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Fuente:Collins, Suzanne. "Los Juegos del Hambre". Editorial Del Nuevo Extremo (en itálica)
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Es el primer domingo de las vacaciones de invierno y, a pesar de que anoche nevó un poco, quedamos con Gale en encontrarnos en nuestra roca para cazar y revisar las trampas.
Gale es mi mejor amigo, pero dudo que le pueda contar lo que pasó con Peeta Mellark el viernes pasado. De todos modos, él no me cuenta sobre sus conquistas amorosas. No sé si es porque nuestros temas en común se centran más en la supervivencia de nuestras familias o porque, en el fondo, hablar de nuestra vida amorosa cerraría una puerta que no sé si él está dispuesto a pasar.
De vez en cuando, cuando estamos con nuestras madres, creo que ellas nos ven como si fuera natural que Gale y yo termináramos juntos, casados, con hijos. En ésta etapa de mi vida, con sólo catorce años, no puedo imaginar un futuro tan lejano. Entre Gale y yo nunca ha habido nada romántico. Nos llevó mucho tiempo hacernos amigos, dejar de regatear en cada intercambio y empezar a ayudarnos mutuamente.
Tampoco quiero hacerme ilusiones con Peeta, él es del pueblo y, los chicos del pueblo jamás se casan con chicas de La Veta. Pero en lo único que pienso en éste momento es en cazar muchas ardillas. Son la mejor excusa que tendría para pasar por la panadería y aunque sea poder verlo de reojo.
Apuro el paso y llego a nuestro punto de encuentro. Ya ha amanecido y los rayos dorados del sol bañan el rostro de Gale. Gale no tendrá problemas para encontrar esposa: es guapo, lo bastante fuerte como para trabajar en las minas y capaz de cazar. Por la forma en que las chicas susurran cuando pasa a su lado en el colegio, está claro que lo desean. Me pongo celosa, pero no por lo que la gente pensaría, sino porque no es fácil encontrar buenos compañeros de caza. podría ser mi hermano: pelo negro liso, piel aceitunada, incluso tenemos los mismos ojos grises. Pero no somos familia, al menos, no cercana. Casi todos los que trabajan en las minas tienen un aspecto similar, como nosotros
-¡Hola Catnip!- me saluda Gale con voz clara. En realidad me llamo Katniss, como la flor acuática a la que llaman saeta, pero, cuando se lo dije por primera vez, mi voz no era más que un susurro, así que creyó que le decía Catnip, la menta de gato. Después, cuando un lince loco empezó a seguirme por los bosques en busca de sobras, se convirtió en mi nombre oficial.
-¡Hola Gale! Traje un poco de té de menta caliente para contrarrestar el frío – le contesto mientras me siento a su lado. A pesar de la campera de cuero de mi padre que llevo puesta puedo sentir el calor que irradia de su cuerpo. – ¿Crees que podremos encontrar algo hoy?
- A pesar de la nieve de anoche, creo que los animales deberían estar saliendo de sus escondites para buscar un poco de calor en el sol. Puede ser que tengamos suerte.
Comenzamos a recorrer el sector del bosque que más conocemos hasta llegar a un nuevo claro en donde encontramos un grupo de ardillas rodeando un árbol de nueces. Bajo una mata de arbustos pelados, encuentro algunas hojas comestibles que servirán para hacer una sopa. También juntamos nueces. Evidentemente es mi día de suerte, pero trato de ocultar el entusiasmo para no despertar sospechas en Gale.
Cerca del mediodía decidimos emprender la vuelta, no sin antes chequear la línea de trampas. Para ser invierno, no podemos quejarnos: entre las trampas y el arco, juntamos cuatro conejos, seis ardillas y tres hurones. Éstos últimos nos servirán más por su piel que por la carne. Luego de pelar nuestras presas, emprendemos el camino hacia El Quemador.
