —Dejó muy en claro cual era la puerta de su habitación incluso hizo una muy breve parada para asegurarse de que a Sebastian le quedara muy en claro la información.

Lucy continuó el camino y pasó frente a otra habitación, esta tenía la puerta abierta y dentro de ella, James estaba de pie sobre su cama, acomodando una nueva pieza en un móvil de planetas que colgaba del techo. Cuando les escuchó, miró hacia ellos y le sonrió a Moran pero volvió a dedicarse a lo suyo y Lucy cerró la puerta como si considerara indebido que Sebastian tuviera que soportar la presencia constante de Jim.

—Y está es tu habitación

Bien iluminada pero con cortinas que podían bloquear por completo la luz del exterior. Parecía ser una habitación que siempre había estado destinada a los invitados. Tenia espació para un pequeño pero agradable juego de sillones y una esquina con un escritorio y un librero casi vacío. Además, otra puerta que conducía al baño.

—Espero que no te incomode que la habitación de James esté al lado. Él, no será una molestia —Las maletas del soldado ya estaban ahí— Josh debió marcharse sin despedirse porque no quería interrumpir tu comida, es un hombre muy amable. Realmente conoce el pueblo como nadie. Me dijo que estás escribiendo un libro —Tocó la cama suavemente para asegurarse de que Sussy había cambiado toda la ropa — ¿Te parece adecuado para nuestro precio acordado?

— Me parece mucho más de lo que habíamos acordado —La voz de Moran, provenía justo detrás de Lucy.

El hombre se había movido por la habitación mientras la mujer hablaba de cosas que a él no le importaban, la información que requería ya la tenia. Había visto a James parado sobre su cama, intentando colocar aquella pieza y había tenido que resistir la necesidad de ir y hacerlo por él, ofrecerle al jovencito su altura para evitar que tuviese que mantener un precario equilibrio para lograr lo que deseaba.

Su mano grande y pesada se poso en la breve cintura de la dama, y se quedó ahí presionando mientras él hablaba —Todo es perfecto, justo lo que necesito.

La mujer sintió que se le cerraba la garganta, la mano de aquel hombre presionando su cintura y la manera en que imponía su presencia detrás de ella, le agitaban la respiración. Llevaba demasiado tiempo, sola. Oscureciéndose como aquella casa. Con Sussy, el viejo Clement y con Jim. Ahora la presencia de aquel hombre nuevo, apuesto y territorial la ponía a temblar de anticipacipación.

Se rió. Porque eso era lo que sabía hacer, reír cuando no podía ser lo suficientemente lista para responder.

Se giró casi de manera precavida, como si detrás la acechara un depredador. Puso su mano abierta sobre el pecho de Moran y sintió sus fuertes pectorales —Debo comer con Jim y tú debes instalarte y descansar. Por favor, llámame si necesitas algo —Lo miró a los ojos y le sonrió como una boba. Pero escapó de su presencia, porque era una dama, acababa de conocerlo y no eran siquiera las seis.

—Lo haré —Respondió, apretando un poco el agarré, no por un impulso de posesión, sino, por la irritación creciente a causa de aquella risita de idiota que comenzaba a odiar.

Dando un paso atrás liberó a la mujer y se dio la vuelta para arrojar las maletas sobre la cama, dispuesto a desempacar y comenzar a ordenar todo lo que necesitaría para instalarse en su nuevo hogar.

Tenía un portátil que inmediatamente conectó a la toma de corriente cercana al escritorio, y desparramó su ropa sobre el edredón, recordando repentinamente que aquella seria insuficiente. Su habitación estaba caldeada, incluso podría andar descalzo sin problema alguno, pero los cristales empañados le recordaban el frío que hacia en el exterior, y si pensaba salir a cazar al bosque necesitaría algo más que su abrigo de lana, y sus botas militares.

Se preguntó, si la viuda tendría un automóvil del que pudiera echar mano, o sería necesario acudir al guía gordo para poder conseguir un auto de segunda mano. Lo necesitaría si pensaba moverse por el pueblo y los alrededores sin tener que estar avisando de sus idas y venidas a nadie.

