2.
No le interesa la historia, las páginas y páginas que cuentan sobre su descubrimiento o el proceso de adaptación y manufactura que ha sufrido tras los siglos. Tampoco sus viajes y el detalle pormenorizado de sus arribos a particulares geografías. Lugares, fechas, nombres y hombres vinculados con él la tienen sin cuidado. Igualmente le importa muy poco conocer el numeroso confeti químico que por estos días lo inundan, o la alquimia que le da vida.
Le basta saber con qué es chocolate y es delicioso.
Ahora que lo piensa con ¿detenimiento?, Tsubomi considera que ese es su placer culposo por excelencia. Y llega a esta conclusión mientras se chupa los dedos lentamente, paseando su lengua por ellos, en largos y parsimoniosos movimientos.
Y como todo placer culposo, desata en ella una lucha continua, un intenso oleaje de arrepentimiento, se siente sucia, se siente… culpable. Pero a pesar que lo niegue una y mil veces, después de todo, es inútil mentirse a sí misma; su cuerpo se rehúsa a ser domesticado, la voz de su carne le susurra las verdades que ante el mundo calla. Tsubomi adora las cosas dulces, esa es una verdad absoluta.
Y por ello, se odia. Es un rezago de su infancia que debe de eliminar, pues es indispensable educar sus gustos ya que en su imagen de la adultez, solo existen sabores amargos y desabridos: café, cigarrillos y dietas de setecientas calorías diarias.
Eso es lo que se repite cada vez que tiene frente a ella un postre y cada vez termina comiéndoselo de todas formas, derramando lágrimas de frustración sobre el plato vacio.
Maldita sea…
Cuando eventualmente lo acepta, es porque llega a un entendimiento con su debilidad (y porque la situación está a punto de volverla loca), aprende que no todo puede ser racionalizado, que dentro de uno pugnan deseos antagónicos y que si bien no es acertado domarlos, es necesario encausarlos. Fabricar válvulas de escape para la presión, pues hasta la más perfecta de las mascaras se quiebra.
Así decide que si ha de seguir haciéndolo, lo hará bien. Por eso no solo se limita al chocolate, sino que se expande a pastelería de cada forma y latitud… trufas de menta, estanislaoz de nuez, daifukus de fresa, oyatsus de castaña, strudel de manzana, mouse de sabayón, bordaleau de peras, y una larga, casi interminable lista de exquisitas etcéteras.
Con su recién ganada paz interior esas pequeñas glorias azucaradas se convierten en un pequeño alivio en el crudo camino hacia la adultez… y también en su secreto más celosamente guardado.
Entonces es aceptada en St. Spica lo cual plantea ciertas dificultades. Teme que tendrá que escabullirse en la cafetería para robar pasteles. Cuan decadente… transformada en una ladrona de postres. Decadente y patética… Pero su madre quiere engreír a su adorada hija a quien ya no podrá ver tan seguido, así que le ofrece enviarle una dotación semanal de postres que endulcen su estancia en la escuela. Tsubomi se opone a la idea, dice que no es una niñita de mamá, dice que no quiere esa clase de miramientos, dice que no le gustan los dulces, dice que solo acepta por no hacerle un desaire.
Desde ese momento, cada domingo se le es enviada una caja que puntual va a recibir; y todo el asunto se asemeja a un encuentro clandestino, como si de traficantes o espías se tratase. Y debe de ser así, porque nadie, sin excepción y bajo ninguna circunstancia debe descubrir que la seria y madura Tsubomi Okuwaka, la estudiante modelo, la responsable y elegante, la de la mirada serena y sonrisa calculada, posee una adicción cuasi toxicómana por pastelillos rosa decorados con espirales de crema arcoíris, y que los come con las manos, desperdigando migajas por sus labios ansiosos, manchando su nariz con lunares de chantillí, lanzando chirriantes gemidos de satisfacción.
Si alguien me descubriese… el solo pensamiento la llena de angustia y desata en ella un tic nervioso: sus ojos se cierren con vehemencia y su espalda se curva como el de una gata con el lomo mojado, es un escalofrío que le detiene el corazón y le recorre cada vertebra de principio a fin. Oh mi reputación… murmura ante la posibilidad.
Pero no puede evitarlo, resistir la tentación del azúcar es un esfuerzo fútil.
