NdA: lo prometido es deuda ;) He escrito esta segunda parte escuchando Chocolate y vainilla, de Efecto Pasillo. Realmente no me imagino a Kiba berreando "presos de la confusión, víctimas de los años y la desilusión", y ni siquiera me gustó la mezcla cuando pedí un batido de chocolate y vainilla, pero por separado molan. Shino y Kiba no. Ellos molan juntos, separados, a la taza y en invierno.
Spoiler del futuro de Neji.
Chocolate y vainilla
Fingir que no ha ocurrido nada es casi natural. Les sale solo. Kiba ni siquiera está seguro de por qué se autoimpone no sacar el tema, si es Shino y es él y no tienen por qué ponerse el disfraz de amnésicos indiferentes. Shino siempre se queja de lo físico que es. De la manera que tiene de infravalorar el espacio, pisotear, marcar el terreno. Nunca ha sido la alegría de la huerta, pero desde que a Kiba se le curaron los restos de fiebre, Shino sobrepasa los parámetros tolerables y habituales de persona sombría y distante. Es como volver a la casilla de salida cuando vas por el último tramo del tablero.
Se pregunta si Shino se arrepiente o se avergüenza. Si se arrepiente de haberlo acariciado –primero con el paño mojado, después con las manos frías, manteniéndolo en el sitio, ShinoShinoShinojoderShino– no hay mucho que pueda hacer, pero si se avergüenza la cosa cambia, hay una lucecita de esperanza que meter en un tarro de cristal, como las luciérnagas.
Por algún motivo tropieza con él a todas horas, en todas partes. Sobre una rama en el bosque sur de Konoha, en la floristería de los Yamanaka –Shino va a por fertilizante y Kiba entra a preguntar por Choji–, de camino a la Torre del Hokage, en el claro de la pradera favorita de Akamaru (la de amapolas). Cada vez que lo ve, Hinata comenta que está creciendo (Kiba lo ve igual que siempre, pero empieza a pedirle que se ponga a dos patas y a trazar una línea con el kunai en el marco de la puerta para cerciorarse. Ya le llega por las costillas).
–¿Qué te ha pasado con Shino?
Kiba opina que habría sido menos violento que Hinata le preguntara si le pasaba algo con él en lugar de darlo por sentado.
–¿Lo dices por algo en especial?
–Ya no tienes el insecto hembra.
Ah. Duda entre sentirse inquieto porque Hinata supiera lo del insecto hembra, sentirse inquieto porque Shino se lo haya quitado o sentirse inquieto a secas. Lo conoce como los perros conocen sus esquinas predilectas, el escondite de los huesos. Shino nunca hace nada por nada.
A Akamaru se le agota la paciencia comprensiva la cuarta vez que a su dueño se le cruzan los cables y le da anguila frita para merendar. Akamaru odia la anguila. Puaj, anguila. Si Kiba le diera a elegir entre comérsela o llevar correa, Akamaru partiría de Konoha con un palo y un saquito rojo, reclutaría a su propio ejército de canes renegados y lo primero que harían cuando derrocasen a los cinco Kages sería prohibir la anguila y el traje de Gai.
–Lo siento, lo siento. No sé dónde tengo la cabeza.
Akamaru lo mira con fijeza.
–¿Qué insinúas?
"Que arregles las cosas con él".
–Shino y yo estamos bien.
Akamaru le saca la lengua.
"Jo Kiba, a mí no tienes por qué mentirme".
Acaba sucediendo lo inevitable. Shino lo espera en lo alto de las caras de los Hokage. Hace fresco y su chubasquero ondula con el viento.
–Tenemos que hablar.
La frasecita debería estar penalizada.
–Vaya mierda de frase.
Shino chasquea la lengua, visiblemente irritado.
–¿Quieres hacer el favor de tomártelo en serio?
–Me lo estoy tomando muy en serio, deberías suscribirte a "Cómo hablar con propiedad, por Gaara del Desierto, apúntate ahora y te regalamos un juego de shurikens para toda la familia". Éxito en ventas en Sunagak...
Shino opta por comerle los labios antes de derramar sangre dudosamente inocente a los pies de sus ancestros.
