Opción
Capítulo 2
Las razones de Draco Malfoy
Disclaimer: Nada de esto me pertenece, más que la trama. El resto es de Rowling.
Hermione estaba sentada en su cama, viendo hacia el soleado exterior. Su cara reflejaba su melancolía, y sus ojos castaños contemplaban el amanecer. No veía nada, y no pensaba en nada, algo poco natural en la chica, pues su mente casi siempre era un torbellino de ideas, que si se pudiesen ver a fondo, darían tanto trabajo que no sería posible evitar un buen dolor de cabeza. Pero Hermione nunca revisaba y examinaba cada uno de sus pensamientos, a sabiendas de que pensarlos era suficiente. Además de que nunca tenía tiempo, entre las clases Éxtasis, su escaso tiempo libre era para pasear y relajarse un poco, y lo demás lo hacía en tiempo récord.
Eran cerca de las siete de la mañana, hora en la cual generalmente solía despertar. Era una de las primeras en levantarse, en su cuarto, en Gryffindor y en Hogwarts; siempre predispuesta a dejar la cama en cualquier momento. No importaba si se desvelaba estudiando para el día, semana o clase siguiente, o haciendo rondas nocturnas de los prefectos, siempre despertaba al despuntar el alba o, por lo menos, un poco, poquitín después. Aunque generalmente no lo hiciera en casa. Cuando llegaban las vacaciones y podía ir a casa, pareciera que las sábanas se le quedasen pegadas, o que su cama le llamase de manera inconsciente y eficaz.
Ese día era sábado, y quería aprovechar de pasar un momento acompañada de sus mejores amigos Harry y Ron. Sabía que ambos desayunaban temprano, pero no tanto como siempre lo hacía ella, así que aunque se tardó en ducharse y vestirse, era la primera otra vez. Lo cual le irritó mucho, pues se había tardado menos de lo querido y pensado. Eran las siete y media de la mañana, según indicaba su reloj muggle, que funcionaba con magia, al igual que todo lo muggle que Hermione poseía. Y desde el cuarto de las chicas de Gryffindor de sexto, el sol apenas se dejaba ver, tímidamente, entre las nubes.
Bajó hacia el Gran Comedor algo desganada y congelada, a sabiendas de que desde las seis de la mañana la comida estaba servida, siendo perfecta a todas horas gracias al hechizo que mantenía la temperatura en los alimentos para que estuvieran siempre frescos y dispuestos, cortesía de los elfos domésticos. Hermione aún estaba en su campaña de la P.E.D.D.O., siendo siempre la única que mantenía viva esa organización. Pero ya había perdido la esperanza de hacer algo en Hogwarts, y mantenía su seguridad en un cargo que pensaba obtener en el Ministerio. Con sus calificaciones Éxtasis, estaba casi segura de que la aceptarían.
Era una locura estar a esas horas en ese lugar, pues aunque era verano, había un frío innatural de la estación, lo cual hacía que el quedarse en cama fuese muy apetitoso. Para todos, menos para la prefecta de Gryffindor, Hermione Granger. Después de todo, cuando estaba siendo prefecta y alumna de Hogwarts, el madrugar era parte de su esencia y de su vida. Sino, pregúntenle a sus compañeras de habitación, que nunca habían visto a Hermione en la cama. De hecho, nadie había visto nunca a Hermione dormir más que sus padres cuando ella era tan solo un bebé.
Y al llegar al habitual lugar, se encontró que otra persona había dejado la calidez de las sábanas para estar temprano en el desayuno. Era un Slytherin de cabellos rubios y piel de una natural palidez, a quien casi todo el mundo dentro de Hogwarts odiaba, temía o ignoraba, siendo estos los más pocos.
-¿Malfoy? –susurró. Él estaba muy ocupado viendo detenidamente lo que estaba en su plato, y ella, temerosa, se acercó a su mesa Gryffindor, viendo atenta a lo que se iba a servir, siendo esta una manera eficaz de no ver al chico.
