Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de Stephenie Meyer, la historia pertenece a Kat Martin.


Hola cariñitos! Aqui les traigo una nueva adaptación que espero disfruten tanto como yo.


CAPITULO 1

Sevenoaks, Inglaterra

Febrero de 1803

Edward recorrió con un dedo largo y moreno los diminutos huecos formados por la columna vertebral de la vizcondesa. Le acarició distraídamente el trasero, admirando las exquisitas curvas y la manera en que su brillante pelo negro se esparcía sobre la almohada. Tal vez debía poseerla una vez más, pensó al advertir que su cuerpo empezaba a endurecerse y a presionar contra las sábanas.

Una mirada al reloj dorado encima de la repisa de la chimenea le bastó para desechar la idea con desgano.

Su abogado debía llegar en la hora siguiente, y aunque a Edward raramente le importaba un comino qué opinaran los demás, respetaba a Carlisle Cullen y lo consideraba su amigo. No deseaba empañar aún más la pobre opinión que Cullen tenía de él.

Inclinado sobre la mujer que yacía satisfecha encogida en el lecho, Edward Masen, cuarto conde de Ravenworth, depositó un beso sobre su nuca.

—Es momento de partir, cariño.

Ella se desperezó y alzó la cabeza de la almohada. Su pelo negro como la tinta caía seductoramente sobre uno de sus pechos de rosados pezones.

—Por favor, Edward, todavía no. Aún es temprano. Creí que dispondríamos del resto de la tarde.

—Lo siento, pero esta vez no es posible —respondió él sacudiendo la cabeza. Jugueteó con un mechón de su espeso pelo negro y lo observó caer sobre su mano—. Mi abogado está a punto de llegar de Londres. Lo espero en cualquier momento de la próxima hora.

Ella se volvió con actitud lánguida, y sus pechos se mostraron plenos e invitantes, pero el interés de Edward había comenzado a desvanecerse. La mujer dejó deslizar los dedos entre el vello rizado que cubría el pecho de su amante y trazó un círculo alrededor de su plana tetilla color cobre.

—Dile que estás ocupado. Dile que vuelva más tarde, por la noche.

Edward le tomó la mano; sintió que comenzaba a ganarle la irritación y que la impaciencia crecía en su interior, reemplazando todo vestigio de deseo que pudiera quedarle. En ese momento, cuando ya había llegado la hora en que ella debía partir, sólo quería que se pusiera en marcha de una vez.

—Carlisle no viene con mucha frecuencia. Aparentemente, esto es importante —la obligó a darse vuelta, y le dio una suave palmada en el trasero—. Sé buena chica, Leah. Vístete y vete a casa.

Un ligero velo oscuro pareció cubrir los ojos de la mujer. Emitió un tenue gruñido de fastidio.

El desagrado endureció la mirada que le dirigió. Se vistió con movimientos bruscos; para hacerlo se tomó todo el tiempo del mundo.

Lean Clearwater, lady Uley, era una joven de veinticinco años caprichosa y egoísta. En general, Edward no hacía caso de sus arranques de malhumor y de sus melindres infantiles, pero en momentos como ése no podía dejar de preguntarse cuánto tiempo más sería capaz de seguir tolerándolos.

—No volveré por un tiempo —dijo Leah por encima del hombro mientras Edward abrochaba los botones de la espalda de su vestido de seda color ciruela—. Sam va a llegar mañana por la mañana. Se quedará en Westover hasta el fin de semana próximo.

Sam, vizconde de Uley, era el anciano esposo de Leah. La mayor parte del año ambos residían en Westover, la finca rural del vizconde situada a corta distancia de Ravenworth Hall. Conveniente para ambos. Sobre todo, teniendo en cuenta que Sam solía estar ausente a menudo.

Edward le dirigió una sonrisa burlona.

—Estoy seguro de que está ansioso por verte. Por favor, dale mis más respetuosos saludos.

Leah apretó sus bonitos labios hasta que no fueron más que una delgada línea, pero Edward no le prestó atención. Más allá de su belleza y sus habilidades en la cama, Leah no contaba con demasiados puntos a favor. Desde luego que Edward no se lo dijo. Por delgado que fuera, el barniz de la cortesía de un caballero seguía cubriéndolo, incluso después de los últimos nueve años.