Shino no hace bromas. No es el alma de la fiesta que se arranca a contar chistes verdes. Pero es sarcástico de lunes a domingo, festivos no incluidos. Lo cita para tomar el té. Sí. Kiba aborrece la expresión. Suena a quedar juntos pero a un nivel profesional y aburrido. Shino la usa a menudo. Llega tarde, más abrigado que nunca. No se disculpa con él, no se chocan las manos.
–Hay algo que tienes que saber –empieza Shino, tomando asiento.
–¿Esperas un hijo de Tsunade?
Kiba se asegura de poner cara de circunstancias.
–Esa mujer ya no puede tener hijos. Creo.
–¿Esperas un hijo de la madre de Choji?
–Sí. Trillizos. Y te han asignado una misión de rango S.
Presiente que debería estar contento. Por dejar patente su superioridad frente a Shino. En retrospectiva, debería ser un notición.
–Estás flipando si crees que no me he dado cuenta de que me lo has puesto –gruñe antes de despedirse. Akamaru, que ha alcanzado el tamaño de un caballo pequeño, lo corrobora con un ladrido.
–Hasta un idiota se daría cuenta.
–No insultes a Naruto cuando no está. Es de mala educación, o algo de eso.
–Vete ya, anda.
–Es culpa tuya por interceptarme a las puertas de Konoha en vez de decir adiós como todos.
–No he venido a decir adiós.
Kiba ha desayunado con su madre y su hermana. Sardinas asadas, arroz dulce, sopa de miso, chocolate amargo. Hacía mucho que Tsume Inuzuka no lo preparaba. Kiba prefiere no pensar en las razones.
–Por qué.
Por qué el insecto. Por qué otra vez.
–Para saber si estás bien.
Para saberlo si te matan y dejar de rezar.
Vuelve como un rey. Nada serio. Un brazo roto, una fractura en la tibia y varias costillas desmenuzadas.
–Sabes que por mucho que insistas en que no es nada estás hecho una pifia, ¿no?
–¿Tu madre lo supo desde el principio, Shino?
–El qué.
–Que ibas a ser tan guapo.
Cuando quiere que cierre el pico y deje de atosigarlo con la importancia de tratar apropiadamente las heridas le hace la trece-catorce con algún piropo.
–Por supuesto. ¿Y la tuya? ¿Supo que ibas a ser tan payaso?
Por desgracia para él, Shino comienza a inmunizarse.
De cara a la galería, siguen siendo los de siempre. Shino y Kiba. Kiba y Shino. Los extremos de un todo de tres partes y media (contando a Akamaru). Compañeros, amigos, se compenetran en las batallas y se entienden en la rutina.
–Hoy tengo la casa vacía.
–Pues amuéblala, a mí qué me cuentas.
–Todavía cojo y te parto la piñata, chaval.
–Tú y cuántos más.
Kiba piensa pues yo, sin Akamaru ni nada. Solo yo.
Shino piensa me gusta que seas tú. Solo tú.
Si a Kiba le hubieran picado con algo del estilo venga va, juégatela, apostemos con ambición nunca, pero nunca, nunca habría apostado que Shino es, por decirlo rebajado con agua, tradicional.
–Pero si ya lo conozco.
–De vista. Prácticamente estoy más en tu casa que en la mía. Tu madre ha encargado un juego de llaves y tu hermana me ha regalado un cepillo de dientes.
Un juego de llaves. Cuánto daño ha hecho la menopausia. Todo el mundo sabe que un cepillo de dientes en baño ajeno es la clave del compromiso.
Kiba no va a dejar que se lo lleve al huerto. Antes muerto.
Caminan por el sendero del jardín de los Aburame arrastrando los pies.
–Va a ser embarazoso. Peor que cuando Tsunade volvió a cumplir cincuenta, encargaron siete tartas distintas y ninguna tenía el mismo número de velas.
–Maldita sea, no van a comerte –bufa Shino.
–¿Seguro? Como me toque al lado de tu primo, el de las mantis religiosas...
–Kiba.