Es por ello que cada domingo espera con ansias el envío de su madre. Diez minutos antes de las ocho de la mañana, se la puede encontrar merodeando con disimulo cerca a la oficina donde se recogen las encomiendas; espera que no hayan estudiantes cerca, lo cual según sus cálculos no constituiría un requerimiento difícil de cumplir considerado día y hora, pues por esos momentos a la mayoría aun le quedarían por lo menos treinta minutos de sueño antes de despertarse para la misa dominical. Espera que el reloj marque las ocho y que la puerta se abra, entonces aguarda agazapada en su escondite un poco más, un par de segundos, hasta que la recepcionista la divise tras una columna y la invite a acercarse con una ligera venia. Entonces, con una soltura ensayada hasta el cansancio, se aproxima, y hace una pregunta cuya respuesta da por sentada ¿hay un paquete para mí? Luego de la predecible respuesta afirmativa de la encargada, Tsubomi agradece con una reverencia, le echa un último vistazo a la mujer sonriente que tiene frente a ella, se cerciora de que no haya nadie observándola, y haciendo lo mejor por cubrir la caja entre sus delgados brazos, emprende una discreta retirada.
Lamentablemente, las cosas no siempre fueron tan fáciles
Aun recuerda la primera vez en que tuvo que cumplir con toda aquella ceremonia, que lejos de la fluidez de los episodios posteriores, resulto ser accidentada, traumática, humillante y catastróficamente vergonzosa; como un viaje en montaña rusa en que la valentía da rápido pasó a destemplados gritos de niñita.
Y en realidad hubieron destemplados gritos de niñita; cuando Saiga-san, la encargada en cuestión, trajo por primera vez el paquete y lo abrió para verificar que el contenido este en orden, fue como si la mujer hubiese abierto la mismísima caja de Pandora. Tsubomi dio su nombre pero estaba demasiado distraída y nerviosa cuidándose de que ninguna alumna la descubra como para prestar atención incluso a lo que sucedía frente a ella. Fue el aroma lo que la alerto, la inconfundible esencia del mazapán la que atrajo su mirada hacia las manos de Saiga quien ya había abierto el paquete y tenia aprisionada una de los pequeñas cajas que poblaban su interior, en aquel preciso instante levantaba la tapa del recipiente nacarado, revelando así su contenido: manjū, una docena de ellos, de formas tan elaboradas y hermosas que hasta daría lastima comerlos. La mandíbula de Tsubomi pareció ceder en ese instante, desencajarse de su lugar y quedar colgando varios centímetros bajo su posición inicial; de su boca desmesuradamente abierta empezó a brotar un sonido agudo y entrecortado, un grito asfixiado que señalaba el inicio del pánico. Debía actuar rápido, contener el daño, obrar por el silencio de aquella mujer ¿sobornarla o amenazarla? ¿Cuál de las dos seria la opción menos pecaminosa?
Pero fue demasiado tarde
¡Okuwaka-san te mandaron dulces!
Cuando Tsubomi escucho la voz de Saiga-san sintió que sus tímpanos se rasgaban; le pareció una voz tan fuerte que inundaría todo el dormitorio
¡Una caja repleta de dulces!
En ese segundo, para Tsubomi, el mundo se detuvo
¡Oh! Y vienen con una nota de tu madre
Y empezó a moverse una vez más, muy pero muy rápido
Es cierto que la intensión de la pequeña chica no era convertirse en el primer caso de una alumna de Spica en ser acusada de asesinar a un miembro del personal administrativo; es por ello que echando mano de cada onza de fuerza de voluntad, altero el rumbo de sus manos cual zarpas, para que así no fuesen a parar en el cuello de la cándida mujer que sostenía la carta de su madre, sino al papel en sí.
Si ya había sido lanzada a su ataúd por las declaraciones anteriores, tener que escuchar cómo se hacían públicas las siempre bochornosas palabras de su madre, habrían sido los clavos que cerrasen su metafórico féretro por la eternidad. Y ser enterrada a dos metros bajo tierra no le hubiese parecido lo suficiente hondo para escapar de la vergüenza.
¡Eso es privado! sentencio Tsubomi, mientras le arrebataba la carta
Saiga fue tomada por sorpresa. Un segundo atrás tenía la hoja en las manos y al siguiente lo sostenía una Tsubomi furibunda y encaramada sobre el marco de la ventana de atención
Okuwaka-san eso era innecesario, no iba a leer la carta
Pero lejos de tranquilizarla, estas palabras fueron a parar a oídos sordos. ¿Qué le sucedía a esta alumna que parecía haber perdido la razón y estaba escalando el mueble que separaba el vestíbulo de su área de trabajo?