Aquel día había sido exhaustivo, el coronel no pudo hacer mas que desempacar, instalarse y dormir. Rechazó la cena que Sussy le ofreció, en aquellos momentos lo único que quería era hundirse en la inconciencia, relajar el cuerpo y dejar que todo lo que lo había orillado a llegar ahí desapareciera.

-:-

La vida era monótona en Braemar, un consecutivo de días grises, mañanas heladas, y noches aun más.

Los primeros días Sebastian los utilizó para poder habituarse a la rutina de la casa, estudiar a sus habitantes, Sussy siempre era la primera en ponerse en pie, con la suave melodía de su radio portátil, transportándolo por toda la casa mientras encendía calderas y chimeneas, para después enclaustrarse en la cocina. La viuda era la segunda en dar señales de actividad, con sus tacones resonando por las maderas viejas de la casa. Pero el habitante que más le interesaba al militar, era James, el chiquillo parecía no dar señales de vida jamás, se movía silencioso y furtivo por el caserón.

Un par de veces lo descubrió parado a un par de metros de su escritorio mientras él tecleaba en el portátil sus memorias, tan absorto en lo que plasmaba en la hoja digital que no lo escuchaba entrar a su habitación, haciéndolo dudar incluso si había cerrado, o simplemente entornado la puerta.

Habían intercambiado sonrisas, muchas sonrisas a través del paso de esos días, una sonrisa mientras lo miraba caminar al lado de su madre para ir al colegio, y él miraba por su ventana. Una sonrisa más a la hora de la cena, cuando una frase irreverente e ingeniosa dejaba a su madre callada y furiosa, y una sonrisa antes de retirarse a dormir.

Aquella mañana había sido la menos fría de la semana, por lo que Moran decidió que era tiempo de surtirse de todo lo que necesitaría en su nueva vida. Tomó su abrigo gris, una bufanda que la viuda le había facilitado y un gorro de lana negra calado hasta las orejas, ocultando sus rubios cabellos. Tenia las llaves del vehículo familiar en la bolsa y no le costó trabajo llegar al pueblito colina abajo.

Recorrió lentamente las tiendas una por una, comprando ropa adecuada para la estación, tinta de impresora, papel y por último, reservó su visita más anhelada, la tienda de municiones del lugar. Dirigida por el viejo Billy, un hombretón de unos cincuenta años, con una barba tan profusa y enmarañada que Sebastian se preguntó si había un rostro debajo.

— Necesito Un rifle acosador de 7mm —Fue su saludo después de pasear por el local y elegir una brújula, un saco de dormir, y municiones varias. Ya se encargaría de que todas sus armas fuesen llegando por envíos especiales, y quizá haría un pequeño viaje a la bodega que tenia rentada para sacar otras más que le sirvieran. Pero en su colección faltaba una buena arma para cazar —Me dijeron que si quería algo de calidad tenia que venir aquí.

—Y no le han mentido señor —Billy le sonrió. Sabía identificar a un tirador por sus manos y también sabía cuando los hombres que entraban en su tienda eran solo curiosos sin habilidad. Había sido armero del real ejército británico, veintiséis años de servicio y no necesitaba más para identificar a un colega — ¿Esta usted pensando en derribar ciervos? Por aquí la cacería no está mal vista, aunque hay unos idiotas que creen en todas esas cosas de las especies protegidas. Si un animal no puede defenderse solo, ¿Por qué tendría que merecer seguir viviendo? —Fue a sacar una llave de su robusto pecho, la cadena de la que colgaba la llave ni siquiera era visible entre su barba.

Con esa llave, abrió un estante grande y sacó de ahí un rifle negro de tiro recto —Con este puede usted derribar a un ciervo a ciento cincuenta yardas señor —Se lo ofreció.

Sebastian miró al hombre y sonrió satisfecho de encontrar a un colega que compartiera sus ideas. Temía que aquel lugar fuera reserva protegida o cualquiera de esas mierdas ambientalistas que los politiquillos que no tenían cosas que hacer, se inventaban. Pero después de todo, el pueblo parecía haberse quedado estancado en los años 70's con chispazos de modernidad aquí y allá.

Tomó el rifle que le ofrecían y lo examinó, era un arma bonita, de madera pulida en la culata, el brillante metal del cañón tenía una frialdad seductora. La sintió ligera entre sus manos, buena para la caza, pero completamente inútil para él.

