Sólo les diré que siento mucho haberme alargado tanto con este capítulo, lo juro, no era mi intención pero no pude parar cuando quise, espero les guste y... bueno, ésto va para largo, en serio. Disfrútenlo.
Despertó completamente aturdido y con un horrendo dolor de cabeza que podría compararse con el que provocaría un taladro en la cabeza. ¿Se habría golpeado con el suelo? ¿Habría resbalado con el agua que arrojó deliberadamente a la humeante tela de sus cortinas? ¿En serio habría sido así de tonto? Balthazar tenía razón cuando le decía lo distraído que era. Seguramente resbaló con sus propios pies y se había golpeado la cabeza contra el suelo, rezó en silencio para no tener una contusión por el golpe. Sólo eso le faltaba. Usó sus codos como apoyo y levanto medio cuerpo del suelo, lo suficiente como para darle un vistazo a su sala y comprobar que no se había llevado nada la noche anterior si es que de verdad un ladrón había irrumpido en su casa. Su televisión seguía en la pared y su computadora sobre la mesa donde la dejó la mañana anterior antes de irse a la universidad seguía en el mismo lugar. ¿Habría sido sólo un espejismo de su mente agotada? Genial, ahora estaba imaginando cosas, lo que le faltaba para enumerar en la lista de cosas que no extrañaría de estar vivo.
Mordió su lengua molesto consigo mismo, no era momento para pensar en chistes como esos. El humor negro nunca le había gustado, aunque últimamente fuera más presente en sus pensamientos derrotistas. Ahora entendía mejor porque Balthazar parecía querer romperle la cara cuando hacía ese tipo de comentarios. Suspiro y recorrió el lugar con sus ojos azules… ¿y sus gafas?
-Las habré tirado en el pasillo… -susurró sintiendo el cuerpo más pesado que antes. Estaba agotado y ni siquiera sabía por qué.
Escuchó como alguien trasteaba en su cocina, golpeando platos y moviendo otras cosas con demasiada fuerza, incluso había percibido como uno de los platos caía al suelo y se hacía añicos escandalosamente. El reloj sobre el arco que servía de entrada a la sala marcaban las seis de la mañana, aún le quedaba una hora antes de irse a entregar su proyecto final, seguramente Gabriel estaba allí dentro buscando comida, seguro que venía a pedirle disculpas por haberlo abandonado ayer sin decir ni pío. No iba a dejárselo tan fácil. Castiel casi moría pensando que alguien hubiera irrumpido en su apartamento la noche anterior, iba a hacerlo pagar cada uno de los latidos que hicieron saltar a su pobre corazón por el miedo. El haberse ido en autobús tan tarde con las incomodas miradas de los hombres sobre él lograron ponerlo paranoico y probablemente fuera por eso que se había asustado tanto con la ventana rota que pudo haber sido cualquier cosa. Una rama de algún árbol o un gato demasiado estúpido que creyó sobrevivir a un montón de vidrios rotos. Vidrios rotos.
-¡Oh Dios! –Exclamó el joven levantándose de un salto del suelo, sintiendo como de pronto el frío de la estancia lo envolvía. No recordaba que no llevaba una camisa encima y tampoco que la otra noche se dejo caer justo donde supuso estaban los pedazos de su pobre ventana. No sentía nada de dolor o algo punzándole la espalda, pero eso no significaba que no pudiera tener algunos fragmentos enterrados en la piel. Quizás estuviera entumida y por ello no sentía nada.
Observó el suelo y se sorprendió al no ver nada, ningún pedazo de vidrio o las marcas que juraba haber visto anoche. Aquellas huellas parecían que realmente habían quemado la madera del suelo, pero ahora no había nada, el suelo se veía recién lustrado y misteriosamente limpio. Había algo raro. Puede que él fuera un obsesivo con la limpieza, pero ni siquiera él era capaz de limpiar mientras dormía. Rascó su nuca nervioso, ¿quién podría haber limpiado? ¿Por qué lo habrían dejado ahí tirado? Todo era tan extraño, no parecía algo que Balthazar o Gabriel harían si lo encontraran de esa forma. Escuchó de nuevo como otro plato era roto o dejado caer al suelo. Resopló, era el colmo, además de haberlo dejado tirado iba a terminar rompiendo toda su vajilla. Se echó a correr hacia la cocina para detener aquella masacre, a ese paso iba a quedarse sin ningún plato.
-Gabriel, ya está bien, vas a romperlos to… dos.
