Disclaimer: Todos los personajes que aparecen en esta historia son de JK... Si fueran mios, probablemente seguiría escribiendo hasta que Albus Severus Potter tuviera nietos xD

¡Hola! Creo que no he tardado demasiado en actualizar, pero aquí está, la segunda parte de este mini-fic. Quería darles las gracias especialmente a Pandora Lover y a Karmele por dejarme reviews, ¡me han hecho muchísima ilusión! Así que esta segunda parte va para vosotras, espero que la disfruteís.

Y sin más os dejo con ella.

Nos vemos abajo ;)


Quizás en otra vida.

"Allí estaré"

Ni sello, ni nombre, ni firma. Diez letras que acuchillaron las esperanzas de Hermione con su caligrafía pequeña y puntiaguda.

Dejó la taza sobre la mesa tan fuerte que parte del café se derramó por todas partes.

Todo era una soberana estupidez desde que comenzó. Esa mañana, levantándose antes que nadie (por otra parte, como siempre) decidió olvidarse de 36 años de estricta cordura y hacer lo que a sus santos impulsos les dio la gana. Cogió un trozo de pergamino, garabateó tres frases y lo envió rápidamente. Sin pensar.

¡Sin pensar!

Era Hermione Granger, por Merlín. Estudiante modelo, profesional modelo. Metódica y racional hasta la médula. ¿Qué coño hacía?

Se llevó el poco café que quedaba a los labios. El sabor amargo le abofeteó los pensamientos y la recriminó.

Hacía días que había decidido hablar con él. Pensó en la mejor forma, en el mejor momento, la manera más clara y concisa de decir exactamente lo que quería. Pero no la encontró. Y ella no estaba nada acostumbrada a improvisar.

Se consoló, recuperando la calma. Con suerte consideraría que estaba loca o que era una broma y no iría. Pero aquellas dos palabras habían roto y alimentado su ilusión al mismo tiempo.

¡Mierda!


Suspiró. Ron trabajaba por la tarde. No tendría que inventar otra mentira más que cargar a su conciencia.

Y ya iban unas cuantas.

Apoyó las manos contra la mesa de la cocina, bajando la frente. La tetera comenzó a pitar y ella, distraida, llenó dos tazas.

Debería ser sincera con él. No es malo encontrarse con un viejo conocido.

Lo malo es que se llame Draco Malfoy y que ambos se odien desde que conocen la existencia del otro.

Idiota, idiota, idiota.

No tenía ni idea de lo que iba hacer. Pero sabía que no podía echarse atrás.

Ron bajó la escalera, despacio, guiado por el olor a té recién hecho. Hermione lo miró y se obligó a sonreír.

Por un momento, la chispa de alegría que siempre desprendían sus ojos azules se apagó, desvelando una profundidad, una madurez, una seguridad, desconocida. Parecía capaz de ver tras ella, de saber lo que iba hacer y aquello hizo que sus piernas temblaran. Pero sólo fue un instante, al segundo siguiente, la sonrisa de Ron disparó sus pecas por toda su cara, radiante.

Se sentaron, sin hablar. Ron, porque leía los resultados de Quidditch en El Profeta. Hermione... Porque no era capaz de mirarle.

Ya había mentido a su hijo cuando este le preguntó porqué no podía acompañarle aquella tarde. Ya había mentido a Ginny cuando le dijo que iría a comprar algunas cosas muggles y prefería que Hugo se quedara con ellos. Y ya había mentido a Harry — ¡A Harry, por las calzas de Merlín! — Cuando le dijo que no le ocurría nada, que todo iba bien.

Pero a Ron no. A su Ron, no.

Él se levantó y ella, movida como un resorte, también.

— Nos vemos a la hora de la cena — Acarició sus rizos y posó sus labios suavemente contra la mejilla.

— Te quiero, Ron — Y una tímida sonrisa se dibujó en sus labios. Los ojos de él relampaguearon y su sonrisa se ensanchó, caminando hacia la puerta.