Okuwaka-san, eso está prohibido… Okuwaka-san, se vas a hacer daño… Okuwaka-san, podía usar la puerta, no está con llave, Okuwa…
Tsubomi había pasado por la ventana y atravesado a gatas el escritorio de Saiga-san, quien la miraba algo asustada. Cuando todo eso acabase, recordaría hablar con la administradora del dormitorio para solicitarle poner barrotes en su oficina.
Ya incorporada, la muchacha avanzo con paso errático pero decidido hacia su paquete, lo contemplo un momento y rápidamente se interpuso entre este y la pobre mujer que no podía creer la forma en que se iniciaba su día, y peor aún, antes de haber tomado su café.
Sasasasasa… Saiga-san, con todo respeto, este, esto, este paquete, también, es es es es privado ¿sabe?
Después de todo no está loca, solo nerviosa. Eso fue lo que pensó al escuchar el repentino tartamudeo de la pequeña chica de Spica. Entonces vio como aun dirigiéndole la mirada, deslizo sus manos hacia la caja, tomándola como pudo, aprisionándola contra su espalda e intentado llevársela con la mayor sutileza posible. Lo cual resulto en un miserable fallo, era un espectáculo doloroso de observar, avanzaba como un cangrejo, de costado, con las pinzas retorcidas en una posición antinatural y sobre todo, dolorosa; a cada paso dado iba tumbando cuanto encontraba en su camino. Al llegar a la puerta y luchar con la cerradura en un infructuoso intento por huir de aquel lugar, la situación se había vuelto intolerablemente absurda, ambas estaban allí, en el silencio de aquella habitación que parecía haber sido vandalizada, mirándose y riendo nerviosas. Minako Saiga, con sus veintiocho años, cuatro de ellos trabajando en Astraea, nunca había pasado por algo similar.
Intento acercarse a Tsubomi, siempre manteniendo una actitud conciliadora - Okuwaka-san, no puedo dejar que se lleve ese paquete, aun debo terminar de revisarlo
Pero a cada paso dado, Tsubomi retrocedía dos. Era un baile interminable - No hay nada extraño en el, solo son cosas que manda mi madre
Supongo, pero…
Hasta que quedo arrinconada, y cuando esto sucede las personas pueden llegar a actuar en forma peligrosa - No es que contenga cigarrillos o licor o algo sospechoso
O estúpida… Tsubomi no se estaba ayudando, pero tampoco podía detenerse, escupía sin cuidado alguno cuanta palabra le subiese por la garganta
Imagino que no, pero aun así, Okuwaka-san, no me tomara mucho
Acaso cree que escondo drogas ¿esta insinuando que mi madre me manda drogas?
No, por supuesto que no, jamás siquiera imaginaria que su madre podría hacer algo por el estilo
Entonces cree que alguien más podría hacerlo y que la carta que vio no es otra cosa que una burda treta para despistar a quien debe revisar el correo
No, no… no, por dios, no
¡Esta blasfemando!
¿Ah?
¡Podría demandarla!
¿Por blasfemar?
Podría demandarla por difamación y acusarla con la hermana Hamasaka-san por blasfemar
¿Qué?
Pero no tengo tiempo para eso, así que con su permiso – Tsubomi retomo su lucha con la perilla que no cedía
Okuwaka-san espere, sé que no habrá nada extraño, es decir, solo habían dulces y… y bueno, está girando la perilla en la dirección equivocada.
Al escuchar eso, la razón de Tsubomi se declaro como ausente
¿Eh?
Que la perilla tendría que girarla…
Pero no era eso a lo que Tsubomi se refería, de pronto salir de allí había perdido su importancia. No quería irse; es más, no podía irse
¿Qué dulces?
Oh eso, bueno, los que están en la caja
Ya sé a dónde quiere llegar, me va a decir que la droga está en los dulces, porque sabe que odio las cosas dulces ya que jamás he probado algo dulce en la cafetería, y resulta sospechoso que me manden dulces, entonces la droga está en los dulces… ¡Ja! La descubrí
Voy a empezar a pensar que realmente hay droga en ese paquete
¡Podría demandarla!
Okuwaka-san creo que está un poco alterada, no se le ve muy bien, ¿quiere que le lleve a la enfermería?
Y en realidad no se le veía muy bien. La determinación de Tsubomi empezaba a flaquear, quería terminar con todo ello lo más rápido posible. Dio una profunda bocanada de aire e intento una aproximación distinta - ¿Acaso no hay forma de que haga su trabajo sin abrir la caja?
¿Cómo? Eso no es posible…
Podrían usar rayos x- pero solo consiguió acentuar el ridículo del asunto.
Okuwaka-san estamos en una escuela no en un aeropuerto
Para lo que nuestros padres pagan, deberían tener una máquina de rayos x en este lugar
¿Habla en serio?