Es poner un pie en el salón y asaltarle un ataque de pánico. Han venido todos. Hay tanto silencio que Kiba oye cómo se masca la tragedia. Sale corriendo antes de que capten su presencia (aunque siendo crudos sabe que ya lo han hecho). Shino aguarda a que recupere la compostura, sentado en el escalón del porche. A Kiba solo le queda ponerse a dar vueltas y morderse la cola.
–¿Dónde queda la igualdad de condiciones? Exijo una gabardina y un par de gafas de sol.
–Vas a conocer a mi familia, no a una misión de incógnito. Se supone que serás el centro de atención.
Oh. Dios. Mío.
Kiba está dispuesto a admitir que no fue tan terrible.
–Apaga la luz cuando vayas a dormir –y se da la vuelta en la cama.
–No hagas eso, deja de... no hagas... joder, pareces un viejo.
Como se despistara pronto empezarían a leer juntos el mismo libro y a madrugar para ir a andar por las mañanas.
–Y tú un crío. No babees mucho la almohada, niñato.
–En serio, si sobrevivo a esto podré enfrentarme a cualquier cosa. Menos mal que no me has salido con planes de boda ni alianzas de oro blanco.
–...
–La madre del cordero.
Naruto es de lo que no hay. Jurado. No reconoce a Shino –Kiba lo reconocería aunque se reencarnara, hace falta ser simple– pero señala algo que tiene su miga detectar a priori. O eso creía Kiba.
Gai invita a las viejas glorias a comer sushi. Los once de Konoha. La tropa en peso. Shino y él llegan juntos, Akamaru se echa bajo la mesa cuan largo es, y es un detalle insignificante. Shino le cede la silla. Kiba pasa delante de él. Sonríe. Naruto los señala de repente, malcriado, inoportuno.
–Alucino –con un hilo de voz–. Tú. Y tú –¿nosotros?–. Es que lo sabía –se ríe a truenos, maravillado del numerito que está montando–. ¿Desde cuándo? –fresco como una lechuga–. Tíos, tíos. Qué pasote.
Shino arquea las cejas.
–¿Desde cuando qué?
–¿Desde cuándo estáis liados?
El restaurante aguarda una respuesta.
–Esto es absolutamente innecesario.
–Tienes que aprender a montar a Akamaru.
–Hay tantas cosas que pueden salir mal en esa frase que si empiezo no acabo.
Kiba resopla por décima vez esa tarde. Akamaru gimotea. Vuelven del cine, habiendo contrastado que Kakashi es el último ser vivo después de las babosas de pantano del que uno puede fiarse a la hora de elegir película.
–Si empezamos ya te invito a cenar fuera.
–No vas a convencerme.
A Shino se le hace cuesta arriba, pero acaba cogiéndole el tranquillo y prediciendo los virajes, amoldándose a la inestabilidad durante los saltos. Akamaru se esfuerza por hacérselo más llevadero. Le lame la palma de la mano. Shino le rasca tras las orejas. Kiba no sabe de quién ponerse celoso.
–No seas orgulloso. Reconoce que ha sido divertido.
–Reconozco que es innecesario.
Al final, a Kiba se le escapa. En un arrebato de frustración.
–Es más rápido que tú y que yo. Y si me pasa algo...
–No te va a pasar nada.
–Vale, pero solo por si acaso.
Habían oído hablar de la guerra, como todos.
–¡Necesitamos otra camilla! ¡Por aquí!
Nada, ni las misiones, ni los asesinatos; nada los había preparado para esto.
Cada día hay más cuerpos. Más miedo. Cada pequeño triunfo cuesta cientos de vidas y Shino se pregunta si es cierto que el destino tiene algo preparado para ellos. La muerte de Neji tiene un impacto brutal e inesperado en él, en Kiba. En Naruto. En todos. A Hinata le sigue sangrando el corazón y no se le curan las ganas de llorar dormida. Despierta. Llora, llora y llora y pelea con el temple de los Hyūga, con su técnica, se rebela contra el sello maldito. Llora y pelea con la herida de la pérdida, y Shino tiene el cerebro embotado, le cuesta procesarlo. Lo de Hinata. Lo de Hinata y Neji.
Tantas evidencias, todo el tiempo. Desde cuándo.
–No voy a morir por ti, que lo sepas.