Sae la Grasienta, la anciana huesuda que vende cuencos de sopa caliente preparada en un enorme hervidor, nos compra la mitad de las verduras y los tres hurones a cambio de un par de trozos de parafina. Puede que nos hubiese ido mejor en otro sitio, pero nos esforzamos por mantener una buena relación con Sae, ya que es la única que siempre está dispuesta a comprar carne de perro salvaje. A pesar de que no los cazamos a propósito, si nos atacan y matamos un par, bueno, la carne es la carne. «Una vez dentro de la sopa, puedo decir que es ternera», dice Sae la Grasienta, guiñando un ojo. En la Veta, nadie le haría ascos a una buena pata de perro salvaje, pero los agentes de la paz que van al Quemador pueden permitirse ser un poquito más exigentes.
Posteriormente no dirigimos al puesto de Calf, un hombre que prepara las pieles para luego venderlas al peletero del pueblo. Debe sacar buen dinero en el trato, porque siempre es generoso con las piezas que le traemos. Esta vez, nos da cuatro bolsas de carbón a cambio de las trece piezas.
Con el carbón y las presas, se nos hace difícil deambular por El Quemador. Es en este momento que se me ocurre la excusa perfecta para ir sola al pueblo y mandar a Gale a la casa.
- Gale – digo tímidamente- Podríamos dividir las piezas, separar algunas ardillas para el panadero y yo podría escaparme al pueblo a entregárselas mientras tú llevas todo lo demás a tu casa. Yo paso luego a retirarlas y te llevo al pan.
- No es mala idea, ya estamos muy cargados. Te parece que nos llevamos cada uno dos conejos y una ardilla y le llevas al panadero las cuatro restantes para hacernos de una buena reserva de pan en caso de que haya alguna tormenta de nieve.
- Me parece bien – respondo dejando en mi bolsa de caza cuatro ardillas regordetas. Tengo que seguir fingiendo la ansiedad que surca mis venas frente al prospecto de encontrarme con Peeta.
- Te veo más tarde Catnip y no te dejes engañar.
- Está bien, confía en mí.
Así nuestros caminos se separan. Él encara para La Veta y yo para el pueblo. Luego de unos minutos de camino, llego a la puerta trasera de la panadería. Subo los escalones y toco levemente la puerta. Siento movimiento del otro lado y al cabo de un momento veo salir a Peeta. Tiene puesto un delantal blanco que le llega casi a las rodillas y está todo colorado.
- ¡ Hola! Pensé que no vendrías más – me dice en un tono suave.
- Recién salimos hoy al bosque. El sábado tuvimos que ayudar a nuestras madres con reparaciones en la casa. ¿Estás muy colorado? – le pregunto asombrada.
- Hace mucho calor adentro, estamos con mucho trabajo por la fiestas. ¿Tienes las ardillas?
- ¡Si, tengo cuatro! ¿Estará bien?
- Mi padre estará contento. Pasa un momento mientras le pregunto cuánto dinero tengo que darte. No sé realmente el precio en que hacen el intercambio – me dice un poco avergonzado.
- Está bien, ¿ no se enojará tu madre si me ve adentro?
- Está arriba con jaqueca. No podrías haber llegado en mejor momento – me dice casi como un susurro.
Peeta abre un poco más la puerta y apoya su mano en la parte baja de mi espalda para darme un empujoncito y hacerme entrar. El toque me causa un temblor a lo largo de mi columna. No puedo dejar que vea el efecto que está teniendo en mí. Luego desaparece hacia la parte delantera del negocio. Unos minutos después vuelve a mi lado.
- Mi padre dijo que es un pan por cada ardilla. ¿Tienes alguna preferencia? – pregunta amablemente.
- No, lo que tengan a mano estará bien- Lo veo retirarse nuevamente y vuelve con dos bolsas de papel con pan.
- Sé que comparten esto con Gale, por eso hice dos paquetes.- me mira- ¿Podría verte luego? Termino a las dos de la tarde, cuando cerramos - me pregunta tímidamente mientras roza levemente sus dedos en mi mano.
- Encuéntrame dos y cuarto en la esquina del callejón.¿ Tienes pensado algo?- pregunto aunque siento que me estoy metiendo en problemas.