Castiel no se creía lo que estaba delante de sus ojos. Debía ser un sueño y uno de los mejores de su vida porque el hombre que estaba en su cocina en esos momentos parecía ser sacado de uno. Su cabello rubio era perfecto, corto y de un atractivo tono arena que dejaría a cualquiera con ganas de tocarlo; su cuerpo fornido y esbelto era resaltado por la ropa tan ajustada que llevaba en esos momentos: la camiseta negra se le adhería al cuerpo con una exactitud casi morbosa. Podía ver cada rincón de su abdomen sin necesidad de esforzarse; sus piernas eran fuertes y gruesas, musculosas y perfectas; sus manos parecían capaces de sostener al mundo y su nariz respingada acentuaba los rasgos de su rostro con imposible exactitud. Castiel no dejo de mirarlo por vario segundos, repasando casi con necesidad cada detalle que se presentara en ese cuerpo que parecía hecho con el mejor de los moldes, hasta que sus ojos chocaron con los del intruso.
Verdes.
No. Esmeralda. Como… como los de…
-¡¿Qué haces aquí?! ¡Fuera de mi casa! –Gritó el moreno presa del pánico y el terror que le causaba estar en la misma habitación que su atacante, porque debía serlo, ¿no? Nadie más podía tener ese intenso color de ojos. Era único.
Todo había sido real, el intruso dentro de su departamento había sucedido realmente y ahora estaba de pie en medio de su cocina con un pedazo de jamón ahumado a medio comer en los labios y un refresco dietético en la mano derecha. ¿Estaba alucinando otra vez? ¿Balthazar habría puesto de nuevo sus medicinas en su comida? El hombre que a esa distancia parecía medir más de uno noventa sonrío torcidamente y se giro una vez más al refrigerador abierto. ¿Eso era todo? ¿Qué mierda estaba pasando? Castiel no se creía su suerte. Seguro que él era el único en todo Los Ángeles que era asaltado para después ver como el ladrón se quedaba para comer un bocadillo a la mañana siguiente. Patético.
Sintió como la cabeza le palpitaba del estrés que le revolvía el estómago sin tregua alguna. Probablemente tendría otro ataque de ansiedad. Hizo crujir sus nudillos y levantó su mano para comenzar a mordisquear su pulgar en un intento de relajarse y calmar la ansiedad que le subía por todo el cuerpo hasta volverse como filosas agujas que punzaban su piel por dentro, dejo que su espalda chocará contra la pared y fue deslizándose hasta que sintió el suelo chocar contra su trasero. De pronto estaba agotado. Inhaló lo más profundo que pudo, llenando sus pulmones, exhalando por la boca despacio, calmando su alborotado pulso, usando esas clases de respiración que el tío Bobby le había obligado a tomar hace algunos años. Ahora le agradecía infinitamente que lo hubiera amenazado con eso de que Jo le daría una paliza si no iba. Su cuerpo dejo de temblar después de los primeros diez segundos, pero su corazón no podía calmarse del todo, el pecho empezaba a dolerle, los calambres de la arritmia estaban presentándose cada vez más fuertes e insoportables. Estaba por ser uno de sus peores ataques desde que cumplió los doce años cuando cada ataque parecía robarle un poco más de su vida. Comenzó a susurrarse palabras de alivio él mismo, esas que Balthazar solía decirle de pequeño cuando no podía dormir después de lo ocurrido con su madre. Las pesadillas en esa época eran lo que más debilitaban su pobre corazón. Contó hasta diez unas cuatro veces y después volvió a respirar, convenciéndose de que todo iría bien, que aún no era su hora, qué debía detener el dolor que torturaba a sus órganos.
Los ojos se le humedecieron y el dolor fue casi insoportable, necesitaba sus pastillas, las necesitaba y su cuerpo no era capaz de moverse para buscarlas. Dio un salto cuando el hombre que hace unos segundos estaba metido casi por completo en su refrigerador ahora se postraba frente a él de rodillas, demasiado cerca y a la vez demasiado lejos, mirándolo fijamente con curiosidad y los ojos brillantes. Castiel sintió cómo le temblaban los labios y el miedo se apoderaba una vez más de él, aumentando el dolor que estrujaba su pecho. Jadeó, cansado y adolorido como para oponerse a nada, espero lo peor y cerró los ojos para no ver más la cara de su posible asesino. Espero paciente a que toda su angustia terminara, pero no sucedió nada, el dolor no llego, en su lugar, aquella fuerza invisible que azotaba su abdomen fue disipándose poco a poco hasta ser completamente nula, volvía a respirar tranquilamente y la energía de su cuerpo parecía renovarse de pronto, todo adquiría vida una vez más. Todo estaba bien otra vez. Él estaba bien.