Están invadiendo mi privacidad
Lo siento Okuwaka-san pero son las normas del dormitorio
Entonces no quiero el paquete. Envíenlo de vuelta
¿Eh? Esta segura
Si, tal vez, es decir… si, llévenselo
Tsubomi dejo el paquete en el suelo, se irguió pareciendo haber recuperado la compostura y sobre todo, la sensatez. Aclaro su garganta para luego soltar un sincero "lamento las molestias", hizo un venia y se retiro tranquilamente.
Cinco segundos después entro de nuevo
Cambie de opinión
Tomo el paquete y realizo un rápido escape
¡Okuwaka-san no puede llevárselo!
Que termino en tragedia antes de dar más de diez pasos
La inexperiencia de un ladrón puede llevarlo a cometer errores fatales como no saber cómo quitarle el seguro a un arma, asaltar un lugar sin dinero, o no prestarle atención a la ruta de huida.
De esta forma se produjo el primer encuentro entre Tsubomi Okuwaka y Yaya Nanto, que duro tan solo los tres segundos en que se sostuvieron una mirada sorprendida antes que todo se volviese oscuro y silencioso.
Cuando Tsubomi abrió los ojos, bien le pareció que pudieron haber pasado diez horas o diez segundos. Se incorporo y trastabillando dio un par de pasos por el salón, tuvo que sostenerse en una pared pues el mundo le daba vueltas y sentía que el cerebro se le estaba escurriendo por un agujero en la frente. Su pulgar inspecciono la presunta herida y cuando fue a posarse frente a sus ojos, la prognosis estaba confirmada, un rojo escarlata teñía su dedo. El traumatismo sufrido no fue resultado del impacto entre ambas sino más bien debido al efecto rebote producido por la caja, que al interponerse entre ambas al momento del choque, vino a actuar como un resorte, así que tras el impacto y la compresión, siguió la expansión que lanzo a Yaya contra el piso y a Tsubomi de cara contra una pared.
Esta última, aun desorientada por la contusión, se arrastro como pudo para inspeccionar a la chica que yacía desmayada en el suelo, y que agradable sorpresa descubrir que se trataba de una bella durmiente. Lo que siguió fue una curiosa sucesión de hechos que siempre podrán ser atribuidos al impacto que estremeció su masa cerebral, limitando seriamente un adecuado accionar lógico.
Lo primero que hizo fue tocar el pecho izquierdo de la muchacha, suponer que con el fin de sentir un corazón aun palpitante. Tras fracasar en su intento, probó buscar el pulso en el cuello, pero incapaz de proceder con delicadeza, lo único que logro fue estrangularla. Para culminar con su pésima actuación de enfermera, remato con un par de contundentes bofetadas que fallaron en despertar a su paciente de turno. Temiendo lo peor, basado en su apresurado diagnostico, Tsubomi concluyo que la muchacha no respiraba y que por lo tanto no había tiempo que perder, hurgo en el arremolinado contenido de su cabeza y consiguió dar con el recuerdo de una clase de resucitación cardio-pulmonar. Sin vacilar, tapo la nariz de Yaya, le abrió la boca y se dispuso a poner en práctica lo aprendido.
Ese definitivamente seria un recuerdo que jamás la abandonaría, su primer "beso" no sería otra cosa que darle respiración boca a boca a una chica inconsciente.
Tsubomi se recostó sobre Yaya y al encontrarse a escasos centímetros del rostro de esta, percibió sobre su propia piel la tibia respiración de la durmiente; lo cual constituía la prueba irrefutable de que su intervención a aquellos maravillosos y antojadizamente suaves labios, no era necesaria. Maldición – murmuro
Y tal vez fue el estado de aturdimiento en que se hallaba, pero tal razón no la detendría. Lo que sí lo hizo, fue la repentina sensación melosa bajo su mano.
Al ponerse en una mejor posición se había apoyado sobre un trozo de chocolate, extraño, pensó, como habrá venido a parar acá. Y a causa del estado en que se hallaba, le tomo un instante entender lo que sucedía, fue al tercer lento pestañeo de su análisis en que comprendió el horror que significaba la aparición en ese lugar de un trozo de chocolate, para ser más específicos, de una trufa de menta como las que le suele mandar su madre. El impacto había mandado el paquete por los aires, ocasionado una lluvia de postres que yacían desperdigados por doquier.