- ¿Me enseñarías a tirar con el arco? No es para sacarte trabajo, pero realmente me gustaría aprender.
- Está bien. Nos vemos- y mientras estoy volviéndome hacia la puerta se acerca y roza mi mejilla con sus labios.
- Hasta luego Katniss- susurra.
Vuelvo a casa como en un sueño. No puedo negar que me excita pensar que estaremos los dos juntos en el bosque. Normalmente no dejaría a nadie más que a Gale estar conmigo allí. Es como mi lugar sagrado, en dónde puedo ser yo misma. Sin embargo, no me siento amenazada por Peeta. ¿ Será porque ya me demostró que podría arriesgarse por mí el día que me tiró el pan? También soy consciente que tendré que buscar un lugar diferente al que uso con Gale, porque se daría cuenta rápidamente que alguien ha estado ahí.
Antes de entrar a casa, paso por la casa de los Hawthorne para dejarles los panes y llevarme las bolsas de carbón y mi parte de la carne y las nueces. Cuando llego a casa, mi madre tiene lista una sopa. Prim está sentada a la mesa esperándome.
- Hola, Kat ¿cómo te fue hoy?- me pregunta mi hermanita de diez años.
- Bastante bien- le digo- ¿Cómo estuvo ella?- ella es mi madre. Cuando mi padre voló en pedazos en el accidente de la mina, mi madre se convirtió en una mujer que se quedó sentada, vacía e inaccesible mientras sus hijas se convertían en piel y huesos. Intento perdonarla por mi padre, pero, para ser sincera, no soy de las que perdonan.
Poco a poco, mi madre volvió con nosotras. Empezó a limpiar, cocinar y poner en conserva para el invierno algunos de los alimentos que yo llevaba. La gente pagaba en especie o con dinero por sus remedios medicinales y, un día, la oí cantar.
Prim estaba encantada de tenerla de vuelta, mientras que yo seguía observándola, esperando que desapareciese otra vez; no confiaba en ella. Además, un lugar pequeño y retorcido de mi interior la odiaba por su debilidad, por su negligencia, por los meses que nos había hecho pasar. Mi hermana la perdonó y yo me alejé de ella, había levantado un muro para protegerme de necesitarla y nada volvería a ser lo mismo entre nosotras.
- Bien- me contesta Prim- Hizo la sopa y se fue a la cama, pero por lo menos hizo algo.
Apoyo sobre la mesa la bolsa de papel que me dio Peeta para sacar los panes y en el fondo encuentro dos bollos que queso calientes y dos galletas dulces. Doy vuelta los ojos, ¿¡será que nunca dejaré de deberle a éste chico!? El olor de los bollos de queso invaden la cocina y Prim levanta los ojos emocionada.
- ¡Me parece que alguien recibió un regalo¡- Prim me guiña un ojo.
- ¡ Prim!- le digo avergonzada- fue parte de mi trueque, no te hagas ilusiones.
- No hay nada de malo que un chico te haga regalos- me dice Prim suavemente- Y no vengas con que él es hijo de un comerciante y tú de La Veta. Es lo mismo que mamá y papá, pero al revés.
- ¿Desde cuándo te comportas como un adulto, Prim?- Ella pone sus ojos en blanco y nos sentamos a tomar la sopa acompañándola con los bollos que queso.
Para cuando termino mi almuerzo y limpio la cocina son las dos menos cuarto de la tarde. Por un momento, pienso en cambiarme la ropa, pero soy consciente que no tengo tanta ni me serviría de nada. Ahora debo buscar una buena excusa para salir de casa sin despertar muchas sospechas.
- Prim, tengo que salir. Sae La Grasienta me pidió que le enseña a despellejar las presas. Vuelvo antes de que sea de noche- mi excusa no es muy creíble. Prim me mira dubitativa y se vuelve para seguir leyendo uno de los libros sobre sanaciones que tiene mi madre. No pronuncia palabra.