—Me echarás de menos —dijo ella, haciendo pucheros, mientras daba vuelta el rostro hacia él esperando un beso, con el negro pelo nuevamente recogido en la nuca—. Lamentarás haberme alejado de ti.

Edward esbozó una torcida sonrisa.

—Tal vez. Supongo que deberé consolarme con el juego y la bebida hasta tu regreso.

Ante ese comentario, ella sonrió, segura de que sus encantos serían suficientes para mantenerlo alejado del lecho de otra mujer. En rigor de verdad, él haría lo que le diera la maldita gana. Exactamente igual que Leah.

Abandonaron la alcoba de Edward por la escalera trasera, como solían hacerlo habitualmente, y aparecieron en el vestíbulo de la planta baja, tal como si acabaran de salir de alguno de los salones. Era un ardid inútil e innecesario ante su fiel servidumbre, pero si eso satisfacía el concepto algo borroso que Leah tenía del recato, era apenas una mínima concesión que podía hacerle.

Cuando llegaron a la entrada, ella se volvió hacia él.

—Entonces, te veré dentro de quince días —le sonrió con labios que aún mostraban las huellas de sus besos. El rubor de sus mejillas ofrecía un agradable contraste con el tinte cremoso de su piel—. Hasta entonces, adieu, Eddie, amor mío.

A pesar de la belleza de la joven, Edward la contempló hasta que desapareció con una extraña sensación de alivio. Por mucho que disfrutara con ella en el lecho, en ocasiones Leah podía llegar a resultar tediosa. Quizá su ausencia durante las siguientes dos semanas ayudara a reavivar la pasión por ella que parecía estar desvaneciéndose.

Edward se volvió hacia el alto mayordomo prácticamente calvo que permanecía rígidamente de pie en la puerta, Billy Pendergass, criado de los Masen de vieja data, uno de los pocos que no habían desertado en los últimos nueve años.

—Estoy esperando la visita de Carlisle Cullen. Cuando llegue, hágalo pasar a mi estudio.

—Como usted diga, milord.

Billy hizo una ligera inclinación con su calva cabeza que ostentaba las manchas propias del malestar de hígado, con una postura tan perfectamente correcta como si se encontraran en los días de antaño, cuando servía al padre de Edward, el tercer conde de Ravenworth. En ese entonces, la casa era muy otra, pensó Edward, cuando el conde y su madre aún estaban vivos y se dedicaban con chochera a él y a su hermana menor, Irina.

Se trataba de un recuerdo doloroso que Edward apartó de su mente y reemplazó por reflexiones sobre la reunión con su abogado que se avecinaba. Se preguntaba qué demonios podía ser tan importante como para impulsar a Carlisle Cullen a viajar de Londres a Ravenworth, un lugar al que su amigo se refería como "una guarida de iniquidad(maldad)".

Fuera lo que fuese Edward no tendría que esperar mucho tiempo para descubrirlo.

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Ataviada con un traje de viaje de cachemira gris cortado al estilo militar y que ostentaba un festón de piel color negro sobre el canesú, Isabella Marie Swan aguardaba nerviosa, sentada en un sofá del Salón Dorado de Ravenworth Hall.

Tenía el estómago retorcido por la ansiedad, y sentía las manos húmedas. Se enderezó el sombrero gris de ala estrecha y se acomodó un mechón de pelo castaño rojizo que había escapado de él, para después moverse, inquieta, sobre el sofá de brocado dorado. Decidida a mantener su atención apartada de lo que estaba sucediendo en el vestíbulo, se dedicó a examinar nerviosamente el ambiente que la rodeaba.

Ravenworth Hall era inmenso e impresionante; el salón en el que ella esperaba estaba profusamente decorado con mobiliario de ébano dorado a la hoja. El techo, de gran altura, estaba ricamente tallado. Espesas alfombras de Aubusson cubrían los suelos de mármol, y las paredes se hallaban empapeladas con papel dorado. Cortinas de dorado damasco colgaban en las ventanas, aunque no ocultaban la luz del sol.