Levantándose lo más rápido que pudo se encomendó a la tarea de recoger hasta el último grano de azúcar que encontrase. Y considerando que su coordinación había mermado hasta ser fácilmente comparable al de un oficinista cuarentón, con un párkinson insipiente y con una botella de sake encima, lo hizo bastante bien. Aun no había terminado con la recolección cuando Saiga, ignorante de los acontecimientos, por fin salía de su oficina con la intención de ir a buscar a la ladrona en su habitación. Lo que encontró en cambio fue a dos alumnas de Spica, una de ellas, inmóvil y tendida en el piso mientras que la otra era nada más y nada menos que la señorita Okuwaka con una herida en la frente, tambaleándose por el lugar y terminando de recoger lo que parecía ser el contenido de su paquete.
¿Por qué? Pensó para sí la mujer ¿Por qué a mí? ¿Y porque antes del sagrado café de la mañana?
Tsubomi, ignorante de su presencia, acababa de recoger el ultimo bombón de chocolate, así que lo siguiente a tratar seria resumir sus esfuerzos por despertar a la accidentada. En ese instante la asalto un pensamiento ¿Qué estoy haciendo? Mis prioridades están tan pero tan mal, le doy más importancia a encubrir este asunto que a ayudar a… perono tuvo tiempo de terminar su reflexión – ¿¡Qué paso aquí!? – inquirió Saiga con desbordado nerviosísimo.
Bastaron estas palabras para que Tsubomi rápidamente volviera del umbral del daño cerebral y su conciencia saliera del estado de piloto automático en que se hallaba
Petrificada, doblo su cuello en un lento y espasmódico movimiento que se asemejaba al descrito por una maquina impulsada por viejos engranajes. Cuando finalmente sus miradas se encontraron, como una niña quien ha sido descubierta en medio de una travesura, respondió titubeante– puedo explicarlo
Realmente podía, sorprendentemente podía, sus ideas de pronto tan claras. Y lo hubiese hecho, relatado la infortunada sucesión de eventos que llevaron a aquel resultado, pero cuando abrió la boca, su lengua empezando a articular la primera silaba de su declaración, no fue su voz la que se escucho, sino la de otra persona, que con espanto decía: - ¡Yaya-chan!
La escena se estaba volviendo desagradablemente concurrida
En el momento en que Saiga se percataba de esta nueva presencia y se disponía a hablar con el fin de poner algo de orden en aquel caos poblado de gritos y niñas contusas, Tsubomi usando la caja cual ariete, la interrumpió hundiéndosela en el estomago y empujándola de vuelta hacia su oficina.
Okuwaka-san - fue lo último que llego a escuchar antes de silenciarla con un – ya regreso. Juro explicárselo todo – y sin mayor preocupación, cerró la puerta, dejando a Saiga incapacitada por lo certero del golpe, el paquete a sus pies, con las manos sobre el estomago herido y con un puñado de palabras aun en la boca pero sin la fuerza suficiente como para volverlas audibles
Cuando Tsubomi regresa a ver a la otra chica hay una rubia auxiliándola.
La pequeña rubia del llamado lastimero, investiga el cuerpo con manos cuidadosas. Tsubomi deja de respirar, y es que la percibe frágil y etérea, una existencia que podría ser dispersada por la mas mínima corriente de aire, por un suspiro, por una fonética demasiado ruidosa. Entonces la otra despierta, la muchacha que parece ir bajo el nombre de Yaya, adolorida y evidentemente confusa. Tsubomi sabe que debe portarse a la altura de las circunstancias, de su escuela, de su nombre, de la impecable imagen urdida con cuidado y esmero.
Disculpen. Mi nombre es Okuwaka, Okuwaka Tsubomi, quería explicar lo sucedido
Pero algo no va bien, la chica de cabello negro, la tal Yaya-chan la mira de una forma extraña, de una forma algo… hostil
Tú… es lo único que dice, una palabra corta que se vuelve insoportablemente extensa y áspera, como el gruñido de un animal que carga con navajas y rocas en su garganta.
Considerando que hasta hace pocos segundos había estado desmayada, a Tsubomi le sorprende lo rápido que la chica se pone en pie y la manera amenazadora de su caminar; como segura recorre los metros que las separan en apenas un par de zancadas. Como desafiante alza la mano, le apunta y dispara un dedo que se hunde en su pecho. Y al instante del contacto tiene la extraña sensación de que la atravesaran, que de pronto en su piel nacerá un agujero, que sus músculos le darán paso como una flor que se abre para revelar su interior, y que sus costillas cederán como puertas azotada por un vendaval; entonces finalmente expuesta, vulnerable, desnuda, ligera, fría, aquel tacto indetenible llegara hasta su alma misma.