No es que tuviese miedo de Malfoy, por Merlín que no, sino que… lo que tenía y el porqué de que no quería verle era ese miedo a encontrarse con una persona. Persona a la cual no le caes bien ni esa persona a ti, y el miedo a estar con esa persona, ambos solos. Pero, aún así, era estar como a dos extremos del universo, lo cual hizo que pronto se olvidase de la presencia de su compañero, y se concentrase en lo que iba a comer en su desayuno, examinando lo que los elfos habían servido en Gryffindor.
Pensando y pensando; en que tenía que estudiar esa tarde de sábado de fines de Mayo, cuando todos fuesen a Hogsmeade, así podría volver a estar al día –o, por lo menos, lo que ella entendía bajo este concepto, algo que nadie haría en su sano juicio-, pensaba en que debía empezar a devolver los libros de la biblioteca, para poder estar limpia antes de irse por ese año de Hogwarts, pues le iba a ser algo complicado volver a ordenarse con los diferentes tomos, releerlos, y devolverlos a la fecha justa. Además, estaban sus propios libros que debía guardar muy bien en su baúl, para que no tuviese problemas luego.
Draco, por su parte, dio una mirada furtiva a la castaña, y luego de contemplarla el tiempo que se le antojó, volvió a su plato, de donde no volvió a levantar la vista. Estaba bonita, sería un tonto si no lo reconociera, pero había mejores que ella, según su punto de vista. El sol, que con tanto recelo se ocultaba, daba de lleno en ella, iluminándola, haciendo brillar su ensortijado cabello, que enmarcaba su delgado rostro. Llevaba una bufanda rosa, a juego con su chaqueta, y unos pantalones vaqueros muggle, que sin que él lo notase, remarcaran sus esbeltas piernas. Ella no era una supermodelo como las de los muggle que veían en revistas él y sus compañeros Slytherin, pero tenía su belleza natural.
Un momento, ¿Draco Malfoy pensando que Hermione Granger, sangre sucia, era bonita y tenía belleza que la hacía diferente y por ende, atrayente? Por supuesto que no. Draco negó con la cabeza, negando lo que era elemental. Era normal que las chicas fuesen bonitas, pero… ¿él pensando en ella de esa manera? Pues, debiera ser que ella era igual a las otras hijas de muggles de la escuela, era bonita, pero ni de lejos como… ¡Pansy Parkinson! Ella si que era bella, de una sangre inmaculada, delgada, cabello azabache hasta media espalda, muy lacio y con un permanente olor a perfume. Ella, que usaba una falda corta y sólo para él, a diferencia del soso uniforme de Granger; ella, que era capaz de darle besos que le hacían cortar el aliento por lo atrevidos que eran, a diferencia de la monja que era Granger, quien seguro nunca habría siquiera besado a un chico. Pansy Parkinson, que aunque no tenía mucho sentido, era bella. Y por lo tanto, y por ser Slytherin, y por ser sangre limpia, era para él.
Así pensaba el joven Malfoy, renegando mentalmente de Hermione, quien se mantenía alejada de todo lo que pasaba por la mente perturbada de Draco. Ella tan sólo movía su cereal con leche, que ya estaba a punto de terminar –sí, en Hogwarts también había cereal, sólo que, a diferencia de los chocolateados y súper azucarados muggles, los cereales de magos eran algo como las grageas Bertie Bott de todos los sabores, dulces y con frecuencia deliciosos-. Y así se hubiera quedado por casi toda la mañana si no fuera por la entrada del resto del alumnado, de todas las casas y poco a poco. Pero lo que llamó la atención de Hermione fue lo que sucedió en la mesa Slytherin poco antes que un grupo bullicioso de Gryffindor llegase a su lado.
Eran cuatro alumnos de séptimo de Slytherin según sabía, y se acercaban rápidamente, pero sin perder naturaleza, hacía donde se encontraba el rubio Draco Malfoy. Este no se había dado cuenta de nada hasta que estuvieron a unos cuantos metros de él, palideciendo aún más si es que eso fuese posible y, obviamente, no demostró nada en su rostro, pero –y esto es algo que Hermione no alcanzó a ver por la lejanía- sus ojos demostraban más que nada. Esos orbes grises estaban terriblemente asustados, y rápidamente se fueron hacia su plato de desayuno, evitando a toda costa ver a sus compañeros de casa. Sabía lo que seguía, y no podía evitarlo.