— Mhh, si...bonito —dictaminó dejando el rifle sobre el mostrador —Seria ideal si quisiera ponerme una chaqueta roja a cuadros y posar con él para las postales de navidad que le enviaré a mi abuela, pero yo necesito algo más...a mi estilo —Dejó flotar la sugerencia de algo que estaba casi seguro que el otro comprendería.

Moran no había ido ahí a comprar un rifle de juguete, el quería uno especial, de esos que a los periódicos les encantaba llamar modificados e ilegales. De apariencia tan elegante y bonita, en los que podías meter una munición .275 Rigby semi blindada, y que a un tirador inexperto podían destrozarle la clavícula con el culatazo de regreso.

— Pero bueno...creo que es difícil encontrar un arma que nos satisfaga por si sola, son como las mujeres ¿no? —Levantó una ceja insinuante, y esperó por la reacción del vendedor.

Billy se rió y negó encantado con aquel cliente — Ya me entiende usted, no hay mujer que valga sola lo suficiente como para olvidarnos de las demás ¿no? —Guardó de nuevo el bonito rifle y le lanzó a Moran una mirada cómplice antes de cerrar ese estante y moverlo hacia un lado, apartándolo. Detrás, había una puerta secreta. La abrió y quedó a la vista un pequeño almacén —Aquí están las armas de verdad —Lo invitó a acercarse y mirar, tenía incluso perforadoras de blindaje, pero la venta de muchas de aquellas armas era ilegal.

Afuera de la tienda de municiones. James miraba atentamente hacía la puerta, como si pudiera ver a través de ella todo lo que estaba pasando en el interior. Había reconocido el auto de su madre estacionado cerca, pero después de echarle un vistazo supo que no lo conducía Lucy, porque ella nunca aparcaba con tanta rectitud.

— ¡Ah!...amigo a esto me refería —Moran no se preocupó por disimular su encanto ante aquel cuartito secreto, si había algo que amara en esta vida eran las armas, el sexo rudo, y el juego. Generalmente solía combinar un par de aquellos gustos a la vez, pero ahora se conformaba con admirar la belleza que se extendía a su alrededor.

Entró decidido y paseó las manos por las bellísimas armas modificadas que pendían de las paredes. Con sus cajas de municiones debajo. Fue directo hacia los potentes rifles con mirillas, y cañones especiales. Soltó una carcajada complacida al ver las cajitas de balas de las que había hablado— Hola belleza —saludó mientras tomaba el rifle y lo probaba — ¿A cuanto puedes tumbar un alce macho? ¿Doscientas yardas? ¿Doscientas cincuenta? Con esta munición, si sabes donde dar, solo necesitas un tiro y no hay daños mayores a la carne ni a la piel.

— Escuche una vez que un tipo tiró un alce macho a trescientas yardas. Creo que depende de la mano del tirador —Billy se complació con la manera en que Moran sujetaba aquellos tesoros letales. Si, ese hombre debía haber pasado toda su vida sujetando armas, solo así se obtiene la confianza para agarrarlas con la confianza con que un hombre se agarra las bolas.

La campanita de la puerta sonó y Billy casi se infartó, hasta que vio ahí de pie a un niño.

— ¿Pero qué diantres haces aquí mocoso? ¿No sabes leer? ¡Los niños no pueden entrar aquí!- Billy caminó furioso hacia Jim para tomarlo de una oreja y echarlo fuera, pero los grandes ojos de aquel muchachito lo hicieron dudar.

— Estaba esperando a mi tío allá afuera —Se movió con confianza y fue hasta Sebastian tomándose de su mano, dedicándole una sonrisa —Hace frío. ¿Cuánto tiempo más vamos a estar aquí? ¿Venden golosinas o solo balas? —Fingió ingenuidad.

El rubio podía jurar que James no era humano, sino un fantasma por la manera casi milagrosa que aparecía en los lugares sin haber disparado sus alarmas. Él era un soldado, y no uno cualquiera era un coronel del ejército de su majestad, o al menos lo había sido. El no tener sus medallas colgadas al pecho no significaba que le hubieran quitado también el instinto. Pero con James no podía ponerse en guardia, le era imposible. Así que sonrío y apretó la mano del jovencito entre la suya cubriéndola por completo.