Y no le parece desagradable en lo absoluto, por alguna razón quiere entregarse a esa muchacha y deslizarse entre sus dedos. Su presencia es aplastantemente cautivadora y cuando abre la boca para hablar, Tsubomi deja de respirar una vez más para escucharla con claridad
¿Cuál es tu problema, acaso eres idiota?
Pero no era eso precisamente lo que esperaba oír
¿Qué, también eres sorda?
Y no mejoraba en lo más mínimo
¿Cuál es mi problema? ¿Cuál es "tu" problema? Gritando e insultando a la gente que intenta disculparse. Eso era lo que en realidad quería decir, pero su censura no se lo permitiría. Por más que fuese una vulgar salvaje respetaría a su senpai, así que en cambio prueba con algo más diplomático. Lo siento, estaba intentando disculparme por lo ocurrido
Si no fueses idiota no tendrías porque disculparte
Realmente no se lo estaban poniendo fácil, y la rubia bonita parecía estar en shock, predecible considerando lo evidentemente endeble que se le veía, una de esas personas incapaces de encarar un conflicto, el tipo de chicas que guardan silencio y tiemblan como un pequeño animal empapado cuando un degenerado las manosea en el tren… aunque jamás debe de haber subido a un tren para empezar porque tiene ese aire a niña rica, y las niñas ricas no abordan el transporte público, en fin ese no era el punto.
No creo ser idiota, es solo que andaba distraída, y es por eso que me disculpo – una buena respuesta, educada pero decidida, después de todo no se dejaría pisotear por nadie
Casi me rompes la cabeza
Si puede gritar de esa forma no debe ser tan grave – estas palabras se deslizan fuera de su boca y es recién cuando están sueltas en el aire que cae en cuenta de ellas. Hay ocasiones en que el cuerpo conspira con el subconsciente, poniéndonos en toda suerte de aprietos… por eso de las normas y lo socialmente aceptado.
Mientras espera la reacción de la otra chica, Tsubomi interioriza un solemne - Joder…
Yaya evidencia su sorpresa por lo escuchado arqueando las cejas. Le divierte la insolencia de la pequeña. - Oh la niña tiene una boca grande
Definitivamente no tanto como…
No te atrevas a terminar esa frase. Yaya no deja de sonreír
Oh vaya… palabras tan predecibles, déjame adivinar, de lo contrario me arrepentiré ¿cierto? Porque no tengo idea de quién eres y bla bla bla – ¿cómo demonios pudo siquiera sentirse atraída por alguien así? Debe de haber sido el golpe en la cabeza
Nanto Yaya y no soy una estúpida niña rica con poses de diva y asco por el resto del mundo… y tampoco digo cosas absurdas como esa. Oh, y soy tu senpai así que mostrar algo de respeto estaría bien
El respeto es para quien lo merece
Toda una rebelde ¿no? Eso debe explicar el tinte rosa y la pésima actitud
No dejan de mirarse, y de pronto están compartiendo una incómoda cercanía, pero es parte del ritual de intimidación, ingresar al espacio personal, y presionar más y más y más y quien no lo soporte será la perdedora. Tan próximas se encuentran que respiran la exhalación de la otra.
Disculpen, podrían dejar de discutir – la rubia filtra su petición con timidez, en una voz mínima
Pero su efecto es devastador. Tanto Yaya como Tsubomi voltean a mirarla y son desarmadas en el instante, por esos grandes ojos turquesa que tienen mayor capacidad de disuasión que una pistola apuntada a la cabeza.
Será mejor que me vaya, no quiero ocasionar más problemas. Tsubomi quiere retirarse, dejar ese incidente atrás y encargarse de su asunto pendiente con Saiga-san… probablemente estará en grandes problemas pero no hay sentido en retrasar lo inevitable. Quiere irse pero algo se lo impide, y no es otra cosa que una delicada mano de porcelana aferrada a su manga.