Se cerró suavemente tras él, y escuchó un plof! a lo lejos. Estaba sola.

Se dejó caer en la silla de madera y su sonrisa desapareció. Algo no funcionaba en ella. Algo estaba mal. Muy mal.

Cogió su bolso, metió la varita en él, y dando un último vistazo a la casa se fue.

Lo que sea que le estaba pasando debía solucionarlo.

Ya.


Vamos Hermione, no es tan difícil, se dijo. Sólo tenía que coger el aire de su alrededor y meterlo a la fuerza en sus pulmones y respiraría.

Rodeado por una enorme verja, el parque de Charity Cross estaba inundado de niños con sus padres. Un anciano daba de comer a las palomas, mientras un llanto de bebé se oía a lo lejos. Las nubes bailaban en el cielo, mostrando trozos de sol que brillaban sobre el césped.

Buscó una cabellera rubia. Se maldijo. Habían quedado en un sitio demasiado grande. Echó a andar, buscando un lugar menos concurrido. Lo encontró bajo unos castaños tan tupidos que la claridad del sol no traspasaba sus ramas.

— Qué oscuro está esto. — Su voz seguía siendo la misma, a pesar de los años. Igual de peligrosamente suave, igual de suspicaz.

Hermione había buscado aquél encuentro. Pero ahora, mientras se volvía hacia las sombras, deseaba con todas sus fuerzas que aquello no estuviese pasando.

— Es curioso que hayas decidido citarme en un lugar muggle — Observó Draco, sentándose en un banco cercano. La miró — Parece como si tuvieras que tomar ciertas precauciones.

Ella miró hacia los árboles cercanos, sin saber qué decir.

— No… no es por eso. No sé me ocurría otro sitio — respondió, sintiéndose cada vez más estúpida.

Callaron. Draco, erguido en toda su estatura, sentado elegantemente sobre el banco, observaba a Hermione, aquella mujer pequeña y segura de sí misma que ahora parecía distante, un eco del pasado que le gastaba una broma.

Hermione, de pie, sin mirarle directamente, contenía las ganas de huir por donde había venido. Ahora estaba estática, paralizada, atenta a cualquier movimiento por su parte para salir corriendo. Como un pequeño animal acorralado.

Viva el valor Gryffindor.

El hombre se movió hacia un lado del banco. Al sentirlo, ella bajó la vista y chocó contra sus ojos grises. Le mantuvo la mirada y un escalofrío de puro frío la inundó, crispando su rostro ligeramente. Sus facciones cinceladas no cambiaron de expresión. Tragó saliva. Tensa, se acercó al otro lado del banco, sin sentarse.

— No parece que estés muy contenta de verme, Granger — dijo, secamente. Sus labios dibujaron una sonrisa cínica — ¿No me has echado de menos en estos largos años?

Se apartó ligeramente, desviando la mirada. Ya sabía que Malfoy era un capullo, pero no pensaba que volver a verlo la llevaría de nuevo a sus trece años, considerando la posibilidad de repetir el puñetazo de entonces.

— Los seis años que compartimos en Hogwarts han sido suficientes para no echarte de menos ni en esta, ni en vidas futuras, Malfoy — respondió quedamente.

— Entonces no entiendo por qué coño me has citado aquí, ¿quieres traer a tus amiguitos y hacer un poco de justicia divina por vuestra cuenta? — comentó con dureza. — ¿O sólo te apetecía un reencuentro en honor a los viejos tiempos? — Sus ojos brillaron por un instante. Ahí estaba su sarcasmo, bajo capas de oscuridad. Ingenioso, suspicaz.

Inaccesible.

— Afortunadamente nunca he sido como tú, Malfoy.

El hombre dio un par de pasos y se acercó a Hermione. Aún les separaban dos o tres pasos de distancia, pero ella ya notaba la electrizante sensación que la sacudía cada vez que estaba ante él. Mezcla de rabia y de…

¿De qué?