-¿Estás mejor? –Preguntó el hombre despacio, con la voz grave pero armoniosa. Castiel asintió despacio sin abrir los ojos.
Estaba de maravilla, pero algo seguía molestándolo. Sentía las manos del rubio agarrarle los brazos, sentía el calor de su piel chocar con la suya y dejarle la sensación de ser tocado por la llama de una vela; las manos del hombre le traspasaban la piel hasta tocar su alma en un gesto de dulce consuelo, enfundando a su corazón de la fuerza vital que tanto necesitaba y nada parecía dársela. Tan suave y cálida que le resultaba abrasadora. Sorbió por su nariz apoyando sus dedos sobre el suelo hasta que las yemas se volvieron blancas y casi translucidas. Se sentía a salvo estando de esa forma, como si nada pudiera lastimarlo, como si pudiera vivir eternamente, como si… aquel sujeto no fuera un ladrón.
-¡Ladrón!
Castiel alejó al rubio de un empujón y se levanto del suelo de un salto, ahora que todo estaba bien otra vez iba a llamar a la policía para que sacaran a ese loco de su casa.
- Un gracias estaría bien. De nada –respondió el rubio aún acuclillado en el suelo observando al moreno con una de sus cejas arqueadas. Castiel bufó y se giro para tomar el teléfono que tenía pegado en la pared. El rubio lo miro confundido y se levanto enseguida, dando una par de zancadas para llegar hasta donde estaba Castiel.
-¿Qué? ¿Vas a matarme? Hazlo, pero juro que te refundiré en la prisión el resto de tu vida –amenazó Novak temblando de pies a cabeza. Nadie podía llegar a intimidarse con algo así.
-Dudo que allá una que dure tanto tiempo… -respondió el otro encogiéndose de hombros.
-¿Qué?
-Nada… ¿Castiel, cierto? Lo he leído en tu billetera, no me mires así, no he sacado ningún billete de ella. Ahora, tenemos que hablar de negocios.
-¿Negocios? Yo no te debo nada, ni siquiera sé quién eres, ¿qué quieres? Llévate todo, no me importa –dijo Castiel apretando el teléfono entre sus manos. Estaba perdiendo la cabeza.
-Dean Winchester, me llamo Dean Winchester y necesito donde esconderme. Este lugar me ha gustado y decidí quedarme aquí –respondió Dean con tanta seguridad que a Castiel le pareció más un aviso que una petición.
-Debes estar jodido. No, no vas a quedarte, ni siquiera te conozco. Lárgate o llamaré a la policía. –Castiel frunció el ceño hasta que sus cejas formaron una sola línea.
Dean sólo le sonrió y metió una de sus manos dentro de algún bolsillo de su pantalón negro ajustado, observó como sacaba la cajetilla de unos cigarrillos y con un solo movimiento de sus manos acercaba uno a su boca, Castiel se pregunto cómo iba a encenderlo hasta que vio como su dedo anular se encendía en una pequeña llama anaranjada. Castiel parpadeó y de pronto todo tuvo sentido. Ocultarse, fuego, marcas en su piso, el brillo en los ojos del hombre.
-Elementista… -susurró sin creérselo. Había uno en su casa, en su cocina justo ahora-. No es verdad.
-Claro que lo es, amigo, ahora cierra la boca que puedo ver hasta tus aginas desde aquí –dijo Dean sonriendo una vez más, guardando la cajetilla de nuevo en su lugar y pasando la punta de su lengua por los labios para acercar una vez más el cigarrillo y darle otra profunda calada.
-¿Qué haces aquí? Se supone que ustedes no existen… se supone que sólo son leyendas urbanas, ¡no son reales! –El miedo se apodero una vez más de su cuerpo, sin darse cuenta comenzó a andar de un lado al otro por todo el pequeño espacio que componía su cocina-comedor.
-Eres bastante chistoso, como un ratoncillo asustado –murmuro como respuesta Dean, disfrutando de lo lindo el nerviosismo que trasfiguraba el rostro del moreno.
-No es real, es un sueño. El golpe de anoche fue demasiado fuerte. Debe ser una maldita contusión… debo estar volviéndome loco. Sí, por supuesto, ahora estoy inconsciente en el suelo y en cualquier momento vendrá Balthazar a buscarme y me sacará de esta. Por supuesto, sólo es una contusión –prosiguió con su monologo sin prestar atención a nada más.