Salgo por la puerta trasera de mi casa y empiezo a andar el camino hacia el pueblo. Intento recordar los puntos débiles de la alambrada que paso por el camino. Necesito encontrar uno cerca de la panadería para que no perdamos tanto tiempo para entrar al bosque. Cuando diviso a Peeta en la esquina, le hago una seña con la cabeza para que me siga. Trato de mantener la distancia para que nadie sospeche.
Empiezo a rodear la cerca mientras él se me acerca.
- ¿Qué estás haciendo?- me pregunta tranquilo.
- Estoy buscando un punto débil para poder pasar sin que nos noten y ni que nos lastimemos.
- ¿Pero no está electrificada?
- No siempre. Escucha, ahora no emite ningún sonido. En cambio, cuando la electricidad está conectada, emite un zumbido muy molesto.
- Ah!
Tras recorrer unos metros a lo largo de la cerca, encuentro unos arbustos que cubren unos alambre estirados ofreciendo un buen punto de escape. – Por aquí podremos entrar-le digo- ¿Crees que podrás pasar?
- Puedo parecer gordito, pero soy ágil- me responde un poco ofendido.
- No dije que fueras gordo, sos grandote,¡- estás bien alimentado!- Lo siento soltar una risa por lo bajo. Me agacho un poco y me deslizo por debajo de la alambrada. Peeta me pasa una mochila que no había visto antes y muy despacio hace cuerpo tierra y se desliza detrás mío.
- Mi arco es una rareza que fabricó mi padre, junto con otros similares que guardo bien escondidos en el bosque, envueltos con cuidado en fundas impermeables. Mi padre podría haber ganado bastante dinero vendiéndolos, pero, de haberlo descubierto los funcionarios del Gobierno, lo habrían ejecutado en público por incitar a la rebelión- le cuento a Peeta
- ¿Y dónde está?- me pregunta.
- Si no recuerdo mal, uno de ellos debería estás por aquí- le digo agachándome frente a un viejo árbol mientras recupero un arco y un carcaj de flechas que tenía escondidos en un tronco hueco.
Con arco y flecha en la mano, busco un claro en el bosque que esté rodeado por árboles grandes que nos den reparo del viento y que sirvan de blanco.
- ¿Qué te parece éste lugar?- le pregunto al llegar a un claro que tiene una forma redonda. Está más o menos a veinte minutos caminando desde que pasamos la alambrada.
- Me gusta. Espero poder acordarme cómo llegar ora vez- me dice. Su comentario me sorprende.
- ¿Piensas venir otra vez?- le contesto, un poco en broma.
- Pensaba que podríamos vernos a diario, así podía aprender un poco y conocernos mejor- me contesta pausadamente mientras busca un lugar en dónde poner su mochila.
-Antes que nada, deberíamos elegir un árbol como blanco. ¿Qué te parece ese pino?- sigo la conversación sin preocuparme por contestar.
- Me parece bien.
-Para empezar, tiene que visualizar una línea desde donde tú estás hasta el blanco. Esa es tu línea de tiro. Luego, tomas una flecha y la colocas sobre el suelo a lo largo de la línea de tiro.
- ¿Así está bien?- me dice mientras toma una flecha del carcaj y hace lo que le estaba explicando
- El arco se sostiene con la mano opuesta a la del ojo dominante, tienes que agarrarlo con la mano del ojo dominante. Por ejemplo, si tu ojo dominante es el derecho, sostienes el arco con tu mano izquierda, encarándola hacia el objetivo, viendo el blanco con el ojo derecho y cogiendo la flecha y la cuerda con la mano derecha.
Por el rabillo de mi ojo veo a Peeta probar con cada uno de sus ojos. Con la tenue luz del sol que se cuela por las ramas de los pinos que nos rodean, sus pestañas parecen resaltar. Nunca me había percatado de lo largas que son, tanto que parece que se van a enredar. Un leve suspiro sale casi sin darme cuenta por mi boca. Aclaro mi voz saliendo de mis pensamientos y sigo con la lección.
- Tu cuerpo debe estar perpendicular al objetivo y la línea de tiro, es decir, de lado, con los pies situados en la perpendicular vertical con cada hombro. Con el tiempo, encontrarás una postura más relajada y encontraras tus propias preferencias. Por ejemplo, yo suelo colocar la pierna adelantada rebasando la línea de tiro unos veinte centímetros.