Oku… Okuwaka-san ¿cierto? Por favor, deberías ir a la enfermería, eso se ve bastante mal-dice la rubia con voz y mirada suplicante
Tsubomi recuerda la sangre y de pronto la herida en su frente empieza a doler, examina sus dedos, un rastro rojo aun tiñe su pulgar –oh no se preocupe- intenta pronunciar su nombre, pero no lo ha oído aun. La otra chica se percata de ello y se presenta en el acto, algo avergonzada por no haberlo hecho antes
Mi nombre es Konohana Hikari
Es un placer Konohana-senpai
Oh no, por favor, Hikari está bien
No, no podría
No es problema
Esa clase de confianza no es adecuada
Insisto
Pero debo respetar a mis senpais
Pero no me has faltado el respeto en ningún momento
Pero…
Bien, ustedes dos, basta de eso- algo irritada, Yaya las interrumpe, dando un par de palmadas, como si estuviese tratando con niñas de primaria- si siguen así esta conversación nunca va a acabar. Y tú –súbitamente voltea hacia Tsubomi con mirada maliciosa, su cabello casi azotándola - deberías respetar a todas tus senpais, no solo a las que te gustan
¿¡Qué!? Tsubomi es tomada por sorpresa y de inmediato se sonroja, intenta refutar pero tanto sus ideas como su lengua se enredan, cuanto sale de su boca son sonidos ininteligibles. ¿Se habrán dado cuenta? –piensa alarmada
Oh por favor no te molestes en negarlo. Yaya se apresura en dominar la conversación. En serio, parece que no puedes ni con monosílabos en este momento. Además es evidente, pero no te preocupes no hay ningún problema, no tienes chances con ella
¿Qué? Y de la sorpresa, Tsubomi pasa rápidamente a la indignación. Esta siendo subestimada y eso es algo que no puede soportar, le resulta algo aun peor que la calumnia.
Pero Yaya no le da respiro, con la mejor de sus sonrisas condescendientes, continua- Puedes encontrar alguna otra chica, tampoco te preocupes por eso, hay bastante de donde elegir, aunque sería una lástima que justo te guste alguna heterosexual, pero hay muy pocas de esas. También ten en cuenta que una cuantas alumnas están comprometidas, con hombres me refiero, pero que eso no te detenga, es más, esas son las más dispuestas, ya sabes, por lo que deben de disfrutar el tiempo que les queda y eso; pero no te enamores de ninguna de ellas, no abandonarían un matrimonio por una aventurilla con una compañera, aunque podrías ser la amante, de ti depende. ¡Oh! ten en cuenta también que este es un asunto tácito, prácticamente todo el mundo sabe de esto pero no por eso puedes ir por allí alardeando con tu noviecita, después de todo aquí se trata de guardar las apariencias… se perdona el pecado pero no el escándalo, no rompas las reglas y tendrás varios años de hermoso idilio juvenil. Oh cierto, si por casualidad te involucras con la etoile, no esperes que te llame al día siguiente, disfruta mientras dure y aprende a decir adiós, ella es esa clase de persona, la reconocerás fácilmente, hermosa, alta, delgada, un cuerpo diez puntos con una extraordinaria aura de promiscuidad y esos ojos mentirosos que parecen decir "tú eres especial". Sin sentimientos involucrados, no existen los cuentos de hadas, recuérdalo. Y cuando tomen algo de ti, tú también toma algo de ellas. En fin, bienvenida al club. ¿Hikari nos vamos?
Pero Hikari no se mueve
Yaya-chan, tu también necesitas ir a la enfermería
¿Por qué?
¡Te encontré desmayada en el piso!
Bueno, eso es por culpa de esta idiota -y señala despectivamente a una Tsubomi silenciosa e inmóvil a quien parece se le han fundido las neuronas- pero no pasa nada, estoy bien
Yaya-chan, es necesario que te examinen. Y deja de decirle cosas horribles a Tsubomi-chan
¿Tsubomi-chan? –Yaya le reprende el exceso de confianza en un tono de voz cargado de celo
Hikari se corrige rápidamente ¡Oh, lo siento! No era mi intensión Tsubomi-chan, digo… Okuwaka-san
Tsubomi aun no responde, está en shock luego de escuchar el discurso de Yaya, demasiado directo para su gusto y sensibilidad, tan directo como un puñetazo al cerebro.
Creo que se siente mal por el golpe en su cabeza. Vamos, las llevare a ambas a la enfermería –y Hikari no espera que le respondan, las toma de la mano y las arrastra hacia allí
Hey Hikari eso no es necesario, y tenemos que estar en la capilla… ¡hace como diez minutos!
Esto es más importante. El coro puede esperar un poco más –y tras estas palabras la discusión queda cerrada. Ser hermosa y amable puede vencer sobre la más férrea de las oposiciones.
.
.
Cuando Tsubomi finalmente es capaz de procesar el mundo a su alrededor en formas comprensibles, lo cual implica que sus ojos le muestren algo más que chispazos aleatorios de luz y que en sus oídos suene algo más que la palabra "lesbiana" en un eco infinito, descubre que está en la enfermería, recostada en una cama y que sentada a su lado se encuentra Yaya
Tú sí que sabes estropearle una mañana a alguien
Y no eres la primera
Vaya, con que dejas un reguero de victimas a tu paso
¿Qué sucedió?