Dean dejo de observarlo volver a donde estaba y dejar que se precipitara al suelo despacio con la espalda contra la pared y la mirada puesta en el techo de la habitación. Levanto su brazo y dibujo pequeños símbolos con la punta de sus dedos, las líneas ardientes saltaron de sus dedos hasta volverse reales, líneas intrínsecas que iban creciendo y subiendo hasta toparse con el concreto del techo, las llamas no duraron pero la marca negra y el olor a quemado se hicieron presentes en segundos. El dibujo quedo impreso en la pared lisa de color blanco de la cocina y Dean sonrió para sí mismo al ver la flor trazada con demasiadas y complicadas líneas sobre su cabeza, desenvolviendo sus pétalos con gracia y una belleza única que sólo la naturaleza podía poseer. Le había quedado bastante bien y la pared parecía verse mucho mejor con la marca que su propio fuego en ella, como un sello o algo que dijera que él estaba ahí, que parte de su esencia estaba ahí y no se iría así como así. Todo se veía tan estéril y hueco, la flor desenvuelta que abarcaba más de dos tercios del techo hacía que el lugar se viera más elegante, dándole un aire mágico con un toque de originalidad a la habitación por completo. Dean tamborileó sus pies sobre el suelo, recreando la tonada de una canción que sólo él conocía, le gustaba hacer ese tipo de cosas, su don servía para crear y no sólo para defenderse de los Sabuesos cuando lo mantenían bajo amenaza.
-Cielos… -susurró Castiel sorprendido alzando sus dos manos para cubrir sutilmente su boca. Había visto todo y aún no se lo creía para nada. Ni siquiera le importo que el casero fuera a cobrarle doble alquiler por ese hermoso y fantástico daño a su propiedad.
-Y eso no es nada. Deberías verlo cuando la inspiración me llega de verdad –respondió Dean sonriendo, volviendo su mirada al joven moreno-. Castiel, necesito estar aquí. Los dos lo necesitamos y podemos sacarle provecho. Yo necesito donde quedarme y tú, bueno, ¿quieres saber cómo curarte?
DW&CN
-Lo siento de verdad, Castiel, pero ayer no pude esperarte más… mi madre llamó y tuve que irme antes o ella podría… ¿te pasa algo, amigo? –Gabriel miró a su amigo como si fuera la primera vez, el pobre se veía distraído y distante, pensando en cualquier otra cosa que no fuera las bobas excusas que burdamente le daba-. ¿Castiel?
-¿Qué? Lo siento, estaba pensando en… -el elementista que escondo en mi departamento completó en su mente aquel pensamiento que no se atrevía a decir en voz alta. Iban a tomarlo por loco y llevarlo a un manicomio si insistía en decir que estaba ocultando a un ser que se supone no existe en su hogar, o peor, iban a marginarlo como a un bicho extraño el resto de su –corta- vida.
Sacudió suavemente su cabeza, negándose a seguir pensando en cosas que nada más le alteraban los nervios hasta ser insoportable, al menos hoy se sentía mucho mejor que el día anterior. Esa mañana los malestares de su condición se habías disminuido un poco hasta ser tolerables. Ya no se sentía acabado, no del todo, ahora quizás podría correr por el parque como solía hacer antes de… empeorar. Y sabía porque se sentía de esa forma, lo sabía porque Dean se lo había contado antes de abandonar el lugar a medio vestir y con el cabello revuelto, la sorpresa al descubrir que los mitos eran reales y que uno de los más antiguos se encontraba en su hogar jugando con su televisión y devorando toda la comida de su refrigerador como si no fuera a haber un mañana aún no se iba por completo, cómo no, sabía que iba a durar un buen rato. Rayos, incluso acabó devorándose el carbón que tenía en el balcón que solía usar cuando Balthazar lo visitaba y quería hacer una barbacoa. ¿Habría sido correcto dejarlo que se lo comiera? Es decir… quizás de eso se basaba la dieta de un elementista, a lo mejor eso era lo que reforzaban sus habilidades o algo así. Tal vez era parte de su condición tan especial. ¿Tendría que sacarlo a pasear dos veces al día también? ¿O bañarlo? Bueno, viendo como le quedaba la ropa que llevaba cuando lo vio esa misma mañana no parecía una mala idea darle uno que otro baño. Por Dios, no era un perro. No era una mascota, era un loco desahuciado que no tenía donde quedarse y nada más. No un animal callejero que llevabas a tu hogar para bañarlo, alimentarlo y buscarle un hogar después.