-Malfoy. –habló en voz baja, pero lo suficientemente clara como para que el aludido lo escuchara, el cual seguía perdiendo color segundo tras segundo. No es que fuera miedoso o cobarde, pero ya conocía lo que sucedía cuando esos tipos de séptimo se te acercaban en el desayuno un día sábado de Hogsmeade, y era todo menos agradable.- En el bosque Prohibido, a las tres.
-Ahí estaré. –su voz, que no representaba nada de lo que era en ese instante, pues aunque sonaba de lo más segura, orgullosa y hasta un punto de desprecio, por dentro estaba pensando en lo que le sucedería en la reunión de Slytherins a la que le estaban convocando.
-Eso esperamos. Y no llegues tarde, o será aún peor de lo que ya es. –agregó el que parecía el líder del grupo antes de marcharse él y sus tres "amigos". Después de aquello, y con Hermione viendo atentamente el panorama del que no entendió nada, pareciera que Draco Malfoy había perdido el apetito ese día. Mas no tuvo tiempo para procesarlo, pues sus amigos Ronald Weasley y Harry Potter estaban ya franqueándola por ambos lados, y ellos charlando animadamente sobre lo que harían al llegar a Hogsmeade.
No entendió el porqué de todo. ¿Por qué lo habían citado al Bosque Prohibido, a esa hora y en ese día? ¿Por qué Malfoy no se había mostrado interesado y bastante reacio a que se acercaran a él? ¿Por qué había palidecido tanto en cuanto había visto que se aproximaban a él? ¿Y por qué a ella le interesaba tanto el saber la respuesta a sus preguntas?
Y, al parecer ella no se mostraba muy animada por el panorama del pueblo mágico para ese sábado, pues Ron, la persona menos perceptiva del planeta –comprobado por seis años anteriores por… bien… todo Gryffindor y Hogwarts-, fue quien lanzó la primera pregunta ante el mutismo de Hermione en su desayuno, escuchando más no metiéndose más allá de lo que significaría "estado Inferi".
-Hermione, ¿qué harás tú en Hogsmeade? –luego de esa pregunta referida solamente a ella, todos en su alrededor se atendieron de su respuesta, pues al parecer de todos, estaba muy poco comunicativa esa mañana, más aún de lo que estaba normalmente.
-Pues, yo no voy a ir a Hogsmeade hoy. –dijo simplemente, con la mirada pegada a un tazón con frutas que recientemente había traído hasta la punta de la mesa. Y con razones, pues la incertidumbre y confusión inundaron los rostros de sus amigos, siendo ella el foco de la atención, lo cual aborrecía.
-¿No? ¿Por qué no? –exclamó Ron a viva voz, atrayendo aún más la atención hacia ellos si es que fuera posible eso.
-Mira, Ron, tengo muchas cosas que hacer, y nada mejor que un sábado para hacerlo, a mi parecer. Además, no necesito nada de Hogsmeade por ahora, aún me quedan dulces de la visita pasada, incluyendo que ya casi se me termina mi presupuesto, y mamá dijo que no podía enviarme más hasta el próximo mes, y para ese entonces estaré en casa. –argumentó Hermione, dando así por sentado que no tenía ninguna gana de dejar el castillo o los terrenos de Hogwarts. Pero Harry al parecer no entendió lo que quería decir, pues volvió a arremeter.
-Hermione, es la última vez que iremos a Hogsmeade en sexto año, y creo que deberías ir, aunque no necesites o compres nada, tan solo por ir y pasear, distenderse un poco, ¿no lo crees? –"Astuto", pensó la chica, pues le había dado argumento por argumento, razón por razón.
-En lo personal, opino que es mucho más importante quedar al día, tengo muchísimas cosas por hacer, como arreglar mi baúl para volver a casa, pues debo devolver los libros que pedí prestados, debo ordenar y organizar mis apuntes de este año, ver que tareas finales me faltan por terminar…
-¡Pero esas son para casi los últimos días de clases! –reclamó Ron, volviendo a servirse en su plato por cuarta vez un trozo de tarta de manzana crocante.- ¡Queda una semana!