— Solo balas, ya sabes Jim, de esas para cazar ciervos para la cena —Le explicó con tranquilidad, fingiendo que no estaba sorprendido por la presencia del chiquillo —Vamos, te comprare golosinas. El viejo Bill ya sabe lo que quiero —Le lanzó una mirada al hombre que parecía estar a punto de infartarse y caminó fuera del cuartito asegurándose de deslizar un grueso fajo de billetes en el bolsillo de la chaqueta del vendedor

Ya podría pasar él mismo otro día a recoger el pedido, o el propio Billy llevarlo a casa de la viuda.

La campanita de la puerta, hizo ruido una vez más cuando el par abandonó la tienda de armas. James no soltó su mano de la del rubio a quien de hecho, le dedicó una de sus usuales sonrisas — ¿Vas a salir de cacería? —Si, estaba preguntándole, pero su mirada dejaba en claro que sabía la respuesta que Moran aun no formulaba.

El viento que soplaba temprano aquella tarde era casi calido. No había muchas nubes en el cielo pero el sol no alcanzaba a calentar adecuadamente nada de lo que había en Braemar. Generalmente eso pronosticaba una noche tormentosa.

—Mi madre debe estarte esperando para comer. Le pidió a Sussy que hiciera filetes —Su conversación parecía absurdamente casual.

—James, deberías estar en el colegio ¿No es así? —Fue la respuesta a la conversación absurda del chiquillo. Lo miró con curiosidad más que con enfado y le indicó que subiera al auto mientras él tomaba el puesto del conductor— Supongo que debe ser aburrido para ti estar encerrado —Continuó su conversación cuando el niño estuvo a su lado. No le pidió que se abrochara el cinturón, ni tampoco tuvo cuidado cuando arrancó y aceleró por las callecitas tranquilas del pueblo, enfilando hacia la salida de este.

Aunque aun no obtenía ninguna respuesta, Sebastian sintió la necesidad de seguir hablando.

— ¿Has visto a un animal morir James? —Dijo, tomando la carretera para volver a casa —Yo he visto muchos, y no solo ciervos y lobos, he cazado leones, tigres e incluso una vez, un par de elefantes.

El chico se acomodó en su lugar. Por que aquel era su lugar, en el asiento del copiloto del auto de su madre. Aunque ella siempre había insistido en que ocupara uno de los asientos de atrás —Puedes llamarme Jim si quieres. Mamá siempre me llama James —Le informó— Hoy le he dicho al profesor que necesitaba su ayuda para mi estudio de la asimetría de los bariones y él dijo que podía irme temprano a casa —Explicó con total indiferencia mientras comenzaba a dibujar con su dedo en el paño del cristal de la puerta — Una vez vi morirse un caballo. ¿Realmente mataste tigres? —Lo estudió con la mirada — ¿Por qué?

Moran movió la cabeza afirmativamente a la respuesta, no tenia una jodida idea de lo que el chiquillo había dicho o tan siquiera de lo que significaba aquello. ¿La asimetría del que carajo?...Sonaba a algo como de universitario geniecito, no a algo que un niño de trece años debería saber.

El ex militar trató de recordar que diablos era lo que él estudiaba a los trece, pero la pregunta del moreno lo sacó de sus pensamientos —Pues, por que podía hacerlo —contestó con simpleza, y era la verdad, él no tenia profundos conflictos emocionales del bien o el mal, del poder o la sumisión.

No era como aquellos hombres que hablaban de la supremacía del hombre sobre el animal, o unos más dementes aun, que teorizaban sobre el devorar el alma de cada animal que cazaban. No, Sebastian cazaba por que podía, por que era lo mejor que se le daba, tirar de un gatillo y quitar una vida. Y sobre todo, por que eso le reportaba un buen dinero que después podía derrochar en la mesa de juego.

— Ver morir a un caballo no cuenta, un caballo es un animal bastante común, en cambio desprender de su piel a un tigre en la india...eso si que es especial.

A James no le gustaba que las personas insinuaran que él no era especial. Por primera vez, Sebastián vio desaparecer la sonrisa que aquellos labios le ofrecían constantemente y pudo sentir que la mirada de aquellos ojos castaños se enfriaba sobre él —Un animal es simplemente eso, una forma de vida inferior a nosotros. Su creación es un paradigma y los envuelve a todos, desde tigres hasta caballos —Lo retó a contradecirlo. Como si Jim no fuera un niño, sino un hombre de su edad y condición que podía romperle la cara si le venía en gana.