Castiel suspiro sintiendo como sus pulmones se relajaban y el aire entraba y salía con la misma armonía que la de una cascada cayendo. Antes aquella sencilla acción le solía costar un poco, sus pulmones eran algo débiles y le costaba a veces poder respirar. El Doctor Singer le aseguraba que no era asma, que sólo era psicosomático y que si dejaba de pensarlo podría olvidarse de eso y superarlo. Claro, él pensaba eso porque no podía sentir como sus pulmones se contraían dolorosamente hasta que el aire parecía imposible de tragar. Siempre llevaba un inhalador consigo, pero con el paso del tiempo se termino dando cuenta que era inútil porque realmente no lo necesitaba, si el doctor tenía razón, que probablemente era así, ese aparato sólo le funcionaba como un placebo para evitar morir asfixiado por su propio subconsciente. La mente domina el cuerpo, decían, y al parecer su mente detestaba su cuerpo. Gabriel se quedó callado de pronto, observando fijamente a su amigo, analizándolo de pies a cabeza, Castiel no pudo evitar balancearse sobre sus dos piernas incomodo, Gabriel poseía una mirada ambarina, suspicaz y penetrante, capaz de descubrir el misterio de la vida si así lo quería. Era un muchacho brillante que daba la impresión de poder hacer lo que fuera y siempre se saldría con la suya, era una pena que fuera tan cerrado con sus descubrimientos. La mayoría de las veces solía guardárselos para él solo con un instinto egoísta que los niños solían tener cuando no deseaban que otra persona descubriera su mundo secreto, receloso ante los extraños y los que no lo eran. Incluso llegaba a escondérselos a Castiel, que era su mejor amigo, confidente y único testigo de cada una de sus hazañas desde… prácticamente toda su vida.
¿Debería sacar a pasear a su elementista?
-¿Crees que los Elementistas necesiten que los bañes a diario? –Dijo Castiel ignorando apropósito la mirada de Gabriel. La idea no dejaba de rondarle la cabeza. ¿Se habría comido todo el carbón que guardaba bajo el asador? ¿Habría roto su televisor o quemado todas sus cortinas?
-¿Qué? No… no lo sé, tal vez… digo… -balbuceó Gabriel parpadeando varias veces- no lo sé. ¿Por qué? ¿En qué estás pensando ahora?
Castiel sólo negó suavemente, realmente no estaba pensando, sino analizando.
-Nada.
-No, dime de verdad que estás pensando –volvió a preguntar Gabriel arrugando su frente y apretando sus labios, ansioso.
Ambos se miraron a los ojos sin decir palabra alguna, los dos sabían lo terco que era el otro. Se conocían como la palma de sus manos, tan bien que bastaba con un vistazo para leerse por completo. Pero Castiel no quería hablar, no quería iniciar una pelea cuando más inseguro se sentía. No quería discutir con la única persona que le creería si le dijera que había un elementista en su departamento ahora mismo. Confiaba en Gabriel, y odiaba con todo su ser cuando las discusiones entre los dos se tornaban toscas y agrias, los dos conocían los putos flacos del otro, los que con intercambiar algunas palabras precisas podrían derrumbarlos, y en esos momentos, cuando la discusión se tornaba roja y la ira les derretía el cerebro, era cuando todas esas frases salían al aire y dejaban heridas que difícilmente cicatrizaban. Castiel suspiro y Gabriel lo imitó, también estaba cansado, las peleas lo tenían harto y en esos momentos cuando al fin tenía un respiro de todo no deseaba armar un duelo con su mejor y único amigo en el mundo.
-No lo creo.
-¿Qué? –Respondió Castiel mirando a su amigo.
Gabriel solo asintió como respuesta y se entretuvo mirando sus pies, los jeans estaban algo gastados de la parte inferior y más desteñidos en esa zona, sin embargo, le gustaban demasiado como para decidirse a tirarlos o donarlos a alguna tienda de caridad, le iban tan bien que creía imposible hallar otros igual de buenos o confiables que esos.
-Qué no creo que necesiten que los bañes, son seres humanos como nosotros ¿no?, dudo que no sepan usar la ducha o el jabón, es imposible que viviendo la eternidad que viven nunca hubieran aprendido a usar una regadera –concluyó Gabriel encogiéndose de hombros indiferente ante sus propias palabras, daba la impresión de que siempre tenían la misma conversación.
-Bueno… eso es verdad –aceptó Castiel mirando el cielo, meditando lo que su amigo había dicho. Una preocupación menos.
-Además: sería asqueroso. Viven desde la creación… deben ser ancianos. Arrugados y con la piel colgado de todos lados como cortinas viejas y velludas… no, no. Es algo que nunca en mi vida quiero ver –prosiguió él alzando sus brazos para comenzar a gesticulas con sus manos. Un hábito que era bastante común en su personalidad.