En realidad, el Salón Dorado refulgía con la luz que llegaba desde el exterior, reflejada en los dorados espejos y formando resplandecientes arco iris en las lámparas de cristal tallado puestas en las paredes. Era increíblemente hermoso, pero la verdad era que ella no deseaba encontrarse allí. No deseaba en absoluto estar en esa casa.

Isabella soltó un suspiro e, inclinándose, alisó una inexistente arruga en su traje de viaje.

Conocía de sobra la historia del lugar y del hombre que allí vivía —el Conde Perverso, lo llamaban, el vil conde de Ravenworth—; permanecer en esta casa, en su compañía, era lo último que tenía ganas de hacer. Por desgracia, parecía que no tenía otra alternativa.

Isabella echó una mirada hacia la puerta por la que había entrado, evocando al conde tal como lo había visto por primera vez: un hombre alto y moreno, que nada tenía que ver con el hombre que ella había imaginado.

No se trataba de que su aspecto fuera intimidante. En todo caso, el conde de oscuros y ondeados cabellos algo largos, altos pómulos y ojos verdes como un prado primaveral, parecía aún más formidable de lo que había imaginado. También era más joven, tal vez menor de treinta años, y mucho más atractivo. A decir verdad, el conde de Ravenworth era quizás el hombre más apuesto que Isabella había conocido.

Pero esto no lo hacía menos despreciable, se recordó. Edward Masen era un asesino convicto que había estado en prisión, un hombre que había pasado siete años de trabajos forzados en Jamaica. Tan sólo la intervención de su padre y lo que el señor Cullen llamaba "circunstancias atenuantes" lo habían salvado de la horca.

A la mente de Isabella acudió la presente imagen del conde, alto y delgado, aunque de anchos hombros y ajustados pantalones de montar que cubrían unos fuertes muslos recorridos por largos músculos nervudos. A pesar de que el conde había regresado a Inglaterra hacía menos de dos años, ya tenía fama de notorio libertino y una bochornosa reputación.

En ese momento, tras la muerte de su padre, había pasado a ser el cuarto conde de Ravenworth.

Esta circunstancia lo convertía en su tutor.

Al pensar en ello, Isabella se estremeció y apartó los ojos de la puerta de entrada. Incluso sentada en el salón como estaba, podía oír el sonido de voces masculinas que provenía del estudio; se le hizo un nudo en el estómago. ¿De qué hablaban? Carlisle le había asegurado que el conde la ayudaría, pero la expresión de su mirada le había indicado que no estaba tan seguro como decía. Las voces subieron y luego se atenuaron. El corazón de Isabella latió al mismo ritmo. ¿Qué estaba sucediendo allí, por todos los cielos?

Consciente de que no debía hacer lo que se proponía, pero incapaz de seguir soportando ni un minuto más la intriga, Isabella abandonó el sofá y salió por la puerta. Ninguno de los sirvientes se hallaba cerca. Aspiró con fuerza para darse valor, se deslizó furtivamente por el vestíbulo, se detuvo frente a la puerta cerrada del estudio y apoyó la oreja sobre su ricamente tallada superficie.

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—Sin duda, estás bromeando —decía Edward, al tiempo que se levantaba de la silla de su escritorio para pasearse frente a la chimenea con tapa de mármol—. No es posible que me digas que debo albergar a esa muchacha aquí, en Ravenworth.

Carlisle Cullen, un hombre delgado de cabellos blancos que alguna vez fuera el mejor amigo del padre de Edward, se revolvió incómodo en su asiento, pero no apartó la mirada.

—Nadie conoce mejor que yo tu sórdida reputación, Edward Anthony. Desde tu regreso de las Indias, te has propuesto destruir lo poco de buen nombre que aún te quedaba.

Edward lo contempló fríamente.

—¿Y entonces cómo es posible que sugieras siquiera que una joven como Isabella Swan viva bajo mi techo?

Carlisle soltó un suspiro.

—Si existiera otra alternativa, puedes tener la plena seguridad de que no me encontraría aquí. La cuestión es que la joven es tu pupila y está en peligro.