Follan en el el suelo irregular de una cueva, sucio y frenético, medio desnudos, experimentando ángulos, lamiendo, resbalando como perros. Semivestidos. Kiba se retuerce debajo de él, sonríe, le muerde la boca, gime yo también, Shino. Mucho. Tanto.
La ceremonia de investidura se celebra un año exacto después del fin de la Cuarta Guerra Shinobi. Toda la aldea se concentra en la plaza, las manos haciendo visera, la corona del sol en todo lo alto. Esperando. Kurenai acuna a su hijo en brazos. Habla con Ino y Sakura en tono cómplice.
El séptimo Hokage sale al balcón, rubio y joven, tan invencible como su determinación. Desafiando a los cielos con una sonrisa insolente.
Shikamaru acaba de llegar del País del Viento junto a la familia del Kazekage, que contempla a su amigo desde un palco honorífico.
–Eh, al final lo ha conseguido.
Kiba finge indignación.
–Hoy en día le dan el puesto a cualquiera.
Shino se muestra de acuerdo.
–¿Qué será lo siguiente, que te lo den a ti?
Kiba murmura a tu madre se lo van a dar, bastardo.
Es verano. Las mariposas Monarca empiezan a llegar a Konoha, invadiendo las calles con su aleteo naranja. Los fideos están en auge, y cada semana abre un puesto nuevo y próspero. La gente aclama a Naruto Uzumaki como su protector. Su primera medida como Hokage ha sido dejar la villa en solitario, con la promesa de volver pronto. Cuentas pendientes, dicen unos. Negocios, apuntan otros. Solo unos pocos conocen la verdad. Que Naruto sigue buscándolo. Nunca dejó de buscarlo, y a Kiba se le ocurre que es curioso que Sasuke viviera para vengar a su clan (de algún modo, su sueño) pero estuviera dispuesto a morir acribillado a agujas en el Puente de Naruto. Que si Naruto sigue queriendo traerlo a casa después de saber que el último horizonte de Sasuke es convertirse en Hokage (su sueño, desde siempre) es porque los sueños son más fáciles de lograr cuando no tienes que renunciar a aquellos a los que amas desesperadamente. Sasuke ya ha renunciado al suyo antes, después de todo (lo cual no significa que Naruto vaya a regalarle el título, pero sí que llegado el momento no impediría lo inevitable).
La vida no es decir adiós continuamente. No hay que sufrir por sistema para ser feliz. Pero siempre hay alguien que encierra algo extraordinario y sencillo, sin complicaciones ni malos ratos, alguien por el que vale la pena vencer las vueltas del mundo.
Kakashi bendice a los caídos en combate. Gai planea una estrategia infalible para ganarle al piedra, papel o tijeras. Hinata sigue haciéndose más y más fuerte.
Kiba le quita las gafas y se las pone él porque cómo pica el sol, veo menos que una polla vendada. Magníficos, jóvenes, terribles. A sus diecinueve años, es Shino el que le pasa un brazo por los hombros.
FIN
El universo de Naruto es ambiguo, pero digo yo que si tienen pinganillos y pantallas digitales, tienen cine (además, en un capítulo muy crack Kakashi va que se las pela a ver la película de Icha Icha Paradise). Si os chirría algo es porque ni me he terminado Naruto -voy por cuando Sasuke se va con los Cuatro del Sonido- ni, por extensión, he empezado con el Shippuden. Si os ha gustado y tenéis tiempo, un review comentando cualquier cosilla me haría feliz :3 Tengo ganas de experimentar, ¿se os ocurre algún pairing?
-Soor: ¡hola cacahuete! :D Dicho y hecho, aquí tienes la segunda parte. Muchísimas gracias por leer y pasarte a comentar, y también por sacar tiempo para El disfraz de celofán; es verdad que por regla general somos los mayores los que consentimos al polluelo (mi hermano tiene que recuperar inglés -adivina quién se ha pegado agosto dando clase- mañana y le parece moralmente superior decidir dónde vamos a desayunar después que ponerse a repasar) y es por eso por lo que el mito se rompe, porque es Gaara el que le hace el caprichito a Kankuro -aww-. Feliz domingo y feliz septiembre, ¡nos leemos pronto! ;)