-…y terminarlas. Con suerte, podré terminar la mitad de esas cosas solo hoy, y ni que decir si no las termino mañana. Sacrificaré este fin de semana para poder estar libre el resto del tiempo, lo que ustedes deberían de estar haciendo, pero les doy libertad para hacer lo que piensen correcto, más cuando llegue el momento de entregar los pergaminos, no les voy a ayudar.
-Hermione…
-No me interesa. Voy a hacer lo que les dije, y nada de lo que me digan me va a hacer cambiar de parecer. Nada. –y, sin decir nada más, se concentró en su plato, que era un tazón de frutas al cual ya nada le quedaba.
Y así, los Gryffindor tuvieron que dejarla en paz, y seguir discutiendo entre ellos la mejor manera de economizar tiempo al llegar a Hogsmeade, y poder hacer todo lo que les gustase hacer. Hermione permanecía atenta a lo que decían, pero no tanto, sino que veía cómo llegaban los compañeros de las otras casas y de la misma, todos preparándose para salir fuera, ya fuera en pareja, en grupo o a solas. Suspiró. El castillo iba a estar muy solo aquella tarde.
Draco caminaba lentamente por el pasillo. Salía de las mazmorras, donde había tomado todas las precauciones posibles, y luego de considerar que todo estaba listo, se dirigió al pasillo que le llevaría al aún más frío exterior. Llevaba el uniforme Slytherin de Hogwarts, y encima una capa de invierno, la más gruesa que tenía, guantes igual –o tal vez menos- de gruesos, y caminaba lo más despacio que podía, como si así pudiese hacer que el tiempo se detuviese y poder disfrutar un tiempo más. Pero no podía, y parecía que el tiempo se esmeraba en pasar más rápido, mostrándole la espalda en una mueca de lo rápido que podía correr.
-Claro que eso no va a inmutarme. –se repetía el joven rubio, guardando sus manos en los bolsillos, y jugueteando con sus pies, como si fuese en una de las cuerdas flojas de los circos muggles, al cual hace mucho tiempo lo llevó su padre para que viese como los magos ganaban dinero a costa de los muggles. A veces aún tenía pesadillas con los payasos de esas veces, que hacían que se quedase congelado, sin gritar, sin llorar, sin nada, tan solo… nada.
No quería hacerlo. No quería ser el escogido, aunque lo supiese desde ya hace tiempo, cuando leyó las crónicas de su abuelo, Abraxas Malfoy. No quería creerlo. Prefería pensar que el desayuno tan solo había sido un sueño horrible, algo que no sucedió en realidad, que él no era Draco Malfoy, que el no era Slytherin y que él no simplemente no era. Era preferible. Pero como sabía y alardeaba –junto a muchas otras cosas- a un Malfoy nada le da miedo, nadie puede hacerle sentir miedo, ni nada parecido o relacionado, y no por esta situación debería ser diferente.
Recordó porqué. Porqué iba a ir donde lo requerían. Porqué le habían escogido a él. Porqué él iba a ser el escogido de Lord Voldemort más joven. Y era tan sólo… por ser Draco Malfoy. Por ser hijo de un vasallo importante del Señor Oscuro, Lucius Malfoy, por eso.
Ya su padre le había dicho que ese iba a ser el honor más grande que se le hubiese concedido a un joven mago, el ser un mortífago. Y su madre que lo mejor era seguir y ponerse al servicio del Lord, dándole así el perdón de su padre, que año tras año había ido perdiendo su favoritismo a sus ojos. Y su tía Bella, que era dura y cruda con él, y que, sinceramente, era la única –además de Voldemort y los payasos- que le daba terror, le habían convencido con zalamerías y dulces palabras sobre su nuevo amo y señor. Pero ya no sabía que creer.