—La muchacha era pupila de mi padre. Hasta que entró en esta casa, yo jamás había puesto mis ojos en ella.

—No, pero has estado enviándole dinero para sus gastos. Te has ocupado de su educación, y te has cerciorado de que tanto ella como su tía estuvieran bien atendidas.

—Todo eso se hizo a través de ti.

—No obstante, hasta ahora has cumplido con tu obligación; te estoy pidiendo que sigas haciéndolo.

Edward dejó escapar un suspiro de frustración.

—Bien sabes qué pasa en esta casa, Carlisle, la clase de vida que llevo. Lo que me pides es imposible.

—Isabella no tiene a nadie más que tú a quien acudir. Ya conoces a James Witherdale. Es un hombre en extremo despiadado. Sea cual sea la razón —tal vez la belleza de Isabella, o su negativa a su proposición—, lord Da Revin quiere tenerla, y está dispuesto a llegar a cualquier extremo y a hacer cuanto esté a su alcance para conseguirla.

Edward volvió la espalda al delgado hombrecillo de mirada inteligente y perspicaz. Volvió a su escritorio de palisandro, se sentó tras él cansadamente y se recostó contra el respaldo de la silla. Conocía a Da Revin, de acuerdo. El conde era el acaudalado propietario de la Naviera Witherdale, un bastardo sin escrúpulos que tomaba lo que quería sin importarle las consecuencias. Utilizaba a la gente para lograr sus propósitos y después la arrojaba al suelo como basura que aplastaba con el taco de su bota.

También era el mentiroso hijo de perra que había contribuido a enviarlo a la cárcel. La sola idea del conde de Da Revin junto a una joven inocente como Isabella Swan hizo que la sangre se congelara en sus venas.

Clavó la mirada en el hombre que tenía sentado frente a él.

—La joven se encuentra, evidentemente, en una pésima situación —dijo—. Supongo que ya has acudido a las autoridades. ¿Qué tiene para decir la justicia local?

Carlisle dejó escapar un sonido tenso.

—Da Revin tiene la justicia en el bolsillo. El conde es el hombre más rico de Surrey, en realidad uno de los más ricos de Inglaterra, y técnicamente no ha hecho nada malo. Aparte de eso, sabes tan bien como yo que aunque Da Revin pudiera hacerse con la joven, su intención es casarse con ella. Si tenemos en cuenta las circunstancias que rodean a Isabella, cualquier magistrado del condado consideraría esa boda como una respuesta a sus súplicas.

Edward suspiró al sentir que la derrota se abatía sobre él.

—De acuerdo, Carlisle. El argumento que has esgrimido es muy poderoso. Haré todo lo que pueda para ayudarla pero, sencillamente, no puede quedarse aquí.

Carlisle se inclinó hacia delante, con los puños apretados sobre los muslos.

—Sólo la has visto un breve instante. Permíteme hacerla entrar para que puedas hablar con ella. Sin duda, no es mucho pedir.

Edward apartó la mirada, incómodo ante la expresión implorante que vio en el rostro de Carlisle.

Asintió de mala gana. Su amigo había hecho un viaje realmente muy largo. Ver a la joven era lo menos que podía hacer por él.

El hombrecillo corrió hacia la puerta y la abrió de par en par. Para sorpresa de Edward, Isabella Swan, que de esa manera perdió el punto de apoyo, cayó abruptamente hacia delante para después entrar tambaleándose en la habitación. Sólo la rápida reacción de Carlisle impidió que cayera de bruces sobre el suelo de pulido parquet. De todas maneras, se le soltó el lazo que sostenía su sombrero, que fue dando tumbos hasta un rincón del estudio, lo que dejó a la joven con la cabeza descubierta, y a los brillantes mechones de su pelo castaño rojizo flotando libres alrededor de sus mejillas.

Por primera vez advirtió Edward la razón de que James Witherdale estuviera tan resuelto a conseguirla.

—Lo... lo siento —balbuceó Isabella—. Sólo estaba... sólo estaba. ..

Edward se levantó de su silla.