Quiso dar un paso hacia atrás, pero el banco le cortaba la retirada. Además, no debía. Y en realidad, no quería.

— Sigues siendo el eterno Slytherin que eras. No cambiarás nunca — dijo, con una sonrisa triste en la boca.

— He cambiado en muchas otras cosas, pero si, en eso sigo siendo el mismo. – Su voz vibró con un ardor desconocido, que por un momento la asustó.

Volvió a mirarle a los ojos, y algo vio en ellos que la desistió de huir. Una grieta, una pequeña fisura en aquel gris insondable. Un sentimiento que escapaba aunque no fuera capaz de identificarlo. Tuvo que apartar la vista o aquella intensidad la abrasaría.

— Vi en el Expreso que te casaste y procreaste con la Comadreja — Sonrío. Hacía años que no utilizaba aquel apodo. Y se remontó a tiempo más felices, en los que su única preocupación era el Quidditch y molestar a Potter y sus amigos. La mirada de piedra de ella le enardeció aún más.

— Bueno, visto bajo tu perspectiva, era lógico que la sangresucia se quedara con el traidor a la sangre. Podría decirse que estábamos predestinados — La manera en que ella arrastró las palabras le hizo gracia. Pero escuchar aquél insulto tan común en él en sus labios fue como una bofetada. — Esto ha sido una tontería — Y le dio la espalda, andando hacía la puerta.

— Lo siento — dijo.

El escaso viento que corría esa tarde de Septiembre atrajo a las nubes que oscurecieron el día. El suelo del parque dibujaba un manto anaranjado de hojas secas al pie de los árboles que dejaron de crujir cuando Hermione se paró en seco.

Aquel conjunto de letras conllevaban un sentimiento, muchos años, y varias lágrimas. Se volvió muy despacio, y le miró a los ojos. Él no la evitaba, mostrando que la superficie gris de su mirada se había roto, dejando ver la tormenta interior que en ellos se libraba.

— Lo sé — Ella acortó un poco la distancia, sin apartar la mirada. Un atisbo de sonrisa triste se dibujó en su rostro — ¿Puedo hacerte una pregunta? — Draco seguía manteniendo aquella expresión neutra, pero algo en la relajación de su cuerpo, la invitó a continuar. — ¿Recuerdas aquel día en la Sala de los Menesteres? Nosotros buscábamos la diadema de Ravenclaw y Crabble me lanzó una maldición y tú…

— Le empujé para que no te diera, si — Parecía que le había costado horrores decir aquello. Ya no la miraba, desviando su vista hacia las sombras de un castaño lejano. Una sonrisa refleja le tiñó los labios. — Por eso me has citado, porque querías saber si fue algo casual o premeditado… — Lo dijo para sí, con esa extraña sonrisa.

— No — Hermione se sorprendió a sí misma. Dejó la boca entreabierta un rato, hasta que ninguna palabra más se dignó a salir de su boca. Draco la miró, y algo en sus ojos le dijo que él tampoco se esperaba aquello.

— ¿Entonces…? — Esta vez, claramente, la emoción traspasó la voz del hombre rubio que tenía ante ella, expectante.

Hermione se sorprendió de nuevo. Estaba aterrada. Tenía 36 años, estaba casada con un hombre maravilloso, tenía dos hijos perfectos y unos amigos excepcionales. Y todo eso llenaba su vida y su mundo de alegría. Pero nunca, al menos que recordara, había sentido esas ansias y ese extraño escalofrío de anticipación ante aquella palabra.

— ¿Crees… crees que si las cosas hubieran sido diferentes entre nosotros… tu y yo…? — Sus titubeos callaron abruptamente.

No pudo continuar, aunque deseara la respuesta con todas sus fuerzas. Se encontró estúpidamente anhelante, esperanzada, con el corazón acelerado, queriendo la respuesta como hacía tiempo que no quería nada. Y para su horror, su razón acababa de desconectar. Presa de sus emociones.