El aire se volvió denso dentro del auto. Sebastián podía presentir que aquel era uno de esos momentos donde estaba siendo puesto a prueba.

— Mierda Jim... —El rubio miró hacia el frente, perdiendo sus ojos grises en la carretera y virando hacia la izquierda, aunque el camino que los llevaba a casa era el contrario. Al rubio le apetecía dar un paseo, y evitar lo posible el reencuentro con Lucy y sus risitas idiotas —No entiendo un carajo de lo que acabas de decir —Confesó finalmente, aquellas palabras se le antojaban demasiado avanzadas y pretenciosas como para que alguien como él pudiera analizarlas, mucho menos decir algo que las rebatiera.

Moriarty se sonrió. Se desvaneció la seriedad de su mirada y terminó por reír como si Sebastian acabará de decirle algo muy gracioso — Mamá detesta esa palabra "mierda" pero creo que le gustaría escucharte decirla. A ella le gusta escuchar todo lo que dices —Bajó el cristal para que entrara el aire frió y después lo subió de nuevo y lo bajó otra vez, simplemente estaba jugando.

No dijo nada cuando dejaron atrás la casa a la que se supone que tenían que regresar —Vamos a la abadía olvidada —Ordenó y señaló con su dedo un escalofriante edificio en ruinas que gobernaba el pueblo desde lo alto de una colina muy pronunciada.

— Lo que a tu madre le gusta, es el sonido de su propia voz —Contestó sonriéndose. A pesar de que estaba relajado y muy a gusto con la presencia de Jim a su lado, sus sonrisas jamás perdían aquel tono siniestro que lo hacia lucir peligroso —Apuesto a que yo podría hacerla decir "mierda" muchas veces.

Cuando James mencionó la abadía olvidada la curiosidad despertó en el militar, aquellos lugares siempre le habían parecido aburridos, un montón de piedras sobre otras, ratas y moho por donde quiera. Se sentía incapaz de admirar "el valor histórico" pero si el pequeño ordenaba, él obedecía sin rechistar, sin cuestionarse un segundo la orden dada.

El motor del auto se vio forzado cuando la inclinación de la colina se volvió más pronunciada. Pero aquellos vehículos estaban pensados para desplazarse a través de aquel tipo de terreno, así que Jim no se preocupó en lo absoluto mientras el auto subía más y más —Nunca he escuchado a mi madre decir "mierda" ¿Cómo harías tú para hacer que lo diga muchas veces? —La curiosidad brilló en aquella mirada. Jim subió los pies al asiento y se concentró en el adulto. — Quizá gritaría "mierda" si ve ese rifle que compraste —Puso una de sus manos sobre una que Sebastián usaba para sujetar el volante y le dio un jalón para hacer al auto dar un peligroso desvió de su ruta —¡Ah! déjame a mi, déjame conducir.

Sin esperar a saber si Sebastian estaba de acuerdo o no, comenzó un complicado traslado. Se paró en su asiento, pero al mismo tiempo tuvo que inclinarse para que su cabeza no chocara con el techo del auto y saltó la palanca de velocidades para sentarse sobre las piernas de Sebastian, muy apretado entre él y el volante que tomó con sus manos. Sus pies no alcanzaban los pedales, eso sería responsabilidad del adulto.

Una risita divertida fue la respuesta al darse cuenta que Jim no había ignorado el hecho de que a pesar de no haber salido con nada en las manos de la tienda de municiones, si que había comprado el rifle que sostenía— ¿Pero quien ha dicho que yo compré un rifle?- bromeaba claramente, pues le lanzó una miradita cómplice al moreno antes de fruncir el ceño ante el tirón de su mano en el volante haciendo que el auto se pandeara un poco en el camino, sobre todo por la velocidad a la que iban, más no dijo nada, ni sintió su pulso acelerarse.

Cosa que no duró mucho tiempo, pues cuando sintió al niño hacer todos esos movimientos para acomodarse en su regazo pensó que aquello era lo más idiota e irresponsable que podrían estar haciendo...y le encantó.