—¿Estaba, qué, señorita Swan? Escuchando atrás de la puerta, así creo que se llama. ¿No es ésa la expresión?

Un delicado rubor cubrió las mejillas de la joven, que eran de altos pómulos finamente cincelados.

—No, no... no exactamente. Estaba... sólo estaba aguardando afuera por si deseaban verme.

Los labios de Edward se curvaron por la gracia que le había causado la explicación.

Isabella era en extremo encantadora, con sus enormes ojos avellana y su pelo del color de un fuego de invierno. Lo llevaba enrollado en la nuca, pero con cada movimiento suyo parecían saltar chispas de cobre bajo la luz de las lámparas. Tenía espesas y oscuras pestañas, y su cutis era diáfano, del color de la nata fresca. Su estatura era ligeramente superior al promedio, y su figura era plena aunque no rolliza, seductora pero refinada, e infinitamente tentadora.

Carlisle Cullen, con el entrecejo fruncido, luchaba por justificar el heterodoxo comportamiento de la joven.

—Isabella es joven, y en ocasiones puede ser algo impetuosa. Incluso algo testaruda y un poco obstinada, pero también posee una aguda inteligencia, es leal y atenta, y su generosidad orilla el exceso.

Los ojos de Edward permanecieron clavados en la muchacha.

—No me cabe duda que así es, pero como ya dije, no puede quedarse aquí.

—No sería por mucho tiempo —rogó Carlisle—. Tu padre dejó arreglada una dote apreciable para ella. En un par de meses comienza la temporada social. Una vez que le encontremos un esposo adecuado y esté casada, se encontrará a salvo de James Witherdale y cualquier destino incierto que él hubiera preparado para ella.

—No funcionaría —dijo Edward, sacudiendo la cabeza—. Su reputación resultaría tan mancillada viviendo bajo mi techo, que jamás encontraría esposo.

—Isabella no vendría sin una acompañante. Su tía vendría con ella. Y con todos tus pecados, sigues siendo conde y uno de los hombres más ricos de Inglaterra. Si se planea con cuidado, bien se podría encontrar la pareja adecuada.

—Lo siento, Carlisle. Si me pidieras fuera cualquier otra cosa...

Fue interrumpido por el taconeo de un delicado pie.

—Me gustaría que ambos dejaran de hablar de mí como si yo no estuviese aquí. Es sumamente grosero y desconcertante —los grandes ojos avellana de Isabella se clavaron en los de Edward y allí se quedaron.

Había fuego en esos ojos, pudo ver él, y quizás un dejo de desesperación.

—Al menos habla —dijo Edward.

La joven no volvió a decir palabra; se limitó a mantener en alto la mirada. Edward se acercó a ella evaluándola de pies a cabeza, lleno de admiración ante la figura que ofrecía. Se detuvo frente a ella, obligándola a levantar la cabeza para poder mirarlo a los ojos.

—Carlisle dice que es testaruda. Que en ocasiones puede ser obstinada. ¿Qué responde a eso, señorita Swan?

La joven levantó el mentón, en cuyo extremo había un diminuto hoyuelo sombreado por el labio inferior, pleno y turgente.

—Si se me llama testaruda por negarme a casarme con un mugriento saco de basura como James Witherdale, pues entonces soy testaruda. Si por obstinada quiere indicarse que tengo voluntad propia, pues entonces soy obstinada.

Edward esbozó una sonrisa divertida. Dejó deslizar la mirada por encima de la joven. No se le escapó el casi imperceptible temblor que sacudía sus manos.

—Supongo que Carlisle le ha hablado de mí —dijo.

—No ignoro quién es usted, si es eso lo que me pregunta. Sé que hace nueve años fue hallado culpable del asesinato de Laurent Witherdale. Sé que fue enviado a purgar la pena lejos de Inglaterra, y que ha vuelto hace menos de dos años.

—¿Y aun así desea estar bajo mi techo? Sin duda, usted estará asustada. Sin duda, le preocupará que su propia vida esté en peligro.

La joven enderezó ligeramente los hombros.