Como nunca.

— Si. — Murmuró. Sus ojos la traspasaban chocando un sentimiento violento, un destello de rabia, algo oculto que al fin, estallaba — Bien, ya puedes decirles a Potter y a Weasley que salgan de sus escondites y vean lo bajo que he caído. — Lo intentó pero no pudo esconderlo. Sus ojos grises se convirtieron en acero incandescente, ardiendo, transmitiendo una serie de descargas eléctricas que rompieron todas las esperanzas de Hermione. — No pensarías que me había tragado todo esto, ¿verdad?

Qué estúpida.

— No. — Sus ojos se vidriaron y el labio inferior comenzó a temblarle. Pero apretó la mandíbula y se puso firme, adelantándose un paso. No estaba dispuesta a ceder de nuevo. — Entiendo que esto es lo más fácil. A vosotros los Malfoy se os da muy bien tergiversar la verdad y las buenas acciones. O darles la espalda — Comentó bruscamente.

— Tú qué coño sabrás, Granger — La miró con furia, y con algo más…Algo oscuro y violento. — Han sido muy sencillos estos 19 años. Menospreciado y vapuleado por todos, perdiendo mi poder, mi posición social, mis amigos... todo por lo que luché conservar en esa estúpida guerra. Oh sí, ha sido un camino de rosas. Pero claro, la "Sabelotodo Granger" nunca podría entenderlo.

— ¿Qué es lo que no entiendo? ¿Lo que es que alguien te critique día tras días por ser diferente, rara, inferior? Tranquilo, os encargabais de recordármelo tú y tus secuaces todos los días. O los mortífagos. — Contuvo la emoción de su voz. No quería darle más oportunidades para hacerle daño. Porque sí, horrorizada, descubrió que aquello que Malfoy pudiera decirle, a pesar de los años, le dolía. — Y aún así hoy he venido, dejando atrás miles de buenas y sanas razones, dejando atrás todo nuestro pasado dispuesta a conocerte sin máscaras — Palideció. Las cosas estaban saliendo terriblemente mal. Se estaba desmoronando — Pero ahora sé que he estado equivocada y que Harry y Ron tenían razón. — Hermione se quitó una lágrima rebelde de un manotazo. — Eres una serpiente y siempre lo serás. – Y separándose un poco sin apartar la mirada de sus ojos, dijo — De la que no se puede esperar ni una pizca de bondad.

Draco, que se estaba acercando a ella, se paró en seco. Aquellas últimas palabras le habían hecho más daño que cualquier otra cosa que hubiera experimentado en su vida. Más que los Cruciatus de su tía Bellatrix. Más que la decepción constante de sus padres y de su esposa.

Escuchándola había albergado cierta esperanza. Quizás existía alguien que realmente pensara que podía ser una buena persona. Si no buena, al menos, una, no un monstruo. Pero esa decepción, ese abandono final le había… dolido.

Hacía años que no sentía dolor. Que no sentía, en general. Y ahí estaba, un dolor lacerante, tangible, revitalizador. Se sentía vivo después de tanto tiempo. Al fin.

— Mira. Es mejor olvidar que hemos tenido esta conversación y seguir con nuestras vidas, como debería haber sido. — A pesar de sus esfuerzos, la voz se le quebró en las últimas cuatro palabras. Seguían brillándole los ojos de lágrimas. — Me marcho.

Y ella caminó, despacio, retornando el crujido de las hojas bajo sus pies.

— Desde que acabó la guerra intenté acercarme a ti. Primero, entrando en el Ministerio, después, trasladándome de Departamento. — Ella se paró, entrelazando una de sus manos con la verja. Se giró y lo vio demasiado cerca, con una expresión irreconocible en la cara. Y su olor le llegó, embriagándola.

— ¿Por qué no lo hiciste…? — Y se maldijo porque su voz se había roto definitivamente, y ahora era un susurro, un eco lejano de su seguridad perdida.