Castiel asintió a cada palabra que decía su amigo, justo en ese punto su mente comenzó a divagar de nuevo. Quizás su amigo tuviera algo de razón sobre el aspecto de esos seres, era verdad que ellos, supuestamente, vivían desde la mismísima creación. O sea, poco después del big bang y todo eso. Aunque, la verdad, el que ahora se alojaba en su hogar no era exactamente un anciano o feo, Castiel debía admitir que Dean era atractivo. Bastante encantador con su sonrisa torcida y su aspecto de un chico malo, igual a esos que los padres odiaban y las adolescentes en plena explosión hormonal amaban. A Castiel le parecía que eso era superficial y sin importancia, nunca debía juzgarse a nadie por su aspecto, era la forma más sencilla de acabar decepcionado por lo vacía que una cara bonita podía estar, él no le prestaba atención a esas cosas, y Dean no era la excepción. No, a Castiel le parecía especialmente atractivo por un detalle y sólo uno: sus ojos. Dos preciosas esmeraldas que sobresalían de sus pupilas para centellar como un par de estrellas color verde. Mentiría si dijera que no le habían fascinado. Le cautivaron desde el primer momento, y no se refería a cuando se vieron en la cocina esa mañana, claro que no, ahí a penas y lo pudo observar, estaba demasiado distraído pensando que era un ladrón dispuesto a matarlo en cualquier momento como para notarlos a profundidad, hablaba de antes; de la noche que pensó que iba a morir en manos de un desconocido, esa donde pudo ver sus ojos de cerca. Mirándolo con intensidad, atravesando su cuerpo para observar su alma desnuda. Quizás fuera su imaginación, quizás no, no obstante, cuando sus pupilas hallaron las de Dean pudo sentir como era expuesto ante sus ojos. Ni siquiera Gabriel podía logar ese efecto. Se sintió como un libro al que podía hojear cuanto quisiera. Viendo cada decepción, pena, alegría, dolor, sufrimiento, miedo que vivió en toda su vida. Fue como si con tan sólo un vistazo hubiera visto su vida por completo. Incluso lo que Castiel no recordaba, pero tenía marcado en cada una de las arrugas en su rostro. Apretó sus labios hasta volverlos una sola línea: no le gustaba. Ser trasparente para alguien no le gustaba para nada, tenía su privacidad, sus secretos, sus trapos sucios, no necesitaba que nadie más aparte de él los conociera, ¿para qué? Eran sus problemas y sólo le concernían a él. A nadie más tenían por qué importarles.
-Aunque, quizás sean como los vampiros, se supone que ellos no envejecen nunca… se conservan jóvenes y bellos brillando bajo el sol… oh, no, aguarda… esos son las zandijuelas que tienen a las niñas vueltas locas –prosiguió Gabriel meditando de verdad lo que decía, dieron vuelta en una de las esquinas y se detuvo de golpe-. Hola –dijo de pronto con la voz aterciopelada y grave.
Castiel no se detuvo hasta que chocó con la cabeza de Gabriel –que era varios centímetros más bajo que él- y se golpeó la nariz dolorosamente, la punzada incomoda apareció enseguida y comenzó a maldecir en voz baja palabras que todo niño usaría como una mala palabra. No solía decir demasiadas palabras malsonantes nunca, prefería omitirlas de su vocabulario, pensaba firmemente que eran vulgares y sin gracia, ¿para qué las necesitabas realmente? Sólo eran palabras que algunas personas tomaban como ofensivas y las retorcían hasta volverlas escoria gramática.
-Mi nariz, Dios, creo que está sangrando –murmuró el moreno apretando ambas manos contra su rostro, se inclinó un poco doblando sus rodillas y dejo que el dolor desapareciera él solo. Sus dedos masajeaban su rostro y las ganas de patear a Gabriel le servían como analgésico para poder tolerarlo mejor el dolor punzante que le pinchaba hasta los huesos.
-Oh por Dios, viene hacia aquí, Castiel, Castiel, Castiel –lo llamó su amigo unas cuantas veces, casi podía imaginarlo saltando de alegría como un cachorro juguetón al que le comprabas una pelota de goma nueva.