Su pulso se aceleró, pero no era debido al miedo, en realidad no sabia a qué se debía, pero le agradaba. Posó sus manos en la cintura de Jim, dejándole el volante, para que lo condujera mientras él aceleraba un poco más, para subir la pendiente.

Podía sentir las delgadas piernas entre las suyas, y su pecho cubría por completo la espalda del niño, sus manos apretaron un poco su agarre, sintiendo los huesos delicados debajo de la piel y las capas de ropa que llevaba encima. Se inclinó un poco para adelante y aspiró el olor agradable que desprendían sus cabellos, sin importarle que estaba confiando su vida en las manos del muchachito.

James estaba fascinado, su madre nunca hubiera permitido algo semejante y el pueblo era demasiado pequeño como para poder tomar las llaves del auto y salir a dar una vuelta. No era estupido, manejar era sencillo. Especialmente en medio de un camino desolado como aquel —La abadía abandonada va a encantarte, pero es un lugar al que nunca te llevaría el gordo Josh, a todos les da miedo —Se encogió de hombros guiando al auto para que pasara sobre las rocas más grandes del camino. Si, estaba arruinando los neumáticos, pero ¿qué iba a decir Sebastián cuando su madre se quejara al respecto? "Jim condujo!" No... No parecía algo probable. El auto daba saltos y Jim se reía divertido mientras se removía en las piernas de Sebastián a quien ignoraba.

— ¿Tú crees en los fantasmas? —No parecían importarle aquellas manos calientes y grandes que lo sujetaban apretándolo un poco.

Los ojos grises de Sebastian intentaban concentrarse en el camino, para vigilar a donde diablos lo llevaba James, pero no podía, las negras pestañas del chico, subiendo y bajando a cada parpadeo, la piel tirante de sus mejillas jóvenes y el hueso de su mandíbula, que lo invitaba a morder hasta sentir la piel ceder bajo sus dientes. Todo lo distraía, el aroma, el tacto...esos condenados saltitos que daba en niño en su regazo, restregando sus firmes nalgas contra su entrepierna. Culpando de ello al accidentado camino que estaba tomando, y no a una acción plenamente deliberada.

Porque no era posible que un niño tan pequeño se diera cuenta de lo sensual que resultaba. ¿Cierto?, además el chiquillo parecía solamente estarse divirtiendo con esa nueva libertad y falta de reglas que Moran permitía, no había motivo por el cual Sebastian debiera empezar a sentirse incomodo, ni mucho menos había justificación para que su miembro comenzara a dar suaves tirones ante el estímulo que recibía.

-James...- Gruñó cuando el niño se removió de nuevo —Quédate quieto... —a pesar de las palabras, aquello no había sonado como una orden, como siempre hacia todo el mundo con él, sino más bien como una petición.

— No seas absurdo Seb, estoy conduciendo. Guarda silencio, es peligroso distraer a la persona que conduce —El niño no le dedicó ni una mirada, como si realmente fuera algo prioritario el hecho de no apartar la mirada ni un instante del accidentado camino.

No, no daba muestras de sentir como el calor del cuerpo de Sebastián aumentaba ni como había algo que empezaba a empujar contra su trasero.

— ¿Conoces la historia de bella en el olmo de las brujas? Seguramente no, no pareces conocer mucho de nada —Dijo sin afán ofensivo solo señalando una verdad —Una vez mataron a una mujer y la metieron dentro del tronco de un olmo, a la fuerza cuando el cadáver aun estaba tibio. Le metieron trozos de su propia ropa en la boca y le cortaron una mano —No había un tono en especifico en su relato. No asomaba el morbo de los niños que repiten una historia de terror a sus amigos y tampoco el temor velado de los adultos a quienes inquieta lo inexplicable.

Jim hizo al auto dar la vuelta y quedó frente a ellos la abadía a la que casi habían llegado. Se removió contra Sebastián empujándose entre sus piernas y le apretó el miembro involuntariamente.

— Tsss...¡Ah!...mierda- Murmuro el rubio cuando sintió aquel apretón sobre su sensible miembro ahora plenamente despierto, sentía su dureza apretar contra los pantalones, intentando buscar más contacto. Se preguntó qué rayos era lo que le pasaba, jamás se había sentido particularmente atraído por los niños, mucho menos por los niños varones. Pero aquel chiquillo que contaba historias sobre brujas metidas a la fuerza en árboles lograba lo que ninguna otra mujer antes.