— Prejuicios, supongo. Miedo, tal vez — La mano pálida de Draco se acercó lentamente a la mandíbula de Hermione, pero a medio camino, la dejó caer. — Dime, Hermione — Se estremeció perceptiblemente, y Malfoy no pudo reprimir una mueca — ¿Qué sientes en este momento? — La intensidad de sus ojos y la vibración de su voz la quemaba, y la promesa de que esa mano iba a tocarla, y la cercanía y el perfume que desprendía obligó a Hermione a pegarse contra la verja, alejándose lo más posible de él.

— Se me está haciendo tarde para que utilices conmigo tus jueguecitos. Eres un experto manipulador, no lo recordaba — Angustia. Sus ojos reflejaban angustia, y se sentía muy pequeña observándole.

— ¿De qué tienes miedo?

— No le tengo miedo a nada, Malfoy — Su voz se inyectó con odio cuando pronunció su nombre — La guerra me quitó esa posibilidad. — Malfoy supo que se iría. Y debía detenerla.

— Sigues siendo igual de predecible que en Hogwarts, Hermione.

— ¡Deja de llamarme por mi nombre! ¡Déjame en paz! — Le espetó violentamente.

Buscó la puerta con la mirada y se encaminó a ella, lo más rápido que podía, sin mirar atrás, seguida de Malfoy. Viendo sus intenciones, la empujó contra la puerta cerrada y la acorraló con su cuerpo.

— ¡Suéltame! — Temblaba, Draco podía notarlo. Entonces, una seguridad aplastante se apoderó de él. Eso no era miedo. Al menos, no miedo por lo que él pudiera hacerle.

Si no de lo que él le había hecho ya.

Y sonrío.

— Dime que deseas que te bese como Weasley no lo hará jamás. Entonces dejaré que te vayas. — Su respiración estaba alterada, sus ojos ardían. Hermione se giró para abrir la puerta, para escapar, llegar a su casa, meterse en su habitación, acostarse en la cama y coger el libro más grande que tuviera y no sacar la cabeza de allí nunca. Pero él la sujetó por el antebrazo con rudeza y la acercó lo máximo que pudo, sin perder de vista sus ojos castaños. Estaba aterrorizada, pero no se amilanó.

— Quizás en otra vida, Malfoy — Escupió.

— No. — Se acercó tanto a su cara que su respiración se colaba entre sus labios. — Ahora. — Siseó.

Sus labios devoraron los de ella, literalmente. Los mordió, los succionó, los lamió y los apretó tanto que notaba perfectamente sus dientes contra ellos. Atrapó sus muñecas y oprimió su cuerpo contra el suyo. Con los ojos abiertos, pudo ver el brillo inesperado de los de ella, su cabello desordenado, sus mejillas sonrosadas. Sintió, satisfecho, cómo la presión de las muñecas de Hermione contra sus manos desaparecía y cerraba los ojos, derrotada. Y la soltó enredando una mano en sus rizos y la otra en su aterciopelada mejilla.

Estaba tan asustada. Nunca pensó que sería capaz de eso. Quería gritar. Quería morderle, hacerle daño, pegarle puñetazos en el pecho, algo, pero necesitaba que parara. Necesitaba gritarle y llorar, y desaparecer del mapa para siempre. Pero sus pensamientos se desvanecieron cuando la punta de su lengua presionó las comisuras de sus labios instigándola, provocándola para que los abriera… No pudo resistirlo más.

Sus brazos se aferraron a su cuello como si de ello dependiera su vida. Notó su lengua caliente contra su boca, dibujando sus dientes, inspeccionando cada rincón. Y ella, tímida pero exaltada, investigó aquella boca con fervorosa admiración. El contacto de su mano con su mejilla la trasportó a otro universo. Un universo alternativo, que, contra los párpados cerrados se desarrollaba para ella.