—Quien me pone en peligro es Da Revin. Creo que es capaz de tomarme por la fuerza para obligarme a que me case con él. No puedo aventurar cuáles son sus motivos, ya que jamás he ocultado el desagrado que siento por él. Pero debo hacer algo para evitar que eso suceda. Por otra parte, el señor Cullen me asegura que no tengo nada que temer de usted.

A pocos pasos de ellos, se alzó la voz de Carlisle.

—Como ya te dije, Edward, conozco tu malhadada reputación. También sé que detrás de esa infernal fachada de libertino inescrupuloso se esconde un hombre valeroso y honorable y que si decidieras aceptar a esta mujer bajo tu tutela, la protegerías con tu propia vida.

Edward no respondió nada. Lo que decía Carlisle era verdad: si aceptaba a la muchacha, nunca permitiría que cayera en las garras de un animal comoo James Witherdale.

Edward volvió la mirada hacia Isabella Swan.

—Su casa de Surrey es vecina de la del conde, ¿no es así?

—En efecto. Por eso sé muy bien qué clase de hombre es él. Lord Da Revin es un timador y un mentiroso. Se apodera de lo que quiere sin la menor vacilación. Incluso actualmente Priscilla Tweed, nuestra criada, está esperando un hijo de él. La pobre muchacha servía en su casa. Da Revin la forzó y la despidió cuando descubrió que ella estaba embarazada.

Edward apretó los dientes. La historia le sonaba demasiado familiar. Pero, claro, James y Laurent habían sido cortados con la misma tijera.

Dirigió otra larga mirada a la joven y no dejó de advertir el temblor de su labio inferior.

Apartó los ojos y miró a su abogado.

—Muy bien, Carlisle, tú ganas. Por motivos que incluso a mí me cuesta explicar, accederé a que la joven se quede aquí y me ocuparé de que esté a salvo... con una condición.

—¿Cuál? —preguntó Carlisle, mientras dirigía una mirada esperanzada a Isabella.

—Su tía y ella ocuparán el ala oeste de la casa, la más alejada; salvo a la hora de las comidas y cuando no haya huéspedes presentes, o en el caso de que hayan sido expresamente invitadas, se quedarán en ese sector. Me niego a cambiar mi estilo de vida, ni por miss Swan ni por nadie. Si ella es capaz de vivir de acuerdo a ese arreglo...

—Puedo —interrumpió ella con ojos de pronto brillantes por el alivio—. Quiero decir... gracias, milord; esas condiciones serán muy satisfactorias para mi tía y para mí.

Edward estuvo a punto de sonreír.

—Bueno. Quizá pueda funcionar.

—Así es —coincidió Carlisle, sonriente por primera vez desde su llegada—. Nos aseguraremos que sea así —palmeó a Edward en el hombro—. Sabía que podía contar contigo, muchacho. Gracias, Anthony. Ya puedo quedarme tranquilo, ahora que sé que la querida Isabella está a salvo bajo tu cuidado.

Edward no hizo ningún comentario. La joven era su pupila; en Ravenworth estaría a salvo. Había dado su palabra y se proponía mantenerla.

Se volvió y marchó hacia la puerta, resuelto a olvidar esos enormes ojos avellana y el fascinante brillo del pelo de Isabella Swan.

La tía Sue llegó a Ravenworth tres días más tarde. El conde había enviado su lujoso carruaje a la casa de Isabella, y la señora Sue Crabbe, tía de la joven, una dama regordeta de pelo cano, apareció en la escalinata de entrada, sin evidenciar ningún cansancio tras el largo viaje de dos días desde West Clandon, una pequeña aldea situada unos pocos kilómetros al este de Guilfbrd.

Isabella corrió hacia ella y abrazó a la mujer que se acercaba a sus sesenta y cinco años, la hermana mayor de su madre y la única parienta cercana que le quedaba a Isabella.

La tía Sue la contempló de pies a cabeza, para luego asentir, aparentemente satisfecha con lo visto.

—Pues bien, niña, parece que has logrado sobrevivir a tus primeros días sin sufrir ningún trastorno —el mayordomo tomó la capa de lana que le entregaba la robusta dama, quien se volvió para inspeccionar el vestíbulo de entrada—. Muy bien, ¿adonde está? Me gustaría conocer a este ogro que ha pasado a ser nuestro benefactor.