Castiel no dijo nada, continuó presionando su nariz, al menos no estaba sangrando, aún, lo que podía significar que no era grave aunque el golpe hubiera sido un poco… fuerte. Sorbió por la nariz y sintió sus huesos estirarse dolorosamente, está bien, quizás sí fuera un poco grave. Pasaron un par de segundos hasta que se dio cuenta del par de zapatos negros que estaban delante de él pudieran captar su atención. Ya los había visto antes, aunque no recordaba dónde. Se enderezo un poco, despacio, esperando que no fuera una de esos chicos que parecían disfrutar de lo lindo provocándolo como si fuera su presa. Unos matones de primer año que creían tener el mundo en sus manos por haber ascendido a un nivel más. Como odiaba cuando esos sujetos iban y le tiraban sus fotografías una y otra vez por el simple gusto de verlo resoplar y aguantar cada uno de sus abusos como si no le importaran. Era el colmo si hoy decidían molestarlo, no estaba de humor para nada. Menos ahora. Iba a matar a cualquiera que se atreviera a provocarlo aunque fuera un poco.
Enderezó su espalda, acomodando con sus manos en un gesto distraído su suéter de lana favorito. No pudo evitar retroceder cuando supo reconocer al dueño de aquellos zapatos que le parecían tan familiares. Tenía que ser, lo único que le faltaba en esos momentos para culminar el día más atroz de su vida. Había llegado tarde a la primera clase, lo que significaba que paso casi dos horas fuera del aula expulsado por la propia profesora que lo miraba desde su escritorio para que no intentará huir a ningún lado; olvidó las fotografías que usaría ese día para su trabajo final; Anna iba a matarlo, y ahora la nariz le dolía como si le hubieran dado un puñetazo en plena cara. Bufó, maldijo una vez más, frunció el ceño molesto, encaprichado por el pésimo día que estaba teniendo, molesto con todo y todos, refunfuñando la existencia de todo ser vivo sobre el planeta; en especial del idiota más grande del universo que tenía ahora de pie frente a él mirándolo como los ancianos solían mirar los crucigramas de un domingo por la mañana. Dean, maldito fuera Dean y su poco discreta personalidad. Mucha, demasiada, gente los observaba en ese momento.
-¿Estás bien? –Preguntó Dean preocupado. El instinto le gano y no pudo evitar sentir el impulso de alargar su mano y poder tocar su rostro, comprobando por sí mismo si era o no grave, se contuvo, no iba a hacerlo, no sin el consentimiento de Castiel o la disposición del mismo.
-¿Qué haces aquí? –Castiel escupió las palabras con recelo. Se suponía que ahí era su punto cero, el lugar donde llevaba una vida normal de estudiante. Sin enfermedad o fenómenos cirqueros con trastornos piromaniacos.
-… no sé si debería sentirme halagado por todo tu entusiasmo al verme. Cálmate, vaquero, no vayas a explotar de alegría –respondió Dean haciendo una mueca con su rostro. Él solo estaba preocupado, ¿qué tenía eso de malo?
-Es en serio, Dean –pronuncio su nombre enfurecido, sintiendo cada letra atravesarle la lengua- ¿qué estás haciendo aquí?
-A mí también me alegra verte, cariño, no sabes cuánto te he extrañado en estas horas –prosiguió Dean con un fingido tono cariñoso que si Castiel no supiera que bromeaba, habría creído que era real.
-Hola, me llamo Gabriel Speight, mucho gusto, ¿qué cómo estoy? Muy bien, gracias por preguntar. Ahora que ya me he presentado es tu turno, Gorila, dime tu nombre y por qué Castiel se ve a punto de arrancarte el cuello con sus dientes –resumió Gabriel perdiendo la paciencia de ser ignorado. No es que fuera un narcisista o algo parecido, era sólo que detestaba ser dejado de lado de una forma como esa, él estaba ahí y podía oírlo todo así que no tenían por qué dejarlo de lado así nomás.
-¿En serio puede arrancarme el cuello con sus dientes? Impresionante –respondió Dean mirando a Gabriel por primera vez. Gabriel no supo si reír o responder a la pregunta, parecía tan serio esperando una respuesta que sencillamente no se atrevió a decir nada más.
-Es una expresión, Dean, nada más. No voy a arrancarte nada con ninguna parte de mi cuerpo, te lo aseguro –explicó sin paciencia el moreno.
-Así la diversión se olvida, Cas, a mí no me molesta que uses los dientes –dijo Dean sonriendo audaz. Castiel enmudeció y Gabriel parpadeó sin creérselo, ¿habría oído mal? No, claro que no, había sido bastante claro con lo que dijo como para dudarlo.
-Me agrada –sentenció Gabriel cruzándose de brazos.