Mientras me acerco suavemente, trato de tocar con mis manos los lugares del cuerpo que él necesita concientizar para poder corregir su postura. Esta vez es él el que exhala un suspiro.
- Para cargar una flecha, el arco se inclina hacia el suelo y el cuerpo de la flecha se apoya en el reposa flechas, aquí- le señalo con mi dedo- La parte trasera de la flecha se engancha en la cuerda del arco mediante el 'culatín'. La cuerda se sujeta generalmente con las yemas de tres dedos, manteniendo los tres dedos por debajo de la flecha o bien con uno por encima, de acuerdo a lo que te sea más cómodo. Cuando ya estás en posición, levantas el arco y lo abres, es decir, la mano de cuerda se desplaza hacia la cara, donde debe apoyarse ligeramente para tener un punto de anclaje que, idealmente, debe ser el mismo en todos los tiros, y a menudo es la comisura del labio o la barbilla. Utiliza los músculos de tu hombro y espalda para tirar de la cuerda.
Para cerciorarme de que el movimiento es correcto, apoyo levemente mi pecho sobre su espalda y paso mis brazos hacia delante. Estoy prácticamente abrazándolo y su aroma a canela y azúcar invade mis narinas. La sensación de tenerlo entre mis brazos es irresistible pero trato de mantener la compostura para que no crea que soy una niña tonta.
-Trata de no estar tan almidonado – le digo para parecer más relajada- Ahora apunta, toma una respiración y mantenla hasta que sueltes la flecha. La flecha se suelta relajando los dedos de la mano de la cuerda desde la muñeca hacia adelante, dejando que la cuerda se deslice de tus dedos. Debes evitar movimientos de retroceso o gestos de ayuda a la flecha con el cuerpo, porque afectan al vuelo de la flecha. Mantén tu posición de disparo hasta que oigas la flecha en el blanco.
- ¿Me marcarías un blanco?- me pregunta tímidamente.
Camino unos treinta metros hacia un pino bastante ancho que tiene unos nudos a unos dos metros de altura y se lo señalo.
- ¿Te parece bien aquí?- le grito.
Peeta me hace una seña con la cabeza como dando su aprobación y vuelvo rápido hacia su lugar.
- Me voy a poner detrás de ti por seguridad- le digo.
- No tengo ninguna intención de tirarte una flecha- me contesta en tono de broma.
- Eso espero- bromeo yo también.
Peeta reacomoda su cuerpo, alineándolo hacia el blanco y piensa detenidamente cada uno de los movimientos que le fui explicando. Me resulta llamativo lo fácil que se me hace estar en su compañía, me dá un sensación de seguridad que tengo también con Gale, pero que me llevó mucho más tiempo. El sonido del lanzamiento de la flecha me saca de mis elucubraciones. Nos acercamos juntos hacia el blanco. La flecha está un poco hacia la izquierda y hacia abajo, pero está clavada en el árbol.
- ¡No tan mal para ser principiante! ¿Estás seguro que es tu primera vez? – le digo, pero en el momento en la palabras dejan mi boca me pongo roja como un tomate.
- Si, y creo que contigo voy a hacer muchas cosas por primera vez- me contesta con voz de pícaro.
En ese momento, toma mi muñeca y me acerca hacia él. Puedo ver el hambre en sus ojos, como si literalmente me quisiera comer. El calor comienza a elevarse dentro mío y me dejo llevar, porque en éste momento siento que quiero estar cerca de Peeta.
- Katniss- miro hacia arriba y me encuentro de repente embutida contra el tronco del árbol. La boca de Peeta está sólo a milímetros de los míos. Puedo ver sus ojos azules que están brillando por el deseo y me presiono contra él. - Dime que pare- me dice y puedo sentir sus respiración sobre mi boca. Yo sacudo la cabeza y él la toma entre sus manos mi cara para acercar mi boca a la suya.