Creo que sufriste una suerte de colapso
¿Eh?
Se te frieron las neuronas
¿Qué dijo la enfermera? ¿Voy a estar bien?
Desafortunadamente sí. Tan solo se apago todo por un instante, pero parece que ya empezó a funcionar otra vez, si a eso se le puede llamar funcionar… Tienes la cabeza dura, y la herida en la frente es superficial. Debería desaparecer en unos días
Estas siendo amable
Yaya señala hacia el otro extremo de la cama, donde en una silla cercana, dormita Hikari
No le gusta que pelee
Entonces debería ponerte un bozal.
Yaya le dirige una mirada asesina pero Tsubomi no le da chance a que empiece con una nueva guerra verbal
Lo siento, lo siento, lo siento… no sé de donde salió eso. Debe ser por el golpe
No presiones tu suerte porque a la próxima te coceré la boca. No habré llevado cursos de corte y confección como la señoritas de Miator pero se usar una aguja y no solo para zurcir mi uniforme
¿Te gusta? Tsubomi dispara la pregunta en un intento desesperado por cambiar de tema, pero de inmediato le parece que solo lograra empeorar las cosas
¿Pelear? Con pequeñas idiotas como tú puede ser…
Tsubomi muestra una sonrisa nerviosa
Supongo que no te referías a eso.
Entonces se produce un largo e incomodo silencio, Tsubomi estruja las sabanas que la cubren. No sabe que decir.
Me gusta Hikari así que no intentes meterte con ella. Además ya te dije que no tendrías oportunidad
Y antes de que pueda responder. Yaya se pone en pie, avanza hacia su amiga y la sacude suavemente, con extrema gentileza
Hikari, es hora de irnos. Somnolienta la chica se para mientras Yaya la toma del brazo y la lleva hacia la puerta
¡Tsubomi-chan estas despierta! Vendremos mas tarde a verte, descansa un poco más aquellas alegres palabras de la rubia son lo último que escucha antes de quedar sola
Y la puerta se cierra tras ellas, el sonido de la cerradura reverberando en el canal auditivo de Tsubomi, un "click" que reconocerá como la pauta que marca un antes y un después en su vida. Y a pesar de ser cursi y cliché es totalmente cierto.
.
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Tsubomi no quiere descansar, no tiene tiempo para ello. Sus pies la llevan a la oficina de Saiga donde se disculpa con unas cuantas docenas de inclinaciones, su cuerpo describiendo un exacto ángulo de noventa grados. Allí empieza con un bastante convincente discurso sobre la crueldad juvenil y sobre como las chicas mimadas por sus madres suelen ser blancos priorizados por las abusivas. La elección de la historia es la adecuada pues Saiga empieza a relatar sus propios episodios de trauma escolar, así que solidarizada totalmente, acepta pasar por alto el incidente de la mañana y ser la discreta cómplice cuando sea tiempo de entregar el paquete semanal.
Sin perder tiempo, Tsubomi luego se dirige hacia el despacho de la profesora del coro quien rápidamente queda maravillada con la exquisita chiquilla que se muestra tan entusiasmada por entrar a las filas de sus discípulas. Unos minutos y halagos después, Tsubomi es miembro oficial del coro de Spica.
Yaya no recibe bien la noticia, sus dientes chirriantes y el fuego en sus pupilas son evidencia inequívoca de ello. Hikari por supuesto esta complacida, la toma de las manos y de inmediato augura toneladas y toneladas de diversión.
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Y así pasan los meses, hasta aquella mañana, esta precisa mañana de frio empecinado en que Tsubomi pasea un trozo de chocolate por su boca, y se repite en murmullos que de esa forma el día será más llevadero, pues el chocolate te hace feliz; pero las cosas una vez más, no son tan fáciles. Resguardada en su cueva de frazadas, piensa en lo ocurrido el día anterior, la caminata, Hikari y Amane abrazadas en la glorieta, la posibilidad de que Yaya las haya visto, su profundo deseo por que Yaya las haya visto, su terrible deseo por que Yaya haya llorado al verlas… y que supere esa depresión tan dolorosa de observar, que entienda que ella tampoco tiene oportunidad con Hikari.
Finalmente se descubre lanzando su abrigo al piso. Ya es hora, hora de que empiece el maldito día de la elección de Etoile con todo el stress que promete generar. Y tragando el chocolate Tsubomi pronuncia las primeras palabras de aquella terriblemente fría mañana de invierno
Toneladas y toneladas de diversión
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