—Suena interesante Jim, es cierto, no se mucho de nada —le otorgó totalmente la razón sin sentirse ni un poco molesto por el atrevimiento del moreno, y en cambio dejo que su mano se deslizara lentamente hacia adelante, sujetándolo por el vientre, posando su enorme y caliente palma contra la piel de esa zona. Sus caderas se levantaban un poco más, cada que el vehículo daba un nuevo saltito, aprovechando la inocencia del chiquillo que parecía no darse cuenta de nada —Dónde escuchaste eso..., lo de la bruja —le preguntó buscando seguir manteniendo dispersa la atención del niño— ¿Y por que le cortaron la mano? eso no tiene sentido.

— Todas las cosas del mundo tienen sentido Seb, solo que no todas las personas pueden mirar ese sentido. La mano que le cortaron a la mujer, la encontraron enterrada a unos metros del árbol. Apuesto a que ahora estás más confundido que antes —Se rió sin dar señales de notar nada. Aunque ahora si sentía que estaba sentado sobre algo un poco más incomodo.

La abadía abandonada se perfilaba sombría y rota rodeada de neblina fría pero no demasiado espesa como para ocultar su visión — Llegamos. Frena —Ordenó mientras soltaba el volante— Además Bella no era su nombre, nadie sabe en realidad quién era, pero cuando los detectives hacían sus investigaciones aparecieron varios grafitis por el pueblo que decían "¿Quién puso a Bella en el olmo de las brujas?" —Al fin, le dedicó una mirada.

Le gustaba la impasible manera en que aquel hombre lo escuchaba, sin mandarlo callar o sin alterarse por las cosas que salían de su boca. Ese rubio era una herramienta bastante practica, claro, Sebastián aun no sabía que era una herramienta.

— Me hubiese gustado mucho verlo, a la bruja muerta en el olmo, no los grafitis- Aclaró, imaginó a la mujer, pelirroja, las brujas que más miedo daban debían ser pelirrojas, y de ojos muy claros, así era como él las recordaba del libro de ilustraciones de cuero negro que le leía la nana cuando estaban en Persia. Ella hablaba de brujas casi siempre y a Moran se le habían quedado muy grabadas en la mente aquellas imágenes.

—Tal vez la mano se la cortaron para señalar algo, un lugar donde encontrar otra cosa.

Frenó justo cuando recibió la orden, obedeciendo con naturalidad, y suspirando aliviado y mortificado. Deseaba seguir charlando sobre aquel misterioso asesinato, pero también quería salir del auto inmediatamente y que el aire helado le golpeara el rostro, y le bajara la enorme erección que ya tenía despierta.

Al parecer había sido ya bastante el tiempo sin una mujer en la cama, porque se excitaba con un chiquillo inocente entre las piernas.

Esa misma noche le haría una visita a la viuda, y la haría gritar "mierda" tan fuerte que incluso James la escucharía entre sueños.

Con esa idea en la mente, apagó el auto y le dirigió una contemplativa mirada a la abadía abandonada. Se veía escalofriante, y eso animaba el espíritu de aventura del militar que deseaba explorar las ruinas —Vamos Jim —Le dio unas palmaditas en el muslo al niño para indicarle que podía bajarse de su regazo.

El chiquillo no se hizo esperar, fue un tanto difícil deslizarse entre aquellas piernas y el volante, pero bajó del auto después de mucho frotarse contra Sebastián y lo primero que hizo fue recomponerse la chaqueta del uniforme escolar. Ahí arriba hacia más frío. Se envolvió bien en su bufanda y esperó por él.

— Tienes una teoría interesante sobre la mano cortada de Bella, pero en realidad esa mano podría ser solamente una simbólica mano de la gloria —Cuando sintió al rubio a su lado comenzó a andar. La gravilla suelta pronto quedó atrás y comenzaron a caminar sobre verde follaje espeso, era obvio que no muchas personas iban por ahí.

Las piedras estaban resbalosas y afiladas, las enormes paredes daban la impresión de que se vendrían abajo y los enterrarían ahí, pero si no se habían caído en todos aquellos años, sin duda no comenzarían justo en ese momento.