Él acerca más y, como un reflejo, paso la lengua por mis labios anticipándome. Peeta gime al ver mi movimiento y yo siento crecer el calor entre mis muslos. Él me presiona contra la áspera madera mientras puedo sentir la erección de Peeta sobre mi pelvis. En ése momento, su boca encuentra la mía ávidamente.
Yo respondo con impaciencia abriendo mi boca ligeramente para dejar que su lengua acaricie la mía. Él sabe a vainilla. Mi cuerpo se electrifica, mis brazos se enredan alrededor de su cuello para acercarlo aún más. Esto no es solamente carne contra carne, hay algo más, que todavía no puedo explicar. Finalmente, nos separamos, respirando pesadamente dejando mi frente descansar sobre la de él. Nuestras miradas se conectan y una sonrisa se dibuja en mis labios.
- Nunca te había visto sonreír antes. Es hermosa. Tú eres hermosa.
- No me llevo bien con los halagos- le respondo sin poder evitar ponerme colorada nuevamente.
- Tendrás que acostumbrarte de ahora en más. ¡ Sigamos un rato más con tu clase, tenemos media hora hasta que empiece a oscurecer! – me da la mano y caminamos hacia la mitad del claro.
Durante cuarenta y cinco minutos nos turnamos tirando al blanco, aunque al principio insisto en que tire él, me dice que prefiere observarme para captar mejor la técnica. Para cuando estamos terminando, a ambos nos duelen un poco los hombros, pero puedo decir con orgullo que Peeta ya dio un par de veces en el centro del nudo del árbol.
- Realmente eres una buena maestra- me dice Peeta acercándose y dándome y beso rápido en la boca.- Traje algo para ti y para Prim, para que lleves a casa- abre su mochila y saca cuatro rollos de canela.- No son de hoy, nuestra madre nunca nos deja sacar la pastelería fresca, pero si los calientas estarán como recién hecho.
- ¡Gracias! No tenías por qué darme nada- le explico tímidamente.
- Pensé que sería un buen intercambio.
- Creo que nunca dejaré de deberte, Peeta. Pero podría pensar en algo que podrías hacer por mí a cambio de las clases de arquería.
- ¿Un beso?- me dice con voz de niño travieso.
- ¡No! ¡Si! Me acuerdo que cuando conocí a Gale, él me enseño a montar trampas, mientras yo le explicaba cómo usar el arco y la flecha.
- ¿Las lecciones eran como las nuestras?- me pregunta con tono serio.
- ¿Estás celoso? Nunca había besado a nadie antes que a ti- le explico bajando la mirada avergonzada.
- Katniss, perdón. No debí haberme puesto así- y se acerca para acariciarme la mejilla derecha.
- Estaba pensando que, cuando los días sean más largos y un poco más calurosos, podrías enseñarme técnicas de defensa personal. Ya sabes, no me gusta que la gente se me acerque mucho.
- Trato hecho. Sería mejor que empezáramos a volver. Ven aquí- estira su mano y me abraza. Un abrazo de oso. Definitivamente no me molesta que Peeta Mellark me toque.
Hacemos el camino hacia la alambrada en silencio pero de la mano. Él acaricia con su pulgar el dorso de mi mano, electrificando todo mi cuerpo, pero a la vez dándome una sensación de seguridad que sólo sentía cuando estaba con mi padre.
Antes de llegar al punto de la cerca por donde pasamos se detiene y me mira.
- ¿Nos vemos mañana a la misma hora? Yo tendré todas las vacaciones de invierno el mismo horario y salvo que haya una tormenta de nieve, yo vendré a buscarte.
- Me parece bien, nos vemos mañana- me paro en puntitas de pié y apoyo ligeramente mis labios sobre los suyos.
Sin mirar atrás, tomo el camino hacia La Veta. Sé que me está mirando, ahora siento cómo se posan sus ojos sobre mí y me doy cuenta que todos estos años los sentí. Es imposible ignorar a Peeta Mellark. El trayecto es corto, aunque voy tarareando bajito, para que nadie escuche que, después de tantos años, me siento un poco más feliz.