-Tú quieres fastidiarme y por eso te agrada, esa es la única razón, Traidor –aseguró Castiel apartando sus ojos del cuerpo de Dean. Claro que no usaría sus dientes con nada que tuviera que ver con él. Ni siquiera era homosexual, aunque media universidad creyera lo contrario al verlo siempre tan frágil.
-Me gusta su estilo, sabe qué decir. Es admirable, amigo mío –respondió Gabriel encogiéndose de hombros.
Castiel iba a responder lo que fuera cuando escucho aquella vieja canción sonar desde la chaqueta de Gabriel. No pudo evitar que un golpe de nostalgia llegara a su pecho, esa canción era la misma que escucharon alguna vez de pequeños más de quinientas veces. Le recordaba tanto a su madre y a Gabriel le gustaba ver la sonrisa serena y cariñosa que se formaba en los labios de Castiel cada vez que la escuchaba. Era su forma de devolverle un poco de felicidad a su amigo. Una forma de mantener el recuerdo de la mujer más importante de su vida aún encendido. Gabriel se aclaró la garganta y saco el aparato de alguno de los bolsillos interiores de la prenda, cubrió con su mano la bocina del mismo y gesticulo con los labios que lo vería luego. Castiel supuso de quién se trataba la llamada y esperaba poder ver a su amigo después. Cada día odiaba más a Lucifer.
-¿Quién es Lucifer? –Preguntó de pronto Dean.
-¿Qué?
-Pensaste en él hace unos momentos, ¿quién es? –Volvió a preguntar Dean ladeando un poco su rostro, no le gustaba para nada el sentimiento tan crudo que crecía dentro de Castiel cada vez que pensaba en esa persona.
-¿Cómo?... ¿Cómo lo has sabido? –Respondió con otra pregunta Castiel. ¿Los Elementistas podían leer las mentes de los humanos? Eso no venía en ningún libro que hubiera leído. No era posible, esas eran patrañas que los magos de segunda vendían a un público mediocre que se impresionaba con cualquier cosa.
Dean medito algunos segundos si debía o no responder a esa pregunta, al final asintió para sí mismo decidido a responder, ¿qué podría perder? Después de todo, Castiel estaba haciéndole un gran favor al permitirle esconderse en un lugar lejos de los Sabuesos donde era poco probable que lo encontraran. Un punto lejano en su radar que era demasiado pequeño y corriente como para molestarse siquiera en revisar. Sentía que podía confiar en Castiel, además de que podía notar la emoción que lo embargaba con la sola mención de su raza.
-Es algo muy simple a decir verdad… verás, nosotros podemos…
-¡Aquí estás Novak! ¡Te he buscado por todos lados, pequeño escurridizo! ¿Has traído las fotografías? Dime que sí, por favor, es lo único que falta y lo que nos daría el pase asegurado.
Esa era Anna Milton, hermana de Gabriel, la que llegaba con la actitud de una conejilla nerviosa, saltando de allí para allá llena de energía. No muy distinta a su hermano, aunque Gabriel solía mantenerse al margen casi siempre. Las fotografías.
-Rayos… -susurró como respuesta Castiel, Anna parpadeó sorprendida y supuso lo peor.
-Te mato, Novak, voy a matarte si me dices que no… -El folder de color azul frente a sus ojos la hizo callar enseguida. La muchacha siguió el brazo que lo sostenía frente a sus ojos y se topo con la despampanante sonrisa de Dean que la devoraba con los ojos sin vergüenza alguna. Anna se ruborizo y tomo el folder entre sus manos, estremeciéndose por el sutil roce de sus dedos contra la piel ardiente de Dean.
-A eso vine, en realidad. La olvidaste cuando ya venías para acá, de nada –concluyó Dean completamente relajado, hundiendo sus manos dentro de los bolcillos de sus jeans. Anna y Castiel lo miraron algunos segundos y él les respondió con una sonrisa a ambos-. Se les hace tarde.
Castiel no reaccionó hasta después cuando era jalado por una apurada y parlanchina Anna a su siguiente clase. Castiel vio como Dean parecía hacerse cada vez más pequeño a lo lejos. Lo había tratado tan mal cuando él sólo quería ayudarlo. Susurró un lo siento y Dean sacudió su cabeza divertido, le sonrió. De alguna forma le hizo saber a Castiel que él estaría ahí cuando saliera. Qué estaría esperándolo. Quizás por siempre, quizás solo esa vez, quizás… quizás todo lo que quedará de vida.
¿Vale la pena? ¿Les gusto? ¿Debería seguir? ¿Mató a Cas de una vez? ¿O a Gabriel? ¿Quieren saber más? Anden, no sean tímidas :3