—Lo más probable— Continuó Jim —era que Bella fuera una gitana juzgada por su propia gente y ajusticiada de acuerdo a sus leyes. Dicen que los árboles pueden encerrar el espíritu de las brujas, quizá por eso la metieron ahí —subió y saltó un obstáculo — Mira, ese es un olmo —Le señaló el árbol a Sebastian —Hagamos un agujero en él.

—Odio a los estúpidos Gitanos —Contestó con una mueca de fastidio al pensar en aquel pueblo, recordaba que su madre siempre estaba fascinada por los trucos de magia, y los hombres que solían leer la suerte, no olvidaba la larga lista de amantes gitanos y prestidigitadores que solían pasar la noche fallándose a su madre mientras su padre se follaba a las sirvientas. A veces intercambiaban, o eso era lo que decían los criados por los pasillos del palacio persa donde ellos vivían. Si, sin duda su infancia había sido de puta madre.

Se estiró cuando por fin llegaron a las puertas de la abadía, para ese punto su erección había desaparecido casi por completo y solo le quedaba el agradable cosquilleo del bajo vientre cada que pensaba en aquel trasero firme, al que le daba miraditas mal disimuladas cuando el chiquillo se inclinaba para trepar por alguna piedra.

El militar temía lo temerario que se mostraba el niño, subiendo y saltando obstáculos sin precaución alguna, pero él iba detrás, como una sombra, silencioso y alerta, dispuesto a extender el brazo y atraparlo al menor trastabillo, no permitiría que se hiciera daño por nada del mundo, era como un tigre protector que trepaba lentamente tras de él.

Cuando miró hacia donde Jim señalaba, pudo notar el frondoso árbol, con un tono verde apagado y malíciento, o quizá se debía a la neblina que comenzaba a formarse, pero aquel clima era ideal para darle a todo una ambientación tétrica. Los nudosos brazos del olmo se levantaban al cielo, como clamando clemencia que jamás llegaría.

El militar asintió y se llevó la mano al interior de su abrigo, y acarició con los dedos desnudos la funda de piel que llevaba bien sujeta sobre el corazón, sacando con maestría un cuchillo Rambo del ejército y tendiéndoselo al niño sin miramientos —Toma, para que hagamos el agujero, podemos meter algo ahí dentro, para que el árbol no lo deje escapar.

Los ojos de James brillaron ante aquel cuchillo que el adulto estaba facilitándole. Lo tomó con reverente admiración, nunca había visto un arma semejante. Claro, algunos había visto, en películas y libros pero nunca había sostenido uno.

James corrió con el cuchillo en las manos, entre las escarpadas zonas y los posibles agujeros del suelo, sin embargo, no sufrió ni un tropiezo y cuando llegó frente al olmo le pareció que ese árbol viejo e imponente estaba ahí solo esperando el momento en que alguien le diera significado a su existencia.

—Lo haremos después Seb, buscaremos algo que encerrar ahí y haremos ese agujero después —Dictó con una mirada de profunda concentración que se ablandó cuando giró sobre sus pasos. Le entregó el cuchillo a Sebastian sin dar explicaciones sobre su cambio de idea.

La mirada brillante y llena de felicidad que aquellos hermosos ojos castaños tenían cuando Jim miró el cuchillo, fue una recompensa mejor que un Black Jack en una mesa llena de fichas de mil libras.

Moran había comenzado a andar satisfecho detrás del chiquillo, pero su cambio de planes lo desconcertó. Pensó que se había enfadado, pero no deseaba molestarlo y tampoco quería que aquellos ojos calidos volvieran a enfriarse de aquella manera que habían hecho en el auto cuando habían hablado sobre la muerte de los caballos, por lo que guardó su filosa arma en el corazón, donde siempre la tenía, y lo hacia sentirse seguro.

Rondaron la abadía como un par de fantasmas hasta que fue la hora para regresar a casa.

Jim no quiso conducir de regreso.

Notas finales: ¿Y bien? ¿Les gustó? Espero que si, me gustaria muchisimo leer sus comentarios, no olviden que entre más comentarios reciba más rapido pondre la actualización.

Nos leemos Pronto

Salomé Aguilar.