Isabella se sonrojó al ver que Edward Masen parecía materializarse como un fantasma de entre las sombras. Era la primera vez que lo veía desde el día en que habían hablado en el estudio.

El conde sonrió levemente, sin mostrarse fastidiado por las palabras de la tía Sue.

—Edward Anthony Masen—se presentó haciendo una ligera inclinación de cabeza—. Es un placer, señora Crabbe.

La tía Sue le dirigió una radiante sonrisa, en tanto manchas rojas aparecieron en sus mejillas redondas como manzanas.

—¡Vaya, es usted la viva imagen de su padre! Además, es tan guapo como él.

—Había olvidado que usted conocía a mi padre —dijo Edward, arqueando una de sus oscuras cejas.

—Como también a Elizabeth, su encantadora madre, que Dios tenga en la gloria sus pobres, queridas y difuntas almas. Muy buenas personas —la sal de la tierra—, su madre y su padre. Imagino que los echa mucho de menos.

Algo pareció destellar fugazmente en los ojos verde cobalto del conde.

Se irguió aún más recto.

—Así es. Yo no estaba aquí cuando ellos fallecieron.

—Sí, sí; qué terrible que lo enviaran lejos como lo hicieron, y todo por haber matado a ese horrible muchacho de los Witherdale. Sin duda que lo merecía. Sin ninguna duda.

—Tía Sue... —Isabella tomó gentilmente a su tía del regordete brazo para apartarla de un tema desagradable, pero la anciana continuó hablando.

—¿Y qué es de la vida de su adorable hermana? —preguntó al conde—. ¿Lady Irina se encuentra bien?

Toda pretensión de sonrisa se esfumó de los labios de Edward.

—Mi hermana ha elegido la reclusión en el convento del Sagrado Corazón. Aunque hace mucho tiempo que no la veo, según las cartas que recibo supongo que está muy bien.

Pero por alguna razón Edward Masen no parecía estar muy contento de que su hermana se encontrara allí. La tía Sue abrió la boca para agregar algo más, pero Isabella se lo impidió antes de que pudiera decir una palabra.

—Estoy segura de que mi tía está muy cansada después de un viaje tan largo. Si no le parece mal, milord, acompañaré a mi tía arriba y la ayudaré a instalarse en sus aposentos.

Era evidente que el tema de su hermana no resultaba agradable al conde. Isabella no pudo dejar de preguntarse por qué.

Masen asintió con gesto rígido y se inclinó sobre la enguantada mano de la dama.

Frunció ligeramente el entrecejo al ver la sucia pelota de cordel que apretaba contra su pecho como si se tratara de un tesoro.

Isabella se obligó a esbozar una sonrisa forzada.

—A mi tía... bueno, le gusta coleccionar cosas.

Ella arrugó la nariz al recordar los mugrientos trozos de cordel, los papeles arrugados, las conchillas y las piedras de estrafalarios colores que si no se los controlaba, siempre estaban a punto de ocupar cada rincón de la habitación de la tía Sue.

El conde contempló el cordel.

—Ya lo veo —dijo secamente. Le dirigió una mirada mordaz— Esta noche espero a algunos amigos que vienen de Londres. Como estoy seguro de que tanto su tía como usted preferiréis la intimidad, haré que os envíen la cena a vuestro salón.

Isabella sonrió débilmente.

—Muy considerado de su parte.

A Edward no se le escapó el sarcasmo que había en la voz de la muchacha, y a ella no se le escapó la mirada de advertencia que le dirigió: Ya conoces las reglas, decía esa mirada. Espero que las acates. Dio un suave empujón a su tía, dirigiéndola hacia la escalera.

—Que pase una buena velada, milord.


Maldita Leah tan suertuda, ya quisiera yo estar en la cama del conde Masen.

Este Edward es todo un Don Juan y esa lenguita que se manda, pero que se ande con cuidado porque Isabella también tiene garras y sabe usarlas!

¿Que les pareció el inicio? ¿Dudas?