Hacia algún tiempo, desde que el Lord había vuelto, las muertes, desapariciones y torturas eran visibles y todos sabían quien era. Los padres y familiares muggles de sus compañeros en Hogwarts, los habitantes de las distintas poblaciones de Gran Bretaña, y los que huían, también eran encontrados y asesinados por los mortífagos, palabra y símbolo que él no quería llevar. Le asqueaba lo que su padre debía hacer día tras día, semana tras semana, y que pronto, cuando terminase el verano, el debía hacer lo mismo. Debía asesinar a las personas inocentes, que no tenían voz ni voto en lo que ocurría en el mundo mágico.
-Y no puedo evitarlo. –murmuró. No podía asesinar a una simple mosca con una maldición, pues empezaba a pensar en la vida de la pobra mosca, que solo tenía veinticuatro horas para vivir, y que él le quitaría lo que para ella serían años irreparables, y le daba pena. No servía para ser mortífago, simplemente.
Lo cual no le ayudaba. No había manera de la cual alejarse del destino al cual estaba marcado por nacimiento, y definitivamente no quería morir. Tan sólo le quedaba aceptar de buen talante la marca tenebrosa ese verano, aprender el oficio a manos de su padre y aguantar. Aguantar y esperar a ver que sucedía con la guerra. Esperar a ver si podría liberarse de las cadenas de sangre que le sujetaban al lado oscuro. Y confiar. Confiar en que tal vez, y sólo tal vez el lado de Dumbledore ganase, y él pudiese ser libre. Pero hasta entonces, debía mantener las apariencias, y que ningún pensamiento le hiciese tropezar con su lealtad al Señor Oscuro. No era un destino prometedor, pero él era Draco Malfoy, y esa era su herencia, con el sabor amargo que le confiere el ser algo que se quiere evitar. Pero no se puede.
Draco apretó el paso, caminando más rápido, y llegando ya al hall, el reloj que tenía en al muñeca le dijo que faltaba media hora para la cita. Siguió caminando por el hall hasta las puertas de la entrada, y por allí salió al exterior. Y el día aunque era casi verano, tenía nubes que ocultaban el sol y daban una luz grisácea, agregando que hacía mucho frío, y no había nadie que pudiese ver en los terrenos del castillo. Suspiró, y empezó a caminar hacia el Bosque Prohibido, a la par que escuchaba tan solo su respiración y el suave sonido que hacían sus pies al caminar.
Cuando llevaba un par de pasos recorridos, una sombra negra se acercó volando, y se posó en su hombro, dándole suaves caricias con el pico en la oreja, diciéndole sin palabras cuanto le quería. Era Ébano, su lechuza, y siempre era así. Aunque tampoco había hecho nada para que dejase de ser un meloso, y le gustaba que alguien le mimase estuviese como estuviese, sea cual sea el bando al cual perteneciera. Tan solo era su lechuza que quería mucho, la tenía desde pequeña, y él también le daba muestras de afecto, dándole dulces y golosinas de mascota.
Ébano, aunque era muy demostrativo, era muy fiel, leal, bien portado y amaestrado por él mismo, Draco Malfoy. Le había enseñado a base de cariño y recompensas, y le había funcionado. Le había enseñado a su inteligente lechuza lo que estaba bien lo que estaba mal, lo que debía hacer y le entendía. Ahora, podía hacer que se alejase un rato para dejarle pensar un poco, o para hacer sus deberes escolares, podía hacer que le trajese El Profeta desde Hogsmeade, podía hacer que hiciese trucos para él, y que aprendiese a esconderse cuando llegaba la ocasión. Era una lechuza inteligente. Y ambos se querían a escondidas del mundo.
-Ébano… -la lechuza de color oscuro y ojos claros ululó para hacerle saber que estaba allí- Debes irte cuando yo te diga, ¿de acuerdo, pequeño?
Recibió una afirmación –o, por lo menos, así lo interpretó él- de su mascota, y luego siguió caminando, pensando en lo que significaría la invitación, y lo que haría por él, lo que debía hacer para seguir sus ideales personales y no contradecir los que le habían dado. La invitación era una señal clara e inequívoca de que te convocaban a la legión de Slytherins de séptimo, tradición que iba desde la época de sus abuelos y que aún se mantenía oculta en un secreto a voces.