Nunca había besado a nadie así. A nadie. Poniendo tanto, dando tanto, como si fuera una despedida. Aquella sensación la entristeció, pero la lengua de Draco requería su atención de una manera excitante y maravillosa. No quería parar. Uno de los barrotes de la reja se le clavaba en la espalda, pero no le importaba. Comenzaba hacer frío, pero el frío de las manos de Malfoy y el calor de su lengua le parecía un contraste maravilloso.

Se dio cuenta cómo Malfoy bajó la mano por su espalda, cómo sus labios buscaron la sutil curva de su mandíbula, ascendiendo hasta el lóbulo de su oreja y como ella gemía quedamente y se aferraba a su camisa, queriendo partirla, desgarrarla, sintiendo más, más cerca, más fricción.

Malfoy notó el movimiento de las caderas de Hermione contra las suyas, y un escalofrío interminable le recorrió la columna cuando ella gimió. Supo en ese instante que tenía que parar. Porque ya no eran unos adolescentes... Ojalá lo fueran.

Ambos se separaron, repelidos por la misma fuerza que los había atraído. Se miraron sorprendidos, despeinados, y más felices de lo que recordaban.

El atardecer se despedía de ellos, y colores imposibles — rosas, morados, naranjas y azules — les inundaban las retinas con una nueva luz.

Hermione se alejó y le dio la espalda, sonriendo. Entreabrió la puerta y se quedó justo en la línea que separaba el parque con la acera.

— ¿Volveremos a vernos? — Draco colocó una mano en su hombro y lo apretó ligeramente.

— Estas navidades recogeremos a nuestros hijos — Y la inflexión de la voz de Hermione les sonó a ambos dolorosa — en King's Cross.

— Lo suponía. — Asintió.

La giró suavemente hacia él y la acercó a su cuerpo, envolviéndola. La estrechó levemente, entremezclándose ambos calores, ambos olores, ambas pieles, promesas rotas de otros momentos, de una cama, de ropa en un rincón, de risas, de palabras.

— Adiós… Draco — Dijo, mirándole a los ojos, sin miedos, con una sonrisa perfecta en sus labios.

— Adiós Hermione — Y Draco pudo devolverle una sonrisa, no una mueca, no un rictus, no una mentira. Una sonrisa, pequeña, casi imperceptible, adorable cuando sus comisuras se curvaban hacia arriba. Limpia.

Por fin.


Hermione llegó a casa después del trabajo, agotada. Su hijo estaba dormido, y Ron estaba fuera, con Harry. Desde que le contó lo de su encuentro con Draco no pasaba las noches en casa. Necesitaba tiempo. Y ella también.

Un picoteo contra la ventana de la cocina la devolvió a la realidad. Abrió la ventana, extrañada. Era tarde para recibir correo. Poniéndose en lo peor, agarró como pudo el pergamino y se sentó en la silla más cercana, expectante. Pero su letra puntiaguda la tranquilizó y exaltó al mismo tiempo.

"Dame un día. Y después desapareceré otros 19 años. Si quieres.

El viernes a las 17.00, en el parque."

Hermione apretó la carta contra el pecho, notando cómo su acelerado corazón se desbocaba.

¿Y sí…?

Las llaves de Ron repiquetearon en la entrada...


¡Se acabó! Espero que no me asesinéis por este final tan abierto pero... Bueno, creo que es lo que necesitaba este fic. Aunque parezca imposible, siempre hay que conservar la esperanza, ¿No creeís?. Me encantaría saber vuestras conjeturas ¿Hermione aceptará la propuesta de Draco? ¿Por qué Ron vuelve esa noche a casa? ¿Qué hará? Si quereís comentarme lo que opinaís... ¡Reviews!

Y por ultimo, para lanzarme objetos punzantes, vociferadores o besos y aplausos, por favor, reviews. Me animan muchísimo, y más siendo mi primer fic. Un beso a todas.

¡Nos leemos!

Akena Sherman.