-Y yo seré parte de ella. –Dijo Draco sin dirigirse a nadie en particular, o a sí mismo, no lo sabía ni le importaba remotamente.- Pero, claro, sin consultarme, pues así es la tradición y yo no soy quién para poder contradecirla. Ya lo pillo. Todos quieren que haga tal y tal cosa, que sea un muñeco o marioneta y que me doble a sus gustos luego de dejarme hacer lo que se me viniese en gana los últimos años, y ahora, luego de decirme que un Malfoy no le responde a nadie, que es independiente y que es poderoso, debo doblegarme a un señor que yo no respeto, y ahora por ser "elegido", debo seguir las instrucciones de Slytherins de años anteriores. Y lo más gracioso, Ébano, es que no puedo decir que no o alejarme, o algo así. Simplemente, debo ser un monigote sin voluntad.
Su voz era amarga, como si pudiese masticar y escupir ese sentimiento, transmitiéndola a través de las cuerdas vocales, viendo que desgraciado era, y que hace menos de un año él creía que era el más afortunado por su dinero, por sus cosas, porque el señor de sus padres había vuelto e iba a haber un régimen de sangre pura, lo cual, según su antiguo parecer, era bueno. Pero luego vio que su "señor", al cual iba a servir luego, estaba loco. Exterminaba a los hijos de muggles y a los familiares de los mismos, torturaba a quien se le viniese en gana y mataba tal y como un dios, creyéndose poseedor de las vidas de los demás.
Ya casi llegaba, y sorprendentemente había tardado un cuarto de hora para llegar a los límites del Bosque Prohibido. Ya casi no aguantaba la tensión que él mismo sentía en el ambiente, y ya casi empezaba a gritar en la soledad que lo rodeaba tan solo para hacer un ruido en tanta inmensidad visible. Y lo habría hecho si no fuera porque a lo lejos vio como se acercaban cinco Slytherin grandes que avanzaban en manada, como si fuesen lobos a punto de atacar, todos juntos. Draco tragó saliva.
Sentía miedo, horror, tensión, sentía que lo habían atacado con un petrificus totales, y que el frío se le metía por dentro hasta la medula. Pero se hizo recordar que nadie mandaba a un Malfoy, y que nada asustaba a un Malfoy –con la clara excepción de su tía Bella y los payasos-, por lo que se tranquilizo ante lo que se le venía encima, sabía como terminaría y definitivamente el día no ayudaba mucho.
-Ébano, vete. –Murmuró el chico a su lechuza, quien le entendió, pero al parecer no quiso obedecerle a las primeras, pues aún permanecía reticente a irse.- No quiero que veas, así que vete. –Ébano aún no se quería ir, y le veía con suavidad y molestia con sus grandes ojos claros. Ante eso, Draco murmuró para que le entendiese el porqué.- No quiero que te hagan daño.
El dolor en sus ojos de tan solo pensar a su mascota herida –pues los Slytherin a los que se enfrentaba eran todo menos benévolos con los animales- hizo que Ébano comprendiese, y se fue volando, pero en silencio se posó en un árbol, viendo atentamente lo que sus ojos podían llegar a ver. No era muy grande, ni tampoco muy fuerte, pero se preocupaba muchísimo por la persona rubia a la que tanto conocía y apreciaba. No se iba a perder detalle de Draco, no mientras él pudiese saber porque tenía que alejarse, aunque fuese algo peligroso para él mismo.
Y se quedó todo el tiempo allí, pero no pudo evitar moverse impaciente cuando los Slytherins llegaron, y luego de un par de palabras entre ellos -que la pequeña lechuza no entendió, pero dichas en un tono que a él se le antojo cruel-, se quedó para ver cómo le propinaron un puñetazo en el estómago a su dueño, para luego seguir con golpes a puño cerrado por donde cayeran, sin que el joven Malfoy hiciera algo para defenderse. Ébano no entendía del todo la bizarra situación que estaba viviendo, pero sí sabía que debía encontrar ayuda, y pronto.
04/08/2012
Empecé la edición de este fic el 12/11/2011 (escribí la fechaxD), y así lo haré con todos mis fics para poder explicar mejor todo, agregar detalles, hacer que todo calce, etcétera. Mil besos, Casey Malfoy.
